‘Rey Arturo: La leyenda de Excalibur’: las locas aventuras de un mito


A la pregunta sobre si es posible hacer una película sobre una leyenda sin tener en cuenta dicha leyenda la respuesta es un único nombre: Guy Ritchie. El director de Snatch: Cerdos y diamantes (2000) no solo ha logrado la cuadratura del círculo, sino que lo hace con ese estilo personal tan característico de montaje histriónico, música a juego y recursos visuales casi únicos. Pero su visión particular para narrar cualquier historia no significa que sea la más correcta, como es el caso de esta nueva versión del mito artúrico.

Desde luego, Rey Arturo: La leyenda de Excalibur es un film entretenido, dinámico y espectacular desde un punto de vista visual. El particular sello de Ritchie se deja sentir desde el primer minuto, gracias sobre todo a ese montaje capaz de narrar en imágenes situaciones pasadas, presentes y futuras como si de un videoclip se tratara, recurriendo asimismo a la narrativa en imágenes de los relatos dentro de la propia película. El resultado son unos primeros minutos, todo el primer acto y la presentación del segundo, realmente entretenidos, divertidos y, por momentos, interesantes.

Todo ello, sin embargo, se desinfla desde el momento en que entra en juego el mito de Arturo, la espada y todo lo que rodea a esta historia, de la que el director y sus guionistas dejan muy poco, por no decir nada. A partir de aquí las referencias a otras historias, que más o menos habían estado presentes durante los minutos previos, se vuelven mucho más constantes, logrando un extraño híbrido entre Robin Hood, Hamlet, los espartanos de 300 o la saga de ‘El señor de los anillos’ entre otros, que divierte por la locura que engendra pero que realmente cuenta poco o nada de una historia que podría haber dado para mucho más y que se limita, en último término, a la acción sin mucho sentido y a los efectos especiales por doquier.

De hecho, Rey Arturo: La leyenda de Excalibur tiene poco de leyenda y poco de Arturo. Apenas tres momentos de la historia del rey y un puñado de elementos de la historia original se mantienen en esta versión que tiende a perderse en un intento de reinterpretar todos y cada uno de sus elementos. Lo peor de todo es que en ese proceso termina por aportar muy poco a lo ya conocido, tan solo para crear una fantasía medieval que lleva los nombres de Arturo y Excalibur por poner una referencia. Y todo ello con un reparto solvente que parece pasárselo en grande con esta entretenida y alocada aventura.

Nota: 6/10

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Y la fuerza despertó…


Estrenos 18diciembre2015Ya está aquí. El estreno más importante de este 2015, y posiblemente el más esperado de los últimos años, aterriza en los cines de toda España (y de todo el mundo) para, literalmente, arrasar con todos los récords habidos y por haber. O al menos esa es la intención. Pero contrariamente a lo que pudiera parecer, este viernes, 18 de diciembre, también llegan otras novedades que, en otro contexto y con otro rival enfrente, sin duda habrían tenido mayor trascendencia.

A diferencia de otros fines de semana, Star Wars: El despertar de la Fuerza es claramente el estreno más importante del fin de semana. Séptima entrega de la saga que da inicio, a su vez, a una nueva trilogía y a un numeroso grupo de spin off, algunos basados en personajes míticos de la serie iniciada hace casi 40 años por George Lucas (American Graffiti). De la mano de J.J. Abrams (Star Trek: En la oscuridad), este nuevo film transcurre 30 años después de los acontecimientos de El retorno del Jedi (1983), centrándose en dos jóvenes personajes cuyos destinos se cruzarán para luchar contra una nueva amenaza llamada Primera Orden, cuya intención es retomar la herencia del Imperio destruido en aquel film. Nuevos enemigos, nuevos jedi y viejos personajes se dan cita en una aventura galáctica que trata de revitalizar una saga cuya última trilogía ha dejado con un sabor de boca agridulce. Y para ello nada mejor que unir en un único reparto a viejos conocidos como Harrison Ford (El secreto de Adaline), Carrie Fisher (Maps to the stars), Mark Hamill (Kingsman: Servicio secreto), Anthony Daniels (Yo compré una moto vampiro) y Kenny Baker (U.F.O.), con nuevas estrellas como Daisy Ridley (Scrawl), John Boyega (Imperial dreams), Adam Driver (serie Girls), Domhall Gleeson (Invencible), Gwendoline Christie (serie Juego de tronos), Oscar Isaac (serie Show me a hero), Simon Pegg (Misión: Imposible – Nación secreta), Andy Serkis (El amanecer del Planeta de los Simios), Lupita Nyong’o (12 años de esclavitud) y Max von Sydow (Shutter Island).

Entre el resto de títulos que deberán sufrir el dominio galáctico destaca Sufragistas, drama de corte biográfico e histórico que narra la lucha de las mujeres en la Inglaterra previa a la I Guerra Mundial para lograr la igualdad con los hombres. Una igualdad en el trabajo y en sus vidas que se radicalizó ante la ineficacia de las protestas pacíficas que muchas integrantes de la clase trabajadora llevaron a cabo. Sarah Gavron (Brick Lane) es la encargada de poner en imágenes esta defensa de los derechos de la mujer, contando para ello con un reparto más que notable: Meryl Streep (Agosto), Carey Mulligan (Lejos del mundanal ruido), Helena Bonham Carter (Cenicienta), Ann-Marie Duff (Circuito cerrado), Brendan Gleeson (Al filo del mañana), Ben Whishaw (Skyfall) y Romola Garai (Los últimos días en Marte).

También es interesante Invisibles, lo nuevo de Richard Gere (El fraude). Producida en 2014 y dirigida por Oren Moverman (Rampart), la historia gira en torno a un hombre que, cada vez más desesperado, ha perdido todo lo que una vez definió su vida. Sin un lugar a donde ir, vaga por las calles de Nueva York como un sin techo más, tratando de sobrevivir y de encontrar cobijo cada noche. La única luz de esperanza se presenta en forma de un hombre con el que entabla amistad y que le permite creer que puede retomar la relación con su hija, de la que se distanció hace tiempo. Jena Malone (The wait), Kyra Sedgwick (serie The closer), Steve Buscemi (serie Boardwalk Empire) y Ben Vereen (Tapioca) completan el reparto.

Desde Reino Unido llega 45 años, drama romántico que adapta un relato corto de David Constantine en el que una pareja se prepara para celebrar sus 45 años de matrimonio. Pero lo que se prevé como una fiesta para conmemorar el amor se ve truncada cuando el hombre recibe la noticia de que el cuerpo de su primer amor ha sido encontrado en un glaciar entero e intacto. Andrew Haigh (Weekend) dirige esta propuesta protagonizada por Charlotte Rampling (Joven y bonita), Tom Courtenay (El cuarteto), Geraldine James (serie Utopía), Dolly Wells (Franklyn) y Richard Cunningham (El abuelo que saltó por la ventana y se largó).

También procede de las islas británicas Hiena: el infierno del crimen, thriller dramático producido en 2014 escrito y dirigido por Gerard Johnson (Tony) cuya trama gira en torno a un policía cuyo instinto y facilidad para equilibrar corrupción y eficacia siempre le han mantenido a salvo. Sin embargo, cuando los bajos fondos de Londres empiezan a ser controlados por una banda de peligrosos albaneses el hombre deberá afrontar que su estilo de vida necesita adaptarse a los nuevos tiempos. El reparto está encabezado por Stephen Graham (El topo), Neil Maskell (Open Windows), Elisa Lasowski (Somers town) y Peter Ferdinando (Convicto).

En cuanto al documental, Carlos Saura (Tango) escribe y dirige Zonda: folclore argentino, que como su título indica se adentra en la música del país sudamericano para explicar el pasado, el presente y el futuro de este pueblo y su cultura. Luis Salinas, Jaime Torres y Horacio Lavandera son algunos de los artistas que se dejan ver en la obra.

‘Utopía’ usa su segunda temporada para una transición dramática


Los planes para acabar con la raza humana siguen en la segunda temporada de 'Utopía'.Hacer una serie de televisión podría compararse con rodar una saga cinematográfica que se estrena año tras año. Cada temporada, al igual que cada película, debe ofrecer al espectador nuevos retos para los personajes, algo que les haga evolucionar o, al menos, les permita mostrar aspectos desconocidos de su personalidad. Es por eso que la segunda temporada de Utopía es algo irregular. Sobre todo con el excepcional estreno que tuvo con sus primeros seis episodios. No hay que entender esto como una pérdida de calidad de esta producción creada por Dennis Kelly (serie Pulling), sino más bien como una transición hacia algo mucho más interesante. Ese carácter transitorio es lo que termina por no completar las expectativas puestas sobre los protagonistas, que en su inmensa mayoría mantienen el mismo perfil que en la anterior temporada.

Sobra decir que el tratamiento estético de la trama sigue siendo magnífico. Su saturación de colores, predominando el amarillo y el verde en la mayor parte de las secuencias, otorga al conjunto un aspecto tan irreal como hipnótico, algo que queda potenciado por una banda sonora impactante y transgresora a cargo de Cristobal Tapia de Veer (serie Jamaica Inn). La capacidad de sus responsables para narrar solo con la fotografía queda fuera de toda duda, permitiendo a la serie alcanzar un nivel diferente a lo que la mayor parte de las series nos tienen acostumbrados. Esto, unido a un reparto sencillamente perfecto, convierten a esta segunda temporada en una digna sucesora de la anterior entrega, al menos en lo que a desarrollo formal se refiere. Otra cosa muy distinta es lo que ocurre si hablamos de su trama.

Y es que esta es, en cierto modo, el talón de Aquiles de la segunda temporada de Utopía. Aunque siendo sinceros, ya le gustaría a muchas producciones tener un talón de Aquiles como este. El gran problema de la serie es que el grupo principal de personajes, encabezado por Fiona O’Shaughnessy (Desafío a la muerte), Alexandra Roach (One chance) y Nathan Stewart-Jarrett (Dom Hemingway), apenas tiene recorrido dramático. Si durante la primera temporada deben huir por tener en su poder la clave de toda la intriga, en esta continuación su huída se antoja menos justificada, encontrando algo de sentido a mitad de camino con la incorporación de algunos personajes. Del mismo modo, algunos de los secundarios que tuvieron presencia relevante quedan ahora relegados a un segundo plano. ¿El motivo? Desarrollar de forma más profunda las motivaciones de los villanos, algo que ocurre desde el primer episodio.

En efecto, el comienzo de esta nueva entrega puede resultar un tanto confuso. El hecho de que la acción se traslade a la infancia de la protagonista, Jessica Hyde, puede no entenderse en un primer momento, pero una vez el capítulo termina no solo se adquiere conciencia de lo sucedido, sino de lo que va a suceder. Se podría decir que es un sacrificio necesario del desarrollo del resto de la serie; un viaje al pasado que permite explicar los motivos y el desarrollo de ese virus capaz de terminar con buena parte de los seres humanos de todo el mundo. Y personalmente, me parece que es el mejor episodio de toda la temporada, pues supone un cambio de tendencia, un soplo de aire fresco con respecto a lo visto anteriormente que encaja en el sentido general de la ficción. Gracias a lo ocurrido en dicho episodio, el espectador alcanza a comprender, por ejemplo, la personalidad de Neil Maskell (Open windows), ese asesino patizambo e impasible ante el sufrimiento.

El señor Conejo del futuro

Antes afirmaba que casi todos los personajes principales apenas tienen recorrido. Y hay que poner el acento en el “casi”. Porque si bien es cierto que el grupo protagonista se dedica a huir durante la mayor parte de la temporada, no es menos cierto que roles como el interpretado por Adeel Akhtar (El dictador) adquieren una relevancia absoluta, convirtiéndose en el verdadero atractivo de Utopía junto a su apartado más visual. El cambio que se produce en el personaje a través de los argumentos y de la coacción psicológica alcanza una magnitud inimaginable y en cierto modo comprensible, creando un futuro prometedor para la serie, que perfectamente podría adentrarse en una nueva premisa. Su peso en la trama es mayor conforme se desvelan diversos secretos que, en mayor o menor medida, todavía seguían ocultos al final de la anterior temporada, lo que no hace sino más coherente la transformación de este torturado personaje.

El espectador asiste impotente de este modo a un giro hacia el lado oscuro realmente interesante. La incorporación de nuevos personajes, la aparición de otros que se consideraba muertos, y la mayor comprensión del plan genocida de esta organización secreta otorgan a la serie en su segunda temporada un tono mucho más sombrío, más inquietante, lo cual por cierto contrasta con el colorido de su puesta en escena. Desde luego, la serie se torna mucho más interesante cuando estos villanos toman el control, perdiendo el foco de atención cuando la trama se centra en los héroes. Esto genera, una vez vistos los seis episodios, la sensación de estar ante una temporada irregular, con mucho potencial pero desigual en su evolución. Aunque como digo, ya le gustaría a muchas cadenas que una serie tuviera esta irregularidad.

Porque lo cierto es que la ficción creada por Kelly sigue manteniendo un alto nivel en todos sus aspectos. Su narrativa, con algunos planos realmente reveladores, es ágil y compleja, plagada de referencias conceptuales y con un sentido estético muy próximo al cómic. Su corta duración permite, además, plantear cada temporada casi como si de un tomo se tratara, centrando la atención en un único aspecto, lo que a la larga impide que exista una necesidad de rellenar con tramas secundarias innecesarias o poco elaboradas. En el caso de esta segunda entrega esto se traduce en un amplio desarrollo de las motivaciones de los villanos, adquiriendo especial relevancia durante su último episodio, que por cierto deja la puerta abierta a una tercera temporada todavía sin confirmar.

La pregunta que cabe hacerse, por tanto, es si esta segunda temporada de Utopía es digna sucesora. La respuesta es sí. La serie de Dennis Kelly es uno de los productos más atractivos, transgresores y frescos del panorama actual, lo cual siempre debería ser motivo de interés. Ahora bien, la novedad que supuso la primera parte queda aquí algo mermada, en parte por conocer el estilo visual de la producción y en parte porque la sensación no es tan redonda como cabría esperar, debido fundamentalmente a unos personajes que tienen poco que decir. En cualquier caso, el nivel que mantiene esta especie de transición hacia un siguiente nivel dramático es excelente, lo cual convierte a esta especie de cómic en movimiento en una de las series británicas más fascinantes de los últimos tiempos.

El Oeste más gamberro se bate en duelo por dominar la cartelera


Estrenos 4julio2014Poco a poco el verano cinematográfico va tomando forma. Si el pasado mes de junio fue un poco flojo en lo que a grandes estrenos se refiere (lo que se ha acusado, y mucho, en la taquilla), este julio se prevé algo más interesante, con propuestas variadas que tienen posibilidades de convertirse en reyes de la cartelera. Hoy, 4 de julio, Día de la Independencia norteamericana, llegan una serie de novedades que sin duda poseen los alicientes necesarios para convertirse en las más taquilleras. Humor gamberro, drama romántico adolescente, thriller, … Prácticamente todos los géneros se dan cita en estos 8 films en los que participan, además, desde actores consagrados a actrices porno que buscan consolidar su papel en la industria más tradicional.

Si comenzamos por los títulos más importantes es indispensable hablar de Mil maneras de morder el polvo, nueva divertida y gamberra propuesta de Seth MacFarlane (Ted) quien no solo dirige y escribe, sino también protagoniza esta disparatada historia ambientada en el Lejano Oeste, un peligroso lugar donde, como reza el título original, hay un millón de maneras distintas de morir. La trama comienza cuando un cobarde ovejero es abandonado por su novia después de renunciar a un duelo. Será en sus horas más bajas cuando conocerá a una hermosa y misteriosa mujer que le devolverá la ilusión, pero que también le traerá la desgracia, pues su marido es ni más ni menos que un violento y famoso forajido, al que tendrá que derrotar si quiere salvar la vida y a la chica. Junto a MacFarlane encontramos un puñado de actores tan conocidos como Charlize Theron (Blancanieves y la leyenda del cazador), Liam Neeson (Non-Stop), Amanda Seyfried (Los miserables), Giovanni Ribisi (Contraband), Neil Patrick Harris (serie Cómo conocí a vuestra madre) y Sarah Silverman (Escuela de pringaos).

Una alternativa muy distinta, también procedente de Estados Unidos, es Bajo la misma estrella, drama adolescente de corte romántico basado en la novela de John Green que narra la relación amorosa que entablan dos jóvenes con cáncer. Ambos lucharán por convertir el tiempo que les queda en algo inolvidable, y para ello llegarán a viajar a Ámsterdam para conocer al escritor favorito de uno de ellos. Dirigida por Josh Boone (Un invierno en la playa), la cinta cuenta en su reparto con Shailene Woodley y Ansel Elgort, ambos protagonistas en Divergente (2014), como pareja principal, a los que se suman Nat Wolff (Paz, amor y malentendidos), Laura Dern (Parque Jurásico), Sam Trammell (serie True Blood) y Willem Dafoe (El gran hotel Budapest), entre otros.

Los adolescentes también son protagonistas en The kings of summer, comedia dramática norteamericana del 2013 que aborda el sueño de un grupo de jóvenes de independizarse. Hartos de convivir con sus padres se fugan sin rumbo fijo hacia la naturaleza con el único plan de construir una casa y vivir dueños de su propio destino. Sin embargo, ese mismo destino les deparará un sinfín de sorpresas. Jordan Vogt-Roberts, director habitual de series de televisión, debuta de este modo en el largometraje, contando para ello con Nick Robinson (serie Melissa & Joey), Gabriel Basso (Super 8), Moises Arias (El juego perfecto), Nick Offerman (Somos los Miller), Megan Mullally (Tocando fondo) y Alison Brie (Eternamente comprometidos) como principales intérpretes.

Dejamos Estados Unidos para centrarnos en Un largo viaje, una coproducción angloaustraliana de 2013 que adapta el best seller homónimo y autobiográfico de Eric Lomax. La trama comienza cuando Lomax, oficial británico fascinado desde su infancia por los trenes, es capturado durante la II Guerra Mundial y enviado a un campo de trabajo para construir la línea férrea entre Birmania y Tailandia. Durante su cautiverio deberá soportar condiciones inhumanas y un amplio abanico de torturas. Años después, y una vez finalizada la guerra, la vida tranquila de Lomax se verá alterada cuando descubra que un joven oficial encargado de su tortura sigue vivo. Dirigida por Jonathan Teplitzky (Burning man), uno de los elementos más destacados de este drama es su reparto, encabezado por Colin Firth (Un plan perfecto), Nicole Kidman (Stoker), Jeremy Irvine (Grandes esperanzas) y Stellan Skarsgård (El médico), a los que se suman Jeffrey Daunton (Servicios muy personales), Michael MacKenzie (Night people), Hiroyuki Sanada (Lobezno inmortal) y Tanroh Ishida (Sennen no yuraku).

La gran representante española es Open Windows, nueva película de Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes) que, enmarcada en el thriller, experimenta con diferentes cámaras y formatos audiovisuales para contar una historia que arranca cuando un joven es rechazado por una importante y deseada actriz después de que el primero ganara un concurso cuyo premio era una cita con la estrella. Cuando todo parece perdido un hombre le propondrá seguir todos los pasos de la mujer, incoándose un macabro juego de acoso, terror y misterio en el que ambos personajes serán solo piezas prescindibles. El director cántabro cuenta para la ocasión con Elijah Wood (Grand piano) y la ex actriz porno Sasha Grey (The girlfriend experience) como principales protagonistas del reparto, que se completa con Neil Maskell (serie Utopía), Ivan González (El borde del tiempo), Adam Quintero (Propios y extranos) y, como es habitual, el propio Vigalondo.

Otro nombre propio de este fin de semana es el de Jean-Pierre Jeunet (Amelie), quien regresa tras cuatro años de ausencia con El extraordinario viaje de T.S. Spivet, una aventura familiar con toques dramáticos que, como es habitual en el cine del francés, está plagada de personajes y situaciones de lo más surrealistas. La trama de esta producción francocanadiense del 2013 narra el viaje realizado por un pequeño genio de 12 años que vive en un rancho en Montana. Su pasión por la cartografía y los inventos le llevará a ganar un premio otorgado por una importante institución científica, por lo que el joven se armará con su maleta dispuesto a recorrer Estados Unidos de una punta a otra. El reparto está encabezado por Helena Bonham Carter (El llanero solitario), Kyle Catlett (serie The following), Judy Davis (A Roma con amor), Robert Maillet (Pacific Rim), Callum Keith Rennie (serie La tapadera) y Dominique Pinon (Micmacs).

España también está presente en la producción de El secreto del cofre de Midas, cinta de aventuras de 2013 que también cuenta con financiación del Reino Unido y que se ambienta en la época victoriana. En concreto, la trama sigue a un joven londinense cuyos padres desaparecen misteriosamente. Responsable de un hermano menor, su vida cambiará cuando unos desconocidos secuestren al pequeño, lo que le llevará a iniciar un viaje a una remota isla acompañado de un aventurero que persigue intereses similares. Jonathan Newman (Hogar de acogida) es el encargado de dirigir a un puñado de actores conocidos, entre los que destacan Michael Sheen (serie Masters of sex), Lena Headey (serie Juego de Tronos), Sam Neill (Plan de escape), Ioan Gruffudd (Los 4 fantásticos), Aneurin Barnard (The facility) y Keeley Hawes (El robo del siglo).

Finalizamos el repaso a los estrenos con Omar, drama palestino con tintes de thriller del 2013 escrito y dirigido por Hany Abu-Assad (The courier). Su argumento, marcado por la situación política y social de la zona, se centra en los riesgos a los que se enfrenta un joven que todos los días trepa el muro para ver a la chica de la que está enamorada. Sin embargo, cuando un día sea capturado su forma de entender el mundo y las relaciones con sus amigos y vecinos cambiará. Los debutantes Adam Bakri, Leem Lubany, Samer Bisharat e Iyad Hoorani conforman el reparto principal.

‘Dates’ exhibe la naturaleza del ser humano en las primeras citas


Logo de la serie británica 'Dates'.He de reconocer que, en líneas generales, las producciones inglesas para la pequeña pantalla tienen siempre algo fresco, algo que no ocurre con las estadounidenses. Desconozco si es por la saturación de productos que provienen del país norteamericano (o porque lo que llega desde Inglaterra es solo lo mejor), pero desde luego una producción de las islas siempre es sinónimo de, cuanto menos, algo a tener en cuenta. El caso de Dates, serie creada por Bryan Elsley (serie Skins), encaja bastante bien en el perfil. No tanto porque tenga un formato diferente o novedoso, sino por la forma de desarrollar sus tramas y, sobre todo, por ese inconfundible estilo inglés a la hora de dar forma a las historias.

Para aquellos que todavía no hayan visto los 9 episodios que conforman su primera temporada, la serie se puede definir como un estudio de las relaciones sociales, y más concretamente de las “citas” que dan nombre a la producción. A través de las miradas y de las diferentes personalidades de sus protagonistas el espectador asiste a ese extraño baile que son las primeras citas, en esta ocasión orquestadas a través de alguna de las múltiples plataformas digitales que existen para conocer gente. Es, por tanto, una serie en la que a priori ninguno de los episodios guarda relación con el anterior, presentando en cada uno conflictos diferentes.

Como decimos, no es en sí un tema novedoso. El hecho de que cada capítulo tenga protagonistas diferentes y una trama única ya ha sido tratado en numerosas ocasiones. De hecho, habrá quienes vean en Dates una falta de originalidad pasmosa al descubrir que los personajes son, en su gran mayoría, arquetipos. Los homosexuales no declarados, la joven que busca el amor a través de Internet, un médico divorciado, una chica de compañía, … Todos ellos responden, en mayor o menor medida, a los estereotipos que la sociedad ha impuesto para este tipo de páginas o plataformas para conocer gente.

Y sí, es cierto que dicho estereotipo existe… ¿y qué? Esa es la pregunta que debe ser contestada. La televisión está plagada de esos personajes que responden a una definición bastante sencilla de los ideales que todos los espectadores tienen en la cabeza. En el caso que nos ocupa, además, es algo secundario. Que una joven no termine de aceptar su homosexualidad por las presiones familiares, por poner un ejemplo, es lo de menos. Lo realmente interesante es comprobar si la evolución dramática de los personajes en estos pequeños bocados de realidad que son cada episodio (unos 20 minutos cada uno) tiene la entereza suficiente para generar interés. Y aquí, personalmente, me decantaría por el sí.

Una serie de actores

Dividido cada uno de estos 9 primeros episodios en dos partes bien diferenciadas, la sencilla y aparentemente arquetípica trama sirve de base para exponer al ojo de la cámara los defectos, las virtudes, los miedos y las bondades de estos personajes que poco o nada tienen en común. En cada uno de los capítulos, además, el espectador logra un conocimiento exhaustivo de los personajes gracias a la sutileza con la que son presentados y, sobre todo, a la elegancia formal y narrativa de distribuir los puntos de giro y los conflictos de personalidades que tienen lugar en esos bares, cafeterías, restaurantes u hoteles en los que transcurre. Por no hablar de los diálogos, todo un ejercicio del que deberían aprender muchos guionistas.

En buena medida, los actores tienen mucho que ver en esto. Bueno, más bien son imprescindibles. Dates es, por así decirlo, una serie simple. Un escenario, a lo sumo dos, con dos actores y algún secundario en forma de camarero. Con este planteamiento, la labor interpretativa es esencial, y lo cierto es que todos los actores que pasan por las tramas, o casi todos, bordan cada una de sus interpretaciones, desde los más habituales como Oona Chaplin (serie Juego de Tronos), Ben Chaplin (El retrato de Dorian Gray) o Will Mellor (serie Broadchurch) hasta los más esporádicos como Neil Maskell (serie Utopía) o Andrew Scott (serie Sherlock).

Todos ellos, sin excepción, conforman un universo único en el que sus inseguridades marcan el devenir de sus acciones. Este es, en el fondo, el verdadero sentido de la serie. A pesar de su aparente éxito, de sus personalidades dominantes o de sus atractivos físicos, todos los personajes poseen una serie de inseguridades y de miedos que les convierten en atractivos para el público. El hecho de que se conozcan por Internet es, al final, secundario (de hecho, es un dato que se conoce por menciones de los propios personajes). Lo realmente interesante es comprobar cómo hacen frente a sus propias debilidades y a las de sus citas.

Dates no es, por tanto, una serie rompedora en ningún sentido. Es un producto de personajes, una serie de relatos intimistas sobre aquello que el ser humano suele guardar escondido bajo numerosas capas de formalismos y convenciones sociales. Y a pesar de no mantener una relación directa entre cada una de sus historias (con la excepción de las que protagonizan los dos Chaplin y Mellor), sí que encuentra un denominador común en el retrato social que presenta. No es una serie hecha para aquellos que buscan entretenimiento puro, eso es evidente. Pero divierte, sobre todo con las personalidades surrealistas de algunos personajes.

‘Utopía’, belleza formal al servicio de su perturbadora trama


Dos de los extraños personajes que protagonizan 'Utopía', creada por Dennis Kelly.Puede que los estadounidenses estén situando las producciones televisivas en unos niveles que no se habían conocido nunca, pero lo que están logrando los británicos requeriría de muchas horas de debate y análisis. La facilidad que tienen los guionistas de aquel país para sumergir al espectador en historias perturbadoras, radicales en su forma y su contenido, y política y socialmente críticas, es inaudita. Estados Unidos ha sido capaz de encontrar las claves para realizar productos de una calidad inigualable, pero tiende a repetirse en sus fórmulas. Inglaterra, por el contrario, busca transgredir el lenguaje audiovisual con muchas de las producciones que realiza. Utopía es una prueba, magistral a mi modo de ver, de que estamos ante una industria a la que debería de prestarse más atención.

Creada por Dennis Kelly (serie Pulling), la trama gira en torno a una extraña novela gráfica de culto y a cuatro personajes que se reúnen porque, según parece, uno de ellos se ha hecho con la secuela de la misma. Lo que ninguno de ellos sospecha es que las páginas de esa secuela esconden un secreto relacionado con el Gobierno británico y un experimento científico a gran escala que pretende cambiar la sociedad tal y como la conocemos. Perseguidos por el Gobierno y las empresas implicadas en el proyecto, su única vía de salvación es una joven que responde al nombre de Jessica Hyde y cuya presencia será la clave para desentrañar el misterio. Vista así, la historia parece que se mueve por argumentos e intrigas conocidas, y en cierto modo así es, salvo por la presencia del cómic. Lo que diferencia a esta producción, y lo que la define como el pequeño fenómeno en que se está convirtiendo en algunos círculos, son los personajes y el acabado formal.

Y es que desde el primer momento los personajes que se mueven por este thriller son, por decirlo sutilmente, extravagantes. Otra forma de definirlos sería marginales, y otra podría ser psicóticos. Sobre todo aquellos que rodean al grupo protagonista, integrado por los que tal vez sean los papeles más coherentes de toda la serie. Destaca sobremanera el personaje de Neil Maskell (The football factory), un asesino impasible e implacable cuyo aspecto, forma de andar y forma de expresarse inquietan más que cualquier otro aspecto. Y lo hacen porque inducen a pensar en todo menos en un asesino, no porque posea una cara angelical, sino porque parece improbable que sea capaz físicamente de hacer daño a nadie. Es, con diferencia, el mejor personaje de la trama, y desde luego el que más impacta durante su presencia en pantalla.

Aunque no es el único. Si bien es cierto que su definición es la más atractiva, muchos de los secundarios (el verdadero alma mater de la producción) adquieren relevancia por la complejidad de la trama y de las numerosas ramificaciones que posee y que se resuelven de forma convergente en un episodio final cuyos giros argumentales lo convierten casi en una montaña rusa narrativa. Ya durante el desarrollo de la trama se intuye que ningún personaje es lo que dice ser, o que por lo menos posee motivaciones ocultas que obligan a desconfiar, pero lo que se produce en esos últimos minutos da un sentido único a todo lo visto anteriormente, mucho mayor de lo que cabría esperar. De hecho, la historia pasa de ser un alegato sobre las conspiraciones y cómo detenerlas a una prueba fehaciente de que no se puede luchar contra el sistema.

Narrativa visual por encima de todo

Como hemos dicho, varias páginas podrían escribirse sobre Utopía. La forma de integrar todas las ramificaciones de la trama en un único final capaz de cambiar el sentido de la serie es algo difícil de ver hoy en día sin que resulte un ejercicio forzado y poco creíble. Ahí está, por ejemplo, la historia del funcionario gubernamental (quizá la más hilarante de todo el conjunto, si es que dicho calificativo se puede aplicar a esta serie) o los dilemas morales de cada uno de los miembros protagonistas. No entraremos en un análisis más profundo sobre el contenido, pero sí merece una mención especial la forma. Calificar la obra de Kelly de belleza visual sería hacerle un flaco favor a la forma de narrar esta intriga. Y me explico.

Lo que más llama la atención de la serie es su paleta cromática. Ya desde los primeros planos en esa tienda de cómics, donde los saturados colores de las paredes contrastan con el vestuario de los actores, el espectador comprende que la forma de narrar el subtexto del argumento reside en la elección de los colores, en lo que podría ser perfectamente una traslación a la pequeña pantalla del estilo cromático de la novela gráfica que da título a la serie. El inteso azul de uno de los asesinos, el verde de las paredes o la bolsa amarilla son algunos de los elementos. No queda ahí el intento, por supuesto. El cielo, los extensos campos, la decoración urbana propia de cualquier ciudad o los muebles de una habitación. Cualquier elemento, por pequeño que parezca, posee un color único, intenso y distintivo, que le define en esta estrambótica historia de conspiraciones y planes apocalípticos. El mejor y más evidente ejemplo tal vez sea oscura habitación en la que los villanos de la función deciden los pasos a seguir en la búsqueda y captura del manuscrito.

Claro que no es lo único. Buena parte de los diálogos y de las secuencias de acción cuentan con una iluminación muy particular, muchas veces verdosa y otras tantas apagada, pálida. Todas ellas permiten transmitir el mensaje oculto en las reacciones corporales de los intérpretes, todos ellos por cierto perfectos en sus respectivos roles, el diálogo no hablado que se desprende de muchas de las situaciones. Si a esto añadimos una extraordinaria banda sonora tan perturbadora y nerviosa como la propia serie, lo que obtenemos es una clara muestra de lo que significa narrar en imágenes.

Empero, no se puede ni se debe obviar la elección de los planos. Buena parte de la serie está compuesta por unos amplios planos, la mayoría generales, en los que los personajes aparecen únicamente de cintura para arriba o confundiéndose con los elementos del entorno. Desde luego, son los elementos más bellos de los 6 capítulos, y permiten apreciar la maravillosa fotografía en todo su esplendor. Pero que nadie piense que su función es meramente embellecedora, más bien al contrario. La elección de dichos planos y su uso en determinadas situaciones suponen la mejor forma de reflejar el sentimiento que más aparece en toda la trama: la soledad. Ya sea la angustia de sentirse perseguido en todo momento, el miedo de ser abandonado por aquellos que te apoyaban unos minutos antes o la certeza de que la muerte está próxima, cualquier emoción que genere soledad queda patente en dicha planificación. Claro que no es únicamente su uso; la forma de situar al personaje dentro del cuadro ofrece una visión distorsionada del propio lenguaje visual, lo que no hace sino generar una mayor sensación de estar ante algo distinto, un poco extravagante pero indudablemente bello.

Al igual que ocurre con Black mirror o con The fadesUtopía es uno de esos productos televisivos extrañamente maravillosos. Por supuesto, para gusto los colores, nunca mejor dicho, pero todos aquellos que busquen algo distinto lo encontrarán en esta serie de 6 episodios que, según parece, tiene intención de volver en una segunda entrega. Tal vez la resolución de la trama sea algo fantástica para el desarrollo relativamente serio del conjunto, pero encuadra perfectamente dentro de las teorías de la conspiración tantas veces abordadas. Lo relevante no es, en realidad, si la trama queda bien resuelta (aunque sí es importante, claro está), sino los descubrimientos que se realizan a lo largo del desarrollo y los conflictos morales y sociales que se producen. Esto no solo está bien narrado sobre el papel, sino que se muestra acompañado de un lenguaje visual sublime capaz de hipnotizar al espectador y ocultar sus posibles carencias. Como suele ocurrir en estos casos, lo mejor y lo peor de todo es que solo dure lo que dura. Más tiempo hubiese jugado en su contra con toda probabilidad, pero es una lástima que se termine.

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