6ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo ser fiel a la esencia hasta el final


Seis temporadas ha durado Silicon Valley. Seis años y menos de 60 episodios bastan para aplaudir y disfrutar una de las series más irónicas, transgresoras y originales de la comedia moderna. La historia creada por John Altschuler (serie Lopez), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie The Goode family) ha terminado casi como empezó, es decir, con sus protagonistas y siendo fiel a ellos. Dicho así puede parecer una obviedad, casi hasta algo anecdótico. Pero en un mundo audiovisual en el que muchos personajes cambian y evolucionan para que la historia avance, en el caso de esta ficción es más bien al contrario. O mejor dicho, todo cambia salvo los protagonistas.

Y es que los 7 episodios que conforman esta última temporada (la más corta de todas) vienen a ser la guinda de un pastel que los espectadores han podido disfrutar, pero que los protagonistas nunca han llegado a terminar del todo bien. Resulta interesante analizar, con la perspectiva que dan los años y el avance de la producción, cómo los protagonistas, sobre todo el que interpreta de forma magistral Thomas Middleditch (Zombieland: Mata y remata), siempre terminan tropezando con la misma piedra, haciendo gala de una consabida mala suerte, inocencia, desgracia divina o el término que se prefiera utilizar. Sea como sea, lo cierto es que los objetivos de este grupo de extraños personajes nunca, o casi nunca, terminan cumpliéndose, y cuando lo hacen no es como ellos esperan. En este sentido, por tanto, el desarrollo dramático del guión se estructura sobre pilares que responden a la idea del conflicto, cómo lo afronta el héroe y, en este caso, cómo siempre termina derrotado.

En el caso que nos ocupa, la sexta temporada de Silicon Valley viene a confirmar que, por mucho que nos esforcemos, no podemos cambiar nuestro sino ni nuestra forma de ser. Y esto invita a una reflexión mucho más profunda e interesante. El hecho de que se aborde desde un punto de vista cómico no resta relevancia al planteamiento de sus creadores, que utilizan ese punto de partida para analizar lo difícil que puede ser salir adelante para determinadas personas, incapaces de cambiar su comportamiento a pesar de las circunstancias, e incluso cuando lo hacen todo parece ponerse en su contra para que no se salgan del camino establecido. Esto, que en otro contexto resultaría excesivamente forzado (al fin y al cabo, el objetivo de cualquier historia es que el héroe termine siendo muy distinto a como empezó), en esta serie es un interesante recurso dramático que aporta una mayor ironía y comicidad al conjunto.

La pregunta que cabría hacerse es ¿por qué se consigue este efecto con personajes que no cambian? La respuesta es algo sutil pero relativamente sencilla. Y es que los personajes se mantienen fieles a sus ideales y a su personalidad, pero eso les lleva a un recorrido apasionante en el que superan prácticamente todas las fases de la evolución de una empresa. El hecho de verles afrontar etapas a pesar de sus traspiés, de comprobar que tienen éxito en sus proyectos aunque siempre terminen cayendo en algún error, es lo que hace irresistible esta ficción. Porque eso les hace humanos, mucho más humanos que otros famosos personajes. Los héroes no luchan únicamente contra un mundo lleno de tiburones tecnológicos, sino contra su propia naturaleza, intentando salir adelante sin renunciar a su forma de comportarse, o al menos no demasiado. Esta lucha interna, en estos 7 capítulos, tiene su manifestación física en el personaje de Kumail Nanjiani (Stuber express) y, sobre todo, en ese final con ratas incluidas, que por cierto ponen la guinda de la empresa conocida como El Falutista.

Secundarios fundamentales

Todo lo dicho hasta ahora de Silicon Valley podría ser, en líneas generales, su tratamiento básico. La línea de trabajo principal. Pero a ello tenemos que sumar algo igualmente imprescindible, y es la cartera de secundarios que ofrece la historia. Y es que, independientemente de la importancia de cada rol, todos ellos están llevados hasta el extremo de la autoparodia, tratando de sacar provecho de numerosos perfiles que, teniendo en cuenta el contexto de la serie, es presumible que puedan encontrarse en ese mundo tecnológico. Esta suerte de ecosistema lleno de arribistas, locos hombres de negocios, mujeres incapaces de mostrar un solo sentimiento de empatía o magnates más preocupados por su imagen que por su producto, presenta nuevos personajes en esta sexta temporada, y lejos de encasillarse en un estilo, superan en muchos aspectos a los ya habituales, lo que viene a consolidar esta conclusión como un claro ejemplo de que el clímax de cualquier historia ha de ser mayor que lo visto hasta ese momento.

En esta categoría de secundarios juegan un papel sobresaliente, como no podía ser de otro modo, los que han acompañado a los protagonistas desde la primera temporada. Estén del lado que estén, estos personajes adquieren en esta última fase de la serie un carácter diferente. Por un lado, están aquellos que se suman definitivamente a la historia para enriquecerla. Por otro, están aquellos cuyo desarrollo se muestra algo más intermitente, inconexo, dejando a un lado su presencia periódica en la trama y convirtiéndose más en un apoyo narrativo y dramático cuya presencia, eso sí, nunca abandona el corazón de la ficción, estando presentes aunque sin llegar nunca a incidir demasiado en el desarrollo salvo cuando se les necesita para la historia principal.

Y este podría ser uno de los “peros” más importantes que tiene la serie en su recta final. La trama se centra tanto en los protagonistas y en su objetivo que se olvida un poco de algunos secundarios y los utiliza únicamente como agentes narrativos al servicio de la historia principal, sin dotarles, como sí tenían hasta entonces, de unos objetivos propios. Con todo, no es algo que afecte demasiado al argumento, fundamentalmente porque esta última temporada funciona a modo de clímax de la historia, por lo que es lógico que se centre en los héroes, su mayor reto y el modo en que salen de ese enfrentamiento. De hecho, el interés que suscita no solo esta trama principal, sino el tratamiento que se le da y, sobre todo, el desenlace tan acorde que tiene, oculta las debilidades de la historia, que pasan en su mayoría por el modo en que queda construido el árbol argumental.

El final de Silicon Valley es, en resumen, lo que debería ser cualquier última temporada de cualquier serie: una conclusión acorde a la historia, que potencia sus virtudes y disminuye sus defectos. Una sexta temporada que no se aleja ni un ápice de lo que cómo son sus personajes, de la esencia que no solo nos ha hecho disfrutar con sus aventuras y desventuras estos años, sino que los define como únicos, incapaces de adaptarse a un mundo voraz y despiadado al que, curiosamente, intentan cambiar con su forma de ser. Si lo consiguen o no es algo que queda para aquellos que vean y rían con un último episodio sencillamente sublime que recoge todo, absolutamente todo lo que representa la serie. Un modelo a seguir que evidencia que si la historia se construye sobre cimientos sólidos (léase, personajes bien definidos), el final siempre será el que tiene que ser independientemente de que sea o no un final feliz.

La 2ª T. de ‘The Son’ deja todo abierto en un abrupto final de serie


Dos temporadas. Eso es todo lo que ha aguantado esa original y diferente producción que es The Son, un western con marcado carácter familiar que, en su segunda y última temporada, ahonda además sobre la construcción de los mitos y las leyendas que forjaron el Lejano Oeste. Última temporada, en efecto, y a pesar de los intentos de Brian McGreevy y Lee Shipman (ambos responsables de la serie Hemlock Grove), autores de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, son 10 episodios que tan solo dan una respuesta parcial a todos los interrogantes y lagunas que deja la narrativa en dos tiempos de la trama, por lo que la sensación que deja es agridulce.

En efecto, la construcción de la serie en dos grandes líneas narrativas que abarcan dos importantes periodos en la vida del protagonista es una fórmula que funciona a las mil maravillas gracias fundamentalmente a que ambas se nutren dramáticamente hablando para ofrecer una complejidad inmensa del personaje al que, en el presente, da vida Pierce Brosnan (Mamma Mia! Una y otra vez) de forma soberbia. Ambas historias, en mayor o menor medida, evidencian la evolución de un hombre hecho a sí mismo a través de la violencia, la sangre y la batalla. Pero en esta segunda etapa también ofrecen algo más interesante si cabe, y es el hecho de cómo se construyó su propia leyenda a base de relatos con cierta base real, pero modificando los elementos necesarios para hacerla más atractiva. Y es aquí donde la serie gana enteros de forma exponencial respecto a su primera temporada, pero también deja muchos, muchísimos agujeros narrativos que ya nunca podrán resolverse.

Sobre su crecimiento dramático, The Son adquiere una complejidad en esta segunda parte tan atractiva como pocas veces vista en este tipo de producciones. Si los primeros episodios mostraban una lucha por el petróleo, en esta nueva entrega de capítulos lo que nos encontramos es una guerra comercial y empresarial igual de violenta y con daños colaterales mucho más importantes si cabe. A través de esta civilizada y violenta lucha (en el Lejano Oeste ambos conceptos parecen ir de la mano aunque suenen antagónicos) los creadores de la ficción aprovechan para poner el foco en diferentes problemas sociales, muchos de los cuales podrían incluso extrapolarse a la actualidad: el uso de la homosexualidad de uno de los personajes, la rebeldía de una joven que quiere algo más de lo que parece ofrecerle el destino, la lucha de un hombre por elegir entre su corazón y su familia. Todos ellos son conceptos dramáticos que gracias al tratamiento de esta parte de la trama no solo quedan planteados, sino que se desarrollan hasta asistir a unas consecuencias muy destructivas.

En cierto modo, y eso es algo que se aprecia en cada aspecto de la serie, esta segunda temporada ahonda más en la idea de la lucha entre el futuro y el pasado, entre el avance de los nuevos tiempos y una forma de entender el mundo más tradicional. Bajo este prisma se pueden entender, por ejemplo, los saltos temporales hacia el futuro que se plantean en esta etapa para explicar la figura de Eli McCullough una vez que ya no está, esa lucha por el comercio y las propiedades e, incluso, la lucha entre nativos americanos y el hombre blanco. Todo ello representa dos estilos de vida, el choque de dos ideales que engloban, a su vez, una compleja estructura moral y de valores que nunca se abandona, sea cual sea la secuencia a la que se enfrentan los guionistas. Y es algo muy interesante de analizar para los apasionados del guión, pues da respuesta a muchas de las teorías expuestas por grandes autores del tratamiento narrativo.

Recuerdos construidos

El principal problema de esta segunda temporada de The Son está precisamente en que todo esto abre la puerta a nuevos interrogantes, a nuevas posibilidades narrativas que se quedan en el aire. No es que no tengan respuesta, es que directamente apelan a la imaginación del espectador para que rellene él los huecos en la vida del protagonista. Sin embargo, son huecos tan enormes, que abarcan tantos años, que es imposible completarlos, generando cierta frustración. Si bien el final del personaje interpretado por Brosnan es, a todas luces, lo que ha sido su vida, es decir, una lucha por esos ideales de los que antes hablaba y un relato de sus últimos momentos que nada tiene que ver con la realidad, el periodo previo a estos años (y posterior a su etapa como comanche) deja muchos, muchísimos enigmas que se han planteado a lo largo de toda la serie.

De hecho, a lo único que se da respuesta es al modo en que el joven protagonista abandona el grupo comanche que le capturó primero y le acogió después. Un momento, por cierto, muy interesante dramáticamente hablando, en el que se aprecia bastante bien la dualidad que vive en el protagonista ya desde ese primer momento (y que en su etapa adulta se traduce en esas ansias por cortar cabelleras). Su huida del hombre blanco para emprender su propio camino es algo tan sencillo como significativo, desvelando la complejidad que luego queda desarrollada magistralmente por Brosnan. Pero… ¿qué ocurre durante las décadas que median entre ambas líneas argumentales? El más absoluto silencio respecto a esto. Y resulta frustrante, pues a tenor de lo visto durante todos los episodios la historia podría ser apasionante. Contar cómo un chico que tiene interiorizada la cultura comanche termina al frente de un imperio petrolífero, siendo llamado por todos como ‘El Coronel’ y ‘El primer hijo de Texas’, y con vínculos en las altas esferas del poder, es algo que no tiene visos de que se vaya a conocer.

En cierto modo, eso desluce el desarrollo y, sobre todo, la conclusión de esta segunda etapa. Y no precisamente porque no tenga calidad, más bien al contrario. El contenido dramático es tan complejo, tan enriquecedor, que aquello que se queda sin contar, aquello que apela a la curiosidad y el deseo de saber más del espectador, se nota mucho más. En sí mismo, y estrictamente hablando, no es un problema de la temporada, sino de que la serie termine únicamente cerrando los dos periodos que se abordan en esta serie. Porque si nos centramos exclusivamente en estos 10 capítulos, lo cierto es que, como he explicado antes, nos encontramos ante una profundización de todos los conflictos internos y externos que ya se plantearon en la primera temporada, lo que eleva a la serie un escalón más en lo que a dramatismo e intensidad emocional y conceptual se refiere.

Personalmente, creo que es una lástima que The Son no supere su segunda temporada. La serie ha abordado con seriedad y sin miedo la juventud y la madurez de un personaje violento, complejo, capaz de luchar por su familia con tal de conservar lo que tanto esfuerzo le ha costado conseguir. Un hombre fraguado por una época en la que la muerte estaba a la orden del día. La vida de Eli McCullough ha dejado una ficción diferente, dinámica, intrigante en muchos momentos y sorprendente en otros. El relato ha sabido crecer de una etapa a otra hasta llegar al clímax y el relato ficticio de una vida que plantea la posibilidad de que muchos de los otros logros del protagonista sean también producto de una construcción que adorna la realidad. Pero eso nunca se sabrá. La finalización de la historia en esta segunda temporada deja una sensación agridulce, como ocurre siempre que una historia termina sin haber sido explicada del todo.

11ª T. de ‘The Big Bang Theory’, comienzo de un final necesario


Prácticamente ninguna serie es capaz de soportar una duración demasiado larga. Las historias se acaban, los personajes no pueden reinventarse constantemente y, sobre todo, el espectador los llega a conocer demasiado bien. Y todo eso es lo que se está empezando a ver en The Big Bang Theory, la comedia de culto creada por Chuck Lorre (serie Mom) y Bill Prady (serie The mupptes). Y ahora que su duodécima y última temporada está a medio camino de su desarrollo, es conveniente hacer un repaso a lo que fue la undécima etapa, centrada mucho en el rol de Sheldon Cooper (Jim Parsons, visto en Figuras ocultas) y algo menos en el resto de personajes, con todo lo que eso conlleva.

Y lo que conlleva es un desequilibrio narrativo, dramático y cómico en muchos puntos del desarrollo de estos 24 capítulos. Posiblemente el mayor éxito de esta sitcom haya sido la dinámica entre los protagonistas. Pero una dinámica que, a pesar de las tramas individuales de cada uno, siempre involucraba de forma orgánica al resto. Dicho de otro modo, aunque cada personaje tiene su propio desarrollo argumental, las tramas episódicas tendían a involucrar a dos personajes, muchas veces ajenos a las parejas que se han ido formando con el paso de los años. Esto permitía gags algo inesperados (tampoco demasiado conociendo el carácter de cada miembro del grupo), pero sobre todo un ritmo mucho más quebrado, saltado de una trama a otra y uniéndolas gracias a que los personajes, en definitiva, se movían entre ellas.

Sin embargo, esta undécima temporada de The Big Bang Theory se ha convertido en algo sustancialmente diferente. Que sea mejor o peor queda al gusto de cada uno, pero de lo que no cabe duda es de que el ritmo cambia notablemente. Lo cierto es que el comienzo de estos episodios ya hacía augurar que la etapa se centraría en el rol de Parsons, toda vez que, no cabe duda, es el alma de esta comedia y los preparativos de su boda requerían de toda la atención posible. Pero lo que tiene una explicación menos lógica es que esto haya provocado, por ejemplo, que el resto de parejas hayan pasado a un segundo plano, no solo en cuestión de interés dramático, sino sobre todo en su profundidad narrativa. En otras palabras, sus historias episódicas no es que duren poco, es que se resuelven sin apenas conflicto. Y lo más importante, mientras que en anteriores temporadas algunos giros argumentales tenían efecto en capítulos posteriores, ahora sencillamente se opta por dar carpetazo en el momento.

Todo ello genera una limitación importante de la carga argumental de la temporada, dejando el protagonismo a Cooper y demostrando que una serie coral como esta, por mucho que haya un personaje más interesante o que sea el motor de la trama, necesita de todos los protagonistas para lograr sus objetivos y mantener el mismo nivel que hasta ahora se había mostrado. Cada uno en su medida, los personajes juegan un rol muy concreto, sobre todo si tenemos en cuenta que su evolución en más de una década ha sido, digamos, limitada. Por ello, reducir su participación o modificar su peso específico dentro de la trama sin que eso vaya acompañado de una serie de cambios en sus personalidades lo que provoca es un desequilibrio narrativo cuyo efecto más inmediato es que, a pesar de que sigan arrancando las carcajadas al espectador, los episodios dejan una extraña sensación de vacío e incluso cansancio.

Más de lo mismo

En efecto, otro de los principales problemas de The Big Bang Theory es la poca evolución de sus personajes. Bueno, es un problema y una ventaja, según se mire y, sobre todo, según se afronte por parte de sus guionistas. Porque el hecho de que los personajes mantengan sus debilidades, sus fortalezas y un carácter ‘friki’ en muchos sentidos permite mantener los conflictos y las dinámicas entre los personajes, recuperando en esta undécima temporada algunos momentos realmente hilarantes. Pero al mismo tiempo, la falta de tratamiento de las historias de pareja y, sobre todo, el aislamiento cada vez mayor que parece producirse entre los miembros del grupo, provoca que esa falta de evolución convierta a los roles en islas argumentales que, por sí solas, aportan poco interés al conjunto de la serie.

La mejor prueba de esto son los episodios en los que se intenta crear parejas argumentales diferentes para dotar a la ficción de nuevas dinámicas. Por ejemplo, las formadas por Sheldon y Bernadette (Melissa Rauch, vista en la serie True Blood), o la que forman los roles de Howard (Simon Helberg –Florence Foster Jenkins-) y Amy (Mayim Bialik –The Chicago 8-). Aun con las dinámicas cómicas que se producen a raíz de las personalidades de estos personajes, lo cierto es que no solo no tienen más recorrido que el episodio de turno (algo que no pasaba, por ejemplo, con el conflicto entre los compañeros de piso que definió las primeras temporadas), sino que no generan una influencia real en el resto de personajes ni en el resto de tramas argumentales.

Todo ello genera esa idea de estar ante más de lo mismo, ante una fórmula que debería haber terminado desde el momento en que los jóvenes ‘frikis’ logran construir sus vidas de forma independiente. El hecho de haber querido alargar esta historia de forma prolongada en un intento de mostrar cómo unos personajes a los que les cuesta cambiar afrontan etapas de la vida como la madurez o la paternidad puede resultar interesante desde un punto de vista dramático o analítico, pero desde luego genera un vacío cómico importante que, aunque es cierto que se tapa con algunas situaciones realmente hilarantes, no logra en ningún caso recuperar el espíritu con el que comenzó y evolucionó esta ficción en sus primeras temporadas.

Pero para gustos los colores. No cabe duda de que The Big Bang Theory es ya una comedia de culto, una sitcom de referencia para muchas generaciones. Y alcanzar la undécima temporada, con sus luces y sus sombras, es un logro al alcance de muy pocos. Su última temporada, ya empezada, supondrá el colofón a más de una década de humor, ciencia y frikismo, que por cierto ha logrado gracias a esta producción dejar de ser algo marginal. Puede que esta etapa haya sido algo más irregular, que no haya logrado mantener los delicados equilibrios humorísticos y narrativos que había formado, pero no cabe duda de que deja algunos momentos para el recuerdo. Es más de lo mismo, es cierto, y evidencia la necesidad de poner fin a la historia, pero mientras consiga arrancar carcajadas su objetivo, al menos uno de ellos, se habrá cumplido.

6ª T. de ‘The americans’, un final impecable para una serie sólida


Hay teorías narrativas que hablan de cinco temporadas como la duración perfecta de una serie. Personalmente creo que la clave está en encontrar los tiempos y plazos necesarios para contar lo que se quiere contar. De ahí que sea tan complicado lograr que una producción funcione, pues es difícil hallar el equilibrio y, por supuesto, es aún más difícil no alargar innecesariamente una historia cuando está tiene éxito. Por eso ficciones como The americans son tan necesarias como raras de encontrar. Su sexta y última temporada es la confirmación de que ha sido una serie sólida, compleja, atractiva, que ha sabido casi siempre hallar un ritmo coherente y, ante todo, ha tenido el final perfecto para la historia narrada. ¿Se puede pedir más?

Tal vez sí, pero no se puede pedir mucho más. Los 10 episodios de esta temporada final son una carrera contrarreloj creada con maestría por Joseph Weisberg y su equipo. Y hablo de maestría porque, después de los acontecimientos vividos en las anteriores etapas, esta temporada viene a ser una conclusión evidente y lógica de lo vivido con antelación, tanto en lo personal como en lo profesional. La trama viene a mostrar la decadencia de un sistema en franco retroceso, incapaz de asumir, al menos por algunos de sus miembros, que los tiempos han cambiado, que se buscan y se necesitan otras cosas. En este sentido es sencillamente espléndida la relación entre los roles de Keri Russell (El amanecer del planeta de los simios) y Matthew Rhys (Los archivos del Pentágono), la primera representando esa reticencia y el segundo esa mentalidad cambiada.

Aunque sin duda, lo que mejor resuelve The americans es la incógnita planteada desde el primer episodio, es decir, la amistad entre los espías soviéticos y el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane). Durante las cinco temporadas anteriores ha podido haber momentos en que la tensión entre ellos, ese tira y afloja sobre el que se ha construido buena parte de la tensión dramática de la serie, ha podido parecer excesivamente teatralizada (de ahí ese pequeño margen de mejora que antes mencionaba). Sin embargo, ha funcionado lo suficientemente bien como para que el dramatismo en esta última tanda de capítulos alcance cotas sencillamente brillantes. Más allá del modo en que el rol de Emmerich (por cierto, sobresaliente en su interpretación) empieza a sospechar de sus amigos y vecinos, lo realmente aplaudible es la escena en el garaje, ese cara a cara resuelto con pausa y sobriedad, manejando de forma ejemplar los tiempos y las emociones, buena muestra de una definición de personajes tan magistral que debería de ser estudiada en las escuelas de guión. Esa escena convertiría a muchas series mediocres en producciones a tener en cuenta. En esta lo que logra es un hito dramático tan solo igualado por lo sucedido a continuación.

Pero antes de llegar ahí es conveniente analizar el pormenor de este diálogo. Su fuerza no reside tanto en el modo en que se desarrolla, que también, como en los hechos de los episodios anteriores. Este clímax es en realidad la cumbre de una escalada dramática y de tensión construida primero sobre las sospechas de uno, segundo sobre ciertos diálogos velados entre los implicados, y por último sobre la amistad construida durante estos años. Así, se llega a un final en el que el espectador es capaz de identificarse con todos los implicados en esa escena. Con todos. Habrá más de uno (y me incluyo entre ellos) que discuta sobre la decisión final adoptada, y es esa discusión la que hace grande esta escena, pues implica que las dudas de los personajes son las mismas que tiene el espectador. Y lograr eso es sumamente difícil.

Un buen final no es un final feliz

Pero si por algo será recordada The americans es por no ser una serie edulcorada, en la que a los protagonistas todo les sale bien simplemente porque son los protagonistas. A lo largo de estas temporadas han tenido que afrontar todo tipo de desafíos, algunos resueltos con más pericia que otros, y en bastantes generando casi más problemas que soluciones. Esta dinámica ha permitido, por otro lado, que la tensión dramática haya ido en aumento. Y esta misma idea es la que ha predominado sobre uno de los mejores finales de serie de televisión de los últimos años.

La serie creada por Weisberg lleva hasta el extremo la teoría de que un buen final no tiene que ser un final feliz, sino el final que merecen sus personajes. Y lo cierto es que esta ficción podría haber tenido una amplia gama de finales, desde el más edulcorado (familia feliz se salva de ser detenida) hasta el más infeliz (los espías mueren). Pero lo que se ha optado es por el realismo más duro posible. Dos personajes que llegaron a Estados Unidos para espiar y robar secretos, que crearon una familia como tapadera y que terminan siendo perseguidos. ¿Cuál podría ser el mayor castigo? Visto el desarrollo dramático de la serie, los minutos finales de esta sexta temporada son sencillamente magistrales. Sin desvelar demasiado, tan solo decir que el manejo de los tiempos en ese tren con destino a la salvación es de una maestría difícilmente superable. El carrusel de emociones que provoca es tal que más de un espectador puede soltar una lágrima. Y todo ello sin derramarse una gota de sangre.

Al final, la conclusión de esta serie no deja de ser un reflejo de lo visto a lo largo de estos años. Con tres episodios menos que en temporadas anteriores, la trama deja de lado historias secundarias que habían lastrado un poco el desarrollo dramático para centrarse de lleno en los protagonistas, ahondando en sus dudas y miedos internos, en sus conflictos familiares y, por último y más importante, en el delicado equilibrio en el que viven. Es cierto que ha habido margen de mejora. La historia de la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld) se ha desarrollado de un modo algo irregular. Y el rol del hijo al que da vida Keidrich Sellati (Rockaway) sencillamente ha quedado como algo residual, si bien se le ha sabido sacar provecho en el tercio final de esta temporada. Y algunos secundarios habrían merecido algo más de peso específico en la trama, sobre todo a la hora de solucionar sus arcos dramáticos, como es el caso del papel de Costa Ronin (The midnighters), actor que por cierto debería de empezar a tener más presencia en la pequeña y la gran pantalla.

Pero a pesar de sus pequeñas irregularidades, The americans ha sido una de las mejores producciones de los últimos años. Fría, calculada, sobria y tensa, la sexta y última temporada es el ejemplo perfecto de lo que debería ser un final. Construido sin prisa pero sin pausa en una duración menor que en etapas anteriores, el argumento se centra finalmente en lo que parecía que podría haber sido toda la serie: la lucha entre el agente del FBI y los espías rusos. Pero lo hace sabiendo todo el bagaje dramático que lleva a cuestas, lo que aporta un plus de dramatismo al ya de por sí dramático desarrollo. Y los minutos finales del último episodio son, sencillamente, ejemplares. Se podría pedir más, en efecto, pero poco se puede echar en cara a una serie que ha sabido moverse dentro de sus límites, ha sabido construir unos personajes sólidos y complejos, y ante todo ha hecho de la contención dramática un arma con la que golpear de forma impecable en su clímax. En definitiva, tiene todo lo que cualquier drama podría desear.

4ª T. de ‘Mozart in the jungle’, un inesperado y sobresaliente final


Uno de los efectos secundarios habituales de las series es que dejan una sensación casi de orfandad cuando llegan a su fin. Una sensación de haber terminado una etapa de nuestras vidas que no volveremos a recuperar, al menos no del mismo modo. Y cuanto más dura la serie, más acentuada es esa sensación. Pero cuando una producción de este tipo se cancela casi sin previo aviso y, por lo tanto, no es posible llegar a terminar su historia de forma correcta, lo que el espectador puede llegar a sentir es algo muy diferente, a medio camino entre la pérdida y la indignación, entre la frustración y la pena. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la cuarta temporada de Mozart in the jungle.

Y es que esta comedia con la música como telón de fondo ha finalizado, y curiosamente no lo ha hecho con un final abierto. Más bien, la trama que ha centrado estos 10 episodios ha tenido un arco dramático completo, situando a los personajes ante nuevos retos de futuro. Y eso es precisamente lo que genera más frustración. La serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (Moonrise kingdom), Jason Schwartzman (Viaje a Darjeeling) y Paul Weitz (El circo de los extraños) termina planteando nuevos hilos conductores que ahora se quedarán sin resolver, como si sus autores tuvieran la esperanza de retomar la historia de estos personajes en un futuro no muy lejano, lo que crea un delicado equilibrio de emociones y de estructuras dramáticas.

Por un lado, esta cuarta y última temporada se revela como, posiblemente, la más original de las cuatro. Durante todos sus capítulos Mozart in the jungle ha hecho gala de una transgresión narrativa, visual y sonora sin igual, pero es en esta última etapa cuando apuesta por echar toda la carne en el asador. Desde inteligencias artificiales creadas para poder componer música y dirigir orquestas, hasta un viaje de autoconocimiento o, sobre todo, una interpretación de la vida del protagonista a través de la danza, el arco argumental ha dejado algunos de los momentos más bellos de la serie, amén de ahondar en las motivaciones y los objetivos de la pareja protagonista interpretada por Lola Kirke (Barry Seal: El traficante) y Gael García Bernal (Me estás matando Susana) hasta un punto pocas veces visto, lo que por extensión convierte a esta temporada en la más dramática de todas.

Por otro, el final deja un sabor agridulce. Y no precisamente porque su resolución busque ese efecto, que en cierto modo también lo hace. Más bien, lo que se genera es la sensación de estar ante una etapa que termina y otra que comienza en la trama, con la salvedad de que la segunda parte nunca va a ocurrir. El tsunami dramático que se produce en el tercio final de esta temporada es de tal magnitud que no hay ni un solo personaje que no modifique su situación dentro de la trama. En mayor o menor medida, cada rol con cierto protagonismo en esta musical historia evoluciona personalmente, algo que se traduce en su posición laboral y en su búsqueda de nuevos retos profesionales. Y aunque el tratamiento de estos arcos argumentales sea irregular (a algunos secundarios no se les da el espacio suficiente), en líneas generales todos han cambiado desde sus inicios, lo que añade valor a esta temporada y la convierte, posiblemente, en la mejor de las cuatro, tanto musical como visual y dramáticamente hablando.

La importancia de los secundarios

Y aquí entra en juego el otro gran aspecto de esta cuarta temporada de Mozart in the jungle y de toda la serie en general. Si bien es cierto que la pareja protagonista, sus tira y afloja, sus éxitos y sus fracasos, son el motor fundamental de la trama, la presencia de unos secundarios con entidad propia ha permitido al argumento crecer en complejidad, ser mucho más transversal y, por tanto, menos lineal. Con sus fobias, sus esperanzas y su bagaje dramático propio y ajeno al resto, cada uno de estos roles menos relevantes en la trama ha crecido hasta hacerse un hueco propio en el desarrollo del arco dramático principal, enriqueciéndolo y aportando matices tanto humorísticos como reflexivos.

Esta producción viene a confirmar algo fundamental en cine y televisión que, sin embargo, muchas veces se ignora. Un buen plantel de secundarios puede convertir una serie mediocre en una producción aceptable, y una obra notable en algo fuera de lo común. Y eso es en lo que se ha convertido en apenas cuatro temporadas esta obra de música, romance, humor y algo de locura. Asimismo, esto ha provocado una dinámica sumamente interesante en toda la serie. Mientras que el peso narrativo comenzó estando más sobre los hombros de García Bernal que de Kirke, en la última parte de la historia ha sido al revés, algo que no solo se ve en la fuerza que ha adquirido el personaje, sino en algo tan palpable y a la vez identificativo como las conversaciones con los compositores muertos que tiene inicialmente el Maestro y que luego asume la joven oboísta.

La última temporada de esta original serie, por tanto, es el canto de cisne de una historia que apuntaba al futuro. Porque aunque es cierto que estos 10 capítulos cierran argumentos, también abren otros muy interesantes y, a raíz de esos secundarios capaces de evolucionar y crecer de forma independiente, plantea un escenario completamente nuevo que renovaría la serie. Dicho de otro modo, esta cuarta temporada podría ser, hasta cierto punto, el fin de un ciclo, y como tal permite la posibilidad de finalizar la producción en este punto. Pero la capacidad de renovarse de forma autosuficiente hace que se abran nuevas expectativas, nuevas posibilidades tanto o más interesantes de lo visto hasta ahora. Y ahí radican los sentimientos encontrados de esta obra.

Sentimientos que, en cualquier caso, no restan calidad a Mozart in the jungle. Más bien al contrario, esta serie es una de las pocas que pueden presumir de haber crecido y mejorado con cada temporada, de haber explorado los rincones más interesantes de sus personajes, principales o secundarios, capítulo a capítulo y con el humor y la ironía por bandera. Es cierto que su narrativa puede resultar en algunos momentos un tanto confusa. Y no es menos cierto que con tantos personajes algunos roles menos importantes han tenido un desarrollo intermitente. Pero nada de eso debería de ser un impedimento para disfrutar de una comedia fresca, dinámica y diferente con una banda sonora, evidentemente, fuera de lo común. ¿La única pega? Que se haya acabado antes de tiempo.

‘Nashville’ acepta con honradez su inminente final en la 5ª T.


Una serie no es únicamente una buena historia, un buen reparto o una factura técnica impecable. A menudo las producciones para la pequeña pantalla pecan de un desarrollo que desvirtúa por completo el sentido inicial de la trama. Eso por no hablar de finales poco adecuados a lo visto durante los años que dure la ficción. Ya sea por exigencias de las audiencias, de la productora o de otros “factores externos”, las series terminan muchas veces de un modo incoherente. Por eso cuando una ficción como Nashville encarrila su evidente final con la humildad, la seriedad y la honradez que ha mostrado a lo largo de todas sus temporadas, debe ser admirada o, al menos reconocida.

Su quinta temporada, de nuevo con 22 episodios, es la prueba fehaciente de que una serie puede terminar sin grandes aspavientos, sin conclusiones forzadas o sin incongruencias dramáticas. Esto no quiere decir que la serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) haya perdido su esencia, al contrario. Posiblemente sea más dramática que nunca. Pero precisamente por el desarrollo y los acontecimientos que se relatan en esta etapa, y el modo en que se tratan las diferentes tramas que componen este universo country, el argumento se ha vuelto mucho más sincero con el espectador de lo que podría haberlo sido hasta ahora.

En realidad, lo que ha hecho Nashville es dar rienda suelta a su dramatismo, pero utilizando para ello el cierre de todas y cada una de las historias secundarias, amén de la trama principal. A estas alturas, y con la sexta temporada ya empezada, los seguidores sabrán del giro de mitad de temporada tan impactante como determinante. Este punto de inflexión es el que marca el camino a seguir hacia el final, utilizando ese momento para iniciar el cierre paulatino y gradual de todas las historias. Y lo hace fiel a su estilo, es decir, generando una escalada dramática que explora todos los sentimientos habidos y por haber en una relación y en la vida misma.

Por supuesto, esto no quiere decir que la serie mejore o empeore. Simplemente esta quinta temporada sabe aprovechar lo construido hasta ahora para concretar un final para sus personajes sin transformarlos hasta hacerlos irreconocibles. Evidentemente, si la serie no ha gustado hasta ahora esto no hará que gane seguidores, pero aquellos que sigan sus tramas encontrarán en estos capítulos un comienzo del fin sumamente enriquecedor. Fundamentalmente porque ese punto de inflexión de mitad de temporada ha permitido a la serie hacer crecer a sus personajes, volverlos más maduros al enfrentarlos con sus propios miedos. En cierto modo, por primera vez en toda la serie los roles evolucionan y dejan de tener un comportamiento cíclico, lo que podría entenderse como una mejora dramática de la ficción.

Rellenar el vacío

Visto así, la ausencia del personaje de Connie Britton (American Ultra) se puede entender como la llave que ha desbloqueado algunos problemas de construcción de Nashville. Por un lado, ha sido el motor dramático de la mitad de esta quinta temporada. El Acontecimiento (así, en mayúsculas, porque pocas veces una serie afronta algo de semejante envergadura antes de su episodio final) se halla detrás de prácticamente todas las motivaciones del resto de personajes. En mayor o menor medida, la pérdida de este rol determina las frustraciones, las decisiones, los anhelos, los miedos y, por qué no, las alegrías que llenan el vacío de la segunda mitad de esta etapa. El hecho de que este importante personaje no vuelva a aparecer en la serie facilita que otros secundarios adquieran entidad propia, más de la que habían tenido hasta ese momento, ahondando en su personalidad y en su arco dramático.

Por otro lado, y está muy relacionado con los dicho anteriormente, el hecho de que se corte de raíz con esta trama personal obliga a Khouri a completar los espacios que hasta ahora ocupaba, ya fuera directa o indirectamente. Y para ello, además de incluir nuevas canciones (personalmente el tema ‘Saved’ cantado por Lennon Stella es el mejor de toda la serie), ha sido necesario introducir nuevos secundarios, potenciar el carácter dramático de otros y hacer avanzar las tramas del resto. Es a esto a lo que me refería al mencionar que la serie crece dramáticamente. Las historias circulares de muchos secundarios, con constantes idas y venidas sobre los mismos conflictos sin lograr un avance real, podían tener un cierto sentido como contexto argumental, pero una vez que dan el paso a la primera línea dramática no son coherentes.

Ahora bien, en esta parte final de la quinta temporada se aprecia un cierto aire a recta final. El hecho de que estas tramas secundarias hayan adquirido más protagonismo solo tiene sentido, y así parece plantearse en la serie, como epílogo a una historia que ya no da más de sí. Esto es algo que se confirma en el hecho de que la sexta etapa es al última, es cierto, pero la realidad es que sus personajes, y por extensión los actores, son conscientes de que la historia es, en realidad, la vida de Rayna Jaymes, y sin ella no puede subsistir mucho más tiempo. Pero a diferencia de otras ficciones, en lugar de apostar por un abrupto final se ha optado por cerrar todas las historias, siempre con la sombra de la protagonista como telón de fondo, y poder así poner el broche perfecto a la serie.

Desde luego, esta quinta etapa de Nashville es, con diferencia, la más dramática de todas. Sin un gancho final como en anteriores ocasiones, la serie ha optado por un punto de inflexión dramática como nunca se había intentado hasta ahora en esta ficción. El resultado no podría ser más interesante, al menos a la hora de analizar el tratamiento. La ausencia de la protagonista facilita la progresión del resto de secundarios, cohibidos tras la figura inmensa del rol de Britton. Así que sí, la producción crece y evoluciona. Esto no quiere decir que sea extraordinaria o que no siga presentando importantes problemas en su concepción, pero sí implica que mejora, al menos dentro de su forma de tratar las tramas y las relaciones entre personajes. Y sobre todo afronta con naturalidad que ha llegado su final. Y eso es algo digno de alabar, sobre todo porque no todas las series son capaces de llegar hasta ese punto.

‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

3ª T. de ‘The Leftovers’, o cómo concluir sin dar demasiados detalles


Hay producciones que parecen prefabricadas por un programa informático. Otras tratan de aprovechar el tirón de algún otro producto de éxito. Y otras sencillamente son tan extrañas que en ocasiones hay que hacer un notable esfuerzo para comprender lo que se está contando. The Leftovers ha pertenecido a esta última categoría. La serie basada en la novela de Tom Perrotta y adaptada a la pequeña pantalla por Damon Lindelof (serie Perdidos) es una de esas producciones que, por su temática y su tratamiento, pueden generar casi tanta locura como la que se narra en su argumento. Su tercera y última temporada, sin embargo, ha optado por una narración algo más lineal, más coherente, tratando de dar un broche final adecuado a lo visto en estos casi 30 episodios.

Personalmente creo que lo consigue. En apenas 8 episodios esta etapa final da rienda suelta a algunos de los aspectos más importantes de la trama, entre ellos el religioso, el fanático y, sobre todo, las desapariciones de esos millones de personas que han sido el impulso dramático de la serie durante toda su duración. Y para poder explicarlo Lindelof y Perrotta optan por un tratamiento más clásico, con un desarrollo más lineal, sin demasiados saltos temporales ni apariciones y desapariciones de personajes en la escena. La historia, por resumir, se centra por completo en los personajes de Justin Theroux (La chica del tren) y Carrie Coon (Perdida), y lo hace no solo para encontrar una justificación a su trama, sino porque sobre sus hombros carga el verdadero significado y la moraleja de toda esta compleja historia.

En realidad, ambos personajes vienen a representar los dos grandes aspectos dramáticos de The Leftovers a lo largo de estas tres temporadas. Por un lado, la angustia existencial que generan las preguntas “¿por qué yo?” y “¿a dónde fueron?” los desaparecidos. Y al menos una de ellas sí encuentra respuesta, de ahí que el final de esta serie genere una satisfacción incompleta. En efecto, esta tercera temporada desvela qué ha ocurrido con aquellos que desaparecieron hace tantos años. A través de un final brillante que intercala imágenes y relato oral, el último episodio se convierte en una especie de epílogo, en la clásica conclusión que cierra la historia de los personajes años después, cuando todo lo relevante ha ocurrido sin necesidad de mostrarse en pantalla. Ese paso del tiempo, unido a la intensidad dramática habitual en la serie y al carácter del otro pilar argumental de la serie, genera un caldo de cultivo perfecto para aclarar buena parte de las ideas planteadas hasta ese momento en apenas unos minutos de metraje, evitando de este modo posibles complicaciones futuras con nuevas tramas en hipotéticas nuevas temporadas.

Y esto es algo relevante. Uno de los principales problemas que ha tenido la serie, y del que tampoco termina de librarse en su tercera entrega de episodios, es la falta de peso dramático de secundarios que, a priori, deberían de tener algo más de interés. Los hijos del personaje de Theroux son un buen ejemplo. Sus historias, aunque con conexiones con la trama principal, han sido demasiado independientes, lo que ha llevado en ocasiones a abandonar sus historias durante varios episodios para centrar el desarrollo en los protagonistas o en otros secundarios. La tercera temporada, en este sentido, directamente opta por dejar su presencia en este universo a una mera referencia residual, lo cual por otro lado aporta un mayor interés y dinamismo al conjunto. Y como ellos, varios secundarios más que no han terminado de cuajar en el extraño puzzle que es esta serie, aportando si cabe más complejidad y originalidad al conjunto pero complicando la comprensión de esta elaborada historia con un final relativamente simple.

El nuevo mesías

El otro gran elemento dramático es la religión. O mejor dicho, el fanatismo en todas sus formas. Y si bien este aspecto toma como epicentro el rol de Theroux, en realidad es algo muy presente en prácticamente todos los personajes que le rodean. Aunque ha sido el argumento de fondo para prácticamente toda la serie, con la secta o el personaje de Christopher Eccleston (Amelia) como recordatorios constantes, lo cierto es que en esta última temporada de The Leftovers adquiere ya una dimensión casi bíblica, toda vez que el protagonista se convierte, o más bien le convierten, en una especie de mesías capaz de resucitar y de guiar los pasos de la sociedad después del incidente.

Bajo este prisma pivota todo el desarrollo dramático de la serie, integrando en él a la perfección el otro gran pilar narrativo casi como un complemento necesario para aportar globalidad de conjunto. El final, sin ir más lejos, es el colofón a esta unión de contenidos, tanto por el hecho de que los dos personajes representan esas bases dramáticas como porque tiene como telón de fondo, al menos durante un tiempo, una boda, lo cual no es algo casual. Como toda buena conclusión, los aspectos que se habían ido planteando a lo largo de la trama tanto en el aspecto religioso como en el existencial tienen su resolución en esta temporada, algunos mejor tratados que otros, pero cerrando un ciclo de forma sólida y compacta.

Cosa muy distinta es que se queden algunas preguntas sin respuesta que, en el fondo, no impiden la comprensión de lo ocurrido. La principal sin duda es el motivo de las desapariciones. En efecto, se da respuesta a prácticamente todo menos al ‘por qué’, a ese motor dramático de la historia. Y aunque parezca contradictorio, esto en realidad tampoco es un obstáculo para entender, interpretar o disfrutar de la serie, al contrario, aporta más misterio y envuelve el modélico final en un halo de misterio que genera más interés si cabe en ese diálogo final entre los dos protagonistas. Con todo, este tratamiento dividido en dos partes también provoca cierta incongruencia dramática al introducir personajes secundarios algo innecesarios, y centrar en exceso la atención en ellos, en su pasado y en sus motivaciones. Da la sensación de haber querido contar una historia nueva con los mismos protagonistas pero otros secundarios que, al mismo tiempo, pudiera continuar la trama previa. Una combinación peligrosa que sale bien, pero que deja algunos momentos algo innecesarios.

Sea como fuere, la realidad es que The Leftovers finaliza como debería terminar cualquier serie. Su tercera y última temporada es el broche perfecto a un tratamiento atípico de la trama, a una narrativa quebrada en casi todos sus episodios, capaz de poner el foco en uno u otro personaje sin miedo a perder la coherencia o la atención del espectador. Si bien estos últimos 8 capítulos presentan un formato más tradicional (entendido esto dentro de lo que ha sido esta serie, claro está), lo cierto es que deja espacio siempre para jugar con la inteligencia y la perspicacia del espectador. Casi olvidándose de secundarios innecesarios, sus responsables optan por centrarse en los protagonistas para dar salida a una compleja trama, y lo consiguen con creces, conformando una serie tan misteriosa como interesante, tan dramática como compleja. Un producto dramático atípico muy a tener en cuenta.

‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

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