‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

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3ª T. de ‘The Leftovers’, o cómo concluir sin dar demasiados detalles


Hay producciones que parecen prefabricadas por un programa informático. Otras tratan de aprovechar el tirón de algún otro producto de éxito. Y otras sencillamente son tan extrañas que en ocasiones hay que hacer un notable esfuerzo para comprender lo que se está contando. The Leftovers ha pertenecido a esta última categoría. La serie basada en la novela de Tom Perrotta y adaptada a la pequeña pantalla por Damon Lindelof (serie Perdidos) es una de esas producciones que, por su temática y su tratamiento, pueden generar casi tanta locura como la que se narra en su argumento. Su tercera y última temporada, sin embargo, ha optado por una narración algo más lineal, más coherente, tratando de dar un broche final adecuado a lo visto en estos casi 30 episodios.

Personalmente creo que lo consigue. En apenas 8 episodios esta etapa final da rienda suelta a algunos de los aspectos más importantes de la trama, entre ellos el religioso, el fanático y, sobre todo, las desapariciones de esos millones de personas que han sido el impulso dramático de la serie durante toda su duración. Y para poder explicarlo Lindelof y Perrotta optan por un tratamiento más clásico, con un desarrollo más lineal, sin demasiados saltos temporales ni apariciones y desapariciones de personajes en la escena. La historia, por resumir, se centra por completo en los personajes de Justin Theroux (La chica del tren) y Carrie Coon (Perdida), y lo hace no solo para encontrar una justificación a su trama, sino porque sobre sus hombros carga el verdadero significado y la moraleja de toda esta compleja historia.

En realidad, ambos personajes vienen a representar los dos grandes aspectos dramáticos de The Leftovers a lo largo de estas tres temporadas. Por un lado, la angustia existencial que generan las preguntas “¿por qué yo?” y “¿a dónde fueron?” los desaparecidos. Y al menos una de ellas sí encuentra respuesta, de ahí que el final de esta serie genere una satisfacción incompleta. En efecto, esta tercera temporada desvela qué ha ocurrido con aquellos que desaparecieron hace tantos años. A través de un final brillante que intercala imágenes y relato oral, el último episodio se convierte en una especie de epílogo, en la clásica conclusión que cierra la historia de los personajes años después, cuando todo lo relevante ha ocurrido sin necesidad de mostrarse en pantalla. Ese paso del tiempo, unido a la intensidad dramática habitual en la serie y al carácter del otro pilar argumental de la serie, genera un caldo de cultivo perfecto para aclarar buena parte de las ideas planteadas hasta ese momento en apenas unos minutos de metraje, evitando de este modo posibles complicaciones futuras con nuevas tramas en hipotéticas nuevas temporadas.

Y esto es algo relevante. Uno de los principales problemas que ha tenido la serie, y del que tampoco termina de librarse en su tercera entrega de episodios, es la falta de peso dramático de secundarios que, a priori, deberían de tener algo más de interés. Los hijos del personaje de Theroux son un buen ejemplo. Sus historias, aunque con conexiones con la trama principal, han sido demasiado independientes, lo que ha llevado en ocasiones a abandonar sus historias durante varios episodios para centrar el desarrollo en los protagonistas o en otros secundarios. La tercera temporada, en este sentido, directamente opta por dejar su presencia en este universo a una mera referencia residual, lo cual por otro lado aporta un mayor interés y dinamismo al conjunto. Y como ellos, varios secundarios más que no han terminado de cuajar en el extraño puzzle que es esta serie, aportando si cabe más complejidad y originalidad al conjunto pero complicando la comprensión de esta elaborada historia con un final relativamente simple.

El nuevo mesías

El otro gran elemento dramático es la religión. O mejor dicho, el fanatismo en todas sus formas. Y si bien este aspecto toma como epicentro el rol de Theroux, en realidad es algo muy presente en prácticamente todos los personajes que le rodean. Aunque ha sido el argumento de fondo para prácticamente toda la serie, con la secta o el personaje de Christopher Eccleston (Amelia) como recordatorios constantes, lo cierto es que en esta última temporada de The Leftovers adquiere ya una dimensión casi bíblica, toda vez que el protagonista se convierte, o más bien le convierten, en una especie de mesías capaz de resucitar y de guiar los pasos de la sociedad después del incidente.

Bajo este prisma pivota todo el desarrollo dramático de la serie, integrando en él a la perfección el otro gran pilar narrativo casi como un complemento necesario para aportar globalidad de conjunto. El final, sin ir más lejos, es el colofón a esta unión de contenidos, tanto por el hecho de que los dos personajes representan esas bases dramáticas como porque tiene como telón de fondo, al menos durante un tiempo, una boda, lo cual no es algo casual. Como toda buena conclusión, los aspectos que se habían ido planteando a lo largo de la trama tanto en el aspecto religioso como en el existencial tienen su resolución en esta temporada, algunos mejor tratados que otros, pero cerrando un ciclo de forma sólida y compacta.

Cosa muy distinta es que se queden algunas preguntas sin respuesta que, en el fondo, no impiden la comprensión de lo ocurrido. La principal sin duda es el motivo de las desapariciones. En efecto, se da respuesta a prácticamente todo menos al ‘por qué’, a ese motor dramático de la historia. Y aunque parezca contradictorio, esto en realidad tampoco es un obstáculo para entender, interpretar o disfrutar de la serie, al contrario, aporta más misterio y envuelve el modélico final en un halo de misterio que genera más interés si cabe en ese diálogo final entre los dos protagonistas. Con todo, este tratamiento dividido en dos partes también provoca cierta incongruencia dramática al introducir personajes secundarios algo innecesarios, y centrar en exceso la atención en ellos, en su pasado y en sus motivaciones. Da la sensación de haber querido contar una historia nueva con los mismos protagonistas pero otros secundarios que, al mismo tiempo, pudiera continuar la trama previa. Una combinación peligrosa que sale bien, pero que deja algunos momentos algo innecesarios.

Sea como fuere, la realidad es que The Leftovers finaliza como debería terminar cualquier serie. Su tercera y última temporada es el broche perfecto a un tratamiento atípico de la trama, a una narrativa quebrada en casi todos sus episodios, capaz de poner el foco en uno u otro personaje sin miedo a perder la coherencia o la atención del espectador. Si bien estos últimos 8 capítulos presentan un formato más tradicional (entendido esto dentro de lo que ha sido esta serie, claro está), lo cierto es que deja espacio siempre para jugar con la inteligencia y la perspicacia del espectador. Casi olvidándose de secundarios innecesarios, sus responsables optan por centrarse en los protagonistas para dar salida a una compleja trama, y lo consiguen con creces, conformando una serie tan misteriosa como interesante, tan dramática como compleja. Un producto dramático atípico muy a tener en cuenta.

‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

‘Masters of Sex’ acelera el desarrollo y final de su última temporada


Los protagonistas de 'Masters of sex' hacen frente a sus miedos en la última temporada.Y en su cuarta temporada llegó al clímax. Masters of Sex, la serie creada por Michelle Ashford (serie Nuevos policías), ha puesto punto y final a esta historia sobre los padres de la revolución sexual. Y como ocurre en no pocas ocasiones, lo ha hecho de forma un tanto precipitada, cerrando tramas de modo abrupto y forzando el natural desarrollo tanto de personajes como de acontecimientos. Y sin que esto sea algo necesariamente negativo, sí revela que la serie podría haber dado para, al menos, una temporada más, toda vez que la historia de William Masters y Virginia Johnson siguió en los años posteriores al último de estos 10 episodios finales.

Con todo, hay que reconocer a Ashford su capacidad para estructurar la temporada de forma más o menos coherente. De hecho, la introducción de los personajes interpretados por Betty Gilpin (Una historia real) y Jeremy Strong (La gran apuesta) imprime al conjunto un renovado espíritu transgresor a todos los niveles, pues más allá del propio carácter de ambos roles se convierten en un reflejo de lo que ha sido la relación de los protagonistas a lo largo de estas temporadas. Una metáfora que los creadores de esta ficción se afanan en poner de manifiesto ya sea a través de diálogos o de situaciones, lo que permite al espectador apreciar matices que tal vez hubieran pasado por alto anteriormente.

A esto se suma, y quizá sea lo más interesante, la evolución moral y profesional del personaje de Michael Sheen (Passengers), que tras tocar fondo afronta todo un proceso de autocrítica y autoaceptación como pocas veces puede verse en una serie. La labor de Sheen, en este sentido, es espléndida, así como la del resto del reparto que asiste y/o participa de este cambio. A través de sus ojos se aprecia, asimismo, el cambio que se produce en otros roles secundarios y en la propia dinámica de la serie, que recupera tramas casi olvidadas para cerrar poco a poco los cabos sueltos que habían quedado de temporadas anteriores de Masters of Sex.

El problema, y no es un problema menor, es que dicha recuperación de tramas no conlleva una correcta finalización de las mismas. De hecho, muchos de estos hilos argumentales que complementan la trama principal simplemente se abandonan, como si fueran una incomodidad que pudiera dejarse morir por ausencia en la estructura dramática. Le ocurre al personaje de Annaleigh Ashford (Top five) y su relación lésbica, y le ocurre al interpretado por Kevin Christy (La montaña embrujada), que ha ido perdiendo interés y protagonismo con el paso de las temporadas hasta convertirse, en este tramo final, casi en una decoración más. Asimismo, en los últimos capítulos se aceleran de tal forma los acontecimientos que no solo da la sensación de ausencia de información, sino que se desvirtúa el carácter de algunos personajes.

Las prisas no son buenas

Bill Masters trata de recomponer su vida en la cuarta y última temporada de 'Masters of Sex'.La peor parada es, curiosamente, la otra protagonista principal interpretada por Lizzy Caplan (Ahora me ves 2). El personaje nunca ha terminado de definir una serie de motivaciones claras (lo que le ha otorgado un cierto interés y fuerza dramática), sobre todo en lo referente a su relación con el rol de Sheen, algo que cambia en esta última parte de la serie. El problema es que cambia en un sentido que termina cargándola con un cierto carácter manipulador tanto en el plano personal como laboral, alejado de otras actitudes mostradas a lo largo de toda la ficción y que, en cualquier caso, nunca habían sido tan evidentes como en los compases finales de este drama.

En el lado opuesto podría encontrarse la evolución del personaje de Caitlin FitzGerald (Adultos a la fuerza), aunque su caso es diferente. Su evolución ha ido de la mano del desarrollo dramático de Masters of Sex, por lo que la revolución que provoca en esta cuarta y última temporada es, hasta cierto punto, coherente. Otra cosa es que, ante la necesidad de cerrar la historia, se haya acelerado su proceso de cambio hasta convertirlo casi en un impulso que en un cambio meditado ante los tiempos que le ha tocado vivir. En cualquier caso, es posiblemente uno de los procesos más interesantes de la serie, y desde luego uno de los personajes más complejos y atractivos de esta ficción.

Ambos casos son los extremos de un proceso que, como decía al comienzo, es relativamente frecuente en el final de cualquier serie, sobre todo si este es inesperado. En el caso que nos ocupa, esta cuarta temporada combina el tratamiento narrativo natural de la historia con unas presiones dramáticas poco justificadas que hacen derivar la historia hacia una conclusión que, curiosamente, deja abiertas muchas tramas secundarias, quizá demasiadas. Un equilibrio cuyo resultado es una temporada que se desinfla de forma progresiva al tratar de integrar en el planteamiento del argumento las necesarias secuencias finales de cualquier historia, cuando esta todavía no había terminado lo que podríamos considerar como segundo acto.

Con esto en mente, la cuarta y última temporada de Masters of Sex deja un sabor agridulce, una sensación de que hay algo más en esta historia que no se ha contado, ya sea porque se ha condensado de un modo tosco todo lo acontecido en estos episodios, ya sea porque la historia todavía tenía muchas cosas interesantes que abordar. Sea como fuere, tampoco sería justo valorar una producción de este tipo por sus últimos compases, y de ahí la extraña sensación que deja en el espectador. Después de algunos momentos dramáticos y narrativos realmente espléndidos, la ficción de Michelle Ashford se despide con prisas, de forma algo atropellada y sin dar demasiadas explicaciones. Y como suele decirse, las prisas nunca son buenas consejeras.

‘Person of interest’, final lógico y a la altura para una gran serie


La quinta temporada de 'Person of interest' presenta la lucha definitiva entre inteligencias artificiales.La profusión de series y el nuevo fenómeno que han generado han puesto de manifiesto algo que muchas veces puede pasar desapercibido: es muy difícil lograr que una producción aguante en un mismo nivel dramático, artístico y narrativo durante toda su existencia. Muchas veces es culpa de los productores, que quieren alargar más de lo debido una historia; otras veces es simplemente que la idea, aunque sea buena, tiene difícil recorrido. Por eso ficciones como Person of interest deberían ser analizadas y apreciadas como algo no solo fresco y diferente en un mundo televisivo dominado por policías, médicos y abogados, sino como algo diferente por la coherencia y la capacidad de evolución que tienen. Su quinta y última temporada es testimonio de ello.

Los últimos 13 episodios de la serie, con una temporada notablemente más corta que las anteriores, tienen el inconfundible sello de Jonathan Nolan (Memento), y quienes sigan la filmografía de su hermano Christopher (Interstellar) saben a qué me refiero. A pesar de la evidente sensación de final de ciclo que tienen estos capítulos, el desarrollo dramático de la historia sigue siendo la prioridad, tal vez más acelerado de lo debido pero en cualquier caso contundente y descarnado, presentando ante el espectador una guerra entre el bien y el mal en un sentido casi literal. Y como en toda guerra, hay víctimas. Quizá sea esto lo más destacable de esta última etapa, pues la serie no permite sentimentalismos de ningún tipo, haciendo honor a lo acontecido en temporadas anteriores.

No solo eso. La quinta temporada de Person of interest es todo un ejemplo de cómo debe finalizarse una trama, o mejor dicho de cómo hay que afrontar dicho final. Los guionistas, y en general los autores de cualquier historia, tienden a modificar el curso natural de los acontecimientos para evitar que sus personajes, a los que inevitablemente se coge cariño, afronten grandes e insalvables males. De ahí que la estructura de conflictos crecientes hasta llegar al clímax siempre termine con el héroe victorioso. Sin embargo, Nolan opta aquí por una estrategia diferente, o al menos por una resolución diferente. En efecto, estos últimos capítulos posiblemente sean los más angustiosos de toda la serie, situando a los protagonistas en una espiral de violencia incontrolada en la que siempre están un paso por detrás.

Sin embargo, el final no es feliz, o al menos no todo lo que cabría esperar. No hay lugar para heroicidades sin consecuencias, por lo que el tratamiento apenas deja espacio para la reflexión o para los buenos sentimientos. Tal vez este sea el motivo por el que el personaje interpretado por Jim Caviezel (Plan de escape) da un giro más que notable en su personalidad en esta etapa, algo que no queda del todo explicado y que chirría un poco en algunos momentos. Pero volviendo al tratamiento narrativo, la conclusión de la serie es todo lo que un tercer acto debería ser. Una vez explicada la historia y con un desarrollo previo consolidado, solo queda la resolución, y esta no puede por menos que ser tan espectacular como descarnada.

Una serie para el recuerdo

Los héroes afrontan su último desafío en la quinta temporada de 'Person of interest'.Y vaya si lo es. Si bien es cierto que algunos de los mejores episodios de Person of interest pertenecen a la tercera temporada, esta última etapa deja en el recuerdo algunos de los momentos más importantes de la ficción. Me refiero, por ejemplo, al protagonizado casi en exclusiva por el rol de Sarah Shahi (Una bala en la cabeza), viviendo un bucle infinito que recuerda poderosamente a otras historias contadas por Nolan. Y por supuesto el final, capaz de aunar en pocos segundos sensaciones tan dispares como angustia, tristeza, orgullo o satisfacción. A riesgo de repetirme, eso solo es posible gracias al desarrollo de todas las temporadas y a una conclusión que, aunque esperada y lógica, es fiel a lo que el espectador ha visto a lo largo de estos 103 episodios.

Precisamente el desarrollo de la serie es lo que más se recuerda durante los episodios y momentos finales de esta quinta etapa. Atrás quedan las sensaciones de estar ante un producto tópico y típico que dejaron los primeros compases de la serie. Sus dubitativos comienzos con una estructura repetitiva y algo similar a otros productos de corte policíaco terminaron convirtiéndose en pasos firmes por una senda más compleja y complicada pero indudablemente más interesante. De los números que emitía la máquina (y que de hecho se han mantenido durante toda la serie como un referente), con poca o ninguna relación entre ellos, se ha pasado a situar la acción en auténticos arcos argumentales en los que la idea inicial se integra en guerras de bandas, policías corruptos y, finalmente, una lucha entre inteligencias artificiales.

El final de la serie, además, contempla una interesante y hasta ahora inexplorada idea que, dada la conclusión de la secuencia con la que se cierra esta magnífica producción, podría llevarse a cabo, aunque habría que ver si con la misma eficacia que hasta ahora. En efecto, limitar el dominio de una máquina al acotado mundo de la ciudad de Nueva York ha permitido a la ficción no desviarse de su objetivo final, pero es evidente que resulta poco creíble en una trama de estas características. De ahí que, aunque sea de forma testimonial, se haya planteado la posibilidad de historias paralelas en otras ciudades. Si a esto sumamos que el testigo es recogido por uno de los protagonistas, el futuro de posibilidades es tan grande que solo la inteligencia artificial protagonista sería capaz de contemplarlas todas.

Pero es adelantarse mucho al presente. Por lo pronto, Person of interest termina con una quinta temporada simplemente notable, tal vez no a la altura de la calidad conseguida en sus momentos más álgidos pero en cualquier caso sí en el mismo nivel que el conjunto de todas las etapas por las que ha pasado el producto. Y eso, en definitiva, convierte a la serie en algo excepcional, en una ficción que, aunque no pertenezca a ese reducido grupo de grandes títulos, sí tiene todo lo necesario para ser una obra de culto. Desde su trama hasta sus personajes, pasando por el tratamiento dramático o por la crudeza y seriedad de muchas de sus propuestas, la obra de Jonathan Nolan confirma no solo que estamos ante algo más que notable, sino que su autor es uno de los creadores más en forma del panorama actual.

3ª T. de ‘Penny Dreadful’, un final idóneo para una serie de culto


'Penny Dreadful' llega a su última temporada de la mano de Drácula.Cualquier historia está pensada para una determinada duración. Tiene su comienzo, su desarrollo y su final. Una vida, en definitiva. Pero es muy común que si funciona trate de alargarse lo máximo posible. En el cine es en forma de secuelas (algunas mejores que otras); en televisión se trata de introducir temporadas que, en el 90% de los casos, desvirtúan por completo el sentido original de la trama. Por suerte para los fans, y para el mundo audiovisual en general, el caso de Penny Dreadful ha sido extraordinario en todos los sentidos, incluido este, finalizando en una tercera temporada tan brillante como las anteriores y, al mismo tiempo, tan coherente como cabría esperar.

Y eso es así porque su creador, John Logan (Skyfall), planteó esta serie para que tuviera su final en estos 9 episodios. Ni más ni menos. Una historia sustentada en tres temporadas a cada cual más interesante, más oscura, con un tratamiento de personajes simplemente perfecto y un respeto pocas veces visto por los clásicos de la literatura. Respeto, que no adoración, lo que en última instancia le ha permitido jugar con el origen, la personalidad y el futuro de muchos de estos iconos del terror literario, aunque manteniendo en todo momento su esencia.

En este sentido, la tercera temporada de Penny Dreadul ha permitido cerrar en mayor o menor medida todas las tramas secundarias abiertas a lo largo de las anteriores temporadas. Teniendo en cuenta cuál fue el final de la segunda etapa, el desarrollo dramático ha sido más que notable, aunque ha adolecido de la necesidad de introducir personajes secundarios posiblemente necesarios para anclar la historia pero de dudosa relevancia. Su presencia no ha impedido, sin embargo, que roles realmente atractivos como el Dorian Gray interpretado por Reeve Carney (The tempest) hayan alcanzado una plenitud que ya les gustaría a otros protagonistas de series interminables.

A esto se suma, por otro lado, la impecable puesta en escena y el magnífico diseño de producción y vestuario, que recrean el Londres victoriano de una forma notable, sobre todo en lo que a contrastes sociales se refiere. Abriendo como abre el abanico a otros escenarios, la ficción no pierde en ningún momento el gusto por el toque inquietante, por ese elemento sobrenatural que tanto define su desarrollo y que adquiere aquí explicaciones en muchos sentidos, lo cual permite al espectador responder a muchas preguntas que, aunque puedan parecer menores, aportan a la serie el necesario broche de oro.

Vampiros y hombres lobo

'Penny Dreadful' termina de la forma más coherente posible.En lo que a la tercera temporada se refiere, Penny Dreadful retoma la idea de la primera temporada para explotar aquellos aspectos insinuados o no explicados del todo y narrar toda una épica que va más allá de la propia naturaleza de los acontecimientos. Se puede entender así que la trama recoge elementos explicados a lo largo de la historia para abordar un final casi apoteósico, batalla final incluida, en el que no hay héroes o villanos, no hay vencedores ni vencidos, pero donde sí hay víctimas.

Y es aquí donde la serie adopta su tono más serio y sincero. Lejos de finales felices o de épicos sacrificios para acabar con un mal superior, la trama recurre a ese tono lúgubre que tanto bien hace al aspecto visual para mostrar que las guerras entre el bien y el mal no se ganan, produciéndose batalla tras batalla en las que los sacrificios solo dan tregua hasta el siguiente enfrentamiento. En este sentido, esta tercera temporada se desarrolla de algún modo así, con una lucha detrás de otra en las que la línea entre el bien y el mal queda difuminada.

Con todo, posiblemente esta sea la temporada más floja de las tres, que en este caso quiere decir que es una temporada muy superior a cualquier producto similar que pueda verse en la pequeña pantalla. El problema de estos últimos 9 capítulos radica, por un lado, en la necesidad de centrar la trama en el pasado de muchos personajes, lo cual resta espacio narrativo a la trama principal (con todo, el momento en el que el personaje de Eva Green –Sombras tenebrosas– es hipnotizado es magistral) y desvía la atención de lo realmente importante. A esto se suma lo ya dicho acerca de personajes secundarios de poca relevancia, amén de que parece inapelable que cuando las criaturas de la noche se disputan el amor de una mujer tengan que ser siempre vampiros y hombres lobo. Pero sobre eso se podría escribir un libro, y no es el momento.

Todo esto deriva en una división del tratamiento episódico que anula la intensidad dramática que tuvieron temporadas anteriores. Pero como he dicho, aunque sea la temporada más débil de Penny Dreadful sigue siendo de lo mejor que se puede ver en televisión. En realidad, toda la serie es un producto de culto casi automático. Su tratamiento visual, la labor de los actores, el mimo con el que se trata el argumento y la coherencia de la evolución dramática de los protagonistas (con alguna que otra salvedad) convierten a esta serie en una ficción indispensable, a disfrutar de carrerilla ahora que, por desgracia, ha llegado a su fin.

‘The Big Bang Theory’, más madurez ante su posible final en la 9ª T.


'The Big Bang Theory' parece anunciar su final en la novena temporada.Desconozco si Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (The Muppets) tienen intención de que The Big Bang Theory termine en su décima temporada, pero a tenor de lo visto en la novena etapa de esta sitcom con la ciencia y el frikismo de fondo todo indica que así es. Y lo cierto es que estos 24 episodios han confirmado algo que ya se intuía en periodos anteriores, pero lo ha hecho con una inteligencia y sencillez que debe aplaudirse, sobre todo en un contexto de series que duran eternamente y que parecen rebuscar en los recovecos de sus tramas para aferrarse a una continuidad innecesaria.

Para muchos espectadores la serie debería haber acabado hace tiempo. Y es posible. Hace no mucho tiempo tuve la oportunidad de volver a ver algunos capítulos de las primeras temporadas y, desde luego, el cambio es más que notable. Pero no tiene necesariamente que ser un cambio a peor. La trama ha sabido evolucionar con la madurez que han adquirido unos personajes tan ingenuos como infantiles, situándolos en contextos sociales más complejos. En este sentido, la novena temporada se podría considerar un clímax en dicha transformación, un cambio profundo en los protagonistas que les está llevando a afrontar las responsabilidades de ser adultos.

Desde luego, poco deja esta temporada de The Big Bang Theory para el futuro. Un bebé en camino, una nueva boda, la pérdida de la virginidad. Todo ello en una única etapa que, aunque tal vez no tenga el humor ácido y agudo de temporadas anteriores, no deja de hacer reír en muchas ocasiones, combinando con inteligencia ciertas dosis de drama y romance que complementan magníficamente el desarrollo habitual de la trama. Y en este contexto, los actores simplemente realizan una labor magistral. Todos ellos han sido capaces de madurar con sus personajes, asumiendo los cambios necesarios en sus personalidades pero manteniendo los detalles que les han convertido en una pieza casi clásica de la televisión moderna.

Por supuesto, en todo esto sigue destacando Sheldon Cooper, de nuevo un Jim Parsons (Sunset stories) espléndido. Su forma de aprovechar las pocas libertades que ofrece un personaje tan característico como este es ejemplar, sobre todo porque se produce de forma natural a lo largo de la trama. Cada vez más lejos del carácter científico (como el resto de la serie), su visión del mundo y la sociedad siguen dando horas de risas sin parar, y su apertura a las convenciones sociales no deja de ser hilarante, sobre todo por el contraste que produce con el resto de personajes. Aunque sin duda, lo que a muchos les puede haber dejado sin habla es el final de la temporada.

Queridísimos hermanos

Hay un momento en la novena temporada de The Big Bang Theory en el que, después de la surrealista situación protagonizada por Sheldon, el personaje de Johnny Galecki (In time) le confiesa que es un hermano para él. Esto ocurre en el episodio 17. Y el momento es importante. Dicho capítulo representa, más o menos, el final del segundo acto en la estructura dramática de la temporada, abriendo paso a la conclusión de esta etapa. Casualidad o no, dicha confesión tiene una extensión mucho más real en el último episodio. Sin desvelar demasiado, baste decir que la mirada que se intercambian Sheldon y Leonard es tan preocupante como hilarante, tanto por las consecuencias que conlleva como por el bagaje vivido durante toda la serie.

Y lo cierto es que, sea así o no, es una prueba más de que la serie está (o parece estar) a punto de terminar. La trama, aunque con un desarrollo coherente durante esta temporada, cada vez da más signos de fatiga. Sus personajes comienzan a tener síntomas de normalidad dentro incluso de su singularidad, y ninguna de las tramas secundarias con las que se trata de nutrir el conjunto parece funcionar lo suficiente como para sustituir la sensación de ocaso que planea sobre toda la producción. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que se esté alargando el chicle indefinidamente. Más bien al contrario: demuestra que la serie está realizando un descenso controlado, con un final programado y planificado en el que nada se deja al azar, y en el que todas las piezas encajan.

Así las cosas, estos 24 episodios dejan un sabor agridulce, aunque habría que analizar si realmente es por una pérdida de calidad de la trama o por la sensación de estar asistiendo al final de una producción que nos ha acompañado durante 10 años. En cierto modo, y salvando las distancias que se tengan que salvar, es lo mismo que ocurrió con Friends, y en definitiva es lo que ocurre con toda serie que llena los espacios de ocio durante tanto tiempo, sobre todo si lo hace con coherencia, sentido dramático y calidad. Por supuesto, y me remito a lo mencionado al comienzo, muchos pensarán que la serie debería haber terminado hace algunas temporadas, y en cierto modo es así. Pero la ficción ha sabido reinventarse, aprovechar las fortalezas y debilidades de sus personajes para conducirlos por un camino que ha permitido conocerlos mejor.

Personalmente creo que The Big Bang Theory sí está a punto de terminar. Desde luego, todo apunta a esto. Que la serie vaya más allá de la décima temporada podría ser posible (en televisión todo lo es), pero el giro argumental que sostenga eso debería ser tan impactante que obligue a los espectadores a demandar más historias de estos amigos. Y la verdad es que no parece que pueda ocurrir. La novena temporada ha puesto todas las piezas necesarias para que la trama concluya satisfactoriamente, con los amigos de lleno en la vida adulta (lo que no quiere decir que ellos sean necesariamente adultos) y, quien sabe, con hermanamientos que confirmarían una de las relaciones que han sustentado la serie desde el comienzo. Lo que es indudable es que, aunque haya podido perder humor, aunque haya introducido cada vez más drama, esta sitcom tiene ya un lugar en la historia de la televisión.

‘Premonición’: un final esperado y previsto por las visiones


Colin Farrell y Anthony Hopkins se ven las caras en 'Premonición'.A mediados de los años 90 David Fincher revolucionó el thriller con Seven. Guste o no, la cinta, con su estética y un calculado guión, supuso un nuevo punto de vista para la relación entre policías y asesinos en serie, entre buenos y malos, demostrando que no siempre el héroe es el vencedor de la historia. Menciono esta cinta por la nueva película de Afonso Poyart (coelhos) bebe en buena medida de aquella, aunque lo hace desde un punto de vista más fantástico y, desde luego, menos inteligente.

En efecto, Premonición presenta una buena base dramática. Más allá del componente irreal, con la capacidad de dos personajes para ver el futuro y el pasado de las personas, la premisa inicial, con un criminal que siempre va un paso por delante de la policía y que maneja los acontecimientos en su propio beneficio, pone los pilares de una trama interesante, con personajes lo suficientemente complejos como para resultar interesantes, y con un trasfondo dramático que enaltece un desarrollo, por otro lado, sin grandes giros argumentales. Dicho de otro modo, el primer acto del film, y buena parte del segundo, apuestan por el suspense al estilo más clásico posible, siempre teniendo como marco el componente fantástico que define, en última instancia, la historia.

El problema es, curiosamente, este componente fantástico. Que tanto el criminal como el protagonista sean capaces de predecir todas las líneas temporales de cualquier acción impide a la historia tener una conclusión, digamos, inesperada. La trama incide tanto en el hecho de la precognición que tanto el clímax como el desenlace final carecen de la sorpresa necesaria en un thriller tan aparentemente oscuro como este. La sensación que queda al final es que el villano se sale con la suya, es cierto, pero no que el héroe sufre unas consecuencias inesperadas (como de hecho ocurría en Seven), sino más bien que comprende que es el único modo de que todo tenga un final feliz. Y es este final feliz el que no encaja en una historia en la que el malo de turno maneja los hilos a su antojo durante toda la trama.

Es cierto que cabe una explicación emotiva y muy dramática en ese final de Premonición, pero no termina de encajar con el desarrollo mostrado durante buena parte de su metraje, sobre todo con el comienzo. De este modo, un thriller que apuntaba maneras diferentes se queda en una propuesta casi al uso, con un plantel de actores más que notable pero con una carencia lógica y sólida en su resolución. Es un problema habitual cuando se juega con ideas tan complejas, no cabe duda, pero no por ello hay que dejarlo de lado. Sobre todo si es la base de la trama.

Nota: 6/10

La 8ª T. de ‘Castle’ demuestra que no es bueno apresurar el final


Nathan Fillion y Stana Katic han afrontado su último desafío en la 8ª T. de 'Castle'Bueno, pues ya llegó. Han pasado ocho años, y como es habitual en este tipo de series que funcionan con la tensión sexual entre los protagonistas, Castle ha perdido fuerza de forma progresiva a medida que la relación entre el escritor y la policía se consolidaba. Y aunque Andrew W. Marlowe (El hombre sin sombra) ha demostrado ser capaz de dar giros interesantes a la historia, al final la gravedad ha vencido. Es algo natural que no solo no puede criticarse, sino que debe alabarse. Lo que ya no es tan de agradecer es que, por cuestiones ajenas a la propia historia, ésta se vea forzada a tomar un camino antinatural, con giros cuanto menos cuestionables y resoluciones que podrían calificarse de interesadas, por no decir ridículas.

La octava y última temporada de la serie ha presentado, como es habitual en esta ficción, un villano único para el arco dramático de los 22 capítulos. Un arco que, en cierto modo, aúna todo lo ocurrido hasta el momento para dar coherencia al desarrollo de los personajes. Todo ello, claro está, combinado con historias episódicas a cada cual más original o extravagante. Y hasta aquí todo normal, si es que hay algo normal en esta producción protagonizada por Nathan Fillion (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Stana Katie (Big Sur). El problema nace, como suele ocurrir en cualquier historia, cuando se traiciona las bases. Y si esas bases se han construido durante tantos años, es necesario andar con pies de plomo.

Por ello resulta tan extraña la resolución ofrecida para ese villano de la temporada. Sin entrar a valorar esa especie de doble final que presenta la serie (y que personalmente es equivocado en la forma y en el fondo, pues demuestra una cobardía a la hora de afrontar un final real para los personajes), la temporada está estructurada de tal forma que la clave ofrecida en la conclusión narrativa del arco argumental resulta poco creíble. El espectador que haya seguido la serie desde el principio es consciente de que las tramas no episódicas de Castle aparecen y desaparecen durante cada temporada, pero siempre tienen un cierto nexo de unión entre héroe, villano y desarrollo.

En esta octava temporada, sin embargo, la identidad del villano queda siempre en la sombra, ofreciendo una narrativa que parece recurrir más bien a un McGuffin que a un enemigo real. Y aunque esto no es en sí mismo un problema, cuando se levanta el telón y se descubre la realidad la sensación que queda es ciertamente decepcionante. Y lo es porque el señalado como oponente de estos dos genios de la ley es totalmente inconexo a la trama, sin un desarrollo dramático previo y con una falta absoluta de conocimiento por parte del espectador. Dicho de otro modo, se desconoce motivación, objetivos, relaciones con el resto de personajes o actos previos. Muchos tal vez consideren válida la elección dado que, al ser un personaje que se mueve en las sombras, puede ser cualquiera. Pero incluso en este contexto es necesaria una construcción más sólida que la simple criminalización de sus actos.

La vida de 'Castle' vuelve a peligrar en la octava temporada.

Historias secundarias sin terminar

Todo esto evidencia una realidad que, por otro lado, es habitual en productos con finales apresurados: las prisas nunca son buenas. Y si bien es cierto que algunas series y películas salen airosas de la prueba, el remanente siempre queda, generando una sensación agridulce que combina la insatisfacción del final poco elaborado, la alegría de una historia que gusta y, como es inevitable, la sensación de vacío que deja un producto de tantos años. Del final depende que ese estado emocional sea luminoso o sombrío, y en el caso de Castle es… bueno, personalmente creo que más tirando a sombrío.

Pero esa sensación no solo se genera por el desarrollo dramático de esta última etapa. Las prisas por cerrar una historia que se preveía, al menos en teoría, para alguna temporada más obligan a la estructura narrativa a centrar la atención en un único objetivo, lo que deja de lado las tramas secundarias que, en mayor o menor medida, siempre han sido parte importante de la serie. Es lógico, pero no por ello menos alarmante. Y no me refiero a las historias personales de los roles de Seamus Dever (Ready or not) y Jon Huertas (Miss dial), el primero más atado que el segundo, sino al hecho de que la presencia de prácticamente todos los secundarios queda relegada al mero testimonio a utilizar cuando es necesario para la trama principal.

Esto ocurre, sobre todo, con los personajes de Susan Sullivan (Puzzled) y Molly C- Quinn (Somos los Miller), madre e hija del escritor respectivamente. Mientras que su desarrollo ha ido creciendo temporada a temporada, en estos últimos episodios se limitan a ser testigos de la acción, sirviendo de apoyo cuando es necesario para los intereses de una trama de la que apenas forman parte. Y para muestra un botón: ¿nadie se ha preguntado por qué no aparecen en esa última escena compartiendo plano con los dos protagonistas y completando la estampa familiar? Independientemente de simbolismos, interpretaciones oníricas o realidades paralelas, lo cierto es que ambos personajes, y con ellos otros secundarios, se han convertido más en figuras representativas que en auténticos motores de tramas propias que enriquezcan el conjunto.

Y tal vez sea por eso que la octava y última temporada de Castle representa el nivel más bajo que ha alcanzado la serie. Lo cual, por otro lado, no es decir que sea mala, ni mucho menos. Muchas series, longevas o no, matarían por lograr el nivel que ha tenido esta ficción de Andrew W. Marlowe a lo largo de los años. Y muchas incluso lo harían con la originalidad de los crímenes presentados en cada episodio. Pero eso no debe ser impedimento para que se reconozca que estos 22 episodios han sido en muchos momentos apresurados, toscos y carentes del sentido habitual de la serie. Y de eso da buena cuenta el último capítulo. Aunque lo peor de todo es saber que se debe a un problema ajeno a la narrativa. En fin, sea como sea, Castle ha escrito la última línea de su novela final. Adiós, Richard.

5ª T de ‘Falling Skies’, un final épico lejos del tono general de la serie


La quinta temporada de 'Falling Skifs' narra el enfrentamiento final entre humanos y aliens.Falling Skies, la serie creada por Robert Rodat (El patriota) y amparada por Steven Spielberg (El puente de los espías) es una producción extraña y diferente en la parrilla televisiva actual. Extraña porque la ciencia ficción, salvo la destinada a adolescentes con las hormonas revolucionadas, no suele funcionar más de una o dos temporadas (y los ejemplos son innumerables). Y diferente porque su equilibrio entre extraterrestres e Historia ha supuesto un soplo de aire fresco para unas tramas que, de otro modo, se habrían vuelto tediosas.

Pero curiosamente, su quinta y última temporada ha apostado por alejarse de ese carácter histórico de muchas líneas argumentales y centrarse directamente en el aspecto más fantástico, exponiendo la crueldad de la guerra alienígena en toda su magnitud. Desconozco si es algo premeditado o si han sido necesidades de una conclusión precipitada, pero lo cierto es que estos 10 episodios dejan un sabor agridulce en el espectador.

El arco narrativo principal de esta última temporada de Falling Skies es un ataque directo a los pilares formales de la serie, al menos en lo que a definición de personajes y tono se refiere. Los humanos, con Tom Mason a la cabeza (interesante Noah Wyle -serie Urgencias– en el cambio de registro) se vuelven mucho más agresivos y directos, cambiando por completo las tornas del combate que ha durado cinco años en televisión. La presencia de varias razas alienígenas y de más grupos de humanos convierte a la serie en un auténtico campo de batalla, más que en una historia de supervivencia, como se había definido hasta ahora.

Esto no impide, por supuesto, que no haya lugar para explorar los diferentes aspectos de la guerra, desde los rincones más aislados del conflicto, en los que parece que el dolor no ha llegado nunca, hasta la conversión de humanos para dinamitar el bando de los héroes desde dentro. El problema es que, dada la necesidad de finalizar la historia en esos 10 capítulos, estas situaciones se limitan a unos pocos episodios, impidiendo un desarrollo dramático adecuado que permita conocer el trasfondo de los personajes implicados y sus decisiones.

Explicación muy humana

Aunque puede parecer que la conclusión de Falling Skies no tiene mucho que ver con el resto de la serie, nada más lejos de la realidad. De hecho, la evolución de esta última temporada se sustenta en varios pilares con los que los espectadores se pueden identificar, en línea con lo narrado en anteriores etapas. La evolución del protagonista y de otros personajes obedece a las pérdidas y el dolor de estos años, lo que a su vez genera conflictos dentro del grupo.

Las decisiones, más militares y menos “humanas”, permiten explorar nuevas facetas de los héroes, pero también argumentar nuevos enfrentamientos dentro de los humanos, enriqueciendo las enemistades que ya existían y que, en realidad, se habían ido disolviendo poco a poco con la evolución dramática de la serie. En este sentido, es interesante comprobar el final que cada personaje tiene, acorde a su forma de vivir y a su forma de evolucionar durante estos episodios.

Pero sin duda lo más humano es la explicación de la invasión extraterrestre que centra la serie. Y este es el aspecto que más controversia puede generar. Sin desvelar demasiados detalles, los motivos que llevan a esta raza a destruir a la humanidad son, cuanto menos, muy humanos, y desde luego alejados de lo que suele verse en este tipo de producciones, ya sean en televisión o en pantalla grande. Ni recursos minerales, ni raza conquistadora. Ni siquiera una guerra interplanetaria que, por casualidad, llega a nuestro planeta. Los motivos son más mundanos, más vengativos, y desde luego más dramáticos. Personalmente, y aunque pueden parecer algo excesivos, suponen un soplo de aire fresco que, en cierto modo, son el broche adecuado para una serie basada en la familia y los lazos afectivos.

Falling Skies termina igual que empieza, con un relato de cómo se originó la guerra y de cómo terminó. Un relato que servirá, en un futuro, a las generaciones de los humanos supervivientes. Un relato que tiene su grueso en una serie capaz de aguantar cinco temporadas siendo fiel a su planteamiento inicial de unificar fantasía y conceptos históricos que han definido al ser humano. La impresión general, aunque esta última temporada haya podido parecer algo apresurada, es la de una serie que ha sabido crecer en complejidad e interés, que ha sabido introducir nuevos matices e integrarlos en un todo armónico. Y eso, en una ficción de estas características, es todo un logro. Tal vez no sea una excepcional producción, pero desde luego es muy recomendable.

Diccineario

Cine y palabras

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