‘Mamá y papá’: amor mortal de padres a hijos


A Brian Taylor (Crank: Alto voltaje) se le pueden achacar muchas cosas, pero falta de originalidad no es precisamente una de ellas. Si a eso le sumamos un lenguaje visual algo histriónico, con tendencia al movimiento excesivo (en algunos casos sin sentido) y a un actor como Nicolas Cage (Como perros salvajes) dando rienda suelta al desenfreno más absoluto, nos encontramos con esta extraña y alocada cinta en la que el instinto maternal y paternal se torna en unas ansias irrefrenables de matar a la progenie.

En efecto, todo eso es Mamá y papá. Una cinta que dedica el tiempo justo a la presentación de personajes y de la situación de partida para entrar de lleno en una locura a medio camino entre el drama y el humor negro, muy negro. Con referencias a todo tipo de películas, desde el clásico Los pájaros (1963) hasta la versión de Zack Snyder de Amanecer de los muertos (2004), Taylor construye un relato que, más allá de su fuerza visual y un montaje cuanto menos curioso, pone sobre la mesa algunas reflexiones interesantes sobre la sociedad, la relación paterno filial y los sacrificios que hace cada uno de los miembros de una familia por el bien de todos.

Quizá el mayor problema del film sea ese, que simplemente deja sobre la mesa interesantes elementos en los que podría haber ahondado algo más. Eso, y que Taylor se entrega en exceso en algunos momentos a ese estilo visual tan particular, introduciendo planos innecesarios que, aunque acentúan la sensación de caos y psicosis, perfectamente se podrían haber ahorrado. En el lado opuesto de la balanza, dos hechos fundamentales: por un lado, el director opta por no recurrir al gore al que invita la premisa de la cinta, lo que no solo remarca ese cierto humor negro que desprende el relato, sino que dota al conjunto de una elegancia inesperada. Por otro, la introducción de un tercer factor en la trama: los abuelos. Su presencia en el tercio final del film es un punto de giro tan evidente y a la vez eficaz que permite desatar completamente el surrealismo de la historia, gracias entre otras cosas a un Lance Henriksen (Un gran día) en estado de gracia.

Desde luego, Mamá y papá no es tanto como parece en un primer momento. Ni es tan violenta, ni tan sangrienta, ni desde luego tan alocada como podría pensarse. Pero precisamente en ese control de una historia que podría salirse de madre con facilidad es donde está lo mejor de la cinta dirigida con acierto por Taylor. Visualmente impactante en algunos momentos, aunque el argumento se limita solo a plantear los hechos, la locura que aportan Cage, Henriksen y Selma Blair (Hellboy), esta última la más siniestra de los tres, y el humor que desprenden algunas situaciones hacen de esta cinta una delicia de lo más surrealista a disfrutar y descubrir.

Nota: 7/10

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‘El hilo invisible’: intoxicados de amor


Paul Thomas Anderson (Boogie Nights) nunca ha sido un director al uso. Su narrativa tiende a ser intimista, a explorar las emociones contenidas en una mirada, en un silencio. Y aunque decir esto de sus historias es una obviedad, es importante tenerlo en cuenta a la hora de entender el desarrollo de su último film, de una belleza visual sublime y con el mundo de la moda como excusa para abordar las relaciones humanas y cómo el amor cambia a las personas.

Porque más allá de patrones, medidas y telas, El hilo invisible es un testimonio sobre la influencia de nuestras emociones y de aquellos que nos importan. El protagonista, un extraordinario Daniel Day-Lewis (Mi pie izquierdo) en el que es su último papel, cambia poco a poco, de un modo sutil y tan solo en algunos detalles, al conocer a la mujer de su vida. Pero lo realmente interesante es el lenguaje narrativo entre la introspección de sus reflexiones y la representación física de esa relación. Y me explico. A lo largo del relato se desarrolla una confrontación, una especie de lenguaje entre la lucha interna del protagonista por no mantener su esencia y la influencia externa de su joven amor, materializada en esas setas que se convierten en un símbolo de cómo los sentimientos nos pueden llegar a afectar.

La narrativa de Anderson, como es habitual, hace que el desarrollo del relato sea arduo, intenso emocionalmente y aséptico en su montaje. Sin embargo, ofrece al espectador numerosas reflexiones que convierten al conjunto en una obra tan interesante como atractiva visualmente. Vestida de historia de la alta costura, la trama en realidad aborda el amor y las relaciones con un afán casi enfermizo. Al igual que su rol principal, la película solo desnuda su alma en muy contadas ocasiones, dejando en la retina algunas de las mejores y más intensas secuencias, todas ellas con Day-Lewis y Vicky Krieps (Colonia) como protagonistas. Y es en esos momentos cuando el espectador puede comprender realmente el meollo de lo que se relata.

Así, El hilo invisible ofrece al espectador tantas lecturas como niveles dramáticos posee. Habrá quien se quede en un tormentoso relato de amor en el mundo de la alta costura. Habrá quien vea la historia de un hombre que sucumbe al amor y el caos que este trae. Y la obra de Paul Thomas Anderson es todo eso y más. El director hace gala de su talento para adentrarse en los entresijos de las relaciones y su influencia sobre el comportamiento humano, y es ahí donde la película y un reparto sublime se hacen enormes. Como todo el cine del director, no es apta para todas las sensibilidades, pero sin duda es una de las películas del año.

Nota: 8/10

‘Call me by your name’: el arte de descubrir nuestra sexualidad


La nueva película de Luca Guadagnino (Cegados por el sol) ha sido una de las sorpresas en las nominaciones de los Oscar. Motivos no le faltan. El despertar sexual de un o una adolescente puede tratarse de numerosas formas en el cine, desde una entrega salvaje a los deseos hasta una introspección malsana en una lucha contra los sentimientos. Pero hacerlo con la elegancia, la sutileza y la intimidad con el que lo hace este film no está al alcance de todos, principalmente porque, aquí más que nunca, el resultado final no es obra de una única persona.

Para empezar, el guión de James Ivory (Lo que queda del día) es una delicada estructura de emociones adolescentes que todos los espectadores, en mayor o menor medida, pueden recordar. Desde ese odio adolescente a alguien que despierta en nosotros sentimientos que no entendemos, hasta el primer corazón roto o el primer flirteo con esa amiga que pudo y nunca llegó a ser una pareja. A través de la mirada del joven interpretado de forma extraordinaria por Timothée Chalamet (One and Two) la historia de Call me by your name hace un recorrido por todas y cada una de las emociones de ese primer amor, del despertar sexual a un mundo desconocido y, en ese verano de 1983, todavía prohibido en público. En este sentido, y aunque en algún momento pueda existir una carencia de ritmo, la trama se revela como una estructura sólida, distribuyendo con precisión los giros dramáticos para situar al protagonista en una vorágine que ni él mismo llega a comprender del todo.

Pero decía que el resultado final depende de muchos factores. En efecto, al espléndido guión se suma un lenguaje visual casi amateur en algunos momentos, como si la cámara fuera un personaje más en ese verano inolvidable. A eso contribuye la fotografía, natural como pocas veces se puede ver ya en pantalla. Y por supuesto, el reparto. Más allá de la labor indescriptible de Chalamet (atentos al plano que acompaña los títulos de crédito), todos los actores dotan a sus personajes de una sobriedad digna de ser aplaudida, en especial un Armie Hammer (El nacimiento de una nación) alejado de los papeles que le han hecho famoso y demostrando que tiene mucho que aportar. Es más, su personaje es posiblemente uno de los más complejos y atractivos del film, y Hammer logra dotarle, si cabe, de un sinfín de matices.

En el fondo, Call me by your name es la vida de todos. Porque todos, en algún momento, hemos pasado por la mezcla de emociones que vive el joven protagonista. Al igual que ocurre con el idioma en su familia (en el film se habla italiano, francés, inglés y alemán), la película combina y explora emociones de un modo indiscriminado, pasando de un sentimiento a otro sin mediar palabra y siempre, y ante todo, con una sutileza ejemplar. Para muchos el film puede que no diga absolutamente nada en determinados momentos, que se convierta en una historia meramente contemplativa de la belleza. Pero al igual que el personaje de Michael Stuhlbarg (El caso Sloane), el espectador es eso, un espectador de lo que ocurre, valga la redundancia. Y lo que ocurre es tan íntimo que muchas veces puede pasar desapercibido. Lo importante, en este caso, es el resultado, las emociones con las que se sale de la sala. Y en este sentido, el film se hace grande.

Nota: 8/10

‘La Llamada’: Lo hacemos y ya vemos


Vaya por delante que no he tenido el placer de ver en directo la obra de teatro ‘La Llamada’, por lo que mi visión de esta adaptación cinematográfica realizada por sus autores e interpretada por los mismos actores es, digamos, virgen. Y no sé si eso será bueno o malo, pero facilita una visión más audiovisual de esta comedia musical.

Y bajo este prisma lo primero que hay que decir es que la película crece de forma progresiva conforme la trama avanza. Con un comienzo que puede resultar un poco titubeante, en tanto en cuanto los pilares dramáticos de la historia se presentan con un primer número y se mantienen latentes en un segundo plano durante buena parte del primer acto, una vez la trama se centra por completo en la relación del personaje de Macarena García (Villaviciosa de al lado) con Dios, y cómo esto afecta al resto de roles, la historia explota al máximo su potencial para convertirse en una comedia fresca, dinámica y con una reflexión que a priori no tiene moraleja, pero que sí un mensaje de libertad muy concreto.

A esto se suman unos números musicales tan sencillos como divertidos, bien dosificados a lo largo de la trama y con las canciones de Whitney Houston como grandes atractivos. Eso por no hablar de ese último tema electro latino con una coreografía tan divertida como surrealista por el contexto en el que se produce. Amén de un reparto que desprende diversión en cada plano y que, para bien o para mal, tiende a ser un poco teatral. Todo ello, en definitiva, genera ese aura de diversión sin maldad, de historia adolescente sobre el amor libre, sobre la tolerancia y sobre la amistad. Y conseguir eso en estos tiempos es sumamente difícil.

De este modo, independientemente de la obra de teatro, La Llamada es una obra alegre, fresca y divertida, con un comienzo que puede trastocar la idea preconcebida de aquellos que no hayan visto la obra sobre los escenarios. Y sí, sus inicios pueden tener una cierta carencia de ritmo, pero se compensa con creces cuando el meollo de la historia toma el control de todos los personajes y sus respectivas tramas secundarias, construyendo un relato único en torno a unos pocos conceptos que obligan a reflexionar más allá de la música o de la religión (que en el fondo no es su motivo principal).

Nota: 6,5/10

‘Madre!’: la destrucción del amor


Vaya por delante que Madre! es una película escrita y dirigida por Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño). Y eso, en esencia, es decirlo casi todo de un obra de este director. Su último trabajo, una suerte de redención de aquella extraña y fallida apuesta que fue Noé (2014), es una historia compleja, interpretable en muchos niveles y con una profundidad moral, dramática y reflexiva que obliga al espectador a repasar las escenas mentalmente una y otra vez.

Bajo el paraguas de una casa, dos personajes y una serie de secundarios que entran y salen sin tener en principio demasiado sentido dentro de la trama, Aronofsky crea de la nada, como si de un Dios se tratara, una interpretación de la existencia del ser humano a través de la religión. Lo que el cristianismo es para los creyentes, la poesía es para todos los personajes que rodean a unos extraordinarios Javier Bardem (El consejero) y Jennifer Lawrence (El lado bueno de las cosas). Y dicho esto, la interpretación de esta extraña y por momentos surrealista historia debería de ser relativamente sencilla de comprender. Ahora bien, lo que representa la pareja protagonista lo dejaré a elección del espectador.

En efecto, la casa construida por Aronofsky para albergar esta historia viene a ser un mundo en el que la locura, la violencia, el amor, el egoísmo, la vida y la muerte se dan cita. El problema de la película, si es que tiene alguno, es el propio Aronofsky. No es un director sencillo, más bien al contrario, y eso posiblemente llevará a muchos a considerar esta obra una amalgama de propuestas con poco sentido, propia de un director que se considera por encima de todo y de todos. Nada más lejos de la realidad. La visión del autor de Pi, fe en el caos (1998) es una muestra más de la genialidad de un director capaz de comparar religión y poesía, de narrar cómo el hombre destruye lo que le es dado y separa a Dios del amor. Y todo ello con un relato caótico, hermoso, intrigante y apocalíptico que deja algunos momentos sumamente perturbadores.

Desde luego, Madre! no es una película para todos los públicos. Los amantes de Darren Aronofsky volverán a encontrarse con ese director que logra con cada plano narrar más allá de lo que ven los ojos, más allá de lo que interpretan los actores. Un regreso por todo lo alto que, sin embargo, posiblemente no guste a aquellos que solo quieran ver un drama con toques de intriga. Hay muchos más niveles dentro de esa casa, del mismo modo que hay muchos más niveles interpretativos dentro de esta película. Entregarse por completo a la reflexión que plantea es un desafío que merece mucho la pena.

Nota: 8/10

‘Passengers’: entre el amor y el egoísmo


Jennifer Lawrence y Chris Pratt, supervivientes en 'Passengers'.He de confesar que las odiseas espaciales, habitualmente, tienden a ser fotocopias unas de otras. El caos que se apodera de la trama tiende a terminar en sacrificio o en una acción desesperada que finalice el viaje interestelar. Y tanto las decisiones como las motivaciones suelen estar definidas por la dificultad a superar, ya sea una criatura, una máquina o el propio espacio. Por eso puede llegar a sorprender que historias como la protagonizada por Jennifer Lawrence (El lado bueno de las cosas) y Chris Pratt (Eternamente comprometidos), a pesar de tener todos esos elementos en común, centra su atención en algo pocas veces visto en pantalla, ya sea en medio del espacio o en una isla desierta.

Y eso es, nada más y nada menos, que la elección entre el egoísmo o el amor, entre el beneficio personal y el respeto al prójimo. Es aquí donde Passengers alcanza toda su plenitud, y es donde la trama realmente adquiere un significado real, en tanto en cuanto plantea los dilemas morales y sociales en un entorno aislado y ante una situación extrema. Esto, unido al desarrollo de los problemas que presenta la nave, y que van evolucionando poco a poco sin que los protagonistas lleguen a comprender el alcance, dota al conjunto de un mayor dramatismo que en su tercio final puede pecar de cierto exceso, algo que por otro lado puede ser comprensible por exigencias dramáticas.

Lo cierto es que la cinta dirigida por Morten Tyldum (Headhunters) es una grata sorpresa porque se aleja de los cánones en este tipo de historias. Aunque puede pecar de cierta falta de desarrollo en los retos a los que se enfrentan los protagonistas, el hecho de que la trama se centre en ellos, en su relación y en su soledad en una suerte de Arca de Noé ante un final inevitable convierte a esta historia en una reflexión sobre conceptos que todos, en algún que otro momento, nos hemos planteado. Y lo hace, además, con ciertas dosis de humor en sus inicios, logrando que el desarrollo dramático sea, si cabe, más destacado.

En realidad Passengers no es una gran película, y de hecho no pretende serlo. Es un entretenimiento, sí, pero ofrece al espectador algo más que aparatosos efectos especiales. Y lo que ofrece es algo tan poco habitual en este tipo de historias que cuando se encuentra resulta reconfortante. Es algo similar a lo que ocurre con Marte (2015), aunque en esta ocasión con dilemas morales de por medio, lo que confirma una vez más (¿cuándo se darán cuenta los responsables de Hollywood?) que vale más una buena historia, unos buenos personajes y unos buenos actores que cualquier espectacular y costoso efecto especial.

Nota: 7/10

‘Carol’: el minimalismo de una relación prohibida


Rooney Mara y Cate Blanchett protagonizan 'Carol'.Suele decirse que la comedia es el género más difícil en el cine. Encontrar el tono exacto y saber lo que hace reír suele ser una tarea ardua. Pero cintas como lo nuevo de Todd Haynes (Safe) evidencian que el drama exige de un calculado desarrollo en su contenido y en su forma para evitar caer en los excesos o, lo que puede ser más importante, no lograr transmitir lo que viven los personajes. Es en ese equilibrio donde se mueve esta historia de amor entre dos mujeres que pide al espectador una atención especial al subtexto dramático, pero que a cambio le ofrece una trama cargada de emoción.

Puede parecer a simple vista que el argumento, por cortesía de la escritora Patricia Highsmith, sea demasiado simple. Y en realidad, el desarrollo de la trama no presenta grandes conflictos dramáticos durante buena parte del metraje. Sin embargo, esa aparente ausencia de acción es el caldo de cultivo idóneo para explorar las emociones de dos mujeres muy diferentes a las que les une un amor inconcebible en los años 50. Las miradas, los sutiles gestos de ambas y el lenguaje que ocultan los diálogos que mantienen son en realidad los elementos utilizados (y magníficamente aprovechados) por Haynes para explorar las emociones que desprende el film.

Aunque es su tercio final, el que corresponde al clímax y el desenlace de la historia, el realmente cautivador. Si durante toda la trama tanto Cate Blanchett (Cenicienta), una de las pocas damas que quedan en Hollywood, como Rooney Mara (En un lugar sin ley), cuyo papel es simplemente brillante, trabajan sus emociones en el ámbito más personal posible, es en este último tramo de la historia cuando ambas ofrecen su mejor versión, potenciando la carga dramática de unos personajes que se ven obligados a asumir su verdadero ser ante una sociedad que las considera, como mínimo, inmorales.

De este modo, Carol se aleja de tratamientos tradicionales para apostar por el intimismo de una relación que debe ocultarse a plena luz del día en la América de los años 50. Es esa necesidad de mantener en las sombras un secreto “inconfesable” lo que lleva a Haynes a abordar la relación con cierta distancia, acercándose a medida que avanza la historia hasta entrar de lleno en las consecuencias sociales y personales de la decisión de las protagonistas. Una película de emociones contenidas que cautiva por una puesta en escena elegante y sobria, por unas actuaciones incomparables y por una sencillez y un minimalismo abrumadores.

Nota: 7,5/10

‘La novia’: unas bodas de sangre incalificables


Irma Cuesta es 'La novia', basada en las 'Bodas de Sangre' de Lorca.Escribo estas líneas apenas unas horas después de ver lo que a todas luces es la película española del año, y la que debería ser la gran triunfadora de los próximos premios Goya. Soy consciente de que lo que se lea a continuación tiene un alto grado de subyugación por la belleza, la emoción y la pasión que desprenden todos los fotogramas del film de Paula Ortiz (De tu ventana a la mía). No hay casi reflexión ni sesudo análisis de cada aspecto fílmico de esta obra. En realidad, no es necesario.

Porque La novia no necesita de mucho tiempo para enamorar al espectador. Y esa pasión con la que emociona permanecerá minutos, horas, días y semanas después de ser disfrutada. Y sí, solo puede disfrutarse. Disfrutar de su arrebatadora puesta en escena, con unos paisajes tan agrestes como cálidos, tan duros como atractivos. Disfrutar de su reparto, desde Inma Cuesta (La voz dormida), que vuelve a erigirse como una de las mejores actrices del momento, hasta los dos hombres que luchan por su amor, ambos en estado de gracia. Lo cierto es que todo en esta dramática historia inspirada en las ‘Bodas de sangre’ de Federico García Lorca es perfecto, lo que da lugar a una obra redonda, simplemente brillante y a la que cualquier calificativo, cualquier clasificación, se le queda corta.

Y es que más allá del aspecto visual está el narrativo. Simbólicamente enriquecedora, la directora se nutre de numerosas influencias pictóricas, musicales y literarias para expresar sentimientos que van más allá de lo que aparentemente puede verse en pantalla, que por cierto ya es mucho. Desde Goya hasta el rey Arturo, pasando por Leonard Cohen, todo en la cinta está encajado perfectamente para transportar al espectador a un mundo casi onírico en el que el expresionismo y algunos toques surrealistas narran aquello que el ojo no ve. Todo para explicar el doloroso debate emocional y moral al que se somete la joven novia aconsejada por una anciana que guarda el golpe maestro final de una obra maestra.

Dicho esto, habrá quienes tal vez no encuentren en La novia todo aquello que trata de expresar. Incluso muchos simplemente vean en la cinta de Paula Ortiz un triángulo amoroso bellamente envuelto, pero nada más. Sin embargo, sí hay más. Mucho más. Quizá la evidencia más clara sea la facilidad con la que poesía y narrativa se combinan en una historia de sangre, pasión y muerte. Pero eso es solo la punta de un iceberg emocional mucho más grande. Una película de obligado visionado.

Nota: 10/10

3ª T. de ‘The following’, final adecuado para un desarrollo forzado


La tercera temporada de 'The Following' es un final digno para la serieA Kevin Williamson siempre habrá que reconocerle el mérito de resucitar el cine de terror con Scream (1996) y Sé lo que hicisteis el último verano (1997). Incluso marcó a toda una generación con ese drama adolescente sobrecargado de filosofía que fue la serie Dawson Crece. Pero todas esas obras pecan de algo que también ha sufrido su última creación, The following, cuya tercera y última temporada ha sido, por decirlo de algún modo, un correcto broche a un desarrollo que adquiría por momentos tintes casi irreales. Estos últimos 15 episodios son el perfecto resumen de lo mejor y lo peor que ha ofrecido esta serie.

La tendencia de Williamson a situar a sus personajes en situaciones límite es, posiblemente, el mayor pecado de sus creaciones. No es que sea algo necesariamente malo, pues muchas de sus tramas se han beneficiado de ello. Pero por lo general, y si no está acompañado de un desarrollo coherente, suele crear situaciones cuanto menos cuestionables. El caso de la serie protagonizada por Kevin Bacon (X-Men: Primera generación) pertenece a esa categoría general. En efecto, la tercera temporada, que planteaba un escenario relativamente nuevo, recae en la obsesión del guionista de colocar a su protagonista en una evolución narrativa cuyos giros argumentales no dan tregua al espectador, en una escalada dramática que alcanza cotas poco lógicas.

En este sentido, The following llega a coquetear con la posibilidad de que el héroe encuentre a su alter ego en la que siempre había sido su némesis. Vamos, que el policía se convierta en asesino. Y si bien es cierto que los episodios que protagonizan este conato evolutivo son de los mejores, también es cierto que resulta una situación un tanto extraña. Además, la necesidad de dar un final a personajes como el de James Purefoy (Templario) y Gregg Henry (Any day now) obliga a la historia a desviarse un poco de lo verdaderamente relevante, lo que termina por convertir a esta tercera temporada en una suerte de cajón de sastre que pueda dar respuesta a todas, o casi todas, las preguntas.

El principal problema de esto es que no está estructurado como un proceso orgánico. A pesar de que la persecución de un nuevo villano (muy bien interpretado por Michael Ealy, visto en la serie Almost human) permite a la trama focalizar la atención sobre un nuevo interés dramático, la necesidad de cerrar historias secundarias abiertas obliga a desviar dicha atención en favor de algo más urgente, que es precisamente dar un final a los asesinos en serie que han sobrevivido a lo largo de las anteriores temporadas. El resultado, en líneas generales, es una temporada final irregular, con buenos momentos generados por los nuevos personajes y la evolución del protagonista, y con momentos más forzados dramáticamente hablando motivados por los viejos conocidos. ¡Ah!, y tratando de recuperar la inspiración de Edgar Allan Poe que dio pie a la primera temporada.

El amor al trabajo

'The Following' presenta a un variado grupo de villanos en su 3ª T.Pero como decía, The following presenta un episodio final correcto. Más que correcto. El destino del personaje de Bacon no solo es lógico, esperado y satisfactorio, sino que convierte al héroe en un antihéroe, en un personaje que debe luchar contra el mundo desde las sombras, todo con el fin de proteger a los que considera su familia. En este sentido, Ryan Hardy termina la serie como la empieza, es decir, como un hombre solitario, que ha dejado todo y a todos de lado por su obsesión con los criminales, con cazar a los culpables de una vida que, aunque aparentemente no desea, en realidad no es capaz de evitarla.

El significado de ese final en el hospital es, quizá, lo mejor de toda la serie, ofreciendo un sentido a la ficción y permitiendo al espectador encontrar un sentido al viaje iniciado hace tres años, aunque para ello haya tenido que soportar algunos momentos verdaderamente pasados de vueltas. De hecho, uno de los más surrealistas es el que se produce justo antes de ese final, en un puente que vive una resurrección al más puro estilo zombie única y exclusivamente para servir de excusa a las necesidades narrativas que componen la conclusión de la serie. Es tan absurdo como hilarante, pero puede perdonarse si lo único que interesa es el final de la serie.

Con todo y con eso, uno de los aspectos más interesantes de esta última entrega episódica es la evolución de sus personajes. Mejor dicho, de sus héroes. Porque junto a los cambios que sufre el personaje de Bacon es importante señalar los que sufre el rol de Shawn Ashmore (X-Men 2) y Jessica Stroud (Ted), esta última en una medida mucho menor. Todos ellos, ya sea por pérdidas o por ataques contra su pasado más íntimo, presentan unos cambios que les llevan a modificar sus patrones de conducta hacia un carácter más reservado e individualista. Vamos, más parecidos al héroe. El problema es que sus respectivas definiciones a lo largo de los episodios han sido tan débiles (sobre todo la de ella) que dichos cambios no tienen una justificación clara, lo que a la larga impide una identificación con dichas decisiones.

Dicho esto, y sin que esta tercera y última temporada pueda considerarse notable, The following pone un broche más que digno a su corta existencia. Dejando a un lado las concesiones dramáticas, algunas más absurdas que otras, la serie termina como debe, con un héroe marcado para siempre y condenado a vivir en el anonimato en busca de una organización criminal que, a todas luces, es demasiado grande como para derrocarla. Como ya he dicho, que el recorrido para llegar hasta allí haya sido más o menos irregular queda mitigado por esa conclusión, pero no por ello debe ser olvidado. Kevin Williamson vuelve a demostrar que maneja bien los elementos del thriller, pero también que le cuesta mucho controlar el desarrollo de sus tramas.

‘Una semana en Córcega’: de jabalíes y hombres


Vincent Cassel sufre el acoso de Lola Le Lann en 'Una semana en Córcega'.Que una joven seduzca a un experimentado y atractivo hombre maduro no es algo nuevo en el cine. A lo largo de la historia ha habido tratamientos para todos los gustos, desde el drama hasta el erotismo, pasando por la comedia de enredo o, incluso, el terror. Por eso lo que presenta Jean-François Richet (De l’amour) en su nueva película no es precisamente novedoso o sorprendente, pero son algunos detalles los que convierten a esta comedia en algo más que un mero recorrido por terrenos ya andados.

No quiere esto decir que no sea previsible. De hecho, no creo que haya nadie que espere algo más de lo que puede verse en su desarrollo. Las situaciones que viven los personajes, el modo en que se enfrentan a las consecuencias de sus acciones y las repercusiones que tienen sobre el resto son archiconocidas. Y aunque los actores logran una complicidad notable (sobre todo el dúo formado por Vincent Cassel y François Cluzet), sus personajes tampoco les permiten explotar mucho más de lo que se ve en pantalla.

A pesar de ello, la cinta ofrece varias lecturas que aportan un punto de vista diferente a la trama. El paralelismo entre el escurridizo jabalí empeñado en destrozar la vida del personaje de Cluzet y la traición del rol de Cassel resulta muy revelador, en tanto en cuanto el destino de ambos, animal y amigo, parecen correr de forma paralela. Incluso la secuencia del perro tiene algo de simbólico con ese pobre dj que protagoniza una de las situaciones más cómicas de la trama. Pero hay más. La forma en la que la relación entre jovencita y maduro afecta a los personajes genera un desarrollo dramático que se mueve en dos niveles bien diferenciados, manteniendo un delicado equilibrio entre humor y drama que termina por ocultar ligeramente algunas carencias narrativas que tiene el film, y que afectan sobre todo al trasfondo de los dos cuarentones de vacaciones en Córcega.

Con esto, Una semana en Córcega se convierte en un producto simpático, capaz de entretener y divertir gracias a la ironía y un cierto toque de humor negro en sus, por otro lado, previsibles secuencias. No pretende sorprender, por lo que no lo consigue. Sin embargo, sí logra una cierta profundidad dramática, situando la narrativa en varios niveles que se complementan y que ayudan a conformar un mosaico más amplio de la mera comedia de situación. No es mucho, es cierto, pero al menos ofrece algo más a quien quiera buscarlo.

Nota: 6/10

Diccineario

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