‘House of cards’ pierde el norte en una última temporada innecesaria


El caso de la serie House of cards va a ser objeto de estudio con el paso de los años, y por varios motivos. Esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) es el mejor ejemplo de que una historia no debe alargarse por motivos ajenos a los puramente creativos. Estoy hablando, claro está, de la salida de Kevin Spacey (American Beauty) por los casos de abusos y la consecuente sexta temporada, muy lejos del nivel que tuvieron las anteriores y, sobre todo, ajena completamente a una coherencia narrativa propia de cualquier serie. Habrá quienes hayan puesto en cuestión si los acontecimientos narrados hasta ahora son más o menos fantasiosos, si son más o menos creíbles en un contexto de falsa realidad como el que expone la serie. Personalmente, viendo a algunos presidentes que han dirigido la Casa Blanca en las últimas décadas creo que la serie encaja perfectamente en el realismo, pero de lo que no cabe duda es de que estos últimos 8 episodios dejan una mala e indeleble huella en el conjunto.

Y lo más alarmante de todo es que no habría sido necesaria esta sexta y última temporada. El final de la anterior etapa, aunque algo abierto, cerraba un ciclo de forma más que notable, con una suerte de golpe de estado encubierto de una esposa a su marido, tomando el control de la Casa Blanca y demostrando que ella es, si cabe, más sibilina que él. La ausencia de Spacey, unida a una falta completa de un plan para esta circunstancia, hacen que estos capítulos carezcan de un sentido dramático y argumental. Es lo que suele ocurrir cuando se quiere narrar mucho en muy poco tiempo. A la reducción de episodios con respecto a temporadas anteriores se une la presencia de nuevos personajes cuyo papel en este castillo de naipes apenas queda aclarado, y desde luego no llega nunca a desarrollarse como debería.

Y sobrevolando todo esto, la figura de Spacey. Su ausencia absoluta de la serie alcanza cotas ridículas. Sus fotografías aparecen sutilmente sin la cabeza en el plano, y los pocos audios en los que pudiera escucharse su voz se presentan a través de artimañas narrativas que, dicho sea de paso, resultan un tanto absurdas tanto en el contexto dramático en el que se encuentran como en el tono serio y oscuro de toda la serie. Y a pesar de los intentos por no tenerle en imagen, su figura está constantemente presente en toda la temporada. Si bien es cierto que esta última etapa pertenece al rol interpretado por Robin Wright (Wonder Woman), en realidad el grueso de la trama principal de House of cards está motivado constante por ese Frank Underwood que tanto ha fascinado durante años gracias, entre otras cosas, a la extraordinaria labor de Spacey.

Puede que este sea uno de los motivos por los que la trama no termina de funcionar correctamente. Demasiadas historias secundarias, demasiados personajes que no aportan demasiado, y sobre todo una necesidad de resolver la ausencia de Spacey de la forma más lógica posible. Todo eso genera una mezcla que sus creadores no son capaces de equilibrar, entregándose por completo a un desarrollo marcado por el extremo, por el histrionismo contenido en esos caros trajes y esos elegantes despachos. El final de la temporada, y consecuentemente de la serie, es la mejor evidencia de la deriva absurda que toma la trama, que busca sin éxito una explicación racional a algo completamente ilógico. Y no estoy hablando del desarrollo del arco argumental, que también, sino al hecho de que esta temporada no era necesaria, al menos no en estos términos.

Embarazos embarazosos

Pero entremos en el detalle. Estos 8 episodios ponen el foco y la complicidad con el espectador en la figura de Claire Underwood. Y aunque Wright vuelve a demostrar la increíble actriz que es, lo cierto es que la temporada evidencia que este personaje es único… como un secundario. Ya sea por una narrativa sin un objetivo claro, o porque el personaje realmente no da para tanto, lo cierto es que el protagonismo de esta Primera Dama reconvertida en primera Presidenta de Estados Unidos carece de la fuerza de su predecesor. Y a ello contribuye sobremanera la definición de su personaje que hacen a lo largo del relato o, mejor dicho, la resolución del mismo a los planteamientos inicialmente expuestos.

Y me explico. Durante los primeros compases de esta temporada asistimos a un planteamiento que, con sus más y sus menos, anuncia un cierto suspense político en el que se puede apreciar una estrategia de la protagonista. Sin embargo, a medida que transcurren los episodios dicha estrategia se diluye poco a poco hasta quedar en nada, no tanto por la inacción de la protagonista como por los acontecimientos que se suceden a su alrededor, amén de algunos hitos dramáticos cuestionables como esa presunta crisis que sume a la Presidenta en una depresión. La suma de elementos lleva la serie por un camino no solo ajeno a lo visto hasta ahora, sino alejado de la realidad, apostando más por una suerte de drama personal que perfectamente habría encajado en otro tipo de ficción algo menos elaborada y a todas luces de menor calidad dramática y artística que House of cards.

Aunque sin duda el aspecto dramático más polémico es el embarazo de la protagonista, que irrumpe en el desarrollo argumental como un Deus ex machina para tratar de dar un giro a la trama. Giro que, por cierto, provoca el efecto contrario, pues no solo no aporta el pretendido dramatismo a la historia, sino que aporta a la trama un carácter aún más incomprensible y ridículo al plantear más preguntas y dar pocas de las respuestas que cabría esperar. Esto sumado a la resolución de la trama principal en torno a lo que realmente ha ocurrido con el personaje de Frank Underwood convierte el final de temporada en casi una parodia de sí mismo, enrevesando innecesariamente un final que podría haber sido mucho más sencillo si se hubiera dejado ir del todo al rol de Spacey. Baste decir que los argumentos finales de los dos personajes implicados en la última escena son el reflejo de lo que ha sido esta temporada en todos los sentidos.

Lo cierto es que apena mucho comprobar cómo una producción puede dar al traste con una seña de identidad construida durante años en tan solo un puñado de episodios. House of cards, con sus posibles excesos según se mire, es una serie adulta, sobria, oscura y tremendamente inteligente, en la que ni un solo personaje sobra y en la que toda trama, sea principal o secundaria, tiene influencia sobre cualquier detalle del conjunto. Pero eso es hasta esta sexta y última temporada. El desarrollo dramático, limitado por falta de espacio, la presencia de nuevos personajes sin el trasfondo necesario, y sobre todo una falta de objetivo en la resolución de esta compleja historia convierten esta etapa en un mal reflejo de lo que alguna vez fue la serie. Entiendo la decisión de la productora de apartar a Spacey, pero había muchas y mejores soluciones que la adoptada para dar un final con sentido a una ficción de estas características. Los Underwood nos dejan con mal sabor de boca.

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‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

‘Borgen’ utiliza su última temporada para cerrar temas inconclusos


La tercera temporada de 'Borgen' ofrece un final a los arcos dramáticos de los personajes.Antes de comenzar con el análisis de la tercera y última temporada de Borgen, serie creada por Adam Price (Anna Pihl) acerca de los entresijos del poder en Dinamarca, sus relaciones con los medios de comunicación y los límites morales y personales del sistema político, un breve inciso acerca del desarrollo de la producción. Esta última entrega de 10 episodios tuvo lugar, en su país de origen, en 2013, dos años después del final de la segunda temporada. Teniendo en cuenta cuál fue ese final, es de suponer que esta nueva etapa es más bien una herramienta dramática para cerrar algunas líneas algo inconclusas. Es por eso que el resultado debe valorarse no como una temporada al uso, sino más bien como un broche a lo narrado en las dos temporadas anteriores.

Esto se traduce en que muchos de los aspectos que complementan a la trama principal se quedan en meros alicientes dramáticos que solo sirven para aportar cierto grado de tensión a un desarrollo, por otro lado, relativamente plano. La creación de un nuevo partido político por la protagonista, de nuevo interpretada por Sidse Babett Knudsen (Después de la boda), es el punto de partida de un variopinto grupo de situaciones que se van sucediendo unas a otras sin más impacto en la trama principal que la simple exposición de conflictos, de dificultades y de intrincadas relaciones políticas y personales que reflejan, y esto es extrapolaba a todos los países, las ambiciones personales que todo individuo pone en su actividad política.

Traiciones, enfermedades, secretos, mentiras, pasados comprometidos. Todo es posible en estos capítulos de Borgen para aportar cierto grado de conflicto y dramatismo al desarrollo de esta trama principal que, como digo, carece del peso específico necesario para sostenerse por sí sola. Esta es, sin duda, la mayor diferencia con las temporadas anteriores, y en cierto modo es el punto débil de una tanda de episodios que parece nacer más como una demanda social por conocer el destino de los personajes más que como una necesidad de explicar el regreso de Birgitte Nyborg a la primera línea de la política. Aunque en realidad el mayor problema reside en el poco impacto que las tramas secundarias tienen en el resultado final.

En efecto, a diferencia de etapas anteriores esta última temporada no parece lograr una consistencia de los conflictos necesaria para generar un futuro diferente al previsto. O lo que es lo mismo, no hay puntos de giro en un guión planteado como una travesía por un mar en calma con algún que otro conato de oleaje. Si un personaje traiciona la confianza del grupo, simplemente desaparece de escena; si una enfermedad pone en riesgo la política del nuevo partido, no solo se solventa con inteligencia, sino que la enfermedad se supera. Y si surgen conflictos con el pasado de un personaje, se le relega a un segundo plano pero mantiene su importancia en la trama. No existen, por tanto, modificaciones en el desarrollo. No se generan conflictos reales que logren cambiar el rumbo de las cosas, posiblemente porque sus responsables saben de antemano que esta temporada, entendida como un ente único, tiene el fin que tiene.

Ideal político

Pero esta tercera temporada de Borgen también permite poner sobre la mesa una serie de temas políticos, morales y éticos notablemente interesantes, siguiendo la línea marcada por las anteriores etapas y, lo más importante, manteniendo el nivel reflexivo de aquellas. Destaca sobremanera la inclusión en la trama, como un factor que sobrevuela todo el desarrollo, de la ambición personal por encima de los intereses colectivos e, incluso, de la propia ideología. La introducción en diversos episodios de pequeñas secuencias (e incluso de temáticas episódicas completas) genera en todo momento la sensación de asistir a una lucha entre el ideal político y la corrupción por intereses personales o políticos, y no únicamente económicos.

Desde luego, este aspecto es el más interesante de toda la temporada, y en cierto modo logra salvar la producción de sus propias limitaciones impuestas desde su planteamiento. Si bien es cierto que los conflictos no logran alcanzar la complejidad de los expuestos en las temporadas anteriores (entre otras cosas por falta de espacio físico y narrativo), sí son lo suficientemente sólidos como para servir de hilo conductor a muchos episodios que están planteados como una mera exposición de acontecimientos. Es esta idea general la que logra, en muchos momentos, dotar de un mayor grado de conflictividad a todo el conjunto.

Especial interés tiene la conclusión de la temporada, sobre todo por comprobar cómo sus responsables encajan todas las piezas distribuidas a lo largo de los episodios. La realidad es que no es un trabajo complicado dada la naturaleza de dichas piezas, pero igualmente es una labor más que correcta que permite, además, adentrarse en los entresijos de los pactos políticos, de los acuerdos y las reuniones en zonas apartadas de los focos mediáticos. En este sentido, y como ha sido una constante en toda la serie, se puede establecer un paralelismo entre el sistema político mostrado en la serie y el propio de cada país. Eso sí, las conclusiones pueden generar cierto malestar.

Lo que parece evidente es que la tercera temporada de Borgen pone punto y final a esta historia sobre la política danesa de la forma más amable posible, evitando grandes conflictos en sus personajes y, por tanto, limitando también su desarrollo. En cierto modo, tampoco es necesario dado que todo lo que había que contar ya se había contado en las dos temporadas anteriores, pero eso no evita que exista cierta sensación de que podría haber ofrecido algo más, al menos desde un punto de vista dramático. En lo que a política, familia, medios de comunicación y moral se refiere, esta conclusión logra mantener el nivel de las anteriores.

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