‘Midway’: una batalla a mitad de camino


El nombre de Roland Emmerich (El día de mañana) se asocia irremediablemente al cine de catástrofes y a la espectacularidad de la destrucción digital de ciudades, estados y, por qué no, del planeta entero. Y aunque el director ha demostrado ser capaz de realizar con éxito obras mucho más intimistas, lo cierto es que han pasado más bien desapercibidas en los últimos tiempos. Con su última película trata de unir esos dos universos, el del espectáculo visual y la profundidad dramática, con desigual fortuna.

En realidad, el problema de Midway, por llamarlo de algún modo, está en su guión. La película trata de abordar varios meses de conflicto bélico que explican cómo de la derrota de Pearl Harbor se llegó a esa batalla que cambió el curso de la historia de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Y como relato global lo cierto es que la cinta logra el objetivo de mostrar la lucha aérea, naval y de espionaje que se desarrolló en esas semanas. A través de un reparto coral el espectador logra hacerse una idea de cómo se lograron gestar algunas de las estrategias que terminaron con el resultado ya conocido, intercalando durante el metraje algunas secuencias de acción a las que Emmerich saca provecho y demuestra, una vez más, su ágil lenguaje visual en los momentos épicos. Dejando a un lado un comienzo un poco irregular (si no es croma, se le parece demasiado, y mal hecho), la historia se plantea como una escalada de acción hasta esa batalla final en la que los planos subjetivos de los aviones marcan el relato.

El problema está en la parte dramática. O mejor dicho, en el reparto. No porque no esté bien elegido, más bien al contrario, todos los actores ofrecen una buena interpretación. Más bien porque son tantos personajes que es imposible identificarse con uno. Sí, es cierto que el grueso del relato se sustenta sobre los hombros de dos roles fundamentales, pero es que ni siquiera ellos ofrecen al espectador un trasfondo dramático lo suficientemente interesante como para resultar atractivos. Son, por decirlo de algún modo, excesivamente planos en su definición. A todo ello se suman unos secundarios que entran y salen de escena casi con la misma velocidad con la que se les olvida, lo que al final genera un mosaico de rostros que aportan poco o nada al conjunto de la historia. Eso por no hablar de la presencia de John Ford, que es mejor no comentar por mucho que sea un hecho histórico. Todo ello trastoca el relato, lo ralentiza, impide que el espectador llegue a introducirse de lleno en una trama que, en realidad, no existe, porque lo que se hace es plantear los acontecimientos uno detrás de otro.

Dicho de otro modo, Midway funciona muy bien como seudodocumental o documental ficcionado sobre los acontecimientos que acaecieron entre 1941 y 1942. Y ofrece unas batallas navales y aéreas lo suficientemente atractivas y bien rodadas, siempre con su componente patriota de por medio (lo de la bomba en la bandera de Japón como si se hiciese diana era algo que podía preverse desde la primera batalla). Pero la película falla en su componente dramático. No ofrece nada nuevo, y no solo eso. Existen tantos personajes con diferentes grados de protagonismo que el relato no puede sostenerlos a todos, por lo que el metraje entre conflicto y conflicto se vuelve tedioso, en algunos momentos innecesario, planteando una película a la que le podrían sobrar algunos minutos de metraje.

Nota: 6/10

‘Shangai’: Marlowe viaja a la China de la II Guerra Mundial


Muchas veces las historias más interesantes no adquieren la difusión que cabría esperar por estar planteadas desde posiciones poco ambiciosas en lo que a publicidad y distribución se refiere. Es un fenómeno que genera, por un lado, una indiferencia en la mayoría de los espectadores, pero por otro convierte a dichos títulos en obras a descubrir. En buena medida, Shangai, con sus pros y sus contras, se erige como un thriller clásico, una novela negra atractiva en el contexto que narra, en los personajes que presenta y en el sabor de su desarrollo dramático, muy cercano a los de los investigadores privados de la edad de oro hollywoodiense.

El principal escollo que encontrará la película es, precisamente, su propia naturaleza. No contiene acción a raudales, su intriga exige y merece ser atendida en todo momento, y sus personajes son muy imperfectos, tanto física como psicológicamente. Todos estos elementos juegan, como decimos, en contra de las actuales corrientes del género y de los gustos generales de la sociedad, lo que termina por convertirla en un producto menor que llega a los países internacionales con dos años de retraso. Y no deja de ser un hecho de lo más injusto, sobre todo si se compara con otros productos de género similar.

La cinta de Mikael Håfström (El fantasma del lago) rebosa atractivo en todos sus planos. La puesta en escena, así como el diseño de producción y la fotografía, trasladan al espectador a un escenario no solo realista, sino violento y convulso como la época en la que transcurre, poco antes del ataque a Pearl Harbor en la II Guerra Mundial. Gracias a una intriga que, como en todo buen cine negro, termina por ser algo totalmente diferente a lo que motiva la historia, y a sus aspectos más visuales, el film absorbe por completo al espectador.

En este sentido, todos los actores, sin excepción, completan un mosaico de intereses propios y mundanos que vuelven a los personajes cercanos y creíbles, en el que destacan por encima de todo los secundarios asiáticos, con Chow Yun-Fat (Confucio) y Ken Watanabe (Batman Begins) a la cabeza. Tal vez lo más flojo del film sea, precisamente, su protagonista, un John Cusack (1408) que recuerda mucho a los personajes de Humphrey Bogart (El halcón maltés), en ocasiones demasiado. Además, la repetitiva narración que busca incorporar un elemento poético más a la acción puede llegar a resultar irritante en algunos momentos, aunque terminan por ser males menores en un film con sabor clásico.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

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