‘Dunkerque’: los silenciosos tiempos de la guerra


Hace ya tiempo que entrar en una sala de cine para ver una película de Christopher Nolan (El truco final) es de por sí una experiencia multisensorial. Visualmente poderosas, el uso del sonido y de los efectos potencian una narrativa suficientemente impactante y sólida por sí sola. La última cinta del realizador británico viene a confirmar un secreto a voces: que estamos ante el que posiblemente sea el mejor director de su generación y, hasta cierto punto, un heredero de Stanley Kubrick (La chaqueta metálica).

La labor de Nolan tras las cámaras de Dunkerque alcanza su máxima expresión en todos los aspectos. Con una historia tan sencilla como compleja de narrar por la cantidad de escenarios y personajes necesarios para representar la acción, el director se limita a hacer lo que mejor sabe hacer: atenazar al espectador con unos planos espectaculares y sobrecogedores, aferrarlo a su asiento con la tensión dramática y la angustia de unos hombres a merced de la suerte y de un aciago destino del que no parece que puedan escapar. Con pocos diálogos, la cinta apuesta por potenciar el sonido de un modo cuanto menos particular. Sin grandes fanfarrias ni estruendos innecesarios, los graves provocados por los motores de los aviones, los impactos de bala o los estallidos de las bombas mantienen prácticamente todo el relato con un trasfondo tenso no apto para personas que se angustien fácilmente.

A esta narrativa se suma, para rizar el rizo, el particular gusto de los hermanos Nolan por los tiempos de la narración. Si bien al comienzo puede despistar, el uso de secuencias clave permite al espectador recomponer el puzzle que representa este rescate de más de 300.000 personas de una playa a través de la visión de un puñado de personajes repartidos por tierra, mar y aire. De este modo, y más allá del relato, el film se despliega como un mapa a descifrar que hace aún más interesante, si cabe, una trama carente de grandes giros argumentales o enemigos a las puertas, pero enriquecido con un dramatismo propio de los films que forman parte de la historia. Y es aquí donde radica la magia del genio de Nolan, en ser capaz de permitir al espectador desentrañar de forma gradual la maraña narrativa que parece mostrar en un principio (y la palabra clave es “parece”).

Puede que Dunkerque no sea una película perfecta. De hecho, en este juego narrativo con tantos y variopintos personajes donde los diálogos brillan por su ausencia en buena parte del metraje, los protagonistas son los que peor parados salen. Tantos roles impiden una buena definición de ellos, aunque sí lo suficiente como para dotar al conjunto de la profundidad dramática necesaria. Es un mal menor y necesario en una épica obra como esta que sobrecoge, hipnotiza y enamora a partes iguales. Que Nolan haya vuelto a crear una obra extraordinaria empieza a ser algo habitual. Que lo haga con géneros tan dispares como sus últimas obras le acerca un poco más al Olimpo de los grandes directores de la historia del cine.

Nota: 9/10

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‘Baywatch: Los vigilantes de la playa’: un episodio de una serie cutre de los 90


Hay películas que nacen única y exclusivamente para satisfacer eso que se conoce como ‘placer culpable’. Y si son adaptaciones de otros productos previos, suelen tener más efecto en aquellas generaciones que han crecido con sus historias. Pasa siempre, para bien y para mal. Y la nueva comedia de Seth Gordon (Cómo acabar con tu jefe) no es, ni mucho menos, una excepción. Es más, es el mejor ejemplo. Posiblemente lo mejor de la cinta sea que es consciente de esto, que no huye de ello y que incluso lo abraza, parodiando la serie de televisión original y riéndose de sí misma como pocas cintas son capaces de hacer.

Y es ahí donde Baywatch: Los vigilantes de la playa logra sus mejores momentos, que no son cumbres en el séptimo arte pero que, por lo menos, logran arrancar varias carcajadas. Narrativamente hablando, la película es, como uno de los personajes menciona en un momento dado, un episodio de una serie cutre de los 90. En efecto, el argumento, si es que existe, es totalmente plano, sin giros dramáticos y con un desarrollo deliberadamente lineal. Sus personajes, arquetípicos hasta resultar cansinos, funcionan gracias a la química de sus dos protagonistas y, porqué no, a la gracia y calidad de algunos secundarios. Y es que resulta curioso comprobar cómo este reparto, sin estar entre lo mejor de la interpretación, sabe dotar a sus respectivos roles de una entidad que no tienen sobre el papel, elevando ligeramente el nivel de la cinta.

Pero seamos serios, estamos ante una producción diseñada para vender entradas, palomitas y todo tipo de merchandising que se pueda imaginar. No tiene otro objetivo, y prueba de ello es que se olvida casi tan rápido como se consume. Bueno, puede que más rápido. Con un diseño visual vistoso, valga la redundancia, la cinta logra no aburrir demasiado gracias a un buen equilibrio entre la acción y el humor (lo del argumento, repito, lo dejamos en ‘Se busca’). De hecho, cuando más puntos pierde es cuando trata de ponerse algo dramática y da a sus personajes una situación adversa a la que enfrentarse, evidenciando no solo las carencias de sus actores, sino de su propia trama, incapaz de soportar un mínimo peso de algo que no sean los músculos, los bañadores y las cámaras lentas explotando los atributos de sus protagonistas femeninas.

Así que sí, Baywatch: Los vigilantes de la playa es un capítulo más de aquella mítica serie que tanto definió la cultura de alguna que otra generación. Y como tal episodio largo, es más simple que los salvavidas que utilizan los protagonistas. Lineal, sin contrapesos dramáticos, con personajes a cada cual más simple y con arena, mar y sol, la cinta es capaz de sobrevivir casi dos horas. Lo mejor: su intrascendencia, el humor utilizado y las tomas falsas finales. Lo peor: que no ofrece nada. Se podría haber evitado, es cierto, pero la nostalgia es la nostalgia. Aunque una cosa hay que reconocer a esta cinta: conoce sus limitaciones, las respeta y las explota. Al menos no insulta la inteligencia del espectador.

Nota: 5,5/10

Para saber ‘Cómo se escribe un guión’ bastan cuatro obras maestras


El guión, ese texto que es la piedra angular de cualquier obra cinematográfica, ha sido objeto de numerosos ensayos, libros y manuales. En un futuro abordaremos textos más técnicos, pero por ahora nos centraremos en un libro perteneciente a la serie ‘Signo e Imagen’ de la editorial Cátedra. Escrito por Michel Chion, bajo el título Cómo se escribe un guión se realiza una visión general sobre el arte y el trabajo de escribir un guión, desde los elementos que lo conforman hasta las partes del proceso de escritura e incluso los diferentes tipos de guiones que existen.

Pero si algo diferencia a este volumen de muchos otros es su estructura. En lugar de abordar todos los elementos del guión desde un punto de vista teórico y utilizando contados ejemplos, la obra de Chion se divide, básicamente, en dos partes (existe una tercera muy reducida sobre las formas de presentar un guión). Si bien es cierto que la central aborda temas como la creación de personajes, los procedimientos narrativos o las partes del texto, es su primera parte la que posee más interés por ser la que diferencia de otros volúmenes.

Y es que el libro comienza abordando desde un punto de vista puramente didáctico y narrativo cuatro películas que, para el autor, son claro ejemplo de un guión completo y bien estructurado. Cabe añadir que dichas obras maestras pertenecen a diferentes maestros del cine clásico, desde los orígenes del cine hasta las últimas décadas del siglo pasado. A través de una sinopsis, un análisis de su estructura y un repaso escena a escena el autor ofrece no solo una visión completa de dichos films, permitiendo su comprensión casi sin necesidad de verlos, sino también una referencia para las técnicas y los elementos diseccionados en páginas posteriores, lo que sumado a los ejemplos utilizados convierte a este manual en un completo volumen.

Cuatro obras maestras

Las películas que Michel Chion toma como referentes pertenecen a géneros, países y épocas totalmente diferentes. Sobre todas ellas volveremos antes o después, pero es necesario señalar que, en mayor o menor medida, han influido en el cine de su época y del realizado después. La primera de ellas es Pauline en la playa (1983), escrita y dirigida por Eric Rohmer y, al igual que toda la filmografía del director de El rayo verde, todo un ejercicio de simbolismo y realismo narrativo en el que el guión siempre parece inconexo y algo confuso narrativamente hablando, pero nada más lejos de la realidad. La credibilidad de sus personajes, la evolución de las tramas y la crudeza de las relaciones entre los mismos convierten a las películas de Rohmer en auténticos documentos de la forma de vida de una época muy determinada.

La segunda película, Tener y no tener (1944), apenas necesita presentación. Dirigida por Howard Hawks (Río rojo) y protagonizada por Humphrey Bogart (Casablanca) y Lauren Bacall (El sueño eterno), la historia se basa en un texto de Hemingway ambientado en Francia durante la II Guerra Mundial, en el que la resistencia, personajes que actúan por su propio interés y operaciones encubiertas se dan la mano. Como suele ocurrir en este tipo de películas, el guión camina por un sendero seguro pero al mismo tiempo intrigante, ocultando informaciones, ofreciendo hechos que pueden resultar engañosos, …

El testamento del Dr. Mabuse (1933), de Fritz Lang con guión de Thea Von Harbou, es una de las primeras películas sonoras que dirigió en Alemania el autor de Metrópolis. La historia continua la narrada en las dos partes de Dr. Mabuse, esta vez centrando la acción más en la intriga, los personajes engañosos y un documento que puede hacer caer a cualquier sociedad civilizada. Como era habitual en el director, el guión encierra una clara referencia al nazismo. La estructura, al igual que Tener y no tener, es más bien clásica, alternando las diferentes tramas en un equilibrio que engancha al espectador hasta su resolución final.

Por último, en 1955 Kenji Mizoguchi estrenaba El Intendente Sansho, una historia ambientada en el Japón del siglo XI con una fuerte moraleja y en la que una familia es secuestrada por unos bandidos y separada. Los hijos, vendidos como esclavos al personaje del título, evolucionan de forma muy diferente, hasta llegar a un aciago final en el que las acciones llevadas a cabo durante sus vidas serán determinantes. Basada en un relato original de Ogai Mori, el guión es todo un modelo de melodrama, combinando a la perfección el contenido político con el humano, el dolor ajeno con las decisiones personales; todo terminando en un final que supone el punto álgido de una ascensión dramática continua.

Con estos cuatro ejemplos (aquí resumidos, en algunos casos puede que demasiado), Chion aborda unos guiones que, cada uno en su género y estilo, son referentes de una estructura cuidada y desarrollada. Cuatro historias que, aunque muy diferentes entre sí, comparten la categoría de obras maestras y el hecho de contar con un material de base contundente, elaborado y muy completo.

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