‘Verónica’: ¿Hay alguien ahí?


He de confesar que considero a Paco Plaza uno de los directores más interesantes del cine español en lo que a terror y thriller se refiere. Desde luego, su trabajo en la saga [REC] es incuestionable, pero posiblemente su última película sea la más completa y compleja de todas las realizadas hasta ahora. Más allá de los elementos personales que el propio director asegura haber volcado en la cinta, lo realmente atractivo de esta historia es, por un lado, el hecho verídico que toma como referencia, y por otro las numerosas y muy diferentes lecturas que tiene el guión.

Un guión, por cierto, elaborado con precisión milimétrica para jugar con las emociones del espectador, al que tan pronto provoca ternura con la relación de los hermanos como auténtico pavor con los efectos de esa presencia sobre la joven protagonista. El arco dramático de Verónica explora mil y un conceptos de la infancia y la juventud a través del prisma del terror atmosférico. Tan solo al final se permite alguna concesión al susto fácil, necesario por otro lado para dar el último giro de guión, pero el relato se construye firmemente sobre la claustrofobia de una casa en la que los fenómenos paranormales se convierten en el pan nuestro de cada día… bueno, de cada noche. Y ya que menciono a la protagonista, la debutante Sandra Escacena ofrece un trabajo espléndido, explotando al máximo todos los matices de una adolescente que ha tenido que crecer demasiado rápido y que, en cierto modo, ansía seguir siendo una joven que no necesita preocuparse por nada, volver a una época en la que era más feliz. Una actriz con un brillante futuro por delante.

Lo cierto es que a la película se le pueden achacar pocas cosas. Habrá quien diga que el trasfondo dramático de la historia, con esa acosadora presencia como pilar básico, está poco explicada. Personalmente creo que la falta de información es el gran aliciente y lo que aporta un plus de terror a este film. Posiblemente lo más reprochable sea la sensación, en algunos momentos, de estar ante una serie de referencias a otras producciones similares, sean de cine o televisión, sobre todo porque algunos de los momentos de su desarrollo se enmarcan en el más clásico estilo del género, algo que por otro lado ayuda a consolidar la trama y a evitar que se desvíe de su verdadero objetivo. Pero esto puede llevar, y de hecho lo hace, a un tratamiento algo previsible y ya conocido, sobre todo para los amantes de estas películas.

Pero como digo, son males menores en una película que sitúa el terror español en un alto nivel. Verónica es una película que habla sobre la infancia, sobre la responsabilidad, sobre la soledad de la adolescencia y sobre los problemas de comunicación entre padres e hijos. No habla, y esto puede parecer paradójico, de posesiones demoníacas o de presencias malignas. Esto, en realidad, es el envoltorio (un atractivo y terrorífico envoltorio) para algo mucho más profundo. Y es aquí donde la labor de Fernando Navarro como guionista y Paco Plaza como director adquiere su máximo potencial. La película aterra e inquieta mucho, posiblemente más que ningún otro film del cine español en los últimos años. Pero perdura en la memoria porque cuenta algo más y mucho más importante. Y es esta combinación la que hace de Verónica una obra muy recomendable.

Nota: 7,5/10

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‘La ciudad de las estrellas (La La Land)’: ese alguien entre la multitud


No pasa muy a menudo, pero cada ciertos años surge una película que podría considerarse mágica, en la que todos sus elementos, artísticos y técnicos, parecen lograr una armonía perfecta para que fondo y forma sean realmente uno. Y este 2016 ha sido uno de esos años, algo que podría terminar de confirmarse, al menos en lo que a premios se refiere, con un rotundo éxito en los próximos Oscar. Lo cierto es que la nueva película de ese joven genio llamado Damien Chazelle (Whiplash) va camino de conseguirlo, y méritos, lo que se dice méritos, le sobran.

Si hubiese que calificar La ciudad de las estrellas (La La Land) con una única palabra esa podría ser magistral. O espléndida. O bella. Muchos de esos términos, estoy convencido, se han usado en infinidad de críticas, pero la pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? Sencillamente porque esta comedia musical aúna todo lo que un film debe tener. Su desarrollo dramático plantea conflictos, aunque sea de forma sutil, a cada paso del camino de los protagonistas. La forma en que se integra la parte musical, cuyos números mejoran a medida que avanza la trama (aunque ese primer plano secuencia será una de las escenas más recordadas), es perfecta. Y el uso del color y la fotografía, en claro homenaje a la era dorada del género, acerca a las nuevas generaciones un tipo de cine que, por suerte o por desgracia, ya no se hace.

Desde luego, es lo más parecido a una película perfecta que se puede ver en la gran pantalla actualmente. Incluso con un comienzo titubeante (la historia del personaje de Emma Stone –Irrational man– es algo débil), el film se sobrepone gracias al número de claqué y a un Ryan Gosling (Sólo Dios perdona) inconmensurable, capaz de ponerse la narrativa sobre sus hombros y cubrir las deficiencias de su compañera de reparto, que crece al compás de la propia película. Aunque la guinda del pastel es su final, todo un recorrido alternativo por una historia que podría haber sido y no fue y que, además de arrancar alguna que otra lágrima, pone de manifiesto una máxima básica de cualquier narración: que el final debe ser coherente con la historia contada, aunque eso genere dolor.

La ciudad de las estrellas (La La Land) recupera el amor por el cine, o al menos por un tipo de cine que no se prodiga tanto en la gran pantalla como debería. Y lo hace con un sentido homenaje a las películas que encumbraron el musical hasta sus cotas más altas. Chazelle, que se confirma como un talento con un futuro prometedor (habrá que verle con otras historias y otros género), utiliza todos los recursos a su alcance para crear una obra atemporal, una historia de amor que debe convivir con la búsqueda de nuestros sueños. Una película única capaz de enamorar, emocionar, divertir y hacer reír, con una banda sonora imprescindible. Es, como se menciona en un momento del film, ese “alguien” entre la multitud de películas que hay en la cartelera.

Nota: 9,5/10

‘Kamikaze’: siempre hay alguien que sufre más que tú


Verónica Echegui y álex García protagonizan 'Kamikaze', ópera prima de Álex Pina.El fin último de cualquier película es emocionar. En el sentido más amplio de la palabra. Esto implica, fundamentalmente, lograr la conexión entre película y espectador. Y normalmente eso se logra con buenos y elaborados personajes y una trama con conflictos sólidos y giros argumentales imprevistos o sorprendentes. Pero como esto del arte cinematográfico no es una ciencia, muchas veces nos encontramos con casos como el de la ópera prima de Álex Pina, una película con alma cálida, entrañable y por momentos divertida que, a pesar de sus evidentes limitaciones, logra ese objetivo principal de conectar con el espectador.

En el caso concreto de este Kamikaze que debe convivir durante tres días con las víctimas del avión que pensaba hacer estallar, la principal ventaja estriba en los personajes y, sobre todo, en la difusión casi con cuenta gotas que se hace del pasado de cada uno de los personajes, alguno más dramático que otro. Gracias a esto y a unos actores realmente inspirados (sobre todo Álex García y Carmen Machi), la película adquiere solidez narrativa a medida que avanza hasta convertirse en una agridulce comedia donde el dolor y la risa comparten habitación como si de otros huéspedes del hotel se tratara. Momentos como el de la viuda repasando su vídeo de boda (y revelando un tortuoso pasado) o aquel en el que el espectador comprende por fin los motivos del protagonista revelan un corazón más grande que la mera exposición de un cuadro compuesto por un variopinto grupo de personajes.

Pero esto tiene un riesgo, y por desgracia la película no sabe evitarlo. El equilibrio entre humor y drama es muy difícil de conseguir, y si no se estudian detenidamente todas y cada una de las escenas puede llegar a pesar más uno de los dos elementos, descompensando el conjunto. Si es la comedia lo normal es que se caiga en el ridículo. Si es el drama puede dar pie a una entrega, deliberada o inconsciente, a la dramatización exagerada, generando incredulidad y, ante todo, incompatibilidad con el resto del relato. Esto último es lo que le ocurre al film hacia su tercio final, cuando el director debe resolver la papeleta de mostrar la decisión del héroe. Más allá de que no existen demasiadas dudas acerca de tal alternativa (el otro gran punto débil de la película es su falta de sorpresa), lo llamativo son las innecesarias acciones que se suceden para demostrar que el terrorista se transforma en salvador. Que un avión derrape o que se vean disparos a cámara lenta, por no hablar de un rescate en plena nieve con camiseta de tirantes, no son sino concesiones innecesarias al drama en una película que, por sí sola, podría tener drama más que suficiente.

Todo ello impide que Kamikaze sea una mejor película, aunque esto no significa que sea mala, al contrario. La historia, aunque previsible, engancha gracias sobre todo a los actores y el trasfondo de sus personajes, a medio camino entre lo humorístico y lo trágico. Es un film entretenido y entrañable, un viaje en medio de ninguna parte que recoge las diferentes visiones de la vida de un grupo de individuos cuyos pasados los ha llevado hasta ese punto, algunos para seguir con sus vidas y otros para terminar con ella. El problema es que no se desprende de un cierto aroma a dramatismo gratuito, a tragedia forzada en giros algo innecesarios. Como se dice en un momento del metraje, “siempre hay alguien que sufre más que tú”. Pero no es necesario manipular el desarrollo dramático para demostrarlo.

Nota: 7/10

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