‘En el corazón del mar’: por allí resopla


Chris Hemsworth se enfrenta a la ballena blanca en 'En el corazón del mar'.Pocos directores se habrían atrevido con un proyecto que trata de contar la verdadera historia detrás de ‘Moby Dick’. Y muy pocos habrían apostado por un drama humano más que por una cinta de aventuras que simplemente recrease la lucha entre el hombre y la gran ballena blanca como sueño inalcanzable. Pero Ron Howard (Apolo 13) no solo sale airoso de la prueba, sino que deja en el espectador una serie de reflexiones que van más allá de la propia calidad de la película, y que recuperan buena parte del contenido de la novela de Herman Melville escrita en 1951.

Y es que más allá de la espectacularidad, de los efectos o de la puesta en escena, En el corazón del mar contiene una interesante reflexión sobre el ser humano, sobre su forma de afrontar los miedos y las situaciones más adversas que uno pueda imaginarse. En este sentido, la presencia del enorme cetáceo se convierte en un detonante del cambio, en un agente que transforma todo y a todos, hasta el punto de convertir a marineros en hombres de tierra firme, y a engreídos capitanes en víctimas de su propio ego. Así, el desarrollo dramático del film ofrece una sucesión de reacciones a una lucha que parece perdida casi desde el principio, pero que adquiere visos de venganza desde el momento en que la ballena comienza a perseguir a los incautos balleneros.

En todo este contexto, Howard logra que el reparto en su conjunto ofrezca una notable interpretación, desde un Chris Hemsworth (Escapada perfecta) que vuelve a demostrar que es capaz de algo más que enseñar músculo, hasta un joven Tom Holland (Lo imposible) que vuelve a meterse en la sufrida piel del que sería el protagonista de la novela de Melville. Todos ellos componen un paisaje marinero único, en el que los egos y los recelos dan paso al compañerismo y el apoyo mutuo. El principal problema del film, sin embargo, radica en la narrativa escogida por el director, excesivamente plana en algunos momentos y con tendencia a estancarse a la deriva, al igual que le ocurre a sus protagonistas.

Claro que eso es más un problema de guión que de dirección. Y es un problema habitual en films que contienen este tipo de historias. Pero En el corazón del mar es algo más. La sensación positiva que perdura una vez se encienden las luces convierten a la película en un producto más que correcto, con una historia que envuelve al espectador y le hace partícipe del sufrimiento físico y moral que viven los protagonistas, y que vuelve a poner el acento en cómo el ser humano es capaz de cambiar su forma de ver las cosas ante un suceso traumático. La ballena blanca, ese objetivo inalcanzable que puede acabar con nosotros, se convierte aquí en un agente del cambio. Para bien o para mal.

Nota: 6,5/10

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‘The Big Bang Theory’ evoluciona definitivamente en su 7ª T


Los amigos de 'The Big Bang Theory' ven cómo sus vidas cambian en la séptima temporada.Hace algo más de un mes terminó en Estados Unidos la séptima temporada de The Big Bang Theory, y si algo ha quedado claro después de tantos episodios, de tantos momentos que ya forman parte de la historia de la televisión y de tantas risas a carcajada limpia es que una serie de este tipo solo puede aguantar si es capaz de reinventarse a sí misma. Puede parecer una obviedad, pero comprender esta idea y conseguir llevarla a cabo no siempre es sencillo. Los 24 episodios de esta temporada han confirmado la idea de que la anterior entrega fue una transición para lo que estaba por llegar. ¿Y qué era eso? Pues una revolución en toda regla del mundo que rodea a estos amigos científicos y frikis a más no poder.

Quizá el aspecto más relevante sea la facilidad con la que sus creadores, Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Prady (serie Los líos de Caroline) han sabido integrar por completo todas y cada una de las historias secundarias que rodean a los personajes en un único conjunto mucho mayor que se nutre de todos los detalles que pueblan el cada vez más complejo mundo de Sheldon Cooper y compañía. En efecto, estos nuevos capítulos conforman un todo mucho más armado que en ocasiones anteriores al involucrar de forma más directa personajes episódicos y tramas secundarias en la vida diaria de los principales protagonistas. Incluso algunos secundarios habituales adquieren algo más de protagonismo, pero a diferencia de la temporada anterior, en la que sus tramas se impusieron, en esta ocasión sirven únicamente para hacer avanzar la acción. Ahí está, por ejemplo, la presencia de Will Wheaton (Star Trek: La nueva generación) para llevar la relación entre Leonard y Penny un paso más allá.

Respecto a esto, esta séptima temporada de The Big Bang Theory retoma algunos de los conceptos que se aparcaron (nunca abandonaron) al finalizar la quinta temperada. Por si alguien todavía lo dudaba, la serie se confirma como un reflejo en clave cómica del proceso de madurez de cuatro amigos, que ven cómo sus vidas poco a poco necesitan evolucionar a medida que pasan los años. Si el primero en dar el paso fue el personaje de Simon Helberg (I am I), en esta nueva tanda de episodios le toca el turno a… a todos los demás, en realidad. Cada uno a su modo, los protagonistas asumen que sus vidas no pueden volver a ser como eran, lo cual no hace sino engrandecer una serie que adquirió la categoría de clásico hace ya unas cuantas temporadas. Esto puede sonar a drama o a que la serie ha abandonado algo de ese humor suyo tan característico, pero precisamente en la particular definición de cada personaje está la gracia.

Porque sí, todos y cada uno de los roles protagonistas madura, pero el hecho de que tengan personalidades tan bien definidas y tan reacias al cambio genera un sinfín de situaciones a cada cual más divertida. Que el personaje de Jim Parsons (El gran año), quien por cierto se supera en cada temporada, sea incapaz de aceptar que no todo gira a su alrededor es algo tan sencillo como brillante. Que el rol interpretado por Kunal Nayyar (The scribbler) celebre como un acontecimiento histórico el haber pasado la noche con una chica es inolvidable. Y que tanto éste como el papel de Helberg sigan manteniendo una relación de amistad que juega al despiste con la homosexualidad a pesar de tener parejas es de lo mejor que ha dado esta temporada (la comparación del tamaño de sus pechos es simplemente indescriptible). Todo ello, en definitiva, es lo que mejor puede definir una temporada que ha marcado un nuevo rumbo en la serie, y que desde luego abre las puertas hacia un futuro nuevo y prometedor.

La clave del cambio

Lo más habitual en series tan longevas como The Big Bang Theory es pensar que poco o nada cambia de un año para otro. El hecho de compartir con estos personajes tantas situaciones, tantos diálogos que rozan el absurdo y tantos chistes suele provocar un grado de empatía tal que nubla por completo la capacidad de ver por uno mismo cómo evolucionan los personajes. Viene a ser algo similar a ver crecer a un niño día a día. Sin embargo, y al igual que uno se da cuenta de que el niño se ha convertido en hombre cuando las pruebas son más que evidentes, la producción ha sabido demostrar que su evolución está ahí para quedarse y que, aunque no lo parezca, el camino recorrido hasta ahora ha llevado a los personajes a lugares impensables hace tan solo unas cuantas temporadas.

La clave de dicho cambio, la piedra angular sobre la que se apoya todo ese desarrollo dramático tan sutil como constante, no podía ser otra que el personaje de Jim Parsons, alma mater del conjunto y verdadero artífice de que la serie sea lo que es sin resultar infantil, pretenciosa o absurda. A lo largo de estos 24 episodios Sheldon Cooper posiblemente sea el personaje que más cambios sufre en todos los sentidos, desde su crisis de identidad personal (uno de sus descubrimientos resulta ser un error) hasta su evolución personal con un contacto físico que no desvelaré. Posiblemente todo se deba a que su personalidad es, con mucha diferencia, la más fuerte y mejor definida de todas las que pueblan la ficción. En cualquier caso, no hace falta echar la vista atrás para darse cuenta de que lo vivido en esta temporada ha sido, desde el principio, un proceso de cambio para este personaje. Y teniendo en cuenta que la serie no sería nada sin él, es lógico pensar que el cambio de situación generará a futuro un cambio en la producción.

Evidentemente, no tendría la relevancia que tiene si el resto de protagonistas no tuviesen un papel determinante en su comportamiento. Decía al inicio que los secundarios han sabido integrarse en la trama principal para enriquecerla, cosa que no se había logrado en la temporada anterior. En este sentido hay que destacar la cada vez mayor independencia dramática de los roles femeninos, que surgieron casi como necesidad dramática y que han terminado marcando las pautas de buena parte de los arcos dramáticos de los cuatro amigos protagonistas. Las cada vez más frecuentes secuencias “solo chicas” generan un contraste interesante con aquellas que podríamos definir como “solo chicos”. Esto, además de aportar nuevos puntos de vista, permite definir a los personajes de forma individual, y no como parte necesaria de otro, lo cual es positivo para el conjunto se mire por donde se mire.

Así, The Big Bang Theory se revela en esta séptima temporada como una serie capaz de reinventarse a sí misma, o por lo menos de presentar un objetivo a largo plazo más allá del entretenimiento y la repetición de chistes y situaciones. Algunos de los momentos más cómicos de la temporada contrastan con situaciones dramáticas muy bien desarrolladas, y la capacidad de evolución de sus personajes ha permitido a la producción mirar hacia adelante sin temor a caer en un bucle narrativo. Puede que no sean la entrega más divertida, pero desde luego es la más completa desde el punto de vista de la historia. Todo en ella encaja para poder llevar la serie a un nuevo ámbito. Lo mejor es que hay tiempo para explorarlo, pues ya se ha confirmado hasta la décima temporada… por ahora.

‘House of lies’ da un vuelco y se cambia al drama en su 2ª T


'House of lies' abandona el humor en su segunda temporada.Cuando se desarrolla una historia por capítulos siempre existe la duda acerca de la conveniencia de determinadas ideas. Normalmente el camino lo indican las audiencias, lo cual no quiere decir que sea el más indicado para el carácter de cada serie. Por eso tratar de evolucionar dentro de un producto siempre es arriesgado, y desde luego no siempre sale bien. Solo hay que echar la vista atrás. Por eso el caso de House of lies me resulta, personalmente, tan interesante. Tras una primera temporada realmente transgresora en todos los aspectos, la serie creada por Matthew Carnahan (serie Dirt) da un giro completo a su trama para convertirla en algo un poco más convencional, más dramático y con personajes más desarrollados. El resultado puede defraudar, pero no es necesariamente peor.

A grandes rasgos, estos nuevos 12 episodios relatan cómo el protagonista, interpretado magníficamente por Don Cheadle (Iron Man 3) se debate entre continuar en una empresa de la que ya no se siente parte, y empezar una nueva carrera creando su propia empresa asesora. En medio de todo esto, nuevos clientes a los que poder exprimir, nuevos conflictos morales y emocionales en su equipo de trabajo y en su vida personal, y Matt Damon (Monuments Men), sobre el que hablaré más adelante. Comparada con la primera parte, esta segunda temporada se antoja relativamente similar en su desarrollo de la historia. Empero, hay numerosos conceptos que la diferencian. Y el más evidente es la ausencia total de la complicidad con el espectador.

Desconozco si ha sido una decisión motivada por la imposibilidad de mantener el ritmo de su estilo visual, si sus responsables comprendieron que repetir capítulo tras capítulo las mismas bromas podía llegar a aburrir, o si se ha optado por ahondar más en los personajes. Sea cual sea el motivo, todo lo que definía a House of lies desde un punto de vista formal ha desaparecido. Nada de congelar la imagen. Nada de hablar con el espectador (apenas alguna mirada cómplice). Ni siquiera hay burlas sobre los clientes a los que se pretende asesorar. Se podría decir que el humor más gamberro desaparece. Como decía antes, un cambio arriesgado siempre y cuando no haya un plan B que frene la caída. Por fortuna, Carnahan parece tenerlo, y no es otro que profundizar algo más en todos los secundarios, especialmente en el equipo que acompaña al personaje de Cheadle.

En efecto, si durante los primeros episodios el carácter de Marty Kaan, asesor sin escrúpulos donde los haya, queda definido a la perfección, en esta ocasión son sus colaboradores los que toman las riendas de esa definición y dan un paso al frente. No implica esto que Cheadle pase a un segundo plano, pues la historia sigue girando en torno a él y a su evolución moral hasta convertirse en un individuo más “humano”. Pero con algo hay que llenar todos esos huecos que deja la ausencia de explicaciones a cámara y el humor algo bruto que rezumaba la primera temporada. Y nada mejor que utilizar a los personajes ya conocidos (más alguno nuevo que completa el cuadro) y dotarles de una mayor entidad. Sobre todo al interpretado por Josh Lawson (Crave), que se convierte por derecho propio en el mejor secundario de la serie gracias a esa definición a medio camino entre la ingenuidad, la inteligencia y el querer encajar a toda costa entre sus semejantes, y a la espléndida labor del propio Lawson.

Menos humor, más Damon

Del mismo modo, la falta de ese humor ha obligado a House of lies a tomarse más en serio a si misma. A lo largo de estos 12 episodios las diferentes tramas secundarias (y por extensión la principal) han ido cargando de dramatismo el aspecto general de la serie. Apenas queda hueco para el humor, y mucho menos para el humor que impregnó la primera temporada. Los diferentes conflictos morales, románticos, sociales y familiares (en todos los sentidos, pues el equipo de trabajo es una especie de grupo familiar) se tornan mucho más sombríos, más inciertos, obligando no solo a los personajes, sino al espectador, a mirar de otra forma la serie. Evidentemente, siempre quedan rasgos de lo que en su momento fue la serie, sobre todo en lo referente al sexo o a algunos de los surrealistas clientes que consiguen, pero la sensación general es la de estar ante un cambio.

Al comienzo afirmaba que esto no convierte a esta segunda temporada en algo peor que la primera. Simplemente es distinta. Personalmente, la serie pierde algo de su identidad, pero mejora notablemente en su dramatización. Si logra encontrar un término medio podría alcanzar un nivel muy superior a lo visto hasta ahora. Nivel que, por ejemplo, se logra con el episodio en el que el propio Matt Damon participa como artista invitado interpretándose a si mismo o, mejor dicho, mofándose de su carácter de estrella solidaria y comprometida. En el que posiblemente sea el mejor capítulo de la temporada, el actor de El caso Bourne (2002) acapara todos los focos para revelar una faceta pocas veces vista en él: la de una autoparodia salvaje y excéntrica que finaliza con un spot de televisión de lo más surrealista. A lo largo de su metraje la trama logra una combinación perfecta entre el humor de índole sexual y algo zafio y el drama al que se ve sometido el protagonista, esclavo de una engreída estrella a la que debe complacer para que firme con su compañía, la cual tiene intención de dejar.

Quizá la mayor evidencia de la apuesta por el carácter dramático en lugar del cómico es la forma de concluir la temporada, diametralmente opuesta a la de su predecesora. Mientras que en aquella ocasión el triunfalismo ponía el broche de oro a una escalada de tensión en clave cómica, en esta segunda parte la sensación que permanece es la de que el tablero de juego en el que se mueven todos los personajes ha cambiado para siempre, separándoles y enfrentándoles a sus propios demonios, algo que ocurrirá, casi con toda probabilidad, en la tercera temporada que actualmente está emitiéndose en Estados Unidos y que ha comenzado hace poco en España. Dos finales que reflejan con precisión las dos formas distintas de entender la serie.

La verdad es que no podría decantarme por una u otra temporada de House of lies. La verdad es que tampoco se pretende en este rincón cinéfilo y seriéfilo. La serie ha cambiado, de eso no hay duda. De unos inicios más gamberros y arriesgados formalmente hablando se ha pasado a una narrativa más clásica, más reformada. Pero a pesar de todo, el espíritu ha quedado intacto, algo que debería probar la calidad de la producción. Sus diferentes tramas siguen generando interés, puede que más que antes, y sus personajes han ganado en solidez e independencia respecto al protagonista. ¿Era necesario abandonar las señas de identidad para conseguirlo? Puede que no, pero es el camino que se ha tomado. Y lo cierto es que el espectador puede descubrir algunas cosas que no sabía que existían.

‘Apartamento 23’ pierde a sus secundarios y sus objetivos en la 2ª T


'Apartamento 23' comienza su segunda temporada con fuerza para perderla progresivamente.El pasado mes de octubre analizábamos en este espacio los primeros siete episodios de Apartamento 23, serie cómica creada por Nahnatchka Khan (serie Una chica corriente) que giraba en torno a una joven que llegaba a Nueva York con la intención de triunfar y terminaba sirviendo cafés y compartiendo piso con una joven cuya forma de ver la vida es, digamos, distinta. Ya en esos primeros episodios se apreciaban problemas graves, no tanto en el concepto cómico de la producción o en los personajes, sino en el desarrollo. Su segunda temporada de 19 capítulos, lejos de desviar la atención de estos problemas, los acentúa hasta convertirlos casi en un pilar de su narración, algo que habría funcionado de estar enmarcada en el género absurdo. Por desgracia, el efecto ha sido el opuesto.

Soy consciente de que es una serie episódica, pero incluso en estos casos existe, aunque sea de forma testimonial, un argumento que cohesione la mayor parte de sus elementos. Y una de las cosas más curiosas de la serie es que, en cierto modo, existe: la protagonista busca en todo momento lograr su sueño de trabajar en Wall Street. Bajo este prisma, la trama se desarrolla con relativa lógica, presentando las desventuras de la joven hasta que logra su objetivo. El problema es la distribución episódica. Desconozco si ha sido un problema interno de la producción o si realmente se perdió el norte durante la preparación del contenido de cada episodio, pero existen numerosos problemas que afectan notablemente a la comprensión de los acontecimientos. El principal de ellos es el hecho de que la protagonista, de nuevo con los rasgos de Dreama Walker (Compliance), pasa de trabajar en una cafetería a conseguir un puesto en una empresa para volver a la cafetería como si se hubiera tratado de un sueño.

Al inicio hacía referencia al absurdo. A pesar de los numerosos momentos surrealistas de esta segunda temporada (y que son sin duda lo mejor del conjunto), Apartamento 23 no es una serie que deba ser catalogada en esta categoría, precisamente por la existencia de numerosos conceptos que la atan a la realidad (búsqueda de trabajo, lugares reconocibles, problemas y soluciones reales, etc.). Es por eso que situaciones como la vivida con su trabajo dificultan la comprensión y ofrecen la imagen de error o problema narrativo que genera confusión en los espectadores. Y la consecuencia más directa de esto es la pérdida de interés, algo que puede apreciarse en el descenso de calidad que presentan los últimos capítulos de esta segunda entrega, amén de la desaparición de secundarios como el de Liza Lapira (Repo Men). Un descenso de calidad, por cierto, motivado igualmente por la repetitiva estructura de sus episodios, en los que las personalidades de las dos protagonistas chocan en algún concepto moral para, al final, solucionarlo poniéndose cada una en el lugar de la otra y viendo la vida con otros ojos.

Todo esto convierte estos capítulos en lo que podríamos equiparar al inicio de una montaña rusa: comienza subiendo para terminar en una caída en picado. He de reconocer que los primeros episodios, sobre todo aquellos que tuvieron como epicentro la relación de James Van Der Beek con su personaje en la serie Dawson crece, fueron de lo mejor de la serie. La autoparodia del actor recuperó los mejores momentos de la primera temporada para convertirse por derecho propio en el verdadero interés de la producción. El problema llega cuando dicha vía dramática se elimina, necesitando desde entonces una forma de rellenar las tramas secundarias que completen a la irregular trama principal. Y he aquí que la serie se encuentra con dos frentes abiertos.

Los personajes evolucionan, no cambian

El primero de dichos frentes era encontrarle una motivación al actor que se interpreta a sí mismo. Desparecida la vía autoparódica del famoso venido a menos que vive del éxito que tuvo en el pasado, la labor de Van Der Beek en la serie queda relegada al mero secundario irónico cuya presencia suele generar humor casi exclusivamente con su presencia. Algo parecido a lo que hacía el personaje de Lapira, tal vez por eso eliminado. Cada vez más diluido, el personaje ha logrado hacerse un hueco en esta segunda temporada apoyándose fundamentalmente en los personajes de Krysten Ritter (Life happens) y de Ray Ford (Brother to brother), este último con algo más de libertad para dar vida a su histriónico personaje.

El segundo ha sido dotar al personaje de la “puta” que da nombre a la serie en su título original de una cierta estabilidad en forma de novio/amante del que se enamora sin querer reconocerlo y que, todo hay que decirlo, es su media naranja. El conflicto que se plantea es si un personaje como el que interpreta Ritter es capaz de cambiar de esa forma de la noche a la mañana, pasando de ser una joven que solo busca dejar huella en la vida social de Nueva York a una que busca divertirse cada vez más con un hombre en exclusiva. El giro de su personaje, si bien es cierto que se produce progresivamente, tiene su origen de forma brusca y algo precipitada, utilizando para ello un recurso habitual en la serie como es el flash-back. Y a pesar de que logra su objetivo (completar la serie) no termina de encajar en la naturaleza del personaje.

Todo esto, unido a otras tramas secundarias que comienzan pero no terminan de cuajar, da la sensación de estar ante una serie que va a la deriva a partir de su primera mitad. La falta de objetivo más allá de su personaje principal no solo provoca cierto caos, sino que difumina los valores que hicieron atractivos a muchos de los personajes, entre los que destaca Van Der Beek, auténtico corazón de la producción. Y todo esto a pesar de contar con episodios realmente logrados que arrancan la risa en casi todo su metraje, muy positivo si, por desgracia, no se produjera de forma esporádica.

Tal vez haya sido excesivamente duro este comentario de la segunda temporada de Apartamento 23. En realidad, no es una mala serie, al menos no en su punto de partida. Más bien es una serie frustrada, incapaz de encontrar su verdadera naturaleza o, mejor dicho, incapaz de evolucionar con el desarrollo de sus personajes. Este tipo de ficciones encuentran su sustento en los personajes, y si lo que se intenta es cambiar a los personajes en lugar del foco de la trama, suele producirse lo que al final ocurre: una pérdida progresiva del interés y su consecuente cancelación. Y eso siempre es algo a lamentar.

Primer tráiler de ‘After Earth’: Shyamalan cambia de registro


Will Smith y su hijo, Jaden, vuelven a trabajar juntos en 'After Earth'.Menos de 10 películas como director (si no contamos la que centra esta entrada) le han bastado a M. Night Shyamalan para convertirse en uno de los autores más controvertidos del panorama actual, y no precisamente por el contenido escatológico, extremadamente violento o provocador de sus films. No, lo cierto es que ha dado de qué hablar por la extraña dirección que ha tomado su carrera, que dio un salto de gigante con el rotundo éxito de El sexto sentido en 1999. La sobriedad de su lenguaje visual, la belleza formal de sus encuadres y la sobrecogedora historia que contaba le valieron el título de nuevo gurú del cine fantástico, algo que ratificó con los dos siguientes títulos: El protegido (2000) y Señales (2002). Pero a partir de aquí la cosa cambió. Las historias dejaron de ser tan interesantes, y en un intento de llevar sus técnicas narrativas hasta el extremo abusó de aquello que tanto le definió en el pasado, obteniendo como resultado el rechazo del público. Hace poco salió a la luz el primer avance de su nuevo proyecto, y a tenor de estas imágenes en movimiento todo hace indicar que ha dejado atrás algunos de sus rasgos más definitorios. El título: After Earth.

Protagonizada por Will Smith y su hijo Jaden (que ya hicieron juntos En busca de la felicidad), la cinta narra el aterrizaje forzoso de una nave en la que viajan un padre y su hijo, y tras el cual el padre queda gravemente herido. Será entonces cuando el joven deberá poner en práctica todo lo aprendido para buscar ayuda en un entorno hostil que desconoce y al que antaño, hace más de mil años, sus antepasados llamaban Tierra. Como es evidente, la pareja protagonista está protagonizada por padre e hijo en la vida real, una forma más de Smith Sr. de dar la alternativa a Smith Jr., por más que este ya tenga en su haber algún que otro blockbuster.

En cualquier caso, y como mencionábamos más arriba, este tráiler deja patentes varias cosas. En primer lugar, la espectacularidad de sus imágenes, muy diferentes a lo rodado hasta ahora por Shyamalan y más próximas a cintas como 10.000 a.C. (2008) o Avatar (2009). Esto sugiere, además, que el director indio deja a un lado las historias intimistas o emocionales para dar paso a la acción en estado puro, a persecuciones y a luchas por la supervivencia en medio de selvas, acantilados y grandes masas de agua. Con todo, todavía existe un nexo de unión con ese cine más “intimista”, y es la relación paterno-filial motor de toda la historia.

Claro que no habría que fiarse demasiado del contenido visual de esta primera aproximación. Sí, Shyamalan puede ser capaz de lo mejor y de lo peor, pero si algo tienen en común sus historias es que siempre, siempre, contienen un punto de giro final sorprendente y estudiado para clavar al espectador en su butaca. Puede ser algo impactante o, simplemente, inesperado. Puede ser algo lógico una vez analizado el film o un cambio de rumbo difícil de encuadrar en los primeros momentos. Sea como sea, no habría que descartar algo similar en este After Earth, del que el primer tráiler deja un buen sabor de boca. Aunque eso sí, los fans más fieles del director pueden no encontrar todo aquello que disfrutaron, por ejemplo, en los dos films protagonizados por Bruce Willis (Jungla de cristal). El vídeo, a continuación.

‘[REC]3: Génesis’: una boda fuera de lo común


En 2007, el cine de terror español vivió uno de sus momentos más dulces gracias al estreno de [REC], una propuesta innovadora en su forma y original en su fondo que hizo saltar de la butaca a más de uno, sobre todo con ese final resuelto con la visión nocturna de una cámara de vídeo. La pregunta que cabría hacerse sobre esta tercera parte es: ¿más de lo mismo? ¿merece la pena? Bueno, la respuesta es un rotundo sí. Sí para los seguidores del género zombi; sí para los fans del terror; y sí para los más nostálgicos que echen de menos producciones del tipo Braindead, tu madre se ha comido a mi perro.

Sin embargo, aviso para puritanos. La película de Paco Plaza, esta vez en solitario sin Jaume Balagueró, apuesta por un estilo más tradicional, dejando a un lado el formato casero y “amateur” para narrar los orígenes de la enfermedad zombie en medio de una boda de una forma más “cinematográfica”, si bien la transición de uno a otro es sencillamente perfecta y, al mismo tiempo, queda perfectamente marcada con un recurso que aquí no vamos a desvelar. Igualmente, la película tampoco es apta para determinados estómagos. El carácter más bien intrigante que poseían las dos primeras partes queda aquí paliado por una apuesta más salvaje, visceral y sangrienta que queda aderezada en todo momento por la comedia.

En efecto, el carácter cómico, casi autoparódico, de la película es, en el fondo, lo que convierte a este relato en un gran hallazgo de nuestro cine. Un humor que, a diferencia de cintas como Torrente, apuesta más por el elemento incoherente en una historia ya de por sí extravagante. Personajes que creen saber mucho de cine, animadores infantiles con un disfraz sospechosamente parecido a un personaje animado, o una crítica descarada a uno de los hechos más sangrantes de nuestros defensores de la propiedad intelectual son solo algunos de los momentos más delirantes y aplaudidos, a los que cabría sumar la forma de matar a los monstruos, a cada cual más gore.

Pero si el cambio formal que practican Paco Plaza y su equipo es más que evidente, no lo es menos la evolución de los personajes, sobre todo el de la novia, interpretada maravillosamente por Leticia Dolera (Spanish movie, donde imitaba a Manuela Velasco en… [REC]). Dos frases definen al detalle el cambio que da su personaje. Del “vais a flipar” que dice a una pareja al comienzo de todo el fenómeno, al “este es mi día” que suelta motosierra en mano contra unos zombis, no ocurre mucho en cuestión de minutos de metraje, pero hay todo un mundo en el aspecto narrativo. No soy el primero que lo dice, y no seré el último, pero el personaje de Dolera se convierte en una suerte de Uma Thurman en Kill Bill, lo que lejos de resultar ridículo termina por estimular el conjunto.

Un conjunto, por cierto, que bebe de numerosas referencias previas. De hecho, la cita anterior de Braindead, la tercera película de Peter Jackson, no es casual. Incluso uno de los asesinatos de zombis homenajea una de las escenas finales de dicha película. Pero lo novedoso, lo que realmente hace que la película se alce por encima de otras historias similares, es el romanticismo que impregna todo el relato. Al fin y al cabo, esto es una boda. La lucha desesperada de los recién casados por buscar una salida es lo que mueve a la historia, permitiendo además un equilibrio que resulta casi natural entre el drama, lo irreal y la comedia. De hecho, las peleas por la supervivencia, en esa apuesta por el gore más clásico, resultan menos dramáticas que una simple escena con un autobús como protagonista. Sencillamente espeluznante.

Película más que recomendable para los fans, [REC]3: Génesis promete diversión y vísceras a raudales. Eso sí, que nadie desvíe la atención a otra cosa. Los detalles son importantes, muy importantes. Ese es otro de los pilares fundamentales y sólidos del film. Todo lo que se cuenta, ya sea con cámara casera o en “formato cine”, es importante, por lo que atentos a todo lo que se mencione. No defraudará.

Nota: 8/10

El necesario cambio del cine mudo al sonoro


El sonido se implantó gracias al proyector Vitaphone de Warner Bros.En los casi 120 años de existencia del cine ha habido algunas fechas señaladas, pero posiblemente ninguna marcó tanto al séptimo arte como la inclusión de la banda sonora en la película química, es decir, el paso del mudo al sonoro. No sólo al aspecto puramente artístico y formal, sino a la industria, que de la noche a la mañana tuvo que cambiar una mentalidad arraigada durante más de 30 años. Un cambio que muchos actores y productores no pudieron aguantar.

El reciente estreno de The Artist permite echar la mirada atrás a una época donde las estrellas eran los auténticos dueños de las productoras, donde la sola mención de un nombre en el reparto de una película implicaba el éxito de la producción. Pero también una época de crisis personales, agravadas en muchos casos por la crisis financiera de 1929.

Se suele establecer la fecha de 1927 como el punto de inflexión. Sin duda, El cantor de Jazz, producido por Warner Bros., marcó un antes y un después en la industria, pero evidentemente no fue la única. Antes ya habían existido numerosos intentos de combinar audio e imagen. De hecho, cabe remarcar que el conocido como cine mudo nunca fue totalmente mudo. El acompañamiento de una orquesta en directo era de obligada presencia, tanto para la música como para la simulación de efectos sonoros.

Uno de los primeros intentos fue Don Juan (1926), pero sólo llegó a combinar efectos sonoros, no diálogos ni canciones. Como ya se ha mencionado, fue la Warner la que se llevó el gato al agua gracias al sistema Vitaphone, que desbancó, entre otros, al Movietone de Fox. El desarrollo del sonoro fue muy rápido, y en 1930 ya estaba plenamente asentado. La sociedad ansiaba ver en pantalla a sus héroes hablar, cantar y bailar, y completar de esta forma una experiencia que les llevaba encandilando desde 1895.

Actores en paro

Uno de los primeros y más graves efectos que tuvo el sonoro en la industria fue la desaparición de muchos actores. Como muestra de forma muy inteligente la película Cantando bajo la lluvia (1952), muchos de ellos se vieron forzados a desaparecer debido a que no poseían la voz adecuada. Pero muchos otros fue, simplemente, por mantenerse fieles a una forma de pensar y de hacer cine que, en poco más de tres años, se había vuelto obsoleta. Y es que el sonido, hablar delante de un micrófono, no era para ellos arte.

Por supuesto, la otra cara de la moneda fueron, precisamente los actores que sí supieron adaptarse a las nuevas tecnologías, bien por falta de oportunidades previas, bien por su juventud. Condición necesaria parecía ser una buena voz para cantar, capacidad de baile y belleza.

Y es que, al igual que en la actualidad se hace con el 3D, la mayor parte de las películas de la década de los 30 del siglo pasado eran musicales. De hecho, El cantor de Jazz pertenece a este género. El problema es que la trama y los personajes, pilar fundamental de cualquier película, se dejaban a un lado, lo que generaba producciones de bajo perfil artístico y cinematográfico, pero que en muchos casos llenaban las arcas de los grandes estudios.

Nuevos recursos audiovisuales

El otro gran cambio que produjo el cine sonoro, al menos en sus primeros años, fue la modificación del estilo visual. En realidad, el micrófono no suponía un cambio tan importante en lo que a la forma de contar la historia se refiere, pero levantó verdaderos quebraderos de cabeza a directores y productores desde el punto de vista técnico.

De hecho, el problema provenía más bien de las cámaras, grandes aparatos que comenzaban a ser automáticos (en lugar de la manivela que genera esa cadencia tan característica de las películas mudas), provocando un sonoro ronroneo que los micrófonos captaban y que, consecuentemente, arruinaban las tomas.

La solución se encontró en aislar las cámaras en el propio set, lo que solucionaba el problema pero creaba otro: la falta de movilidad visual. Todo lo que se había logrado gracias a directores como F. W. Murnau, con El último, Fritz Lang con Metrópolis o El Dr. Mabuse, o D. W. Griffith con El nacimiento de una nación, tuvo que ser abandonado en favor de un formato que tenía muchos detractores dentro de la industria.

Pero esto fue sólo el principio. El sonido terminó por imponerse, los actores encontraron nuevas formas expresivas en su voz y en el silencio, y los directores pudieron utilizar un elemento básico en muchos de sus relatos: el sonido extradiegético. Se puede decir que el sonido siempre estuvo presente en la mente de los cineastas desde el principio. Simplemente, adaptaron sus historias a los medios que la tecnología permitía.

Diccineario

Cine y palabras

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