‘Atómica’: La espía que destrozó Berlín en 1989


Que actores como Charlize Theron (Lugares oscuros), James McAvoy (Trance) o John Goodman (Día de patriotas) decidan trabajar en la primera película de un director como David Leitch debería ser suficiente para, al menos, despertar la curiosidad del más incrédulo. La combinación de estos nombres, con todo lo que eso conlleva artística y visualmente hablando, han dado lugar a un producto que, si bien es cierto que bebe de muchos films similares anteriores, ofrece un espectáculo único, un complejo puzzle de espionaje, acción y drama que deja algunos de los momentos más interesantes del panorama cinematográfico actual, al menos en lo que a apartado formal se refiere.

Puede que Atómica sea, desde el punto de vista del argumento, algo enrevesada. Basándose en la novela gráfica escrita por Antony Johnston, el film tiende, sobre todo en su tercio final, a rizar el rizo del espionaje, a situar la trama en un nivel de complejidad que no termina de encajar con el tono previo que ha tenido la narración, obligando a una especie de final triple que alarga innecesariamente la historia y que, aunque da un sentido muy distinto a todo lo visto durante las casi dos horas de metraje, también plantea otras dudas que no quedan resueltas como deberían. Eso por no hablar de que la definición de algunos secundarios se realiza de forma tan esquemática que tiende a perderse en la maraña de personajes y tramas que suelen definir este tipo de historias.

Con todo, y aunque parezca increíble, este es un mal relativamente menor. La película de Leitch es un espectáculo visual en todos sus sentidos, desde una puesta en escena que juega con inteligencia con los colores y la calidez o frialdad de la luz, hasta algunos hallazgos visuales sencillamente perfectos, como es ese largo plano secuencia que comienza en la calle, pasa por varias peleas dentro de un edificio y termina en el agua. Eso por no hablar de la intensidad de las secuencias de acción, cortesía de un director curtido en este tipo de situaciones (ha sido especialista y director de segunda unidad de este tipo de secuencias en otros films). Todo ello aporta a esta historia un sabor único, a medio camino entre la decadencia y el kitsch, que se acentúa por una banda sonora imprescindible para melómanos.

La verdad es que Atómica apenas da respiro al espectador para acomodarse en su butaca. Y entre medias, las suficientes secuencias narrativas para explicar el contexto, la trama y la doble moral de muchos de los personajes. Una cinta de espionaje que sin duda evocará varios héroes masculinos del género, y que en esta ocasión tiene a una belleza como Theron repartiendo mamporros con cualquier objeto a su alcance. Espectacularidad, adrenalina y mucha intriga, aunque esta última puede terminar por resultar algo irreal según se acepten o no los falsos finales que presenta. En cualquier caso, es un mal que puede poner una mancha en el expediente de esta espía en el Berlín de 1989, pero que no resta valor al resto de su historia.

Nota: 7/10

La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘The americans’ afronta con valentía el desarrollo de su 4ª temporada


Keri Russell, Holly Taylor y Matthew Rhys, en la cuarta temporada de 'The americans'.Desde que el séptimo arte me cautivó siempre ha habido una máxima que he buscado: la coherencia de una historia. Puede parecer algo simple y sencillo, pero como el sentido común, muchas veces es lo menos común en cualquier historia. Por eso la cuarta temporada de The americans ha resultado tan interesante. Su creador, Joseph Weisberg (serie Falling Skies) ha sido lo suficientemente inteligente y valiente para dejar que los acontecimientos narrados en la tercera temporada siguieran su curso hasta sus últimas consecuencias, lo que ha ofrecido a la serie un desarrollo dramático vivo, dinámico y con unas conclusiones sumamente interesantes.

Y es que una vez superado el escollo narrativo de las dos realidades que se mostraron en las primeras temporadas (espionaje y familia), era el momento de exponer en qué grado se influyen mutuamente ambos mundos. Son preguntas sencillas, que cualquier espectador puede hacerse, pero que no siempre encuentran respuesta, fundamentalmente porque las ficciones tienden a centrarse en un único aspecto. Sin embargo, espionaje y familia toman en estos 13 episodios una dimensión única y, como ya he dicho, inteligente. Lo que esto provoca, más que conflictos (que los hay), es una tensión dramática muy alta, no tanto por el riesgo de que el entorno de esta familia de espías soviéticos desvele su secreto, como por el trasfondo moral y psicológico que supone descubrir la realidad detrás de un comportamiento.

Dicho de otro modo, toda vez que los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (Mayo de 1940) se han descubierto ante su hija, a la que da vida notablemente bien Holly Taylor (Ashley), las sospechas de que traicione su secreto surgen casi desde el inicio. Y del mismo modo, la joven ve con otros ojos las salidas nocturnas y las excusas sobre trabajo de sus progenitores. Esto provoca un contexto totalmente nuevo en The americans y, sin duda, supone un refrescante punto de vista de la dinámica entre personajes, a lo que se suma la introducción de nuevos roles que, aunque secundarios, juegan un papel fundamental en este espionaje soviético en plena Guerra Fría.

Incluso el interés que parece mostrar el personaje de Taylor hacia el espionaje y la realidad de sus padres en la ficción está tratado con sutileza. No se trata de que la obliguen (es más, parece lo contrario); ni siquiera pretenden reclutarla en alguna misión. Ella, simplemente, comienza a actuar de un modo sutil, considerando que debe, por fidelidad, recabar información de su entorno. Y se produce de forma natural y progresiva, generando no pocas fricciones y evidenciando, en el fondo, que la transformación que parece empezar a sufrir no va a ser un proceso sencillo. Sin duda, esta evolución en el aspecto familiar es una de las más interesantes de la temporada, aunque desde luego no es la única.

Cura y enfermedad

En realidad, lo más interesante de esta cuarta temporada de The americans es la trama de espionaje. Mejor dicho, la que tiene que ver única y exclusivamente con el espionaje. Dejando a un lado los conflictos personales de cada uno de los protagonistas, marcados precisamente por el hastío que parecen sentir respecto a su trabajo (acentuado por la introducción de su hija en la ecuación), es necesario destacar el modo en que la historia de espías de esta etapa se desarrolla. Sin miedo, afrontando los retos con honestidad y siendo consciente de que todo puede pasar. Es más, todo pasa.

Sin esa honestidad, por ejemplo, no se explicaría el giro argumental tan interesante que da la trama secundaria protagonizada por Alison Wright (Diario de una niñera). Sin esa valentía no se habría visto el impactante suceso de mitad de temporada que envuelve a uno de los roles que más juego estaban dando a lo largo de las anteriores temporadas. Y sin eso, en definitiva, no se habría dado desarrollo al entorno del FBI que tanto prometía en las primeras etapas pero que parecía haberse quedado en un mero apoyo para generar algo de tensión dramática cuando el resto de historias perdían interés.

Ahora, sin embargo, Weisberg logra aunar todas las historias en una única trama con diferentes caras. Para ello, evidentemente, elimina secundarios cuyos arcos dramáticos habían caído en una deriva incontrolable y sin demasiado sentido. A otros, los más interesantes, les otorga un papel más o menos determinante en el futuro de la historia, cuyo final en esta temporada es tan inesperado como lógico si se analiza con detenimiento. Y es que en lugar de alargar situaciones que no son capaces de sostenerse sólidamente, el creador de esta ficción opta por dejar que los acontecimientos dominen a los personajes, situándoles en contextos que son incapaces de controlar, y generando así la angustia y la ansiedad en el espectador.

En resumen, The americans evoluciona manteniendo a sus seguidores pegados a la pantalla. La cuarta temporada, lejos de quedarse en una simple reiteración de situaciones, introduce nuevos elementos a la trama principal para complicar el devenir de los protagonistas. Este aumento de la presión y tensión dramática elimina, además, tramas secundarias de forma apabullante y sumamente efectiva, lo que cierra un tanto el abanico de realidades que trata de abarcar la serie (lo que en cierto modo simplifica) pero aumenta la tensión sobre los protagonistas (lo que definitivamente hace más compleja la historia). El final de la temporada pone el foco sobre los protagonistas como nunca antes lo había hecho y, sobre todo, les enfrenta a una realidad incontestable: o desvelarse ante toda su familia como lo que son o arriesgarse a ser atrapados. Para conocer la decisión habrá que esperar a la quinta parte.

‘Misión: Imposible – Nación secreta’: la confirmación de una saga


Tom Cruise vuelve a ser Ethan Hunt en 'Misión: Imposible - Nación secreta'.A pesar de haber tenido ciertos altibajos, sobre todo en su segunda entrega, la saga de Misión: Imposible ha logrado confirmarse en sus últimas aventuras como una serie muy completa, capaz de ofrecer al espectador lo que espera de un modo fresco, dinámico y muy atractivo. La última incursión en el personaje de Ethan Hunt por parte de Tom Cruise (Top Gun) es el broche de oro a una evolución que ha sabido sacar partido de los elementos más característicos de la trama y, sobre todo, de unos personajes que se han convertido en fijos.

Puede que muchos consideren a esta Misión: Imposible – Nación secreta como una vuelta de tuerca más a las situaciones inimaginables que vive el protagonista, entre las que se lleva la palma la secuencia inicial. Sin embargo, y al igual que ocurre con otras sagas como la de ‘James Bond’, todo ello forma parte del encanto de las aventuras de este espía. Partiendo de esta base, lo realmente importante es comprobar si la cinta es capaz de trasladar al espectador a su terreno, de introducirle en sus propias normas para ofrecerle un entretenimiento digno. Lo consigue con creces. La película desprende un dinamismo único, un ritmo cuidadosamente calculado que permite a la trama desarrollarse con coherencia y naturalidad sin perder por ello ni un ápice de acción o adrenalina.

Sin duda esto se debe al equilibrio entre las secuencias de acción, algunas de ellas realmente logradas, y las secuencias de mayor tensión dramática, que incorporan en todo momento la sensación de prender la famosa mecha que acompaña siempre a la película. Esto, unido a la consistencia de un núcleo de protagonistas que parece haber encajado perfectamente en la trama (lo que aporta una mayor continuidad a las aventuras de Hunt), ofrece al espectador los anclajes necesarios para conocer de antemano los trucos a utilizar. Y aunque eso podría dar pie a una previsibilidad contraproducente, el hecho de que la trama aproveche ese conocimiento previo en su beneficio (bien a través de referencias explícitas, bien como una suerte de gag) transforma la previsibilidad en ironía, lo que no hace sino mejorar el resultado final.

Es cierto, sin embargo, que el villano sigue siendo uno de los puntos más débiles de la saga. No se trata tanto de que no posean fuerza como de que son arquetipos que no parecen estar a la altura de la calidad de los héroes. En Misión: Imposible – Nación secreta ocurre algo similar con el rol de Sean Harris (Harry Brown). Pero es un mal menor. Esta quinta entrega (ya hay sexta en camino) confirma la idea de que estamos ante una saga que, tras varios intentos, ha encontrado la esencia que le permitirá vivir para siempre, más o menos como le ha ocurrido al agente secreto más famoso del cine. Mientras siga sabiendo cuál es su sitio y lo que puede o no puede ofrecer, bienvenido seas, Ethan Hunt.

Nota: 7,5/10

‘The americans’ alcanza el clímax dramático en la tercera temporada


Matthew Rhys y Keri Russell, durante la revelación de la tercera temporada de 'The americans'.Después de una temporada cuyo desarrollo fue algo irregular y de otra en la que la trama familiar tomó conciencia de su verdadera importancia, la tercera etapa de The americans ha logrado aunar, por fin, las principales tramas bajo un único paraguas. Estos nuevos 13 episodios de la serie creada por Joseph Weisberg (serie Falling skies) han sido capaces de equilibrar el peso de cada una de las historias para desarrollar un concepto relativamente nuevo dentro de la serie, permitiendo a los personajes evolucionar, enfrentarse a sus miedos y, sobre todo, afrontar la coherencia de los acontecimientos con la desnudez propia de quienes se adentran en lo desconocido.

Sin duda la relevancia de la trama principal, con sus ramificaciones en la historia del espionaje, es lo más atractivo de la tercera temporada. A diferencia de lo que ocurrió en la primera parte, el trabajo de la pareja protagonista pierde interés en favor de una cada vez mayor presencia del conflicto familiar. Lejos de suponer un problema dramático, Weinberg aprovecha las sospechas del rol de Holly Taylor (Worst friends) para generar uno de los puntos de giro más interesantes de la televisión, y desde luego el más impactante de toda la serie. Tratado con seriedad y dramatismo, el momento en que el secreto familiar es revelado es uno de esos momentos que quedan grabados en la retina, tanto por la exquisita realización como por el impacto que se prevé va a tener, y que de hecho tiene.

Aunque tal vez lo realmente interesante es el impacto que las tensiones familiares tienen sobre los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (Amor y otros desastres). Cada uno en su estilo, los conflictos en el hogar y la revelación obligada por las circunstancias llevan a la pareja de espías a afrontar sus misiones de un modo más complejo, sembrando de dudas todas y cada una de las decisiones y teniendo cada vez menos conexión con sus superiores, sobre todo él. Si bien es cierto que las repercusiones dramáticas de este proceso no son evidentes (uno de los pocos ‘peros’ de esta temporada), no cabe duda de que The americans ha iniciado un camino que ya no puede desandar, lo que promete un futuro sumamente atractivo.

Eso no quiere decir que no existan las repercusiones. Posiblemente la más notable sea la que relaciona de un modo más directo la gran trama conceptual de la serie: el espionaje ruso al FBI. Tras dos temporadas un tanto alicaídas, el arco dramático del personaje de Alison Wright (Diario de una niñera) ha protagonizado una de las etapas más turbadoras de la temporada, lo que ha obligado a los creadores de la trama a dirigir su rol hacia un territorio nuevo en el que las mentiras en las que vivía se desmoronan, y en el que todavía queda por comprobar el papel que juegan el resto de personajes implicados, incluyendo el de Noah Emmerich (Caza a la espía), que esta etapa ha sido uno de los grandes sacrificados.

El sacrificio de las tramas secundarias

Y es que el agente del FBI vecino de los espías rusos que no parece enterarse de nada ha perdido, en esta temporada, el poco atractivo que tuvo en los primeros compases de The americans. Sin el juego a dos bandas protagonizado junto al rol de Annet Mahendru (Sally Pacholok), su protagonismo se diluye lentamente a pesar de los intentos por darle poder e influencia narrativa. Previsible y sin grandes conflictos, su trama es más bien una excusa para mantener el interés en la embajada rusa y en lo que le ocurre al personaje de Mahendru allí en Rusia, algo que por cierto también se cae por su propio peso. Es, de hecho, el gran talón de Aquiles de una temporada, por otro lado, magnífica.

La paulatina desaparición del interés de estos personajes se debe sobre todo a la necesidad de establecer un contrapunto algo más ligero (y en algunos momentos irónicamente cómico) al dramatismo que se desprende de la trama principal, tanto en su vertiente de suspense como en su vertiente dramática. La intensidad de su desarrollo, sobre todo en el tercer acto conformado por los últimos 3 episodios, exige al equilibrio formal una vía de escape para no convertir la serie en un constante giro dramático en una escalada que solo perjudicaría al resultado final. De ahí la obligación de buscar una alternativa, y de ahí la elección de sacrificar las tramas secundarias.

Porque sí, la protagonizada por Emmerich no es la única que se sacrifica. La historia sobre el grupo de autoayuda, que puede ser entendida como una forma de volcar las frustraciones por parte del patriarca de los espías, se revela más bien como un intento de devolver a la acción a un personaje que debería haber desaparecido definitivamente en la primera temporada. Este intento no termina de funcionar, por lo que habrá que esperar a la cuarta temporada para comprobar el camino tomado. Por lo pronto, las secuencias de esta trama secundaria son más bien un paréntesis que permite al espectador reflexionar sobre los acontecimientos realmente interesantes.

Desde luego, habrá quienes alaben esta estrategia y quienes la denosten. Personalmente considero que sacrificar las líneas secundarias en cualquier drama es una apuesta demasiado arriesgada. En el caso de The americans funciona únicamente por la fuerza de su trama principal, que devora el resto de las historias y se nutre de ellas para alcanzar un gancho de final de temporada tan esperado como soberbio. Pero es importante no perder de vista que si la serie mantiene el bajo nivel dramático de las líneas argumentales de apoyo puede derivar en un producto sumamente irregular. En cualquier caso, eso es el futuro. Si hubiera que resumir la tercera temporada de la serie, posiblemente lo que habría que decir es que estamos ante la mejor etapa de esta ficción.

‘Homeland’ recupera su esencia en una 4ª T con nuevos enemigos


Mandy Patinkin y Claire Danes vuelven en la cuarta temporada de 'Homeland'.Las emociones respecto a la nueva temporada de Homeland han sido, a lo largo de este último año, relativamente dispares. Por un lado, existía el temor de no saber remontar la trama de la serie a raíz de los acontecimientos sucedidos en la tercera temporada y, sobre todo, del ritmo aparentemente irregular de su desarrollo. Por otro, la expectación era máxima si tenemos en cuenta que estamos hablando de una de las producciones más interesantes de los últimos años. En ambos casos la expectación era muy alta. Y en líneas generales, los 12 episodios de esta cuarta temporada no han defraudado, siendo capaces de retomar lo mejor de la ficción y reconvertirlo en una nueva historia.

Es evidente que la anterior temporada supuso la conclusión de un arco dramático que duró hasta tres entregas. Sin embargo, y como señalé en el análisis de dichos episodios, no hay que entender la serie como un thriller sobre un marine reconvertido en terrorista árabe, sino sobre el trabajo de la CIA y, más concretamente, del personaje interpretado por Claire Danes (Stardust). Esta nueva etapa creada por Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24) confirma tal hipótesis al presentar no solo una historia totalmente distinta, sino al hacerlo con los principales personajes involucrados en una nueva misión y en una nueva conspiración de espionaje que amenaza la vida y el equilibrio dentro de la agencia.

Se puede decir que, en líneas generales, esta nueva temporada de Homeland recupera el nivel dramático y de suspense que ya tuviera la primera y, sobre todo, la segunda temporada. La historia, trasladada a Pakistán, desarrolla de forma inteligente y con relativa coherencia el conflicto entre agencias de inteligencia alimentado por las diferentes visiones que ambos grupos tienen de un líder terrorista. Al igual que ocurriera en los inicios de la serie, en esta ocasión un acontecimiento tan aparentemente “inocente” desemboca en todo un conflicto armado con asalto a la embajada estadounidense que deja varias decenas de muertos por los pasillos y las calles del recinto. Sin duda ese es uno de los momentos más impactantes del desarrollo dramático, pero ni por asomo es el que más tensión genera.

De hecho, este último aspecto es de lo más admirable de esta ficción. Su trama está tan bien construida, sus personajes son tan ricos dramáticamente hablando y los secretos son tan relevantes que cada episodio, cada secuencia, añade un grado de tensión física y dramática al conjunto, generando una escalada que desemboca en ese violento capítulo del que la foto que acompaña este texto es solo un leve reflejo. Esta aparente sencillez para construir el thriller es lo que permite a la serie reconciliarse con todos aquellos fans que encontraron en la tercera temporada un vacío narrativo y dramático. Es un regreso por todo lo alto, no cabe duda, y devuelve a la serie al lugar que le corresponde, si es que en algún momento lo abandonó.

Futuro incierto

Cabe señalar, además, que esta cuarta temporada de Homeland ha sabido aprovecharse de todo aquello que arrastra de las temporadas anteriores. La niña que la protagonista ha tenido fruto de su relación con el personaje de Damian Lewis (serie Hermanos de sangre); la tensa relación con el personaje de Rupert Friend (Aprendiz de caballero); el regreso de Mandy Patinkin (La princesa prometida) a la primera fila de la dirección de la CIA. Y así sucesivamente. La integración de todos estos elementos en el desarrollo de la trama principal hace que la serie se nutra de elementos aparentemente intrascendentes, pero que dotan a los personajes y al conjunto en general de una profundidad que no lograba en etapas anteriores. Hay que decir, empero, que el desarrollo de la trama principal se ha visto salpicado de diversos giros argumentales algo forzados dentro de la definición no solo de la historia, sino de los propios personajes, obligándoles a actuar de forma algo incoherente para poder desarrollar la trama.

El final de la temporada puede parecer dócil, incluso derrotista. Mientras que durante 10 episodios la tensión y el drama van en aumento, los últimos capítulos se centran en cerrar las líneas secundarias relacionadas con la vida personal de la protagonista. Lo cierto es que conceptualmente hablando contrastan mucho ambos mundos, pero no por ello es un mal final, más bien al contrario. La serie aprovecha esos elementos para situar a todos y cada uno de los personajes ante una nueva perspectiva, impidiendo al espectador tener acceso al conocimiento de qué es lo que va a ocurrir. Más o menos como ocurrió al final de la tercera temporada, con la diferencia de que ahora mismo no se ha cerrado una etapa como tal, sino tan solo un capítulo de algo que se atisba mucho mayor.

Buena parte de estas sensaciones se debe a que la trama desarrollada en Pakistán no ha concluido del todo. Las relaciones entre los personajes, su forma de afrontar la derrota sufrida en suelo pakistaní y el hecho de que la CIA parezca apoyar de algún modo a un líder terrorista dejan abiertos sendos interrogantes que permiten pensar en una quinta temporada de lo más variada. Y digo pensar, porque si algo ha demostrado la serie es que no tiene miedo alguno a sorprender al espectador con un desarrollo impacientemente coherente, lo cual siempre es de agradecer y admirar.

Desde luego, Homeland ha logrado en esta cuarta temporada desprenderse de todo aquello que la eclipso durante sus primeras temporadas para revelarse como una serie de espionaje, una serie capaz de tener una vida más allá de un marine reconvertido, de la enfermedad mental de su protagonista (que en estos episodios tiene cierta relevancia, pero en ningún caso es fundamental) o de la amenaza terrorista en suelo norteamericano. Lo cierto es que, quitándose una serie de sambenitos que se le habían asignado no sin cierto fundamento, se ha definido como uno de los mejores thrillers de la televisión, al menos dentro del mundo del espionaje. Y lo ha hecho con las armas que siempre le han funcionado: una buena historia y unos personajes profundamente complejos. Solo cabe esperar que la quinta temporada siga la senda iniciada en estos episodios.

‘The imitation game’: el enigma de la sobriedad


Benedict Cumberbatch da vida a Alan Turing en 'The imitation game'.Puede parecer que los grandes films deben tener, al menos, un aspecto grandilocuente en su producción. Da igual que sean los efectos especiales, la concepción narrativa del director o el desarrollo del guión. ¿Pero qué ocurre cuando ninguno de esos elementos destaca por encima del resto y todos ellos crean un magnífico film? Seguramente a muchos les parecerá que están ante películas sin grandes alicientes, pero nada más lejos de la realidad. Lo nuevo de Morten Tyldum (Buddy) es esto y mucho más.

Dese luego, si el 2015 va a estar definido por lo que pueda representar The imitación game, estamos ante un año cinematográfico espléndido. Todo en la película, desde la puesta en escena a los actores, traslada al espectador a una época de tensiones, experimentación y descubrimiento. Una época en la que el tiempo jugaba a contrarreloj, algo que puede saborearse en cada plano rodado de forma elegante por Tyldum, quien opta por una planificación idóneamente sobria. Sobriedad que, por cierto, no debe sobreentenderse desde el punto de vista del guión, que depara alguna que otra sorpresa de carácter bélico que debería hacer reflexionar sobre el papel que cada país jugó en la guerra.

Claro que la función no sería lo mismo sin la presencia de sus actores. Sin duda, Benedict Cumberbatch (El topo) vuelve a demostrar, y ya empiezan a ser demasiadas ocasiones, que es uno de los mejores actores de su generación, del panorama actual y de lo que va a surgir de aquí a unos años. La sutileza con la que afronta su personaje, dotándole de matices y motivos a medida que avanza el metraje, es digno de todos los reconocimientos posibles. Pero no es el único. Desde una Keira Knightley (Nunca me abandones) que pide en cada plano más atención hasta Mark Strong (Oro negro), uno de esos secundarios “roba escenas”, todo el reparto se afana por dotar no tanto de realismo, sino de verosimilitud, a sus respectivos personajes, edificando una serie de relaciones personales que traspasan la mera interpretación.

Se puede decir que estamos ante una de las mejores películas del año. The imitation game es uno de esos biopics que atrapan, capaces de ofrecer mucho con muy poco. El desarrollo dramático de las motivaciones de Alan Turing para construir la máquina, para ponerle nombre, e incluso para luchar por su creación a costa de su propia vida, es una de las mejores narraciones del año. Ya tiene presencia en los Globos de Oro, y todo apunta a que la tendrá en los Oscar. No merece menos.

Nota: 8/10

‘The Honourable Woman’, thriller político en una miniserie de cine


Maggie Gyllenhaal es 'The Honourable Woman' en las tramas de espionaje de la miniserie.A medida que pasan los años, y el peso de las series de televisión es mayor tanto en el imaginario colectivo como en la escena audiovisual, es más evidente que su éxito se debe no solo al formato, idóneo en una sociedad con un déficit de atención creciente, sino a la calidad de tramas y personajes. Pero cada vez es más habitual encontrar cine en las series. Si alguien se pregunta qué diantres significa eso, que se acerque a una joya del thriller político titulada The Honourable Woman, miniserie escrita y dirigida por Hugo Blick (serie The shadow line) que se ha convertido en una de las últimas revelaciones de este 2014. Y la verdad es que nada en ella deja indiferente.

La historia de 8 episodios, con numerosos saltos temporales hacia el pasado, narra fundamentalmente la relación de dos hermanos judíos que dirigen una de las más importantes compañías del mundo cuyo objetivo, a través de sus proyectos, es crear por fin un puente entre Israel y Palestina, de modo que las fronteras, los odios y los rencores se difuminen. Motivados por el asesinato de su padre, del que fueron testigos cuando eran muy pequeños, sus esfuerzos se verán rápidamente envueltos en una maraña de confabulaciones, intereses políticos y espionaje internacional que les situará, además, en el punto de mira de aquellos que claman venganza por las atrocidades cometidas por su padre, cuyas acciones eran totalmente contrarias a las de sus hijos.

Pero esto es únicamente una visión general de lo que realmente cuenta The Honourable Woman. Su trama principal, que se puede decir que gira en torno al secuestro de un niño, está en realidad compuesta por un sinfín de desarrollos secundarios que generan una estructura sólida y compleja de la que es imposible escapar. La tela de araña creada alrededor de los personajes interpretados notablemente bien por Maggie Gyllenhaal (Hysteria) y Andrew Buchan (serie Broadchurch) es tan densa que cada diálogo, cada mirada, posee un significado propio, único y, sobre todo, muy revelador. Nada está dejado al azar, y desde luego nada ocurre por casualidad, a pesar de que la magnífica estructura narrativa, potenciada por el montaje de la serie, pueda sugerir lo contrario en alguna ocasión.

Gracias a dicha estructura, por cierto, la serie encuentra su propia personalidad para erigirse como un thriller en el que la política y el drama personal se unen en una armonía casi hipnótica. Dicho en pocas palabras, es una de esas series que piden a gritos más y más después de cada episodio, lo cual suele ser buena señal. La forma en que Blick presenta las diferentes intrigas políticas, y cómo posteriormente las va uniendo poco a poco, no trata en ningún momento de desafiar al espectador (es más, algunas conclusiones se obtienen mucho antes de que se desvelen en pantalla), sino más bien de hacerle partícipe de la odisea sufrida por el personaje de Gyllenhaal, quien casi sin darse cuenta se ve envuelta en las corruptelas provocadas, casi sin saberlo, por su propio hermano. A través de sus ojos el espectador vive un proceso de caos y destrucción en el que las venganzas, las ambiciones personales y los servicios secretos de medio mundo se dan cita. Es ese viaje, y los descubrimientos que depara, lo realmente fascinante de esta miniserie.

Reducir al máximo las debilidades

Claro que si la estructura dramática es esencial, los diálogos no lo son menos. En realidad, The Honourable Woman basa la mayor parte de sus fortalezas en ellos y en el trabajo previo realizado por el guionista, pues es gracias a la solidez de la historia en su conjunto que las conversaciones entre los personajes adquieren especial relevancia. El hecho de que las mentiras y los secretos gobiernen las vidas de todos los personajes (porque no son ellos los que dominan los secretos) dota a las frases de una importancia capital, obligando a prestar una atención insólita en el panorama actual de la televisión, haciendo partícipe al espectador de ese desarrollo en otro sentido.

Por supuesto, los actores tienen mucho que ver en todo esto. Ya hemos dicho que los hermanos protagonistas conforman una pareja insólita, férrea en sus convicciones pero sustentada en mentiras y secretos. Y si bien es cierto que algunas de sus posiciones respecto al desarrollo dramático pueden resultar un tanto extremas (lo que se viene a llamar “concesión dramática”), no lo es menos que gracias a ello enriquecen el trasfondo emocional de las venganzas que, en el fondo, están detrás de todo lo que se cuenta. Mención especial merece el rol de Stephen Rea (serie Utopía), veterano espía del MI6 con el que el actor compone un personaje fascinante, inteligente y calculador a pesar de su evidente apariencia de hombre gris y apático.

Todo ello no quiere decir, sin embargo, que no posea aspectos negativos. O mejor dicho, que debilitan ligeramente el conjunto. Curiosamente, el punto de partida de la trama resulta un tanto esquemático, realizado incluso con un montaje abrupto que permite únicamente apreciar con brocha gorda los acontecimientos. Igualmente, algunas tramas secundarias (muy secundarias) relacionadas con el niño secuestrado están planteadas de forma extremadamente simplista, en cierto modo porque físicamente no queda espacio en la trama para darle más peso específico. Más notable es la falta de profundidad en el trío romántico que se crea en la casa del personaje de Buchan, que queda relegado a una mera anécdota con resolución violenta y brutal.

Pero eso son, en realidad, meras anécdotas en un conjunto que más que una serie o una miniserie, es una película muy larga. The Honourable Woman se convierte así en un thriller capaz de mantener a lo largo de unas 8 horas una tensión dramática que, todo sea dicho, es muy difícil de encontrar hoy en día en una sala de cine. La profundidad del conflicto palestino-israelí, los odios personales, y los intereses particulares de los gobiernos y de las personas se dan cita en una historia compleja, con muchas caras pero un único objetivo. Para los personajes desoír un diálogo, desviar la mirada o no prestar atención a un acontecimiento puede ser la diferencia entre vivir o morir. Para el espectador es la diferencia entre comprenderlo todo o nada. Es aquí donde la conexión entre ambos se establece. Es aquí donde el cine se hermana con la televisión.26

‘El niño’ elude el espionaje y sigue líder en una mala taquilla española


La duda que asaltaba la taquilla española durante el pasado fin de semana no era si volvería a ver un número uno español. Ni siquiera si sería capaz de mantener los datos de semanas anteriores. No, la duda consistía en saber si la taquilla podría volver a aumentar su recaudación global teniendo en cuenta el carácter más bien minoritario de todos sus estrenos. Y por desgracia, ni las novedades ni las veteranas han impedido que se registre un descenso del 25% respecto al fin de semana anterior, lo que deja los ingresos totales en 5,35 millones de euros. Unas pérdidas motivadas tanto por el poco interés generado por los estrenos como por la pérdida del mismo que sufren, en general, todos los films que se mantienen en el ranking. Y el fin de semana que viene no pinta mucho mejor.

Quizá la mejor noticia que pueda salir de esto es que El niño vuelve a repetir como líder del top 10 gracias a sus 1,62 millones de euros, un 27% menos que hace siete días. Ya lleva acumulados 10,16 millones de euros, un éxito que no deja ninguna duda del buen momento del cine español. Ahora queda por saber si será capaz de aguantar los envites de los próximos fines de semana, al menos hasta que la nueva entrega de la saga Torrente haga acto de presencia. En cualquier caso, su objetivo más inmediato se sitúa en los 15 millones de euros. También repite posición Hércules, aunque lo hace con un comportamiento bastante diferente. Sus 529.791 euros representan una pérdida del 54%, la mayor del box office, y sitúa el balance global en los 2,28 millones de euros. Lo normal será que termine su andadura alrededor de los 5 millones, puede que incluso alcance los 6 millones.

Las siguientes dos películas intercambian posiciones. Lucy mejora un puesto gracias a sus 487.053 euros, un 36% menos que la semana anterior. Tras un mes en cartel acumula 8,54 millones de euros, lo que la convierte en uno de los films más en forma de la taquilla española actualmente. Lo más probable es que se quede en el entorno de los 10 millones de euros antes de que abandone las salas. Por contra, Líbranos del mal pierde una posición al recaudar 443.134 euros, lo que representa una pérdida del 45,7%. En su segunda semana acumula 1,83 millones de euros, y su objetivo ahora mismo pasa por lograr superar los 3 millones de euros, aunque para ello deberá superar la llegada de otras cintas de terror en las próximas semanas.

El primero de los estrenos lo encontramos en mitad del top 10. El hombre más buscado debuta con 426.416 euros repartidos en 284 salas, lo que deja una media de unos 1.500 euros. Dado el carácter del film no son malos datos, pero en ningún caso permitirán a la cinta alcanzar resultados elevados. Lo normal será que logre unos 2 millones de euros. Una cifra que puede no alcanzar Boyhood (Momentos de una vida), que aterriza en sexta posición con 248.135 euros. Su estrenos en 112 pantallas deja una media de 2.215 euros en cada una, pero a pesar de eso todo apunta a que se quedará en 1,5 millones de euros, puede que incluso ni siquiera llegue a alcanzarlo.

En séptimo lugar encontramos Guardianes de la galaxia, que registra unas pérdidas del 31,6% y le deja unos ingresos durante el fin de semana de 229.899 euros. Su total alcanza ya los 7,17 millones de euros, y todo apunta a que no logrará llegar a los 8 millones. De hecho, lo más probable es que se quede en unos 7,5 millones cuando abandone el circuito de salas. En cuanto al puesto octavo, otro estreno se cuela en el top 10. Se trata de la comedia Les doy un año, que comienza su andadura con 185.354 euros repartidos en 146 salas, lo que implica unos 1.270 euros de media. Por supuesto, habrá que esperar a ver cómo se comporta durante su primera semana en cartelera, pero todo apunta a que no superará el millón de euros, e incluso tendrá dificultades para superar el medio millón.

Dos cintas de animación cierran el top 10. Por un lado, Operación Cacahuete logra 159.108 euros, un 14,7% menos que hace siete días y el mejor descenso del ranking que aquí analizamos. Lleva un mes en cartel y acumula 1,64 millones de euros, por lo que todo invita a pensar en un techo de unos 2 millones de euros. Una cantidad que La abeja Maya. La película no parece que vaya a conseguir. Sus 151.843 euros de esta semana suponen un descenso del 33,4%, y dejan su total en 513.649 euros en su segunda semana. Con algo de suerte podría quedarse a las puertas del millón de euros, pero incluso esto se antoja complicado.

‘El hombre más buscado’: espiando a los espías por un bien personal


Philip Seymour Hoffman y Robin Wright en un momento de 'El hombre más buscado', de Anton Corbijn.John le Carré, afamado novelista de intriga y espionaje, está en la base de lo nuevo de Anton Corbijn (El americano) como director, y eso es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de abordar el que es el último film de Philip Seymour Hoffman (Cold Mountain) como actor protagonista. Si alguien espera una especie de caza al terrorista en el que buenos y malos jueguen una partida por ver quién gana a quién, mejor que abandone la sala antes de que se apaguen las luces. Eso sí, perdería la ocasión de ver un thriller frío y calculado cuyo final es inclasificable.

Una frialdad que no solo se palpa en los diálogos, sino en el tratamiento que Corbijn le da a la trama, con una paleta cromática opaca, con predominancia de grises y una iluminación dura. Gracias a eso y a una planificación sobria y al mismo tiempo hermosa, el director sumerge al espectador en una intriga donde el mayor peligro no es tanto el potencial atentado que se trata de impedir, sino las relaciones institucionales entre los diferentes poderes del espionaje que se dan cita en el film y que, de un modo u otro, tratan de ponerse una medalla en su trayectoria profesional. Una crítica, en definitiva, a la lucha de poderes que no hace sino entorpecer la lucha contra el terrorismo, y da una idea de las verdaderas intenciones de los gobiernos implicados.

Pero para lograr transmitir esta idea de competencia se requería de un reparto sin fisuras, algo que consigue con creces. Decir que Hoffman vuelve a demostrar lo mucho que va a notar el cine su ausencia sería repetitivo, casi tanto como reconocer la labor de Willem Dafoe (A woman) o Robin Wright (Dos madres perfectas), esta última reduciendo su presencia al mínimo y, con todo, siendo determinante. En realidad, el descubrimiento lleva por nombre Grigoriy Dobrygin (Black Lighting: Rayo negro), quien en todo momento logra transmitir el trauma al que ha sido sometido durante años.

El principal problema de El hombre más buscado es su ritmo, algo pausado. La insistencia de sus responsables en ahondar en las consecuencias y emociones durante varios segmentos del metraje lleva al film a un desarrollo intermitente, dando la sensación de que el suspense en la investigación no avanza. Empero, su resolución, tan impactante como simple, evidencia el verdadero sentido de la película, dando sentido al conjunto y permitiendo que todo, desde los actores hasta la iluminación, adquieran un mejor y mayor significado.

Nota: 7/10

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