‘El día que vendrá’: no todo es lo que parece


Hay veces que la realidad supera la ficción, pero hay muchas otras en las que no. Y hay ocasiones en las que la ficción no es capaz de ahondar correctamente en el trasfondo de la realidad. Digo esto porque la nueva película de James Kent (Testamento de juventud), que adapta una novela de Rhidian Brook basada en los hechos que vivió su propia familia, plantea varios temas interesantes que, sin embargo, no termina de desarrollar, ya sea por falta de tiempo o por ineficacia.

En cualquiera de los casos, la realidad es que El día que vendrá parece mucho más de lo que finalmente es. Y en líneas generales, lo que falla en el film es el desarrollo. Porque los elementos están presentes. Las diferentes personalidades del trío protagonista, el trasfondo de odio y rencor tras una guerra, el dolor y la falta de comunicación, el romance prohibido, … Incluso los secundarios odiosos están presentes. A todo ello se suma un diseño de producción minimalista pero eficaz, y unos actores sencillamente inmensos, cada uno aportando unos matices enriquecedores a sus ya de por sí complejos personajes.

Pero mucho de todo lo que acabo de escribir termina siendo aportado por la imaginación del espectador, o si se prefiere por el subtexto. En realidad, la película avanza a trompicones, sin un desarrollo progresivo de la historia. El mejor ejemplo es el del romance prohibido, un amor que surge casi de la nada y que, aunque puede llegar a entenderse, sencillamente se plasma en pantalla como si fuera natural, algo que tenía que pasar porque así estaba previsto. Pero hay mucho más. Apenas existe conflicto, no ya por el love interest de la historia, sino porque el rol interpretado por Jason Clarke (All I see is you) no reacciona ante las injusticias que ve a su alrededor, a pesar de que intenta siempre hacer el bien. Las tramas secundarias tampoco quedan bien definidas, siendo esbozadas lo justo para contribuir a dotar de una leve complejidad al trío romántico protagonista.

Con todo, El día que vendrá deja algunos momentos sumamente interesantes, reflejo de que la película contiene más de lo que realmente muestra. El diálogo final de un matrimonio destrozado por la pérdida es una buena muestra, así como comprobar que no todos somos lo que parecemos ser por nuestro entorno o las circunstancias. Son esas secuencias, la mayoría protagonizadas por alguno de los tres protagonistas, las que impulsan la historia y abren la puerta a una profundidad dramática que invita a reflexionar sobre el odio, el perdón y cómo el dolor de una pérdida es idéntico en cualquier bando de una guerra. Pero invita, no ahonda en ellos. En cierto modo, gracias a estos momentos y al espléndido reparto que tiene, el film ha llegado a las salas. No todo es lo que parece, ni en la historia ni la propia película.

Nota: 6/10

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‘Overlord’: el ejército de los mil años


La idea de Hitler antes y durante la II Guerra Mundial era construir un imperio de mil años que no tuviera oposición alguna. Partiendo de esa base y de los experimentos nazis que se revelaron al término del conflicto bélico, el nuevo film de Julius Avery (Son of a gun) compone un relato en el que soldados, zombis y superhombres se dan cita para ofrecer un entretenimiento puro y duro en el que la acción apenas tiene descanso. Y todo eso partiendo del origen histórico de la Operación Overlord (más comúnmente conocido como el Desembarco de Normandía).

No es casualidad, por tanto, que el inicio de Overlord sea una suerte de homenaje al inicio de Salvar al soldado Ryan (1998), en lugar de por mar por aire. Evidentemente, ni este film es el clásico de Spielberg ni los directores son comparables, pero ya avanza el ritmo que va a tener posteriormente la cinta. A partir de ese momento la trama desarrolla con acierto tanto a personajes como el argumento, planteando los puntos de giro de forma pausada, tomándose el tiempo para explorar los arquetipos que se presentan en la historia y para abordar la revelación de la información. En este sentido, es especialmente reseñable la secuencia en la que el protagonista descubre los experimentos nazis que se desarrollan bajo el objetivo de su misión, todo un ejercicio de tensión dramática.

En su contra juega el hecho de que estamos ante una serie B notable, y por lo tanto puede no ser tomada demasiado en serio. Pero no hay que confundirse. Avery desarrolla un film sencillo en el fondo (para muchos puede que demasiado sencillo) pero bien elaborado, con personajes prototipo que permiten un desarrollo de la acción sin intermitencia alguna. Es cierto que los personajes apenas tienen trasfondo dramático; es cierto que en varias ocasiones el desarrollo es demasiado previsible. Pero en este caso las carencias se suplen con un tratamiento entregado a la ciencia ficción y a la acción, amén de algunos toques de humor y, por supuesto, unos momentos de lo más sangriento.

Overlord es puro entretenimiento para los amantes de la ciencia ficción y la acción. Con un guión sencillo y directo, y unos personajes más bien planos pero que funcionan a las mil maravillas tanto dentro de la trama como entre ellos, Avery desarrolla una trama que apenas se detiene, evitando así que se planteen dudas en el espectador. Los puntos de giro hacen avanzar la acción por un camino que en muchos momentos es previsible, pero que en este caso no por eso deja de funcionar. Y eso es gracias fundamentalmente a que la película utiliza sus armas con inteligencia, conociendo sus limitaciones y explotando sus ventajas. El consejo de J.J. Abrams (Super 8) se aprecia en cada plano.

Nota: 7/10

‘Dunkerque’: los silenciosos tiempos de la guerra


Hace ya tiempo que entrar en una sala de cine para ver una película de Christopher Nolan (El truco final) es de por sí una experiencia multisensorial. Visualmente poderosas, el uso del sonido y de los efectos potencian una narrativa suficientemente impactante y sólida por sí sola. La última cinta del realizador británico viene a confirmar un secreto a voces: que estamos ante el que posiblemente sea el mejor director de su generación y, hasta cierto punto, un heredero de Stanley Kubrick (La chaqueta metálica).

La labor de Nolan tras las cámaras de Dunkerque alcanza su máxima expresión en todos los aspectos. Con una historia tan sencilla como compleja de narrar por la cantidad de escenarios y personajes necesarios para representar la acción, el director se limita a hacer lo que mejor sabe hacer: atenazar al espectador con unos planos espectaculares y sobrecogedores, aferrarlo a su asiento con la tensión dramática y la angustia de unos hombres a merced de la suerte y de un aciago destino del que no parece que puedan escapar. Con pocos diálogos, la cinta apuesta por potenciar el sonido de un modo cuanto menos particular. Sin grandes fanfarrias ni estruendos innecesarios, los graves provocados por los motores de los aviones, los impactos de bala o los estallidos de las bombas mantienen prácticamente todo el relato con un trasfondo tenso no apto para personas que se angustien fácilmente.

A esta narrativa se suma, para rizar el rizo, el particular gusto de los hermanos Nolan por los tiempos de la narración. Si bien al comienzo puede despistar, el uso de secuencias clave permite al espectador recomponer el puzzle que representa este rescate de más de 300.000 personas de una playa a través de la visión de un puñado de personajes repartidos por tierra, mar y aire. De este modo, y más allá del relato, el film se despliega como un mapa a descifrar que hace aún más interesante, si cabe, una trama carente de grandes giros argumentales o enemigos a las puertas, pero enriquecido con un dramatismo propio de los films que forman parte de la historia. Y es aquí donde radica la magia del genio de Nolan, en ser capaz de permitir al espectador desentrañar de forma gradual la maraña narrativa que parece mostrar en un principio (y la palabra clave es “parece”).

Puede que Dunkerque no sea una película perfecta. De hecho, en este juego narrativo con tantos y variopintos personajes donde los diálogos brillan por su ausencia en buena parte del metraje, los protagonistas son los que peor parados salen. Tantos roles impiden una buena definición de ellos, aunque sí lo suficiente como para dotar al conjunto de la profundidad dramática necesaria. Es un mal menor y necesario en una épica obra como esta que sobrecoge, hipnotiza y enamora a partes iguales. Que Nolan haya vuelto a crear una obra extraordinaria empieza a ser algo habitual. Que lo haga con géneros tan dispares como sus últimas obras le acerca un poco más al Olimpo de los grandes directores de la historia del cine.

Nota: 9/10

‘Hasta el último hombre’: uno más, solo uno más


Andrew Garfield no dispara un solo tiro en 'Hasta el último hombre'.Aunque solo fuera por conocer la historia de Desmond Doss, objetor de conciencia que logró la máxima distinción del ejército norteamericano por sacar con vida a 75 hombres del campo de batalla sin disparar una sola bala, la nueva película de Mel Gibson (Braveheart) como director ya merece la pena. Pero es que el film en sí mismo es una obra imprescindible del moderno cine bélico, un relato sobre el valor, sobre la fidelidad a las creencias y sobre la amistad que se forja en el frente. Y todo ello con sus imperfecciones, que las tiene.

Lo bueno, como suele ocurrir en estos casos, es que dichos puntos débiles son casi irrelevantes en Hasta el último hombre. El principal talón de Aquiles de la cinta es su comienzo, excesivamente lento y, aunque necesario, reiterativo en la lucha de un joven soldado que no quiere coger un fusil pero sí luchar en el frente junto al resto de hombres. Lo que sufre durante su entrenamiento, incluyendo un juicio militar, se desarrolla de modo algo pausado, repitiendo fórmulas y argumentos que solo logran dejar más claro lo que ya se sabe a los pocos minutos de comenzar el film, alargando por consiguiente la presentación del protagonista (bien interpretado por Andrew Garfield tras  colgar el traje de Spider-man).

Ahora bien, una vez superado esta primera parte y los buenos y malos momentos que deja, Gibson entra en harina con una de las secuencias bélicas más impactantes, sobrecogedoras, brutales, sanguinarias y contundentes que se recuerdan. De hecho, no es extraño que vuelva a la memoria el comienzo de Salvar al soldado Ryan (1998), modelo que sin duda utiliza el director para abordar la violencia y crudeza de un combate sin cuartel. Y lo que hasta ese momento podía parecer parsimonia se convierte en una celeridad extenuante, en un sinfín de disparos, gritos, dolor y angustia. Y con ellos, la labor de un joven que es capaz de demostrar su valía y su enorme corazón al meterse de lleno en un conflicto sin más armas que sus ganas de salvar a sus compañeros. Lo que ocurre después es sencillamente uno de los mejores relatos bélicos de los últimos años.

Desde luego, Hasta el último hombre tal vez no sea una película perfecta. Su guión, aunque interesante, está algo desequilibrado. Y habrá quienes piensen que parte del reparto no está bien elegido. Pero nada de eso importa. Personalmente creo que los actores, en mayor o menor medida, hacen una labor más que notable. Y desde luego la dirección de Gibson es magistral, sobre todo por el impacto que provoca en el espectador ese primer combate que nos sitúa al mismo nivel que un joven sin experiencia sin un arma en sus manos con la que poder defenderse. Pero aparte de todo eso, está el mensaje que se desprende en cada fotograma, en cada frase de diálogo. Esa combinación de fondo y forma es la que convierte a este film es una gran obra, y la que deja al espectador susurrando: “Uno más, solo uno más”.

Nota: 8/10

‘Suite francesa’: la música de un amor imposible


Matthias Schoenaerts y Michelle Williams viven un amor imposible en 'Suite francesa'.Hay muchas veces que una historia no tiene que ser necesariamente extraordinaria para causar buena sensación. Con un buen desarrollo, unos personajes bien definidos y una realización académica se pueden lograr resultados más que aceptables, y eso es lo que ha logrado en líneas generales Saul Dibb (La duquesa) con esta historia de amor imposible durante la II Guerra Mundial. Y aunque la película tiene, a priori, un aspecto previsible más que evidente, en su interior se esconden algunas ideas interesantes que dotan al conjunto de una mayor presencia.

No quiere esto decir que este drama romántico entre un alto mando alemán y una francesa sea una película notable, pero sí que logra ser algo más que una sencilla historia de amores, odios y pasiones ocultas. De hecho, este tal vez sea su aspecto menos interesante. Si algo bueno tiene el desarrollo dramático del guión es que pivota sobre aspectos que contrastan mucho con la guerra, como si el pueblo en el que transcurre la acción fuera en realidad un microcosmos en el que la guerra es solo un eco lejano que se oye con más fuerza de vez en cuando. El uso de la música como contrapunto de la barbarie o los sentimientos encontrados entre alemanes y franceses (que no están reflejados solo en la relación de los protagonistas) son algunos de esos aspectos.

Por supuesto, en la buena marcha de la historia tienen mucho que ver los actores, un reparto realmente notable que logra dotar a sus personajes de una complejidad que no está reflejada en el guión. Si bien es cierto que todos los roles están dibujados con cierta simplicidad, la labor de actores como Tom Schilling (Oh boy) o Kristin Scott Thomas (Gosford Park) logra traspasar esa sencillez para asomarse a una profundidad que crea una mayor complejidad. Pero como decía al comienzo, no hay que entender esto como los valores de un film excepcional, sino como aspectos positivos de una historia sencilla y que tiende siempre a caer en la previsibilidad.

Realmente, el gran problema de Suite francesa es precisamente que su historia no termina de desmarcarse nunca de lo ya contado en otras historias con trasfondo bélico. Pero es un film que se disfruta, que cautiva en algunos momentos y que es capaz de mostrar con cierta crudeza el lado más sádico de la guerra en aquellos rincones donde ni siquiera llegó a manifestarse plenamente. La película, en resumen, es un buen ejemplo de que un magnífico envoltorio puede ayudar a levantar un fondo algo sencillo y claramente predecible.

nota: 6/10

‘The imitation game’: el enigma de la sobriedad


Benedict Cumberbatch da vida a Alan Turing en 'The imitation game'.Puede parecer que los grandes films deben tener, al menos, un aspecto grandilocuente en su producción. Da igual que sean los efectos especiales, la concepción narrativa del director o el desarrollo del guión. ¿Pero qué ocurre cuando ninguno de esos elementos destaca por encima del resto y todos ellos crean un magnífico film? Seguramente a muchos les parecerá que están ante películas sin grandes alicientes, pero nada más lejos de la realidad. Lo nuevo de Morten Tyldum (Buddy) es esto y mucho más.

Dese luego, si el 2015 va a estar definido por lo que pueda representar The imitación game, estamos ante un año cinematográfico espléndido. Todo en la película, desde la puesta en escena a los actores, traslada al espectador a una época de tensiones, experimentación y descubrimiento. Una época en la que el tiempo jugaba a contrarreloj, algo que puede saborearse en cada plano rodado de forma elegante por Tyldum, quien opta por una planificación idóneamente sobria. Sobriedad que, por cierto, no debe sobreentenderse desde el punto de vista del guión, que depara alguna que otra sorpresa de carácter bélico que debería hacer reflexionar sobre el papel que cada país jugó en la guerra.

Claro que la función no sería lo mismo sin la presencia de sus actores. Sin duda, Benedict Cumberbatch (El topo) vuelve a demostrar, y ya empiezan a ser demasiadas ocasiones, que es uno de los mejores actores de su generación, del panorama actual y de lo que va a surgir de aquí a unos años. La sutileza con la que afronta su personaje, dotándole de matices y motivos a medida que avanza el metraje, es digno de todos los reconocimientos posibles. Pero no es el único. Desde una Keira Knightley (Nunca me abandones) que pide en cada plano más atención hasta Mark Strong (Oro negro), uno de esos secundarios “roba escenas”, todo el reparto se afana por dotar no tanto de realismo, sino de verosimilitud, a sus respectivos personajes, edificando una serie de relaciones personales que traspasan la mera interpretación.

Se puede decir que estamos ante una de las mejores películas del año. The imitation game es uno de esos biopics que atrapan, capaces de ofrecer mucho con muy poco. El desarrollo dramático de las motivaciones de Alan Turing para construir la máquina, para ponerle nombre, e incluso para luchar por su creación a costa de su propia vida, es una de las mejores narraciones del año. Ya tiene presencia en los Globos de Oro, y todo apunta a que la tendrá en los Oscar. No merece menos.

Nota: 8/10

‘Al filo del mañana’: reviviendo Normandía una y otra vez


Tom Cruise y Emily Blunt son los encargados de salvar el mundo 'Al filo del mañana'.Cualquiera que haya jugado a un videojuego sabe que una de las leyes es que si mueres vuelves al último punto en el que salvaste la partida. Y si la fase es muy complicada, el jugador puede vivir el momento una y otra vez. Ahora imagínense que el videojuego es bélico, que transcurre en el desembarco de Normandía durante la II Guerra Mundial y que siempre mueren al llegar a la playa. Bueno, pues más o menos eso, con alicientes fantásticos y alienígenas, es lo que propone la nueva cinta de Doug Liman (Jumper), un realizador que tal vez no posea un talento único pero que, para compensar, sabe muy bien cuáles son las claves de cualquier cinta de acción. Esta historia sobre una invasión alienígena lo demuestra.

Porque más allá de las connotaciones sociales e históricas de la película, Al filo del mañana es ante todo un producto comercial, un entretenimiento perfectamente armado y estructurado cuyo ritmo e interés nunca decaen. La forma en que Liman afronta el tratamiento de la historia, comenzando con repeticiones para, poco a poco, pasar a una narrativa lineal que presupone la constante vuelta al comienzo, revela un sentido dramático muy interesante. Consciente de su propia condición, la historia se mueve por la comedia, el drama y la intriga de forma natural y fresca, permitiendo a Tom Cruise (Noche y día) un papel al que no le tenemos acostumbrado: el de héroe muy a su pesar. La evolución de su personaje, que pasa de ser un hombre miedoso y cobarde a un soldado capaz de sacrificarse por los demás, es notable gracias a esa constante repetición de momentos que, lejos de ser monótona, saca partido de la vena más irónica y divertida del reparto. Esto unido a unos efectos ciertamente abrumadores y a una trama que es algo más que acción, tiros y monstruos da como resultado un film de acción de alto nivel.

Y por si esto fuera poco, hay algo más. El guión, que adapta una novela de Hiroshi Sakurazaka, es una prueba más de que una buena forma de observar la realidad y la historia es utilizando la ciencia ficción. Y si no, simplemente hay que sustituir esa raza alienígena que funciona como un cerebro (cuyos soldados vienen a ser una suerte de agresivas neuronas movidas casi por impulsos) por el ejército nazi. De hecho, el inicio del relato, con esa imagen de Europa siendo invadida en color rojo, es muy sintomática: solo Inglaterra, Rusia y España quedan fuera de la influencia. No es casualidad, por tanto, que el grueso de la acción tenga lugar en un desembarco militar que termina en masacre donde el ejército invasor espera paciente el envite de los soldados, enviados a una muerte casi segura. Y tampoco es casualidad que el final tenga lugar en París. Incluso de forma subconsciente, las constantes referencias a uno de los acontecimientos más negros de la Historia de la humanidad convierten al film en algo más que un mero vehículo de lucimiento personal o de entretenimiento olvidable.

Puede que la historia de Al filo del mañana no posea una gran complejidad, lo cual tampoco es algo malo. Y desde luego tiene unas concesiones al gran público algo innecesarias, como es ese final en el que el héroe debe, por narices, tener un final acorde a su figura. Pero más allá de todo eso la película es pura adrenalina, un producto que aúna inteligentemente acción y humor, tensión y drama, para erigirse como un relato capaz de ofrecer algo más que el actual cine de acción. Una obra por encima de la media que debe ser disfrutada, con lecturas a diversos niveles y un equipo técnico y artístico a la altura de las exigencias del proyecto. Una película de ciencia ficción como debe ser.

Nota: 7,5/10

‘Novecento’, la amistad como eje del conflicto social del siglo XX


Donald Sutherland, Gérard Depardieu y Robert De Niro protagonizan 'Novecento', de Bernardo Bertolucci.Hay películas que por sus propias características se convierten en clásicos casi desde el momento de su estreno. Y curiosamente, muchas de ellas suelen generar polémica o no son muy bien recibidas en su momento. Si tuviésemos la oportunidad de preguntarle a Stanley Kubrick (2001: Una odisea en el espacio) es más que probable que nos ofreciera una amplia reflexión al respecto. Volviendo al tema que nos ocupa, uno de esos films que adquieren casi de forma automática la categoría de indispensable es Novecento, obra de 1976 dirigida por Bernardo Bertolucci (Belleza robada) que narra, a través de la amistad de dos hombres desde su infancia, la turbulenta primera mitad del siglo XX en una Italia marcada por el fascismo, la revolución comunista y una sociedad clasista en la que los patrones y los trabajadores no podían entenderse. Una amistad que, en el fondo, se extrapola a todo un sistema social que, guste o no, es el único que parece funcionar.

Al menos eso es lo que viene a decir este largo film de más de cinco horas de duración en su versión íntegra. A través de la relación de amor/odio de los personajes de Robert De Niro (Malavita) y Gérard Depardieu (Germinal) el film reflexiona no solo sobre cómo se modifica con los años la forma de entender la amistad, sino sobre las ideologías y el sistema con el que la sociedad ha aprendido a articularse. Gracias a la mirada de estos dos hombres, cuya infancia transcurrió marcada por sus diferentes estatus, el espectador es capaz de apreciar los numerosos matices que enriquecen los roles y, por extensión, la trama. De Niro, heredero de un negocio del que nunca quiso hacerse cargo, se revela como un individuo incapaz por su propia indolencia de poner freno al auge fascista, que en la película cuenta con los rasgos de un Donald Sutherland (Orgullo y prejuicio) aterradoramente magistral. Depardieu, criado entre ideas revolucionarias, se convierte en un hombre cuyo deseo de no responder ante nadie le impide ver las diferencias entre su amigo patrón y el resto de terratenientes para los que ha trabajado.

Matices, por otro lado, que ayudan a llenar de simbolismo un final excepcional. Novecento, que comienza en el mismo momento en el que termina, es decir, con la caída del fascismo, posee tal vez una de las conclusiones más fieles a la realidad y, por otro lado, más crudas del cine. Frente al idealismo del comunismo que promueven los campesinos (liderados por Depardieu), el final de la II Guerra Mundial no trajo lo que ellos esperaban, sino más bien todo lo contrario. Frente a la muerte del patrón, los comités formados tras el final de la guerra decidieron que el patrón debía seguir existiendo. Y frente a la libertad que los trabajadores pensaban que iban a tener, el resultado es la continuación de una lucha por sus derechos. Estos aspectos quedan recogidos en una imagen tan sencilla como reveladora: ya ancianos, los personajes de De Niro y Depardieu siguen peleándose de la misma forma en que lo hacían de niños. Una lucha entre dos amigos condenados a estar en bandos distintos pero obligados a entenderse. Una lucha que, en el fondo, es imprescindible pero interminable.

Sin duda, la relación entre estos dos hombres es lo que marca todo el desarrollo dramático. Bertolucci, quien también participa en el guión, convierte a estos dos roles en los pilares narrativos a modo de reflejo social de un momento histórico que perfectamente puede extrapolarse a cualquier época. Por otro lado, la forma de abordar las relaciones de una y otra casa, diferenciadas por el nivel de riqueza (con todo lo que eso conlleva, claro está), se acerca de forma sutil a lo que Gabriel García Márquez hizo en Cien años de soledad. La narrativa transcurre a lo largo de tres generaciones marcadas en todo momento por la lucha de clases, por la locura y por los delirios. Si la relación entre los dos hombres protagonistas es la piedra angular del relato, las relaciones entre los representantes de las otras generaciones de Berlinghieri y Dalcó (la primera familia patrona de la segunda) no es menos relevante, pues sientan las bases para todo lo que luego desarrollarán estos dos personajes.

Violencia física y moral

No es casual que dos de los actores más relevantes del reparto, Burt Lancaster (De aquí a la eternidad) y Sterling Hayden (Atraco perfecto), den vida a los patriarcas con los que se inicia Novecento. Ambos, que vienen a ser una especie de versión envejecida y curtida por la época que les ha tocado vivir de los protagonistas, marcan ineludiblemente el destino del resto de personajes. Incluso recibiendo el mismo nombre, como es el caso de los personajes de Lancaster y De Niro. El conflicto entre ellos, también marcado por la amistad que genera el convivir con alguien durante años, es el mismo que heredan sus nietos, y es el mismo que, décadas más tarde, siguen librando unos ancianos, en el que es sin duda un guiño muy irónico y reflexivo.

Bertolucci rodó este film cuando todavía estaba candente la polémica suscitada con El último tango en París (1972), y lo cierto es que no ayudó a calmar los ánimos. Más allá de su duración o del carácter ambicioso del film (al fin y al cabo, recoge más de 40 años de desarrollo en los que se suceden todo tipo de acontecimientos), la película que aquí comentamos se caracteriza por un naturismo descarnado y sin complejos. En todos sus sentidos. Quienes busquen imágenes del metraje posiblemente se encuentren con una en la que De Niro y Depardieu están desnudos junto a una mujer. Es un buen ejemplo, pero decididamente no es el único. Es más, los desnudos se convierten en algo habitual y hasta normal en el film. No, lo realmente impactante es la forma de abordar el auge del fascismo a través del personaje de Sutherland, cuya transformación es simplemente sobrecogedora.

No digo con esto que sea inesperada, más bien al contrario. Desde el primer momento en que el actor aparece en pantalla su rostro, la maldad de su mirada y la forma de dirigirse a algunos personajes le confieren un aire desagradable que genera rechazo o, por lo menos, precaución. Pero a medida que su forma de pensar va ganando adeptos, a medida que su iniciativa fascista se convierte en algo sólido, su presencia en el film se vuelve mucho más tenebrosa, más macabra, sádica y psicópata. Escenas como la del gato al que mata o la del pequeño que ve algo que no debe son indescriptibles en su crueldad y en su sadismo. En cierto modo, su personaje representa la violencia de una época que se dejó llevar por una ideología que utilizaba los intereses de los poderosos como excusa para sembrar el terror entre sus enemigos. Una violencia que el director sabe captar en cada momento, llegando a impregnar todas las secuencias de un aire fatalista en el que personajes como el de De Niro se ven atrapados por su propia inacción, y en el que personajes como el de Depardieu se ven obligados a esconderse.

Es este aspecto, la sencillez y eficacia con la que Bertolucci capta la esencia de una época, lo que mejor define a Novecento. No es un film de visionado sencillo, al contrario, pero una vez visto se vuelve imprescindible. Es cierto que esta lucha constante entre los Berlinghieri y los Dalcó pierde ritmo narrativo en algunos momentos, principalmente antes de que el fascismo se haga con toda la atención de la trama, pero en ningún momento se vuelve tediosa o repetitiva. La labor de los actores, todos ellos soberbios, hace que este reflejo familiar de un conflicto social mucho mayor adquiera tintes universales. Al fin y al cabo, la amistad que se refleja en pantalla no es más que la amistad entre hombres, y los conflictos que surgen derivan de la necesidad de luchar por una libertad que, como simboliza la conclusión del film, solo termina cuando los implicados desaparecen.

‘Monuments Men’: historias de la guerra


George Clooney y Matt Damon encabezan los 'Monuments Men'.George Clooney, como director, suele realizar obras en las que su ideología y su forma de entender el mundo quedan patentes. El problema es que estamos tan acostumbrados a verle firmar obras tan serias y densas como Buenas noches, y buena suerte (2005) que nos olvidamos por un momento de que también es capaz de hacer algo como Ella es el partido (2008). El nuevo film del protagonista de la saga Ocean’s (con la que comparte ciertas bases conceptuales adaptadas al tiempo en el que se desarrolla la trama) tiene algo de ambos mundos, es decir, se encuentra a medio camino entre la gravedad moral de lo que narra y la ligereza con la que lo hace. Y esto no tiene que ser necesariamente malo.

Más bien al contrario, el actor, director y guionista imprime al conjunto un estilo ameno, entretenido y a ratos muy divertido. Se aleja, por tanto, del drama de la guerra y de la muerte por bien común y altruista como es salvar el legado artístico y cultural de siglos de humanidad. Y en cierto modo la apuesta por este punto de vista no solo libra al reparto y al propio director de caer en una espiral dramática que podría haber terminado en tragedia (para la trama y para la propia película en sí), sino que permite combinar los momentos más trágicos con otros algo cómicos. A ello contribuye, no cabe duda, la camaradería de unos actores que disfrutan dentro y fuera de la pantalla, en especial Matt Damon (Contagio), Bill Murray (Bienvenidos a Zombieland) y John Goodman (Red state), que protagonizan alguno de los mejores momentos del film. Mención aparte merece Cate Blanchett (Babel), que aprovecha al máximo un personaje que se queda en un intento de protagonismo femenino, siendo en realidad un secundario que habría merecido algo más.

Y precisamente ese tono algo cómico y ligero es lo que impide introducirse de lleno en el film. Eso, y que la historia de este grupo de hombres que busca obras de arte en plena II Guerra Mundial se ramifica en tantas subtramas localizadas en diferentes lugares de Europa en un mismo periodo de tiempo. Diversificación que obliga a tener en todo momento muy presente lo que busca cada personaje, hacia dónde le dirigen las pistas que encuentra, y que dificultades se encuentra por el camino. En definitiva, demasiada complejidad para una historia que se antoja mucho más directa y simple, y que precisamente gana enteros cuando el grupo vuelve a reunirse hacia el tercio final del film.

En cualquier caso, Monuments Men deja algunos momentos para el recuerdo (el descubrimiento de arte robado en una casa es magnífico), y aprovecha los pocos recovecos que la búsqueda de arte le deja para lanzar algún que otro mensaje ideológico que dan buena cuenta de ese compromiso de Clooney. Y no desentonan a pesar del tono afable del conjunto. Es, en definitiva, una combinación de los dos mundos en los que se mueve el director, el más comercial y el más intelectual. No es un gran film cargado de emotividad y reflexiones sobre el modo en que la guerra destruye nuestra humanidad (aquí representada por el arte), pero tampoco lo intenta. Simplemente señala una historia de la guerra que, de otro modo, el gran público tal vez nunca habría conocido.

Nota: 6,5/10

‘Hijos del Tercer Reich’, alemanes en una guerra dirigida por nazis


Los cinco amigos protagonistas de 'Hijos del Tercer Reich' brindan antes de separarse por la guerra.Más de 10 millones de euros de presupuesto. Una década de trabajo. Una media de siete millones de espectadores en su país de origen, Alemania. Ese es el balance que deja la miniserie Hijos del Tercer Reich. Tres episodios de hora y media de duración cada uno que narra la II Guerra Mundial desde una perspectiva pocas veces vista: la de los soldados y ciudadanos alemanes. Ante tal fenómeno televisivo la pregunta es obvia: ¿es para tanto? ¿Realmente aporta algo a las incontables aproximaciones al conflicto armado más brutal del siglo XX? Habrá muchos que la critiquen e incluso se sientan molestos por la humanización de los que tradicionalmente se han presentado como villanos en la ficción. Pero esta serie escrita por Stefan Kolditz (Burning Life) y dirigida por Philipp Kadelbach (serie Unschuldig) es mucho más que una simple mirada bondadosa a los nazis.

De hecho, los nazis son retratados como individuos deshumanizados, absorbidos por una ideología en la que no había lugar para la compasión y a los que les importaba más bien poco la muerte de sus soldados o de niños inocentes, como demuestra una de las escenas más impactantes del primer episodio, titulado Otra época. Precisamente es en este punto donde se encuentra el gran atractivo de la serie. Los protagonistas son cinco jóvenes cuyas vidas (auténticas, si tenemos en cuenta las fechas mostradas de cada uno en el último episodio) se mueven más o menos ajenas a ideologías y conflictos bélicos. Dos de ellos, hermanos, están a punto de partir al frente para luchar en una guerra que ni siquiera comprenden del todo, movidos más por un sentimiento generalizado en la población que por una creencia ferviente en la ideología nazi. Una chica también conocerá la guerra de cerca al haber aprobado el examen para enfermera. Y los otros dos, novios desde hace años, vivirán en sus carnes la intolerancia y la hipocresía del régimen: él es judío y ella quiere ser artista, para lo que tendrá que someterse a los deseos de un mando de la Gestapo.

Como se deduce de la premisa con la que se inicia la serie, ninguno de ellos es nazi, sino alemán. Una distinción que muchas veces se pasa por alto pero que en la producción alemana, cuyo título original es Unsere Mütter, Unsere Väter (Nuestras madres, nuestros padres), es la clave para comprender no solo determinadas decisiones, sino la evolución de cada uno de los cinco amigos, auténtico leit motiv de la miniserie. A lo largo de sus episodios el espectador comprueba cómo la guerra fue un infierno para aquellas personas que arriesgaron (y en muchos casos dieron su vida) por su país porque en aquel momento era lo que se respiraba en el ambiente, y no por un convencimiento pleno de lo que Hitler promulgaba. Para estos jóvenes la guerra se antojaba un paseo (como de hecho fue el avance alemán hasta la invasión de Polonia), un compromiso con su país. Una actitud, en definitiva, similar a la de otros soldados de todo el mundo, con la diferencia de que al frente se hallaba el partido nazi.

Para poder comprender algunos de los detalles es imprescindible tener todo esto en cuenta. Es la base para que, por ejemplo, la frustración y desilusión del personaje de Volker Bruch (El lector) tenga sentido. O para que el calvario que sufre Greta, personaje interpretado por Katharina Schüttler (Oh boy) adquiera un mayor significado. Esto no quiere decir, ya lo mencionábamos, que los órganos de gobierno alemanes no queden retratados como lo que eran. Prácticamente todo aquello que se aleja del frente se antoja cruel, hasta sádico, capaz de tomar decisiones sin importar las vidas de sus soldados, cada vez más jóvenes a medida que el conflicto llega a su fin. Capaces de asesinar a niños, de dar órdenes prácticamente suicidas y de provocar una reacción de rechazo allá por donde pasan. Un rechazo que sufren en sus carnes los soldados, no ellos.

Mención aparte merece el tema de los judíos, abordado aquí de forma tangencial en lo que se refiere a las decisiones internas de Alemania, y más frontalmente en la actitud del resto de países con este pueblo. De hecho, si tuviese que señalar algo impactante sería el trato que recibe el amigo judío de aquellos que luchan contra el ejército nazi y que, se supone, se oponen a su ideología. Hijos del Tercer Reich deja perfectamente claro que el odio a los judíos no era algo exclusivo de Hitler, como muchas veces se ha querido vender. A partir del segundo episodio (posiblemente el mejor de los tres), titulado Otra guerra, la serie centra buena parte de sus esfuerzos en mostrar que los judíos son tratados como auténticos parias, condenados al rechazo absoluto allá donde vayan. Da igual el país en el que estén. El odio, el desprecio que se desprende de los diálogos y de ciertas actitudes, no deja de ser sorprendente a la par que inquietante.

La guerra te transforma

Todos estos aspectos, sin embargo, son los pilares que enriquecen la trama principal, que como decíamos más arriba es la evolución de cada uno de estos cinco amigos. O más bien, cómo la guerra les convierte en algo muy diferente a lo que eran cuando se separaron tras esa despedida en plena noche en un bar. En este sentido, las miradas que se cruzan los supervivientes cuando regresan al bar, prácticamente el único símbolo que queda en Berlín de glorias pasadas, son impecables. Miradas que combinan la culpa, el odio, la derrota y la desolación en ese final del tercer episodio titulado Otro país. Capítulo, por cierto, que contiene algunos de los momentos más indignantes de toda la serie, como es la revelación de que algunos mandos nazis lograron salvarse gracias a su colaboración con los rusos.

Unas evoluciones que no consisten tanto en dar un giro de 180 grados a su forma de ser como en mostrar la madurez forzosa que deben realizar todos y cada uno de ellos. Sí, hay algunos cuyo cambio es más simple, por decirlo de algún modo (caso del personaje de Bruch, que pasa de ser un entusiasta soldado a un desertor que no entiende el sentido de la guerra). Pero de hecho, ni es el más enriquecedor de la trama ni el más interesante. Es realidad, cada una de las cinco historias supone una especie de hilo conductor que, unido a las demás, conforma un tejido dramático que ofrece una visión completa y bastante trágica de cómo esta guerra fue también un infierno para los alemanes.

Empero, todo lo que la miniserie posee a nivel dramático, fruto de los años de investigación, le falta a nivel visual y narrativo. No significa esto que esté mal contada o resulte irregular en su exposición de los hechos, sino que aporta más bien poco a la forma de contar el conflicto. Tal vez sea porque Steven Spielberg ha sentado un precedente de difícil comparación con Salvar al soldado Ryan (1998) y el díptico formado por las series Hermanos de sangreThe Pacific, pero lo cierto es que el estilo de la producción es excesivamente formal y manido en los momentos bélicos, mientras que los acontecimientos que ocurren en la retaguardia no poseen la intensidad que podría esperarse de ellos, sobre todo en lo concerniente a la Gestapo o a los nazis.

Pero en cualquier caso, Hijos del Tercer Reich es una producción relevante en lo que a la II Guerra Mundial se refiere, principalmente porque aporta una visión fresca y diferente a lo que tradicionalmente estamos acostumbrados a ver. Quizá la mejor prueba de su valía sea el hecho de que la rabia, la pena y la angustia se apoderan del relato y del espectador a medida que los jóvenes idealistas y soñadores se convierten en adultos cínicos y desilusionados. Un proceso trágico que ninguna persona debería vivir. Un proceso que no hace distinción entre rusos, americanos, franceses o alemanes. Alemanes, no nazis.

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