‘Batman v Superman: El amanecer de la Justicia’: de Dioses y Hombres


Henry Cavill y Ben Affleck se ven las caras en 'Batman v Superman: El amanecer de la Justicia'.Roma no se construyó en un día. Y si los romanos no pudieron, los de DC Cómics, Warner Bros. y todo el equipo que ha trabajado en este entretenido film de superhéroes no pueden construir todo un universo en una sola película, por muy larga que esta sea. Es por ello que esta continuación de El hombre de acero es también una precuela de lo que está por llegar. Y esa dualidad le resta capacidad para definirse en uno u otro sentido, lo que sin duda perjudica al conjunto.

Porque sí, como secuela Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es digna sucesora. A las dudas sobre el carácter todopoderoso del hijo de Krypton se suma la atormentada personalidad del murciélago de Gotham, muy bien encarnado por un Ben Affleck (Ases calientes) hipermusculado para la ocasión. Si bien es cierto que sus historias corren de forma paralela durante casi todo el metraje, la forma en que se entrecruzan y se integran poco a poco representa un buen ejemplo de construcción dramática creciente para alcanzar un inevitable clímax en forma de enfrentamiento. A esto se añade la pieza que, posiblemente, es lo más interesante de la trama: Lex Luthor (sensacional Jesse Eisenberg –El amor es más fuerte que las bombas-).

Su presencia como agente caótico es sublime. Su intervención en la historia como catalizador que dinamiza y, poco a poco, se desvela como un marionetista nato, es brillante, tanto por su actuación como por el modo en que los guionistas desvelan con cuenta gotas su participación en el desarrollo dramático del film. Gracias a él y a Batman el tono oscuro que ya tuvo la primera película se acrecienta hasta encontrarnos con un substrato emocional que apunta directamente a la infancia y a los traumas que todos los personajes cargan a sus espaldas. Y desde luego, la estética formal utilizada por Zack Snyder (Watchmen) es el envoltorio idóneo.

Pero algo falla en este conjunto. Más allá del hecho de que las historias de ambos superhéroes se muevan en paralelo durante buena parte de la historia (lo que pone de manifiesto que Batman es más interesante, en general, que Superman), el problema es que la cinta necesita minutos, mucho minutos, para presentar personajes que deberían haber tenido espacio en otros films y de forma mucho más distribuida. Lo que Marvel ha logrado en varios años a través de secuencias extra, de cameos y de películas independientes, DC parece querer hacerlo en una cinta, en unos minutos y en una sola historia. Y el resultado es que, literalmente, sobra. Aporta poco, por no decir nada, al conjunto de la trama, lo que rompe el ritmo narrativo.

En cualquier caso, Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es una película para disfrutar. El poderío visual de Snyder vuelve a estar presente de forma abrumadora, sobre todo en su tercio final y en esa monstruosa batalla que vuelve a destruir media ciudad. Y la forma de integrar las historias de los dos superhéroes principales en una única trama a través de un villano común que maneja los hilos de forma notable representa una construcción dramática más que interesante. Pero en mucho momentos la historia se va por las ramas, perdiendo la perspectiva de lo que narra para introducir lo que está por llegar. Y lo que está por llegar, por cierto, es una nueva era de Dioses y Hombres. Por si a alguien le quedaba alguna duda, tenemos superhéroes (o meta-humanos, según se mire) para rato.

Nota: 7,5/10

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‘Chappie’: cómo educar a un robot sin morir en el intento


Dev Patel es el creador de 'Chappie'.No cabe duda de que Neill Blomkamp (Elysium) ha creado, con apenas tres películas, un universo propio. Un universo definido por la diferencia de clases, la rebelión de los que menos tienen y la evolución humana mediante la tecnología, sea esta terrestre o alienígena. El problema es que es un universo tan definido, tan claro, que sus films empiezan a ser demasiado parecidos entre ellos. Su última incursión en este mundo mantiene sus pautas, pero añade otras que lejos de dotar al conjunto de un aspecto diferente, genera unos problemas narrativos y dramáticos que merman el desarrollo de la historia.

Y es que Chappie comienza siendo una especie de reflexión sobre la vida, sea esta artificial o biológica, para terminar con una especie de testimonio sobre el siguiente paso en la humanidad, pasando entre medias por un homenaje a RoboCop (versión 1987) que aporta los momentos de mayor acción del conjunto. Todo ello provoca que las bases asentadas para la primera línea argumental se vean trastocadas para adaptarlas a la segunda, reinterpretándose para esa conclusión final que vuelve a dejar en el espectador una sensación agridulce, como ya ocurriera con Distrito 9 (2009). El film termina por desequilibrarse, apostando por las emociones en su primer tercio y por la acción más exagerada en su recta final.

El mayor problema de la cinta es, sin duda, el guión. En todos los sentidos. Desde el desarrollo dramático, que no termina de completarse y que, por tanto, impide una honda identificación con los personajes, hasta los propios roles, un tanto tópicos y autoparódicos que no logran aportar la seriedad necesaria, al menos los secundarios más importantes. Es cierto que Blomkamp vuelve a demostrar su buen hacer en las secuencias de acción y en el diseño de ese mundo en el que la evolución está a la vuelta de la esquina. El director es capaz de crear algunos momentos realmente entretenidos, sobre todo en el transcurso del aprendizaje de ese robot con conciencia de niño. Pero eso no impide que la película se desinfle poco a poco hasta pasar por un mero entretenimiento.

Da la sensación de que Chappie podría haber sido algo más, de que la necesidad de dotar a la historia de grandes efectos de acción ha censurado la originalidad que podría haber derrochado. Esta es la diferencia entre aquel primer film de Blomkamp y este tercer proyecto: el presupuesto con el que han contado ambas. Eso, y que el trasfondo social se va diluyendo entre secuencias de acción, robots y teorías científicas sobre el trasvase de conciencias. Al final, por tanto, lo que podría haber sido una interesante reflexión acerca de la soberbia de jugar a ser Dios, de cómo funciona la evolución y del papel fundamental de los grupos sociales en el comportamiento del individuo se queda en un puro y llano entretenimiento. Es más de lo que podrían decir muchos, pero menos de lo que debería haber dicho este film.

Nota: 6/10

‘Los diez mandamientos’, superproducción épica de corazón íntimo


Charlton Heston y Yul Brynner en 'Los diez mandamientos', de Cecil B. DeMille.El estreno de Exodus: Dioses y reyes, la nueva cinta de Ridley Scott (Prometheus) invita a analizar uno de los clásicos más importantes de la Historia del Cine. Más allá de la historia que comparte con Los diez mandamientos, la versión de 1956 que Cecil B. DeMille (Cleopatra) hizo de su propia película de 1923, ambas cintas (la del 56 y la de este 2014) suponen dos formas de entender el cine como espectáculo, cada una de ellas notablemente marcada por el sino de los tiempos que les tocó vivir. En realidad, lo que cada una representa es una forma de afrontar la narrativa en todos sus aspectos, desde la interpretación hasta los detalles de todo aquello que da forma al contexto en el que transcurre la trama.

O lo que es lo mismo, el inmortal clásico de DeMille es una obra que, aunque marcada por la fantasía de los acontecimientos bíblicos que narra, trata de dotar al conjunto de un realismo visual impecable. El afán de la cinta por recrear el Egipto faraónico deja algunos detalles en su vestuario y en su decoración simplemente insuperables, como son la doble corona del faraón o el colorido de los ropajes. Motivados por el uso del color que en aquella época alcanzaba su máximo esplendor con las técnicas más modernas de la época, sus responsables investigaron el mundo faraónico lo suficiente como para mostrar al espectador un mundo mágico marcado, a su vez, por una historia igual de mágica. Por desgracia, es algo que se pierde en la historia que narra Scott, que parece argumentada con un mero vistazo a un libro de fotos (¿de verdad que nadie se planteó el absurdo de poner una pirámide al lado de un templo no funerario?).

No es este el momento de entrar a valorar los errores de ‘Exodus’, sino de apreciar aquellos matices que convierten a Los diez mandamientos en la magnífica obra que es. Y más allá de su ambientación, deliciosamente lograda, lo que resalta por encima de todos los aspectos, incluso del bíblico que se encuentra en la base, es la relación entre los dos protagonistas, Charlton Heston (Ben-Hur) y Yul Brynner (Los siete magníficos), Moisés y Ramsés respectivamente. Sus personajes, aunque en extremos opuestos de la trama, rebosan una presencia en pantalla única, dotándoles de la magnificencia que merecen. El primero como el encargado de representar a Dios entre los hebreos y ante el faraón; el segundo, como un hombre acostumbrado a reinar y a ser considerado Dios en la Tierra. Esta diatriba teológica lleva la relación de amor-odio de ambos personajes a un nivel diferente en el que no hay envidias o recelos, sino más bien respeto por un pasado común y por un vínculo debilitado pero todavía existente.

A diferencia de lo que ocurre con la cinta de Ridley Scott, Brynner compone un faraón sólido, capaz de imponer su voluntad por algo más que los galones y las joyas que adornan su cuerpo. Es, en definitiva, el líder de un pueblo que no está dispuesto a dejar marchar a nadie simple y llanamente porque no está en su educación. No se trata, por tanto, de una cuestión política o estratégica, sino únicamente de un desafío a su propio ser. Esa soberbia, que choca frontalmente con la humildad que adquiere el rol de Heston a medida que descubre sus orígenes, es la que genera el contraste que, a su vez, dinamiza el desarrollo dramático de la trama, hasta el punto de ensalzar emocionalmente el momento más trágico de la historia: la última de las plagas de Egipto. La muerte de los primogénitos, más que una derrota por haber asesinado a su propio hijo, se convierte en una derrota teológica. El Dios en la Tierra es derrotado definitivamente por el Dios hebreo tras una serie de “duelos” entre ambos en forma de milagros y su correspondiente contrapartida egipcia.

El Dios de fondo

En este sentido es importante destacar que Los diez mandamientos tiene un tercer pilar dramático que no hay que despreciar. El triángulo amoroso entre Ramsés, Moisés y Nefertari (Anne Baxter, vista en Eva al desnudo) se convierte en una fuente de conflicto que se suma a la historia principal. El personaje femenino, a través de la figura romántica, crece lo suficiente como para ser relevante en una historia masculina en la que las mujeres, en líneas generales, son “simplemente” madres, hermanas o esposas cuya misión es dotar de bondad y comprensión al desarrollo. Baxter, sin embargo, compone un rol duro, maduro y sibilino que mueve a los hombres en función de sus propios intereses, llevándoles muchas veces a un destino aciago que a ella poco parece importarle. Esta función de engranaje en la historia permite, además, revelar algunos aspectos secundarios del resto de personajes, lo que en definitiva les convierte en más humanos y más próximos al espectador.

Aunque evidentemente, uno de los elementos definitorios del film es la presencia de Dios, cuya figura nunca llega a verse pero cuyo papel está presente en todo momento. Es conveniente señalar que, mientras que la cinta de Scott opta por un Dios vengativo y rencoroso (se puede decir que incluso tiránico), DeMille presenta a este personaje como un ser que busca, ante todo, la salvación de un pueblo sin dañar al otro. Los milagros que obra, además, tienen una presencia mucho más divina que en esta nueva versión, por lo que la cinta poco a poco deriva hacia una historia de carácter mágico, sobre todo durante las plagas de Egipto y la separación de las aguas del Mar Rojo. Se puede decir, por tanto, que Dios es una presencia de fondo en una historia que, en realidad, aborda el distanciamiento de dos hermanos por sus diferentes puntos de vista en la forma de tratar a los esclavos.

Y esta es una de las grandes diferencias con Exodus: Dioses y reyes aunque pueda parecer sorprendente. Sí, existe la relación entre los dos protagonistas. Y sí, ambos luchan en la liberación del pueblo, cada uno en un lado de la balanza. Pero Scott trata a Ramsés como un tirano incapaz de regir un reino como Egipto. Un hombre débil y, en cierto modo, cobarde, que está más preocupado de sus construcciones (algunas de ellas ni siquiera suyas históricamente hablando) que de su pueblo. Y esto termina debilitando el conflicto entre ambos hombres, pues la “grandeza” moral de Moisés no encuentra un antagonista creíble en la “bajeza” moral de Ramsés. Es esta una de sus más notables diferencias con la cinta de DeMille, cuya solidez dramática en este sentido queda patente en prácticamente todas las secuencias que comparten Heston y Brynner.

Desde luego, tras casi 60 años nadie duda que Los diez mandamientos es un clásico incomparable. El uso de técnicas de última generación para su época generó algunos de los momentos más recordados del cine, sobre todo en lo referente al Mar Rojo. Pero por encima de sus efectos visuales y de su fidelidad a la hora de recrear Egipto, lo que hace memorable al film es el conflicto humano, casi familiar, que existe entre sus dos protagonistas, y que azuza convenientemente el rol de Anne Baxter. Al final, independientemente de las tablas de la Ley, del éxodo o de las plagas de Egipto, lo relevante es el pulso dramático e interpretativo entre esos dos grandes actores y esos dos grandes personajes. Ni siquiera la presencia de Dios es capaz de restar relevancia al antagonismo de ambos, lo cual da una idea del verdadero sentido de esta superproducción épica de corazón íntimo.

‘Drácula de Bram Stoker’, tradición visual para un clásico moderno


Gary Oldman es el 'Drácula de Bram Stoker' en la película de Francis Ford Coppola.El reciente estreno de Drácula: La leyenda jamás contada es una pieza más en este fenómeno revisionista del vampiro. Sin embargo, en el caso de este film la revisión es del personaje escrito por Bram Stoker, punto de partida de todo un fenómeno posterior que ya dura más de un siglo. Y más concretamente, del hombre antes del monstruo, algo que pocas películas sobre el conde han abordado. Una de esas pocas películas, posiblemente la más fiel a la novela epistolar del escritor irlandés, es la que realizó en 1993 Francis Ford Coppola (El padrino), cuyo respetuoso título ya indica en cierto modo dicha fidelidad. Y aunque han pasado poco más de 20 años, Drácula de Bram Stoker puede ser considerada como un clásico tanto en su apuesta visual como en la carga dramática del protagonista, algo que muchas veces se desestima para potenciar el lado violento y sangriento del mismo.

Porque si algo caracteriza al film es que las técnicas utilizadas para dar vida al mundo sobrenatural en el que vive el vampiro son, por decirlo de algún modo, tradicionales. En este sentido son reveladores algunos pasajes de los contenidos extras que diversas ediciones en DVD y Blu-ray contienen. Momentos del film como los ojos de Drácula observando sobreimpresionados un tren de pasajeros, las diversas secuencias de acción a caballo o las escenas de batalla iniciales son buenos ejemplos. Todo ello, independientemente de que sea más o menos acertado, imprime al film un carácter único, acorde con la historia que narra y la época en la que se enmarca, en la que el cine era considerado casi como una atracción de feria más. Pero además, genera cierta nostalgia y una capacidad física que no tienen los actuales films de vampiros. Dicho de otro modo, este recurso a las técnicas más tradicionales, que evidentemente utilizan mecanismos reales, hace que los personajes puedan interactuar con algo auténtico, algo que indefectiblemente se traslada al conjunto.

Aunque si algo distingue a Drácula de Bram Stoker del resto de versiones del personaje es la facilidad que tiene Coppola para fundir en la historia drama y sangre, romance y violencia. Algo que, por otro lado, sabe trasladar James V. Hart (Contact), guionista del film, desde la novela. En efecto, desde el primer instante el carácter trágico del protagonista queda patente, lo que le convierte más en una figura de la que sentir lástima que en una criatura salvaje y violenta a la que temer. El hecho de que todo gire alrededor del amor perdido y de un sentimiento que es más fuerte que la muerte hace que el resto de conceptos, todos ellos de vital importancia para conformar el carácter final de cada uno de los roles, se conviertan en meros aderezos. Así, Drácula no es una criatura fuerte cuyo que se mueva por un afán individualista, sino que queda retratado como un ser condenado a buscar el amor por toda la eternidad y a alimentarse de otro ser humano para subsistir.

Y es en esos primeros minutos donde, además, la película conecta directamente con la historia real de Vlad Tepes, el “empalador”, algo en lo que en principio se inspira la última de las versiones del famoso vampiro. La verdad es que el film de Coppola ha dejado en el imaginario colectivo un sinfín de referencias y referentes culturales, desde el aspecto de Drácula cuando es anciano, hasta la amiga de la protagonista convertida en vampiresa con un vestido blanco impoluto. Pero entre todas ellas una de las más señaladas es su forma de narrar las luchas del conde contra los otomanos y la ya famosa armadura roja que alude directamente a un cuerpo humano sin piel. El carácter dramático de estas primeras secuencias, con el suicidio de su amada, su rechazo a la religión y la cruz pétrea sangrando por la herida de una espada, predispone al espectador a una historia diferente, pero también ofrece un trasfondo emotivo que marca por completo el devenir del desarrollo dramático posterior.

Actores, sangre y tradición

Por supuesto, buena parte del éxito de Drácula de Bram Stoker reside en el reparto, quizá no el mejor en lo que a calidad interpretativa se refiere pero sin duda el más adecuado para los personajes. Ni qué decir tiene que en esa categoría de “calidad interpretativa” quedan excluidos tanto Gary Oldman (El topo) como Anthony Hopkins (Hitchcock), pues ambos convierten a sus personajes, Drácula y Van Helsing respectivamente, en roles atemporales, incapaces de clasificar y, hasta la fecha, posiblemente los mejores que se han visto en una pantalla (aunque sobre esto, como no podría ser de otro modo, habrá discrepancias). El primero dota a su vampiro de un trasfondo trágico perfecto y único, convirtiendo al personaje en un ser atormentado cuya búsqueda del amor choca frontalmente con su naturaleza violenta y condenada a causar daño en el ser humano. El segundo quita gravedad al supuesto archienemigo para convertirle en un rol inteligente, conocedor de su propia inteligencia y, en consecuencia, divertido e irónico.

No quiere decir esto que el resto de intérpretes no logren una labor notable, pero lo cierto es que ninguno de ellos logra alcanzar la presencia de los dos anteriores, que se debaten en duelo para dilucidar quién es capaz de captar mayor atención de la cámara. Tanto Keanu Reeves (Matrix) como Winona Ryder (El protector), cuyos personajes deberían de tener algo más de peso narrativo, se convierten en meros engranajes para hacer avanzar la acción, sin alcanzar a tener una personalidad propia capaz de sobreponerse a la naturaleza que les otorga la historia. No hablemos ya de los secundarios, auténticos testigos de todo lo que ocurre sin mayor relevancia que la de participar en la batalla final para, en cierto modo, equilibrar fuerzas con un ser sobrenatural.

Pero como decía al antes, su presencia es la más adecuada para los personajes, pues ofrecen ese aspecto tradicional y clásico que mencionaba al principio. Clasicismo que incluso podría encontrarse en las secuencias más violentas y sangrientas de la historia, que también existen. Al fin y al cabo, es un vampiro, y el componente sangriento es inseparable. Más que clasicismo, habría que hablar de homenajes. Coppola aprovecha una puesta en escena clásica para introducir referencias, algunas más veladas que otras, a grandes clásicos del género de terror. Quien haya visto El resplandor (1980) encontrará cierto parecido entre este film y la sangre entrando a chorro en la película sobre el conde Drácula. Quien haya visto Nosferatu (1922) podrá recordar la llegada en barco o el uso de las sombras por parte del director de Apocalypse Now (1979), sobre todo en el castillo del conde.

Todo ello, más que convertir a Drácula de Bram Stoker en un compendio referencial, otorga al film una entidad propia y única, capaz de sobreponerse a versiones anteriores y de ser una referencia para versiones sucesivas. Francis Ford Coppola, en su intento por homenajear la novela, convierte su película en una cinta personal que, al igual que su base literaria, combina inteligentemente el romance y el drama, salpicándolo de violencia y cierto aire malsano cuando la ocasión lo requiere. La apuesta del director por técnicas tradicionales en lugar de las, en aquel momento, incipientes herramientas digitales, otorga a la obra una naturaleza distinta que se integra en la historia como si de una pieza más del puzzle se tratara, evitando distracciones innecesarias y generando una mayor credibilidad a lo que se ve en pantalla. Un clásico moderno, por tanto, concebido de este modo en todos y cada uno de sus elementos.

La humildad de las ‘Tortugas ninja’, una historia sencilla y divertida


En 1990 las 'Tortugas Ninja' llegaron al cine de la mano de Steve Barron.Uno podría pensar que adaptar al cine una serie de animación, una saga de videojuegos o unos juguetes exitosos es una apuesta segura. Sin embargo, hay personajes que, por el motivo que sea, no funcionan del mismo modo en pantalla grande. El inminente estreno de Ninja Turtles vuelve a poner el foco sobre las cuatro tortugas ninja que en la década de los 80 del pasado siglo hicieron las delicias de jóvenes en medio mundo. Unos personajes cuyas aventuras cubrieron un amplio espectro de formatos, desde la televisión hasta los cómics, pasando por el merchandising y una línea de muñecos que ha evolucionado con el paso de los años. Su éxito fue tal que en 1990 se llevaron sus aventuras a la pantalla grande, dotando a los personajes animados de una presencia real. El resultado fue Tortugas Ninja, una producción sencilla, honesta y divertida cuya máxima aspiración era, y es, ser fiel a los conceptos más básicos de la serie, algo que funcionó en esta entrega, no así en las siguientes.

Conceptos que pasan por narrar los orígenes de estos héroes creados por Kevin Eastman y Peter Laird, que han dedicado su vida a expandir y nutrir este particular universo. Dirigida por Steve Barron (Los caraconos), la cinta aborda las primeras aventuras de las tortugas contra su archienemigo, Schredder, así como los problemas a los que deben enfrentarse, tanto externos como internos. Con todo, limitar el contenido dramático de la cinta a una mera sucesión de secuencias de acción y de humor sería un tanto superficial. Es cierto que vista en perspectiva la trama posee muchos puntos débiles y un aire muy particular que define a muchas obras independientes realizadas en esos años, pero es justo destacar algunos aspectos, sobre todo en sus tramas secundarias, que ofrecen un interesante reflejo de la sociedad que siempre ha estado presente en sus aventuras.

El más destacable es, sin duda, su enfoque de una juventud que no encuentra su sitio en la sociedad, que se siente perdida y abandonada por un mundo adulto que no parece comprenderla. Los momentos que transcurren en la guarida del villano, con esos adolescentes y niños entregándose a vicios tanto de adultos como de jóvenes, remiten, en cierto modo, a la historia de Pinocho y la corrupción de la inocencia, siendo además un cuadro malsano de una generación que no parecía tener una planificación a largo plazo. Las diferentes tribus urbanas que se dan cita remiten a otros films que abordan esa temática, aunque lo hace de una forma algo menos trágica.

Otro pilar importante que define a estas Tortugas Ninja es el concepto de familia y de individualismo. La primera mitad del film aborda la problemática personalidad de Raphael, al que pone voz Josh Pais (serie Ray Donovan), la tortuga con peor genio. Su tendencia a la soledad y a no aceptar sus errores o su lugar dentro del grupo es lo que define dramáticamente al film, que por otro lado presenta unas personalidades excesivamente simplificadas y autoparódicas. El tratamiento de este rol, así como la idea de familia del clan liderado por Schredder (James Saito, visto en la serie Eli Stone), ahondan en la idea de que la familia se encuentra allí donde realmente hay alguien que se preocupa, aunque ello suponga muchas veces alcanzar situaciones incómodas. Una moraleja un tanto simple, es cierto, pero que funciona bien en el contexto de la película gracias al tono general y al público al que va dirigido, que por cierto es tratado en todo momento con respeto.

Humor y efectos de última generación

Antes hablaba de la perspectiva de los años. Desde luego, la película de Barron puede ser vista hoy como una de esas pequeñas joyas en las que todo, absolutamente todo, era físico y real. En una época en la que los efectos digitales logran todo lo que se pueda imaginar, las técnicas utilizadas en aquel 1990, las más modernas del momento tal y como se anunció, aportan un grado de veracidad entrañable que beneficia a la historia de forma notable. Eso no impide, claro está, que muchas de sus secuencias pierdan algo de fuerza al ver a unas criaturas moverse sin demasiada agilidad y hacerlas pasar por silenciosos ninjas. Pero con todo, el trabajo de los efectos mecánicos y de las coreografías permite al film absorber todo el espíritu de los personajes originales, tanto humanos como mutantes.

En este sentido no hay que olvidar el sentido del humor que derrocha Tortugas Ninja, lo que la convierte en una obra destinada claramente al público juvenil y a una cierta inocencia que, por suerte o por desgracia, no tienen los adolescentes de ahora. El lado positivo es que la película se muestra en todo momento como un entretenimiento, sabiendo cuál es su objetivo y sin intentar ser algo que no es. Lo malo es que desde un punto de vista narrativo posee algunas flaquezas que, aunque son neutralizadas en parte por el dinámico desarrollo de la trama, no llegan a ocultarse del todo. La más evidente es la similitud de las tortugas, que pierden de este modo las diferentes naturalezas que las definían en la serie de televisión (el líder, el científico, el serio y el juerguista). Por otro lado, los personajes humanos principales, interpretados por Judith Hoag (serie Nashville) y Elias Koteas (Shutter Island) carecen de profundidad, limitándose a ser un fiel reflejo de lo que puede encontrarse en la animación.

Por supuesto, todo ello solo tiene relevancia si uno se acerca a un film de estas características con la idea del análisis concienzudo. Pero incluso en este aspecto sale ganando, pues a pesar de sus fallos la cinta funciona incluso años después de su estreno. Su frescura y la sencillez de su desarrollo la convierten en una obra sin pretensiones, es cierto, pero también aportan un dinamismo que la hace avanzar sin demasiado tiempo para parar a pensar en el trasfondo social y humano de los personajes. Es cierto que buena parte de la ironía y la comicidad pueden resultar un tanto repetitivos, pero en líneas generales la humildad con la que está realizada obliga a una cierta tolerancia a los errores, algo que no tuvieron las sucesivas secuelas y que, es de suponer, no tiene la nueva versión, más digital, espectacular y con un mayor presupuesto.

Para muchos Tortugas Ninja es un pequeño clásico del cine de aventuras juvenil. En cierto modo, así es. No pasará a los anales del cine, y desde luego no es un film indispensable que todo adolescente deba ver alguna vez en su vida. Pero su fórmula funciona. Es fresca, divertida y entretenida. Es lo que busca y es lo que consigue. Y lo más importante: logró adaptar de forma correcta a unos personajes que, a medida que han pasado los años, cada vez han tenido menos suerte en su salto a la gran pantalla. Puede que esa humildad sea la clave. Puede que su falta de pretensiones haga que el espectador termine encantado al no tener expectativa alguna. O puede simplemente que sea el trabajo serio y decidido de unos profesionales que sabían lo que tenían que hacer. Sea como fuere, esta primera aventura de los cuatro hermanos mutantes tenía todo lo que podía esperarse de ella. Ni más ni menos.

‘Los mercenarios 3’: cualquier tiempo pasado fue mejor


Stallone y su equipo vuelven en 'Los mercenarios 3'.Hay que reconocerle a Sylvester Stallone una capacidad asombrosa para resucitar viejas glorias. Su trilogía de cine de acción clásico, en la que tienen cabida todos los nombres propios del género que han sido algo en algún momento, podrá ser mejor, regular o peor, pero ha dejado claro que todavía hay espectadores capaces de pagar una entrada por ver algo de realismo en la pantalla. Y si a esto añadimos que a cada nueva entrega se suman más y más nombres, pues el espectáculo está servido. En un intento de rizar el rizo el protagonista de Acorralado (1982) ha querido contar para esta nueva ocasión con sangre nueva, lo cual pervierte un poco el sentido natural de este tipo de películas.

Y lo hace no tanto por la presencia de una nueva generación de mercenarios, sino porque su presencia, que en teoría sirve para demostrar que cualquier tiempo pasado fue mejor, resta dinamismo al escaso desarrollo dramático que tiene Los mercenarios 3. Si bien es cierto que la secuencia que protagonizan, planificada al milímetro y con un estilo bastante más sutil que el que abre la película, es impecable, no es menos cierto que rompe con el ritmo que hasta ese momento tenía la trama, generando la sensación de querer cambiar y no poder conseguirlo. Si a esto añadimos la necesidad de hacer la película más accesible a un público más joven, el resultado es una cinta de acción con mucho espectáculo pero con menos músculo que sus predecesoras, o lo que es lo mismo, menos alma mercenaria.

De las nuevas incorporaciones destaca sobremanera la de Antonio Banderas (Two much), quien lejos de sentirse intimidado ante tanto mito del cine de acción termina por convertirse en el mejor personaje de la película gracias a un enfoque humorístico de su rol, quien por cierto es a su vez una especie de caricatura de algunos de sus papeles, sobre todo los de El Zorro. Su aportación eleva además el grado interpretativo de sus compañeros, lo cual es de agradecer, sobre todo porque ejerce de contrapeso ante la acumulación de testosterona que suponen otros debutantes de la saga y ante la cantidad de explosiones, tiroteos y peleas cuerpo a cuerpo que se dan a lo largo del metraje, y que de nuevo crean el verdadero interés de una historia que, aunque con algo más de carga dramática que las anteriores, no deja de ser una excusa para liarse a tortas con el primer sospechoso que se cruce en su camino.

La sensación que deja Los mercenarios 3 es agridulce. Evidentemente, nadie se espera de esto una obra cumbre del género. Simplemente se busca entretenimiento y evasión, algo que logra con creces. El problema reside en su enfoque menos adulto de los personajes y de la temática. Las secuencias de acción parecen algo más espectaculares y menos violentas, y la incorporación de los jóvenes conecta con las generaciones digitales, pero rompe con la tendencia salvaje de este grupo de tipos rudos que prefieren tirar una puerta abajo a entrar por el conducto de ventilación. La mejor prueba de esto es que el combate final se limita a un pequeño intercambio de golpes. Lo dicho: cualquier tiempo pasado fue mejor.

Nota: 6/10

‘Jumanji’, un juego de mesa del que Robin Williams pudo escapar


Robin Williams sobrevivió a los peligros de la selva de 'Jumanji'.El actor Robin Williams, famoso por sus papeles en Good Morning, Vietnam (1987) o El club de los poetas muertos (1989) moría ayer a los 63 años tras lo que parece ser un suicidio motivado por una depresión. El mundo del cine llora su pérdida de muy diversas maneras, y desde Toma Dos vamos a homenajearle recordando uno de sus films más interesantes. La verdad es que en una filmografía tan abultada como la del actor de El indomable Will Hunting (1997) es difícil escoger un solo título. Lo más normal sería recordar sus grandes clásicos o sus roles más cómicos, pero en lugar de eso voy a tratar una de las obras que más han marcado la juventud de miles de niños, amén de recuperar la pasión por los juegos de mesa: Jumanji (1995).

 Dirigida por Joe Johnston (Capitán América: El primer vengador) y basada en el libro de Chris Van Allsburg, la película narra las aventuras de dos niños que encuentran un viejo juego de mesa con la capacidad de convertir en realidad todo lo que ocurre en el tablero. Leones, arañas gigantes, plantas venenosas o cazadores implacables son algunos de los peligros a los que deben enfrentarse, aunque no lo hacen solos. Décadas atrás, un niño quedó atrapado en el juego. Ya adulto, es liberado, debiendo terminar la partida si quiere que todo su mundo vuelva a la normalidad. Como puede apreciarse, la trama es una aventura familiar, aunque conviene realizar una serie de matices que la distinguen notablemente de otros títulos que se encuentran bajo la misma categoría.

El primero de ellos, y que tiene que ver con Williams, es que el espectador asiste a la transformación del personaje protagonista. Y me explico. La película utiliza el mágico juego de mesa para cambiar por completo el rol de Robin Williams, convirtiéndole en un personaje casi tan cruel como las criaturas a las que debe enfrentarse. Su posterior evolución, motivada por su contacto con la realidad y el afecto del resto de personajes, es quizá uno de los trabajos menos vistosos y más notables del actor, quien es capaz de transmitir los distintos matices que identifican a este niño obligado a madurar en una selva salvaje. El miedo a volver a jugar, el individualismo o la frialdad con la que trata a los niños (uno de ellos, por cierto, es una jovencísima Kirsten Dunst), en los que ve un pasado que nunca pudo disfrutar, ofrecen al intérprete una serie de herramientas con las que compone un personaje bastante más complejo de lo que podría considerarse en un primer momento.

Otro de los aspectos a destacar de Jumanji, y muy relacionado con el anterior, es la simetría que se establece entre los adultos y los niños. Viendo la imagen que acompaña este texto uno podría pensar que se trata de una familia bien avenida, pero nada más lejos de la realidad. Los niños no tienen relación alguna con los adultos, quienes por cierto iniciaron el mismo juego cuando tenían la edad de los chicos. Se establece así una especie de paralelismo entre generaciones alrededor de un elemento atemporal cuyo valor, tanto positivo como negativo, es igual para los cuatro personajes. Cabe destacar la relación que se establece entre Williams y el joven Bradley Pierce (Los Borrowers), dos caras de una misma moneda. Los momentos de frustración del adulto volcados en el niño retoman esa idea de un niño en un cuerpo de adulto que ha crecido sin infancia.

Una historia con efecto

Aunque lo más positivo del film es sin duda su capacidad para aunar trama y efectos. Con un desarrollo dramático notable, la película marca los tiempos para convertir la historia en algo más que una aventura. Sin llegar nunca a generar miedo, sí es capaz de crear inquietud y momentos de cierto calado dramático, lo que al final termina por impregnar todo el conjunto. Y es que lejos de ser una obra desenfadada, la película protagonizada por Williams posee un tono algo oscuro, alejado por completo de la característica general del cine familiar. Gracias a la estructura del arco dramático Johnston compone un viaje emocional y físico que cambia a los protagonistas, pero que también permite al espectador sumergirse en un mundo que nunca aburre, y tan solo en algunos momentos hace concesiones.

En este sentido, los efectos especiales y digitales están a las órdenes de las necesidades dramáticas de Jumanji. Y eso que existen varios momentos en los que el exceso podría adueñarse del desarrollo. Empero, el director opta en todo momento por el toque físico, por convertir esta aventura en algo que los propios actores puedan sentir y tocar. Esto, evidentemente, genera algunos momentos en los que se nota el truco, pero en líneas generales enriquece el sentimiento que desprende en todo momento este clásico, algo a lo que contribuyen las reacciones de Williams, quien se mimetiza con ese mundo selvático que surge del tablero hasta el punto de confundir realidad y ficción. Como toda aventura, la presencia de efectos va en aumento a medida que avanza la trama hasta esa conclusión en la que el juego acaba y todo vuelve a la normalidad, pero incluso en este final los trucajes siguen siendo parte de la historia, y no al revés.

No cabe duda de que el film no es únicamente Robin Williams, pero al igual que en otros títulos protagonizados por el fallecido actor, su presencia se convierte en parte fundamental de la trama. Su facilidad para aunar en un único personaje humor y drama, ironía y amenaza, aporta a la película el equilibrio necesario para no considerar al protagonista un modelo de héroe, humanizando el rol para hacerlo cercano al espectador, natural y accesible. Se podría considerar esto como su carta de presentación, y sin duda es el motivo por el que muchos de sus grandes personajes no son cómicos, sino dramáticos. El hecho de que nunca se entregue al drama y de que sea capaz de encontrar ciertos rasgos humanos y divertidos en sus papeles es lo que permite al espectador ser más accesible a lo que ve en pantalla.

Desde luego, en Jumanji lo logra. Gracias a Williams el protagonista puede moverse por el terreno movedizo de su trágico y oscuro pasado, su personalidad modificada como consecuencia de la supervivencia en solitario, y su deseo de recuperar la vida que le fue arrebatada. Aunque por supuesto, la película no sería el clásico que es si solo contase con el actor. Esta reflexión sobre la falta de infancia, unido a la defensa de la imaginación y los juegos de mesa, es lo que convierte al film en una aventura atemporal, única y capaz de hacer disfrutar a generaciones enteras. Un título del que han pasado casi 20 años, pero por el que no pasan los años. Y un título por el que Robin Williams siempre será recordado, pasen los años que pasen.

‘Believe’, o la incredulidad de una serie mal planteada en su 1ª T


Jake McLaughlin y Johnny Sequoyah protagonizan 'Believe', creada por Alfonso Cuarón.Hace no demasiados meses una serie que llevaba por título Touch tuvo que ser cancelada tras su segunda temporada. Evidentemente, cuando esto ocurre suele ser por una confluencia de motivos que dan como resultado una pérdida alarmante de espectadores. Sin duda uno de los motivos fue un desarrollo circular al que le costaba avanzar y, lo más alarmante, no desarrollaba como debería la relación paternofilial protagonista, convirtiendo al adulto en una especie de pelele a las órdenes de un niño cuyo misterio, en cambio, sí se desarrollaba. Traigo a colación esta fallida serie porque prácticamente todo lo que le ocurrió es lo que ha vuelto a pasar en Believe, producción anunciada como uno de los pesos pesados de la temporada que apenas ha logrado cubrir los 12 episodios de su primera entrega.

La serie, creada por Alfonso Cuarón (Gravity) y Mark Friedman (Regreso al infierno) y con el respaldo de J.J. Abrams (serie Perdidos), narra la persecución que sufre una niña con habilidades especiales por parte de un científico que la ha criado en sus primeros años de vida y que ve en ella el siguiente paso en la evolución. Para evitar que la capturen un grupo encabezado por un psicólogo que ha estado con la pequeña desde su nacimiento decide sacar de la cárcel a un hombre que afirma ser inocente para que la proteja. En líneas generales, ésta es la premisa inicial del argumento, y por desgracia es el desarrollo de la temporada. En efecto, el gran problema del arco dramático es que no logra avanzar hasta sus instantes finales, momento en el que resulta del todo innecesario. Muchos de los episodios se pueden entender casi como fotocopias en las que lo único que cambian son las personas a las que la pequeña, interpretada por una casi desconocida Johnny Sequoyah, trata de ayudar con sus poderes.

El hecho de que los villanos de turno estén siempre a rebufo de lo que ocurre en la trama principal, así como el fenómeno (y este sí que es inexplicable) de que la relación entre el hombre encargado de proteger a la niña (interpretado por Jake McLaughlin, visto en El invitado) y la pequeña se atasque siempre en el mismo punto (ella quiere ayudar; él no; él termina cediendo) terminan convirtiendo Believe en un producto sin intriga con algunas secuencias de acción y fantásticas más o menos notables. La falta de solidez dramática, que en esta ocasión se genera por la combinación de argumento y personajes, es su principal handicap, derivando en un bucle del que sus responsables no son capaces de sacarla. El principal efecto de dicho bucle es la sensación de estar ante una serie de incongruencias en la definición de los personajes, en sus decisiones y en sus actos. Que los protagonistas siempre terminen siendo descubiertos por un error suyo no hace sino confirmar que no evolucionan, condenados a cometer una y otra vez las mismas acciones, lo que a su vez lleva a que el desarrollo de cada episodio sea siempre igual.

El otro gran problema de la serie es la deriva que vive el desarrollo de la trama. A lo largo de estos capítulos el argumento queda salpicado por la presencia de una serie de secundarios que aparecen con visos de una relevancia notable y, posteriormente, se quedan en meras presencias testimoniales para, supuestamente, dar fe de la bondad de los buenos y la maldad de los malos. Roles como el de la agente del FBI encargada de perseguir a la niña y su protector o el del asesino que busca a la pareja como si de un sabueso se tratara nacen con la intención de aportar nuevos matices a la historia, o al menos dotar de nuevos puntos de vista a los fenómenos que en principio deberían sucederse en cada episodios. Solo la primera tiene algo más de relevancia, pero en líneas generales ni el papel interpretado por Trieste Kelly Dunn (serie Banshee) ni el interpretado por Nick Tarabay (serie Spartacus) alcanzan dichas cotas, limitándose a rellenar algunos minutos y protagonizar alguna secuencia de transición.

Sin efectos no hay gloria

Y hablando de los fenómenos que la joven protagonista es capaz de realizar, es imprescindible señalar la ausencia casi total de dichos efectos a lo largo de la serie. Salvo episodios muy concretos, el desarrollo del arco dramático se traduce en una especie de intriga por descubrir la forma en que el papel interpretado por Sequoyah va a lograr salvar las vidas de los personajes que centran la atención en cada episodio. Sí, hay momentos muy conseguidos, sobre todo en el episodio piloto y en su espectacular clímax del episodio final, pero en líneas generales Believe debería ser eso mismo, una producción en la que creer. Y eso, a falta de una solidez dramática y narrativa solvente, debe suplirse con unas situaciones que potencien los motivos por los que la pequeña es perseguida y protegida. Si lo comparamos con la ya mencionada Touch, esta jugaba con la idea de que todo está conectado, lo cual es, por su propia definición, intangible; en el caso de la serie de Cuarón los poderes de la pequeña Bo Adams son, o al menos eso se deja entrever, físicos.

El efecto de esa falta de espectacularidad en los efectos redunda en la idea de estar ante una persecución cuanto menos irreal. Los personajes, sobre todo el villano interpretado por Kyle MacLachlan (serie Sexo en Nueva York), hacen hincapié a través de sus diálogos en que la protagonista es especial y única. Empero, las imágenes no terminan de definir claramente dicha singularidad. Es más, a medida que se va conociendo algo más de ese mundo en el que sus responsables quieren que creamos la conclusión a la que puede llegar el espectador es diametralmente opuesta. Existe en este sentido una cierta indefinición en cuanto a los poderes que unos y otros personajes poseen, lo que a la larga provoca una cierta desubicación del espectador, que no sabe a qué atenerse ante determinadas situaciones. A esto habría que sumar la presencia de un reparto que no aporta demasiado a sus personajes, tanto por la definición de los mismos como por la labor de los actores.

Todo esto me lleva a plantear una duda que cada vez es más constante y que, creo recordar, ya ha aparecido en Toma Dos. He de confesar que considero a J.J. Abrams uno de los directores con más potencial de los últimos años. Su aportación a la televisión y al cine es indudable, y ha sabido desarrollar un estilo formal y narrativo propio. Dicho esto, las producciones que avala para la pequeña pantalla tienen, en líneas generales, el mismo problema: un prometedor comienzo y un final desastroso. Algunas logran solventarlo, pero aquellas que no son capaces de sobreponerse evidencian una ausencia total de criterio a la hora de plantear una historia. Casos como el de esta serie son la mejor prueba. Si uno lee su sinopsis general es evidente que la historia tiene potencial, pero no así su desarrollo. El resultado de todo esto está siendo el de estar ante un productor/creador con ojo clínico para historias frescas y novedosas pero que no es capaz de desarrollarlas, lo que redunda en su propio perjuicio.

Posiblemente si Believe no contara con nombres como el de Cuarón o el de Abrams su fiasco (porque no hay otra palabra) no habría pasado de una reseña en algún medio especializado. En realidad, sus errores (muchos) y sus virtudes (pocas) son comunes a un alto número de producciones, por lo que tampoco debería ser noticia que no logre superar su primera temporada. Pero los padrinos son los que son, y uno de ellos con un Oscar bajo el brazo, ni más ni menos. Es por eso que todo el mundo esperaba algo más de este producto. Algo más que unos personajes sin demasiados claroscuros; algo más que una trama con un desarrollo escaso y plagado de tópicos; y algo más que una serie incapaz de desarrollar líneas dramáticas básicas como las relaciones entre los personajes. Desconozco si a la hora de plantear el proyecto se conocían los precedentes de series similares, pero lo que está claro es que los errores han sido los mismos. Ver para creer.

‘X-Men: Primera generación’, amistad como eje de la espectacularidad


'X-Men. Primera generación' se centra en los orígenes de los mutantes.Cuando en 2006 la saga de los X-Men llegó a su fin la pregunta que tocaba hacerse era: ¿y ahora qué? Tras tres películas taquilleras, algunas con más calidad que otras, los responsables estaban más interesados que nunca en explotar todo lo posible una fuente de ingresos tan prometedora. El problema era que las aventuras mutantes parecían haber llegado a un punto muerto con X-Men: La decisión final, cuya conclusión era una especie de punto y aparte en las aventuras. Así las cosas, y hasta que se encontrara una solución, se optó por centrar la atención en el personaje de Lobezno, lo que produjo un film sobre los orígenes de Lobezno, de nuevo interpretado por Hugh Jackman (Acero puro). Volviendo a la saga mutante, esta encontró dicha solución en un reinicio de la historia, o mejor dicho en una época distinta de todo el arco dramático de los cómics. El resultado se pudo ver en 2011 bajo el título X-Men: Primera generación. Y el resultado no pudo ser más prometedor.

La película, dirigida para la ocasión por el siempre interesante Matthew Vaughn (Kick-Ass) recupera prácticamente todos los elementos que definieron la saga allá por el año 2000. Con un mayor desarrollo de personajes, una trama que encontraba el equilibrio entre la intriga y la acción, y una puesta en escena notablemente mejor que la de sus predecesoras, esta historia centrada en los primeros años de Charles Xavier y Magneto (ahora interpretados por James McAvoy y Michael Fassbender respectivamente) se convertía en un entretenimiento capaz de aportar frescura y novedad a una franquicia que parecía condenada a un cierto tedio. Posiblemente lo mejor que pudieron hacer sus responsables es borrar de un plumazo a todos aquellos personajes protagonistas en las anteriores películas y aportar caras nuevas al mundo de los mutantes. Incluso aquellos roles que tienen una versión rejuvenecida en el film se muestran distintos a como habían sido presentados en un inicio.

Consciente de esto, el desarrollo dramático elegido por los guionistas centra su atención, precisamente, en los papeles de McAvoy y Fassbender, en esa enemistad surgida de la amistad y en la relación que empieza a forjarse entre ellos. La idea de presentar los orígenes del amo del magnetismo ofrece a los fans un nexo de unión tan sutil como loable, pues conecta directamente con el film original, estableciendo más paralelismos si cabe. Aunque sin duda lo más interesante de esta primera generación de mutantes reside en cómo evolucionan todos sus personajes. En este sentido el guión juega con la idea que tienen los espectadores de dichos roles, aprovechando sus definiciones clásicas de héroes o villanos para moverlos de un extremo a otro sin resultar previsible o monótono. Lo más relevante es que los personajes tienen una definición tan sólida que la historia funciona sin necesidad de conocer previamente las posturas de cada uno, ofreciendo por tanto una trama de amistad, redención y conflictos morales clásica y rica en matices.

Puede resultar un poco extraño, y para cierto sector del público incluso erróneo, el que los dos principales enemigos de la saga participen aquí de una amistad que les une y al mismo tiempo les separa (detalle, por cierto, que enriquece notablemente la acción). Sin embargo, en este aspecto la película también toma como referencia a una de sus predecesoras, X-Men 2. Al igual que ocurría en la película de Bryan Singer (Sospechosos habituales), la presencia de un enemigo común, en este caso interpretado por Kevin Bacon (serie The following), es el elemento que obliga al resto de personajes a unirse. Y al igual que entonces, las decisiones de los personajes una vez lograda la victoria les define más que cualquier otra tomada a lo largo de la trama. Unas decisiones que, por cierto, tienen unas consecuencias traumáticas para el desarrollo de los personajes en sucesivas películas.

Efectos en lugar de carisma

En cierto modo, X-Men: Primera generación se podría considerar un compendio de lo mejor de todas las películas sobre los superhéroes mutantes. Posee una trama interesante, un desarrollo amplio y complejo de sus personajes, y sus efectos especiales son los más espectaculares de las cuatro películas. Este último elemento, por cierto, eleva al film a una categoría distinta a la de sus predecesores, pues ninguna de ellas fue capaz de combinar con el acierto de ésta todos los elementos. Es cierto que la segunda parte es la que más se acerca en este sentido, pero algunos momentos de la película dirigida por Vaughn son sencillamente magníficos, logrando generar en el espectador emociones encontradas ante, por ejemplo, el momento en que Magneto levanta un submarino. La grandeza del momento se mezcla con el intimísimo de un personaje que descubre, por fin, las capacidades de su poder.

Aunque si algo se puede, y se debe, achacar al film es la falta de carisma de sus personajes, algo en lo que los actores, la mayoría correctos, poco pueden hacer. No hablamos ahora de los dos protagonistas, cuya labor tomando el testigo de Patrick Stewart (Dad Savage) e Ian McKellen (El señor de los anillos: Las dos torres) completando sus aportaciones a los roles es indiscutible. No, el problema reside fundamentalmente en el grupo de jóvenes que integran esa primera clase a la que hace referencia el título en su versión original. Prácticamente ninguno de ellos (la excepción sería Jennifer Lawrence) es capaz de hacer que sus papeles se demarquen un poco del arquetipo, ofreciendo una imagen bastante plana, con motivaciones algo tópicas y sin sorpresa alguna en el desarrollo dramático de cada uno. Y si bien es cierto que nada de eso afecta demasiado a la visión global de la historia, también hay que señalar que de haber logrado algo más de implicación de dichos secundarios el film hubiera ganado en calidad.

La parte positiva de esta ausencia de carisma es que el peso narrativo recae sobre los hombros de McAvoy y Fassbender, lo que ambos aprovechan (sobre todo el segundo) para profundizar en el conflicto personal que nace entre ellos. Posiblemente todo esto estuviera contemplado desde un primer momento, pero eso no impide que se produzcan altibajos emocionales en la historia, que gana interés cuando el deterioro de la amistad hace acto de presencia y pierde enteros cuando son los secundarios los que deben asumir roles más protagonistas. Una lástima, pues ni siquiera la buena labor de Vaughn tras las cámaras logra ocultar esa sensación de que algo no encaja del todo bien en un conjunto, por otro lado, que tiene unas piezas perfectamente diseñadas.

En resumen, se puede entender que X-Men: Primera generación es una de las mejores películas de la saga mutante. No puede considerarse una secuela de la trilogía anterior, es evidente, y eso es lo que permite a sus responsables tener más libertad a la hora de plantear la historia. La ausencia de actores que habían saturado sus personajes es un soplo de aire fresco al dinamismo de la trama, que a pesar de poseer altibajos recuerda, y para bien, a lo visto en las primeras incursiones cinematográficas de estos superhéroes. Se pierde el conflicto racial, pero se gana en la enemistad de dos amigos condenados a entenderse. Ahora toca comprobar si tanto esta historia, ambientada años antes de los anteriores films, y las películas originales son capaces de convivir bajo un mismo techo.

‘X-Men 2’, más acción y efectos al servicio de un drama más complejo


Lobezno, interpretado por Hugh Jackman, adquiere más protagonismo en 'X-Men 2'.Ayer hablábamos de la que posiblemente sea la primera piedra en el exitoso camino de las modernas adaptaciones al cine de superhéroes e historias de cómic y novelas gráficas. El éxito que tuvo X-Men en el año 2000 permitió a muchos otros superhéroes dar el salto a la gran pantalla, pero también obligó a sus responsables a continuar con una historia que dejaba muchos cabos sueltos. Evidentemente, el motivo económico fue determinante, pero el hecho de que X-Men 2 (2003) fuese mejor en todos los aspectos que su predecesora indica que al menos su director, Bryan Singer (Valkiria), tenía algo más que contar.

Creo que tras todos estos años de reflexión nadie duda de que la primera continuación de la saga mutante es la mejor de la trilogía original, y por extensión una de las mejores adaptaciones de superhéroes que se han hecho. El motivo principal, como decimos, es una correcta comprensión del “más y mejor” que debe predominar en cualquier secuela, pero lo cierto es que solo con esto el film no habría adquirido con el tiempo la categoría que ahora tiene. La pregunta que cabe hacerse, por tanto, es qué aporta de novedoso a lo ya expuesto por su predecesora.

La respuesta hay que buscarla, como no podía ser de otro modo, es su argumento, en una trama que vuelve a repetir formato y divide su tiempo en dos líneas de desarrollo que avanzan de forma paralela para unirse en un clímax tan espectacular como emotivo. X-Men 2 acentúa los dos grandes dramas de la primera parte para erigirse como un producto mucho más completo, más dinámico y con mayor profundidad en las motivaciones de sus personajes. A través de un lenguaje audiovisual que juega con la intriga y la información aportada, la historia vuelve a optar por el oscurantismo bien entendido de la primera parte, en el sentido de no ofrecer al espectador un producto masticado, digerido y regurgitado.

El hecho de apostar de forma clara y contundente por la historia de Lobezno, de nuevo con un Hugh Jackman (Los miserables) sensacional, aporta solidez narrativa al conjunto, permitiendo un mayor desarrollo del personaje y, por extensión, una visión más amplia del mundo de los mutantes y su lucha por la supervivencia ante la intolerancia y el miedo de gobiernos y ejércitos. La presencia de William Stryker (Brian Cox) es la que articula el pasado y el presente en la historia, y es el que vincula el desarrollo de las dos tramas. Resulta interesante comprobar cómo un único personaje, cuando está bien diseñado desde el comienzo, es capaz de modificar los parámetros de toda una historia mucho más compleja.

Más mutantes, más poderes

Desde luego, la presencia de Jackman genera en el film algunos de los mejores momentos de toda la saga, como es el ataque a la mansión y la respuesta de Lobezno, o ese final en la presa. Pero como decía al comienzo, X-Men 2 supo aprovechar su apuesta por el desarrollo de la trama para integrar en ella más acción, más espectacularidad y más mutantes, que se sumaron a los ya presentados en la anterior entrega (los más destacados son los interpretados por Shawn Ashmore y Alan Cumming) y que, en líneas generales, modificaron notablemente sus puntos de partida. Ahí está, por ejemplo, el cambio que sufre Lobezno, marcado en todo momento por el traumático pasado.

Aunque sin duda esa evolución está representada por el personaje de Famke Janssen (Ni una palabra), rol que siempre ha sido objeto de profundos cambios y que en esta segunda parte encuentra una vía para explorar todos los aspectos del personaje. De forma sutil la trama introduce los cambios que se producen en Jean Grey y que la llevan a sacrificarse por el grupo en uno de los momentos más emotivos de la cinta (sacrificio que para los seguidores exploraba un nuevo camino con esa imagen final del ave sobrevolando el agua). Curiosamente, el triángulo amoroso pasa a un segundo plano en beneficio de los conflictos personales de cada uno de los integrantes, amén de otras tramas secundarias que ganan importancia, como es la constante lucha entre mutantes (aquí unidos por fuerza mayor) o la huida de la mansión para sobrevivir.

Lo más interesante del film es que todo esto, a pesar de generar más acción y más efectos, nunca llega a imponerse a la trama, siendo un recurso más de los utilizados por el director para narrar la historia. Hago hincapié en esto porque, aunque pueda parecer simple y lógico, es algo que se perdió en la tercera parte, de ahí su importancia. El arco dramático de los personajes está marcado por un sinfín de detalles, de percepciones y de motivaciones. Ninguno de ellos puede definirse en esta película como “buenos” y “malos”. Las fronteras, aunque más o menos claras, nunca llegan a definirse totalmente, llegando incluso a fundirse al final de la historia. Es eso lo que aporta a la saga, y lo que la convierte en la gran película que es: no todo es blanco o negro; no todo está bien o mal. Ese realismo, incluso narrando lo que se está narrando, es el “más y mejor” de la segunda parte.

Por tanto, X-Men 2 es en todos los sentidos un film mucho más completo y más atractivo. Dejando a un lado las comparaciones, hay que aclarar que el film tiene puntos débiles de gran relevancia, como es el hecho de que algunos secundarios pecan demasiado de arquetípicos. Su trama, además, posee los altibajos habituales de este tipo de cintas, en las que tras grandes secuencias de acción es necesario pararse a plantear los interrogantes. Pero en cualquier caso es una notable propuesta que expone sus intenciones desde el primer momento y que apuesta, por fortuna, por una historia compleja y trágica que en todo momento controla, como ocurre en el film con los mutantes, sus herramientas narrativas.

Diccineario

Cine y palabras

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