‘Judy’: Las consecuencias de volver de Oz


Las películas biográficas son peligrosas por muchos motivos. Cinematográficamente hablando, el riesgo radica en lograr resultar atractivas más allá de la transformación del actor o actriz de turno, es decir, en ofrecer una historia no solamente fascinante, sino un relato apasionante. Y algo de esto y de lo otro tiene Judy, el biopic sobre Judy Garland que adapta a la gran pantalla Robert Goold (Una historia real) a partir del musical.

Tal vez otro director habría sacado más provecho al material. O tal vez habría sido necesario un guión diferente que ahondase más en los aspectos más trágicos de la vida de la protagonista de El mago de Oz (1939). Sea como fuere, lo cierto es que la película parece diseñada para lograr que Renée Zellweger (Toda la verdad) logre un segundo Oscar. La actriz logra una transformación física sencillamente incomparable, no solamente por el maquillaje o las prótesis, ni siquiera por adelgazar como ha adelgazado. La postura del cuerpo, eternamente encorvada, su forma de andar, … todo en ella refleja la decadencia de una mujer incapaz de superar sus problemas. Lo cierto es que compone un personaje único que, todo hay que decirlo, se completa magistralmente con los breves pero importantes flashbacks sobre su terrible infancia.

De hecho, posiblemente sea lo más interesante de todo el film, salvo claro está la propia Zellweger. A través de las miradas al pasado de Garland descubrimos una infancia marcada por las pastillas, por una tortura física y mental que ni siquiera un adulto podría soportar, no digamos ya una niña. La frialdad con la que se trata a la joven estrella en el desalmado mundo de Hollywood, más que compasión, genera rechazo hacia unos hombres y mujeres que solo buscaban un beneficio independientemente de la salud de la pequeña. Pastillas para no comer y mantenerse delgada que la quitaban el sueño; pastillas para poder dormir… lo poco que le dejaban los continuos rodajes. Todo eso queda reflejado en unos pocos minutos que, sin embargo, no son suficientes para despertar el interés en el resto de la película, excesivamente lineal en su desarrollo y en el tratamiento visual que le da Goold.

De hecho, Judy perfectamente podría ser una película directa a televisión si no fuera por los nombres que respaldan el film. La historia está narrada sin personalidad, el guión carece de la fuerza dramática que cabría presumirle teniendo en cuenta el dramático final que narra. Tan solo la música, la actuación de todo el reparto, con Zellweger a la cabeza, y esos breves momentos de escape al pasado logran despertar de la monotonía de esta película. Momentos que se antojan como una salida al mundo mágico de Oz en el que creció la pequeña Judy Garland, pero que terminan convirtiéndose en una pesadilla al volver de esa tierra y pisar la realidad.

Nota: 6,5/10

‘Richard Jewell’: un hombre tranquilo contra el sistema


El caso de Richard Jewell es como el de muchos otros nombres más o menos conocidos de la historia de cualquier país. Un hombre, un buen hombre, acusado injustamente por un sistema que no funciona como debería. Entonces, ¿qué hace de esta trama algo diferente? Bueno, para empezar los nombres que encontramos delante y detrás de la pantalla. Pero ante todo, lo que tenemos es un complejo reflejo de cómo las creencias de un hombre pueden verse destruidas por la corrupción de los hombres.

Y como suele ser habitual en el cine de Clint Eastwood (Invictus), buena parte de ese trasfondo social y moral se encuentra en los últimos minutos de Richard Jewell. Pero no es algo exclusivo de su final. Lo cierto es que la historia construye poco a poco, paso a paso, una espiral de decisiones a cada cual más absurda que lleva a un hombre a pasar de ser un héroe real a un villano construido por medios y Estado. El calvario se agudiza aún más al comprobar la falta de escrúpulos de un sistema incapaz de encontrar una sola prueba que incrimine al presunto sospechoso y, aún así, seguir construyendo un relato (ahora que está tan de moda este concepto) tan falso como las modernas fake news, que de modernas solo tienen el nombre, por cierto. Eastwood, con su maestría, se adueña de un guión bastante sencillo y previsible, narrando la historia con mano firma, sobria, academicista y, sin embargo, dejando espacio para cierto lenguaje que le sigue definiendo como el gran director que es (los planos contrapicados del atentado son de lo más expresivo del film).

Y esa es la magia de este director. Sus historias, al menos algunas de ellas, son relatos mundanos, más bien simples, con desarrollos dramáticos excesivamente lineales y de resolución previsible. Sin embargo, en manos de Eastwood adquieren otro significado, otra dimensión, otro trasfondo social, político, ético y moral. El discurso final del protagonista al que da vida de forma magistral Paul Walter Hauser (Yo, Tonya) es el resumen idóneo de todo lo que se cuece en el film a fuego lento. La lucha por su inocencia de un hombre que cree y siente que el sistema es lo que separa el bien del mal se transforma en una interesante reflexión sobre qué ocurre cuando ese sistema se corrompe y no permite hacer esa distinción. No cabe duda de que a esta labor contribuyen unos actores sencillamente brillantes, con Sam Rockwell (Blaze) y Kathy Bates (Una cuestión de género) a la cabeza. El discurso de esta última hacia el final del film es tan conmovedor que deja sin palabras.

En realidad, Richard Jewell podría haber sido perfectamente un telefilm de sobremesa sobre la lucha de un individuo contra todo un aparato político y mediático. Pero el guión contiene algo más, y eso es lo que Eastwood logra explotar al máximo, redefiniendo la trama y convirtiéndola en todo un análisis de los mecanismos que llevan a convertir a un hombre en héroe y al instante transformarle en un villano. Con una premisa aparentemente simple, la película adquiere en la manos del director y de un reparto de altura una complejidad sumamente interesante, construyendo la historia en base a capas argumentales y dramáticas que obligan al espectador a pensar en el mundo en el que vive. Y eso, al fin y al cabo, es lo que hace toda buena película.

Nota: 7,5/10

‘María, reina de Escocia’: machismos del siglo XVI


Posiblemente el enfrentamiento entre Isabel I y María Estuardo allá por el siglo XVI no haya estado nunca tan de actualidad como ahora. Dos reinas gobernando en solitario en un mundo de hombres que, además, conspiran contra ellas en muchas ocasiones con una clara herida en su masculinidad. Quizá por eso la película dirigida por Josie Rourke en su debut cinematográfico tenga más un interés exógeno que endógeno. O dicho de otro modo, la cinta invita más a la reflexión social que al análisis puramente audiovisual.

Porque María, reina de Escocia es una película histórica algo arquetípica, sin demasiados giros argumentales y, como suele ocurrir con las producciones de corte biográfico, sin un gran interés dramático a cuenta de un final ya conocido. La labor de la directora, además, aporta poca personalidad en el lenguaje, aunque sí deja algunos detalles de fotografía dignos de alabar. No cabe duda de que el gran atractivo se haya en su reparto, encabezado por dos extraordinarias actrices como Saoirse Ronan (En la playa de Chesil) y Margot Robbie (Yo, Tonya) que son capaces de soportar el peso dramático sin mayor problema, y que se encuentran acompañadas por una serie de actores que cumplen con nota su rol secundario.

Pero como decía, lo interesante del film se haya en las reflexiones que ofrece al espectador. Para empezar, las constantes traiciones y conspiraciones por parte de unos hombres que no toleran a una mujer en el trono, y que anhelan un orden establecido por el machismo y la religión católica. En este sentido, el desarrollo dramático es ejemplar, mostrando cómo primero todo se hace en las sombras para, posteriormente, conspirar abiertamente. Paralelismos con diferentes aspectos de la realidad social actual, ya sea nacional o internacional, todos los que se quieran. Y aunque el tratamiento a lo largo del film, con varias elipsis y ciertos diálogos algo irregulares, pueda resultar intermitente, lo cierto es que esta escalada de ataques de los hombres a las mujeres deja algunas escenas imborrables por su crudeza y la labor de los actores.

Así, María, reina de Escocia se revela como un film previsible, arquetípico, que posiblemente no habría llegado a las salas de cine si no fuera por el plantel de actores (y sobre todo las dos actrices) que dan vida a estos personajes históricos. Pero más allá de esa primera impresión, la película ofrece una interesante reflexión sobre la sociedad medieval y actual, sobre un mundo dominado por hombres en el que las mujeres afrontan unos peligros añadidos a los que ya tiene de por sí el mundo masculino. Y lo hace sencillamente exponiendo los hechos tal y como ocurrieron, sin utilizar ningún discurso moral o un speech de sus protagonistas. La historia habla por sí misma.

Nota: 6,5/10

‘Bohemian Rhapsody’: Dios salve a Queen


No han sido pocas las críticas que han atacado duramente la nueva película de Bryan Singer (Valkiria). Pero esta, desde luego, no va a ser una de ellas. Porque si algo bueno tiene este biopic de Freddie Mercury es, por un lado, que recupera la figura de esta leyenda de la música y, por otro, que evidencia la admiración que sigue despertando 27 años después de su muerte. Pero es que además el planteamiento narrativo, con sus altibajos, es notable.

Vaya por delante que este tipo de historias son, por lo general, bastante menos fascinantes de lo que a priori puede pensarse, normalmente porque las vidas privadas de los artistas no tiene tanto interés como su música. En este sentido, Bohemian Rhapsody no es una excepción, presentado algunos pasajes que pueden carecer del ritmo que sí tiene el resto del film. Pero son precisamente esos momentos los que resultan más interesantes, al aproximarse de un modo muy personal al hombre detrás de Freddie Mercury, a un joven cuya vida estuvo marcada por la peor soledad que existe: aquella que se siente estando rodeado de personas. A este respecto la labor tanto del director como del protagonista (Rami Malek, visto en la serie Mr. Robot) es simplemente impecable, y permite apreciar el claro contraste entre la vida del cantante y la que llevaron el resto de componentes de la banda, uno de los detonantes de sus posteriores decisiones.

Pero si algo tiene de extraordinario este film es que esos momentos aparentemente carentes de ritmo son, en realidad, los compases previos a la creación de los mayores éxitos de la banda. Gracias al planteamiento dramático el espectador se aproxima a las luchas y los procesos que dieron lugar a temas como ‘Another one bites the dust’ o ‘We will rock you’. Si a eso sumamos el tratamiento que Singer da a las giras musicales y, sobre todo, ese concierto Live Aid que se muestra casi de forma íntegra, lo que obtenemos es un homenaje a una familia más que a una banda de rock. Un homenaje a una forma de entender la música que, valga la redundancia, no entiende de etiquetas. Un homenaje, en definitiva, a cuatro jóvenes cuya genialidad fue encontrarse, respetarse y saber aprovechar el talento que cada uno tenía.

Un homenaje, por cierto, expuesto de forma inteligente, alejado del drama en el que se convirtió la vida de Mercury en los últimos años. Bohemian Rhapsody es un film sobrio que navega por los temas que se han convertido en himnos generación tras generación, y lo hace con la sencillez y elegancia que caracteriza a Singer. En la memoria queda la actuación de Malik y, sobre todo, algunos conceptos que maneja el film, desde la familia hasta la soledad, pasando por la redención y, como no, esa maravillosa música que nunca deja de sonar. Un viaje por el hombre detrás de la leyenda que a muchos quizá no guste. Y puede que no sea una obra maestra, pero desde luego sí es un film espléndido, que se disfruta de principio a fin y que ayuda a comprender mejor a ese hombre cuya vida terminó en 1991.

Nota: 7,5/10

‘Molly’s Game’: El póker no es un juego de azar


Aaron Sorkin, creador de series como El ala oeste de la Casa Blanca y guionista de películas como La red social (2010), nunca ha sido un autor fácil. Más bien al contrario, su forma de narrar historias, con personajes complejos, cargados de matices y un bagaje cultural, social y político interminable, obliga a mantener una inusitada atención a lo que se narra, incluso aunque esto pueda parecer una tontería. Su primera película como director no es diferente, y aunque en este caso la realidad no supere a la ficción, su sello sigue dejando algunos momentos realmente extraordinarios.

Momentos que superan, con mucho, la propia historia. Porque más allá de un guión estándar y un desarrollo bastante lineal, sin grandes giros argumentales, el argumento de Molly’s Game, basado en la vida de Molly Bloom, tiende a perderse en su propio juego. El juicio al que se enfrenta la protagonista se convierte en una mera excusa para narrar la vida de esta ‘princesa del póker’, como se la llegó a denominar, una vida rodeada de personalidades y nombres (y hombres) importantes que, más allá del glamour y la sensación de estar siempre en el límite de la legalidad, aporta más bien poca profundidad dramática. Ese es el gran problema del film, que su base argumental, aunque pueda tener interés en un primer momento por los orígenes de la protagonista (magistralmente narrados, por cierto), pierde fuerza a medida que se adentra en la trama y no se generan los conflictos necesarios para que pueda crecer dramáticamente hablando.

El resultado es un film correcto, sin grandes giros pero que es capaz de ofrecer algo en compensación, y es la labor de Sorkin como guionista y unos actores extraordinarios. Curiosamente, es hacia el tercio final cuando todos ellos ofrecen lo mejor de sí mismos. El director y guionista compone un tour de force espléndido para mostrar la vulnerabilidad de un personaje aparentemente fuerte y abordar los orígenes de sus decisiones, en un diálogo entre Jessica Chastain (La casa de la esperanza) y Kevin Costner (Lo mejor para ella) que deja sin palabras. Aunque posiblemente el momento cumbre sea la defensa que hace Idris Elba (100 calles) de la protagonista, en uno de los mejores y más intensos monólogos de los últimos años. Posiblemente el final del film sea lo más atractivo del excesivo metraje, pero hay que reconocer que a lo largo de las dos horas y 20 minutos de duración hay momentos que juegan con la ironía, con el drama y sí, con el póker, que aderezan la por otro lado lineal historia.

En cierto sentido, Molly’s Game es un claro ejemplo de que una historia más bien sencilla puede adquirir peso dramático si los nombres encargados de contarla ofrecen su mejor versión. Claro que esta película, como todo lo que toca Sorkin, no es apta para todos los gustos. Diálogos densos, cargados de información, irónicos y rápidos, muy rápidos. Secuencias complejas, con argot del póker que a los profanos les sonará a chino. Y una duración innecesaria. Habrá quien no acepte estas premisas, pero aquellos que sí lo hagan disfrutarán de unos actores extraordinarios, de un desarrollo dramático sin grandes giros pero cargado de momentos interesantes, algunos brillantes. Como se menciona en un momento de la película, “el póker no es un juego de azar”. El cine tampoco, y el primer film dirigido por Aaron Sorkin es la prueba.

Nota: 6,75/10

‘Lion’: el largo viaje a casa


Dev Patel protagoniza 'Lion'.Habrá quien quiera ver en el debut en el largometraje de ficción de Garth Davis una historia excesivamente lacrimógena, capaz de despertar todo tipo de sentimientos en el espectador. Y en efecto, así es. Lo que cabe analizar, por tanto, es el modo en que se logra esa emotividad. No es a través de un viaje plagado de infortunios. No es con giros dramáticos marcados por la pérdida. Porque aunque tiene parte de todo ello, en realidad es un viaje personal de auto descubrimiento, de comprensión de quienes somos en realidad y cómo eso define todos y cada uno de nuestros pasos, incluso cuando no nos movemos del sofá.

Y es aquí donde Lion logra la grandeza que la convierte en una de las candidatas a los Oscar. Dividida en dos partes desde un punto de vista narrativo, la trama aborda en todo momento la soledad de un personaje literalmente perdido en el mundo. Incapaz de conocer sus orígenes, la historia se mueve constantemente motivada por la necesidad de conocer los orígenes, la familia que se ha dejado atrás. De ahí que la historia transmita un mensaje tan poderoso en cada momento del viaje, ya sea con un niño perdido en una gran urbe, con un joven que trata de construir una vida sin conocerse a sí mismo, o con un viaje que se desarrolla fundamentalmente a través de internet.

El carácter verídico de la historia confiere al conjunto, además, un tono si cabe más dramático que tiene su punto álgido con las imágenes finales. Pero más allá de todo esto, destaca la labor de Davis tras las cámaras, dotando al conjunto de una lírica y una belleza idóneas, incluso en aquellos momentos más trágicos. El lenguaje visual, con planos más amplios al comienzo y mucho más cercanos a medida que avanza la trama, introduce al espectador en el cuerpo del protagonista hasta llegar a sentir la angustia y la desolación de la pérdida, primero, y las de la dificultad para encontrar su hogar, después. A todo ello contribuye Dev Patel (About Cherry), quien no solo vuelve a demostrar el gran actor que es, sino su capacidad para dotar a sus personajes de una versatilidad única.

Desde luego, Lion es una de las películas del año. Su carga dramática es alta, muy alta, pero distribuida con inteligencia a lo largo de un viaje que se pasa en un suspiro y que se realiza tanto física como digitalmente. Una historia de supervivencia, de superación y determinación que conmueve cualquier corazón que se haya sentido perdido en algún momento de su vida, ya sea real o figuradamente. Ante su fuerza, su belleza y su mensaje el espectador solo puede dejarse llevar y acompañar a este niño en ese viaje que termina como un adulto. Y atentos a la resolución final con el destino de algunos personajes.

Nota: 8/10

‘Figuras ocultas’: el racismo oculto tras la conquista del espacio


Las mujeres afroamericanas fueron las 'Figuras ocultas' en la carrera espacial de la NASA.Siempre es interesante descubrir nuevas historias, sobre todo si son reales y han pasado totalmente desapercibidas para el gran público. Y por encima de cualquier cosa, si se convierten en una lucha contra una injusticia y un racismo establecidos por el sistema, como refleja la última película de Theodore Melfi (St. Vincent). Tal vez por eso esta trama sobre las primeras mujeres afroamericanas que lograron puestos relevantes en la NASA y que participaron en la primera misión espacial con éxito es más un alegato contra el racismo que una historia de superación, con todo lo bueno y todo lo malo que eso conlleva cinematográficamente hablando.

Desde un punto de vista narrativo, la cinta de Melfi peca en algunos momentos de un excesivo formalismo. Aunque es cierto que existe poco margen para la invención, esta apuesta por el clasicismo resta dramatismo a determinados momentos del film, principalmente a los puntos de giro finales. A esto se suma un desarrollo dramático excesivamente lineal, sin demasiados conflictos salvo aquellos relacionados con el racismo social existente en Estados Unidos en los años 60. De hecho, son estos aspectos los más loables de la trama, tanto los visualmente llamativos (la protagonista debe recorrer un kilómetro para poder ir al baño en su puesto de trabajo) como los conceptuales (una mujer afroamericana es capaz de resolver lo que no saben un grupo de ingenieros blancos).

En este sentido, destaca sobremanera la labor de los actores, sobre todo de Taraji P. Henson (serie Empire), Kevin Costner (Criminal) y Octavia Spencer (Lo mejor de ella). Este trío de actores se terminan convirtiendo en el alma de la historia, y lo hacen precisamente porque cargan sobre sus hombros las principales situaciones raciales de la historia. Dicho de otro modo, la carrera espacial contra la URSS queda, en cierto sentido, en un segundo plano, centrando la atención en la lucha no solo por los derechos de la gente de color, sino de las mujeres en un mundo dominado por hombres y en el que el género femenino estaba relegado a labores, digamos, menos relevantes o menos vistosas.

Desde luego, Figuras ocultas es un alegato contra el racismo, la historia de la lucha de tres mujeres por lograr que el mundo reconociera su trabajo y su inteligencia sin ver su color de piel o su género. El problema está en que hay poco más en este film. Poco habría importado que la trama se enmarcara en la NASA o en cualquier otro contexto, pues la parte de la carrera espacial parece quedar relegada a un segundo plano. A todo ello se suma una planificación excesivamente académica, casi aséptica, que resta dramatismo o emoción a muchos de los momentos álgido de la historia. Con todo, y como decía al comienzo, siempre es interesante conocer este tipo de historias.

Nota:6,5/10

‘El hombre de las mil caras’: el tuerto en el país de los ciegos


'El hombre de las mil caras', la historia de Paesa y Roldán dirigida por Alberto Rodríguez.Como película, técnicamente hablando, no es extraordinaria. Y desde luego su historia podría haber aprovechado mucho mejor algunos elementos narrativos. Pero lo nuevo de Alberto Rodríguez (La isla mínima) no es una gran película por el aspecto técnico, sino por el trasfondo dramático y reflexivo que contiene, y sobre todo por la radiografía de un país y sus debilidades.

Porque sí, como reza la frase promocional, El hombre de las mil caras es la historia del hombre que engañó a todo un país. Pero también es la historia de cómo un país ha permitido a lo largo de los años que los altos cargos sean corruptos con aparente impunidad. Y es la historia de cómo un gobierno puede llegar a caer si traiciona al hombre equivocado. Con todo esto, la historia de Paesa y Roldán adquiere un nuevo significado, más profundo que el mero thriller político y mucho más interesante que la simple exposición de hechos o, en este caso, del punto de vista del personaje magistralmente interpretado por Eduard Fernández (Marsella).

El problema de la película, si es que tiene alguno, es que la historia deja fuera de foco a personajes que podrían haber tenido más relevancia en la trama. Evidentemente, esto no es un problema de guión, de dirección o montaje, sino de la propia veracidad de los hechos, que obliga a mantener una fidelidad en el desarrollo. Asimismo, sus dos horas de metraje pueden parecer excesivas en algunos momentos en los que el argumento parece encallar (y solo parece, porque la resolución deja claro que este hombre ha engañado incluso a los espectadores actuales).

Pero todo ello son cuestiones menores en El hombre de las mil caras. En realidad, Alberto Rodríguez se confirma, si es que era necesario, como uno de los grandes directores de thriller de España. Su manejo de los tiempos, de la cámara y de los actores es brillante y poco dado a efectismos. Es interesante comprobar cómo un simple plano de Eduard Fernández con la mirada perdida en el infinito es capaz de transmitir tanto. Una película imprescindible tanto para aquellos que siguieron la persecución de Luis Roldán con interés como para aquellos que quieran conocer su historia un poco mejor.

Nota: 8/10

‘Steve Jobs’: un genio entre bambalinas


Michael Fassbender es 'Steve Jobs'.No cabe duda de que Steve Jobs, cofundador de Apple, ha sido, es y será un personaje tan admirado como criticado, tan idolatrado como censurado. De ahí que una biografía sobre su persona resulte tan complicada. El más mínimo error puede convertir una obra en un culto a su figura o en una feroz y, en parte, injusta crítica hacia su trabajo. El guionista de su nuevo biopic, Aaron Sorkin (serie El ala oeste de la Casa Blanca) es consciente de ello, y eso se nota en el resultado final.

Porque sí, Steve Jobs es una película de Aaron Sorkin, no de Danny Boyle (La playa), si bien es cierto que en varias ocasiones se nota la mano del director. Y como película de Sorkin, la trama se desarrolla entre diálogos ágiles e interminables que diseccionan a los personajes con precisión cirujana, dejando desnudas sus almas y convirtiéndoles en verdaderos protagonistas de la atención del espectador. Gracias a secuencias como la conversación entre Jobs y John Sculley (un Jeff Daniels –Paper man– espléndido) la cinta logra un crecimiento dramático a base, curiosamente, de lo que se esconde detrás del escenario, una metáfora de lo que siempre ha sido la figura de Jobs, un hombre detrás de una máscara.

Pero si la labor de Sorkin es tan imprescindible como espléndida, lo que logra Michael Fassbender (Frank) en la piel del creador del iPhone es simplemente brillante. El actor se funde con el personaje hasta niveles pocas veces vistos, asumiendo sus imperfecciones y tratando de ensalzar la genialidad de sus ideas. Esa constante contradicción entre una forma de ser cuanto menos difícil y sus innovadoras ideas es el motor que permite mantener el interés en el personaje y en la historia. Y a él se suman, por supuesto, el resto de actores, todos ellos más que correctos en sus respectivos roles.

Así, Steve Jobs se revela como un retrato complejo, interesante y sumamente brillante del creador de la compañía de la manzana. Un relato que, apoyado únicamente en lo que ocurre detrás de las bambalinas de cada presentación, desarrolla las complicadas relaciones entre el protagonista y aquellos que le quieren y le apoyan. Una notable película que demuestra que el genio entre bambalinas muchas veces se impone al resto de genialidades, lo que no impide que cometa errores en su proceso creativo. Y no hablo de Jobs o de Boyle, sino del verdadero artífice de esta recomendable cinta.

Nota: 7,5/10

‘Yves Saint Laurent’: la transgresión de una historia tradicional


Pierre Niney es 'Yves Saint Laurent' en el film de Jalil Lespert.Los biopic, esas películas que abordan una etapa de la vida de un personaje relevante, tienen siempre una serie de etapas comunes que los convierten en una suerte de fotocopias unos de otros. Que gusten o no depende, en muchas ocasiones, del grado de interés que se tenga por el susodicho personaje. Y aunque la nueva película de Jalil Lespert (Des vents contraires) se sostiene en una estructura dramática bastante previsible, la forma de tratar algunos de los momentos más oscuros e íntimos del revolucionario diseñador de moda aporta al film un toque distinto y elegante que invita a la reflexión.

Y es que a diferencia de los films norteamericanos, Yves Saint Laurent no trata de explicarle al espectador lo que ve. Simplemente busca ser un testigo más o menos neutral del periplo artístico y enfermizo que realiza el protagonista, interpretado con bastante solidez por Pierre Niney (20 años no importan). A esto contribuye, sin lugar a dudas, la narración desde el punto de vista de su compañero de vida, papel que corre a cargo de un Guillaume Gallienne (Quiero ser italiano) comedido y sobrio. De hecho, su rol se convierte con el paso de los minutos en el contrapunto del descenso a los infiernos de Saint Laurent, lo que acentúa no solo esa visión algo alejada del protagonista, sino también el cambio que se produce en el joven tímido que se presenta al inicio del film.

Aunque la labor de Lespert tras las cámaras es excesivamente académica, sobre todo cuando se abordan los años de transgresión del diseñador francés, la sencillez de la puesta en escena se equilibra con un reparto notable y una iluminación que capta, en líneas generales, la evolución de los tiempos que vive el protagonista, lo que por otro lado termina por incidir en los propios personajes y en su entorno. Esto permite, además, que ese distanciamiento, esa mirada objetiva que obliga al espectador a analizar todo lo que pasa por la cabeza del protagonista, adquiera un mayor significado en los momentos más dramáticos de la trama, sobre todo aquellos relacionados con la turbulenta relación entre Saint Laurent y su amante Pierre Bergé.

Desde luego, Yves Saint Laurent gustará a los que busquen una aproximación a la figura de este icono de la moda y al propio mundo de la moda. Es cierto que la película posee varios altibajos narrativos, motivados principalmente por esa estructura que parece repetirse en las películas biográficas. Sin embargo, la forma de narrar, aun cuando la planificación es algo sencilla, es diferente, en ocasiones incluso algo transgresora. El hecho de que actores y director opten por el minimalismo formal en algunos momentos dramáticos puede resultar desconcertante en un primer momento, pero al mismo tiempo es una invitación para reflexionar sobre la vida y obra del diseñador.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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