‘Gotham’ llega a un final caótico en su quinta temporada


En este fenómeno superheroico en el que vivimos las nuevas producciones tratan de ofrecer algo diferente, ya sea en el tratamiento de los personajes, en la estética o en el apartado visual. Bajo esta idea nació hace cinco años Gotham, serie que buscaba narrar los orígenes de Batman a través de la figura del Comisario Gordon, uno de los secundarios más importantes e icónicos del universo del Caballero Oscuro. Pero lo que comenzó con esta idea pronto derivó en algo notablemente diferente, hasta el punto de ser una reinterpretación de los cómics en formato más… digamos adolescente. Y fruto de eso es esta quinta y última temporada, entregada por completo al caos y la destrucción para tratar de justificar y, ante todo, encajar el diferente desarrollo de los personajes con el inicio de las aventuras de Bruce Wayne como el Hombre Murciélago.

La labor de Bruno Heller (serie Roma) como creador, y del resto de guionistas y responsables de la serie, queda completamente difuminada en el intento de encajar más villanos en una trama que ya no daba mucho más de sí. La falta de objetivo claro se apreció ya en el tratamiento de un enemigo tan importante como el Joker durante la temporada pasada, con algunos Deus ex machina que no encajaban con el desarrollo hasta ese momento. Ahora el descontrol se extiende a otros personajes, haciendo que algunos de ellos queden completamente caricaturizados, que otros desaparezcan por necesidades dramáticas y que otros, simplemente, experimenten giros argumentales cogidos con pinzas. El motivo de esto no es otro que la necesidad de contar mucho en muy poco tiempo. Los 12 episodios de esta etapa, casi la mitad de lo habitual, y la complejidad de la historia que se presenta obligan a tomar decisiones un tanto cuestionables, llevando a los personajes a un límite dramático con poca coherencia. Y no digo con esto que la serie haya sido un alarde de sentido común, pero si por algo se ha caracterizado siempre ha sido por unos personajes bien construidos.

Nada de esto significa que Gotham pierda ritmo, más bien al contrario. Su frenético desarrollo imprime al conjunto una dinámica única pocas veces vista en la serie. Por decirlo de otro modo, es el clímax de cualquier historia. Sus secuencias de acción, ese planteamiento de gran flashback respecto de un punto de partida ya de por sí impactante, y ese episodio final con Batman haciendo acto de presencia son algunos de los elementos que denotan que estamos en la recta final de la historia. Y sí, resulta muy entretenido, pero única y exclusivamente si no se reflexiona sobre lo que ha llevado a los personajes hasta esa situación. De hacerlo, es fácil encontrar no pocas incongruencias y situaciones encajadas a la fuerza para tratar de que el final (que es también el comienzo de la leyenda del superhéroe) pueda justificar, de algún modo, las historias más conocidas de Batman.

En este proceso de simplificación final sin duda los mayores perjudicados son los villanos que, para qué negarlo, han sido el alma de la serie durante varias temporadas. Papeles como el de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche) o Cory Michael Smith (First Man) quedan reducidos a una caricatura de lo que eran; el rol de Erin Richards (El estigma del mal) evoluciona de un modo que parece casi imposible. Y no hablemos de lo que ocurre con el Joker, que comenzó sus andanzas como un grandísimo y psicópata villano, cambió de rumbo con el cambio de hermano y ha terminado siendo una extraña criatura a medio camino de ninguna parte, tratando de justificar así, en teoría, la dualidad y la psicopatía del principal archienemigo del Caballero Oscuro. A todo ello se suman dos nuevos villanos, el motor de esta temporada que, sin embargo, son dibujados de un modo algo simple, motivados únicamente por una sed de venganza tan básica como directamente resuelta.

Una nueva Gotham

Lo cierto es que todo ello compone una nueva Gotham, tanto en el concepto de serie como en la propia ciudad en sí. Quizá por ello el objetivo último de esta quinta temporada haya sido la destrucción de los edificios como símbolo de una ruptura con el pasado, con todo lo que se había construido hasta ese momento narrativa y conceptualmente. En este sentido, esta conclusión de 12 capítulos (bueno, en realidad es más bien 11+1) se puede interpretar como un apéndice para cerrar algunas tramas secundarias, dejar abiertas para el futuro otras tantas y, sobre todo, dar pie a la transformación definitiva del protagonista interpretado por David Mazouz (serie Touch), quien por cierto ha alcanzado la mayoría de edad mientras se emitía esta última etapa.

Pero esta interpretación no puede obviar el hecho de que todos los acontecimientos se han precipitado. La evolución de los villanos ha sido, como explicaba anteriormente, excesivamente acelerada, tanto para los ya conocidos como para los nuevos. Eso por no hablar de algunos giros de guión tan forzados que cuesta mucho aceptarlos, no digamos ya encajarlos dentro de la narrativa de un modo natural y orgánico. Y en esta sucesión de tropiezos dramáticos de la serie se encuentra también el final del que, en teoría, tendría que haber sido el protagonista. El personaje de Jim Gordon ha quedado relegado por completo a una suerte de vehículo narrativo para contar el proceso de madurez de Bruce Wayne, amén de ser el nexo de unión entre secundarios mucho más interesantes que él. En esta última etapa adquiere algo más de protagonismo, es cierto, retomando el rol que se le presumió en sus orígenes.

Posiblemente lo más interesante de la temporada, con sus aciertos y sus fallos, sea el episodio final, que se aleja sensiblemente del espíritu de la serie para sumergirse en el lenguaje narrativo propio de Batman, evitando mostrar al personaje en todo momento salvo ese último plano con el que la serie conecta con el universo del superhéroe. Un capítulo en el que se sientan las bases de las relaciones que los aficionados ya conocen y que, en mayor o menor medida, habían sido modificadas para desarrollar las historias de la serie. Y aunque esta conclusión pueda ser, objetivamente hablando, sumamente interesante, su encaje en la serie queda un poco en entredicho. El problema no es tanto de lo narrado en esos últimos minutos, sino de la evolución de las tramas, que parecen haber crecido sin el necesario control para ajustarse a ese final que, en mayor o menor medida, estaba previsto. Posiblemente si esta temporada hubiera durado algo más ese ajuste entre desarrollo y final habría sido mayor.

En cualquier caso, Gotham es una serie diferente, con una extraordinaria estética que bebe de las influencias de cómic y películas y con un diseño de personajes, sobre todo villanos, más que notable. El problema que ha tenido toda esta ficción ha sido el camino seguido por las historias, tanto principales como secundarias, sobre todo a partir de la tercera temporada. Es algo que ha tenido su cúlmen en esta quinta y última etapa, en la que la falta de tiempo narrativo y la poco coherencia de la trama han obligado a precipitar los acontecimientos sin dotarlos de evolución interna, lo que termina generando un cierto caos que, aunque ayuda en cierto modo al sentido final de la temporada (con esa especie de guerra en las calles de la ciudad), no hace justicia al resto de la producción. Eso sí, se agradece el esfuerzo para encajar todo lo narrado con el origen de Batman en ese último episodio.

1ª T. de ‘Preacher’, transgresión para una historia diferente al cómic


Dominic Cooper, Ruth Negga y Joseph Gilgun dan vida a los tres protagonistas de 'Predicador'.Si algo positivo tienen las adaptaciones de cómics de superhéroes al cine y la televisión es que abren la puerta a un mundo mucho más amplio, más oscuro y más adulto. Me refiero a esas historias gráficas que se han convertido en auténticas obras de culto y referentes para los amantes de este elemento de la cultura. A esto ha contribuido también, claro está, el éxito de The Walking Dead. Todo esto viene a cuento de la primera temporada de Predicador, versión televisiva de la obra creada por Garth Ennis y Steve Dillon que han adaptado Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Malditos vecinos 2) y Seth Rogen (Juerga hasta el fin) en una historia que, aunque ligeramente diferente, mantiene la esencia gamberra y transgresora de su argumento.

Para aquellos que no lo conozcan, la trama se centra en Jesse Custer, un joven predicador de Texas en una parroquia en medio de ninguna parte que es poseído por una entidad cuyo poder se equipara al de Dios. Capaz de ordenar a la gente que haga aquello que no quiere, inicia un viaje acompañado de su antigua novia y de un vampiro irlandés para encontrar a Dios y pedirle explicaciones por haber abandonado el Cielo. Y aunque esta es la historia, en líneas generales, del cómic, esta temporada aborda sin embargo el modo en que el protagonista afronta su nuevo poder, todo ello con un hilo argumental totalmente nuevo, al menos con respecto a la línea regular de la historia gráfica.

Y es precisamente por esa libertad que Predicador logra una dinámica única, a medio camino entre las referencias de las páginas originales y el humor negro que aportan el trío de creadores. A pesar de la presencia de personajes conocidos, la introducción de roles secundarios que encajan perfectamente en el mundo creado por Ennis y Dillon no hace sino enriquecer la trama, cuya narrativa, por cierto, es algo inconexa al inicio pero coherente en su resolución. A lo largo de los 10 episodios el tratamiento se centra en desarrollar tanto el poder del protagonista (con algunos momentos tan hilarantes como inquietantes) como el triángulo que se forma con los que serán los otros grandes personajes de la trama. Aunque es cierto que hay algunos momentos en que su relación no se sustenta demasiado bien (los acontecimientos ocurren demasiado rápido, perdiendo justificación), en líneas generales componen sólidamente las bases de la dinámica que, presumiblemente, se explotará más adelante, dejando para ello algunas pinceladas de los sentimientos, del pasado y de los caracteres de cada uno.

No es extraño que en este tipo de producciones los elementos novedosos se terminen convirtiendo en lo realmente atractivo. Y como he mencionado, la diferente historia y los personajes secundarios son los que marcan realmente el tono de esta ficción, amén de una puesta en escena tan ácida como malsana en algunos momentos. En este sentido, destaca la labor de Jackie Earle Haley (Watchmen) con un rol tan intrigante como desagradable, cuya falta de fe y de sentimientos roza lo monstruoso. En cierto modo podría entenderse como un preludio de lo que está por llegar, pues sea fiel o no a las páginas del cómic, parece evidente que los personajes de este tipo van a ser una constante. La pregunta es si los demás estarán a la altura de semejante villano, porque de no ser así posiblemente la serie decaiga.

Ángeles y demonios

De este modo, la primera temporada de Predicador desprende la esencia de la saga original en todos y cada uno de sus fotogramas. La combinación de drama y acción otorga a la trama el equilibrio perfecto entre humor y violencia, entre intriga y comedia. Curiosamente, sus creadores apuestan por una espectacularidad que no se desprende, al menos no siempre, de las páginas del cómic, que afronta desde el comienzo una búsqueda más terrenal. La forma de presentar a Cassidy (un idóneo Joseph Gilgun –Pride-) es tan inesperada como salvaje, definiendo casi en una única secuencia la mayoría de matices de su personalidad. Algo similar ocurre con el rol de Tulip O’Hare, un papel que Ruth Negga (Loving) ha hecho suyo hasta niveles insospechados.

Evidentemente, el protagonista es el que se lleva un mayor desarrollo dramático. Más allá de la labor de Dominic Cooper (Warcraft. El origen), lo realmente interesante es el proceso que vive el predicador una vez recibe a Génesis. Proceso en el que ángeles y demonios tienen mucho que ver, y en el que tienen lugar algunas de las mejores y más hilarantes secuencias de esta temporada, desde la lucha en la iglesia hasta esa habitación de un motel llena de cadáveres repetidos de los mismos ángeles. Esto, además, confirma la necesidad de los guionistas de alejarse deliberadamente de la historia original en algunos de sus aspectos. Posiblemente lo único que se le pueda echar en cara a la trama es una cierta inconexión en la forma de abordar el pasado y las relación de este predicador con el rol de Negga. No es que no se explique, sino que su forma de enfocarlo puede desorientar a algunos espectadores durante los primeros compases de la historia.

Y en medio de todo esto, el Santo de los Asesinos. Este imprescindible personaje de la trama, interpretado por Graham McTavish (La hora decisiva), es introducido en la temporada casi como un elemento diferenciador, sin demasiada conexión con el resto de la trama pero que, poco a poco y a base de repetir su única y corta línea argumental una y otra vez, va adquiriendo relevancia dramática para, en el último episodio, confirmar no solo su pasado o su presente, sino el futuro que va a tener en el argumento. Y como no podía ser de otro modo, protagoniza una de las secuencias más violentas de la serie rodada, por cierto, aprovechando el fuera de campo de un modo pocas veces visto en televisión.

Se puede decir que la primera temporada de Predicador, a pesar de sus diferencias con el cómic original, se mantiene fiel al espíritu tan transgresor y gamberro que tienen las viñetas. Poco importan, por tanto, que el pasado o la presentación de los personajes se ajuste a la idea de Garth Ennis y Steve Dillon. Poco importa que la trama se desarrolle de forma totalmente diferente. Al final, lo que cuenta es si realmente esta serie puede enmarcarse en el mundo de este predicador con una entidad todopoderosa en su interior. La respuesta es un rotundo sí, por lo que solo se puede disfrutar del humor ácido que desprenden sus secuencias. Y sobre todo, mostrar la esperanza en que las siguientes temporadas entrarán de lleno en la búsqueda de Dios que ha iniciado Jesse Custer.

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

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