La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘Jackie’: la belleza de un recuerdo doloroso


Peter Sarsgaard y Natalie Portman, en un momento de 'Jackie'.Hay películas que parecen planificadas para que un actor o actriz pueda ofrecer lo mejor de sí en una interpretación a la que no le haga sombra nada, ni el resto del reparto ni la fotografía o la propia historia. Quiero pensar que el nuevo film de Pablo Larraín (Neruda) no sea el caso, pero desde luego lo parece. Y es que en esta revisión de los días posteriores al asesinato de JFK es un relato cuyo principal atractivo, por no decir el único, es Natalie Portman (La venganza de Jane).

La actriz demuestra, como los grandes actores, que no es necesario maquillaje o efectos especiales para meterse en la piel de un personaje histórico. Su forma de hablar, de moverse y de relacionarse con el resto de personajes sumerge al espectador en el mundo que rodea a Jackie Kennedy y le guía a través del sufrimiento, la ira o el miedo que se vivió en esos aciagos días. Si bien es cierto que la caracterización de los personajes, de todos, es impecable, lo realmente relevante es la capacidad de los actores, con Portman a la cabeza, para explorar las contradictorias emociones y situaciones que se vivieron en aquellos días. Y el problema, precisamente, también se encuentra en este aspecto.

Porque sí, los actores son espléndidos, pero no logran eliminar la sensación de que el tratamiento de la película y su desarrollo dramático se estancan a cada paso, o mejor dicho avanzan de forma tediosa, lenta y pesada sin ofrecer ninguna novedad salvo, tal vez, el punto de vista de Jackie Kennedy, lo cual por cierto no es capaz de soportar el peso de un relato de más de hora y media. De este modo, la cinta se revela como un producto que pierde fuerza a medida que avanza, con algún conato de atractivo e interés pero que nunca logra convertirse en algo más. A esto se suma que, llegados a un punto del segundo acto, da la sensación de estar viviendo las mismas situaciones y emociones una y otra vez, dando vueltas a una decisión que, al conocerse de antemano, pierde cierto componente de intriga que pudiera tener.

De este modo, Jackie se convierte, lo quiera o no, en representante de ese tipo de cine planteado desde su gestación para la grandeza de un actor (o actriz, como es el caso). Que Natalie Portman esté inconmensurable no es óbice, sin embargo, para no comprender que sin ella la película posiblemente no habría llegado a las salas de cine. O tal vez sí, pero sin el puñado de nominaciones a los Oscar que ha conseguido. Sea como fuere, quien tenga interés en ver a Portman convertida en una Kennedy, que disfrute. Para el resto posiblemente la película resulte algo indiferente, una combinación entre belleza y dolor en este recuerdo del asesinato de JFK.

Nota: 6/10

‘Hasta el último hombre’: uno más, solo uno más


Andrew Garfield no dispara un solo tiro en 'Hasta el último hombre'.Aunque solo fuera por conocer la historia de Desmond Doss, objetor de conciencia que logró la máxima distinción del ejército norteamericano por sacar con vida a 75 hombres del campo de batalla sin disparar una sola bala, la nueva película de Mel Gibson (Braveheart) como director ya merece la pena. Pero es que el film en sí mismo es una obra imprescindible del moderno cine bélico, un relato sobre el valor, sobre la fidelidad a las creencias y sobre la amistad que se forja en el frente. Y todo ello con sus imperfecciones, que las tiene.

Lo bueno, como suele ocurrir en estos casos, es que dichos puntos débiles son casi irrelevantes en Hasta el último hombre. El principal talón de Aquiles de la cinta es su comienzo, excesivamente lento y, aunque necesario, reiterativo en la lucha de un joven soldado que no quiere coger un fusil pero sí luchar en el frente junto al resto de hombres. Lo que sufre durante su entrenamiento, incluyendo un juicio militar, se desarrolla de modo algo pausado, repitiendo fórmulas y argumentos que solo logran dejar más claro lo que ya se sabe a los pocos minutos de comenzar el film, alargando por consiguiente la presentación del protagonista (bien interpretado por Andrew Garfield tras  colgar el traje de Spider-man).

Ahora bien, una vez superado esta primera parte y los buenos y malos momentos que deja, Gibson entra en harina con una de las secuencias bélicas más impactantes, sobrecogedoras, brutales, sanguinarias y contundentes que se recuerdan. De hecho, no es extraño que vuelva a la memoria el comienzo de Salvar al soldado Ryan (1998), modelo que sin duda utiliza el director para abordar la violencia y crudeza de un combate sin cuartel. Y lo que hasta ese momento podía parecer parsimonia se convierte en una celeridad extenuante, en un sinfín de disparos, gritos, dolor y angustia. Y con ellos, la labor de un joven que es capaz de demostrar su valía y su enorme corazón al meterse de lleno en un conflicto sin más armas que sus ganas de salvar a sus compañeros. Lo que ocurre después es sencillamente uno de los mejores relatos bélicos de los últimos años.

Desde luego, Hasta el último hombre tal vez no sea una película perfecta. Su guión, aunque interesante, está algo desequilibrado. Y habrá quienes piensen que parte del reparto no está bien elegido. Pero nada de eso importa. Personalmente creo que los actores, en mayor o menor medida, hacen una labor más que notable. Y desde luego la dirección de Gibson es magistral, sobre todo por el impacto que provoca en el espectador ese primer combate que nos sitúa al mismo nivel que un joven sin experiencia sin un arma en sus manos con la que poder defenderse. Pero aparte de todo eso, está el mensaje que se desprende en cada fotograma, en cada frase de diálogo. Esa combinación de fondo y forma es la que convierte a este film es una gran obra, y la que deja al espectador susurrando: “Uno más, solo uno más”.

Nota: 8/10

‘1898. Los últimos de Filipinas’: los tontos de Baler


Los soldados sobreviven en una iglesia durante el asedio de '1898. Los últimos de Filipinas'.El cine español tiene una deuda con la historia de su país. Más o menos como la tienen casi todos los países a la hora de analizar y reconocer sus propios errores. Tal vez por eso el debut en el largometraje de Salvador Calvo ha provocado el interés y la curiosidad que ha provocado. Y lo cierto es que, al menos en el aspecto dramático y autocrítico, no decepciona, abordando uno de los hechos históricos más interiorizados en la cultura popular desde un punto de vista sincero y ajeno a patriotismos baratos o a heroismos trasnochados.

Habrá quien diga que eso es realismo. En realidad, 1898. Los últimos de Filipinas es un mural de personalidades, un reflejo del declive de una guerra en la que los jóvenes no creen y en la que los más veteranos simplemente hacen los único que han sabido hacer en esos años. De este modo, se genera un conflicto que va más allá del puro belicismo y que termina por definir no solo el contexto político de la época, sino incluso el social. Quizá el mayor problema en este sentido es que los personajes tienden a estereotiparse a medida que avanza la historia: el teniente sediento de sangre; el doctor razonable; los jóvenes asustados; el cura que trata de imbuir de lecciones de vida a través de la palabra de Dios. Pero con todo y con eso, la habilidad de Calvo para narrar la historia logra desprender a la trama de muchos de sus lastres, ofreciendo un estilo visual que aprovecha al máximo los potenciales del desarrollo y que presenta un contexto político, social y económico que en varias ocasiones puede trasladarse a la actualidad.

El talón de Aquiles, sin embargo, se encuentra precisamente en la propia historia. Por mucho que la vistan, que tenga momentos realmente impactantes o que su reparto (la inmensa mayoría del mismo al menos) haga una labor más que notable, lo cierto es que este relato de un grupo de soldados atrincherados en una iglesia da para poco. Para muy poco. Y dos horas de duración son excesivas para algo que podría haberse narrado en hora y media, incluso menos. La consecuencia más inmediata es que en muchos momentos la trama avanza con paso demasiado lento, repitiendo esquemas y cayendo en una reiteración de ideas y propuestas que generan la impresión de andar en círculos hasta los momentos relevantes de la acción.

Lo que termina provocando 1898. Los últimos de Filipinas es una sensación de producto preciosista (algunos planos son brillantes), con factura técnica y artística impecable y con algunos momentos realmente logrados, pero cuyo contenido parece forzado por una necesidad etérea de que la película tiene que tener una duración determinada, como si los casi 12 meses de asedio tuvieran que relatarse en los casi 120 minutos que dura. Menos tiempo habría convertido este film en algo mejor para mayor crítica y vergüenza del Imperio. Y habría eliminado, además, algunas irregularidades dramáticas que se aprecian en determinados momentos.

Nota: 6,5/10

‘Los hombres libres de Jones’: se abolió la esclavitud, ¿y el racismo?


Matthew McConaughey protagoniza 'Los hombres libres de Jones', de Gary Ross.Cuando se habla de la Guerra de Secesión estadounidense suele hablarse del fin de la esclavitud, de cómo el Norte derrotó al Sur y se lograron más derechos, una mayor igualdad. Pero, ¿qué ocurrió realmente cuando los grandes terratenientes sureños se vieron obligados a despojarse de aquellos que habían sido sus esclavos durante décadas? Eso, a grandes rasgos, es lo que explica la nueva película de Gary Ross (Pleasantville), y lo hace con la humildad y sonrojo que provoca analizar la parte más vergonzosa de la historia de tu pueblo.

Porque si algo provoca Los hombres libres de Jones es sonrojo, vergüenza y rabia. Emociones todas ellas generadas gracias a la narrativa de Ross y a un guión magnífico que, aunque dividido en dos partes más que claras, es capaz de mantener el ritmo con razonable habilidad para no perder nunca el objetivo de la historia. Tal vez sea por eso, porque nunca pierde de vista su mensaje final, por lo que el espectador apenas nota el cambio entre partes, motivado por el fin de la guerra y cómo abolir la esclavitud no fue más que un deseo sobre el papel que no se logró realmente en muchos estados del sur.

Habrá quien entienda que la película pierde fuerza una vez superado el punto de inflexión del final de la guerra, pero en realidad es ahí cuando adquiere verdadero significado. Los discursos del personaje de Matthew McConaughey (El inocente), quien por cierto está espléndido, sin duda resultan excesivamente aleccionadores, y hubieran necesitado algo más de sutileza a la hora de enarbolar la bandera de la igualdad y la libertad, pero el tema tratado es tan contundente que apenas se tiene en cuenta. Es a través de estos discursos, de leyes como la del “entrenamiento” de niños esclavos, o de los delitos en el recuento de votos de las primeras elecciones que aceptaron gente de color, donde la cinta logra su máximo esplendor, desgranando un país que todavía hoy vive sumido en un racismo que parece incapaz de superar.

De hecho, Los hombres libres de Jones perfectamente tendría un marcado significado aleccionador simplemente comparándolo con lo que ocurre en Estados Unidos últimamente. Pero por si eso no fuera suficiente, aborda el caso de un descendiente del protagonista 80 años después, cuando una ley le impide casarse con una mujer blanca porque tiene ascendencia negra en un 8%. Ver para creer. La película ya es interesante por sí misma simplemente con el tema que aborda. Pero la capacidad de Gary Ross, que escribe y dirige la cinta, hace que la historia adquiera una dimensión mucho mayor y más interesante. Posiblemente estemos ante uno de los primeros títulos a los Oscar.

Nota: 7,5/10

‘The americans’ afronta con valentía el desarrollo de su 4ª temporada


Keri Russell, Holly Taylor y Matthew Rhys, en la cuarta temporada de 'The americans'.Desde que el séptimo arte me cautivó siempre ha habido una máxima que he buscado: la coherencia de una historia. Puede parecer algo simple y sencillo, pero como el sentido común, muchas veces es lo menos común en cualquier historia. Por eso la cuarta temporada de The americans ha resultado tan interesante. Su creador, Joseph Weisberg (serie Falling Skies) ha sido lo suficientemente inteligente y valiente para dejar que los acontecimientos narrados en la tercera temporada siguieran su curso hasta sus últimas consecuencias, lo que ha ofrecido a la serie un desarrollo dramático vivo, dinámico y con unas conclusiones sumamente interesantes.

Y es que una vez superado el escollo narrativo de las dos realidades que se mostraron en las primeras temporadas (espionaje y familia), era el momento de exponer en qué grado se influyen mutuamente ambos mundos. Son preguntas sencillas, que cualquier espectador puede hacerse, pero que no siempre encuentran respuesta, fundamentalmente porque las ficciones tienden a centrarse en un único aspecto. Sin embargo, espionaje y familia toman en estos 13 episodios una dimensión única y, como ya he dicho, inteligente. Lo que esto provoca, más que conflictos (que los hay), es una tensión dramática muy alta, no tanto por el riesgo de que el entorno de esta familia de espías soviéticos desvele su secreto, como por el trasfondo moral y psicológico que supone descubrir la realidad detrás de un comportamiento.

Dicho de otro modo, toda vez que los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (Mayo de 1940) se han descubierto ante su hija, a la que da vida notablemente bien Holly Taylor (Ashley), las sospechas de que traicione su secreto surgen casi desde el inicio. Y del mismo modo, la joven ve con otros ojos las salidas nocturnas y las excusas sobre trabajo de sus progenitores. Esto provoca un contexto totalmente nuevo en The americans y, sin duda, supone un refrescante punto de vista de la dinámica entre personajes, a lo que se suma la introducción de nuevos roles que, aunque secundarios, juegan un papel fundamental en este espionaje soviético en plena Guerra Fría.

Incluso el interés que parece mostrar el personaje de Taylor hacia el espionaje y la realidad de sus padres en la ficción está tratado con sutileza. No se trata de que la obliguen (es más, parece lo contrario); ni siquiera pretenden reclutarla en alguna misión. Ella, simplemente, comienza a actuar de un modo sutil, considerando que debe, por fidelidad, recabar información de su entorno. Y se produce de forma natural y progresiva, generando no pocas fricciones y evidenciando, en el fondo, que la transformación que parece empezar a sufrir no va a ser un proceso sencillo. Sin duda, esta evolución en el aspecto familiar es una de las más interesantes de la temporada, aunque desde luego no es la única.

Cura y enfermedad

En realidad, lo más interesante de esta cuarta temporada de The americans es la trama de espionaje. Mejor dicho, la que tiene que ver única y exclusivamente con el espionaje. Dejando a un lado los conflictos personales de cada uno de los protagonistas, marcados precisamente por el hastío que parecen sentir respecto a su trabajo (acentuado por la introducción de su hija en la ecuación), es necesario destacar el modo en que la historia de espías de esta etapa se desarrolla. Sin miedo, afrontando los retos con honestidad y siendo consciente de que todo puede pasar. Es más, todo pasa.

Sin esa honestidad, por ejemplo, no se explicaría el giro argumental tan interesante que da la trama secundaria protagonizada por Alison Wright (Diario de una niñera). Sin esa valentía no se habría visto el impactante suceso de mitad de temporada que envuelve a uno de los roles que más juego estaban dando a lo largo de las anteriores temporadas. Y sin eso, en definitiva, no se habría dado desarrollo al entorno del FBI que tanto prometía en las primeras etapas pero que parecía haberse quedado en un mero apoyo para generar algo de tensión dramática cuando el resto de historias perdían interés.

Ahora, sin embargo, Weisberg logra aunar todas las historias en una única trama con diferentes caras. Para ello, evidentemente, elimina secundarios cuyos arcos dramáticos habían caído en una deriva incontrolable y sin demasiado sentido. A otros, los más interesantes, les otorga un papel más o menos determinante en el futuro de la historia, cuyo final en esta temporada es tan inesperado como lógico si se analiza con detenimiento. Y es que en lugar de alargar situaciones que no son capaces de sostenerse sólidamente, el creador de esta ficción opta por dejar que los acontecimientos dominen a los personajes, situándoles en contextos que son incapaces de controlar, y generando así la angustia y la ansiedad en el espectador.

En resumen, The americans evoluciona manteniendo a sus seguidores pegados a la pantalla. La cuarta temporada, lejos de quedarse en una simple reiteración de situaciones, introduce nuevos elementos a la trama principal para complicar el devenir de los protagonistas. Este aumento de la presión y tensión dramática elimina, además, tramas secundarias de forma apabullante y sumamente efectiva, lo que cierra un tanto el abanico de realidades que trata de abarcar la serie (lo que en cierto modo simplifica) pero aumenta la tensión sobre los protagonistas (lo que definitivamente hace más compleja la historia). El final de la temporada pone el foco sobre los protagonistas como nunca antes lo había hecho y, sobre todo, les enfrenta a una realidad incontestable: o desvelarse ante toda su familia como lo que son o arriesgarse a ser atrapados. Para conocer la decisión habrá que esperar a la quinta parte.

‘El caso Fischer’: locura en tiempos de la Guerra Fría


Liv Schreiber y Tobey Maguire disputan la gran partida en 'El caso Fischer'.Habrá muchas generaciones, entre las que me encuentro, que conocerán la leyenda de Bobby Fischer de forma muy general. Ajedrecista, genio, niño prodigio, campeón. Pero pocos conocerán la locura que se escondía detrás de sus excentricidades. Y muy pocos estarán al tanto del infierno que debió de hacer pasar a todos aquellos que le rodeaban. La nueva película de Edward Zwicky (El último samurai), como buen biopic, narra todo eso, es cierto, pero ofrece al mismo tiempo una interesante radiografía de una época que muchos jóvenes solo conocen ya por los libros de Historia. Y es aquí donde radica su mayor logro.

Porque si algo bueno tiene El caso Fischer es precisamente el modo en que se vivió la rivalidad entre Rusia y Estados Unidos durante la Guerra Fría en esas partidas de ajedrez entre Fischer y el campeón soviético Boris Spassky. Un juego que representaba el desafío de intelectos, de estrategia y, en definitiva, de dominio sobre el rival entre dos potencias que pugnaban por el control del mundo en todos los aspectos. Bajo esta interpretación la cinta adquiere un significado mayor que el mero juego, engrandeciendo además los aspectos más dramáticos y personales del protagonista, un joven obsesionado con el reconocimiento de ser el mejor. Reconocimiento, por cierto, que no tenía que llegar necesariamente con el título en sí, sino con todo lo que conlleva (adulación, dinero, servilismo, …).

No quiere esto decir que Fischer sea presentado como un intransigente niño mimado. Al contrario, la época que le toca vivir acentúa su locura hasta convertirse en obsesión, y es en esa obsesión donde sus ansias de reconocimiento encuentran su mayor impulso. No se trata de tener más que nadie; no se trata de lograr premios o un título. Se trata, en realidad, de ser reconocido por todas y cada una de las personas como un hombre superior, como una mente privilegiada capaz de derrotar en el juego a cualquiera. Y si todo esto queda magistralmente definido sobre el papel, no es menos cierto que la labor de Tobey Maguire (Brothers) es impecable, introduciéndose en la mente del jugador para poder ofrecer todos los matices del hombre.

Frente a él, y no menos importante, se encuentra Liev Schreiber (Mental), cuya interpretación del campeón ruso es simplemente magistral. Aunque pueda parecer menor, e incluso poco definido, apenas dos momentos permiten al espectador comprender que la locura no es exclusiva de Fischer, si bien es cierto que en él está desarrollada de forma superlativa. Por tanto, El caso Fischer se puede interpretar como algo más que un biopic o, al menos, como una biografía que es a su vez el reflejo de una complicada época en la que había más intereses en juego que el mero ajedrez. La película, como tal producto, tiene las limitaciones propias del género, tanto formales como narrativas, pero se suplen con bastante efectividad gracias precisamente al trasfondo social y político que imprime al conjunto.

Nota: 7/10

‘The last ship’ intenta mejorar manteniendo su simpleza en la 2ª T.


La tripulación del barco tendrá de su parte al Presidente de Estados Unidos en la segunda temporada de 'The last ship'.No es la primera vez que me ocurre, y desde luego no será la última, pero siempre me resulta curioso cómo en un producto, una serie habitualmente, la segunda parte puede parecer mejor que la primera si esta es decididamente mediocre. Digo esto porque la segunda temporada de The last ship es, cuanto menos, entretenida, y en algunas ocasiones hasta interesante. Y comparando con los primeros 10 episodios, es todo un adelanto para esta ficción creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro).

Tal vez sea porque, al durar 13 episodios, existe más tiempo para desarrollar determinadas tramas, para abordar mejor las motivaciones de héroes y villanos, y para aportar una mayor complejidad a una idea original que, en si misma, es bastante simple. Sea como fuere, la evolución de esta segunda etapa es diametralmente opuesta, pasando de un conflicto a otro con cierta naturalidad y obligando a los personajes, al menos a algunos de ellos, a modificar sus conductas siempre bajo el marco definitorio que se estableció en los primeros compases de la trama. Dicho de otro modo, la segunda temporada permite al espectador asistir a un entorno diferente en el que ya no es simplemente buenos contra malos en medio del océano, sino en el que juegan un papel importante la manipulación, las comunicaciones y la sociedad que ha sobrevivido a ese letal virus.

A esto se suma, además, el protagonismo que han adquirido personajes secundarios que en la primera temporada de The last ship eran mero contexto dramático. Dado que las expediciones a tierra firme son más habituales, la presencia de los personajes de Jocko Sims (Dreamgirls) y Travis Van Winkle (Mantervention) es consecuentemente más constante, derivando a su vez en un mejor y mayor tratamiento de los mismos. Asimismo, roles como el de Adam Baldwin (Gospel Hill) también evolucionan. En la mayoría de los casos ello es debido a un hecho tan aparentemente sencillo como determinante: la llegada al continente del destructor. Más allá de curas o de conflictos, más allá de héroes y villanos, la posibilidad de que el espectador conozca más a los protagonistas a través de sus relaciones personales y de su contacto con personajes ajenos a su entorno enriquece la historia.

Es por ello que esta nueva etapa tiene un tono más serio, al menos en el tratamiento de la historia y de los personajes. El desarrollo dramático del conjunto se ramifica en una suerte de abanico que ofrece muchas más posibilidades de explorar el mundo creado por Kane y Steinberg, amén de incorporar a unos villanos que ya no buscan la cura. Ni siquiera buscan un conflicto directo. Son villanos cuyo objetivo es autónomo, propio, y que no por casualidad entra en conflicto con el de los héroes. Dicho de otro modo, no dependen de los protagonistas para avanzar, lo cual les hace mucho más interesantes, sobre todo si se introduce al Presidente de Estados Unidos en la ecuación.

Problemas arrastrados

El resultado de este cambio (tal vez sea mejor llamarlo huída hacia adelante) es una mejoría notable en la impresión general de The last ship. Pero nada de ello impide que la serie sea lo que es, un producto propagandístico a mayor gloria de Estados Unidos y con momentos realmente obligados que no hacen sino reducir la credibilidad del conjunto. En otras palabras, sigue siendo una ficción mediocre, con unos actores que hacen lo que pueden con los personajes que tienen (algunos de ellos bastante unidimensionales) y que, en muchas ocasiones, se deja llevar por un desarrollo dramático cuanto menos cuestionable.

Aunque es cierto que esa mayor seriedad en el conjunto se filtra hasta los problemas que arrastra de la segunda temporada, no es menos cierto que simplemente es un lavado de cara para la serie. Es más, se pueden contar con los dedos de una mano los episodios que realmente son capaces de mantener un nivel correcto, sin obligaciones dramáticas absurdas y con diálogos coherentes en los que se aprecie un subtexto interesante. Por regla general, cuando esto se produce el espectador se encuentra a continuación con un giro forzado, encajado en la historia con calzador y que es obligado a aceptar por el bien de la ficción.

Y este es, en realidad, el gran problema de este tipo de producciones. Ninguna de ellas, y por supuesto esta tampoco, es capaz de renunciar a los elementos que reducen su calidad. Y claro está, tampoco logra cambiar su formato para acercarse a ficciones más sobrias, más adultas. Para muestra un botón: la muerte del villano de esta segunda temporada es tan patriota y heroica como  infantil y cómica. Que el capitán de un submarino grite de miedo cuando es derrotado después de todo lo que ha ocurrido a lo largo de 13 episodios es un intento algo burdo de convertirle en una parodia de si mismo.

Pero si algo hay que reconocer a The last ship es su capacidad para generar ganchos dramáticos, lo que sumado a determinados momentos más oscuros en la trama han convertido a esta segunda temporada en un producto superior a su predecesora. Sin ir más lejos, la actitud de la doctora interpretada por Rhona Mitra (Vidas robadas) ante un personaje un tanto odioso es simplemente brillante (no tanto la resolución del conflicto que eso crea), y las muertes en el bando de los héroes han supuesto giros argumentales interesantes, aunque habrá que ver cómo se aprovechan. Y no cabe duda de que el final es tan inesperado como impactante, lo que provoca un futuro prometedor siempre y cuando se decida por arriesgar en terreno desconocido.

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

‘El puente de los espías’: hombre firme, hombre tranquilo


Tom Hanks y Mark Rylance protagonizan 'El puente de los espías'.Hay algo en el cine de Steven Spielberg que le diferencia del resto. Dicho así, puede sonar a obviedad, pero lo cierto es que nadie, ni siquiera los mejores directores del panorama actual, tienen la magia que tiene el director de La terminal (2014). Llámese magia, aunque me decanto más por un lenguaje tan particular como universal, capaz de aprovechar al máximo todos los elementos de la narrativa audiovisual para componer cualquier tipo de historia. Y todo ello alejado de histrionismos y montajes alocados que no solo impiden una correcta comprensión de lo que sucede, sino que son señal de poco control sobre el resultado final.

Un director firme y tranquilo, como los protagonistas de El puente de los espías, una de esas cintas que en manos de otro director podría considerarse menor, pero que el talento de Spielberg convierte en un drama humano, en un thriller con tintes sociales y morales muy marcados, en una compleja y sencilla historia, en definitiva. Porque sí, la trama es más bien simple, e incluso su desarrollo dramático es excesivamente lineal. Pero es en lo que sucede durante ese viaje donde se halla el verdadero atractivo del film, principalmente en unos diálogos que juegan en todo momento al gato y al ratón, ofreciendo una segunda lectura que, como sugieren todos los profesores de guión cinematográfico, es lo que debe tener toda conversación.

En este sentido, la mano de los hermanos Coen (Un tipo serio) también se aprecia a lo largo de la trama. Su humor negro y su humanización de los personajes hace de esta historia de la Guerra Fría, de espías y de líderes de la inteligencia norteamericana y soviética, un compendio de ironías a cada cual más notable. Precisamente esto es uno de los valores más interesantes del film, pues permite apreciar el estoico aguante del rol de Tom Hanks (Al encuentro de Mr. Banks), espléndido como siempre, ante los engaños y envites de personajes que se consideran por encima del bien y del mal. La postura de este abogado de seguros ante el suceso, no solo el canje de prisioneros sino, en general, ante la justicia norteamericana, es todo un alarde de sinceridad moral. Y posiblemente esa defensa de los valores norteamericanos, con unos discursos algo patrióticos, es lo que más chirríe en la película.

Y es que, en el fondo, El puente de los espías no es un alegato a favor o en contra de un estilo de vida. Es, simple y llanamente, la defensa de una forma de ser, de la integridad moral del individuo ante los ataques y las tentaciones de la sociedad por dar gusto a los instintos más básicos y primarios, desde el miedo hasta la dominación del otro. Es aquí donde logra los mejores momentos, aunque sin perder de vista el contexto en el que se mueve (la construcción del Muro de Berlín y lo que ocurre en dicho lugar es aterrador). Spielberg vuelve a demostrar, si es que alguien necesita que se lo demuestren, que está lejos, muy lejos, de los grandes directores del momento. No digamos ya de los realizadores encargados de productos precocinados.

Nota: 8/10

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