‘Ralph rompe Internet’: quien tiene un amigo tiene un tesoro


Cualquier secuela tiene que ofrecer algo más que el original. Pero, ¿qué hacer cuando el original ya de por sí rompe moldes? Bueno, ahí está el ejemplo de la saga Shrek y, ahora, el de la saga Ralph. Porque si la primera entrega era un delirio de originalidad narrando el mundo tras los recreativos, ahora la historia va un paso más allá y se sumerge en el vasto mundo de Internet a todos los niveles, incluyendo la Internet oscura. La pregunta es si la historia aporta algo nuevo.

Y la respuesta es un tímido ‘sí’. Tímido porque la dinámica del argumento no resulta demasiado novedosa, toda vez que la aventura vuelve a abordar los miedos de los protagonistas y la necesidad de reconocimiento por parte de los demás como algo más que un mero personaje de videojuego y/o villano. Sin embargo, sí existe un paso adelante en la base conceptual del relato, revelándose como una continuación también en este aspecto. Así, Ralph rompe Internet es un relato sobre la amistad y la necesidad de encontrarse a uno mismo en una relación de esas características. Ahí radica la parte más interesante del conjunto, que tiene su traducción en un apasionante apartado visual.

Porque si algo caracteriza al film es el modo de presentar Internet. Sencillamente brillante. Elementos como la barra de búsqueda, los vídeos de Youtube, los ‘likes’, los molestos anuncios al navegar o los virus se tornan aquí en seres con personalidad propia, en criaturas con una función para dar servicio a un conjunto de usuarios que se mueve a través de vehículos voladores. En este sentido, la Internet oscura o el modo de tratar la vida de los videojuegos en Internet cuando se apagan las pantallas resulta a la vez conocida y refrescante, por cuanto es capaz de reinterpretar incluso a su predecesora. Y como ejemplo, las princesas Disney, sin duda uno de los momentos más hilarantes y surrealistas de todo el metraje, junto tal vez con el viaje del protagonista a esa Internet oscura.

Con una calidad técnica notable y un mensaje de calado para los más pequeños, Ralph rompe Internet es, ante todo, un viaje al interior de uno mismo, a encontrar la esencia de lo que nos define y a lograr que los demás nos acepten como somos. Todo ello con una imaginación desbordante y, cómo no, con todo tipo de conocidos personajes de los videojuegos. En definitiva, todo lo que una secuela debería ser, pues aunque en algunos momentos pierda ritmo y su planteamiento no diste mucho de la original, ofrece en general más de todo, incluyendo cierta profundidad dramática en los personajes. Ah! y no perderse la escena postcréditos, todo un alarde de imaginación y metalenguaje que arranca una sonora carcajada.

Nota: 7/10

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‘Ready Player One’: el Oasis de la cultura pop


Aviso a navegantes. Lo nuevo de Steven Spielberg (Minority report) es una experiencia visual y nostálgica inigualable, pero también esconde una notable crítica social. Y esta dualidad es lo que convierte a esta aventura de ciencia ficción en una obra espléndida. Puede que no guste a aquellos que hayan sido ajenos a la cultura de los años 80 y 90, pero aunque solo se conozcan algunos de los personajes que han poblado la imaginación de generaciones durante estas décadas la película se disfrutará de un modo que cada vez resulta más difícil experimentar.

Por supuesto, Ready Player One es ante todo un entretenimiento en su máxima expresión. El guión, perfectamente estructurado aunque algo carente de importantes giros dramáticos, presenta en apenas unos pocos segundos el contexto social en el que se desarrolla la trama, pasando rápidamente a introducirse en lo más relevante de la acción y aprovechando las impecables secuencias de acción para hacer avanzar un argumento que a muchos les recordará a algún videojuego que les dejó huella en su infancia. Con una música inolvidable y unos efectos visuales que ya quisieran muchas películas, Spielberg se da un festín referencial de una cultura que necesita ser reivindicada como una parte fundamental de todo lo que actualmente vivimos. A esto se suma un reparto notable y una estructura dramática bien construida, con pilares sólidos sobre los que asentar posteriormente el importante mensaje (una suerte de huevo de Pascua) que esconde el film.

Siempre he pensado que la ciencia ficción es el mejor género para mostrar y contar los problemas de la sociedad, y por eso este film basado en la novela de Ernest Cline es capaz de sobrepasar el mero entretenimiento. La verdad es que no podría esperarse menos de Spielberg. Sus efectos especiales, la agilidad del lenguaje visual del director o las constantes referencias no impiden apreciar que la cinta, en realidad, habla de un mundo incapaz de vivir en el mundo real, obsesionado con escapar de una rutina que le asquea y que busca una salida en una realidad virtual en la que nadie es quien dice ser y todos se ocultan detrás de una identidad falsa. Un videojuego a escala global que permite interactuar con personas de todo el planeta, hacer amigos y enamorarse sin ni siquiera conocerse físicamente. La idea de que lo único que se vive realmente es la vida real resume a la perfección no solo la moraleja de esta historia, sino el camino que está tomando una sociedad cuya visión está dirigida hacia una pantalla de móvil y no hacia quienes están junto a nosotros.

Aunque a Ready Player One puede faltarle algo de fuerza en algunos momentos clave, lo cierto es que su carácter juvenil y aventurero, amén del espectáculo visual que supone ver y escuchar tantos referentes de la cultura pop en ese Oasis, convierten a esta aventura en algo diferente, fresco, dinámico y, ante todo, digno de disfrutar. Una película que invita a reflexionar sobre el camino que toma la sociedad mientras nuestros sentidos se deleitan con la música, los personajes y las criaturas que han nutrido la imaginación de la sociedad y de muchas generaciones durante décadas. A muchos su estructura de videojuego les puede resultar extraña, pero lo cierto es que no deja de ser la misma que la de cualquier otro relato con el que nos hemos maravillado cuando éramos más jóvenes. Y conseguir que volvamos a nuestra juventud siempre es algo admirable.

Nota: 8/10

El cambio generacional llega a ‘The Big Bang Theory’ en su 10ª T.


No estoy particularmente en contra de una serie longeva. Cada producción debe tener las temporadas necesarias, sin alargar el chicle del éxito de forma innecesaria ni tampoco recortar en el desarrollo dramático de las historias para reducir su duración. Dicho esto, creo que The Big Bang Theory está empezando a sufrir el mal de las sitcoms que duran más de lo que deberían, o al menos cuyas tramas muestran signos de cansancio. Porque si su novena temporada ya inició el camino a la madurez de sus protagonistas, en esta décima etapa de 24 episodios se puede decir que estamos metidos de lleno en esa presunta vida adulta de estos jóvenes. Y esto tiene visos de alargarse.

Este cambio narrativo, al menos en lo que a su fondo se refiere, no debería ser algo negativo en la serie creada por Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (Los líos de Caroline). De hecho, y desde una cierta perspectiva, resulta interesante comprobar cómo los amigos protagonistas afrontan los problemas de una vida en pareja y de una madurez a la que no estaban acostumbrados hasta ahora, teniendo como momento culmen el final de esta temporada, que aquellos que hayan comenzado a ver la undécima ya sabrán cómo se resuelve. Esta apuesta por hacer avanzar la serie, sin lugar a dudas, es positivo por dos motivos evidentes. Por un lado, porque se aleja de la estructura clásica de este tipo de producciones en la que los protagonistas apenas evolucionan y los cambios se producen más por elementos externos. Y por otro, porque se abren nuevas posibilidades dramáticas y se amplía el abanico argumental.

Sin ir más lejos, en esta temporada se ha incidido más en la relación del grupo con varios personajes secundarios y episódicos, se han explorado tramas secundarias que se habían dejado un poco de lado por necesidades de guión, e incluso se han potenciado algunos aspectos de la personalidad de roles como el de Kunal Nayyar (Dr. Cabbie) que se habían quedado en un segundo plano. Todo ello es gracias a la nueva situación que viven los protagonistas. Los cambios de estatus en la trama principal afectan directamente a las líneas argumentales secundarias, que a su vez se renuevan para amoldarse y reaccionar ante las novedades en la principal. Se aprecia de este modo un tratamiento orgánico de la trama, algo que siempre es de agradecer porque fortalece el universo friki y cómico creado en The Big Bang Theory.

Pero esta evolución tiene dos caras, y es que los personajes están dejando, poco a poco, de ser aquellos que enamoraron a los espectadores al comienzo de la serie. Sí, resulta muy interesante ver a Leonard, a Sheldon, a Penny, a Howard y a Raj afrontar el matrimonio, la convivencia en pareja, el respeto por los gustos del otro, la paternidad, etc. Y precisamente la lucha entre sus diferentes formas de ser, sus pasados y sus futuros es lo que genera algunas de las situaciones más hilarantes y divertidas de la temporada. Pero como esta situación no puede sostenerse, poco a poco ese aspecto friki, que siempre seguirá existiendo, dejará paso, como de hecho ya hace en esta etapa, a una cierta responsabilidad. Y eso es lo que puede terminar por afectar al conjunto de la serie.

Sin problemas internos

Es más, en esta décima temporada de The Big Bang Theory ya se han ido perdiendo buena parte de los elementos que han definido a la serie durante estos años. Para empezar, han desaparecido casi por completo los problemas internos en el grupo. Tanto es así que lo único que parece generar algo de conflicto es el propio Sheldon Cooper (de nuevo con Jim Parsons –Figuras ocultas– en estado de gracia), cuya actitud con su novia es el catalizador de algunos de los momentos más dramáticos de estos episodios. Pero salvo esto, el resto de personajes parecen haber encontrado una estabilidad única, capaz de suprimir los problemas de pareja y de convertirles en un cúmulo de tolerancias hacia las excentricidades del otro. Y aunque es lógico, pues no van a estar peleando toda la vida, también resta dinamismo a buena parte del ritmo de la serie.

En este sentido, la ficción ha perdido fuerza de forma evidente. Se ha tratado de sustituir con agentes externos que incidan en la dinámica del grupo y haga aflorar cierta rivalidad entre ellos, cierto dinamismo que devuelva esa irritabilidad a Sheldon, esa inseguridad a Leonard. Y gracias a eso se ha logrado, pero de forma intermitente. No me malinterpreten. La serie sigue siendo una de las más divertidas de la televisión actual, con algunos gags hilarantes y con constantes referencias a la ciencia, los cómics y los videojuegos que harán las delicias de los espectadores más frikis. Pero mientras que antes existía una cierta satisfacción tras la carcajada en el sofá y la risa enlatada de las escenas, ahora esa carcajada parece esconder cierto anhelo por una dinámica dramática que se está perdiendo, y que dado que la serie está avanzando como está avanzando, parece que no va a ser posible recuperar.

Así las cosas, es necesario comprender que la serie empieza a ser algo diferente. En algunos casos incluso nuevo. Y tiene que ser entendido tanto por guionistas como por espectadores. Los primeros para poder sacar el máximo partido a las nuevas situaciones que viven los protagonistas partiendo de la base de que la dinámica detrás del éxito de las aventuras y desventuras de estos amigos se halla en las diferencias de carácter y en cómo afrontan la convivencia juntos. Y los segundos porque solo entendiendo estos cambios podrán disfrutar al máximo de esta producción como han hecho hasta ahora. La clave, de nuevo, está en el guión y en el tratamiento de los personajes, que a pesar de madurar y evolucionar deben seguir siendo capaces de mostrar sus diferencias como hasta ahora, y no perderse en la rutina de la madurez.

De ahí que esta décima temporada de The Big Bang Theory sea la mejor prueba de los riesgos que corre una serie cuando se ve obligada a evolucionar sin entender bien las bases de sus dinámicas dramáticas y cómicas. Es la mejor prueba porque, por suerte, la ficción ha perdido solo parte de su esencia, manteniendo intacta buena parte de su comicidad y de los aspectos que más la definen, entre ellos unos protagonistas que ya son parte de la historia de la televisión. El peligro está en el futuro y en el tiempo que se quiera estirar el éxito, pues de ello depende que el espectador mantenga en su cabeza la fantasía de unos personajes o los vea madurar y decaer en la pequeña pantalla. Por lo pronto, la evolución cada vez es más evidente, y aunque se está haciendo de forma orgánica a lo largo de varias temporadas, ya nunca volveremos a ver a ese grupo que comenzó hace tantos años. El cambio generacional de los personajes ha llegado.

‘The Big Bang Theory’, más madurez ante su posible final en la 9ª T.


'The Big Bang Theory' parece anunciar su final en la novena temporada.Desconozco si Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (The Muppets) tienen intención de que The Big Bang Theory termine en su décima temporada, pero a tenor de lo visto en la novena etapa de esta sitcom con la ciencia y el frikismo de fondo todo indica que así es. Y lo cierto es que estos 24 episodios han confirmado algo que ya se intuía en periodos anteriores, pero lo ha hecho con una inteligencia y sencillez que debe aplaudirse, sobre todo en un contexto de series que duran eternamente y que parecen rebuscar en los recovecos de sus tramas para aferrarse a una continuidad innecesaria.

Para muchos espectadores la serie debería haber acabado hace tiempo. Y es posible. Hace no mucho tiempo tuve la oportunidad de volver a ver algunos capítulos de las primeras temporadas y, desde luego, el cambio es más que notable. Pero no tiene necesariamente que ser un cambio a peor. La trama ha sabido evolucionar con la madurez que han adquirido unos personajes tan ingenuos como infantiles, situándolos en contextos sociales más complejos. En este sentido, la novena temporada se podría considerar un clímax en dicha transformación, un cambio profundo en los protagonistas que les está llevando a afrontar las responsabilidades de ser adultos.

Desde luego, poco deja esta temporada de The Big Bang Theory para el futuro. Un bebé en camino, una nueva boda, la pérdida de la virginidad. Todo ello en una única etapa que, aunque tal vez no tenga el humor ácido y agudo de temporadas anteriores, no deja de hacer reír en muchas ocasiones, combinando con inteligencia ciertas dosis de drama y romance que complementan magníficamente el desarrollo habitual de la trama. Y en este contexto, los actores simplemente realizan una labor magistral. Todos ellos han sido capaces de madurar con sus personajes, asumiendo los cambios necesarios en sus personalidades pero manteniendo los detalles que les han convertido en una pieza casi clásica de la televisión moderna.

Por supuesto, en todo esto sigue destacando Sheldon Cooper, de nuevo un Jim Parsons (Sunset stories) espléndido. Su forma de aprovechar las pocas libertades que ofrece un personaje tan característico como este es ejemplar, sobre todo porque se produce de forma natural a lo largo de la trama. Cada vez más lejos del carácter científico (como el resto de la serie), su visión del mundo y la sociedad siguen dando horas de risas sin parar, y su apertura a las convenciones sociales no deja de ser hilarante, sobre todo por el contraste que produce con el resto de personajes. Aunque sin duda, lo que a muchos les puede haber dejado sin habla es el final de la temporada.

Queridísimos hermanos

Hay un momento en la novena temporada de The Big Bang Theory en el que, después de la surrealista situación protagonizada por Sheldon, el personaje de Johnny Galecki (In time) le confiesa que es un hermano para él. Esto ocurre en el episodio 17. Y el momento es importante. Dicho capítulo representa, más o menos, el final del segundo acto en la estructura dramática de la temporada, abriendo paso a la conclusión de esta etapa. Casualidad o no, dicha confesión tiene una extensión mucho más real en el último episodio. Sin desvelar demasiado, baste decir que la mirada que se intercambian Sheldon y Leonard es tan preocupante como hilarante, tanto por las consecuencias que conlleva como por el bagaje vivido durante toda la serie.

Y lo cierto es que, sea así o no, es una prueba más de que la serie está (o parece estar) a punto de terminar. La trama, aunque con un desarrollo coherente durante esta temporada, cada vez da más signos de fatiga. Sus personajes comienzan a tener síntomas de normalidad dentro incluso de su singularidad, y ninguna de las tramas secundarias con las que se trata de nutrir el conjunto parece funcionar lo suficiente como para sustituir la sensación de ocaso que planea sobre toda la producción. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que se esté alargando el chicle indefinidamente. Más bien al contrario: demuestra que la serie está realizando un descenso controlado, con un final programado y planificado en el que nada se deja al azar, y en el que todas las piezas encajan.

Así las cosas, estos 24 episodios dejan un sabor agridulce, aunque habría que analizar si realmente es por una pérdida de calidad de la trama o por la sensación de estar asistiendo al final de una producción que nos ha acompañado durante 10 años. En cierto modo, y salvando las distancias que se tengan que salvar, es lo mismo que ocurrió con Friends, y en definitiva es lo que ocurre con toda serie que llena los espacios de ocio durante tanto tiempo, sobre todo si lo hace con coherencia, sentido dramático y calidad. Por supuesto, y me remito a lo mencionado al comienzo, muchos pensarán que la serie debería haber terminado hace algunas temporadas, y en cierto modo es así. Pero la ficción ha sabido reinventarse, aprovechar las fortalezas y debilidades de sus personajes para conducirlos por un camino que ha permitido conocerlos mejor.

Personalmente creo que The Big Bang Theory sí está a punto de terminar. Desde luego, todo apunta a esto. Que la serie vaya más allá de la décima temporada podría ser posible (en televisión todo lo es), pero el giro argumental que sostenga eso debería ser tan impactante que obligue a los espectadores a demandar más historias de estos amigos. Y la verdad es que no parece que pueda ocurrir. La novena temporada ha puesto todas las piezas necesarias para que la trama concluya satisfactoriamente, con los amigos de lleno en la vida adulta (lo que no quiere decir que ellos sean necesariamente adultos) y, quien sabe, con hermanamientos que confirmarían una de las relaciones que han sustentado la serie desde el comienzo. Lo que es indudable es que, aunque haya podido perder humor, aunque haya introducido cada vez más drama, esta sitcom tiene ya un lugar en la historia de la televisión.

Ni los videojuegos ni los cómics vencen a la imaginación de ‘Del revés’


Interesante fin de semana el que se acaba de vivir en la taquilla española. A primera vista puede parecer que hay pocas sorpresas: el número uno repite ante la falta de impacto de las novedades cinematográficas, la recaudación final es menor y los dos títulos más importantes del pasado viernes se cuelan en el top 10. Sin embargo, el detalle arroja algunas curiosidades. Para empezar, dos films vuelven a superar el millón de euros, y tras muchas semanas la taquilla recoge un décimo puesto por encima de los 100.000 euros. Además, Marvel cosecha uno de sus peores resultados en España. Todo ello en un fin de semana en el que la recaudación ha sido de 6,5 millones de euros, un 13,3% menos que la semana anterior, según El Séptimo Arte.

Así, Del revés vuelve a ser la cinta más taquillera en su segunda semana con 1,91 millones de euros, un 33,7% menos. El descenso es notable, pero a pesar de ello sigue marcando una diferencia significativa con el resto de títulos del box office. Su total asciende ya a 7,63 millones de euros, por lo que los 10 millones parecen algo más que plausible. Ahora su objetivo más inmediato es lograr los 12 millones. La otra cinta por encima del millón de euros, concretamente con 1,1 millones, es Pixels. Estrenada en 473 salas, su media es de 2.341 euros, lo cual permite a esta comedia aspirar, al menos, a lograr los 5 millones de euros, sobre todo si el boca a boca es bueno.

La tercera posición es para Los minions, que logra 884.380 euros cuando cumple un mes de proyección. Es un 45,7% menos que la semana anterior, pero eso no le impide presentar un global que supera los 19,5 millones de euros. Un éxito rotundo que, aunque afectado por Del revés, aspira ya a los 22,5 millones por lo menos. Cuarto lugar para Ant-Man, que se queda en los 830.793 euros repartidos en 665 pantallas, es decir, 1.249 euros en cada una. No es un dato muy esperanzador, lo que evidencia el poco atractivo de este superhéroe en España. Lo normal será que termine en el entorno de los 5 millones de euros.

En mitad de este ranking encontramos Eliminado, que obtiene 272.060 euros (-50%). Era de esperar el descenso de este film, pero a pesar de ello ya presenta un total de 1,45 millones, por lo que su objetivo más inmediato es lograr quedarse por encima de los 2 millones de euros. Mucho mejor le va a Ahora o nunca, que tras un mes y medio en cartel acumula 7,24 millones de euros, de los cuales 228.973 euros pertenecen al pasado fin de semana. Es un 31,3% menos, por lo que sus aspiraciones de superar los 10 millones parecen haber desaparecido, siendo más probable que termine en el entorno de los 8 millones.

Terminator: Génesis pierde tres posiciones y ocupa la séptima posición con 225.573 euros, un 56,4% menos. El reinicio de la franquicia no parece estar cosechando resultados excesivamente positivos, y prueba de ello es que acumula 3,18 millones, sin duda uno de los balances más bajos de los blockbusters de este verano. Su principal objetivo ahora mismo es superar los 4 millones de euros. Y para muestra un botón. En octavo lugar se sitúa Jurassic World, que esta semana logra 205.086 euros (-44,5%), aunque lo más interesante es su cifra global: 21,26 millones de euros que podrían convertirse, sin demasiado esfuerzo, en 21,5 millones antes de abandonar las salas.

Cerramos el top 10 de la taquilla de esta semana con dos películas de comportamiento similar. Rey gitano obtiene 129.763 euros, un 61% menos que hace siete días. Su total supera ligeramente los 700.000 euros, por lo que con algo de suerte terminará por encima del millón de euros. Sin embargo, no parece probable que pueda llegar más lejos. Finalmente, Eternal se queda en los 109.942 euros, lo que representa un descenso del 49,7%. Su total es de 493.029, por lo que el medio millón está asegurado, aunque parece que podrá conseguir poco más.

‘Pixels’: la nostalgia de una época irrecuperable


Pac-Man es uno de los alienígenas de 'Pixels', dirigida por Chris Columbus.Hay una frase en la nueva película de Adam Sandler (Niños grandes) que podría aplicarse perfectamente al cine: los videojuegos antes eran previsibles, existían unos patrones que podían estudiarse; ahora las dinámicas son mucho más aleatorias. Y si hay algo que define al cine de este cómico es precisamente su previsibilidad. Esta nueva aventura con alienígenas pixelados en una especie de partida de videojuegos real confirma no solo la nostalgia que muchos sufrirán por un mundo ya extinto, sino el estancamiento de Sandler en el pasado, ya sea cinematográfico o cultural. Y eso en principio, mientras le reporte beneficios, no tiene nada de malo.

El problema es que Pixels tampoco tiene demasiado de positivo. El guión, plagado de lugares comunes y diálogos simples y con tendencia al absurdo, no logra en ningún momento revelarse como un verdadero homenaje a Pac-Man, Donkey Kong o Asteroids. Sí, existe una sensación generalizada de estar ante un producto que añora una época, una determinada forma de entretenimiento que iba más allá de la mera partida a un arcade. Pero nada más. La falta de conflictos reales, el humor encajado a la fuerza en muchos momentos y unos actores que parecen pasar por allí más que asumir la importancia de su papel (sólo Peter Dinklage parece conocer su verdadero sitio) impiden toda conexión emocional que supere el mero recuerdo de la infancia.

Con todo, es justo reconocerle al film un notable acierto, y es el alejamiento del humor más soez de su protagonista, rodeado para la ocasión por algunos de sus amigos de juergas cinematográficas. Las constantes referencias a los videojuegos y el más que vetado tema del sexo convierten a la trama en un producto apto para todos los públicos, lo que sumado a algunas secuencias de acción bien rodadas hacen que el film se desarrolle de manera regular, entreteniendo lo necesario e impidiendo que el espectador se aburra, al menos no mucho. Desde luego, la labor de Chris Columbus, director de las primeras entregas de Harry Potter, se nota en varios momentos, desde la partida de Pac-Man hasta la invasión final en la que se dan cita todo tipo de arcades.

El resumen podría ser que Pixels entretiene en la misma medida en que se olvida. Distrae durante sus casi dos horas de metraje, y los espectadores adultos podrán encontrar algunas referencias realmente divertidas, como pueden ser las piezas del Tetris “comiéndose” un edificio cada vez que hacen una línea. Pero nada más. La magia que pudiera tener Sandler en sus inicios parece haberse perdido definitivamente, y ni siquiera un regreso a los orígenes de los videojuegos parece devolverle ese estatus. Al final, no ofende, que ya es mucho, pero tampoco apasiona. Y la indiferencia que genera es lo peor que le puede pasar a un film.

Nota: 5/10

‘The Big Bang Theory’ evoluciona definitivamente en su 7ª T


Los amigos de 'The Big Bang Theory' ven cómo sus vidas cambian en la séptima temporada.Hace algo más de un mes terminó en Estados Unidos la séptima temporada de The Big Bang Theory, y si algo ha quedado claro después de tantos episodios, de tantos momentos que ya forman parte de la historia de la televisión y de tantas risas a carcajada limpia es que una serie de este tipo solo puede aguantar si es capaz de reinventarse a sí misma. Puede parecer una obviedad, pero comprender esta idea y conseguir llevarla a cabo no siempre es sencillo. Los 24 episodios de esta temporada han confirmado la idea de que la anterior entrega fue una transición para lo que estaba por llegar. ¿Y qué era eso? Pues una revolución en toda regla del mundo que rodea a estos amigos científicos y frikis a más no poder.

Quizá el aspecto más relevante sea la facilidad con la que sus creadores, Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Prady (serie Los líos de Caroline) han sabido integrar por completo todas y cada una de las historias secundarias que rodean a los personajes en un único conjunto mucho mayor que se nutre de todos los detalles que pueblan el cada vez más complejo mundo de Sheldon Cooper y compañía. En efecto, estos nuevos capítulos conforman un todo mucho más armado que en ocasiones anteriores al involucrar de forma más directa personajes episódicos y tramas secundarias en la vida diaria de los principales protagonistas. Incluso algunos secundarios habituales adquieren algo más de protagonismo, pero a diferencia de la temporada anterior, en la que sus tramas se impusieron, en esta ocasión sirven únicamente para hacer avanzar la acción. Ahí está, por ejemplo, la presencia de Will Wheaton (Star Trek: La nueva generación) para llevar la relación entre Leonard y Penny un paso más allá.

Respecto a esto, esta séptima temporada de The Big Bang Theory retoma algunos de los conceptos que se aparcaron (nunca abandonaron) al finalizar la quinta temperada. Por si alguien todavía lo dudaba, la serie se confirma como un reflejo en clave cómica del proceso de madurez de cuatro amigos, que ven cómo sus vidas poco a poco necesitan evolucionar a medida que pasan los años. Si el primero en dar el paso fue el personaje de Simon Helberg (I am I), en esta nueva tanda de episodios le toca el turno a… a todos los demás, en realidad. Cada uno a su modo, los protagonistas asumen que sus vidas no pueden volver a ser como eran, lo cual no hace sino engrandecer una serie que adquirió la categoría de clásico hace ya unas cuantas temporadas. Esto puede sonar a drama o a que la serie ha abandonado algo de ese humor suyo tan característico, pero precisamente en la particular definición de cada personaje está la gracia.

Porque sí, todos y cada uno de los roles protagonistas madura, pero el hecho de que tengan personalidades tan bien definidas y tan reacias al cambio genera un sinfín de situaciones a cada cual más divertida. Que el personaje de Jim Parsons (El gran año), quien por cierto se supera en cada temporada, sea incapaz de aceptar que no todo gira a su alrededor es algo tan sencillo como brillante. Que el rol interpretado por Kunal Nayyar (The scribbler) celebre como un acontecimiento histórico el haber pasado la noche con una chica es inolvidable. Y que tanto éste como el papel de Helberg sigan manteniendo una relación de amistad que juega al despiste con la homosexualidad a pesar de tener parejas es de lo mejor que ha dado esta temporada (la comparación del tamaño de sus pechos es simplemente indescriptible). Todo ello, en definitiva, es lo que mejor puede definir una temporada que ha marcado un nuevo rumbo en la serie, y que desde luego abre las puertas hacia un futuro nuevo y prometedor.

La clave del cambio

Lo más habitual en series tan longevas como The Big Bang Theory es pensar que poco o nada cambia de un año para otro. El hecho de compartir con estos personajes tantas situaciones, tantos diálogos que rozan el absurdo y tantos chistes suele provocar un grado de empatía tal que nubla por completo la capacidad de ver por uno mismo cómo evolucionan los personajes. Viene a ser algo similar a ver crecer a un niño día a día. Sin embargo, y al igual que uno se da cuenta de que el niño se ha convertido en hombre cuando las pruebas son más que evidentes, la producción ha sabido demostrar que su evolución está ahí para quedarse y que, aunque no lo parezca, el camino recorrido hasta ahora ha llevado a los personajes a lugares impensables hace tan solo unas cuantas temporadas.

La clave de dicho cambio, la piedra angular sobre la que se apoya todo ese desarrollo dramático tan sutil como constante, no podía ser otra que el personaje de Jim Parsons, alma mater del conjunto y verdadero artífice de que la serie sea lo que es sin resultar infantil, pretenciosa o absurda. A lo largo de estos 24 episodios Sheldon Cooper posiblemente sea el personaje que más cambios sufre en todos los sentidos, desde su crisis de identidad personal (uno de sus descubrimientos resulta ser un error) hasta su evolución personal con un contacto físico que no desvelaré. Posiblemente todo se deba a que su personalidad es, con mucha diferencia, la más fuerte y mejor definida de todas las que pueblan la ficción. En cualquier caso, no hace falta echar la vista atrás para darse cuenta de que lo vivido en esta temporada ha sido, desde el principio, un proceso de cambio para este personaje. Y teniendo en cuenta que la serie no sería nada sin él, es lógico pensar que el cambio de situación generará a futuro un cambio en la producción.

Evidentemente, no tendría la relevancia que tiene si el resto de protagonistas no tuviesen un papel determinante en su comportamiento. Decía al inicio que los secundarios han sabido integrarse en la trama principal para enriquecerla, cosa que no se había logrado en la temporada anterior. En este sentido hay que destacar la cada vez mayor independencia dramática de los roles femeninos, que surgieron casi como necesidad dramática y que han terminado marcando las pautas de buena parte de los arcos dramáticos de los cuatro amigos protagonistas. Las cada vez más frecuentes secuencias “solo chicas” generan un contraste interesante con aquellas que podríamos definir como “solo chicos”. Esto, además de aportar nuevos puntos de vista, permite definir a los personajes de forma individual, y no como parte necesaria de otro, lo cual es positivo para el conjunto se mire por donde se mire.

Así, The Big Bang Theory se revela en esta séptima temporada como una serie capaz de reinventarse a sí misma, o por lo menos de presentar un objetivo a largo plazo más allá del entretenimiento y la repetición de chistes y situaciones. Algunos de los momentos más cómicos de la temporada contrastan con situaciones dramáticas muy bien desarrolladas, y la capacidad de evolución de sus personajes ha permitido a la producción mirar hacia adelante sin temor a caer en un bucle narrativo. Puede que no sean la entrega más divertida, pero desde luego es la más completa desde el punto de vista de la historia. Todo en ella encaja para poder llevar la serie a un nuevo ámbito. Lo mejor es que hay tiempo para explorarlo, pues ya se ha confirmado hasta la décima temporada… por ahora.

‘La princesa prometida’, aventuras y literatura de estilo clásico


Robin Wright y Cary Elwes protagonizan 'La princesa prometida', de Rob Reiner.El cine es un claro ejemplo de cómo el tiempo no pasa en balde por mucho dinero y recursos para mantenerse joven que uno pueda tener. Hace poco tuve la oportunidad de revisionar uno de los mejores clásicos de aventuras de los años 80, La princesa prometida (1987), dirigida por Rob Reiner (Algunos hombres buenos) y protagonizada por un puñado de actores que hoy en día se han convertido en estrellas más o menos importantes. No es este espacio para comentar lo bien o mal que ha envejecido cada uno, sino para analizar los motivos por los que un film tan sencillo y humilde como este no solo ha sabido mantenerse década tras década, sino que se ha erigido como un modelo perfecto del cine de aventuras.

La historia, para aquellos que no hayan tenido ocasión de verla, gira en torno a una joven cuyo amado parte en busca de aventuras. Al enterarse de que ha sido atacado por un temible pirata que nunca hace prisioneros se sume en una profunda depresión. Años después un apuesto y arrogante príncipe decide desposarla, pero unos días antes de la boda es secuestrada por tres personajes que buscan provocar una guerra entre su reino y otro vecino. Un misterioso enmascarado de negro frustrará sus planes y salvará a la princesa, pero desvelará otros mucho más peligrosos que tienen como autor al propio príncipe. Todo ello narrado desde la perspectiva de un cuento leído por un abuelo a su nieto enfermo.

Este último detalle tal vez sea el más relevante de la idea básica de la película. En sí mismo, el argumento y su desarrollo es tan sencillo y directo como entretenido y enternecedor, pero no reviste especial relevancia frente a otras cintas de aventuras con ingredientes similares. Lo que supone una cierta revolución, y que dota al conjunto de un aire mucho más especial, es el hecho de enfrentar la literatura y la imaginación a un mundo cada vez más dominado por la televisión, los ordenadores y los videojuegos. De hecho, el niño enfermo está jugando a un videojuego cuando recibe la visita de su abuelo, a lo que se muestra inicialmente reticente para sumergirse después en la pasión que levanta una obra de ficción literaria.

Ya hemos dicho que su guión, obra de William Goldman, autor de la novela homónima en la que está basada, es directo y sencillo, con una estructura de análisis claro que puede ser un buen ejemplo para iniciarse en esta especialización cinematográfica. Pero si la base literaria es clara (lo que no implica que no tenga interés, al contrario), la forma de narrar es igualmente eficaz. Nada de largos y enrevesados planos. Nada de jugar con los puntos de vista o con las diferentes posibilidades lumínicas. La princesa prometida es, desde su inicio hasta su fin, un cuento de aventuras, de amor y de acción, de comedia y de drama, y como tal está planteado. En cierto modo, todo se podría resumir en dos palabras: entretenimiento directo. Cierto es que estamos hablando de la década de los 80 del siglo pasado, pero en esos años ya se empezaba a experimentar con los efectos digitales como TRON (1982).

La importancia de los secundarios

Como suele ocurrir en este tipo de historias, la película de Reiner se apoya mucho en sus personajes secundarios. Puede que incluso sean lo mejor de la película. No quiero decir con esto que la labor de Cary Elwes (Sin compromiso) y Robin Wright (serie House of cards) no sea relevante, ni mucho menos. Sin embargo, a todo aquel que se le nombre este relato posiblemente lo primero que recuerde sea la frase: “Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, pronunciada por el personaje de Mandy Patinkin, de actualidad gracias a la serie Homeland.

Dicha cita, junto a otros conceptos y la caracterización de muchos de los secundarios, aportan a la trama un aura única que termina por definir su verdadero carácter. En otras palabras, muestra su alma. No se trata ya de que el héroe recupere a su amada, sino de que las tramas secundarias de cada uno de los personajes encuentre su resolución en un único clímax que, como no podía ser de otro modo, se desarrolla mediante combates a espada y luchas cuerpo a cuerpo. Unas tramas secundarias, por cierto, que poseen un interés y una importancia casi tan relevante como la trama principal. Puede que la historia del personaje de Patinkin sea visualmente la más evidente, pero existen muchas otras: la del gigante que busca su sitio en un mundo que le rechaza, la del villano cuyos planes aspiran a mucho más que un simple matrimonio, … Todo conforma un paisaje mucho más rico que la propia historia de los protagonistas.

Todo esto no implica que La princesa prometida sea una obra muy distinta a otras aventuras como pueden ser las de Robin Hood, con las que guarda no pocos parecidos. La película contiene todas las facetas que se le pueden pedir a su género, desde personajes extraños hasta la combinación de acción y magia, pasando por personajes muy, muy característicos y por la combinación de géneros. La idea de aventura literaria, de un relato capaz de despertar la imaginación y la curiosidad de generaciones alienadas o conquistadas por la televisión y los videojuegos se muestra en su máximo esplendor gracias a una trama en la que comedia, drama, intriga y acción se entremezclan armónicamente. Mención especial habría que hacer a la banda sonora compuesta por Mark Knopfler, pero eso lo dejaremos para otra entrada de Toma Dos.

Lo más evidente es que, a pesar de los años y de la humildad que emana de cada fotograma, La princesa prometida sigue siendo un documento a analizar perfecto. Tal vez ese sea su secreto. En cualquier caso, las nuevas generaciones (que cada vez están más involucradas en el mundo digital) siguen descubriendo en sus imágenes y en las páginas de la novela todo un mundo capaz de motivar la imaginación de los más jóvenes. Es directa, clara y concisa. Para algunos esto puede ser una debilidad. Para otros será sin duda el legado de una forma tradicional y siempre eficaz de contar una historia.

‘El hobbit’ se resiste a miserables y videojuegos en su tercera semana


La llegada del 2013 ha supuesto pocos cambios en lo que a la taquilla se refiere. Desde el estreno de El hobbit: un viaje inesperado, la película de Peter Jackson, responsable de la trilogía sobre El señor de los anillos, se ha mantenido como el título que más recauda semana tras semana. Los últimos estrenos del año pasado, a pesar de tener unas buenas expectativas, como fue el caso de Los miserables, no han terminado con dicha trayectoria. Durante el último fin de semana del 2012 se lograron casi 10 millones de euros en recaudación, correspondientes a 1,35 millones de espectadores, más si tenemos en cuenta que el día de los últimos estrenos fue el martes 25 de diciembre, no el viernes.

Así las cosas, el regreso a la Tierra Media de Jackson y compañía consigue, en su tercera semana, un balance de 2,5 millones de euros de viernes a domingo, lo que supone un descenso del 31% respecto a la semana anterior, el mayor de las 10 cintas más taquilleras. En total ya cuenta en su haber con 17 millones, por lo que no sería extraño que se dispare más allá de los 25 millones de euros. Seguidamente encontramos ¡Rompe Ralph!, sin duda beneficiado de su proyección en tres dimensiones. Con 1,7 millones de euros en los tres días y el periodo vacacional que todavía queda por agotar, es más que probable que se sitúe en los 10 millones antes de que termine esta época navideña, sobre todo si atendemos a que, desde su estreno, lleva acumulados más de 3 millones.

La medalla de bronce se la queda el musical dirigido por Tom Hooper (The Damned United), que consigue también alrededor de 1,7 millones. Ahora queda esperar a ver su desarrollo, que se prevé positivo a tenor de los comentarios y la aceptación que está teniendo. Del mismo modo, está casi asegurada su longevidad si, como se espera, sea nominada a varios Oscar. En cuanto a los mantenimientos que copan el resto del top 10, hay que destacar como dato curioso el crecimiento que han contemplado. Sin ir más lejos, en el puesto cuarto encontramos el thriller español El cuerpo, que mejora su recaudación un 2% y se coloca en los 1,05 millones de euros, sumando un total de unos 3 millones. Si eso se mantiene, no sería extraño que superara los 5 millones en total.

En mitad de la tabla se halla La vida de Pi, que mejora un 8% y se hace con 515.000 euros, cantidad que conforma los 7,3 millones de euros, pudiendo llegar a los 10 millones en el tramo final de su recorrido, más si termina compitiendo en los Oscar correspondientes al 2012. Por su parte, los demás títulos animados de la cartelera se han visto afectados, como era de esperar, por el estreno de la película Disney. En el caso de El origen de los guardianes, la más sólida de todas, desciende un 5% respecto al fin de semana anterior y se queda en 415.000 euros. En total son ya más de 5 millones de euros, y no parece factible que llegue a superar los 8 millones.

Por su parte, El alucinante mundo de Norman sufre una pérdida del 25%, aunque su montante final este fin de semana ha sido similar al de El origen de los guardianes. 405.000 euros que colocan su total en los 1,33 millones de euros, teniendo como cifra definitiva más accesible los 2,5 millones de euros. Le sigue La saga Crepúsculo: Amanecer. Parte II, que tras todas estas semanas registra una de las caídas más agudas del top 10, aunque su balance final es de más de 22 millones de euros, a lo que hay que sumar lo que consiga en el recorrido que todavía le queda.

Uno de los casos más llamativos es, sin ningún género de dudas, el de Lo imposible. Tras todas las semanas que lleva en cartel, habiendo sido número uno de la taquilla durante mucho tiempo y batiendo todos los récords del cine español, la cinta registra un aumento del 33% durante este último fin de semana, recaudando 275.000 euros. Su total llega ya a los 41,3 millones de euros, y es posible que llegue a superar los 42 o 43 millones. Sea como fuere, ya se ha convertido en una de las películas más taquilleras en la historia de España.

Cierra este primer top 10 del 2013 la comedia dramática Las sesiones, que gana un 5%, lo que representa unos 217.000 euros. Su total es ya de 587.000 euros, que podrían convertirse en 1 o 2 millones de euros, sobre todo si sus actores consiguen sendas nominaciones en la próxima edición de los Oscar.

Los efectos digitales y el subtexto de ‘Tron’, pilares de su influencia


Los programas de 'Tron' tienen un aspecto muy similar al de sus creadores.Casualidad o no, el estreno de ¡Rompe Ralph! este 2012 ha coincidido con el 30 aniversario de uno de los títulos más influyentes en el campo de los efectos digitales y con el que la cinta de animación comparte más de un elemento. Y curiosamente, en aquel ya lejano 1982 también llegó de la mano de Disney. Nos referimos a Tron, clásico protagonizado por Jeff Bridges (Iron Man) en el que un programador lograba acceder, literalmente, al interior de un ordenador, viéndose obligado a sobrevivir en una serie de juegos con la esperanza de encontrar a Tron, un programa de seguridad que podría ayudarle a escapar y a recuperar el control de sus programas y videojuegos, robados por la empresa para la que trabajaba.

Siendo sinceros, la película dirigida y escrita por Steven Lisberger (La furia del viento) ha adquirido su estatus como referente gracias principalmente al buen trato que el tiempo ha dado tanto a su historia como a su diseño de producción. Su trama supone una combinación bastante original de los sueños y miedos de una sociedad que empezaba a familiarizarse con los videojuegos y los ordenadores. Gracias al original vestuario y a la estructura narrativa planteada casi como si de un auténtico videojuego se tratara (el protagonista debe superar una serie de fases para alcanzar el objetivo final), los espectadores pueden ver en ella una proyección de lo que se siente al controlar un personaje de un videojuego. Del mismo modo, la posibilidad de desaparecer en el mundo digital y la falta de conexión con el mundo real (como se narra al comienzo de su secuela, Tron: Legacy) son unos riesgos que, en la actualidad, se están convirtiendo en algo casi tangible.

En este sentido, el contenido de Tron estuvo adelantado a su tiempo, pero puede que eso no sea lo más llamativo, al menos no a simple vista. Lo cierto es que sin llegar a tener unos efectos digitales fascinantes (incluso teniendo en cuenta la época en la que nos encontramos), la película sí se ajusta bastante bien al diseño pixelado y sencillo de los videojuegos e interfaces de los años 80, lo que le ha permitido tanto revelarse como un producto de su década, como mantener un espíritu casi inocente y nostálgico, reforzando por derecho propio su posición en la historia del cine.

Pero el film es mucho más que una apuesta por los efectos digitales. De poco servirían todos ellos si no existiera detrás, más allá del contenido sociológico, una historia de justicia, legalidad empresarial y amistad. Y aunque el título de la obra hace referencia al nombre de un programa, el verdadero protagonista no deja de ser un hombre al que le han robado toda su obra, en este caso los videojuegos que ha creado. Bridges, quien ya era conocido por entonces, da a su personaje una entidad algo mayor de la que cabría esperar en una cinta de aventuras futurista como esta, convirtiéndolo en un hombre que busca hacer justicia y recuperar lo que es suyo.

Mundos paralelos

Esa búsqueda de justicia es el nexo de unión entre los dos mundos. Mundos, por cierto, que tienen una semejanza sorprendente con lo que hoy en día es el mundo digital y el físico. Tron deja claro que el contraste entre ambas realidades, más allá de programas, pistas de información y edificios, reside en la ley del más fuerte que reina en el mundo cibernético. Por supuesto, apenas existe una legislación tal y como se entiende en la sociedad, dejando huecos y resquicios para poder hacer y deshacer a su antojo.

A nivel argumental, los paralelismos no terminan ahí. El protagonista es un ente extraño y amenazante tanto en el mundo digital como en el edificio que alberga el ordenador en el que se introduce. Su mejor amigo, interpretado por Bruce Boxleitner (La niñera perfecta), es el que le ayuda a entrar en el edificio… y es el mismo que pone los rasgos a Tron, programa que le ayudará a escapar de ese mundo. Incluso el dirigente de la compañía que le roba su obra (David Warner) se convierte en ese espacio alternativo en el Programa Maestro que trata de eliminarlo a toda costa.

Unas similitudes que reflejan, de un modo u otro, los numerosos puntos coincidentes entre ambas realidades, alertando empero del peligro que existen en sus también múltiples diferencias. En el ámbito de la sociedad la desaparición de una persona es investigada; en el mundo digital la muerte simplemente representa borrar un programa. En la realidad la lucha por los derechos sobre una obra se realiza de forma legal; en el ciberespacio es a través de combates cuerpo a cuerpo y carreras con motos luminosas. En el mundo físico todo el mundo está identificado; en el digital es posible ocultarse tras programas e identidades falsas.

Sí, Tron supuso toda una revolución, más por su forma de representar el interior de un ordenador que por la calidad de sus efectos digitales. Sin embargo, lo más interesante cabe encontrarlo en un estudio más a fondo de su subtexto y, sobre todo, compararlo con la evolución que ha sufrido la sociedad desde entonces, pasando de interactuar de forma presencial a moverse casi en exclusiva a través de un ordenador. Es en este aspecto donde la película adquiere su relevancia y donde reside su auténtica importancia como hito dentro del devenir de la ciencia ficción.

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