‘La Llamada’: Lo hacemos y ya vemos


Vaya por delante que no he tenido el placer de ver en directo la obra de teatro ‘La Llamada’, por lo que mi visión de esta adaptación cinematográfica realizada por sus autores e interpretada por los mismos actores es, digamos, virgen. Y no sé si eso será bueno o malo, pero facilita una visión más audiovisual de esta comedia musical.

Y bajo este prisma lo primero que hay que decir es que la película crece de forma progresiva conforme la trama avanza. Con un comienzo que puede resultar un poco titubeante, en tanto en cuanto los pilares dramáticos de la historia se presentan con un primer número y se mantienen latentes en un segundo plano durante buena parte del primer acto, una vez la trama se centra por completo en la relación del personaje de Macarena García (Villaviciosa de al lado) con Dios, y cómo esto afecta al resto de roles, la historia explota al máximo su potencial para convertirse en una comedia fresca, dinámica y con una reflexión que a priori no tiene moraleja, pero que sí un mensaje de libertad muy concreto.

A esto se suman unos números musicales tan sencillos como divertidos, bien dosificados a lo largo de la trama y con las canciones de Whitney Houston como grandes atractivos. Eso por no hablar de ese último tema electro latino con una coreografía tan divertida como surrealista por el contexto en el que se produce. Amén de un reparto que desprende diversión en cada plano y que, para bien o para mal, tiende a ser un poco teatral. Todo ello, en definitiva, genera ese aura de diversión sin maldad, de historia adolescente sobre el amor libre, sobre la tolerancia y sobre la amistad. Y conseguir eso en estos tiempos es sumamente difícil.

De este modo, independientemente de la obra de teatro, La Llamada es una obra alegre, fresca y divertida, con un comienzo que puede trastocar la idea preconcebida de aquellos que no hayan visto la obra sobre los escenarios. Y sí, sus inicios pueden tener una cierta carencia de ritmo, pero se compensa con creces cuando el meollo de la historia toma el control de todos los personajes y sus respectivas tramas secundarias, construyendo un relato único en torno a unos pocos conceptos que obligan a reflexionar más allá de la música o de la religión (que en el fondo no es su motivo principal).

Nota: 6,5/10

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‘It’: Todos flotamos con la coulrofobia


Diversos estudios han demostrado que el miedo a los payasos, la coulrofobia, tiene un origen psicológico muy concreto. No es algo irracional, dicho de otro modo. La famosa novela de Stephen King, como el resto de obras del autor, ahonda sin embargo en muchos otros aspectos sociales, y la nueva versión cinematográfica potencia todo esto para ofrecer al espectador toda una experiencia visual y emocional en la que destaca, por encima de cualquier otra cosa, un Bill Skarsgård (Victoria) excepcional.

Con todo, sería injusto defender un film como It únicamente por la interpretación del terrorífico payaso Pennywise. Realmente, todo el conjunto es una notable interpretación de conceptos habituales en la obra de King, desde la amistad, la unidad, el poder del miedo y la valentía y, sobre todo, el mal que acecha con la forma de aquello que puede parecer más inocente. Relegado a un segundo plano queda, por tanto, el componente sangriento o efectista, al que es cierto que se recurre en momentos puntuales pero que no copa toda la atención de la trama, lo cual es de agradecer tanto a los guionistas, entre los que se encuentra Cary Fukunaga (serie True detective), y al director.

Una trama que en manos de Andrés Muschietti (Mamá) adquiere una ambientación fría y violenta marcada por la soledad de un grupo de niños que tiene que enfrentarse a sus miedos sin la ayuda de unos adultos que parecen más preocupados en sus propias necesidades que en las de sus hijos. Con un lenguaje visual a caballo entre el thriller psicológico y el gore más explícito, el director explota al máximo la labor interpretativa tanto de Skarsgård como de los niños que protagonizan esta primera parte, la mayoría de estos últimos prácticamente debutantes en un largometraje.

El único ‘pero’ que podría ponerse al film es una duración excesiva que obliga al relato a introducir secuencias, lo que aunque refuerza la idea de terror, tampoco aporta mucho más al desarrollo dramático de la relación o los miedos de estos chicos en su lucha contra un mal que se alimenta de ellos. A pesar de ello, la cinta se revela como un desafío terrorífico, una prueba de amistad marcada por algunos momentos violentos, otros aterradores y otros sangrientos, con un final que viene a explicar aquello de “Todos flotamos aquí abajo”. Pennywise vuelve a hacer de las suyas 27 años después, tal y como Stephen King ha dejado escrito.

Nota: 7,5/10

‘Batman: La LEGO película’: apuesta siempre al negro


Batman deberá recurrir a sus amigos para vencer en 'Batman: La LEGO película'.El estreno hace unos años de La LEGO película (2014) fue una sorpresa para propios y extraños. No solo por la animación, sino por el mensaje que lanzaba a los más pequeños y, sobre todo, por un giro final tan original como significativo. Y puestos a explotar este mundo de construcción, qué mejor que hacerlo con la versión de uno de los mayores superhéroes del cómic cuya presencia en el cine ha sido, además, habitual en los últimos años. La pregunta es si es algo diferente o simplemente más de lo mismo.

La respuesta es un poco de ambas. Desde un punto de vista narrativo, la historia es un viaje por el trasfondo del personaje de DC Cómics a lo largo de los años, pero también por el cine (puede que los más pequeños no entiendan alguna referencia). Momentos como ese repaso a las versiones cinematográficas y televisivas del hombre murciélago, la introducción de fotogramas de algunas películas o la presencia de personajes de referentes del cine como King Kong, Harry Potter o El Señor de los Anillos convierten a esta cinta en algo más que otra simple historia de superhéroes en la que el héroe termina derrotando al villano. Su capacidad de combinar historias, personajes y referentes otorga al conjunto una versatilidad única que impide que el ritmo decaiga, al menos no demasiado, durante sus 105 minutos.

Ahora bien, el trasfondo, el mensaje que proyecta, es similar al que ya lanzó su predecesora, y aunque es evidente que el diseño tiene que ser necesariamente igual, su director Chris McKay recurre a herramientas, gags y tópicos que no solo se utilizaron en la anterior película de LEGO, sino en muchas otras historias. Esto no es necesariamente un problema, sobre todo para los más jóvenes de las salas de cine, pero sí puede afectar en cierto modo al interés que suscita, amén de perjudicar al ritmo en muchos momentos del film. Es de agradecer, sin embargo, que incluso con esos estereotipos la cinta es capaz de reírse de sí misma y burlarse de sus propias limitaciones, lo cual es buen síntoma.

Desde luego, Batman: La LEGO película no es mejor que la anterior cinta de este mundo de construcción, entre otras cosas porque la película ha perdido el factor sorpresa. Pero tampoco es peor, ni mucho menos. A pesar de jugar con conceptos similares y de recurrir en muchos casos a un humor parecido, tiene una narrativa tan dinámica, con tantas referencias, que hace las delicias de cualquier fan del personaje, e incluso de aquellos que sencillamente conozcan por encima su historia. Amistad, familia, diversión y humor unen a héroes y villanos en este Gotham City de piezas y bloques, por lo que, en efecto, si hay que apostar por algo en este film, es por el negro.

Nota: 6,5/10

‘Mejor… solteras’: otra vida para la comedia es posible


Rebela Wilson y Dakota Johnson están 'Mejor... solteras'.La comedia norteamericana no es un género que sea santo de mi devoción. Sobre todo la moderna, con una tendencia tan evidente al exceso que termina por saturar. Por eso resulta refrescante encontrarse con productos como lo nuevo de Christian Ditter (Los Cocodrilos), una obra que ofrece una visión diferente, no tanto del género en sí como del desarrollo de sus tradicionales y previsibles fases narrativas.

Así, el mejor valor de Mejor… solteras es la coherencia de lo planteado con la resolución final. Puede parecer una conclusión obvia, incluso de perogrullo, pero lo cierto es que no siempre sucede. Que los protagonistas no encuentren un final feliz, al menos no uno tradicional, suele ser la clave para dejar un sabor de boca agradable, una sensación de estar ante un producto que cumple con las expectativas, aunque estas sean mínimas. Si a esto añadimos un reparto más que correcto (en el que, por cierto, Dakota Johnson vuelve a dejar patentes sus muchas limitaciones), la impresión general es la de un producto bien hecho con momentos realmente divertidos.

Ahora bien, que nadie espere una historia diferente. Suele decirse que en la vida está todo inventado. Bueno, en el cine, y más concretamente en este género, eso es una realidad desde hace varias décadas. La trama no se sale de los cánones establecidos en ningún momento, ofreciendo un desarrollo correcto con los previsibles altibajos narrativos y con los conflictos al uso para este tipo de tramas. Es, desde luego, el mayor ‘pero’ que tiene el film, y lo que impide que la película sea algo más que un mero entretenimiento.

Pero este entretenimiento es, al menos, más interesante que otros que se puedan ver en la gran pantalla. Mejor… solteras conoce a la perfección cuáles son sus limitaciones, sus herramientas y sus posibilidades. Entre las primeras está la propia historia y una actriz protagonista de limitados registros, incluso para este tipo de producciones. Entre las segundas están una secundaria roba escenas como es Rebel Wilson (Dando la nota) y su coherencia dramática. Y entre las terceras… bueno, eso depende de cada espectador.

Nota: 6/10

‘Big Hero 6’: programada para no herir a los humanos


Los protagonistas de 'Big Hero 6' se preparan para su primera aventura.No creo que nadie espere encontrar en una cinta de Disney una historia desgarradora con un final duro pero realista. La compañía es lo que es, y esos valores, gusten más o menos, son sus señas de identidad. Pero de un tiempo a esta parte sus mensajes han cambiado ligeramente. Con Frozen: El reino del hielo se cambiaron las tornas en lo que a héroes, villanos y damiselas en apuros se refiere. El resultado todavía lo estamos viendo. En esta primera colaboración con Marvel, casa que posee el cómic en el que se basa, ocurre algo parecido, aunque con la diferencia de que, en esta ocasión, los personajes y el desarrollo de la trama son algo más típicos, tópicos y previsibles.

Porque si algo se le puede achacar a Big Hero 6 es que tanto su historia como sus personajes secundarios carecen de grandes matices. El desarrollo dramático transcurre por cauces habituales, sin demasiados sobresaltos y con giros argumentales más o menos previsibles. Evidentemente, la historia está pensada para los más pequeños. Pero incluso en este marco hay espacio para algo ligeramente diferente que obliga a reflexionar sobre algunas ideas como la pérdida, la forma de afrontar el dolor, la ira o la venganza. En este sentido, el momento en que el joven protagonista modifica la programación de su robot para convertirlo en una máquina de matar es tan impactante como aterradora.

Y por supuesto, tenemos a Baymax, el achuchable robot médico que acompaña al joven protagonista y que se convierte en el alma de la historia por méritos propios desde el primer minuto. Su presencia en pantalla no solo da sentido al conjunto, sino que eleva el grado de entretenimiento, risas y diversión a cotas que no se alcanzan salvo en el tramo final, cuando tiene lugar la gran batalla, todo un alarde de dinamismo, colorido y frases manidas. Desde luego, sin esta especie de primo lejano del muñeco de Michelin la cinta no sería lo que es. Y desde luego, si la acción que tiene en su tramo final estaríamos ante una propuesta mucho más monótona y lenta, como demuestran sus primeros minutos hasta la llegada del mencionado robot.

Está claro que el éxito de Big Hero 6 está asegurado, así como el merchandising que acompañará a la cinta estas Navidades. Pero más allá de todo el envoltorio, la película presenta un mensaje y una moraleja muy interesantes, tal vez no apto para todos los niños pero indudablemente didáctico. Lástima que sus puntos débiles residan en sus secundarios y en un guión excesivamente simple. De haber dotado al conjunto de algo más de solidez narrativa y de unos secundarios con vida propia estaríamos hablando de un importante título de la animación moderna. De este modo, solo se puede decir que es una película muy entretenida que se pasa en un suspiro entre risas y acción. Que es más de lo que puede decirse de otras cintas, por cierto.

Nota: 6,5/10

‘X-Men: Primera generación’, amistad como eje de la espectacularidad


'X-Men. Primera generación' se centra en los orígenes de los mutantes.Cuando en 2006 la saga de los X-Men llegó a su fin la pregunta que tocaba hacerse era: ¿y ahora qué? Tras tres películas taquilleras, algunas con más calidad que otras, los responsables estaban más interesados que nunca en explotar todo lo posible una fuente de ingresos tan prometedora. El problema era que las aventuras mutantes parecían haber llegado a un punto muerto con X-Men: La decisión final, cuya conclusión era una especie de punto y aparte en las aventuras. Así las cosas, y hasta que se encontrara una solución, se optó por centrar la atención en el personaje de Lobezno, lo que produjo un film sobre los orígenes de Lobezno, de nuevo interpretado por Hugh Jackman (Acero puro). Volviendo a la saga mutante, esta encontró dicha solución en un reinicio de la historia, o mejor dicho en una época distinta de todo el arco dramático de los cómics. El resultado se pudo ver en 2011 bajo el título X-Men: Primera generación. Y el resultado no pudo ser más prometedor.

La película, dirigida para la ocasión por el siempre interesante Matthew Vaughn (Kick-Ass) recupera prácticamente todos los elementos que definieron la saga allá por el año 2000. Con un mayor desarrollo de personajes, una trama que encontraba el equilibrio entre la intriga y la acción, y una puesta en escena notablemente mejor que la de sus predecesoras, esta historia centrada en los primeros años de Charles Xavier y Magneto (ahora interpretados por James McAvoy y Michael Fassbender respectivamente) se convertía en un entretenimiento capaz de aportar frescura y novedad a una franquicia que parecía condenada a un cierto tedio. Posiblemente lo mejor que pudieron hacer sus responsables es borrar de un plumazo a todos aquellos personajes protagonistas en las anteriores películas y aportar caras nuevas al mundo de los mutantes. Incluso aquellos roles que tienen una versión rejuvenecida en el film se muestran distintos a como habían sido presentados en un inicio.

Consciente de esto, el desarrollo dramático elegido por los guionistas centra su atención, precisamente, en los papeles de McAvoy y Fassbender, en esa enemistad surgida de la amistad y en la relación que empieza a forjarse entre ellos. La idea de presentar los orígenes del amo del magnetismo ofrece a los fans un nexo de unión tan sutil como loable, pues conecta directamente con el film original, estableciendo más paralelismos si cabe. Aunque sin duda lo más interesante de esta primera generación de mutantes reside en cómo evolucionan todos sus personajes. En este sentido el guión juega con la idea que tienen los espectadores de dichos roles, aprovechando sus definiciones clásicas de héroes o villanos para moverlos de un extremo a otro sin resultar previsible o monótono. Lo más relevante es que los personajes tienen una definición tan sólida que la historia funciona sin necesidad de conocer previamente las posturas de cada uno, ofreciendo por tanto una trama de amistad, redención y conflictos morales clásica y rica en matices.

Puede resultar un poco extraño, y para cierto sector del público incluso erróneo, el que los dos principales enemigos de la saga participen aquí de una amistad que les une y al mismo tiempo les separa (detalle, por cierto, que enriquece notablemente la acción). Sin embargo, en este aspecto la película también toma como referencia a una de sus predecesoras, X-Men 2. Al igual que ocurría en la película de Bryan Singer (Sospechosos habituales), la presencia de un enemigo común, en este caso interpretado por Kevin Bacon (serie The following), es el elemento que obliga al resto de personajes a unirse. Y al igual que entonces, las decisiones de los personajes una vez lograda la victoria les define más que cualquier otra tomada a lo largo de la trama. Unas decisiones que, por cierto, tienen unas consecuencias traumáticas para el desarrollo de los personajes en sucesivas películas.

Efectos en lugar de carisma

En cierto modo, X-Men: Primera generación se podría considerar un compendio de lo mejor de todas las películas sobre los superhéroes mutantes. Posee una trama interesante, un desarrollo amplio y complejo de sus personajes, y sus efectos especiales son los más espectaculares de las cuatro películas. Este último elemento, por cierto, eleva al film a una categoría distinta a la de sus predecesores, pues ninguna de ellas fue capaz de combinar con el acierto de ésta todos los elementos. Es cierto que la segunda parte es la que más se acerca en este sentido, pero algunos momentos de la película dirigida por Vaughn son sencillamente magníficos, logrando generar en el espectador emociones encontradas ante, por ejemplo, el momento en que Magneto levanta un submarino. La grandeza del momento se mezcla con el intimísimo de un personaje que descubre, por fin, las capacidades de su poder.

Aunque si algo se puede, y se debe, achacar al film es la falta de carisma de sus personajes, algo en lo que los actores, la mayoría correctos, poco pueden hacer. No hablamos ahora de los dos protagonistas, cuya labor tomando el testigo de Patrick Stewart (Dad Savage) e Ian McKellen (El señor de los anillos: Las dos torres) completando sus aportaciones a los roles es indiscutible. No, el problema reside fundamentalmente en el grupo de jóvenes que integran esa primera clase a la que hace referencia el título en su versión original. Prácticamente ninguno de ellos (la excepción sería Jennifer Lawrence) es capaz de hacer que sus papeles se demarquen un poco del arquetipo, ofreciendo una imagen bastante plana, con motivaciones algo tópicas y sin sorpresa alguna en el desarrollo dramático de cada uno. Y si bien es cierto que nada de eso afecta demasiado a la visión global de la historia, también hay que señalar que de haber logrado algo más de implicación de dichos secundarios el film hubiera ganado en calidad.

La parte positiva de esta ausencia de carisma es que el peso narrativo recae sobre los hombros de McAvoy y Fassbender, lo que ambos aprovechan (sobre todo el segundo) para profundizar en el conflicto personal que nace entre ellos. Posiblemente todo esto estuviera contemplado desde un primer momento, pero eso no impide que se produzcan altibajos emocionales en la historia, que gana interés cuando el deterioro de la amistad hace acto de presencia y pierde enteros cuando son los secundarios los que deben asumir roles más protagonistas. Una lástima, pues ni siquiera la buena labor de Vaughn tras las cámaras logra ocultar esa sensación de que algo no encaja del todo bien en un conjunto, por otro lado, que tiene unas piezas perfectamente diseñadas.

En resumen, se puede entender que X-Men: Primera generación es una de las mejores películas de la saga mutante. No puede considerarse una secuela de la trilogía anterior, es evidente, y eso es lo que permite a sus responsables tener más libertad a la hora de plantear la historia. La ausencia de actores que habían saturado sus personajes es un soplo de aire fresco al dinamismo de la trama, que a pesar de poseer altibajos recuerda, y para bien, a lo visto en las primeras incursiones cinematográficas de estos superhéroes. Se pierde el conflicto racial, pero se gana en la enemistad de dos amigos condenados a entenderse. Ahora toca comprobar si tanto esta historia, ambientada años antes de los anteriores films, y las películas originales son capaces de convivir bajo un mismo techo.

‘Ben-Hur’, conflicto entre pueblos en un guión de manual


Un momento de la famosa carrera de cuadrigas de 'Ben-Hur', dirigida por William Wyler.La celebración de la Pascua en medio mundo ha servido para que, al menos en España, se mantenga la tradición de emitir en televisión producciones de diversa calidad relacionadas con la religión, la vida de Jesucristo y la época romana. A estas alturas no seré yo quien descubra que uno de los máximos exponentes de este tipo de cine es Ben-Hur, épica obra de 1959 ganadora de 11 Oscars que, basada en la novela de Lew Wallace, aborda la época en la que Jesús nació a través de la odisea que sufre el príncipe judío que da nombre al título. Abordar un comentario completo sobre una película de semejantes características requeriría más espacio del que aquí existe (al menos en un único texto), por lo que trataremos de apuntar algunos de sus rasgos más distintivos.

Narrativamente hablando, el film dirigido por William Wyler (Vacaciones en Roma) ofrece uno de los más curiosos análisis que se puedan dar. A pesar de la duración de más de tres horas y media, las peripecias del personaje interpretado espléndidamente por Charlton Heston (El último hombre… vivo) no llegan a decaer en ritmo en ningún momento, principalmente gracias a un arco dramático que pasa por prácticamente todas las fases posibles. La teoría del conflicto en un guión establece que cada acto, cada secuencia, debe contener una constante lucha entre las dos partes implicadas, generando picos que oscilan entre lo bueno y lo malo, la victoria o la derrota.

En cierto modo, Ben-Hur sigue a pies juntillas dicha teoría. La trama comienza positivamente para derivar rápidamente en una espiral dramática en la que el protagonista es llevado al límite para, posteriormente, volver a un estado de gracia que es corrompido por un nuevo golpe psicológico. Una forma física y muy visual de situar a un personaje frente a conflictos que debe superar y que definen por necesidad su propia personalidad. Empero, no hay que olvidar la época en la que se enmarca la obra, que más allá de creencias religiosas o concesiones al cristianismo está marcada por el conflicto entre Roma y los habitantes de los lugares conquistados, en este caso Judea.

La forma en que la película aborda estos acontecimientos es uno de los elementos que la definen y elevan por encima de las demás. Ben-Hur queda representado, por tanto, no solo como un superviviente capaz de enfrentarse a los retos más crueles que le depara el destino, sino también por su forma de afrontar el hecho de ser judío en un mundo romano. Este último aspecto, evidentemente, tiene su máxima expresión en la amistad/enemistad con Messala, un Stephen Boyd (La caída del Imperio Romano) que logra algo realmente complicado: dar vida a un personaje odioso hasta sus últimas consecuencias. Es la máxima expresión de esta idea, sí, pero no es la única. Su periplo está marcado en todo momento por esa idea de confrontación entre pueblos: las galeras romanas, la adopción romana. Incluso esa conclusión con Jesucristo portando la cruz y siendo crucificado puede entenderse dentro de este marco.

Una enemistad en la distancia

Por supuesto, si hay que personificar dicho conflicto el hombre a escoger es, como decimos, Messala. Como no podía ser de otro modo, el guión de Ben-Hur, además del desarrollo dramático que ya hemos abordado, se sustenta en una definición de personajes excepcional. Y si la del protagonista se fortalece con lo acontecimientos que vive, la del antagonista crece en las sombras, o mejor dicho en el olvido. Gracias a la labor de Boyd, el villano de la función permanece en el recuerdo a pesar de que su presencia en pantalla se limita casi al inicio y al final. Y lo logra porque su forma de actuar al inicio es tan despiadada y cargada de odio que marca el devenir del resto de la trama.

Aunque pueda parecer de una lógica aplastante, hay que señalar que su rol es tan impactante gracias al cambio de postura que sufre en pocos minutos, pasando de la amistad a la enemistad, del apoyo a un amigo a la defensa de unos intereses personales disfrazados con la gloria del Imperio Romano. Esta transformación tan radical, definida en el propio film como la “corrupción de Roma” obliga al arco dramático a plantear un final ineludible que solvente la disputa. Y el final es esa joya del cine de aventuras y de acción conocida como la carrera de cuadrigas.

Si bien es cierto que la trama lo disfraza con la imposibilidad de Ben-Hur de matar con sus propias manos, desde un punto de vista narrativo una enemistad como esta, fraguada en pocos minutos y con unas consecuencias tan contundentes, requería de algo más que un duelo de espadas. Sobre todo debido a esa idea de amistad tornada en enemistad (u odio, según se mire). Se entiende que el clímax, por su propia definición, debe ser mucho mayor que el conflicto que origina toda la historia, y eso se logra con dicha carrera, que por cierto debería ser modelo para cualquier director que quiera rodar secuencias de este tipo, por mucho que los cánones y las tendencias modernas tiendan a cambiar.

Evidentemente, son muchos y muy variados los elementos que convierten a Ben-Hur en la obra maestra que es. Vestuario, Banda sonora, fotografía, diálogos, … todo en ella encaja como las piezas de una maquinaria perfecta que lleva al espectador en una montaña rusa cuyo final religioso es, en cierto modo, lo de menos. La base de todo, empero, es un guión que sigue las pautas formales y las teorías dramáticas paso a paso. Irónicamente, de todos los premios que consiguió no logró el de Mejor Guión Adaptado, premio que se llevó el drama Un lugar en la cumbre.

‘Novecento’, la amistad como eje del conflicto social del siglo XX


Donald Sutherland, Gérard Depardieu y Robert De Niro protagonizan 'Novecento', de Bernardo Bertolucci.Hay películas que por sus propias características se convierten en clásicos casi desde el momento de su estreno. Y curiosamente, muchas de ellas suelen generar polémica o no son muy bien recibidas en su momento. Si tuviésemos la oportunidad de preguntarle a Stanley Kubrick (2001: Una odisea en el espacio) es más que probable que nos ofreciera una amplia reflexión al respecto. Volviendo al tema que nos ocupa, uno de esos films que adquieren casi de forma automática la categoría de indispensable es Novecento, obra de 1976 dirigida por Bernardo Bertolucci (Belleza robada) que narra, a través de la amistad de dos hombres desde su infancia, la turbulenta primera mitad del siglo XX en una Italia marcada por el fascismo, la revolución comunista y una sociedad clasista en la que los patrones y los trabajadores no podían entenderse. Una amistad que, en el fondo, se extrapola a todo un sistema social que, guste o no, es el único que parece funcionar.

Al menos eso es lo que viene a decir este largo film de más de cinco horas de duración en su versión íntegra. A través de la relación de amor/odio de los personajes de Robert De Niro (Malavita) y Gérard Depardieu (Germinal) el film reflexiona no solo sobre cómo se modifica con los años la forma de entender la amistad, sino sobre las ideologías y el sistema con el que la sociedad ha aprendido a articularse. Gracias a la mirada de estos dos hombres, cuya infancia transcurrió marcada por sus diferentes estatus, el espectador es capaz de apreciar los numerosos matices que enriquecen los roles y, por extensión, la trama. De Niro, heredero de un negocio del que nunca quiso hacerse cargo, se revela como un individuo incapaz por su propia indolencia de poner freno al auge fascista, que en la película cuenta con los rasgos de un Donald Sutherland (Orgullo y prejuicio) aterradoramente magistral. Depardieu, criado entre ideas revolucionarias, se convierte en un hombre cuyo deseo de no responder ante nadie le impide ver las diferencias entre su amigo patrón y el resto de terratenientes para los que ha trabajado.

Matices, por otro lado, que ayudan a llenar de simbolismo un final excepcional. Novecento, que comienza en el mismo momento en el que termina, es decir, con la caída del fascismo, posee tal vez una de las conclusiones más fieles a la realidad y, por otro lado, más crudas del cine. Frente al idealismo del comunismo que promueven los campesinos (liderados por Depardieu), el final de la II Guerra Mundial no trajo lo que ellos esperaban, sino más bien todo lo contrario. Frente a la muerte del patrón, los comités formados tras el final de la guerra decidieron que el patrón debía seguir existiendo. Y frente a la libertad que los trabajadores pensaban que iban a tener, el resultado es la continuación de una lucha por sus derechos. Estos aspectos quedan recogidos en una imagen tan sencilla como reveladora: ya ancianos, los personajes de De Niro y Depardieu siguen peleándose de la misma forma en que lo hacían de niños. Una lucha entre dos amigos condenados a estar en bandos distintos pero obligados a entenderse. Una lucha que, en el fondo, es imprescindible pero interminable.

Sin duda, la relación entre estos dos hombres es lo que marca todo el desarrollo dramático. Bertolucci, quien también participa en el guión, convierte a estos dos roles en los pilares narrativos a modo de reflejo social de un momento histórico que perfectamente puede extrapolarse a cualquier época. Por otro lado, la forma de abordar las relaciones de una y otra casa, diferenciadas por el nivel de riqueza (con todo lo que eso conlleva, claro está), se acerca de forma sutil a lo que Gabriel García Márquez hizo en Cien años de soledad. La narrativa transcurre a lo largo de tres generaciones marcadas en todo momento por la lucha de clases, por la locura y por los delirios. Si la relación entre los dos hombres protagonistas es la piedra angular del relato, las relaciones entre los representantes de las otras generaciones de Berlinghieri y Dalcó (la primera familia patrona de la segunda) no es menos relevante, pues sientan las bases para todo lo que luego desarrollarán estos dos personajes.

Violencia física y moral

No es casual que dos de los actores más relevantes del reparto, Burt Lancaster (De aquí a la eternidad) y Sterling Hayden (Atraco perfecto), den vida a los patriarcas con los que se inicia Novecento. Ambos, que vienen a ser una especie de versión envejecida y curtida por la época que les ha tocado vivir de los protagonistas, marcan ineludiblemente el destino del resto de personajes. Incluso recibiendo el mismo nombre, como es el caso de los personajes de Lancaster y De Niro. El conflicto entre ellos, también marcado por la amistad que genera el convivir con alguien durante años, es el mismo que heredan sus nietos, y es el mismo que, décadas más tarde, siguen librando unos ancianos, en el que es sin duda un guiño muy irónico y reflexivo.

Bertolucci rodó este film cuando todavía estaba candente la polémica suscitada con El último tango en París (1972), y lo cierto es que no ayudó a calmar los ánimos. Más allá de su duración o del carácter ambicioso del film (al fin y al cabo, recoge más de 40 años de desarrollo en los que se suceden todo tipo de acontecimientos), la película que aquí comentamos se caracteriza por un naturismo descarnado y sin complejos. En todos sus sentidos. Quienes busquen imágenes del metraje posiblemente se encuentren con una en la que De Niro y Depardieu están desnudos junto a una mujer. Es un buen ejemplo, pero decididamente no es el único. Es más, los desnudos se convierten en algo habitual y hasta normal en el film. No, lo realmente impactante es la forma de abordar el auge del fascismo a través del personaje de Sutherland, cuya transformación es simplemente sobrecogedora.

No digo con esto que sea inesperada, más bien al contrario. Desde el primer momento en que el actor aparece en pantalla su rostro, la maldad de su mirada y la forma de dirigirse a algunos personajes le confieren un aire desagradable que genera rechazo o, por lo menos, precaución. Pero a medida que su forma de pensar va ganando adeptos, a medida que su iniciativa fascista se convierte en algo sólido, su presencia en el film se vuelve mucho más tenebrosa, más macabra, sádica y psicópata. Escenas como la del gato al que mata o la del pequeño que ve algo que no debe son indescriptibles en su crueldad y en su sadismo. En cierto modo, su personaje representa la violencia de una época que se dejó llevar por una ideología que utilizaba los intereses de los poderosos como excusa para sembrar el terror entre sus enemigos. Una violencia que el director sabe captar en cada momento, llegando a impregnar todas las secuencias de un aire fatalista en el que personajes como el de De Niro se ven atrapados por su propia inacción, y en el que personajes como el de Depardieu se ven obligados a esconderse.

Es este aspecto, la sencillez y eficacia con la que Bertolucci capta la esencia de una época, lo que mejor define a Novecento. No es un film de visionado sencillo, al contrario, pero una vez visto se vuelve imprescindible. Es cierto que esta lucha constante entre los Berlinghieri y los Dalcó pierde ritmo narrativo en algunos momentos, principalmente antes de que el fascismo se haga con toda la atención de la trama, pero en ningún momento se vuelve tediosa o repetitiva. La labor de los actores, todos ellos soberbios, hace que este reflejo familiar de un conflicto social mucho mayor adquiera tintes universales. Al fin y al cabo, la amistad que se refleja en pantalla no es más que la amistad entre hombres, y los conflictos que surgen derivan de la necesidad de luchar por una libertad que, como simboliza la conclusión del film, solo termina cuando los implicados desaparecen.

‘Futbolín’: los valores de un equipo


El protagonista y sus compañeros de 'Futbolín', dirigida por Juan José Campanella.Si por algo se caracteriza el cine de Juan José Campanella (Luna de Avellaneda) es por su elevada carga emotiva, no solo en sus historias sino también en su planificación, en su uso de la música y en su forma de dirigir actores. Su primera incursión en el cine de animación es otra muestra más de que estamos ante un director especial, ante un hombre que sabe aprovechar los recursos que le ofrece una historia para explotar al máximo sus aspectos más entrañables. Por supuesto, la base para conseguir todo esto sigue siendo un buen guión y, en el caso que nos ocupa, una factura técnica y artística muy elevada.

Futbolín es, en pocas palabras, una fábula sobre el trabajo en equipo, sobre la importancia de valores como la amistad, el esfuerzo o el sacrificio por encima del individualismo, el reconocimiento personal o los ídolos de barro en los que se han convertido muchos futbolistas. A través de estos pequeños jugadores de fútbol metálicos, que cobran vida con motivo del sufrimiento del joven protagonista, Campanella ofrece todo un recital de lo que debería de ser el fútbol más allá de managers o de megaestrellas cuya vida en lo más alto dura poco. Y lo hace con la magia de unos personajes entrañables, más o menos arquetípicos pero divertidos como pocos (la rivalidad entre ellos o el carácter argentino de uno de los jugadores son imprescindibles). Son ellos en realidad los que llevan el peso de la historia que, por lo demás, posee un desarrollo bastante previsible salvo su tramo final y su resolución, toda una lección de que un film no necesita tener un final feliz para terminar felizmente.

Pero si la historia y los personajes son entrañables, la forma de abordar la historia por parte del director no es menos apasionante. En la retina se quedan momentos como el primer entrenamiento y posterior partido en el futbolín, secuencias en las que las figuras, todavía inertes, parecen cobrar vida gracias a una vertiginosa cámara capaz de captar y potenciar el dinamismo de este juego. Empero, el mayor éxito reside en el diseño de estos futbolistas en miniatura, no tanto en su forma de moverse como en los detalles de sus cuerpos magullados y con zonas donde el color se ha perdido. Elementos todos ellos que aportan realismo a una fantasía cuya moraleja reside en el partido final jugado en un campo de verdad, y que como decimos tienen mucho que ver con la fama y la ausencia de compañerismo.

No cabe duda de que estamos ante una de las mejores películas de animación de este 2013 que ya termina. Futbolín es, en todos sus aspectos, un film divertido y familiar, una historia con moraleja que engancha al espectador desde esos primeros momentos mágicos hasta un final enternecedor en el que la mencionada magia se impone en un mundo cada vez más dominado por la incredulidad y la necesidad de estar conectados a la realidad y a la tecnología. En este sentido, el relato es un homenaje a una forma de entender la diversión sin ordenadores, videojuegos o tabletas. Es un homenaje a una época, a unos valores y a una forma de entender la vida. Y es un maravilloso homenaje.

Nota: 7,5/10

‘Juerga hasta el fin’: la amistad puede con el Apocalipsis


James Franco, Jonah Hill, Seth Rogen y Jay Bruchel son algunos de los protagonistas de 'Juerga hasta el fin'.No son pocas las ocasiones en las que un grupo de amigos actores deciden rodar una película para su propio disfrute, entreteniendo de igual modo a los espectadores siempre y cuando se haga bien. Esta primera película escrita y dirigida a cuatro manos por Evan Goldberg y Seth Rogen, también protagonista. Lo que ya no estoy seguro de que sea tan común es el hecho de convencer a dichos amigos para que mueran uno por uno y queden plasmados en pantalla como un modelo de egocentrismo, machismo e hipocresía.

Más allá de su humor, bastante inteligente si se compara con lo que hay hoy en día, y de sus efectos, solventes para el tipo de film que es, esta historia apocalíptica ofrece algunos mensajes bastante interesantes que pueden pasar desapercibidos entre tanto gag y tanta diversión. Por ejemplo, que en Hollywood todo es fachada y pocas cosas son realmente honestas salvo, tal vez, la amistad. Y que, por mucha imagen afable y bonachona que ofrezcan, los actores no serán los primeros en ser salvados del Apocalipsis.

Empero, lo que es necesario saber para acudir a la sala es si realmente cumple con lo que promete. La respuesta es un rotundo sí. Sí a todos los niveles y para todos los públicos, tanto para aquellos familiarizados con sus disparatadas aventuras (como Superfumaos, SupersalidosCaballeros, princesas y otras bestias, …) como para aquellos que descubran a esta nueva hornada de cómicos norteamericanos. La película entretiene gracias a sus constantes referencias cinematográficas, a la burla permanente de los estereotipos que representan los propios protagonistas (encarnándose, en principio, a ellos mismos) y a una banda sonora brillantemente escogida, sobre todo en su tramo final.

Poco importa que su historia sea una mera excusa o que tenga momentos un tanto soeces dedicados a un público muy concreto. Juerga hasta el fin es una comedia sincera, hecha por un grupo de amigos que se divierten dentro y fuera de la pantalla, y que posee humor para todo tipo de públicos. No exige demasiado a los espectadores, es cierto, pero a cambio ofrece una hora y 45 minutos de entretenimiento. Poco más se le puede pedir a la comedia moderna.

Nota: 6,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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