6ª T. de ‘The americans’, un final impecable para una serie sólida


Hay teorías narrativas que hablan de cinco temporadas como la duración perfecta de una serie. Personalmente creo que la clave está en encontrar los tiempos y plazos necesarios para contar lo que se quiere contar. De ahí que sea tan complicado lograr que una producción funcione, pues es difícil hallar el equilibrio y, por supuesto, es aún más difícil no alargar innecesariamente una historia cuando está tiene éxito. Por eso ficciones como The americans son tan necesarias como raras de encontrar. Su sexta y última temporada es la confirmación de que ha sido una serie sólida, compleja, atractiva, que ha sabido casi siempre hallar un ritmo coherente y, ante todo, ha tenido el final perfecto para la historia narrada. ¿Se puede pedir más?

Tal vez sí, pero no se puede pedir mucho más. Los 10 episodios de esta temporada final son una carrera contrarreloj creada con maestría por Joseph Weisberg y su equipo. Y hablo de maestría porque, después de los acontecimientos vividos en las anteriores etapas, esta temporada viene a ser una conclusión evidente y lógica de lo vivido con antelación, tanto en lo personal como en lo profesional. La trama viene a mostrar la decadencia de un sistema en franco retroceso, incapaz de asumir, al menos por algunos de sus miembros, que los tiempos han cambiado, que se buscan y se necesitan otras cosas. En este sentido es sencillamente espléndida la relación entre los roles de Keri Russell (El amanecer del planeta de los simios) y Matthew Rhys (Los archivos del Pentágono), la primera representando esa reticencia y el segundo esa mentalidad cambiada.

Aunque sin duda, lo que mejor resuelve The americans es la incógnita planteada desde el primer episodio, es decir, la amistad entre los espías soviéticos y el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane). Durante las cinco temporadas anteriores ha podido haber momentos en que la tensión entre ellos, ese tira y afloja sobre el que se ha construido buena parte de la tensión dramática de la serie, ha podido parecer excesivamente teatralizada (de ahí ese pequeño margen de mejora que antes mencionaba). Sin embargo, ha funcionado lo suficientemente bien como para que el dramatismo en esta última tanda de capítulos alcance cotas sencillamente brillantes. Más allá del modo en que el rol de Emmerich (por cierto, sobresaliente en su interpretación) empieza a sospechar de sus amigos y vecinos, lo realmente aplaudible es la escena en el garaje, ese cara a cara resuelto con pausa y sobriedad, manejando de forma ejemplar los tiempos y las emociones, buena muestra de una definición de personajes tan magistral que debería de ser estudiada en las escuelas de guión. Esa escena convertiría a muchas series mediocres en producciones a tener en cuenta. En esta lo que logra es un hito dramático tan solo igualado por lo sucedido a continuación.

Pero antes de llegar ahí es conveniente analizar el pormenor de este diálogo. Su fuerza no reside tanto en el modo en que se desarrolla, que también, como en los hechos de los episodios anteriores. Este clímax es en realidad la cumbre de una escalada dramática y de tensión construida primero sobre las sospechas de uno, segundo sobre ciertos diálogos velados entre los implicados, y por último sobre la amistad construida durante estos años. Así, se llega a un final en el que el espectador es capaz de identificarse con todos los implicados en esa escena. Con todos. Habrá más de uno (y me incluyo entre ellos) que discuta sobre la decisión final adoptada, y es esa discusión la que hace grande esta escena, pues implica que las dudas de los personajes son las mismas que tiene el espectador. Y lograr eso es sumamente difícil.

Un buen final no es un final feliz

Pero si por algo será recordada The americans es por no ser una serie edulcorada, en la que a los protagonistas todo les sale bien simplemente porque son los protagonistas. A lo largo de estas temporadas han tenido que afrontar todo tipo de desafíos, algunos resueltos con más pericia que otros, y en bastantes generando casi más problemas que soluciones. Esta dinámica ha permitido, por otro lado, que la tensión dramática haya ido en aumento. Y esta misma idea es la que ha predominado sobre uno de los mejores finales de serie de televisión de los últimos años.

La serie creada por Weisberg lleva hasta el extremo la teoría de que un buen final no tiene que ser un final feliz, sino el final que merecen sus personajes. Y lo cierto es que esta ficción podría haber tenido una amplia gama de finales, desde el más edulcorado (familia feliz se salva de ser detenida) hasta el más infeliz (los espías mueren). Pero lo que se ha optado es por el realismo más duro posible. Dos personajes que llegaron a Estados Unidos para espiar y robar secretos, que crearon una familia como tapadera y que terminan siendo perseguidos. ¿Cuál podría ser el mayor castigo? Visto el desarrollo dramático de la serie, los minutos finales de esta sexta temporada son sencillamente magistrales. Sin desvelar demasiado, tan solo decir que el manejo de los tiempos en ese tren con destino a la salvación es de una maestría difícilmente superable. El carrusel de emociones que provoca es tal que más de un espectador puede soltar una lágrima. Y todo ello sin derramarse una gota de sangre.

Al final, la conclusión de esta serie no deja de ser un reflejo de lo visto a lo largo de estos años. Con tres episodios menos que en temporadas anteriores, la trama deja de lado historias secundarias que habían lastrado un poco el desarrollo dramático para centrarse de lleno en los protagonistas, ahondando en sus dudas y miedos internos, en sus conflictos familiares y, por último y más importante, en el delicado equilibrio en el que viven. Es cierto que ha habido margen de mejora. La historia de la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld) se ha desarrollado de un modo algo irregular. Y el rol del hijo al que da vida Keidrich Sellati (Rockaway) sencillamente ha quedado como algo residual, si bien se le ha sabido sacar provecho en el tercio final de esta temporada. Y algunos secundarios habrían merecido algo más de peso específico en la trama, sobre todo a la hora de solucionar sus arcos dramáticos, como es el caso del papel de Costa Ronin (The midnighters), actor que por cierto debería de empezar a tener más presencia en la pequeña y la gran pantalla.

Pero a pesar de sus pequeñas irregularidades, The americans ha sido una de las mejores producciones de los últimos años. Fría, calculada, sobria y tensa, la sexta y última temporada es el ejemplo perfecto de lo que debería ser un final. Construido sin prisa pero sin pausa en una duración menor que en etapas anteriores, el argumento se centra finalmente en lo que parecía que podría haber sido toda la serie: la lucha entre el agente del FBI y los espías rusos. Pero lo hace sabiendo todo el bagaje dramático que lleva a cuestas, lo que aporta un plus de dramatismo al ya de por sí dramático desarrollo. Y los minutos finales del último episodio son, sencillamente, ejemplares. Se podría pedir más, en efecto, pero poco se puede echar en cara a una serie que ha sabido moverse dentro de sus límites, ha sabido construir unos personajes sólidos y complejos, y ante todo ha hecho de la contención dramática un arma con la que golpear de forma impecable en su clímax. En definitiva, tiene todo lo que cualquier drama podría desear.

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‘Misión: Imposible. Fallout’: más imposible que nunca


Creo que nadie auguraba en 1996 que la adaptación de Brian de Palma (Misión a Marte) de la famosa serie de televisión Misión: Imposible daría, más de 20 años después, hasta cinco continuaciones y millones de euros en ingresos para una franquicia que, a diferencia de muchas otras, ha sabido reinventarse cuando ha sido necesario pero siempre manteniéndose fiel a un estilo y unos elementos básicos. Esta sexta entrega es la última evidencia de lo bueno y lo malo de esta saga.

La cinta dirigida por Christopher McQuarrie, director de la anterior entrega, continúa en cierto modo los acontecimientos de esta con un estilo áspero en su narrativa y espectacular en su puesta en escena. Con secuencias de acción brillantemente ejecutadas (la pelea en el baño deja sin palabras), la trama vuelve a recurrir al engaño y la intriga para construir toda una persecución en la que, por momentos, no se sabe si los protagonistas son perseguidores o perseguidos. El hecho de que se recupere un villano como el interpretado por Sean Harris (Un lugar solitario para morir) ya da una idea del tono sombrío de la historia, de nuevo con agentes infiltrados y traiciones a las más altas instancias de la inteligencia mundial.

En este sentido, esta nueva ‘Misión: Imposible’ hace honor a su nombre, estructurando milimétricamente la trama para dosificar los giros argumentales en un exitoso intento por hacer que el ritmo no decaiga. Sin embargo, un elemento falla, y es la presunta sorpresa por conocer la identidad del villano que acompaña a Harris en esta historia. Si uno es un poco atento a los planos utilizados por el director, la identidad queda revelada casi al final del primer acto, lo que deja alrededor de dos horas de metraje en las que las presuntas sorpresas quedan completamente anuladas. De ahí que la apuesta por la acción sea tan importante, pues sin ella posiblemente la cinta se desinflaría a marchas forzadas. Acción, por cierto, que se descontrolada en su tramo final, persecución aérea y combate posterior incluidos. Todo un alarde de lo peor que puede ofrecer la saga, algo que se vio en la segunda entrega.

Con todo esto en cuenta, Misión: Imposible. Fallout se convierte en el espectáculo que cabría esperar. Una producción marcada por la acción bien ejecutada, por una trama sólida que retoma una historia precedente y que, salvo ciertos inconvenientes en su manejo de los secretos y de la intriga. En cierto modo, esta nueva aventura contiene lo mejor y lo peor de la saga. Lo mejor, sin duda, los juegos de identidades, los engaños y los constantes giros argumentales en los que nada es lo que parece, e incluso lo que realmente es muchas veces puede reinterpretarse. Lo peor es esa tendencia a la acción sin sentido, a la espectacularidad que haga gala del título en su sentido más extremo, cuando algo más sencillo tiene el mismo o mejor efecto. Pero desde luego, para pasar un buen rato disfrutando de los escenarios, la intriga y la acción, esta es la elección perfecta.

Nota: 7,5/10

‘Homeland’ cambia de enemigo y une familia y espionaje en la 7ª T.


El final de la sexta temporada de Homeland supuso toda una revolución en muchos aspectos. La serie sentaba unas bases cuanto menos interesantes para su desarrollo futuro. Y una vez vista y disfrutada la séptima etapa, solo cabe rendirse ante lo evidente: esta ficción creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant) es una de las más completas, complejas y enriquecedoras que existen en la actualidad. Y lo es porque aprovecha los acontecimientos reales para crear todo un mundo ficticio paralelo, dotándolo así de un realismo inusualmente alto, algo imprescindible en este tipo de tramas.

Al igual que ya ocurriera al final de la anterior etapa, el argumento transcurre en Estados Unidos. Pero a diferencia de lo visto hasta ahora, el islamismo ha dejado paso a la amenaza rusa, al delicado equilibrio entre dos potencias mundiales históricamente enfrentadas. Casualidad o no (más bien lo segundo), la injerencia rusa ha sido una de las constantes en los primeros meses de Donald Trump en la Casa Blanca, del mismo modo que ocurre en la serie. Claro que en estos 12 capítulos  la trama va más allá. Mucho más allá si se analizan la sucesión de acontecimientos que han nutrido el arco dramático de la temporada. Porque, en efecto, son muchos los matices dignos de analizar en esta etapa, al igual que ocurre en la serie en general.

Si bien es cierto que todo vuelve a girar en torno a Carrie Mathison (Claire Danes –El caso Wells-, de nuevo inmensa en el papel), como no podría ser de otro modo, Homeland es capaz de encontrar tramas secundarias lo suficientemente importantes como para ampliar su campo narrativo, elevando el grado de complejidad de la historia y terminando con un gancho que, posiblemente, sea el mejor de toda la serie. Pero sobre eso hablaremos luego. Uno de los aspectos más interesantes de la historia es, precisamente, el peso que han ganado muchos secundarios. No hace falta mencionar que el rol al que da vida Mandy Patinkin (Wonder) es imprescindible ya en esta historia, pero a él se han sumado otros de presencia intermitente en esta historia.

Me refiero fundamentalmente a la familia de Mathison. En anteriores temporadas el tratamiento de su relación con su hija, sobre todo en los primeros años, y con su familia más directa ha sido cuanto menos cuestionable. Ya fuera por falta de espacio o por entenderse como una carga dramática innecesaria, lo cierto es que los roles de la hermana y de la hija han sido utilizados más como una muleta en la que apoyarse en diferentes momentos de la narración que como un trasfondo dramático. En esta séptima etapa, sin embargo, adquieren un peso notable, convirtiéndose en motor dramático para el desarrollo de la protagonista, interfiriendo de forma activa en el aspecto que, hasta ahora, siempre había sido el epicentro de la historia: el trabajo de una mujer para defender Estados Unidos. La unión de ambos mundos, muy diferenciados hasta ahora, transforma la historia para dotarla de una mayor profundidad dramática y, por tanto, una mayor y enriquecedora complejidad. Complejidad, por cierto, que se traduce en una espléndida deriva emocional de la protagonista, incapaz de manejar todos los aspectos de su vida a la vez.

Árabes por rusos

Aunque sin duda el cambio más interesante está en el enemigo al que debe enfrentarse la protagonista. La pasada temporada trasladó la amenaza al interior de Estados Unidos, y en esta se rompe, al igual que se hizo en la tercera etapa, con lo visto hasta ahora para plantear un nuevo enemigo, como decía al principio tomando como punto de partida la situación actual de las relaciones políticas internacionales. Bajo este prisma, la trama aborda, en primer lugar una amenaza interna marcada por teorías de la conspiración, y en segundo lugar una amenaza externa con influencias de la Guerra Fría.

Respecto a la primera, heredera directa del final de la sexta temporada, los creadores de Homeland aprovechan igualmente la realidad. O mejor dicho, las emociones actuales. La serie localiza buena parte de los sentimientos de rechazo que genera Trump para articular toda una lucha clandestina contra la presidenta a la que da vida Elizabeth Marvel (serie House of cards), primero a través de un comunicador de masas y luego a través de los propios movimientos políticos en el Congreso. Dos líneas aparentemente independientes que, sin embargo, tienen mucho en común y, lo que es más relevante, ofrecen un reflejo de la sociedad americana, al menos de una parte de ella. El tiroteo en una finca particular y las consecuencias del mismo es posiblemente uno de los momentos más dramáticos vistos en esta serie, y ha habido muchos. Pero a diferencia de otros, este se podría haber evitado, lo que aporta si cabe un mayor impacto emocional.

Ambos elementos de esta amenaza interna están unidos por algo mucho mayor, que es la amenaza externa. El cambio de enemigo a Rusia genera también un cambio en el desarrollo dramático muy particular. A diferencia de temporadas anteriores, donde el enemigo se escondía y era necesario encontrarle, en estos 12 episodios el enemigo juega las mismas cartas que la protagonista, lo que eleva la dificultad del juego y, por lo tanto, el interés. El mejor momento que define esta idea es la conversación entre los roles de Danes y Patinkin, donde la primera comprende el alcance de la conspiración rusa y el segundo se pone tras una pista que hasta ese momento solo era una teoría. Punto de inflexión de manual, dicha conversación modifica en apenas unos minutos todo el planteamiento narrativo precedente y posterior, en un ejercicio dramático sencillamente brillante en todos sus aspectos.

Pero si Homeland deja algo grabado a fuego en la memoria es su gancho de final de temporada. Esos meses con la protagonista prisionera, esa mirada perdida al ser rescatada y la certeza de que su mente tardará en recuperarse, si es que alguna vez lo logra, son ingredientes suficientes para que una futura temporada desarrolle una trama sumamente interesante, potenciando los aspectos personales y profesionales del personaje y dotando de un mayor protagonismo a secundarios menos importantes en todos estos años. Pero eso es el futuro. Por lo pronto, la séptima etapa no solo confirma que la serie es de lo mejor en intriga y espionaje que se hace hoy en día, sino que sabe adaptarse y reinventarse a cada paso, aprovechando los acontecimientos de la actualidad política para crear toda una conspiración que evoluciona constantemente.

‘Gorrión rojo’: juegos de familia


Después de más de un siglo de historia, el cine tiene pocas historias novedosas que ofrecer. Y a medida que se van conociendo más y más películas, la sensación de estar en una espiral en la que las tramas se repiten es más intensa. Por eso es necesario que una historia aporte algo diferente, aunque sea algo mínimo. Y eso es lo que hace esta historia de espionaje, romance y traiciones, aunque lo haga de un modo un tanto cuestionable.

Comencemos por lo positivo. Gorrión rojo ofrece al espectador la novedad de que todo queda en familia. Lo que a priori se presenta como una historia de espías en la que nada es lo que parece y en la que la traición a países y compañeros parece sobrevolar cada decisión de la trama se revela en realidad, con un clásico giro final sustentado en flashbacks muy oportunos, como una historia de venganza, un juego de engaños que queda en familia y en el que los personajes secundarios son más bien espectadores y, según el caso, participantes obligados de este duelo entre tío y sobrina. Este matiz final imprime a todo el relato un punto de vista diferente, fresco y por momentos inquietante, en tanto en cuanto se percibe a la protagonista (notable Jennifer Lawrence –El lado bueno de las cosas-) como un personaje frío y calculador frente a la imagen cándida y casi desvalida que tiene durante todo el metraje.

El problema es que hasta que llega ese final y esa explicación la película se mueve por terrenos demasiado tópicos, en algunos casos previsibles. Esto, unido a una duración un tanto excesiva y a un lenguaje que muchas veces parece haberse saltado secuencias intermedias (da la impresión de que el montaje ha eliminado diálogos importantes que apoyarían algunas actitudes) hace que el film se auto imponga trabas narrativas innecesarias, y obligue al espectador a dar por sentado situaciones o a completar los espacios con lo que presumiblemente habrá ocurrido. Eso por no hablar del acto de fe que siempre piden este tipo de historias, y que no es otro que presuponer que el plan de la protagonista estaba calculado desde el principio y que todo lo que ocurre ya lo tenía previsto.

La sensación que deja Gorrión rojo es agridulce. Su desarrollo ofrece pocas novedades, su narrativa es irregular, y aunque sus actores están espléndidos en líneas generales, los personajes parecen demasiado arquetípicos. El giro argumental final aporta una visión fresca y novedosa de todo lo narrado hasta ese momento, y en cierto modo cambia la visión del film aportándole una frescura inesperada, pero la cinta no logra quitarse de encima la sensación de estar ante un artificio, ante un juego entre sobrina y tío que se resuelve casi más por un Deus ex machina que por algo orgánico.

Nota: 6,5/10

5ª T. de ‘The americans’, o el principio del fin de la Guerra Fría


Con sus altibajos, The americans es posiblemente uno de los thrillers dramáticos más interesantes de la televisión. Esta ficción creada por Joseph Weisberg ha sido capaz de aunar en un difícil equilibrio el espionaje de la Guerra Fría, los conflictos familiares y las diatribas morales y personales de los protagonistas. Ahora, en su quinta temporada, todo parece estar a punto de terminar, sin duda un indicio de que la serie llega a su fin. Estos 13 episodios son la mejor prueba de que la serie funciona mejor cuando sus diferentes tramas se vertebran entre sí para crear un todo uniforme, pero también evidencian las dudas cada vez mayores que surgían en uno y otro bando de la Guerra Fría.

Una Guerra Fría que, al menos para la pareja protagonista, parece comenzar un declive que terminará en la próxima temporada. En realidad, esta sensación de decadencia se ha dejado notar a lo largo de las anteriores temporadas, si bien es cierto que solo a través de dudas morales de corto recorrido. Sin embargo, esta temporada, centrada sobremanera en el personaje al que da vida Matthew Rhys (Doble vida), ahonda en dichas dudas extendiendo el tratamiento dramático a prácticamente todos los personajes. Y lo hace de un modo que, aunque sencillo, requiere una elaboración a fuego lento a lo largo de todas las temporadas. Los personajes tienden en estos momentos a anteponer a las personas antes que a la ideología, un concepto que no se aprecia en los comienzos de la serie y que ahora tiene un peso más que importante.

La mejor prueba de esto es el trabajo con una familia procedente de Rusia a la que espían. Lo que comienza como una colaboración idónea entre dos sistemas de espionaje evoluciona poco a poco hacia una confrontación de ideas, no tanto sistemáticas como personales. El modo en que los personajes implicados en este arco dramático afrontan lo que tienen que hacer es sumamente revelador, toda vez que la pareja protagonista defiende una labor más humana y el tercer personaje en discordia aboga por un acatamiento completo de las órdenes, poniendo la misión por encima de cualquier otra variable. Y no es el único caso. De hecho, todas las decisiones que se toman tienen como base esa dualidad generadora de conflicto que es lo humano frente al conflicto. Posiblemente la línea argumental que mejor evidencia esta evolución sea la que involucra tanto la relación de los protagonistas con el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane) como las relaciones románticas que tienen que mantener con otros objetivos. El grado de intimidad que se aprecia en estos aspectos de la trama choca frontalmente con lo que pudo verse en la primera o la segunda temporadas, demostrando la madurez de un producto que ha sabido evolucionar de forma coherente.

Por supuesto, el otro gran elemento de la historia es la integración de Paige, la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld). Integración que ya comenzó en la anterior temporada y que ahora da sus primeros pasos firmes hacia… bueno, en realidad ese es uno de los grandes aciertos de The Americans. Porque, aunque se puede intuir cuál es el futuro de este rol, en realidad su tratamiento está siendo sumamente cauto, sin dejar pistas en ningún sentido, y centrándose exclusivamente en el modo en que una adolescente asume y acepta la verdadera condición de unos padres que le han ocultado un secreto durante toda su vida. Gracias a esta apuesta de los guionistas la historia particular de este personaje madura, al igual que el resto de la serie, poco a poco, introduciéndolo en el mundo de mentiras en el que viven sus padres. Lo que ocurra a partir de aquí con ella es una incógnita, pero su integración en la trama ya es definitiva. Y esos dos factores son precisamente los que convierten a esta joven en uno de los mayores atractivos dramáticos de la ficción.

De vuelta a Rusia

Quizá el aspecto menos elaborado del arco argumental de esta quinta temporada, o al menos el tratado de un modo menos profundo, sea Rusia. Y me explico. No me refiero al punto de vista soviético, que posiblemente esté presente más que nunca, sino al modo en que los protagonistas ven su hogar. Es cierto que, de un modo u otro, está presente en muchos diálogos protagonizados por Rhys y Keri Russell (Los hombres libres de Jones), pero su fuerza dramática dentro de la estructura parece limitarse más a un mero elemento contextual que a una verdadera motivación dramática. Su rol dentro de la trama adquiere más relevancia, no por casualidad, a medida que el personaje de Holly Taylor se introduce más conscientemente en la historia de espionaje, pero al final la relevancia del objetivo de la pareja protagonista se antoja excesivamente débil, como si fuera un aspecto dramático a potenciar cuando conviene. Esto genera, por ejemplo, que la historia no adquiera un peso dramático constante, moviéndose casi más por impulsos que por una evolución constante.

Curiosamente, y hablando de Rusia, esta etapa de The Americans ha centrado más su atención en la actividad soviética fuera de Estados Unidos de lo que hasta ahora había ocurrido, una evolución que debe ser bienvenida porque, entre otras cosas, ofrece una visión de ese otro bando de la Guerra Fría igualmente marcado por las emociones personales en constante conflicto con la ideología o el deber. De este modo, el contenido dramático principal que afecta sobremanera a los protagonistas se extiende también a secundarios como Emmerich o Costa Ronin (Red Dog), que ha ido ganando peso en la historia a pasos agigantados. El modo en que estos personajes afrontan su papel en esta guerra de espías evidencia un cambio sustancial en el modo de ver el conflicto que se extiende a un ámbito mucho mayor que el de una pareja de espías visiblemente cansados (y por momentos hastiados) de su labor.

Todo ello viene a confirmar la idea de que, al menos para estos personajes, la Guerra Fría está llegando a su fin. O al menos, un enfrentamiento con dos bandos bien diferenciados trabajando cada uno por destruir al otro y en el que los seres humanos y todo lo que conllevan no parecen tener voz ni voto. La evolución dramática de esta temporada deja muy claro que a medida que la moral y la conciencia personal de los que realmente actúan sobre el terreno adquiere protagonismo, la línea que separa un bando y otro del conflicto se difumina, toda vez que algunas decisiones “por el bien de la nación” chocan frontalmente con los sentimientos de aquellos que ejecutan las decisiones. Y esa complejidad dramática queda perfectamente reflejada en el entramado narrativo de esta temporada, haciendo que prácticamente todos los personajes, al menos los que forman el núcleo principal de la serie, afronten esa dualidad entre obligación y conciencia. Y el hecho de que, en mayor o menor medida, todos tomen una decisión similar mina, por necesidad, los cimientos de la Guerra Fría.

El modo en que se resuelva definitivamente todo esto habrá que verlo en la sexta y última temporada, pero por lo pronto The Americans ha confirmado que es una de las grandes series dramáticas de los últimos años. Esta quinta temporada, con sus defectos (la historia del hijo ruso del protagonista es algo que aporta más bien poco), señala el final de un camino complejo en el que sentimientos y deber, familia y nación, se mezclan hasta el punto de difuminarse en una compleja estructura dramática que, como buen producto audiovisual, parece aproximarse a la realidad más de lo que podría pensarse en un principio. Y esta quinta temporada confirma también que una historia, ante todo, son sus personajes. Sin ellos, sin sus relaciones ni sus tramas propias, cualquier ficción termina por desestabilizarse. Por fortuna, esta serie de Joseph Weisberg ha sabido enmendar los problemas de sus primeras temporadas para erigirse como lo que es actualmente: una de las ficciones más interesantes de la parrilla televisiva.

‘Kingsman: El círculo de oro’: no es oro todo lo que brilla, pero brilla


Hasta ahora Matthew Vaughn (Stardust) nunca había dirigido una secuela. Todos sus proyectos tenían ese componente adicional de ser únicas o, al menos, la primera de una serie. Y eso, unido a la fuerza visual del director, convertían esas cintas en auténticas joyas del séptimo arte. Esta primera segunda parte que dirige, aunque igualmente espectacular en su narrativa y su apuesta visual, pierde la frescura que sí otorgan las primeras partes, y eso es algo que, aunque sea muy en el fondo, se nota.

Quizá el problema (y la virtud) de Kingsman: El círculo de oro radica precisamente en el aspecto visual y en el lenguaje de Vaughn, que aunque original como pocos se mantiene fiel a un estilo ya planteado en la primera entrega. Dicho de otro modo, da la sensación de que el director no quiere (o no se atreve) a experimentar con otra narrativa. O sencillamente no puede. Sea como fuere, esta continuación remite demasiado, en algunos casos con acierto y en otros con algo de desatino, al estilo de la cinta original. Si a esto le sumamos un guión que no solo no aporta demasiado a la historia inicial sino que además hace algo más alargada la trama, lo que tenemos es una secuela previsible, entretenida como pocas pero que ofrece pocas novedades a lo ya visto hasta ahora.

Eso no quiere decir, ni mucho menos, que no estemos ante una cinta divertida y sumamente entretenida. Y a esto contribuyen, no cabe duda, las incorporaciones al reparto original, desde una Julianne Moore (Siempre Alice) muy cómoda como la villana de turno, hasta un Pedro Pascal (Destino oculto) que es capaz de acaparar la atención en prácticamente todas las secuencias del film en las que aparece. Eso por no hablar del humor que desprende toda la trama incluso en los momentos teóricamente más serios o dramáticos. Gracias a estos elementos la cinta es capaz de superar con relativa facilidad los problemas que presenta en lo que a ritmo se refiere, sobre todo en algunos momentos más narrativos del metraje.

En el fondo, Kingsman: El círculo de oro no deja de ser una cinta de aventuras y espionaje más. Visualmente poderosa y muy divertida, la película entretiene, los actores y los espectadores se lo pasan en grande, y la narrativa es ágil, fresca y dinámica, salvo en algunos momentos. Pero la película aporta más bien poco al universo ya presentado en la primera parte, y eso termina por restar algo de brillo al conjunto. En cierto modo, esta segunda parte responde a todo lo que debe tener una segunda parte: más de todo. Tal vez sea porque Vaughn nos ha acostumbrado a cosas fuera de lo común cada vez que se pone tras las cámaras, y esta cinta no lo es. No significa un fracaso. Es simplemente que no tiene el factor sorpresa de la primera entrega, pero eso no impide que se pueda disfrutar a carcajada limpia.

Nota: 7/10

‘Atómica’: La espía que destrozó Berlín en 1989


Que actores como Charlize Theron (Lugares oscuros), James McAvoy (Trance) o John Goodman (Día de patriotas) decidan trabajar en la primera película de un director como David Leitch debería ser suficiente para, al menos, despertar la curiosidad del más incrédulo. La combinación de estos nombres, con todo lo que eso conlleva artística y visualmente hablando, han dado lugar a un producto que, si bien es cierto que bebe de muchos films similares anteriores, ofrece un espectáculo único, un complejo puzzle de espionaje, acción y drama que deja algunos de los momentos más interesantes del panorama cinematográfico actual, al menos en lo que a apartado formal se refiere.

Puede que Atómica sea, desde el punto de vista del argumento, algo enrevesada. Basándose en la novela gráfica escrita por Antony Johnston, el film tiende, sobre todo en su tercio final, a rizar el rizo del espionaje, a situar la trama en un nivel de complejidad que no termina de encajar con el tono previo que ha tenido la narración, obligando a una especie de final triple que alarga innecesariamente la historia y que, aunque da un sentido muy distinto a todo lo visto durante las casi dos horas de metraje, también plantea otras dudas que no quedan resueltas como deberían. Eso por no hablar de que la definición de algunos secundarios se realiza de forma tan esquemática que tiende a perderse en la maraña de personajes y tramas que suelen definir este tipo de historias.

Con todo, y aunque parezca increíble, este es un mal relativamente menor. La película de Leitch es un espectáculo visual en todos sus sentidos, desde una puesta en escena que juega con inteligencia con los colores y la calidez o frialdad de la luz, hasta algunos hallazgos visuales sencillamente perfectos, como es ese largo plano secuencia que comienza en la calle, pasa por varias peleas dentro de un edificio y termina en el agua. Eso por no hablar de la intensidad de las secuencias de acción, cortesía de un director curtido en este tipo de situaciones (ha sido especialista y director de segunda unidad de este tipo de secuencias en otros films). Todo ello aporta a esta historia un sabor único, a medio camino entre la decadencia y el kitsch, que se acentúa por una banda sonora imprescindible para melómanos.

La verdad es que Atómica apenas da respiro al espectador para acomodarse en su butaca. Y entre medias, las suficientes secuencias narrativas para explicar el contexto, la trama y la doble moral de muchos de los personajes. Una cinta de espionaje que sin duda evocará varios héroes masculinos del género, y que en esta ocasión tiene a una belleza como Theron repartiendo mamporros con cualquier objeto a su alcance. Espectacularidad, adrenalina y mucha intriga, aunque esta última puede terminar por resultar algo irreal según se acepten o no los falsos finales que presenta. En cualquier caso, es un mal que puede poner una mancha en el expediente de esta espía en el Berlín de 1989, pero que no resta valor al resto de su historia.

Nota: 7/10

La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘The americans’ afronta con valentía el desarrollo de su 4ª temporada


Keri Russell, Holly Taylor y Matthew Rhys, en la cuarta temporada de 'The americans'.Desde que el séptimo arte me cautivó siempre ha habido una máxima que he buscado: la coherencia de una historia. Puede parecer algo simple y sencillo, pero como el sentido común, muchas veces es lo menos común en cualquier historia. Por eso la cuarta temporada de The americans ha resultado tan interesante. Su creador, Joseph Weisberg (serie Falling Skies) ha sido lo suficientemente inteligente y valiente para dejar que los acontecimientos narrados en la tercera temporada siguieran su curso hasta sus últimas consecuencias, lo que ha ofrecido a la serie un desarrollo dramático vivo, dinámico y con unas conclusiones sumamente interesantes.

Y es que una vez superado el escollo narrativo de las dos realidades que se mostraron en las primeras temporadas (espionaje y familia), era el momento de exponer en qué grado se influyen mutuamente ambos mundos. Son preguntas sencillas, que cualquier espectador puede hacerse, pero que no siempre encuentran respuesta, fundamentalmente porque las ficciones tienden a centrarse en un único aspecto. Sin embargo, espionaje y familia toman en estos 13 episodios una dimensión única y, como ya he dicho, inteligente. Lo que esto provoca, más que conflictos (que los hay), es una tensión dramática muy alta, no tanto por el riesgo de que el entorno de esta familia de espías soviéticos desvele su secreto, como por el trasfondo moral y psicológico que supone descubrir la realidad detrás de un comportamiento.

Dicho de otro modo, toda vez que los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (Mayo de 1940) se han descubierto ante su hija, a la que da vida notablemente bien Holly Taylor (Ashley), las sospechas de que traicione su secreto surgen casi desde el inicio. Y del mismo modo, la joven ve con otros ojos las salidas nocturnas y las excusas sobre trabajo de sus progenitores. Esto provoca un contexto totalmente nuevo en The americans y, sin duda, supone un refrescante punto de vista de la dinámica entre personajes, a lo que se suma la introducción de nuevos roles que, aunque secundarios, juegan un papel fundamental en este espionaje soviético en plena Guerra Fría.

Incluso el interés que parece mostrar el personaje de Taylor hacia el espionaje y la realidad de sus padres en la ficción está tratado con sutileza. No se trata de que la obliguen (es más, parece lo contrario); ni siquiera pretenden reclutarla en alguna misión. Ella, simplemente, comienza a actuar de un modo sutil, considerando que debe, por fidelidad, recabar información de su entorno. Y se produce de forma natural y progresiva, generando no pocas fricciones y evidenciando, en el fondo, que la transformación que parece empezar a sufrir no va a ser un proceso sencillo. Sin duda, esta evolución en el aspecto familiar es una de las más interesantes de la temporada, aunque desde luego no es la única.

Cura y enfermedad

En realidad, lo más interesante de esta cuarta temporada de The americans es la trama de espionaje. Mejor dicho, la que tiene que ver única y exclusivamente con el espionaje. Dejando a un lado los conflictos personales de cada uno de los protagonistas, marcados precisamente por el hastío que parecen sentir respecto a su trabajo (acentuado por la introducción de su hija en la ecuación), es necesario destacar el modo en que la historia de espías de esta etapa se desarrolla. Sin miedo, afrontando los retos con honestidad y siendo consciente de que todo puede pasar. Es más, todo pasa.

Sin esa honestidad, por ejemplo, no se explicaría el giro argumental tan interesante que da la trama secundaria protagonizada por Alison Wright (Diario de una niñera). Sin esa valentía no se habría visto el impactante suceso de mitad de temporada que envuelve a uno de los roles que más juego estaban dando a lo largo de las anteriores temporadas. Y sin eso, en definitiva, no se habría dado desarrollo al entorno del FBI que tanto prometía en las primeras etapas pero que parecía haberse quedado en un mero apoyo para generar algo de tensión dramática cuando el resto de historias perdían interés.

Ahora, sin embargo, Weisberg logra aunar todas las historias en una única trama con diferentes caras. Para ello, evidentemente, elimina secundarios cuyos arcos dramáticos habían caído en una deriva incontrolable y sin demasiado sentido. A otros, los más interesantes, les otorga un papel más o menos determinante en el futuro de la historia, cuyo final en esta temporada es tan inesperado como lógico si se analiza con detenimiento. Y es que en lugar de alargar situaciones que no son capaces de sostenerse sólidamente, el creador de esta ficción opta por dejar que los acontecimientos dominen a los personajes, situándoles en contextos que son incapaces de controlar, y generando así la angustia y la ansiedad en el espectador.

En resumen, The americans evoluciona manteniendo a sus seguidores pegados a la pantalla. La cuarta temporada, lejos de quedarse en una simple reiteración de situaciones, introduce nuevos elementos a la trama principal para complicar el devenir de los protagonistas. Este aumento de la presión y tensión dramática elimina, además, tramas secundarias de forma apabullante y sumamente efectiva, lo que cierra un tanto el abanico de realidades que trata de abarcar la serie (lo que en cierto modo simplifica) pero aumenta la tensión sobre los protagonistas (lo que definitivamente hace más compleja la historia). El final de la temporada pone el foco sobre los protagonistas como nunca antes lo había hecho y, sobre todo, les enfrenta a una realidad incontestable: o desvelarse ante toda su familia como lo que son o arriesgarse a ser atrapados. Para conocer la decisión habrá que esperar a la quinta parte.

‘Misión: Imposible – Nación secreta’: la confirmación de una saga


Tom Cruise vuelve a ser Ethan Hunt en 'Misión: Imposible - Nación secreta'.A pesar de haber tenido ciertos altibajos, sobre todo en su segunda entrega, la saga de Misión: Imposible ha logrado confirmarse en sus últimas aventuras como una serie muy completa, capaz de ofrecer al espectador lo que espera de un modo fresco, dinámico y muy atractivo. La última incursión en el personaje de Ethan Hunt por parte de Tom Cruise (Top Gun) es el broche de oro a una evolución que ha sabido sacar partido de los elementos más característicos de la trama y, sobre todo, de unos personajes que se han convertido en fijos.

Puede que muchos consideren a esta Misión: Imposible – Nación secreta como una vuelta de tuerca más a las situaciones inimaginables que vive el protagonista, entre las que se lleva la palma la secuencia inicial. Sin embargo, y al igual que ocurre con otras sagas como la de ‘James Bond’, todo ello forma parte del encanto de las aventuras de este espía. Partiendo de esta base, lo realmente importante es comprobar si la cinta es capaz de trasladar al espectador a su terreno, de introducirle en sus propias normas para ofrecerle un entretenimiento digno. Lo consigue con creces. La película desprende un dinamismo único, un ritmo cuidadosamente calculado que permite a la trama desarrollarse con coherencia y naturalidad sin perder por ello ni un ápice de acción o adrenalina.

Sin duda esto se debe al equilibrio entre las secuencias de acción, algunas de ellas realmente logradas, y las secuencias de mayor tensión dramática, que incorporan en todo momento la sensación de prender la famosa mecha que acompaña siempre a la película. Esto, unido a la consistencia de un núcleo de protagonistas que parece haber encajado perfectamente en la trama (lo que aporta una mayor continuidad a las aventuras de Hunt), ofrece al espectador los anclajes necesarios para conocer de antemano los trucos a utilizar. Y aunque eso podría dar pie a una previsibilidad contraproducente, el hecho de que la trama aproveche ese conocimiento previo en su beneficio (bien a través de referencias explícitas, bien como una suerte de gag) transforma la previsibilidad en ironía, lo que no hace sino mejorar el resultado final.

Es cierto, sin embargo, que el villano sigue siendo uno de los puntos más débiles de la saga. No se trata tanto de que no posean fuerza como de que son arquetipos que no parecen estar a la altura de la calidad de los héroes. En Misión: Imposible – Nación secreta ocurre algo similar con el rol de Sean Harris (Harry Brown). Pero es un mal menor. Esta quinta entrega (ya hay sexta en camino) confirma la idea de que estamos ante una saga que, tras varios intentos, ha encontrado la esencia que le permitirá vivir para siempre, más o menos como le ha ocurrido al agente secreto más famoso del cine. Mientras siga sabiendo cuál es su sitio y lo que puede o no puede ofrecer, bienvenido seas, Ethan Hunt.

Nota: 7,5/10

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