‘Masters of Sex’ acelera el desarrollo y final de su última temporada


Los protagonistas de 'Masters of sex' hacen frente a sus miedos en la última temporada.Y en su cuarta temporada llegó al clímax. Masters of Sex, la serie creada por Michelle Ashford (serie Nuevos policías), ha puesto punto y final a esta historia sobre los padres de la revolución sexual. Y como ocurre en no pocas ocasiones, lo ha hecho de forma un tanto precipitada, cerrando tramas de modo abrupto y forzando el natural desarrollo tanto de personajes como de acontecimientos. Y sin que esto sea algo necesariamente negativo, sí revela que la serie podría haber dado para, al menos, una temporada más, toda vez que la historia de William Masters y Virginia Johnson siguió en los años posteriores al último de estos 10 episodios finales.

Con todo, hay que reconocer a Ashford su capacidad para estructurar la temporada de forma más o menos coherente. De hecho, la introducción de los personajes interpretados por Betty Gilpin (Una historia real) y Jeremy Strong (La gran apuesta) imprime al conjunto un renovado espíritu transgresor a todos los niveles, pues más allá del propio carácter de ambos roles se convierten en un reflejo de lo que ha sido la relación de los protagonistas a lo largo de estas temporadas. Una metáfora que los creadores de esta ficción se afanan en poner de manifiesto ya sea a través de diálogos o de situaciones, lo que permite al espectador apreciar matices que tal vez hubieran pasado por alto anteriormente.

A esto se suma, y quizá sea lo más interesante, la evolución moral y profesional del personaje de Michael Sheen (Passengers), que tras tocar fondo afronta todo un proceso de autocrítica y autoaceptación como pocas veces puede verse en una serie. La labor de Sheen, en este sentido, es espléndida, así como la del resto del reparto que asiste y/o participa de este cambio. A través de sus ojos se aprecia, asimismo, el cambio que se produce en otros roles secundarios y en la propia dinámica de la serie, que recupera tramas casi olvidadas para cerrar poco a poco los cabos sueltos que habían quedado de temporadas anteriores de Masters of Sex.

El problema, y no es un problema menor, es que dicha recuperación de tramas no conlleva una correcta finalización de las mismas. De hecho, muchos de estos hilos argumentales que complementan la trama principal simplemente se abandonan, como si fueran una incomodidad que pudiera dejarse morir por ausencia en la estructura dramática. Le ocurre al personaje de Annaleigh Ashford (Top five) y su relación lésbica, y le ocurre al interpretado por Kevin Christy (La montaña embrujada), que ha ido perdiendo interés y protagonismo con el paso de las temporadas hasta convertirse, en este tramo final, casi en una decoración más. Asimismo, en los últimos capítulos se aceleran de tal forma los acontecimientos que no solo da la sensación de ausencia de información, sino que se desvirtúa el carácter de algunos personajes.

Las prisas no son buenas

Bill Masters trata de recomponer su vida en la cuarta y última temporada de 'Masters of Sex'.La peor parada es, curiosamente, la otra protagonista principal interpretada por Lizzy Caplan (Ahora me ves 2). El personaje nunca ha terminado de definir una serie de motivaciones claras (lo que le ha otorgado un cierto interés y fuerza dramática), sobre todo en lo referente a su relación con el rol de Sheen, algo que cambia en esta última parte de la serie. El problema es que cambia en un sentido que termina cargándola con un cierto carácter manipulador tanto en el plano personal como laboral, alejado de otras actitudes mostradas a lo largo de toda la ficción y que, en cualquier caso, nunca habían sido tan evidentes como en los compases finales de este drama.

En el lado opuesto podría encontrarse la evolución del personaje de Caitlin FitzGerald (Adultos a la fuerza), aunque su caso es diferente. Su evolución ha ido de la mano del desarrollo dramático de Masters of Sex, por lo que la revolución que provoca en esta cuarta y última temporada es, hasta cierto punto, coherente. Otra cosa es que, ante la necesidad de cerrar la historia, se haya acelerado su proceso de cambio hasta convertirlo casi en un impulso que en un cambio meditado ante los tiempos que le ha tocado vivir. En cualquier caso, es posiblemente uno de los procesos más interesantes de la serie, y desde luego uno de los personajes más complejos y atractivos de esta ficción.

Ambos casos son los extremos de un proceso que, como decía al comienzo, es relativamente frecuente en el final de cualquier serie, sobre todo si este es inesperado. En el caso que nos ocupa, esta cuarta temporada combina el tratamiento narrativo natural de la historia con unas presiones dramáticas poco justificadas que hacen derivar la historia hacia una conclusión que, curiosamente, deja abiertas muchas tramas secundarias, quizá demasiadas. Un equilibrio cuyo resultado es una temporada que se desinfla de forma progresiva al tratar de integrar en el planteamiento del argumento las necesarias secuencias finales de cualquier historia, cuando esta todavía no había terminado lo que podríamos considerar como segundo acto.

Con esto en mente, la cuarta y última temporada de Masters of Sex deja un sabor agridulce, una sensación de que hay algo más en esta historia que no se ha contado, ya sea porque se ha condensado de un modo tosco todo lo acontecido en estos episodios, ya sea porque la historia todavía tenía muchas cosas interesantes que abordar. Sea como fuere, tampoco sería justo valorar una producción de este tipo por sus últimos compases, y de ahí la extraña sensación que deja en el espectador. Después de algunos momentos dramáticos y narrativos realmente espléndidos, la ficción de Michelle Ashford se despide con prisas, de forma algo atropellada y sin dar demasiadas explicaciones. Y como suele decirse, las prisas nunca son buenas consejeras.

3ª T. de ‘The following’, final adecuado para un desarrollo forzado


La tercera temporada de 'The Following' es un final digno para la serieA Kevin Williamson siempre habrá que reconocerle el mérito de resucitar el cine de terror con Scream (1996) y Sé lo que hicisteis el último verano (1997). Incluso marcó a toda una generación con ese drama adolescente sobrecargado de filosofía que fue la serie Dawson Crece. Pero todas esas obras pecan de algo que también ha sufrido su última creación, The following, cuya tercera y última temporada ha sido, por decirlo de algún modo, un correcto broche a un desarrollo que adquiría por momentos tintes casi irreales. Estos últimos 15 episodios son el perfecto resumen de lo mejor y lo peor que ha ofrecido esta serie.

La tendencia de Williamson a situar a sus personajes en situaciones límite es, posiblemente, el mayor pecado de sus creaciones. No es que sea algo necesariamente malo, pues muchas de sus tramas se han beneficiado de ello. Pero por lo general, y si no está acompañado de un desarrollo coherente, suele crear situaciones cuanto menos cuestionables. El caso de la serie protagonizada por Kevin Bacon (X-Men: Primera generación) pertenece a esa categoría general. En efecto, la tercera temporada, que planteaba un escenario relativamente nuevo, recae en la obsesión del guionista de colocar a su protagonista en una evolución narrativa cuyos giros argumentales no dan tregua al espectador, en una escalada dramática que alcanza cotas poco lógicas.

En este sentido, The following llega a coquetear con la posibilidad de que el héroe encuentre a su alter ego en la que siempre había sido su némesis. Vamos, que el policía se convierta en asesino. Y si bien es cierto que los episodios que protagonizan este conato evolutivo son de los mejores, también es cierto que resulta una situación un tanto extraña. Además, la necesidad de dar un final a personajes como el de James Purefoy (Templario) y Gregg Henry (Any day now) obliga a la historia a desviarse un poco de lo verdaderamente relevante, lo que termina por convertir a esta tercera temporada en una suerte de cajón de sastre que pueda dar respuesta a todas, o casi todas, las preguntas.

El principal problema de esto es que no está estructurado como un proceso orgánico. A pesar de que la persecución de un nuevo villano (muy bien interpretado por Michael Ealy, visto en la serie Almost human) permite a la trama focalizar la atención sobre un nuevo interés dramático, la necesidad de cerrar historias secundarias abiertas obliga a desviar dicha atención en favor de algo más urgente, que es precisamente dar un final a los asesinos en serie que han sobrevivido a lo largo de las anteriores temporadas. El resultado, en líneas generales, es una temporada final irregular, con buenos momentos generados por los nuevos personajes y la evolución del protagonista, y con momentos más forzados dramáticamente hablando motivados por los viejos conocidos. ¡Ah!, y tratando de recuperar la inspiración de Edgar Allan Poe que dio pie a la primera temporada.

El amor al trabajo

'The Following' presenta a un variado grupo de villanos en su 3ª T.Pero como decía, The following presenta un episodio final correcto. Más que correcto. El destino del personaje de Bacon no solo es lógico, esperado y satisfactorio, sino que convierte al héroe en un antihéroe, en un personaje que debe luchar contra el mundo desde las sombras, todo con el fin de proteger a los que considera su familia. En este sentido, Ryan Hardy termina la serie como la empieza, es decir, como un hombre solitario, que ha dejado todo y a todos de lado por su obsesión con los criminales, con cazar a los culpables de una vida que, aunque aparentemente no desea, en realidad no es capaz de evitarla.

El significado de ese final en el hospital es, quizá, lo mejor de toda la serie, ofreciendo un sentido a la ficción y permitiendo al espectador encontrar un sentido al viaje iniciado hace tres años, aunque para ello haya tenido que soportar algunos momentos verdaderamente pasados de vueltas. De hecho, uno de los más surrealistas es el que se produce justo antes de ese final, en un puente que vive una resurrección al más puro estilo zombie única y exclusivamente para servir de excusa a las necesidades narrativas que componen la conclusión de la serie. Es tan absurdo como hilarante, pero puede perdonarse si lo único que interesa es el final de la serie.

Con todo y con eso, uno de los aspectos más interesantes de esta última entrega episódica es la evolución de sus personajes. Mejor dicho, de sus héroes. Porque junto a los cambios que sufre el personaje de Bacon es importante señalar los que sufre el rol de Shawn Ashmore (X-Men 2) y Jessica Stroud (Ted), esta última en una medida mucho menor. Todos ellos, ya sea por pérdidas o por ataques contra su pasado más íntimo, presentan unos cambios que les llevan a modificar sus patrones de conducta hacia un carácter más reservado e individualista. Vamos, más parecidos al héroe. El problema es que sus respectivas definiciones a lo largo de los episodios han sido tan débiles (sobre todo la de ella) que dichos cambios no tienen una justificación clara, lo que a la larga impide una identificación con dichas decisiones.

Dicho esto, y sin que esta tercera y última temporada pueda considerarse notable, The following pone un broche más que digno a su corta existencia. Dejando a un lado las concesiones dramáticas, algunas más absurdas que otras, la serie termina como debe, con un héroe marcado para siempre y condenado a vivir en el anonimato en busca de una organización criminal que, a todas luces, es demasiado grande como para derrocarla. Como ya he dicho, que el recorrido para llegar hasta allí haya sido más o menos irregular queda mitigado por esa conclusión, pero no por ello debe ser olvidado. Kevin Williamson vuelve a demostrar que maneja bien los elementos del thriller, pero también que le cuesta mucho controlar el desarrollo de sus tramas.

‘San Andrés’: sabíamos que esto iba a pasar


Dwayne Johnson y Carla Gugino protagonizan 'San Andrés', de Brad Peyton.Algunos la tacharán de predecible. Otros de meros efectos digitales que ni siquiera necesitan director. Y estoy convencido de que otros tantos cargarán sus tintas contra Dwayne Johnson (Fast & Furious 7), cuyos lagrimales posiblemente estén atrofiados por tanto músculo. Pero lo cierto es que la nueva película de Brad Peyton (Viaje al centro de la Tierra 2: La isla misteriosa) es un entretenimiento puro y duro, sin más pretensiones que dejar al espectador clavado a su silla a base de impactantes secuencias de acción, una trama lineal pero bien elaborada y un final de esos que llevarán a muchos a plantearse su ingreso en algún cuerpo de seguridad. Y hasta la fecha no creo que eso sea algo negativo si uno es consciente de lo que está a punto de ver.

Y desde luego San Andrés no promete nada que no pueda cumplir. Es cierto que la cinta no ofrece grandes momentos dramáticos, y desde luego los actores podrían haber dado algo más de sí (o no, quién sabe), pero eso importa relativamente poco en una película que lo único que ofrece es una cuidada destrucción de toda la costa este de Estados Unidos. Espectacular en todo su metraje, brillante en sus dos grandes setpieces en Los Ángeles y San Francisco, la película es lo que se puede deducir de su título. Ni más ni menos. Y desde luego que los efectos digitales cobran una importancia vital, pero la mano de Peyton se puede apreciar en cada fotograma. Es gracias a él, por ejemplo, que la angustia se apodera del plano secuencia en Los Ángeles, posiblemente la mejor secuencia de toda la película.

Claro que la mayor parte del mérito de que estemos ante un divertimiento palomitero de primer nivel es su guión. Sí, no cabe duda de que el trasfondo dramático es casi inexistente, y desde luego no hay ni un solo giro dramático relevante. Pero el desarrollo de la trama, con secuencias de acción perfectamente distribuidas en los momentos adecuados, refleja un cuidado trabajo narrativo que engancha al espectador, le zarandea entre edificios derrumbándose y corrimientos de tierra, y le deja al final del camino como un superviviente más. Y eso es, a todas luces, el mejor atractivo de una cinta de catástrofes como esta. No son las muertes, todas ellas previsibles. No son las pruebas que los protagonistas deben superar para sobrevivir. No, es simple y llanamente el viaje propuesto.

Es evidente que no estamos ante un profundo drama familiar enmarcado en una tragedia social, pero es que San Andrés tampoco pretende serlo. Su vocación de blockbuster queda patente desde la primera secuencia, con un rescate casi imposible apto solo para héroes como Johnson. A partir de ese momento, y salvo concesiones necesarias para el desarrollo mínimo de sus personajes, la película es una auténtica montaña rusa de caos, destrucción y espectacularidad que no da respiro para reflexionar. Y como toda cinta de estas características, no puede faltar el detalle patriota final. Una distracción sana, sin pretensiones y con sabor veraniego. Como reza uno de los carteles promocionales, “sabíamos que esto iba a pasar”. Y no hay nada de malo en disfrutarlo.

Nota: 7/10

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (II), de hombres y lobos


Rick Grimes pierde los papeles en la segunda parte de la quinta temporada de 'The Walking Dead'.Hay pocas series que generen sensaciones tan contradictorias como The walking dead. Su desarrollo dramático en 16 episodios divididos en dos etapas se pasa literalmente en un suspiro, dejando con ganas de saber más, de conocer el porvenir de unos personajes que se han ganado a pulso estar entre los mejores de la ficción moderna. Pero al mismo tiempo, en cada capítulo se desarrollan y se plantean tantas ideas que es necesario prestar atención a cada minuto de metraje. Y desde luego la segunda etapa de esta quinta temporada no lo es menos. Habrá quien tal vez crea que no ha habido un avance significativo en lo visto anteriormente, y que incluso crea que se ha perdido algo de violencia con respecto a temporadas previas. Bueno, pues para eso está este final de temporada.

Porque sí, los 8 episodios que ahora analizamos tienen de todo, desde desarrollo dramático hasta vísceras y, desde mi punto de vista, el momento más tenso, salvaje y violento visto en la serie. Pero sobre eso incidiré más adelante. Y es que si algo caracteriza a la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), y al cómic de Charlie Adlard, Robert Kirkman y Tony Moore en el que se basa, es el tratamiento de sus personajes, el modo en que evolucionan y, sobre todo, cómo su entorno les cambia hasta hacerles parecer otra persona. Y destaco la palabra “parecer”, pues en el fondo el espectador, compañero infatigable de sus desventuras, cambia con ellos, lo que le otorga un punto de vista único y privilegiado.

Todo ello queda representado en los últimos episodios de esta temporada de The walking dead. El contraste entre el grupo de Rick Grimes (de nuevo un soberbio Andrew Lincoln, visto en Love Actually) y la comunidad de Alejandría a la que llegan no solo refleja el cambio experimentado por los protagonistas, sino que genera una especie de salto temporal en el que pasado y presente se mezclan para encaminarse a un futuro común. O lo que es lo mismo, basta únicamente un repaso mental a las actitudes de la primera y segunda temporada para comprender que las decisiones de ese pueblo están muy próximas a las que habría tomado el propio Grimes en sus comienzos, antes de experimentar todo lo experimentado. Este contraste, no por casualidad, no crea animadversión hacia la violencia desarrollada en el protagonista, más bien al contrario: genera incomprensión hacia la actitud de un grupo de personajes que parecen vivir ajenos a la realidad de la ficción.

Aunque si hay que hablar de cambio es imprescindible mencionar lo ocurrido en el episodio 8, o lo que es lo mismo, en el primero de esta segunda etapa. Sin entrar en demasiados detalles, simplemente hay que destacar que es una de las pocas veces, si no la primera, en que una ficción muestra lo que experimenta un infectado por un mordisco de zombie. Y lo hace de la mejor forma posible. El cambio que se produce en el personaje es fundamentalmente psíquico, aprovechando todos los traumas, toda la muerte y la violencia desarrollada a lo largo de la serie para ofrecer un debate sobre la bondad, la crudeza y el instinto de supervivencia del ser humano. Una reflexión que impacta por el resultado final, pero que pone sobre la mesa interesantes propuestas que encuentran cierto eco en el resto de la temporada.

Puertas giratorias

El final de esta temporada de The walking dead pone de manifiesto que el grupo encabezado por el personaje de Lincoln ha dejado de ser inocente. Se ha convertido, en cierto modo, en lobos capaces no solo de defenderse, sino de tomar por la fuerza algo que consideran que debe ser salvado. Objetivamente, esto les convertiría en villanos, pero por supuesto es una idea que en ningún momento puede llegar a plantearse. Dicho esto, estos 8 capítulos están lejos de terminar de forma pacífica. El gancho utilizado, en esta ocasión, se ha desarrollado a lo largo de toda esta segunda parte, primero con esos zombies con W grabada en la frente, y luego con los primeros indicios de un grupo, posiblemente mayor, que se autodenominan “lobos”. La presencia de esta nueva amenaza, unido a la violencia de algunos momentos, plantea un futuro prometedor para la serie (aquellos que hayan leído la novela gráfica ya se hacen una idea).

Pero no puedo dejar pasar el momento más impactante de la temporada, y puede que de toda The walking dead. Me refiero a la secuencia desarrollada en esa puerta giratoria en la que tres personajes se ven acorralados por muertos vivientes a ambos lados de la misma. La tensión desarrollada está al nivel de otras muchas secuencias, es cierto, pero el grado de violencia es muy alto, diría incluso que extremo. Desmembramientos, mordiscos y explosiones de sangre se dan cita frente a los ojos de un aterrado Steven Yeun (Orígenes), quien compone una de las mejores interpretaciones de su personaje Glenn. Ambos conceptos, tensión y violencia, crean una de las mejores piezas en cuanto a intensidad dramática se refiere, y modifican sustancialmente el desarrollo posterior.

Claro que no es la única secuencia violenta, aunque es algo que solo los fans de la serie pueden “disfrutar”. Lo cierto es que la evolución del arco dramático principal, aquel que implica al rol de Lincoln, va en paralelo a la evolución del protagonista. Si en la primera parte se apreciaba el claro cambio experimentado en el personaje, en esta segunda parte dicho cambio no solo es manifiesto por el contraste con la comunidad de Alejandría, sino que se convierte en parte intrínseca de los argumentos narrativos. Ya no se trata de recurrir a la violencia para sobrevivir (matar para subsistir), sino que la violencia es parte del mundo en el que viven y debe ser utilizada para proteger a aquellos que la rechazan, incluso aunque no comprendan el verdadero significado de esa actitud (matar para salvar). En este sentido es muy significativo el final de la temporada, tanto lo que ocurre en la reunión junto al fuego como el renovado protagonismo de la katana.

Personalmente, The walking dead logra evolucionar definitivamente hacia un estado de violencia innata, lo que no solo hace que avance dramáticamente sino que mejora sustancialmente lo visto hasta ahora. Pero más allá de interpretaciones lo que está claro es que esta quinta temporada ha sabido sobreponerse a su carácter nómada para sentar las bases no solo de una narrativa más sedentaria (al menos desde la localización), sino del equilibrio entre profundidad dramática y violencia explícita. Unas bases necesarias para lo que está por llegar, que en palabras de su protagonista es una tormenta en toda regla. Lo bueno es que en octubre regresa. Lo malo es que hasta entonces tendremos que vagar como los muertos vivientes de esta magnífica serie.

1ª T de ‘Tyrant’, o el desarrollo antinatura de la trama y sus personajes


'Tyrant' presenta las luchas de poder de una dictadura árabe en su primera temporada.Lo bueno de que las series de televisión aumenten en calidad es que los matices en narrativa, fotografía o planificación pueden apreciarse con más claridad. Esto permite diferenciar entre las producciones destinadas al puro entretenimiento y aquellas que buscan algo más. Y digo esto sin menosprecio a ninguna de ellas, pues sin la presencia de las primeras no podrían existir las segundas. Esta idea no debe ser un impedimento para apreciar fallos y virtudes de una ficción como Tyrant, creada por Gideon Raff (Train) cuya premisa podría haber producido algo más complejo que el folletín que realmente es.

El autor de la serie israelí en la que se basa la norteamericana Homeland narra en esta primera temporada cómo el hijo exiliado del dictador de un país árabe, médico de profesión y renegado de los crímenes de su familia, regresa tras más de 20 años a su tierra natal para asistir a la boda de su sobrino. A partir de este momento los acontecimientos se precipitarán hasta el punto de que el espectador sospechará que el tirano al que hace referencia el título no es realmente el dictador. Vista en líneas generales, su argumento ofrece todos los elementos necesarios para convertirse en un interesante thriller en el que cualquier matiz en un diálogo o en una mirada genere un punto de inflexión que de un sentido distinto a la serie.

Sin embargo, estos primeros 10 episodios de Tyrant optan por un desarrollo tópico, previsible en muchas situaciones y con poco interés en los personajes, planteados bajo un prisma extremadamente sencillo. De hecho, el mayor problema de la serie (que no el único, ni mucho menos) es precisamente la necesidad de los guionistas de convertir a los protagonistas en meros arquetipos que reaccionan de forma meridianamente clara ante los acontecimientos que se suceden. El dictador violento y dominado por sus pasiones; la mujer norteamericana ingenua; una esposa calculadora y ambiciosa. Y así sucesivamente. Todo ello no sería un problema si no fuera porque la historia, en realidad, tiende en todo momento hacia una complejidad mucho mayor que va desde las revoluciones de un pueblo oprimido hasta el golpe de estado perpetrado por el protagonista.

Y es aquí donde la serie tropieza constantemente. Resulta poco creíble, por no decir incoherente, la evolución de los personajes, sobre todo de la familia norteamericana. Que en un mundo donde las noticias vuelan ninguno sepa de las atrocidades que se cometen en el país resulta ridículo, pero puede comprenderse como una necesidad dramática. Pero que los personajes oscilen entre la ingenuidad y el rechazo, y entre el horror y la ignorancia, de los actos que ven con sus propios ojos durante su estancia en el país es un problema insalvable del tratamiento de los personajes. Todo ello tiene su fundamento en el hecho de que la propia evolución dramática de los protagonistas les empuja en una dirección que sus creadores no pueden consentir por no ajustarse al tono general de la serie, lo que en última instancia provoca unos contrastes dramáticos que derivan en secuencias ciertamente ilógicas.

Unos actores de foto

Curiosamente, lo mejor que puede ofrecer Tyrant es su reparto, al menos parte de él. Y más concretamente, la parte que da vida a la rama árabe de la familia protagonista. Ashraf Barhom (Ágora), quien da vida al hermano dictador del protagonista, es quizá el mejor representante de esto. Su encarnación de un rol que actúa movido por sus instintos más básicos logra que el espectador termine identificándose con él, precisamente porque su violencia se entiende más como la de un animal acosado que como la de un sádico asesino. También resulta interesante el carácter regio que otorga Moran Atias (Los próximos tres días) a la esposa de aquel, en un papel con pocas sombras pero no por ello carente de cierto atractivo.

Con todo, el tono general del reparto se mantiene en la misma línea que el resto de elementos de la producción, es decir, en un perfil bajo. Si la trama se mueve en todo momento por cauces que no generen grandes complicaciones o situaciones complejas que deriven en giros argumentales impactantes, los personajes terminan por resultar casi irrisorios en ese intento por encajar en una historia que ni siquiera parecen entender. El envoltorio para este regalo entretenido pero con poco contenido es una fotografía suave, sin grandes contrastes y con poca expresividad. Los entornos son siempre cálidos, casi ideales, evitando así crear una confusión en el mensaje que recibe el espectador.

Curiosamente, el único momento en el que todo cambia llega con la conspiración que se desarrolla en los últimos episodios, más o menos desde que comienza el tercer acto de la temporada. Es aquí donde no solo la fotografía adopta formas más sugerentes, sino que incluso los personajes parecen más complejos dentro de su propia naturaleza de arquetipos. Sin embargo, esto no logra ser suficiente para que la impresión general de estos 10 capítulos cambie. Más bien, aporta un cierto grado de interés para afrontar la segunda temporada ya anunciada.

Una segunda temporada que, esperemos, sepa evolucionar hacia un terreno algo más complejo y elaborado. No parece muy probable, pero desde luego a Tyrant no le faltan argumentos para poder cambiar. De mantener el desarrollo dramático actual y esa imperiosa necesidad de dirigir a los personajes por caminos no naturales sin duda los próximos episodios generarán expectación, pero no provocarán más que un ligero entretenimiento en el que el espectador deberá hacer esfuerzos para no encontrar las irregularidades. Pero eso deberá ocurrir mientras las consecuencias del intento de golpe de estado se desarrollan. Por ahora, las impresiones de esta primera temporada no son demasiado positivas.

La 5ª T de ‘Glee’ no se sobrepone a la pérdida de Cory Monteith


La quinta temporada de 'Glee' ha sufrido muchos altibajos.La quinta temporada de Glee ha sido fiel reflejo de las consecuencias que tiene la improvisación. La muerte de Cory Monteith (Monte Carlo) supuso un duro golpe no solo para el equipo técnico y artístico, sino para el propio desarrollo dramático de la ficción. Sus creadores, Ian Brennan (Flourish), Brad Falchuck y Ryan Murphy (ambos responsables de la serie American Horror Story), no han sido capaces de sobreponer la trama a la ausencia de su principal protagonista masculino. Lo que es peor, los intentos por encauzar el rumbo han sido incluso más perjudiciales para el conjunto, que ha visto mermada su calidad y el interés de la audiencia de forma alarmante.

Puede parecer un poco exagerado valorar la calidad de un producto en base a la presencia o ausencia de uno de sus actores, pero en el caso que nos ocupa todo apunta a ello. No tanto por la calidad interpretativa de Monteith, sino por lo que su personaje representa dentro del mundo de la serie. Estos 20 nuevos episodios (se eliminaron dos de la parrilla por decisión de la cadena) han carecido de un auténtico nexo de unión entre el pasado y el futuro de los protagonistas, o lo que es lo mismo, entre Nueva York y el instituto. Un nexo que en teoría representaría Monteith y con cuya ausencia la ficción ha quedado deslavazada, sin un objetivo claro y con personajes que entraban y salían de escena como fantasmas por las habitaciones, sin más mérito que alguna canción bien cantada. Así, el dramatismo y un cierto toque irónico en las historias narradas quedan en esta temporada sin la fuerza que tuvieron en épocas anteriores, entre otras cosas porque también se ha perdido buena parte de la esencia de su argumento.

La principal consecuencia de todo esto es el sacrificio de todo aquello que definió Glee en sus primeras temporadas, es decir, del instituto. La introducción de nuevos personajes en la pasada temporada, que estaban llamados a tomar el relevo, no ha logrado el éxito necesario, entre otras cosas porque los personajes no poseen el bagaje cultural y dramático que sí poseían los originales. Ni sus protagonistas son marginados en el instituto ni sufren burlas constantes por parte de abusones… al menos no de forma explícita como sí ocurrió en los primeros episodios. En este sentido, poco a poco la evolución dramática de los conflictos ha ido trasladándose a Nueva York, donde los veteranos han vuelto a demostrar, incluso con guiones menos elaborados, los motivos por los que fueron elegidos en primera instancia. El final de esta quinta temporada deja patente que la serie pretende mirar hacia el futuro y no hacia el pasado.

Aunque si hay un personaje sacrificado en toda esta huída hacia delante que ha sido la penúltima temporada es el de Jane Lynch (Síndrome postdivorcio), cuya acidez ha sido notablemente suavizada. Su evolución ha sido de más a menos a lo largo de estos episodios, protagonizando algunos momentos realmente brillantes pero dejando en el recuerdo la sensación de decadencia, de pérdida de solidez y profundidad. Su pérdida, más que ninguna otra, roba a la serie la posibilidad de mantener un tono crítico y un contraste cómico que haga las veces de contrapeso a la música, las canciones y el optimismo que desprenden sus roles principales. Es, en definitiva, la representación más evidente del dicho “nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”.

Sin plan a la vista

La quinta temporada de Glee ha dejado, además, numerosos hitos de dudosa credibilidad por el camino. No me refiero tanto a la pérdida de los personajes más jóvenes (entre los que, por cierto, muy pocos tenían la calidad para representar un auténtico relevo), sino a numerosos roles secundarios que no han podido, o no han sabido, encontrar su sitio en la trama. Sobre todo en la línea argumental de Nueva York, la aparición de algunos personajes parecía responder a la necesidad de ofrecer al espectador nuevas alternativas en un mundo musical más rico en matices. Eso por no hablar de que abrían la puerta a varias tramas secundarias que podían ayudar a dar un giro algo más adulto y dramático al carácter general de la ficción.

El resultado, sin embargo, ha sido el contrario. Aquellos que sigan la serie posiblemente no hayan notado nada a primera vista, pero un leve repaso mental a la evolución de los personajes secundarios basta para preguntarse qué ocurre con ellos, cuándo desaparecen de la historia y por qué sucede. Esta sucesión de vanos intentos por nutrir el desarrollo de la temporada ha jugado en su contra, pues en ningún momento han supuesto un auténtico giro argumental, ni siquiera un conflicto dramático real que genere impacto sobre el futuro de la trama. Su entrada y salida de escena queda supeditada, por tanto, a las meras necesidades de sus creadores, y no tanto de la historia. En otras palabras, aparecen cuando se necesita un apoyo argumental, y desaparecen cuando los huecos son completados con otros personajes, otras historias y otros números musicales.

Antes mencionaba que estos episodios representan una “huída hacia delante” por parte de la serie. Y en efecto, así sucede. El problema es que en ese proceso no hay una planificación estratégica sólida. Da la sensación de que lo único importante es terminar por resolver el futuro de su protagonista, una Lea Michele (Noche de fin de año) a la que la serie cada vez se le queda más pequeña. El resto de personajes, incluso aquellos con una cierta relevancia, giran a su alrededor esperando resolver sus tramas personales de la mejor forma posible, algunos con éxito y otros no sin muchos contratiempos. El último episodio de la temporada deja a los personajes principales a las puertas de un salto cualitativo en sus vidas, pero lo hace desperdigándolos por diferentes localizaciones, por lo que la duda ahora es saber si la serie será capaz de afrontar semejante abanico de posibilidades.

Desde luego, visto lo ocurrido con la quinta temporada, no parece probable que Glee sea capaz de enderezar su historia, al menos no de una forma equilibrada y sólida. Se puede decir que estos episodios han sido caóticos desde un punto de vista argumental, con personajes que entraban y salían, con historias resueltas de forma abrupta y con poca coherencia, y con números musicales menos impactantes que en etapas anteriores. Eso no quiere decir que no deje momentos para el recuerdo, como el episodio dedicado a Monteith, cuya presencia se ha dejado sentir durante todo el desarrollo. Pero en líneas generales lo cierto es que la pérdida de su personaje ha generado un vacío tan inesperado y trágico que la serie no ha podido sobreponerse.

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (I), de la Terminal al inicio


Los protagonistas de 'The Walking Dead' comienzan la quinta temporada contra las cuerdas.Una de las críticas que suele recibir The walking dead es que es una serie en la que la acción va por etapas, teniendo momentos de gran dinamismo y otros de excesiva calma. Y aunque esto pueda ser cierto, es una crítica un tanto injustificada, pues incluso en esos momentos en los que supuestamente no ocurre nada el trasfondo dramático dota a los siguientes acontecimientos de una trascendencia aun mayor. Eso es algo que ha podido verse en esta primera etapa de la quinta temporada, que terminó hace dos semanas y de la que todavía muchos nos estamos recuperando. Y es que si algo define estos primeros 8 episodios no es precisamente su pausa narrativa.

Más bien al contrario. El final de la cuarta temporada dejó en el aire absolutamente todo, con esa emboscada en la Terminal y la amenaza al aire del protagonista, un Andrew Lincoln (Love Actually) cada vez más espléndido en su personaje. La serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) a partir del cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore generó unas expectativas que necesitaban ser cubiertas por este inicio de la nueva etapa. Las impresiones serán muy variopintos, pero en líneas generales se superaron con nota. Las consecuencias de lo visto en ese último episodio, que por cierto exige una revisión a cámara lenta, adquieren en el primer episodio de esta temporada un cariz épico, casi apocalíptico dentro del propio Apocalipsis en el que viven los personajes. El ritmo frenético, la acción sin descanso y esa sensación de estar en un campo de batalla suponen un inicio que permite acallar buena parte de las voces contrarias al desarrollo dramático de los personajes y que apoyan una apuesta por la acción más visual.

Pero como decía antes, The walking dead necesita, puede que de forma indispensable, abordar las relaciones entre sus personajes para poder avanzar. Prueba de ello es, precisamente, ese primer episodio, en el que el desarrollo dramático de capítulos anteriores tiene una relevancia fundamental. Es más, esta primera etapa, más allá de sus secuencias de acción y de sus momentos de tensión zombi (que los tiene, y mucho) hay una clara apuesta por situar al espectador con respecto al momento que viven los protagonistas, tanto los veteranos como los debutantes. Con una estructura dramática que puede resultar confusa, sus responsables aprovechan algunas lagunas en el desarrollo de la acción presente para abordar el pasado de personajes como el de Melissa McBride (La peligrosa vida de los altar boys), al que se perdió la pista durante la primera parte de la cuarta temporada.

Es este repaso al pasado de los personajes el que nutre la serie para el futuro más inmediato, demostrando una vez más que la ficción es tan sólida y tan amplia que da cobijo a la acción, el drama, la tensión e incluso el miedo, si bien es cierto que los zombis son, cada vez más, una excusa para abordar las miserias del ser humano y la evolución que viven este grupo de supervivientes. Dicho eso, resulta interesante comprobar cómo la historia ha vuelto a sus inicios, dejando la Terminal para volver a Atlanta, ciudad en la que se encuentra el grupo por primera vez. Un regreso que, evidentemente, no es casual, pues lo que ocurre en esa ciudad no solo certifica el paso del tiempo, sino el cambio de los personajes.

Rick Grames vs. Rick Grames

Claro que si hay un cambio llamativo es el del protagonista, Rick Grimes. La labor de Lincoln en este sentido es simplemente soberbia, digna de reconocimiento en forma de premios pero que, como es de suponer, nunca llegará. Pero volviendo a lo que nos ocupa, este inicio de la quinta temporada de The walking dead, con ese viaje del “término del camino” al comienzo del mismo, se convierte en una especie de broche de ciclo que deja reflexiones sumamente interesantes. La más importante es la influencia del mundo que rodea al grupo en la conducta de Grimes, algo que ya se dejaba ver a lo largo de los últimos capítulos pero que ahora, y a raíz de una serie de acontecimientos que no desvelaré, adquiere un grado de relevancia mucho mayor.

Por poner un ejemplo que todos los seguidores recordarán, su actitud respecto al enemigo de Atlanta es diametralmente opuesta a la que tuvo con el Gobernador, inolvidable papel interpretado por David Morrissey (Centurión). La ausencia de empatía, de escrúpulos y de bondad, unido a la obsesión por salvar a los que integran su grupo, le convierten en un ser peligroso, cada vez más inestable y menos reflexivo de lo que fue en los inicios de la serie. Una evolución interesante, magistralmente elaborada y cuyas consecuencias todavía no se han llegado a ver del todo, aunque poco a poco parecen vislumbrarse. Esto es, sin duda, el aspecto más interesante de la ficción desde un punto de vista dramático.

Estos primeros 8 episodios de la quinta temporada han servido, como digo, para cerrar en cierto modo el ciclo iniciado en aquella primera temporada. Sobre todo si atendemos al modo en que finaliza esta etapa, con un acontecimiento trágico donde los haya y acentuado por esa imagen final de la ciudad asolada por la muerte, como si la esperanza hubiera abandonado definitivamente el futuro de los personajes. Si a esto sumamos el hecho de que buena parte de los objetivos se esfuman con una de las confesiones más sorprendentes y cómicas de la serie (no tan sorprendente si se conoce el cómic), el resultado es ese reinicio para los personajes y para los espectadores. Reinicio representado por esa ciudad fantasma que antes era Atlanta.

Desde luego, este inicio de la quinta temporada de The walking dead ha sido un cóctel de emociones de lo más interesante. Puede que su desarrollo haya generado algo de confusión por esa necesidad de abordar, casi en cada episodio, el recorrido de los personajes hasta el momento presente de la serie, pero viendo la forma en que acaba el octavo episodio merece la pena. Personalmente esta ha sido una de las mejores etapas desde su inicio, no solo por el calado dramático que han adquirido los personajes (sobre todo el protagonista y su evolución moral), sino por la inteligente forma en que se ha vuelto a la casilla de salida. Habrá que esperar para comprobar cuál es el futuro de este grupo, pero una cosa parece clara: el ser humano sigue siendo más peligroso que los muertos vivientes.

La 2ª T de ‘Ray Donovan’ pierde fuerza mientras desarrolla su pasado


Liev Schreiber vuelve a ser 'Ray Donovan' en la segunda temporada.Parece bastante evidente que sin un héroe con carisma y una moral muy bien definida, toda historia se vuelve menos interesante. Y lo mismo ocurre con los villanos, aunque a este elemento dramático los guionistas y realizadores actuales parecen darle menos importancia. Pero tan fundamental como esto es situar a los personajes en una historia con cierta relevancia. La primera temporada de Ray Donovan fue un soplo de aire fresco por la elegante combinación de todos estos elementos, sobre todo gracias a la aportación de Liev Schreiber (El mayordomo) al protagonista creado por Ann Biderman (Enemigos públicos). Esta segunda parte, sin embargo, pierde algunos de sus atractivos debido en buena medida a la ausencia de una trama tan sólida como la primera.

Y todo ello pasa, aunque no lo parezca, por el auténtico villano de la función: Jon Voight (Cuestión de honor). Su personaje, verdadero quebradero de cabeza de Donovan y articulación de muchas de las tramas en los primeros episodios, pierde algo de peso en estos nuevos 12 episodios, lo que a la larga crea un cisma dramático en el desarrollo. No quiere esto decir que no tenga interés o que sus apariciones sean más esporádicas. En realidad, su presencia en la serie sigue siendo la misma, incluso mayor. El problema reside en que el personaje adquiere una independencia perjudicial para el conjunto. Su propia trama secundaria camina por derroteros que poco o nada tienen que ver con el aluvión de problemas que le caen encima al protagonista, lo que divide la historia en dos.

De hecho, cuando Ray Donovan adquiere mayor relevancia en esta segunda temporada es en aquellos momentos en que las historias de ambos personajes se cruzan: el comienzo de la temporada, la fiesta de cumpleaños, el robo final, … Es en estos momentos, que no por casualidad coinciden con un tratamiento más en profundidad de las complicadas relaciones familiares de los Donovan, cuando la ficción adquiere gravedad dramática y profundidad emocional, recuperando las magníficas sensaciones que dejó la primera entrega. En concreto, todo aquello relacionado con la relación entre las tres generaciones que integran la familia (abuelo, hijo y nieto), algo que es heredado de la anterior etapa y que encuentra ahora una cierta resolución.

Pero al igual que arrastra muchas cosas positivas de la primera temporada, la serie también ahonda en algunos problemas que presentaba en su debut. Tal vez mejor que problemas haya que hablar de irregularidades. La más clara es la que representa el personaje de Paula Malcomson (Los Juegos del Hambre: En llamas), que en estos episodios adquiere un histrionismo desmedido. El exceso emocional de este rol sobre el papel choca frontalmente con el carácter introvertido de Donovan, algo muy interesante, pero muchas de sus reacciones resultan algo incongruentes, llevando a esta mujer que parece vivir en la ignorancia más absoluta a situaciones un tanto extremas. Es cierto que ello permite abrir una serie de vías dramáticas interesantes y con futuro, sobre todo aquellas relacionadas con sus infidelidades, pero el riesgo adquirido es muy alto. Tensar tanto la cuerda con un personaje tan relevante puede provocar dos situaciones: eliminarlo de la ecuación o caer en la repetición de patrones.

Heredando problemas

Entre esas cosas positivas que Ray Donovan hereda de su anterior temporada destacan sobre todo los problemas derivados de sus propias decisiones, sobre todo aquellos relacionados con el personaje que encarnó James Woods (Asalto al poder). Las numerosas ramificaciones que esto tiene, y que en cierto modo influyen en algunas tramas secundarias aunque sea de manera tangencial, genera un trasfondo dramático para el protagonista que Schreiber aprovecha espléndidamente para dotar de mayor gravedad a un personaje ya de por sí atormentado. La presencia de la periodista interpretada por Vinessa Shaw (Efectos secundarios) supone todo un revulsivo para la trama, que se renueva con un trasfondo romántico tan interesante como bien elaborado. La relación de amor-odio entre ésta y el protagonista deriva en una serie de decisiones que abren la puerta a una tercera temporada prometedora.

Claro que este no es el único problema que hereda. Quizá la trama más interesante sea la que involucra a la hija, interpretada por Kerris Dorsey (Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso), y el mundo del rap y la violencia en el que poco a poco se ve envuelta. La forma de afrontar la protección familiar por parte de Donovan recupera al personaje que impactó al comienzo de la primera temporada, capaz de hacer lo que sea por lo que considera correcto y necesario. Frío, calculador y totalmente inexorable, la resolución de la temporada por parte del protagonista deja un buen sabor de boca en este sentido, aunque igualmente deja algunos flecos abiertos que podrían ser abordados en los próximos episodios.

Empero, en este intento por mantener diversas tramas Biderman no logra compaginar con éxito algunas historias secundarias, sobre todo la relacionada con el personaje de Ambyr Childers (2 Guns), cuya historia trata de dotar al protagonista de una especie de conciencia simbólica cuyo desarrollo es algo irregular. Del mismo modo, los respectivos conflictos de los hermanos Donovan encuentran una evolución un tanto intermitente, aunque en este caso es debido sobre todo a la necesidad de abordar tramas más importantes. En cualquier caso, estos últimos ofrecen interesantes cambios que sin duda marcarán las pautas para las próximas apariciones, sobre todo en lo que respecta al rol de Eddie Marsan (Sherlock Holmes), al que determinadas revelaciones le afectan de forma directa en todos los sentidos.

Tal vez puede dar la sensación de que Ray Donovan ha empeorado en esta segunda temporada. Eso no es del todo cierto, aunque sí hay que reconocer una cierta pérdida de interés en algunas etapas de la temporada. El tono general de la serie se mantiene, sobre todo cuando el protagonista decide actuar como debe, y desde luego es de lo mejor que puede encontrarse en la televisión. Pero hay varios elementos que lastran el buen desarrollo de la trama. La separación de los roles de Schreiber y Voight es, sin duda, lo que más perjudica al resultado final, aunque no es lo único. Sin estas irregularidades la temporada habría sido, sin duda, espectacular. En cualquier caso, muchos de estos aspectos allanan el camino y abren interesantes vías dramáticas para la tercera temporada.

‘Serena’: una mujer de pasiones simbólicas y ritmo intermitente


Jennifer Lawrence es 'Serena', la esposa de Bradley Cooper en el film de Susanne Bier.Que Susanne Bier (Después de la boda) es una directora de sentimientos es algo que certifican todos sus films. Pero la clave aquí no está en la emotividad de las historias, sino en la palabra “directora”. Su última película, tercera colaboración entre Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, protagonistas de El lado bueno de las cosas (2012), es un claro ejemplo de que la emoción a flor de piel no sirve para sustentar cualquier historia. No hay que olvidar que un relato audiovisual es un delicado equilibrio de varios elementos que deben tener una cierta solidez de forma individual, algo de lo que carece este drama de época ambientado en plena crisis del 29.

Aunque más que un problema de dirección, Serena cojea desde lo más básico: su guión. El desarrollo dramático de la historia es intermitente, por no decir irregular. Su comienzo se alarga en exceso y revela demasiado poco de sus personajes protagonistas, quienes asumen unos determinados roles que el espectador debe aceptar sin replicar demasiado. Esto provoca que, a medida que la trama avanza, las reacciones y las actitudes de los roles principales entren en una espiral de difícil justificación y aún más compleja comprensión. Eso por no hablar de que Bier mueve la cámara de forma algo tosca en determinadas secuencias, restando gravedad y violencia a algunos momentos de auténtico drama. El elemento que mejor define la película es la relación entre Lawrence y Rhys Ifans (Radio encubierta), que posee un planteamiento interesante para luego resolverse de forma algo burda y a todas luces incongruente con lo visto anteriormente.

En un marco como este, el bote salvavidas lo representa el reparto al completo, desde los dos protagonistas hasta secundarios como Toby Jones (El velo pintado) o el mencionado Ifans. Todos ellos, sobre todo la pareja protagonista, dotan a sus personajes de una entidad mayor de lo que desprenden sobre el papel, asumiendo como propia una tarea que debería haber sido, en primera instancia, del guionista. Gracias a ellos se hacen más comprensibles algunas evoluciones dramáticas y los sentimientos de los que hace gala el film. Empero, no son capaces de armonizar algunos de los subtextos que se intuyen a lo largo del relato, como es la manipulación de la mujer hacia su marido o los conflictos emocionales que provoca la pérdida de un hijo y la presencia de un bastardo.

Lo cierto es que Serena es una cinta de sentimientos, de pasiones incontrolables y de difícil explicación. Tan difícil que ni siquiera el guionista trata de ahondar demasiado en ellas, dejando toda la responsabilidad a los actores. El carácter simbólico y aleccionador de muchos de sus momentos no logran elevar el film a otro nivel, más bien lo contrario. Su conclusión deja una sensación agridulce al intuirse una historia más grande de la que realmente se cuenta. Es por eso que no siempre los sentimientos son capaces de lograrlo todo en un film. A veces requiere de la ayuda del resto de elementos, como la planificación o una buena solidez narrativa sobre el papel. La película de Bier carece de muchas de esas cosas, y el resultado, de algo más de hora y media, parece alargarse sin sentido.

Nota: 5,5/10

‘The equalizer’: el cronómetro de la venganza


Denzel Washington es 'The equalizer', el protector en la película de Antoine Fuqua.Denzel Washington se está especializando en un tipo de personajes que le van como anillo al dedo, al menos de momento. Hombres duros, entrenados, con un sentido de la justicia muy arraigado y solitarios. Hombres como el de El fuego de la venganza (2004), El libro de Eli (2010) o lo último de Antoine Fuqua, con el que ya coincidió en Training Day (2001). De hecho, la colaboración de actor y director en este 2014 explota al máximo la presencia del primero, hasta el punto de llevar sobre sus hombros una carga en muchos momentos demasiado pesada y salir airoso del intento.

Porque más allá de la violencia y de la hábil mano de Fuqua, The equalizer (El protector) es simple y llanamente Denzel Washington. La facilidad del intérprete para intimidar con una simple mirada permite al film rememorar viejas glorias de ese subgénero dentro del cine de acción como es el de la venganza. Sin necesidad de gritos ni de grandes secuencias de lucha, la trama logra satisfacer los deseos más íntimos del espectador, quien no necesita mucho para ponerse de parte de este justiciero cuyo repertorio en lo que a formas de matar se refiere es interminable. De hecho, tampoco es conveniente esperar mucho más. La presencia del actor eclipsa prácticamente todos los elementos que le acompañan, desde los actores (ni siquiera el villano está a la altura de su gélida mirada) hasta el guión, cuyo ritmo es un tanto irregular.

Es más, posiblemente estaríamos ante un thriller interesante si no fuera porque esta adaptación de la serie de los años 80 del siglo pasado no logra encajar todas sus piezas de forma correcta. El inicio, en el que se define al protagonista, se alarga en exceso; el desarrollo trata de decantarse por la historia, pero lo cierto es que lo único que logra es retrasar lo inevitable. Y su conclusión, tan épica como previsible, tiene un epílogo un tanto reiterativo (la venganza siempre alcanza el origen). Si el film logra mantener el tipo es gracias a que su director saca mucho partido a las secuencias de acción gracias a esa manía del personaje de cronometrar absolutamente todo. Sobre todo al primer encuentro con los rusos, todo un alarde narrativo que no escatima en violencia explícita. Todo ello unido a la labor de Washington que, como decimos, es el alma de esta historia.

The equalizer (El protector) es, en definitiva, un thriller de acción al uso que se salva por sus dos figuras principales. Frases épicas, peleas antológicas y un final que, aunque se conoce de antemano, es la guinda del pastel. El resto, aunque interesante, aporta más bien poco, por no decir nada. La película trata de desmarcarse de lo que se espera de ella al incidir en el aspecto pausado y algo inquietante de la persecución del protagonista, pero al final esto juega en su contra al retrasar algo que todos, incluyendo los propios personajes, saben y esperan. Esto es lo que lleva al film a durar más de dos horas, metraje a todas luces excesivo. Tal vez con algo menos de reflexión y algo más de acción directa estaríamos ante un producto más ajustado a su propio planteamiento.

nota: 6/10

Diccineario

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