‘Midway’: una batalla a mitad de camino


El nombre de Roland Emmerich (El día de mañana) se asocia irremediablemente al cine de catástrofes y a la espectacularidad de la destrucción digital de ciudades, estados y, por qué no, del planeta entero. Y aunque el director ha demostrado ser capaz de realizar con éxito obras mucho más intimistas, lo cierto es que han pasado más bien desapercibidas en los últimos tiempos. Con su última película trata de unir esos dos universos, el del espectáculo visual y la profundidad dramática, con desigual fortuna.

En realidad, el problema de Midway, por llamarlo de algún modo, está en su guión. La película trata de abordar varios meses de conflicto bélico que explican cómo de la derrota de Pearl Harbor se llegó a esa batalla que cambió el curso de la historia de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Y como relato global lo cierto es que la cinta logra el objetivo de mostrar la lucha aérea, naval y de espionaje que se desarrolló en esas semanas. A través de un reparto coral el espectador logra hacerse una idea de cómo se lograron gestar algunas de las estrategias que terminaron con el resultado ya conocido, intercalando durante el metraje algunas secuencias de acción a las que Emmerich saca provecho y demuestra, una vez más, su ágil lenguaje visual en los momentos épicos. Dejando a un lado un comienzo un poco irregular (si no es croma, se le parece demasiado, y mal hecho), la historia se plantea como una escalada de acción hasta esa batalla final en la que los planos subjetivos de los aviones marcan el relato.

El problema está en la parte dramática. O mejor dicho, en el reparto. No porque no esté bien elegido, más bien al contrario, todos los actores ofrecen una buena interpretación. Más bien porque son tantos personajes que es imposible identificarse con uno. Sí, es cierto que el grueso del relato se sustenta sobre los hombros de dos roles fundamentales, pero es que ni siquiera ellos ofrecen al espectador un trasfondo dramático lo suficientemente interesante como para resultar atractivos. Son, por decirlo de algún modo, excesivamente planos en su definición. A todo ello se suman unos secundarios que entran y salen de escena casi con la misma velocidad con la que se les olvida, lo que al final genera un mosaico de rostros que aportan poco o nada al conjunto de la historia. Eso por no hablar de la presencia de John Ford, que es mejor no comentar por mucho que sea un hecho histórico. Todo ello trastoca el relato, lo ralentiza, impide que el espectador llegue a introducirse de lleno en una trama que, en realidad, no existe, porque lo que se hace es plantear los acontecimientos uno detrás de otro.

Dicho de otro modo, Midway funciona muy bien como seudodocumental o documental ficcionado sobre los acontecimientos que acaecieron entre 1941 y 1942. Y ofrece unas batallas navales y aéreas lo suficientemente atractivas y bien rodadas, siempre con su componente patriota de por medio (lo de la bomba en la bandera de Japón como si se hiciese diana era algo que podía preverse desde la primera batalla). Pero la película falla en su componente dramático. No ofrece nada nuevo, y no solo eso. Existen tantos personajes con diferentes grados de protagonismo que el relato no puede sostenerlos a todos, por lo que el metraje entre conflicto y conflicto se vuelve tedioso, en algunos momentos innecesario, planteando una película a la que le podrían sobrar algunos minutos de metraje.

Nota: 6/10

‘El maestro del agua’: el azúcar del café


Olga Kurylenko y Russell Crowe en un instante de 'El maestro del agua'.Las óperas primas de los directores suelen tener un punto en común. La mayoría de ellas son meros vehículos para demostrar la calidad del discurso narrativo que tienen con la cámara. Y eso es básicamente lo que puede encontrarse en la primera obra de Russell Crowe (Una mente maravillosa) tras las cámaras; eso sí, enriquecido con la experiencia como actor y con un trasfondo humano muy interesante.

A grandes rasgos, El maestro del agua ofrece poco desde el punto de vista de la narración. Sin demasiados giros argumentales, la búsqueda de este granjero australiano que viaja a Turquía para buscar a sus hijos muertos en la batalla de Galípoli (o de los Dardanelos) durante la I Guerra Mundial es una sucesión de secuencias, de diálogos sobre la pérdida, la esperanza y el amor. Visto así, el film puede entenderse como un tedioso ejercicio en el que lo único que se salvan son sus actores y la labor de Crowe como director, quien demuestra una caligrafía visual pulcra y con cierta fuerza en los momentos más dramáticos (aunque no tanta como cabría esperar).

Sin embargo, aquellos que quieran buscar algo más profundo, como de hecho hace el protagonista al inicio del relato, se encontrarán con una serie de ideas notables, algunas realmente reflexivas que dotan al relato, y por extensión al conflicto bélico que narra, de un significado matizado. El hecho de que, por ejemplo, el único que ayuda al protagonista sea su máximo enemigo da una idea de los lazos que unen a los hombres y que les lleva a enfrentarse en un conflicto bélico. Igualmente, los contrastes culturales entre occidente y oriente, y los efectos que una guerra tiene en todos los bandos, son otros temas que hacen al relato más sólido de lo que se aprecia a simple vista.

De este modo, El maestro del agua se convierte en un film que esconde bajo su superficie más de lo que aparenta. Visualmente tradicional, con un ritmo constante pero sin giros argumentales destacables, las ideas que lanza invitan al espectador a reflexionar sobre numerosos temas que van desde el choque de culturas hasta las relaciones humanas. Es, por hacer un símil con la propia película, como el café que se utiliza para tomar todas las decisiones. Puede parecer amargo, pero todo depende de la cantidad de azúcar que se le eche.

nota: 6,5/10

‘El francotirador’: la guerra no termina al llegar a casa


Bradley Cooper es 'El francotirador' de Clint Eastwood.No hay nada peor que la fama que adquiere una película antes de su estreno. Da igual que sea buena o mala. Genera una expectación que muchas veces no se ve colmada, lo que puede llevar a frustración. Lo nuevo de Clint Eastwood (Deuda de sangre) ha sufrido este proceso, pero es precisamente su capacidad para sobreponerse a comentarios, polémicas y críticas lo que la convierte en el buen film que es. Porque lejos de alarmas sociales, el director logra plasmar en pantalla un reflejo de los horrores de la guerra en la que, como siempre, uno termina luchando por los que tiene alrededor, y no por ideales de cualquier índole.

Eastwood logra, como es habitual en él, transmitir al espectador de forma pulcra y sencilla la transformación física y mental de un hombre incapaz de abandonar el campo de batalla. Desde el primer momento, con un bautismo bélico de lo más traumático, hasta su último regreso a casa, la obsesión del protagonista por defender de sus enemigos lo que más ama, en esta ocasión personificados en otro francotirador (algo que recuerda a Enemigo a las puertas, por cierto) le tortura de un modo sutil pero tremendamente dramático, dirigiendo la trama hacia terrenos que exigen del espectador un alto grado de empatía. No hay, por tanto, secuencias traumáticas ni violencia gratuita. Lo que sí hay son momentos de pura tensión, bien por las dudas de un padre de familia al tener que apretar el gatillo, bien por las situaciones extremas de combate. Dicho de otro modo, el director plasma, simple y llanamente, la guerra.

Y esta guerra, a través de una mirilla, puede resultar lenta por momentos. Quizá sea este el único “pero” que se le pueda poner a esta cinta protagonizada por un enorme Bradley Cooper (El lado bueno de las cosas). Literalmente enorme. Es cierto que durante diversos pasajes el desarrollo dramático se ralentiza, sobre todo en los primeros regresos a casa. Empero, esto también permite apreciar el entorno extraño en el que se encuentra el protagonista cuando no está en el frente. Sea como fuere, tanto sus secuencias bélicas, bellamente narradas, como su tercio final, que aborda la lucha psicológica que debe llevar a cabo el personaje para volver a ser el hombre que era, generan una impresión de conjunto notable.

Lo más curioso de El francotirador es que no tiene polémica alguna. No existe una oda a la guerra. No hay patriotismo, al menos no del que estamos acostumbrados a ver en Estados Unidos. Por no haber no hay casi ni sangre. Lo que sí hay es una historia difícil narrada con sensibilidad y seriedad que ahonda en lo más profundo de un ser humano marcado por el dudoso honor de ser el soldado con más muertes del ejército norteamericano. Un récord que, como se ve en el film, deja una honda huella en él. Tal vez ahí esté la polémica: es muy duro comprobar que algunas secuelas de la guerra no son físicas. Y es más duro todavía aceptar que los combates no terminan cuando se pisa suelo americano. En este sentido, la película tiene muchas lecturas. Y esto es algo que Eastwood maneja a la perfección.

Nota: 8/10

‘Godzilla’ le gana la batalla a ‘Ocho apellidos vascos’ en la taquilla


Dos meses y una semana. Ése es el tiempo que Ocho apellidos vascos ha durado al frente de la taquilla española. Ya lo comentábamos en el análisis de la semana pasada: su fuerza poco a poco iba disminuyendo, y ha sido este fin de semana el que ha ratificado su caída después de un éxito sin parangón. Pero incluso así, la diferencia con el film que le ha arrebatado el liderato no es tanta, sobre todo si lo comparamos con las distancias que ha mantenido el film durante todo este tiempo. Eso sí, el box office español confirma que sin ese éxito la recaudación vuelve a ser muy baja: casi 3,91 millones de euros, un 18% menos que el fin de semana anterior.

Hay que aclarar, no obstante, que aquí se recogen únicamente los tres días del fin de semana, y no el periodo desde el miércoles de estreno de algunos films. En cualquier caso, Godzilla es el film que ostenta el honor de haber derrotado por primera vez a la comedia española. Estrenada en 427 cines, su recaudación ha sido de 938.729 euros (2.199 euros de media). Si tenemos en cuenta todos los días desde su estreno la cinta acumula ya 1,13 millones de euros, por lo que no sería raro que llegara a los 5 millones.

Ocho apellidos vascos no se aleja mucho del número uno. De hecho, su recaudación es de 646.856 euros, un 49% menos que la semana pasada. La verdad es que a estas alturas los descensos, ya sean pronunciados o no, entran dentro de lo normal. 53,80 millones es lo que acumula, y no sería raro que terminara por encima de los 55 millones de euros. También desciende un puesto Malditos vecinos, que se deja un 42% para ingresar 354.641 euros el fin de semana. Su total es de 1,17 millones de euros, teniendo relativamente fácil abandonar las salas con una cantidad cercana a los 2 millones.

En cuarta posición se sitúa Violetta: La emoción del concierto, que se queda en 255.301 euros, lo que supone un descenso del 50% aproximadamente. Su total en dos semanas no augura datos excesivamente positivos. 771.477 euros en total obligan a marcar como objetivo el millón de euros. Divergente, que se queda en mitad del ranking, presenta unos datos parciales muy similares. Con un descenso del 40,5% respecto al mismo periodo de la semana anterior, los 223.450 euros que recauda le permiten presentar un total de 2,39 millones de euros. Lo más probable es que supere los 2,5 millones, pero todo apunta a que no llegará mucho más lejos.

La única película que repite posición es Carmina y amén, que recauda 186.736 euros, un 27% menos que hace siete días. Su total está cerca de los 1,4 millones de euros, algo que sin duda conseguirá en unos días. Ahora queda saber si tendrá la fuerza necesaria para terminar alrededor de 1,7 millones de euros. En cualquier caso, no es probable que supere los 2 millones. En el puesto séptimo del top 10 nos encontramos con el film que menos pierde del fin de semana. Río 2 se queda en 167.290 euros, un 26% menos, y su total se queda a las puertas de los 7,4 millones de euros, cantidad que posiblemente ya haya superado. Lo más normal es que termine sobre los 7,6 millones.

El descenso más pronunciado lo protagoniza Tres días para matar, que baja del puesto quinto al octavo debido a una pérdida del 42,8%, lo que se traduce en 148.150 euros. La cinta acumula poco más de medio millón, y viendo su evolución es difícil que supere el millón de euros. Por su parte, The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro recauda casi 141.000 euros, lo que refleja una caída del 42,5%. Su total es ya de poco más de 6 millones de euros, por lo que tiene complicado llegar a los 7 millones. Lo más normal es que termine en la órbita de los 6,5 millones.

Cierra el top 10 otro de los estrenos del fin de semana, y lo hace superando por muy poco los 100.000 euros. Se trata de Por un puñado de besos, que logra exactamente 102.901 euros en 189 salas, lo que deja una media de 545 euros. Su total desde el estreno es de 115.810 euros, por lo que ni siquiera parece que pueda llegar al medio millón.

Snyder va mucho más allá del cómic en su adaptación de ‘300’


Un momento de '300' en el que los espartanos fabrican un muro de cadáveres.El reciente estreno de 300: El origen de un imperio ha devuelto a la actualidad la película de 2006 de la que toma nombre: 300. Este tipo de acontecimientos son perfectos para echar la vista atrás y poder analizar, con la perspectiva que da la distancia temporal, un film de las características del dirigido por Zack Snyder (El hombre de acero), pero en esta ocasión se revela incluso imprescindible dada la enorme deuda que aquella película tiene con el original. Una deuda formal, por supuesto, pero también narrativa y argumental, hasta el punto de que se puede considerar un complemento. Que sea un producto necesario o no es algo discutible, pero de lo que no cabe duda es del enorme impacto que tuvo hace 8 años el film basado en la novela gráfica de Frank Miller (Sin City).

Para aquellos que no hayan visto el film o no sepan qué historia narra, la película de Snyder es una recreación de la batalla de las Temópilas, uno de los conflictos enmarcados dentro de las II Guerras Médicas, en las que el dios rey persa Jerjes trató de invadir lo que hoy conocemos como Grecia. Dicha batalla enfrentó en un angosto paso flanqueado por dos grandes muros de piedra el enorme ejército persa contra un grupo de espartanos liderados por su rey Leónidas. La fiereza en el combate de los soldados espartanos y las ventajas del terreno les permitieron aguantar los ataques, pero finalmente fueron derrotados cuando Jerjes les rodeó gracias a las confidencias de un traidor. Su sacrificio, sin embargo, permitió al resto de pueblos aunarse y prepararse para repeler al enemigo.

Esto, narrado de forma tan genérica, puede dar pie a pensar en un tradicional peplum. Nada más lejos de la realidad. Sin duda, el mayor acierto de Snyder a la hora de adaptar el cómic de Miller fue seguir a pies juntillas el estilo del dibujante, cargado de contraluces, contrastes entre blancos y negros, trágicas siluetas y un uso del color muy particular. La genialidad del director de Amanecer de los muertos (2004) fue lograr que las viñetas del papel cobraran vida propia, conformando un film único hasta entonces y capaz de erigirse como independiente a pesar de no olvidar sus orígenes. Gracias a los numerosos cambios de ritmo entre las cámaras lentas y rápidas las batallas, sangrientas donde las haya, adquieren un grado superlativo de dramatismo, apelando al mismo tiempo a la tragedia y el sadismo de este tipo de conflictos. A este estilo formal contribuyó de forma determinante el uso de escenarios ficticios que pudieran recrear todo el mundo imaginario plasmado en la novela gráfica.

Porque sí, el mundo al que Snyder da vida en 300 es de todo menos histórico. Tampoco se pretende, la verdad. Una de las principales críticas que se le hizo al film es el alegato tan descarado en favor de la testosterona y el machismo generalizado de sus secuencias (de ahí que algunas secuencias hayan quedado para la posteridad como irónicas, como la conversación entre Jerjes y Leónidas). Puede que algo de todo eso exista en el film, pero lo cierto es que la película va mucho más allá en todos los sentidos. Entre su acción desmesurada, el uso y abuso de efectos visuales (algo que le ha pasado factura al propio director) y de sangre digital, y las frases que ya forman parte de la historia del cine, existen muchos conceptos que convierten a esta película en todo un ejercicio narrativo que supera su propia condición de entretenimiento.

Músculo rojo

El principal es la predominancia de una paleta cromática cálida liderada por el rojo. Salvo escenas nocturnas (y alguna que otra también se antoja bañada por ese color), la tendencia del film es impregnar de rojos, amarillos y naranjas todo el entorno en el que se desarrolla la acción. Gracias a esto, el espectador percibe con mayor claridad la pasión de una cultura entregada al combate cuya máxima en la vida era morir en la batalla. Unos colores, por cierto, asociados tradicionalmente no solo a la pasión, sino a la sangre. Este último elemento muy presente, incluso sin tener en cuenta la presencia explícita. Ese último plano de los espartanos caídos y atravesados con flechas es muy significativo. Si uno lo ve tiene la sensación de estar ante un cuadro en el que la sangre baña todos y cada uno de los recovecos que dejan los cuerpos. Empero, apenas existe sangre como tal. Todo, absolutamente todo, esta provocado por las capas de los soldados, colocadas de forma muy concreta.

Una paleta cromática que, no por casualidad, está en el polo opuesto a la utilizada en 300: El origen de un imperio, en la que la predominancia de azules no solo permite diferenciar a espartanos de atenienses, sino que define los diferentes caracteres de ambas sociedades. Pero más allá de todo esto, 300 destaca por una banda sonora excepcional (de la que hablaremos en otro momento) y por unas interpretaciones que, dentro de los parámetros de la propia historia, son sencillamente perfectas. Gerard Butler (Objetivo: La Casa Blanca) resulta, con los años, un Leónidas único, capaz de captar la dicotomía entre el guerrero que no acepta una retirada y el padre y marido cariñoso en un mundo definido por la violencia. Igualmente, Snyder logra que el grupo de espartanos enviados a su sacrificio no sea únicamente un conjunto de músculos y cuerpos perfectos (que, dicho sea de paso, sufrieron un entrenamiento bastante duro). Todos y cada uno de ellos, al menos los principales protagonistas, muestran las diferentes caras de unos hombres formados para la guerra pero humanos al fin y al cabo.

La épica del film, lograda como hemos dicho por esa combinación de velocidades de cámara, la estética cromática y los efectos visuales, se completa con un ritmo que no decae prácticamente nunca. En comparación con la novela gráfica, además, la película introduce una trama secundaria tan interesante como es la de la traición en el propio seno de Esparta, que corre de forma paralela a la traición del ejército por Efialtes (aquí un espartano deforme que clama venganza interpretado por Andrew Tiernan) y que enriquece más el, por otro lado, algo insulso personaje de Jerjes (Rodrigo Santoro), presentado como un simple villano que no hace más que destruir todo a su paso. El hecho de que sus estrategias ofrezcan algo más que la acción directa no solo se antoja lógico y plausible, sino que incluso refleja las intrigas y conspiraciones entre la élite de los pueblos de la Grecia antigua.

Desde luego, 300 no es un film que busque una aproximación histórica a la batalla de las Termópilas. Ni siquiera lo intenta. Es un entretenimiento, es cierto, pero más allá de todo eso, de su parafernalia y de su épica, de su estética digital y de la anunciada tragedia, es una película que ha creado un punto de inflexión en la forma de entender la narrativa audiovisual. Su legado, más allá de su continuación, puede verse en la serie Spartacus. Pero a diferencia de todas ellas, la película de Zack Snyder es capaz de narrar en diferentes planos, desde el cromático hasta el sonoro, desde el dramático hasta el cómico. Un relato completo en todos los sentidos que, con los años, ha adquirido más y más peso, siguiendo su camino hacia el estatus de imprescindible en la tradición cinematográfica.

‘Spartacus: La guerra de los condenados’, brillante final para el mito


'Spartacus' encuentra su final en la tercera temporada.Hace unos cuatro meses concluyó uno de los experimentos más interesantes de la ficción moderna en televisión. Y digo “experimento” porque es difícil encontrar una cadena de televisión que apueste por un producto como Spartacus en su primer intento de producir algo propio. Como todo el mundo sabrá a estas alturas, esta revisión de la leyenda del gladiador que se levantó en armas contra Roma ha tenido un recorrido irregular y algo tortuoso, marcado principalmente por la inesperada muerte de su protagonista, Andy Whitfield (Gabriel). Tres temporadas y una precuela es el balance que deja la serie, amén de múltiples miembros amputados, violentas muertes y sangre, muchísima sangre. La última temporada, que lleva por subtítulo La guerra de los condenados, es una especie de regresión a los orígenes dramáticos de la serie, combinando intriga y violencia con la efectividad que ha caracterizado siempre al show.

Pero, ¿qué significa esto de la regresión? Una de las cosas más interesantes que tenía aquella primera temporada subtitulada Sangre y arena era que distribuía a partes iguales los feroces combates en la arena con las intrigas políticas en la Roma clásica, siempre con el telón de fondo de la amenaza de la inminente rebelión de esclavos. Sin embargo, si un episodio se destinaba a la violencia, otro tenía necesariamente que contener intriga. La siguiente temporada, sin embargo, centró más su atención en la intriga, principalmente por la obligación de narrar el periplo de Espartaco y los suyos por escapar de Roma. El contenido dramático de esta última, que desde su primer episodio ya anuncia el inevitable y amargo final de los protagonistas, ha entremezclado a la perfección ambos elementos, ofreciendo un espectáculo visual inteligente e interesante en el que las intrigas entre ambos bandos (y dentro de cada uno de ellos) tenían como único fin ganar la guerra.

Se podría decir en este sentido que esta tanda de 10 episodios es la más brillante de todas. Por supuesto, para gustos los colores, pero de lo que no cabe duda es de que su creador, Steven S. DeKnight (serie Smallville), ha sabido aportar algo más a la serie de lo que tenía en un principio. De hecho, lo pone en boca del protagonista, de nuevo interpretado por Liam McIntyre (Ektopos) de forma más que solvente. Dado que en la anterior temporada la motivación principal de estos gladiadores, la venganza, queda satisfecha, los guionistas han tenido que apoyarse en otra justificación: la propia libertad. Espartaco ya no lucha por derrotar a la República ni por ajusticiar a cuantos romanos se cruzan en su camino. Su único fin, generado entre otras cosas por su propia leyenda, es salvar a los miles de seguidores que tiene. No busca, por tanto, enfrentamiento, sino una salida a su cruzada.

Es esta línea argumental la que se desarrolla en esta tercera temporada, y lo hace jugando en todo momento con las emociones del espectador. En Spartacus: La guerra de los condenados se produce extraña sensación provocada por el conocimiento del final del protagonista y la impresión de que los responsables podrían reescribir la Historia otorgándole una salida. No sería extraño teniendo en cuenta que introducen en la trama el personaje de Cayo Julio antes de convertirse en César (Todd Lasance). El resultado es un mensaje de esperanza y de amargura, de libertad y de muerte, que está aderezado con algunas de las batallas y ejecuciones más violentas vistas en la serie. Y eso es decir mucho. Baste como ejemplo la Decimatio que tiene lugar en las filas romanas. Sin palabras.

En cierto modo, Spartacus se ha convertido en esta última temporada en un enfrentamiento intelectual y físico entre los dos grandes pilares que han sostenido toda la serie: romanos y gladiadores. Ya en Spartacus: Venganza se presentó parte de este enfrentamiento, pero el hecho de que la motivación fuera la venganza limitaba mucho las posibilidades dramáticas del conjunto. Ahora, y con la bandera de la libertad como estandarte, la serie se convierte en una lucha de ideologías, en un combate por defender unos estilos de vida muy diferentes. Curiosamente, y a pesar de las múltiples muertes que se producen en el bando de Espartaco, el resultado que cabría interpretar es que la libertad siempre termina imponiéndose, cueste lo que cueste.

Cuatro de los protagonistas de 'Spartacus: War Of The Damned'.Los cuatro mosqueteros

Y vaya si cuesta. Spartacus: La guerra de los condenados contiene algunos de los momentos más salvajes, espectaculares y violentos de toda la serie, como ya hemos comentado. Empero, lo que más llama la atención es la deificación de Espartaco y sus fieles lugartenientes, capaces de acabar ellos cuatro con varias unidades del ejército romano. A medio camino entre la sorpresa y la comicidad, las secuencias en las que ellos combaten casi en solitario son algunas de las más conseguidas, con unas coreografías que aprovechan al máximo los efectos digitales tan característicos del producto y las cámaras lentas que ha heredado de 300 (2006). Estos cuatro mosqueteros, además protagonizan algunas de las estrategias más interesantes de los 10 capítulos.

En este sentido hay que destacar que la tendencia vista en la temporada anterior se confirma: menos músculo y más calidad interpretativa. No seré yo quién defienda a capa y espada a los actores de la serie, la mayoría empezando sus carreras y muchos con limitaciones evidentes en los momentos más dramáticos. Sin embargo, funcionan mejor que en etapas anteriores, bien porque se conocen, bien porque el desarrollo emocional de todos ellos es mayor, otorgándoles la oportunidad de potenciar más su trabajo. La pareja formada por McIntyre y Manu Bennett (serie Arrow) se ha consolidado hasta convertirse casi en las dos facetas de un personaje del que se sabe más bien poco, como si ambos personajes fueran las dos motivaciones del verdadero Espartaco: acabar con Roma o alcanzar la libertad más allá de sus fronteras. Uno es la inteligencia, el otro la fuerza. Uno la destreza, el otro la valentía desmedida. Ambos forman un ser formidable. La muerte de uno supone un golpe mortal, tanto moral como físico.

Aunque tal vez el personaje que más atraiga sea el de Gannicus, interpretado por Dustin Clare (Goddess), no tanto por su carisma como por la evolución que ha tenido. Presentado en la precuela Spartacus: Dioses de la arena rodada durante la lucha contra la enfermedad de Whitfield, su recuperación en la segunda temporada fue un golpe de efecto interesante, pero su crecimiento en esta última ha sido ejemplar. No solo ha contado con sus propias tramas secundarias (ofreciéndole como enemigo eterno al mismísimo Julio César), sino que se ha erigido como el Espartaco colgado en la cruz. Para los que no hayan visto la temporada, uno de los episodios da comienzo con varios de los gladiadores afirmando ser Espartaco, en claro homenaje a la película de Stanley Kubrick (La chaqueta metálica) de 1960. Al final el verdadero líder de los esclavos no termina colgado, pero el simbolismo de crucificar en la vía Apia a uno de los que afirman ser él refleja el carácter de ficción histórica que ha manejado la serie.

Desde luego, la serie Spartacus no es un producto apto para todas las sensibilidades. Su apuesta por la violencia y la sangre ha teñido desde el primer momento el resto de pilares narrativos, mucho más interesantes y, a la larga, verdadera alma de la ficción. Sin embargo, sería muy injusto calificarla como simplemente un entretenimiento salvaje y visceral. La tercera temporada ha demostrado que hay algo más, unos conceptos dramáticos muy asentados y un desarrollo de personajes bastante más profundo de lo que podría esperarse. Es el ejemplo perfecto de que pueden combinarse ambas tendencias. ¡Ah! Para aquellos que hayan seguido toda la serie, imprescindible el homenaje del episodio final a todos los personajes que han pasado por la serie, incluyendo al Espartaco inicial. Emotivo como pocos.

‘Tesis sobre un homicidio’: los errores de la guerra de intelectos


Ricardo Darín es profesor y perseguidor de Alberto Ammann en 'Tesis sobre un homicidio'.El equilibrio entre la información que se expone y la que se oculta en un film de intriga es y debe ser muy exacto. Demasiado de uno o de otro suele llevar bien a la previsibilidad, bien a la confusión y al desinterés. El caso de esta Tesis sobre un homicidio, que trata de ser una especie de nueva El secreto de sus ojos (2009), es un claro ejemplo de dicho desequilibrio en una historia que, aunque vista en infinidad de veces, prometía mucho más de lo que finalmente ofrece. Y su principal carencia estriba en un desarrollo irregular, con numerosos errores que desconectan de la trama, amén de un final tan indescriptible y abierto que deja demasiado a la imaginación.

Llega a ser comprensible que en una historia de la obsesión de un experto en derecho por demostrar una teoría homicida, en una historia donde dos intelectos juegan una intrincada partida por demostrar cuál de ellos es superior al otro, los responsables traten por todos los medios de ofrecer algo diferente. Pero dicho intento puede provocar el efecto contrario, sobre todo si no se cuidan los pequeños detalles en los que tanto incide el argumento, como de hecho ocurre. Al espectador se le ofrecen dos personajes extremadamente inteligentes, y mientras uno de ellos (el antagonista) siempre permanece convenientemente en el limbo de la inocencia, el otro (protagonista) cae en una serie de trampas y errores que no concuerdan con su carácter.

Por decirlo de algún modo, el film de Hernán Goldfrid (Música en espera) cae en los errores que se esfuerza por denunciar a través de un profesor de Derecho que enseña a sus alumnos aquellos detalles que delatan hasta al criminal más pintado. Y como decimos, es una lástima. El desarrollo dramático de la intriga cuenta con los suficientes elementos para convertir al conjunto en un muy buen relato de suspense. Con una pareja como Ricardo Darín (Nueve reinas), que empieza a personificar un tipo de rol muy concreto (aunque no por ello es menos convicente) y Alberto Ammann (Lope), cuya presencia inquieta casi desde el principio, la película cuenta con una buena baza para escenificar esa lucha entre héroe y némesis, entre asesino e investigador.

Tesis sobre un homicidio es un film inacabado, tanto en su desarrollo como en su resolución. Bien planificada y estructurada, sus intenciones se revelan demasiado pronto, y el duelo entre los protagonistas queda empañado por esas pequeñas decisiones que llevan a pensar que no todo es tan inteligente como cabría esperar. Sí, la ambientación es la adecuada. Sí, el planteamiento es de lo más atractivo. Pero el resto se queda en un quiero y no puedo. Al final resulta un film tan entretenido como olvidable.

Nota: 5,5/10

‘Battleship’: Hundir la flota… alienígena


Primero fueron los libros. Luego los cómics y los videojuegos. Ahora toca el turno de las adaptaciones de juegos de mesa clásicos y mundialmente famosos. Aunque en un futuro no demasiado lejano llegará la versión del popular Monopoly, por ahora es el turno de Battleship o, como es conocido en español, Hundir la flota. Claro que poco queda en esta película del juego de estrategia donde los contrincantes deben averiguar la posición de los barcos del enemigo. Poco, pero algo, aunque pasado por el filtro alienígena que tan buenos resultados suele darle a Hollywood.

La cinta, dirigida por Peter Berg (Very Bad Things), como es de imaginar, no destaca por su originalidad. Americanos contra extraterrestres, con la salvedad de que esta vez la inmensa mayoría transcurre en el mar y de que, haciendo honor al juego que le da nombre, en un momento dado los protagonistas deben luchar apuntando a unas coordenadas por intuición. Esto no quiere decir que la cinta no sea recomendable… al menos, si lo que se busca es un entretenimiento fácil, rápido y que se mantenga en la memoria en un periodo de tiempo no superior al fin de semana.

En este sentido, la película está planificada como si de un producto de Michael Bay (La Roca) se tratara. Ejército, combates y batallas espectaculares, violencia elegante, mujeres despampanantes y hombres a priori corrientes que se revelan como auténticos héroes son los elementos de un film que, sin embargo, se queda en un intento. Berg no es Bay, algo que ya quedó claro con Hancock. Tratar de imitarle incluso en los chascarrillos típicos de este tipo de relatos es tarea harto complicada, por no decir imposible. Ni el director ni los actores están a la altura de las expectativas visuales que plantea la cinta. Guste o no, Michael Bay es un maestro en lo que hace y tiene un estilo propio; tratar de imitarle es una forma casi perfecta de equivocarse en el enfoque.

La historia, a pesar de todo, resulta muy entretenida si no se tienen en cuenta algunas frases y detalles del film que, aunque planteados como gags, apenas logran arrancar una sonrisa. Taylor Kitsch (John Carter) se confirma con uno de los nuevos valores del cine de acción, lo cual no quiere decir que su actuación sobresalga. Ni siquiera lo hace por encima de sus compañeros de reparto, entre los que destacan el televisivo Alexander Skargård (True Blood), Liam Neeson (Sin identidad), Brooklyn Decker (Sígueme el rollo) y la cantante Rihanna. Todos ellos parecen recitar sus frases con la solvencia justa, a lo que no ayuda demasiado algunos momentos olvidables del film, y que para suerte o desgracia mía, ya he olvidado.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: