‘The Walking Dead’ confronta civilización y brutalidad en su T. 9 (y II)


El último episodio de la novena temporada de The Walking Dead lleva por título ‘La tormenta’, y no podría ser más apropiado, no solo por lo acontecido en la segunda mitad de esta etapa, sino porque lo que está por venir se antoja eso, una tormenta que dejará la historia y a los personajes mucho más golpeados de lo que actualmente están. Pero no adelantemos acontecimientos. Por lo pronto, estos 8 últimos episodios no solo continúan esa recuperación dramática y narrativa iniciada a principio de temporada, sino que eleva la trama a un nuevo nivel, explotando al máximo las posibilidades de los nuevos antagonistas y, sobre todo, cuadrando perfectamente la historia del cómic con la situación en la serie, muy distinta ya al original en papel.

Comenzando por los Susurradores, ese nuevo grupo enemigo, la ficción creada por Frank Darabont (serie Mob city) hace gala de todo el dramatismo del que es capaz a través tanto de la situación que se genera tras la primera mitad de esta etapa, como de los pasos que se van produciendo para llegar a ese final con frontera física incluida entre los dos principales grupos de humanos. Aunque precisamente lo que genera una mayor profundidad emocional es, precisamente, el carácter casi inhumano de ese nuevo grupo, capaz de vivir entre los zombis utilizando pieles de muertos. Quizá lo más interesante sea que el enfrentamiento es entre la civilización y un grupo humano que ha cambiado hasta mimetizarse con los muertos vivientes. En cierto modo, se puede entender casi como el siguiente grado en la evolución dramática de la serie. Y me explico.

Las primeras temporadas de The Walking Dead tuvieron como eje principal el conflicto interno dentro de un grupo de supervivientes, ahondando en los problemas que generan sentimientos como los celos, la ira, la rabia o el miedo. A continuación se extendió dicha confrontación a otros grupos de humanos, produciéndose guerras encarnizadas por el control de territorios o por la defensa de un estilo de vida. En todos los casos, sin embargo, los zombies eran un contexto dramático que permitía acentuar determinadas situaciones, pero en ningún caso eran los verdaderos protagonistas. En este final de la novena temporada, sin embargo, humanos y muertos vivientes se funden en uno, creando un antagonista único no solo por esa idea de unir los dos mundos (vivos y muertos), sino porque a diferencia de años anteriores, también se confronta un modo de vivir en el mundo postapocalíptico: o bien recuperando lo que nos hizo humanos, o bien deshumanizándonos por completo.

Este trasfondo sociológico puede pasar desapercibido, pero está ahí, ya sea en el modo en el que se muestran los dos mundos tan diferentes, ya sea en los diálogos y en cómo los personajes defienden una u otra forma de pensar. Esto provoca algunos de los momentos más intensos dramáticamente hablando, desde ese rescate de un bebé de las manos de los zombies hasta esa frontera hecha con estacas para delimitar los territorios (y no mencionaré nada más por si alguien no lo ha visto o no ha leído el cómic). La brutalidad de unos contrasta mucho con lo civilizados que intentan ser los otros. Y en ese contraste es donde la serie logra encontrar sus mejores momentos, creciendo desde un punto de vista dramático y, como ya ocurriera en el pasado, eliminando muchos personajes por el camino. La única diferencia podría estar en que, en esta ocasión, dichos personajes tenían poco más que aportar a la serie.

Narrativa paralela

Lo cierto es que The Walking Dead, la serie, ha logrado en esta novena temporada una narrativa paralela al cómic digna de análisis. La ficción televisiva ha logrado narrar, en mayor o menor medida, los acontecimientos de las páginas de papel, pero utilizando para ello su propia estructura dramática y a otros personajes que logran el objetivo deseado. Pero esta producción ha logrado mucho más. Dado que necesita crear más tramas secundarias para completar la duración de cada episodio, sus creadores han optado por ahondar en los conflictos internos de los héroes, estando ahora más torturados que nunca por sus decisiones. No es de extrañar, por tanto, que nos encontremos ante un grupo fragmentado, poco conexionado y carcomido por lo que podrían haber hecho y no han logrado, amén de la pérdida de personajes como Rick o Maggie.

A diferencia de la temporada anterior, este análisis moral de los protagonistas en esta etapa está acompañado por secuencias de acción impactante, ya sea contra el nuevo grupo o contra muertos vivientes. Pero lo más interesante es que el conflicto interno tiene una base sólida. Muy sólida, en mi opinión. No se trata ahora de enfrentarse a un enemigo aparentemente imbatible, o no es solo eso al menos. La pérdida de personajes importantes es utilizada por los guionistas para dar un giro de timón al dramatismo de la serie. Ahora existe una verdadera motivación para las decisiones de todos los personajes, y si a esto añadimos una narrativa que juega con las líneas temporales y los saltos en las mismas, lo que tenemos es una mitad de temporada con un lenguaje propio, que recupera la esencia vista en las primeras temporadas y que, además, comienza a jugar con la dualidad de los personajes, evidenciando que aunque la ficción tiende a polarizar el mundo en héroes y villanos, en vivos y muertos, esa línea se está difuminando cada vez más. Y aquí vuelve otra vez la idea de los vivos con piel de muertos, por cierto encabezados por una espléndida Samantha Morton (Animales fantásticos y dónde encontrarlos).

Uno de los ejemplos más claros de esto es el rol de Jeffrey Dean Morgan (Proyecto Rampage), que a pesar de ser un enemigo encarcelado para dar ejemplo se está convirtiendo casi en la voz de la conciencia de una comunidad que lucha por sobrevivir y recuperar la civilización. Sin duda está llamado a ocupar un protagonismo cada vez mayor, y habrá que ver qué papel juega en la batalla que se avecina. En ese proceso de difuminación también juegan un papel primordial los líderes de las diferentes colonias. El modo en que dudan acerca de sus decisiones, en que actúan separándose primero y luego volviendo a reunirse, desvela una complejidad dramática y emocional que les eleva por encima de la simple categoría de héroes y villanos. Que no se me entienda mal, los buenos son los buenos y los malos son los malos. Pero a diferencia de lo que ocurría con Rick Grimes, ahora ninguno parece tener claro el camino a seguir, y eso no hace sino añadir un mayor interés al conjunto.

De este modo, la novena temporada de The Walking Dead termina con un proceso de mayor complejidad que no ha terminado. Ese último episodio deja en el recuerdo muchos elementos que jugarán un papel fundamental en el futuro inmediato. Para empezar, esa diferencia entre “los buenos” (saben que para sobrevivir tendrán que dialogar, unirse y recuperar su esencia) y “los malos” (golpeándose para demostrar que no son débiles), que marcará la pauta dramática a explorar en la próxima temporada. Además, los conflictos internos de los protagonistas, puestos ante el espejo de sus propias dudas. Y sobre todo, ese mensaje de radio final que vuelve a recuperar algo que ya se vio en esta temporada y que podría dar un giro completo a la serie. Habrá que esperar para eso, pero por ahora la ficción ha sido capaz de volver a sus orígenes, y lo ha hecho como mejor sabe: explorando las posibilidades sociológicas, humanas y sociales de un mundo gobernado por muertos vivientes.

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9ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), un salto temporal para recuperar su esencia


La octava temporada de The Walking Dead dejó más dudas que certezas acerca del futuro de la serie. No tanto por la desaparición de personajes claves o porque tras su finalización se anunciara que el protagonista al que da vida Andrew Lincoln (Pago justo) iba a abandonar la ficción. No, las dudas se crearon porque su desarrollo dramático fue caótico, sin encontrar un buen hilo conductor que sustentara todo el conjunto. Pero dichas dudas se han despejado, y de qué modo, con la primera parte de la novena temporada; ocho episodios que recuperan la esencia de la serie, el ritmo dramático y, sobre todo, un cierto toque de suspense que parecía haberse agotado.

Y todo ha sido gracias a los saltos temporales. La serie creada por Frank Darabont (La niebla) arranca esta etapa tiempo después de los acontecimientos de la octava, lo que permite no solo realizar ajustes dramáticos en las relaciones personales de los protagonistas, algo viciadas ante el frenético ritmo de los últimos acontecimientos. También ofrece la posibilidad de eliminar de la ecuación ciertos aspectos que no funcionaban en la trama, y potenciar otros tantos sin tener que dar demasiadas explicaciones y jugando con la idea de que ha pasado un tiempo (con sus respectivos hechos) y la dinámica de la narrativa es diferente. Todo ello permite afrontar determinados conflictos bajo otro prisma, dando al conjunto una frescura única.

Aunque sin duda el mayor salto temporal es el que se produce a mitad de esta primera parte de la novena temporada. Y es el mayor no solo por el tiempo que transcurre, varios años, sino por los acontecimientos que dan lugar a él. Como comentaba al comienzo, el rol de Rick Grimes abandona The Walking Dead, y lo hace como no podía ser de otro modo, es decir, salvando a sus seres queridos en un episodio épico y plagado de nostalgia. La labor de Lincoln alcanza en estos minutos un nivel sencillamente brillante, evidenciando que a pesar de los sustitutos que cubran su hueco nunca podrán llegar a compararse con este sheriff que quiere reconstruir la sociedad en un mundo de muertos vivientes. El episodio de su despedida conforma también un punto de inflexión en la trama, no tanto por su ausencia como por el impacto que tiene sobre el resto, y por una serie de revelaciones que ahora mismo no es conveniente revelar.

A partir de aquí la serie se reconstruye por completo. Si el comienzo de la temporada permitió solventar algunos problemas dramáticos arrastrados de etapas anteriores, con este salto se reconfigura absolutamente todo, desde la situación de los personajes hasta los arcos dramáticos que protagonizan, pasando por los escenarios y los nuevos personajes que se incorporan. Todo para impulsar el sentido dramático hacia una especie de orígenes renovados en los que los héroes cargan con la culpa y el recuerdo, pero que siguen adelante construyendo un futuro mejor y lidiando con los fantasmas del pasado. Esto permite generar una serie de contrastes emocionales y dramáticos que dejan algunos momentos brillantes, como al personaje de Danai Gurira (Black Panther) manteniendo una conversación imaginaria con Rick, o el juicio a los nuevos visitantes para decidir si son aceptados. Son momentos marcados por el dolor pasado pero que potencian dramáticamente la historia hacia adelante, aportando mayor complejidad al relato.

Susurradores

Aunque sin duda lo más interesante de esta novena temporada de The Walking Dead es la introducción en la trama de los conocidos como ‘Susurradores’. La serie recupera algunos conceptos del thriller que ya se planteó en la presentación de Negan para ir introduciendo la incertidumbre y la tensión dramática a lo largo de los episodios, primero como algo anecdótico y luego como una especie de locura que afecta poco a poco a los personajes, hasta un clímax final en un cementerio que, en pocas palabras, es magistral. A lo largo de apenas cuatro episodios sus creadores plantean la que sin duda será la trama principal en la siguiente tanda de capítulos, y al igual que estos nuevos villanos, lo hacen escondiéndose entre los muertos vivientes.

A lo largo de toda la serie los zombies han sido un contexto dramático y narrativo, ya sea como amenaza de la naturaleza, como trampas para los humanos o como barrera infranqueable. Pero hasta este momento no se habían utilizado como herramienta en todos los sentidos, desde arma hasta modo de transporte, pasando por disfraz. Curiosamente, en este contexto la idea que siempre ha sobrevolado la serie -los humanos son mayor amenaza que los zombies- adquiere un sentido completo uniendo los dos extremos de dicha afirmación en una única amenaza no solo física, sino también psicológica. La forma que tiene esta ficción de trasladar a imagen los cómics creados por Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore es espléndida, sobre todo en el impacto que supone oír hablar por primera vez a los zombies. Ese plano de los dos personajes ocultos entre el barro y el ojo de uno de ellos marcado por un miedo indescriptible se queda grabado a fuego en la memoria.

Con todo, la serie presenta ciertas debilidades dramáticas que están muy relacionadas con los nuevos personajes y con los nuevos roles de algunos que ya habían tenido presencia en episodios anteriores. En teoría, se irán fortaleciendo a medida que se vaya desarrollando esta nueva etapa de la ficción. Pero por el momento, cierto contexto dramático para la trama principal queda deslucido por la nimiedad de sus tramas secundarias y por unos personajes carentes de la fuerza y el dramatismo que se espera de esta serie. Es de suponer que a lo largo de la siguiente etapa se integren más en la historia principal, pero por el momento se han convertido más en una suerte de apoyos narrativos y dramáticos para determinadas situaciones que en un motor de desarrollo como tal.

En cualquier caso, este comienzo de la novena temporada de The Walking Dead es un soplo de aire fresco y un cambio radical en la tendencia que marcó la anterior etapa. En este caso, la ausencia de personajes y los cambios narrativos respecto al cómic no perjudican demasiado el desarrollo dramático, más bien al contrario, sirven para dotar a algunos protagonistas de una mayor profundidad (caso del rol de Norma Reedus –Triple 9-) y para situar a los personajes ante nuevos retos dramáticos. Pero posiblemente la mejor noticia es que recupera un tono narrativo que se había perdido, más oscuro, más trágico y menos dado a la acción pura y dura. Algo que esperemos se mantenga durante, al menos, el resto de la temporada.

‘The Big Bang Theory’, más madurez ante su posible final en la 9ª T.


'The Big Bang Theory' parece anunciar su final en la novena temporada.Desconozco si Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (The Muppets) tienen intención de que The Big Bang Theory termine en su décima temporada, pero a tenor de lo visto en la novena etapa de esta sitcom con la ciencia y el frikismo de fondo todo indica que así es. Y lo cierto es que estos 24 episodios han confirmado algo que ya se intuía en periodos anteriores, pero lo ha hecho con una inteligencia y sencillez que debe aplaudirse, sobre todo en un contexto de series que duran eternamente y que parecen rebuscar en los recovecos de sus tramas para aferrarse a una continuidad innecesaria.

Para muchos espectadores la serie debería haber acabado hace tiempo. Y es posible. Hace no mucho tiempo tuve la oportunidad de volver a ver algunos capítulos de las primeras temporadas y, desde luego, el cambio es más que notable. Pero no tiene necesariamente que ser un cambio a peor. La trama ha sabido evolucionar con la madurez que han adquirido unos personajes tan ingenuos como infantiles, situándolos en contextos sociales más complejos. En este sentido, la novena temporada se podría considerar un clímax en dicha transformación, un cambio profundo en los protagonistas que les está llevando a afrontar las responsabilidades de ser adultos.

Desde luego, poco deja esta temporada de The Big Bang Theory para el futuro. Un bebé en camino, una nueva boda, la pérdida de la virginidad. Todo ello en una única etapa que, aunque tal vez no tenga el humor ácido y agudo de temporadas anteriores, no deja de hacer reír en muchas ocasiones, combinando con inteligencia ciertas dosis de drama y romance que complementan magníficamente el desarrollo habitual de la trama. Y en este contexto, los actores simplemente realizan una labor magistral. Todos ellos han sido capaces de madurar con sus personajes, asumiendo los cambios necesarios en sus personalidades pero manteniendo los detalles que les han convertido en una pieza casi clásica de la televisión moderna.

Por supuesto, en todo esto sigue destacando Sheldon Cooper, de nuevo un Jim Parsons (Sunset stories) espléndido. Su forma de aprovechar las pocas libertades que ofrece un personaje tan característico como este es ejemplar, sobre todo porque se produce de forma natural a lo largo de la trama. Cada vez más lejos del carácter científico (como el resto de la serie), su visión del mundo y la sociedad siguen dando horas de risas sin parar, y su apertura a las convenciones sociales no deja de ser hilarante, sobre todo por el contraste que produce con el resto de personajes. Aunque sin duda, lo que a muchos les puede haber dejado sin habla es el final de la temporada.

Queridísimos hermanos

Hay un momento en la novena temporada de The Big Bang Theory en el que, después de la surrealista situación protagonizada por Sheldon, el personaje de Johnny Galecki (In time) le confiesa que es un hermano para él. Esto ocurre en el episodio 17. Y el momento es importante. Dicho capítulo representa, más o menos, el final del segundo acto en la estructura dramática de la temporada, abriendo paso a la conclusión de esta etapa. Casualidad o no, dicha confesión tiene una extensión mucho más real en el último episodio. Sin desvelar demasiado, baste decir que la mirada que se intercambian Sheldon y Leonard es tan preocupante como hilarante, tanto por las consecuencias que conlleva como por el bagaje vivido durante toda la serie.

Y lo cierto es que, sea así o no, es una prueba más de que la serie está (o parece estar) a punto de terminar. La trama, aunque con un desarrollo coherente durante esta temporada, cada vez da más signos de fatiga. Sus personajes comienzan a tener síntomas de normalidad dentro incluso de su singularidad, y ninguna de las tramas secundarias con las que se trata de nutrir el conjunto parece funcionar lo suficiente como para sustituir la sensación de ocaso que planea sobre toda la producción. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que se esté alargando el chicle indefinidamente. Más bien al contrario: demuestra que la serie está realizando un descenso controlado, con un final programado y planificado en el que nada se deja al azar, y en el que todas las piezas encajan.

Así las cosas, estos 24 episodios dejan un sabor agridulce, aunque habría que analizar si realmente es por una pérdida de calidad de la trama o por la sensación de estar asistiendo al final de una producción que nos ha acompañado durante 10 años. En cierto modo, y salvando las distancias que se tengan que salvar, es lo mismo que ocurrió con Friends, y en definitiva es lo que ocurre con toda serie que llena los espacios de ocio durante tanto tiempo, sobre todo si lo hace con coherencia, sentido dramático y calidad. Por supuesto, y me remito a lo mencionado al comienzo, muchos pensarán que la serie debería haber terminado hace algunas temporadas, y en cierto modo es así. Pero la ficción ha sabido reinventarse, aprovechar las fortalezas y debilidades de sus personajes para conducirlos por un camino que ha permitido conocerlos mejor.

Personalmente creo que The Big Bang Theory sí está a punto de terminar. Desde luego, todo apunta a esto. Que la serie vaya más allá de la décima temporada podría ser posible (en televisión todo lo es), pero el giro argumental que sostenga eso debería ser tan impactante que obligue a los espectadores a demandar más historias de estos amigos. Y la verdad es que no parece que pueda ocurrir. La novena temporada ha puesto todas las piezas necesarias para que la trama concluya satisfactoriamente, con los amigos de lleno en la vida adulta (lo que no quiere decir que ellos sean necesariamente adultos) y, quien sabe, con hermanamientos que confirmarían una de las relaciones que han sustentado la serie desde el comienzo. Lo que es indudable es que, aunque haya podido perder humor, aunque haya introducido cada vez más drama, esta sitcom tiene ya un lugar en la historia de la televisión.

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