‘El rascacielos’: la jungla en llamas


Que la nueva película de Rawson Marshall Thurber (Cuestión de pelotas) bebe de películas como Jungla de cristal (1988) y El coloso en llamas (1974) es evidente, así que no entraré a valorar las diversas referencias que puede tener esta cinta de acción a detalles y conceptos vistos en esos films. No, lo realmente interesante es si la cinta tiene entidad propia como para aportar algo nuevo al género en el que se enmarca, o al menos para distraer durante casi dos horas. Y la respuesta es un “sí” con matices.

Porque desde luego que El rascacielos entretiene. Desde su punto de partida con un espectacular edificio de sofisticada tecnología hasta su conclusión marcada por la acción y un toque dramático poco habitual en este tipo de films, la cinta posee un ritmo trepidante, alternando el desarrollo de la historia (mínimo, como es habitual) con espectaculares secuencias donde la adrenalina se adueña del conjunto. El lenguaje narrativo empleado por Marshall Thurber, además, explota al máximo algunos de los momentos más icónicos del film, generando una mayor ansiedad a las situaciones que vive el protagonista al que da vida Dwayne Johnson (Un espía y medio), quien por cierto vuelve a demostrar su personalidad y carisma a la hora de dar vida a estos personajes.

Ahora bien, el film flaquea en aspectos importantes. Para empezar, el guión apenas tiene profundidad dramática. El desarrollo de la historia no solo es lineal y previsible, sino que no aporta en ningún momento un auténtico punto de inflexión o un suspense ante un futuro incierto. Los buenos son los buenos, los malos son los malos y aquí ganan los que ganan y pierden los que pierden. En este sentido, el film no ofrece nada nuevo salvo los nuevos efectos y una narrativa que, eso sí, no pisa el freno prácticamente en ningún momento, lo cual es de agradecer porque ayuda a pasar por alto algunas de sus debilidades.

Con sus aciertos y sus debilidades El rascacielos ofrece lo que promete, ni más ni menos. Acción, adrenalina, algo de contenido dramático para que no sea un cúmulo de efectos especiales, y una duración ajustada que deja poco margen para el aburrimiento. Ni pretende ser un drama de supervivencia ni una historia de superación del héroe. Simplemente, una cinta de acción para la época veraniega con claras influencias de clásicos del género. Con lo bueno y lo malo que eso conlleva.

Nota: 6/10

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Dwayne Johnson salva ‘El rascacielos’ de los monstruos


Verano en estado puro es lo que nos deja este viernes, 13 de julio, en las pantallas de toda España. Y curiosamente, ninguno de los estrenos es de terror. Al menos de terror en estado puro. Eso sí, la acción, el drama y el humor están asegurados en los principales estrenos, algunos de ellos con vocación de convertirse en uno de los títulos de estos meses.

Comenzamos el repaso con El rascacielos, nueva cinta de acción protagonizada por Dwayne Johnson (Jumanji: Bienvenidos a la jungla) con claras influencias de Jungla de cristal (1988) y El coloso en llamas (1974). Dirigida por Rawson Marshall Thurber (Un espía y medio), la cinta gira en torno a un veterano de guerra y ex líder del equipo de rescate de rehenes del FBI que se dedica a supervisar la seguridad en los rascacielos más modernos del mundo. Algo sale mal en su último trabajo, el edificio más moderno del mundo ubicado en Hong Kong, y se declara un incendio del que es acusado. Dispuesto demostrar su inocencia, deberá encontrar a los culpables y rescatar a su familia, que se ha quedado encerrada en una de las plantas. El reparto se completa con Neve Campbell (serie House of cards), Pablo Schreiber (Juego de ladrones), Noah Taylor (Free fire), Kevin Rankin (Comanchería), Roland Møller (Atómica) y Byron Mann (La gran apuesta), entre otros.

Muy diferente es el biopic dramático Mary Shelley, film con capital estadounidense, inglés y luxemburgués que, como su propio título indica, narra la vida de la autora de ‘Frankenstein’ y el romance que mantuvo con Percy Shelley que sirvió de inspiración años más tarde para crear la novela gótica. Haifaa Al-Mansour (La bicicleta verde) es la encargada de poner en imágenes esta historia protagonizada por Elle Fanning (Vivir de noche), Douglas Booth (El destino de Júpiter), Maisie Williams (serie Juego de tronos), Bel Powley (Carrie Pilby) y Joanne Froggatt (serie Downton Abbey).

Puramente norteamericana es Hotel Transilvania 3: Unas vacaciones monstruosas, nueva entrega de la saga de animación con los principales monstruos del cine y la literatura que, en esta ocasión, sitúa a los protagonistas en un crucero en el que Drácula y el resto de monstruos podrán, después de siglos de trabajo, relajarse con unas merecidas vacaciones. Pero el sueño pronto se torna en pesadilla cuando la hija del vampiro descubre que la capitana del barco esconde un oscuro secreto que podría acabar con todos los monstruos. Genndy Tartakovsky, autor de toda la saga, vuelve a ponerse tras las cámaras en esta tercera entrega que cuenta con las voces en su versión original de Mel Brooks (Los productores), Adam Sandler (Pixels), Selena Gomez (Una lucha incierta), Andy Samberg (La autopsia 10), Kathryn Hahn (Captain Fantastic), Steve Buscemi (La muerte de Stalin) y Kevin James (Niños grandes 2).

La principal propuesta española de la semana es El mejor verano de mi vida, comedia familiar dirigida por Dani de la Orden (El pregón) que tiene como protagonista a un vendedor de robots de cocina cuyo sueño es trabajar en el mundo financiero. En plena crisis de pareja y acosado por las deudas, le promete a su hijo que se irán de vacaciones si saca todo sobresalientes. Dado que el chico cumple, se embarca con toda su familia en un viaje que cambiará sus vidas para siempre. El humorista Leo Harlem (Villaviciosa de al lado) es el principal protagonista de este film que se estrena el jueves 12 y en cuyo reparto encontramos también a Maggie Civantos (serie Vis a vis), Toni Acosta (Incidencias), Sílvia Abril (Vulcania) y Berto Romero (Ocho apellidos catalanes).

La misma nacionalidad tiene No quiero perderte nunca, cinta que retrata el dolor de una mujer tras la pérdida de su madre, viviendo un proceso mental similar al que llevó a su madre a un lugar del que nunca pudo volver. Escrita y dirigida por Alejo Levis (Todo parecía perfecto), la película cuenta con Aida Oset (Frontera), Montse Ribas, Maria Ribera (Tres dies ambos família) y Carla Torres como sus principales actrices.

Entre el resto de estrenos europeos encontramos Lola Pater, coproducción franco belga que se centra en un hombre que, cuando su madre muere, decide ir en busca de su padre, quien les abandonó hace 25 años. Pero ahora el progenitor se llama Lola, algo que el joven tendrá que aceptar no sin dificultades. Este drama está escrito y dirigido por Nadir Moknèche (Goodbye Morocco) y protagonizado por Tewfik Jallab (Asalto al convoy), Fanny Ardant (Mis días felices), Nadia Kaci (Le puits), Véronique Dumont (Mon ange) y Lucie Debay (El rey de los belgas).

Francia y Canadá colaboran en La bruma, cinta cuyo argumento arranca cuando una misteriosa niebla mortal se extiende por toda la ciudad de París. La gente se ve obligada a sobrevivir y refugiarse en pisos y tejados de la ciudad. Una familia tendrá que afrontar el hecho de que, para poder salir con vida, tendrán que correr el riesgo de atravesar la niebla. Dirigida por Daniel Roby (White skin), esta propuesta de ciencia ficción está protagonizada por Romain Duris (Alto el fuego), Olga Kurylenko (Un día perfecto), Fantine Harduin (Le boyage de Fanny), Michel Robin (Aquarium) y Anna Gaylor (La familia no se escoge).

Por último, La cámara de Claire es el título de la comedia dramática de 2017 escrita y dirigida por Hong Sang-soo (Lo tuyo y tú) que arranca cuando una trabajadora de la industria del cine es despedida mientras trabaja en el Festival de Cannes. Allí conoce a una mujer que se dedica a la fotografía. Con capital francés y de Corea del Sur, la cinta tiene un reparto encabezado por Isabelle Huppert (Elle), Kim Min-hee (La doncella), Chang Mi-hee (Gwibooin) y Jung Jin-young (Gangnam 1970).

‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

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