‘Independence Day: Contraataque’: autodestrucción innecesaria


La llegada de una nueva nave pondrá en jaque a la Humanidad en 'Independence Day: Contraataque'.Cualquier aficionado al cine conoce la expresión “Segundas partes nunca fueron buenas”. Y como toda expresión, es tan cierta como injusta, pues la historia ha demostrado que algunas de las mejores películas son segunda partes. Pero lo nuevo de Roland Emmerich (Godzilla) no es el caso. Es más, la impresión que deja en el espectador, sobre todo en aquel que disfrutó de ese espectáculo que fue Independence Day en 1996, es si realmente era necesaria esta fanfarria destructiva a mayor ego de un director que parece buscar nuevas formas de apocalipsis más que narrar una historia, aunque esta sea mínima.

Y este contraataque alienígena en el Día de la Independencia norteamericana no tiene, precisamente una historia. Al menos no una historia coherente. Si bien es cierto que su comienzo, aunque titubeante, sí sienta las bases de lo que podría ser una trama, el desarrollo posterior a la segunda invasión de los extraterrestres (espectacular y, desde luego, lo mejor de la cinta) es tan plano, previsible y carente de ritmo que puede llegar a provocar cierto estrés. La falta de carisma de los jóvenes actores que, en teoría, deben de coger el testigo de Will Smith (Dos policías rebeldes) se convierte en una carga más de una cinta que arrastra problemas conceptuales, narrativos y de definición acuciantes.

Que la Humanidad haya avanzado cientos de años gracias a la tecnología alienígena no impide, por ejemplo, que los soldados sigan llevando pistolas con balas limitadas; que se haya aprendido del primer ataque no significa que se haya creado un campo de protección que impida la llegada de los extraterrestres (como de hecho sí parece que siguen utilizando las naves invasoras); y que una nave con su propia gravedad (mayor que la terrestre, al parecer) no sea capaz de acabar con el planeta en un abrir y cerrar de ojos son licencias narrativas que el director se toma para tratar de aportar carga dramática al conjunto, pero que debido al tratamiento de personajes y al fallido intento de combinar drama, ironía y acción lo que realmente aportan es un tono irreal a una cinta ya de por sí fantástica.

El principal problema de Independence Day: Contraataque es el que sufren muchas cintas de acción y ciencia ficción de hoy en día: la tecnología ha superado a la imaginación, y eso permite hacer a los directores todo lo que se les ocurra. Absolutamente todo. La falta de limitaciones, por desgracia, intercambia espectacularidad por originalidad, por un lenguaje más elaborado que ofrezca al espectador algo más de lo que ve en pantalla. Si en la primera parte la destrucción se centraba en unos pocos edificios, ahora son ciudades; si en 1996 los aliens apenas se veían, aquí hay uno del tamaño de la Casa Blanca, y a plena luz del día. Y si hace 20 años Roland Emmerich ofreció al mundo una buena película de invasiones extraterrestres con un reparto más que notable, ahora lo que muestra es un compendio de efectos digitales, diálogos absurdos y actores que parecen preguntarse por el sentido de todo esto. Pero la pregunta importante es: ¿era necesaria esta continuación?

Nota: 4/10

Anuncios

5ª T de ‘Falling Skies’, un final épico lejos del tono general de la serie


La quinta temporada de 'Falling Skifs' narra el enfrentamiento final entre humanos y aliens.Falling Skies, la serie creada por Robert Rodat (El patriota) y amparada por Steven Spielberg (El puente de los espías) es una producción extraña y diferente en la parrilla televisiva actual. Extraña porque la ciencia ficción, salvo la destinada a adolescentes con las hormonas revolucionadas, no suele funcionar más de una o dos temporadas (y los ejemplos son innumerables). Y diferente porque su equilibrio entre extraterrestres e Historia ha supuesto un soplo de aire fresco para unas tramas que, de otro modo, se habrían vuelto tediosas.

Pero curiosamente, su quinta y última temporada ha apostado por alejarse de ese carácter histórico de muchas líneas argumentales y centrarse directamente en el aspecto más fantástico, exponiendo la crueldad de la guerra alienígena en toda su magnitud. Desconozco si es algo premeditado o si han sido necesidades de una conclusión precipitada, pero lo cierto es que estos 10 episodios dejan un sabor agridulce en el espectador.

El arco narrativo principal de esta última temporada de Falling Skies es un ataque directo a los pilares formales de la serie, al menos en lo que a definición de personajes y tono se refiere. Los humanos, con Tom Mason a la cabeza (interesante Noah Wyle -serie Urgencias– en el cambio de registro) se vuelven mucho más agresivos y directos, cambiando por completo las tornas del combate que ha durado cinco años en televisión. La presencia de varias razas alienígenas y de más grupos de humanos convierte a la serie en un auténtico campo de batalla, más que en una historia de supervivencia, como se había definido hasta ahora.

Esto no impide, por supuesto, que no haya lugar para explorar los diferentes aspectos de la guerra, desde los rincones más aislados del conflicto, en los que parece que el dolor no ha llegado nunca, hasta la conversión de humanos para dinamitar el bando de los héroes desde dentro. El problema es que, dada la necesidad de finalizar la historia en esos 10 capítulos, estas situaciones se limitan a unos pocos episodios, impidiendo un desarrollo dramático adecuado que permita conocer el trasfondo de los personajes implicados y sus decisiones.

Explicación muy humana

Aunque puede parecer que la conclusión de Falling Skies no tiene mucho que ver con el resto de la serie, nada más lejos de la realidad. De hecho, la evolución de esta última temporada se sustenta en varios pilares con los que los espectadores se pueden identificar, en línea con lo narrado en anteriores etapas. La evolución del protagonista y de otros personajes obedece a las pérdidas y el dolor de estos años, lo que a su vez genera conflictos dentro del grupo.

Las decisiones, más militares y menos “humanas”, permiten explorar nuevas facetas de los héroes, pero también argumentar nuevos enfrentamientos dentro de los humanos, enriqueciendo las enemistades que ya existían y que, en realidad, se habían ido disolviendo poco a poco con la evolución dramática de la serie. En este sentido, es interesante comprobar el final que cada personaje tiene, acorde a su forma de vivir y a su forma de evolucionar durante estos episodios.

Pero sin duda lo más humano es la explicación de la invasión extraterrestre que centra la serie. Y este es el aspecto que más controversia puede generar. Sin desvelar demasiados detalles, los motivos que llevan a esta raza a destruir a la humanidad son, cuanto menos, muy humanos, y desde luego alejados de lo que suele verse en este tipo de producciones, ya sean en televisión o en pantalla grande. Ni recursos minerales, ni raza conquistadora. Ni siquiera una guerra interplanetaria que, por casualidad, llega a nuestro planeta. Los motivos son más mundanos, más vengativos, y desde luego más dramáticos. Personalmente, y aunque pueden parecer algo excesivos, suponen un soplo de aire fresco que, en cierto modo, son el broche adecuado para una serie basada en la familia y los lazos afectivos.

Falling Skies termina igual que empieza, con un relato de cómo se originó la guerra y de cómo terminó. Un relato que servirá, en un futuro, a las generaciones de los humanos supervivientes. Un relato que tiene su grueso en una serie capaz de aguantar cinco temporadas siendo fiel a su planteamiento inicial de unificar fantasía y conceptos históricos que han definido al ser humano. La impresión general, aunque esta última temporada haya podido parecer algo apresurada, es la de una serie que ha sabido crecer en complejidad e interés, que ha sabido introducir nuevos matices e integrarlos en un todo armónico. Y eso, en una ficción de estas características, es todo un logro. Tal vez no sea una excepcional producción, pero desde luego es muy recomendable.

‘Pixels’: la nostalgia de una época irrecuperable


Pac-Man es uno de los alienígenas de 'Pixels', dirigida por Chris Columbus.Hay una frase en la nueva película de Adam Sandler (Niños grandes) que podría aplicarse perfectamente al cine: los videojuegos antes eran previsibles, existían unos patrones que podían estudiarse; ahora las dinámicas son mucho más aleatorias. Y si hay algo que define al cine de este cómico es precisamente su previsibilidad. Esta nueva aventura con alienígenas pixelados en una especie de partida de videojuegos real confirma no solo la nostalgia que muchos sufrirán por un mundo ya extinto, sino el estancamiento de Sandler en el pasado, ya sea cinematográfico o cultural. Y eso en principio, mientras le reporte beneficios, no tiene nada de malo.

El problema es que Pixels tampoco tiene demasiado de positivo. El guión, plagado de lugares comunes y diálogos simples y con tendencia al absurdo, no logra en ningún momento revelarse como un verdadero homenaje a Pac-Man, Donkey Kong o Asteroids. Sí, existe una sensación generalizada de estar ante un producto que añora una época, una determinada forma de entretenimiento que iba más allá de la mera partida a un arcade. Pero nada más. La falta de conflictos reales, el humor encajado a la fuerza en muchos momentos y unos actores que parecen pasar por allí más que asumir la importancia de su papel (sólo Peter Dinklage parece conocer su verdadero sitio) impiden toda conexión emocional que supere el mero recuerdo de la infancia.

Con todo, es justo reconocerle al film un notable acierto, y es el alejamiento del humor más soez de su protagonista, rodeado para la ocasión por algunos de sus amigos de juergas cinematográficas. Las constantes referencias a los videojuegos y el más que vetado tema del sexo convierten a la trama en un producto apto para todos los públicos, lo que sumado a algunas secuencias de acción bien rodadas hacen que el film se desarrolle de manera regular, entreteniendo lo necesario e impidiendo que el espectador se aburra, al menos no mucho. Desde luego, la labor de Chris Columbus, director de las primeras entregas de Harry Potter, se nota en varios momentos, desde la partida de Pac-Man hasta la invasión final en la que se dan cita todo tipo de arcades.

El resumen podría ser que Pixels entretiene en la misma medida en que se olvida. Distrae durante sus casi dos horas de metraje, y los espectadores adultos podrán encontrar algunas referencias realmente divertidas, como pueden ser las piezas del Tetris “comiéndose” un edificio cada vez que hacen una línea. Pero nada más. La magia que pudiera tener Sandler en sus inicios parece haberse perdido definitivamente, y ni siquiera un regreso a los orígenes de los videojuegos parece devolverle ese estatus. Al final, no ofende, que ya es mucho, pero tampoco apasiona. Y la indiferencia que genera es lo peor que le puede pasar a un film.

Nota: 5/10

‘Falling Skies’ dirige su futuro hacia la ciencia ficción en su 4ª T


Noah Wyle debe afrontar los poderes de su hija en la cuarta temporada de 'Falling Skies'.Renunciar a la esencia de una producción siempre es un proceso delicado y complejo. Si se hace bien puede abrir vías narrativas insospechadas, pero si se hace mal es muy probable que se pierda el interés del público. Falling Skies se halla, en su cuarta temporada, en un punto intermedio, en una encrucijada que inevitablemente llevará a la serie hacia un panorama nuevo. La cuestión es si dicho giro será a mejor o a peor. Estos nuevos 12 episodios de la ficción creada por Robert Rodat (Salvar al soldado Ryan) mantienen el espíritu de temporadas anteriores, es cierto, pero su evolución en el tercio final de la etapa deja una impresión muy distinta.

Aquellos que sigan la serie con asiduidad tal vez se sorprendan un poco con esta afirmación. Desde luego, decir que una guerra contra alienígenas desarrollada ahora en el espacio tergiversa el sentido original de una producción de ciencia ficción es cuanto menos contradictorio. Sin embargo, si algo ha caracterizado siempre a esta obra apadrinada por Steven Spielberg (Parque Jurásico) es su marcado carácter histórico. En efecto, y como ya señalamos en Toma Dos con motivo de la tercera temporada, los principales acontecimientos bélicos de la Historia nutren en mayor o menor medida el grueso del arco dramático. La verdad es que no es de extrañar teniendo en cuenta los dos nombres propios que acabo de señalar. Y lo cierto es que esta nueva temporada comienza de forma idéntica, utilizando en esta ocasión los guetos y los campos de concentración como motivo argumental.

Durante sus primeros episodios, la nueva temporada de Falling Skies reinterpreta lo que podría considerarse una resistencia dentro de dichos guetos, con un Noah Wyle (serie Urgencias) convertido en un líder de los presos después de que su grupo haya sido dividido. Esto, unido a la presencia de campos de adoctrinamiento para los más jóvenes humanos, dota a la serie de un aire histórico notable a la vez que interesante, sobre todo si tenemos en cuenta que el tercer pilar del planteamiento es la experimentación con humanos (evidentemente, para convertirlos en una abominación medio alienígena). Bajo este paraguas la producción se permite el lujo de introducir nuevas criaturas y máquinas sin necesidad directa de presentación formal, lo que genera una cierta confusión pero nutre la visión global del conflicto narrado de forma inigualable.

Por supuesto, los dramas familiares no faltan en esta etapa. La contundencia con la que comienza el primer episodio, que apenas deja tiempo para situar a los personajes, ofrece un marco incomparable para explorar nuevas vías dramáticas, como un triángulo amoroso con hermanos de por medio o los bandos enfrentados por la presencia de la hija híbrida del protagonista (medio humana, medio alienígena), presentada en la temporada anterior y que ahora adquiere especial relevancia. Como suele ser habitual, buena parte del desarrollo dramático de la temporada se apoya en las relaciones humanas de la familia protagonista, que ahora adquieren una especial relevancia al tener que enfrentarse a una traición interna que mina la confianza mutua que siempre había existido. En este sentido, los personajes continúan la evolución que ya comenzaron en la etapa anterior, destacando aun más la ausencia de una línea que separe lo que está bien de lo que está mal.

Viaje a la Luna

Todo ello hace que la cuarta temporada de Falling Skies tenga un arranque prometedor, entre otras cosas porque la dinámica de sus primeros episodios, en los que predomina la acción por encima de cualquier otro elemento, no dejan tiempo para la reflexión, obligando al espectador a seguir la historia casi sin tener en cuenta lo ocurrido con anterioridad y sin tiempo para asumir la posición de cada uno de los personajes. Pero como decía al inicio, su posterior evolución no sigue los parámetros planteados inicialmente. A medida que la trama adquiere una mayor complejidad las decisiones de los personajes se tornan más extremas, hasta el punto de olvidar sus influencias históricas para entregarse a un desarrollo puramente fantástico.

Posiblemente sea porque la serie empieza a repetirse; tal vez tenga que ver el hecho de que es necesario introducir nuevos personajes en la partida. El caso es que la obra creada por Rodat encuentra en estos nuevos capítulos una desviación notable de sus bases argumentales. Que el protagonista termine involucrado en una guerra en el espacio con motivo de un viaje a la Luna es un claro indicador de que algo en la ficción ha cambiado. Uno de los aspectos más positivos que posee la serie es su humanidad, su capacidad para mostrar la lucha de los humanos contra los alienígenas en clara desventaja de los primeros. Ahora, y tras el giro de timón realizado en su último episodio, la balanza se equilibra, con lo que se abre un nuevo panorama que tendrá que convencer de la misma forma en que lo hizo el anterior.

En todo este proceso de cambio destaca el papel de Scarlett Byrne (Harry Potter y el misterio del príncipe). Su personaje medio alienígena es al mismo tiempo detonante y freno en la evolución de la serie. Detonante porque gracias a sus poderes es capaz de situar la guerra en otro nivel; freno porque sus dudas sobre su verdadera identidad ralentizan significativamente el desarrollo del arco argumental, obligando a la trama a dedicar esfuerzos para mostrar los errores de sus decisiones. Su destino en el episodio final, aunque aparentemente claro, deja abierta la puerta a varias alternativas, lo que también da una idea del cambio de sentido de la ficción, hasta ahora relativamente seria en este sentido. Del mismo modo, recuperar el recurso del engaño psicológico al personaje de Wyle que ya se utilizó en etapas anteriores evidencia una cierta fatiga creativa.

Falling Skies tiene ante sí un reto interesante e importante. Su cuarta temporada ha sabido mantener el nivel formal y dramático en líneas generales, pero también ha dejado en evidencia una serie de puntos débiles generados por la necesidad de hacer avanzar la serie hacia otro nivel. La imagen final, que aquí no desvelaré, es un interesante gancho argumental que genera las expectativas necesarias para dar una oportunidad a los cambios que se avecinan. El futuro es incierto, como el de la Humanidad que lucha contra la raza alienígena invasora. Solo queda esperar que los nuevos episodios retomen, aunque sea de forma testimonial, la idea de que incluso en las situaciones más inversosímiles podemos aprender de nuestra Historia.

‘Al filo del mañana’: reviviendo Normandía una y otra vez


Tom Cruise y Emily Blunt son los encargados de salvar el mundo 'Al filo del mañana'.Cualquiera que haya jugado a un videojuego sabe que una de las leyes es que si mueres vuelves al último punto en el que salvaste la partida. Y si la fase es muy complicada, el jugador puede vivir el momento una y otra vez. Ahora imagínense que el videojuego es bélico, que transcurre en el desembarco de Normandía durante la II Guerra Mundial y que siempre mueren al llegar a la playa. Bueno, pues más o menos eso, con alicientes fantásticos y alienígenas, es lo que propone la nueva cinta de Doug Liman (Jumper), un realizador que tal vez no posea un talento único pero que, para compensar, sabe muy bien cuáles son las claves de cualquier cinta de acción. Esta historia sobre una invasión alienígena lo demuestra.

Porque más allá de las connotaciones sociales e históricas de la película, Al filo del mañana es ante todo un producto comercial, un entretenimiento perfectamente armado y estructurado cuyo ritmo e interés nunca decaen. La forma en que Liman afronta el tratamiento de la historia, comenzando con repeticiones para, poco a poco, pasar a una narrativa lineal que presupone la constante vuelta al comienzo, revela un sentido dramático muy interesante. Consciente de su propia condición, la historia se mueve por la comedia, el drama y la intriga de forma natural y fresca, permitiendo a Tom Cruise (Noche y día) un papel al que no le tenemos acostumbrado: el de héroe muy a su pesar. La evolución de su personaje, que pasa de ser un hombre miedoso y cobarde a un soldado capaz de sacrificarse por los demás, es notable gracias a esa constante repetición de momentos que, lejos de ser monótona, saca partido de la vena más irónica y divertida del reparto. Esto unido a unos efectos ciertamente abrumadores y a una trama que es algo más que acción, tiros y monstruos da como resultado un film de acción de alto nivel.

Y por si esto fuera poco, hay algo más. El guión, que adapta una novela de Hiroshi Sakurazaka, es una prueba más de que una buena forma de observar la realidad y la historia es utilizando la ciencia ficción. Y si no, simplemente hay que sustituir esa raza alienígena que funciona como un cerebro (cuyos soldados vienen a ser una suerte de agresivas neuronas movidas casi por impulsos) por el ejército nazi. De hecho, el inicio del relato, con esa imagen de Europa siendo invadida en color rojo, es muy sintomática: solo Inglaterra, Rusia y España quedan fuera de la influencia. No es casualidad, por tanto, que el grueso de la acción tenga lugar en un desembarco militar que termina en masacre donde el ejército invasor espera paciente el envite de los soldados, enviados a una muerte casi segura. Y tampoco es casualidad que el final tenga lugar en París. Incluso de forma subconsciente, las constantes referencias a uno de los acontecimientos más negros de la Historia de la humanidad convierten al film en algo más que un mero vehículo de lucimiento personal o de entretenimiento olvidable.

Puede que la historia de Al filo del mañana no posea una gran complejidad, lo cual tampoco es algo malo. Y desde luego tiene unas concesiones al gran público algo innecesarias, como es ese final en el que el héroe debe, por narices, tener un final acorde a su figura. Pero más allá de todo eso la película es pura adrenalina, un producto que aúna inteligentemente acción y humor, tensión y drama, para erigirse como un relato capaz de ofrecer algo más que el actual cine de acción. Una obra por encima de la media que debe ser disfrutada, con lecturas a diversos niveles y un equipo técnico y artístico a la altura de las exigencias del proyecto. Una película de ciencia ficción como debe ser.

Nota: 7,5/10

‘Los amos del barrio’: combatir una invasión y los problemas del sexo


La comedia norteamericana actual está dando un giro muy definido hacia un humor basado en el sexo y en la repetición extenuante de gags. Y lo más llamativo de todo es que suelen ser películas protagonizadas por un grupo de amigos actores surgidos normalmente de la televisión estadounidense. La última en subirse al carro es lo nuevo de Ben Stiller (Algo pasa con Mary), que como suele ocurrir en este tipo de propuestas, no deja de ser un vehículo de lucimiento personal para cuatro actores cómicos que aprovechan la ocasión para desplegar las armas y carencias mil y una veces vistas. Pero a pesar de todo, entretiene y, tal vez lo más importante, no insulta al espectador.

Porque lo peor de este tipo de producciones suele ser su entrega sin condiciones a la mayor bajeza humorística posible, como es el caso de Desmadre de padre. El film podría haberse desviado de su intención inicial (un grupo de vecinos que descubre una invasión alienígena en su barrio) para entregarse a una retahíla sin sentido de referencias sexuales y gags visuales con poca gracia. En cambio, y aunque dichos elementos están presentes en más de una ocasión, están integrados de forma natural en una trama por lo demás algo hilarante.

En este sentido es importante señalar que el desarrollo del argumento peca en algunos momentos de una pesadez que distrae al espectador del alma del relato. La innecesaria historia del matrimonio del personaje de Stiller y la obligación de desarrollarla ante el riesgo de quedar en punto muerto lleva a los responsables a romper la línea cómica para introducir un elemento dramático que, en realidad, no lleva a ningún sitio. Con todo, es un mal menor ante el despliegue cómico de algunos de sus actores y secuencias, entre los que destaca Jonah Hill (El canguro). Su personaje, un joven algo desequilibrado que vive con su madre, es posiblemente lo mejor del conjunto. Su forma de afrontar algunas situaciones (como el encuentro con un alienígena en el sótano de otro de los personajes) es hilarante y, en muchas ocasiones, el único elemento que salva los muebles a la película.

Puede que Los amos del barrio no se encuentre a la altura de otras comedias de Ben Stiller y sus amigos, pero sí está muy por encima de las producciones que, por desgracia, estamos acostumbrándonos a ver en las salas de cine. ¿Podría haber dado más de sí? Sin duda. Pero eso no impide que se disfrute la hora y cuarenta de metraje gracias a la naturalidad de unos personajes que, en el fondo, tienen muchos de los fallos y actitudes que todos, en un momento u otro de nuestras vidas, hemos tenido.

Nota: 6/10

‘Falling Skies’ complica la invasión alienígena en su 2ª temporada


A diferencia de otras series de similares características dramáticas y/o formales, como pueden ser Terra Nova o la versión moderna de V, la invasión alienígena producida por, entre otros, Steven Spielberg (E. T., el extraterrestre) y que lleva por título Falling Skies, está teniendo el suficiente atractivo como para aguantar nuevas temporadas. Siendo sinceros, la calidad de los guiones de algunos de sus episodios se encuentra al límite de la coherencia que debe acompañar a cada giro argumental, en buena medida por las necesidades de una historia ya de por sí difícil de abordar si no se quiere caer en tópicos mil y una veces vistos. En este sentido, la segunda temporada que ha concluido este año da un vuelco de 180 grados a lo planteado en sus primeros 10 episodios, y eso que estos terminaban con una revelación impactante.

Con una duración de otros 10 capítulos, la trama continua centrada en las desventuras de la segunda unidad de Massachusetts y, en concreto, en el personaje de Noah Wyle (serie Urgencias), nodo cohesionador tanto de las diferentes tramas que se abren a lo largo de los episodios como de los conceptos históricos que plantea el autor de la serie, Robert Rodat, guionista de El patriota (2000) y Salvar al soldado Ryan (1998). No es una referencia casual. Durante la primera temporada se planteaban diferentes batallas históricas de la Guerra de la Independencia norteamericana, y en esta segunda se abre la puerta a una mayor complejidad del conflicto entre los invasores alienígenas y los humanos, además de abordar la creación de un nuevo país e, incluso, presentar un golpe de estado entre las filas humanas. Hasta ahora la batalla se limitaba, como suele ocurrir en esta clase de historias, a dos bandos claramente definidos e identificables.

Sin embargo, a estos conflictos en la raza humana consecuencia de su propia naturaleza se tiene que añadir la aparición de un grupo de alienígenas rebeldes, una especie de quinta columna que ha enriquecido poderosamente una trama que se empezaba a antojar algo repetitiva. La producción abandona ese carácter de supervivencia para dirigirse hacia un conflicto abierto entre dos razas por el control de un planeta, y donde los individuos no tienen necesariamente que participar de un bando u otro por el “color de la piel”. Esto otorga un cierto aire de incertidumbre a buena parte de las secuencias, introduciendo al espectador junto a los dubitativos personajes y sus conflictos morales ante la necesidad de modificar las creencias que hasta entonces tenían (y teníamos).

Pero esto tiene un precio y, como decíamos más arriba, ese es el de caminar sobre el filo de lo creíble o, al menos, de lo coherente. Las reacciones de muchos de los personajes, incluso cuando se desvelan sus motivos, encajan con dificultad en el contexto general de la historia, lo que supone una merma del interés hacia algunas secuencias. Baste citar la forma en que se capturan a algunos alienígenas o el ataque al hospital, que centra buena parte del bloque central de la segunda temporada. Esto se suple, en mayor o menor medida, con las novedades visuales que presentan estos episodios, como la aparición de una nueva especie o los cada vez más espectaculares ataques de máquinas y aliens al grupo humano protagonista. Todo con unos efectos especiales y digitales de factura impecable para lo que se ve en televisión.

La familia sigue siendo lo primero

Sí, esta nueva temporada de Falling Skies ha ganado en complejidad. Aunque existen muchos elementos que podrían ser mejorables, en general el producto sale reforzado y, lo más interesante, plantea un futuro mucho más atractivo del que dejó la primera temporada (sobre todo con las dos últimas secuencias del episodio 10, que invitan a pensar lo mejor). Se ha pasado de una lucha sin cuartel a conformar una estructura social mucho más sólida, a presentar nuevos frentes de combate y a proyectar un posible nuevo inicio de los Estados Unidos como país bajo las órdenes de un antiguo profesor de historia, interpretado por el siempre interesante Terry O’Quinn (Locke en Perdidos).

Pero el núcleo dramático sigue estando en la familia, aunque tal vez ya no tanto como la relación de parentesco entre un grupo de individuos, sino como grupo social en el que cada persona es protegida y apoyada por los demás. Si en sus primeros 10 capítulos el drama familiar estribaba en la recuperación de uno de los hijos del protagonista, ahora pivota más sobre los conflictos que surgen entre sus miembros por intereses que, a primera vista, parecen encontrados. De hecho, el concepto familiar de unos y otros se vuelve más y más divergente hasta ser irreconocible, llegando a considerarse como familia a un grupo de aliens en lo que es uno de los conceptos argumentales más desarrollados de toda la serie.

Lo más cómodo para esta nueva temporada hubiera sido, como en toda segunda parte, engrandecer los combates, los peligros y las bajas en el bando protagonista. Gracias a la apuesta de sus responsables (que, como decimos, tiene sus debilidades) la serie se puede permitir el lujo de ramificar sus tramas secundarias hacia nuevas líneas a investigar. Y no solamente a nivel bélico o de invasión, sino también social (con esa especie de primer país oculto bajo tierra) y sentimental (con una nueva situación para los protagonistas). Claro que si la primera temporada terminaba de forma harto interesante, esta no se queda corta. Y para no repetirse, no solo presenta en sociedad a una nueva raza extraterrestre, sino que coloca a uno de los protagonistas en una situación cuya resolución es más que probable que dure otros 10 episodios. Habrá que esperar al año que viene para saberlo.

‘Torchwood: Los hijos de la Tierra’, defender a los niños para salvar la Humanidad


El final de la segunda temporada de Torchwood, la serie derivada de Doctor Who, no solo dejó la puerta abierta a nuevas aventuras, sino que obligaba a presentar un cambio importante en la estructura del producto. La muerte de dos personajes importantes en los últimos episodios de la trama, unido al ataque contra la ciudad de Cardiff que revelaba la existencia de alienígenas en la Tierra, planteaba un nuevo terreno de juego que su creador, Russel T. Davies (Queer as Folk), podía aprovechar para dar un lavado de cara a la estructura narrativa de las temporadas o bien para mantener una línea argumental similar a las anteriores, es decir, con casos episódicos.

La opción elegida fue la primera, y a tenor del resultado final no podría haber sido mejor. Manteniendo ese estilo británico tan característico, y bajo el título Los hijos de la Tierra, esta tercera temporada se asemeja más a una miniserie propia que comparte con sus predecesoras a los protagonistas, pero que apenas contiene elementos de continuidad (una foto y algún que otro diálogo). Sin embargo, tanto el punto de partida como el contenido dramático del desarrollo presentan una fuerza narrativa que mantiene la línea ascendente de la segunda temporada, y que es muy superior a la de la primera entrega.

La historia comienza de forma contundente cuando los protagonistas asisten, al igual que el resto del mundo, a un fenómeno que involucra a los niños de todo el mundo: totalmente inmóviles, todos los preadolescentes del planeta empiezan poco a poco a avisar de la llegada de algo. Todo responde a una señal alienígena que el Gobierno ha ocultado durante décadas y que, ahora, muestra los pasos para construir una cámara ante la inminente visita extraterrestre. De forma paralela, y de cara a contener cualquier efecto secundario, las instalaciones de Torchwood son arrasadas, por lo que los tres protagonistas deben huir y comenzar una búsqueda propia para comprender lo que ocurre.

Más allá del dramatismo y la inquietud que genera ya de por sí ver a todos los niños haciendo lo mismo al mismo tiempo (y que recuerda en cierto modo a El pueblo de los malditos), el hecho de que los protagonistas se conviertan en proscritos y sean perseguidos como criminales confiere al conjunto un aspecto único, un cambio de registro tan inusual en las series de televisión como efectivo, pues es gracias a esta nueva situación cuando el espectador ahonda en todos y cada uno de los personajes, conociendo sus fortalezas y sus debilidades, sus límites y sus reacciones en momentos críticos.

En este sentido, y como ya hemos dicho, la fuerza dramática del conjunto crece de forma casi exponencial. Si en la segunda temporada la mayor carga dramática del conjunto recaía en Eve Myles (la protagonista Gwen Cooper), esta tercera temporada, que se podría decir sirve de bisagra entre lo anterior y lo que vendrá, centra su foco en el capitán Jack Harkness (John Barrowman), convirtiéndole en un personaje mucho más humano. Su implicación directa en la llegada alienígena o la crudeza de algunas decisiones que toma le dibujan como un ser más frágil por dentro de lo que se le presenta por fuera. No desvelaremos lo que ocurre, pero la forma que tiene de salvar a la Humanidad es, sencillamente, aterradora desde un punto de vista moral y emocional.

El debate de las clases sociales

Con todo, este Torchwood: Los hijos de la Tierra posee numerosos elementos que son ajenos al aspecto más fantástico, algunos positivos y otros negativos, pero todos ellos con el nexo en común de pertenecer a una reflexión social que, de un modo u otro, está a la orden del día. La presencia alienígena que centra la trama de esta temporada se realiza con el único propósito de llevarse al 10% de los niños del planeta con el objetivo de utilizarlos como una droga en otros planetas (al parecer, producen una sustancia química que hace sentirse bien a alguna que otra raza extraterrestre).

Dejando a un lado el tema alienígena, la serie británica plantea diversos debates muy interesantes, materializados en las discusiones gubernamentales que deciden sobre el futuro de los hombres. Una de ellas, y posiblemente la más importante, es si ese 10% de los niños deberían pertenecer a todos los estratos sociales o solo a aquellos marginales cuyos estudios demuestren que no aportarán nada a la sociedad. Por decirlo de una forma políticamente correcta, los argumentos que se dan en esa sala son de una hipocresía tan ruin que no sorprende mucho viniendo de políticos. A este respecto, la expresión de uno de los personajes ante este debate es muy significativa del rechazo que produce en el espectador.

El mero planteamiento de que la entrega se llevará a cabo sin luchar puede parecer muy reprobable, pero es una de las decisiones más realistas que puede contener una serie de ciencia ficción como esta. Al menos, mucho más que el órdago que lanza Harkness ante los alienígenas augurando una guerra en la que hombres y mujeres lucharán por proteger a sus hijos. Sí, es muy cinematográfico, pero no encaja con el devenir del resto de la serie, y es algo que queda patente con la consecuencia de semejante tontería: varias personas mueren (entre ellas, uno de los protagonistas).

En apenas cinco episodios, Torchwood: Los hijos de la Tierra da una vuelta de 180º al universo de la serie. Si la temporada anterior dejaba un escenario muy abierto, el final de esta no hace sino agrandar las posibilidades de cara al futuro: embarazos, huidas, sacrificios, … Todos los elementos para mejorar el drama están presentes en estos cinco capítulos, de los mejores de la serie y de la ciencia ficción de la pequeña pantalla.

‘Ultimátum a la Tierra’ por los riesgos de la Guerra Fría… y del carácter de la Humanidad


Recuerdo que la primera vez que terminé de ver Ultimátum a la Tierra (la de 1951, no ese experimento extraño protagonizado por Keanu Reeves), la habitación en la que me encontraba se quedó en silencio varios minutos. A diferencia de otras películas sobre alienígenas, la cinta dirigida por Robert Wise (West Side Story) hace gala de una simplicidad abrumadora, capaz de transmitir la sensación de amenaza simplemente con un platillo volante y una especie de golem metálico con el nombre de Gortque solo responde a dos órdenes claras. El extraterrestre ni siquiera resulta temible, pues tiene los rasgos muy humanos de Michael Rennie (La túnica sagrada). Una simplicidad muy diferente de, por ejemplo, los efectos especiales de Battleship (2012) o Independence Day (1996).

Pero este no fue el motivo del silencio. Fue más bien la historia más allá de la persecución al visitante de otro mundo, el verdadero significado de una trama que toma como referencia la narración de Harry Bates. Al igual que otros relatos como el que se encuentra en la base de las diferentes versiones de La invasión de los ultracuerpos, lo más llamativo se encuentra en el mensaje que tanto guionistas como realizadores lanzan al mundo, y que no es otro que la alerta ante la situación de la sociedad en ese momento. Si la historia de las vainas extraterrestres que suplantan la identidad de los humanos fue en su momento una especie de alerta ante la amenaza comunista infiltrada en la sociedad norteamericana (muy diferente a, por ejemplo, la que se haya en La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero), la de Ultimátum a la Tierra va mucho más allá de estos mensajes partidistas.

Cierto es que la nave alienígena llega a Washington, y cierto es también que, como suele ser habitual, son los norteamericanos los que deben tratar de salvar el mundo. Lo curioso del caso es que, en lugar de salvarlo, la sensación que deja el film en blanco y negro es de condenación, de que no existe salvación posible para un planeta en el que las potencias más importantes parecen estar a punto de iniciar una guerra con unas armas entonces poco conocidas: las nucleares. A diferencia de otras invasiones, la llegada de Klaatu (nombre del visitante) es pacífica y con un claro mensaje: la humanidad debe abandonar su violencia si quiere seguir existiendo y no verse atacada por potencias de otros lugares del espacio.

Aunque su carácter fantástico puede disolver su mensaje, a lo largo de toda la película se incide una y otra vez en la necesidad de poner paz entre las diferentes potencias. Es por esto que el alienígena quiere dirigirse a todos los dirigentes, y no solo a uno; es por esto que rechaza a científicos gubernamentales y sale en busca de un hombre corriente; y es por esto también que, para demostrar su poder, no utiliza la violencia, sino las capacidades tecnológicas de una civilización más avanzada capaz de hacer que la Tierra entera quede paralizada por unas horas. De ahí, por cierto, el título original del film, The Day the Earth Stood Still.

Klaatu Barada Nitku

Pero la película no es una diatriba sobre los riesgos de la Guerra Fría, al menos no de forma exclusiva. Antes hemos mencionado a un personaje que acompaña al visitante, un robot enorme que solo responde ante la violencia. La definición de golem metálico no es arbitraria, pues al igual que la criatura hecha con barro, siembra la destrucción allá por donde pasa. Su protagonismo, sin embargo, queda relegado a la parte final, dejando al principio simplemente una pequeña muestra de su poder. Por supuesto, hay que recordar que estamos en la década de los 50, por lo que los efectos son sencillos aunque técnicamente perfectos.

El mensaje de paz que porta el extraterrestre Klaatu, a pesar de sus esfuerzos y de sus muestras de poder, no hace mella en el orgullo terrestre. Más bien al contrario, generan cada vez más desconfianza y terminan por activar al gigantesco robot, inmóvil hasta entonces junto a la nave espacial. En varias ocasiones hemos mencionado que el cine fantástico es terreno abonado para la denuncia del contexto social. Ultimátum a la Tierra, en ese final donde la humanidad, con su ceguera y su orgullo, activa una imparable máquina de destrucción, es otra muestra de ello.

No nos engañemos. A pesar de nuestra buena disposición a escuchar y aprender de lo que otros tengan que decirnos, lo cierto es que el ser humano es más bien egocéntrico, tendente a imponer su punto de vista por considerarlo mejor y, lo peor de todo, extrapolable a cualquier rincón del mundo. Así ha pasado con Europa y el colonialismo, con la Guerra Fría y con las diferentes crisis sociales y económicas que el mundo ha vivido. Y así lo representa la cinta de Wise, donde todo lo que hace el extraterrestre no hace sino empeorar la situación hasta el apocalíptico final. Llega a dar la sensación de que el ser humano, en ese afán por demostrar ser algo que no es, da la espalda a una auténtica voluntad de diálogo y paz.

Y, con todo, es el propio Klaatu quien elige salvar a la humanidad de su propio destino. Con una sencilla frase (bueno, tal vez no tan sencilla), el robot se detiene y se lleva al visitante, quien tiene tiempo de advertir por última vez a la Humanidad acerca de su irremediable final si no evoluciona. Recordemos que estamos en los años 50. Seis décadas después, todavía cometemos muchos de aquellos errores. Ultimátum a la Tierra es una película de ciencia ficción, en efecto, pero mostró la llave para detener la violencia que acecha continuamente al ser humano, y que se representa en tres palabras: “Klaatu Barada Nitku” o, lo que es lo mismo, tener la voluntad de frenar la espiral de violencia.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: