‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

‘Sharknado 3: Oh Hell No!’, el espacio… la última frontera


Los tiburones llegan al espacio en 'Sharknado 3'.No hay nada peor que una película (o una serie, puesto el caso) que se tome en serie una trama risible. Y da igual que tenga un presupuesto de millones de dólares o que sea una pequeña producción. Suele decirse que lo mejor es que un film conozca sus propias limitaciones. Por eso la saga de Sharknado ha llegado a donde ha llegado… que es al espacio. Porque la tercera parte, subtitulada para la ocasión Oh Hell No! (algo así como “Oh, demonios, no!”) es todo lo que se le puede pedir a una serie Z capaz de hacer reír con un tema que parece no dar para más, pero que en manos de Anthony C. Ferrante, director de las dos anteriores, adquiere dimensiones estratosféricas.

Lo cierto es que tratar de ver esta nueva entrega (que no la última) de las “terroríficas” aventuras de Ian Ziering (serie Sensación de vivir) contra los tornados de tiburones es una extraña mezcla de sufrimiento y deleite. Sufrimiento porque todas las secuencias de transición, en las que los personajes hablan y, en teoría, se desarrolla una trama, duelen en el alma. Y no solo porque los diálogos tengan menos sentido que la propia historia, sino porque los personajes son más planos que un folio en blanco. Y digo en blanco porque, en efecto, ningún protagonista, secundario o de los que pasan por allí tiene contenido alguno.

Pero por otro lado, y siempre que Sharknado 3 se entienda como lo que es (y como, de hecho, ella misma se presenta), la película produce un pequeño placer culpable al crear las situaciones más absurdas, irónicas y paródicas que puedan encontrarse en una pantalla, ya sea grande o pequeña. Los ataques de tiburones responden a esa teoría no escrita en el cine que afirma que cada continuación debe ser más de lo mismo. Literalmente más. Así, la tercera parte tiene más tiburones, más tornados, más ciudades devastadas y, sobre todo más altura.

Como se apreciará en la imagen que acompaña este texto, los tiburones llegan al espacio. Sin escafandra ni otro tipo de protección. El motivo de que sigan vivos y sean capaces de morder y comerse una nave espacial queda perfectamente explicado en la propia película: si son capaces de sobrevivir a un tornado, ¿por qué no van a poder hacerlo en el espacio? Ya puestos… Es bajo esta premisa autoparódica que lo permite todo donde la película es capaz de sobrevivir. Eso, y las magníficas sentencias que se escuchan bajo el ataque de los tiburones, algunas de las cuales no tienen desperdicio por su grado de estupidez.

Un producto consolidado

Desde luego, ya desde el comienzo Sharknado 3: Oh Hell No! marca una línea muy clara. Ese pseudo homenaje a James Bond, algunas referencias al gore más vulgar y el comienzo en Washington, con destrucción de la Casa Blanca incluida y ese Presidente de los Estados Unidos destrozando escualos mano a mano con el héroe sientan unas bases muy concretas. Por supuesto, el espectador es libre de tomarse en serio esta película, pero desde luego lo que señalan los primeros minutos es un tono opuesto a la seriedad. Es más, sobrepasa con mucho la autoparodia para convertirse, simple y llanamente, en un ejercicio de humor macabro.

Considerarla una cinta de terror sería equivocado. Ni hay miedo, ni hay sangre. Por no haber, no hay ni secuencias desagradables, pues la propia mediocridad de los efectos digitales impide que algunas muertes, ya sean de humanos o tiburones, se tomen en serio. Pero esta tercera parte deja también una reflexión cuanto menos curiosa, y es la de la consolidación que ha adquirido esta saga, no tanto por el tremendo éxito que supone haber llegado a tres entregas (que se dice pronto), sino por la cantidad de rostros conocidos que se pasean por sus fotogramas.

Sin duda los más llamativos son los de Bo Derek (10, la mujer perfecta) y David Hasselhoff (serie El coche fantástico), sobre todo por ser dos actores que marcaron una época para algunas generaciones. Pero no son los únicos. El apoyo más inesperado es el que hace George R. R. Martin, el creador de ‘Juego de Tronos’, en una pequeña secuencia en la que, como no, hay tiburones de por medio. Su presencia, teniendo en cuenta el éxito tanto de sus libros como de la serie que se inspira en ellos, da buena cuenta del alcance que tienen estas cintas de serie Z producidas por The Asylum.

Espero que de este análisis no se desprenda una valoración positiva de Sharknado 3: Oh Hell No!. La película es mala, muy mala. Pero lo es a conciencia, sabiendo en todo momento los absurdo de su trama, la cantidad de incongruencias que tiene y lo limitado de sus actores, sus personajes y sus efectos especiales. Y en este sentido, se podría decir que la cinta incluso se marca algún tanto, si es que eso es remotamente posible. Si alguien quiere acercarse a un film como este, un único consejo: dejen los análisis de cualquier tipo en un rincón de su mente porque la cinta no los va a pasar. Solo así podrá disfrutarse mínimamente (y a través de la risa) de una historia tan descabellada como esta.

‘The brink’ encuentra la crítica ácida en el humor de su 1ª T


Jack Black es uno de los protagonistas de 'The brink'.A muchos críticos del modo de vida americano les costará imaginar que sus ciudadanos sean capaces de reírse de si mismos. La realidad es que no hay que hacer un gran esfuerzo, sobre todo si se compara con otros rincones del mundo y si se ha podido ver una pequeña joya del humor como es The brink. Y digo “joya” porque posiblemente no tenga mucha repercusión en la gran oferta audiovisual de la televisión que disfrutamos hoy en día. Incluso su forma de estructurar las tres tramas que sustentan la historia puede estar algo descompensada. Pero esta obra de Kim y Roberto Benabib (este último guionista de Weeds), cuya primera temporada consta de 10 episodios, es un festival de risas, de situaciones hilarantes y, sobre todo, de ideas y comentarios muy duros contra el mayor representante del capitalismo. Y eso no se ve todos los días.

De hecho, esta historia acerca de la situación crítica que vive Estados Unidos (‘brink’ vendría a significar ‘a punto de’) ante la inminencia de la guerra en Oriente Medio no deja títere con cabeza. Desde diplomáticos fumetas y algo inconscientes, hasta dictadores clínicamente locos y altos cargos de la Casa Blanca obsesionados con el sexo, pasando por un ejército representado por un camello y su acompañante, todo en la serie supone una provocación. Y aunque es cierto que los personajes son, cuanto menos, unos perdedores que buscan una forma de convertirse en héroes por un interés personal (salvo, tal vez, el rol del espléndido Tim Robbins –Un día perfecto-), en realidad son los diálogos, inteligentes y ácidos, los que llevan la voz cantante.

Puede parecer lo contrario, pero más que la acción (por cierto, algunas de las secuencias son magníficas), más que los conflictos diplomáticos o la parodia de las relaciones internacionales que refleja esta primera temporada de The brink, lo interesante siempre se encuentra en lo que los personajes dicen, en cómo lo dicen e, incluso, en lo que callan. Ejemplos hay muchos, demasiados para enumerarlos aquí. Desde la conversación en la que el personaje de Robbins logra detener un conflicto armado, hasta esa parodia de tribunal militar en el que Estados Unidos no reconoce haber iniciado una guerra entre dos países por el error de dos pilotos drogados, estos primeros 10 episodios se convierten en un desarrollo hilarante de un tema, por cierto, que en principio es poco dado a la risa.

Es importante tener en cuenta que uno de los principales atractivos, y también una de sus debilidades, es la estructura narrativa escogida. Con tres historias independientes pero al mismo tiempo complementarias, la trama se desarrolla en tres grandes escenarios que permiten a sus creadores explorar no solo las oportunidades cómicas de sus protagonistas, sino también algunos clichés de las culturas que protagonizan este divertido crisol. Desde luego, las ventajas saltan a la vista, pero las desventajas también están ahí. Más allá de que, al final, unas tramas terminan imponiéndose a otras (con todo lo que eso conlleva de pérdida de relevancia de algunos personajes), la distribución de los tiempos impide a la serie dibujar unos secundarios sólidos, más allá de convertirlos en parodias que complementan el surrealista mundo que refleja la serie. La verdad es que tampoco se necesita mucho más, pero eso no quita para que se tenga la sensación de perder algo de fuerza en algunos momentos de la temporada.

La confianza de los actores

Tim Robbins se convierte en el héroe de 'The Brink'.Claro que el humor, la ironía y la crítica política, social y militar de The brink no serían lo mismo sin el reparto, simplemente genial en todos sus aspectos. Tal vez sea por el carácter de héroe que tiene, por los problemas internos y externos a los que tiene que hacer frente, o porque es Tim Robbins, pero desde luego el rol de Walter Larson el faro de toda esta primera temporada. Más allá de sus dotes de líder, de su desprecio por sus compañeros de profesión o de su forma de entender el matrimonio, lo realmente interesante es el modo en que evoluciona, siempre a medio camino entre el deber de su cargo y sus debilidades como hombre. Esa dualidad, que provoca algunos de los momentos más surrealistas, también se convierte en uno de los aspectos más interesantes de la trama.

Pero junto a Robbins habría que destacar a Jack Black (El gran año), quien se aleja de histrionismos y payasadas para encontrar su vena cómica más “seria”; Pablo Schreiber (serie Orange is the new black), cuyo dúo con Eric Ladin (serie Boardwalk Empire) hace las veces de martillo para romper las reticencias iniciales con el género de la serie (el momento en la cabina del caza con ambos colocados y mareados es inigualable); Carla Gugino (serie Wayward Pines), que termina siendo una pieza importante en este curioso mosaico. Y así sucesivamente. En realidad, desde los mayores protagonistas hasta los secundarios menos importantes, todos los roles encuentran un sentido a su presencia en la trama, aunque sea puramente testimonial o como herramientas de usar y tirar para el desarrollo de la historia.

Lo mejor que se puede hacer con esta serie es entregarse a su surrealismo, a sus situaciones casi imposibles y al modo en que sus creadores llevan a los personajes, a través de la trama, a una situación límite, al borde de una guerra mundial provocada, al menos en parte, por los propios Estados Unidos. Quien quiera encontrar risas posiblemente se sature, pero esta primera temporada también deja una serie de reflexiones interesantes para todo aquel que las acepte y que las quiera ver. Tal vez no sea una producción sesuda ni dramática; sus personajes, desde luego, no tiene el carisma ni la elaboración de otras ficciones políticas. Pero precisamente porque aplica con inteligencia el humor al contexto pre bélico que desarrolla la denuncia social y política sale a la luz, lo que termina por convertir al producto en algo más que una mera parodia.

Así, The brink sabe evolucionar en su primera temporada desde un comienzo puramente cómico, sin demasiado atractivo más allá de las risas aseguradas, para revelarse como una comedia política que reparte críticas para todos los gustos y países, Estados Unidos a la cabeza. Ese componente de mirarse en el espejo e identificar sus propias debilidades tal vez sea lo más destacable, pero desde luego no es lo único.Y tal y como terminan estos 10 episodios, la segunda temporada se presenta más interesante todavía, trasladando el foco del conflicto a otra zona del mundo donde apenas entran los países desarrollados. Parece que las risas estarán aseguradas.

La 3ª T de ‘House of cards’ entrelaza matrimonio, ambición y poder


Las relaciones entre Estados Unidos y Rusia adquieren protagonismo en la tercera temporada de 'House of cards'.Después del final que tuvo la segunda temporada de House of cards parecía evidente que algo tenía que cambiar. No porque sea una mala serie, al contrario. Más bien, la anterior etapa fue tan buena que marcó un antes y un después en la serie, hasta el extremo de que su conclusión ponía punto final a las ambiciones que siempre se habían asociado al matrimonio Underwood. La expectación reside, por tanto, en descubrir si estos nuevos 13 episodios son capaces de mantener una historia de la complejidad y el atractivo de esta. Y habrá quien considere que ha sido mediocre; habrá quienes crean que es tan brillante como las anteriores. Sea cual sea la opinión, la clave hay que hallarla en la pareja formada por Kevin Spacey (Margin call) y Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas), sin duda los grandes pilares de la serie.

Porque si algo tiene de diferente esta nueva entrega de la serie es que centra buena parte de su desarrollo dramático en explorar los conflictos, los deseos y el pasado del matrimonio protagonista, y cómo una relación nutrida por la ambición puede llegar a dinamitarse una vez se han cumplido los objetivos. En este sentido, el arco que protagoniza la trama principal (que nadie se engañe, esta temporada ha sido de ellos en exclusiva; el resto han sido complementos) se revela como uno de los más complejos e interesantes de toda la ficción, sobre todo porque sabe beber de lo desarrollado en las etapas anteriores para generar un proceso plagado de giros dramáticos que deriva en un clímax tan simple como determinante.

Es más, a diferencia de lo que ocurre en otras temporadas, esta nueva etapa de House of cards simplemente ha cambiado las reglas del juego. Habrá que esperar a la cuarta temporada para descubrir el camino que toman sus responsables dramáticamente hablando, pero lo que está claro es que la situación no va a volver a ser la misma. Esto evidencia algo que puede pasarse por alto: que la evolución de los personajes es profunda, compleja y sin retorno posible, lo que convierte a la trama en algo más que un simple recorrido por los problemas de gobernar la Casa Blanca.

El tratamiento dado a la relación, nutrido por las numerosas tramas secundarias y el recurso (bendito recurso) de convertir al espectador en cómplice de las maquinaciones del rol de Spacey, es simplemente brillante. Todos y cada uno de los pasos que da la serie está planteado para separar las posiciones iniciales hasta hacerlas casi incompatibles. Por supuesto, esto encuentra su reflejo en un fenómeno que aparentemente no tiene relación, pero que está íntimamente conectado. Hasta ahora, los seguidores de la serie estaban acostumbrados a comprobar cómo Frank Underwood lograba el éxito en todas sus maquinaciones. Decir que todo sale mal en esta temporada sería quedarse corto.

La Rusia de V. P.

El ejemplo más evidente de que ambos conceptos, matrimonio y gobierno, están relacionados reside en los últimos minutos del episodio final de House of cards, cuando la única victoria que logra el personaje de Spacey no es compartida por el de Wright. Una victoria pírrica cuyo coste todavía no se ha llegado a atisbar. Es cierto que la temporada no ha contado con tantos momentos inolvidables como tuvo la segunda, e incluso la primera. Pero si algo ha dejado en la retina es esa crítica feroz, ácida y descarada al presidente de Rusia, Vladimír Putin.

De hecho, la relación entre Estados Unidos y Rusia centra buena parte del desarrollo dramático de la serie, con un tira y afloja en escenarios tan variados como el despacho oval o la ONU. El morbo, claro está, reside en apreciar los matices de unos diálogos en los que se palpa la tensión sin demasiado esfuerzo debido al carácter de los personajes y su paralelismo en la vida real. Pero la sorpresa está en que los responsables de la serie no dudan en ningún momento en atacar el tipo de liderazgo de Putin, incluyendo referencia directa al conflicto con el grupo de música Pussy Riot, y tomando como referencia sendas fotografías del líder ruso con George Bush.

Ni siquiera el nombre varía demasiado. Viktor Petrov (V. P.) alcanza su máxima expresión gracias a Lars Mikkelsen (serie Forbrydelsen), quien más allá de la caracterización crea un personaje casi tan indeseable como el propio Underwood. Sus duelos dialécticos, la frialdad en su trato o la dureza de las negociaciones es, desde un punto de vista puramente dramático, de lo mejor que ha dado la serie, demostrando que no solo se puede criticar el funcionamiento político de Norteamérica. Es más, los altibajos de esta relación van de la mano de los conflictos internacionales a los que se enfrenta el protagonista y de los problemas maritales que se gestan poco a poco en el seno de la Casa Blanca.

Una conexión que revela el que posiblemente sea el punto fuerte de la serie. House of cards es capaz de entrelazar todos y cada uno de sus aspectos para convertir las diferentes tramas en un único ser, en un único arco dramático que acompañe al espectador por los entresijos de la política y las relaciones personales. Si el Presidente de los Estados Unidos se enfrenta a una crisis internacional se debe, en buena medida, a las exigencias de su matrimonio. Y si el matrimonio se rompe, la causa hay que buscarla en la soledad del gobernante. Todos y cada uno de los elementos se nutre del resto, pero también los alimenta, creando un ser orgánico que evoluciona y reacciona de forma natural. Personalmente creo que ha sido una buena temporada, tal vez no a la altura de las anteriores pero indudablemente brillante.

2ª T de ‘House of cards’, ambición sin límites por ostentar el poder


Kevin Spacey y Robin Wright asaltan la Casa Blanca en la segunda temporada de 'House of cards'.Magnífica, espectacular, inquietante, sublime. Y así podría rellenarse un amplio artículo periódico. Si la primera temporada de House of cards fue espléndida, su continuación es sencillamente imprescindible. Sí, supera con creces lo visto en los primeros 13 episodios, en los que el espectador, todo sea dicho, debía ser introducido en un mundo de corrupción, intrigas políticas y anhelos personales. Eso tal vez, y solo tal vez, pudo provocar que la pareja protagonista se mostrara algo más comedida en sus estrategias. Muchos tal vez no estén de acuerdo con ese análisis, pero una vez vista la segunda temporada hay que rendirse a la evidencia. La obra adaptada por Beau Willimon (Los idus de marzo) ha evolucionado hacia una radicalización salvaje, violenta y despiadada que, y esto es lo más atractivo de todo, obliga a mantener los ojos pegados a la pantalla.

Y es que no hay nada peor que acorralar a una fiera, sea del tipo que sea. A lo largo de los 13 capítulos que conforman esta nueva entrega el espectador asiste a una lucha sin cuartel entre un empresario y el protagonista, ahora convertido en Vicepresidente de los Estados Unidos. Una lucha de poder y de influencia política que, por primera vez desde que comienza la serie, pone contra las cuerdas a un animal político pocas veces visto en una pantalla, ya sea grande o pequeña. Evidentemente, la serie no se limita únicamente a afrontar esa línea argumental, desarrollando de forma bastante completa otras tramas secundarias que influyen de un modo u otro en el devenir del drama. La inteligencia de los diálogos, la sutileza de muchas de las decisiones y la frialdad emocional y formal, características todas ellas vistas en la primera entrega, adquieren un mayor significado en esta continuación, entre otras cosas porque contrastan, y de qué modo, con algunos momentos de acción en los que el personaje de Kevin Spacey (Seven) se mancha las manos.

Es este un aspecto sumamente importante para comprender la evolución de House of cards y del personaje, que adquiere una grandeza inmensa gracias a la labor de Spacey. Aquellos que todavía no hayan tenido oportunidad de empezar el primer episodio, un consejo: hay que esperar lo inesperado. Lo normal es que una serie en sus inicios de temporada se tome su tiempo en iniciar la trama. Hay que reubicar a los personajes, presentar las novedades, explicar brevemente cuál es el arco argumental, … Nada de esto existe en este primer episodios. Willimon, en una apuesta arriesgada y genial, opta por forzar al espectador a recordar cómo terminó todo en la anterior temporada para entrar de lleno en una trama que se va desvelando a medida que avanza. Incluso se permite el lujo de jugar con el espectador al dar a entender que uno de los pilares formales de la serie, las confidencias del protagonista a cámara, desaparecen de escena. Nada más lejos. El modo en que retoma esa “tradición” tras un acontecimiento tan brutal como impactante deja claro que esta nueva temporada no va a dar tregua.

Resulta curioso comprobar cómo un personaje tan censurable termina convirtiéndose en el mayor atractivo de toda la ficción. Esto puede parecer un absurdo, pues si el protagonista no tiene algún tipo de conexión con el espectador la serie está abocada al fracaso. La peculiaridad está, empero, en que el rol interpretado por Spacey no tiene nada de positivo. Sus actos son egoístas, ambiciosos y punibles. Sus intrigas son capaces de derrocar gobiernos o de destruir relaciones de décadas. Quizá la mejor frase que le define es la que él mismo dice en esta temporada: “La democracia está sobrevalorada. He llegado a la Vicepresidencia sin haber recibido ni un solo voto”. Nada hay, por tanto, que nos haga identificarnos con él. Y sin embargo, con cada capítulo su figura se agranda, la admiración crece y la preocupación por él aumenta a medida que se ve más acorralado. ¿El motivo? Una definición del personaje impecable, capaz de explicar todo con apenas una mirada. No es necesario ni siquiera que mantenga un diálogo. Su forma de entender las relaciones humanas y políticas es lo que más fascina. Eso y la mujer que tiene por esposa.

Detrás de todo gran hombre…

… siempre hay una gran mujer. Un dicho que encaja como un guante. Durante los primeros episodios de la serie la labor de Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas) ya se asentó la idea de que su rol de mujer de Congresista no era más que una fachada, una suerte de excusa para desarrollar un personaje mucho más complejo, profundo e influyente. Lo que la segunda temporada de House of cards ha revelado es un ser que iguala, al menos, a su compañero de intrigas en lo que a inteligencia y amenaza se refiere. Puede que su rol no actúe tan directamente como el de Spacey, pero precisamente en esa idea reside el magnetismo de la labor de Wright, quien al igual que su compañero es capaz de contar toda una historia con una sencilla mirada.

La trama secundaria protagonizada por ella, que se entremezcla constantemente con la principal (se podría decir que evolucionan de forma paralela) protagoniza algunos de los momentos más interesantes de toda la temporada. Como decimos, no necesita de acciones directas o de confrontaciones cara a cara. Su forma de influir en los demás, incluyendo el personaje de Spacey, la convierten en el rol más peligroso de toda la ficción. Su relación con la mujer del Presidente, su manipulación de los hechos para hundir carreras políticas y militares, o su estrategia para vilipendiar su antiguo romance con un fotógrafo son solo algunos de los ejemplos más llamativos. Por no hablar del trío protagonizado por la pareja y un miembro de su equipo de seguridad, algo que por inesperado e increíble deja sin palabras incluso una vez terminada la serie.

Al final, como también se comenta en esta temporada, “se sale con la suya”. El protagonista de esta espléndida serie es capaz de adaptarse a cualquier situación, a cualquier eventualidad. Es capaz de proponer traiciones dentro de su propio partido para, a continuación, aparecer como el único apoyo de importantes cargos de la Administración. Sus pasos siempre están orientados en una misma dirección, y aunque pueda parecer lo contrario, nunca se salen de la ruta. Ni siquiera ante un rival tan directo y poderoso como el interpretado por Gerald McRaney (El equipo A), un empresario que se revela como la verdadera némesis de un personaje que, en su ambición y su falta de compasión, no había tenido un rival digno hasta este momento.

House of cards ha dado un salto cualitativo en esta segunda temporada. No solo mantiene todos los elementos que la definieron en su primera temporada, sino que hace evolucionar a los personajes a través de situaciones límite que ponen a prueba sus convicciones, revelando aspectos de su personalidad desconocidos e impactantes. Es cierto que exige del espectador una atención especial a los diálogos y al tablero de juego que es la Casa Blanca, sobre todo por la cantidad de personajes que aparecen, pero la recompensa por el esfuerzo merece la pena. Merece mucho la pena. Ahora solo queda esperar a ver cómo evoluciona todo en la próxima temporada. Aunque una cosa está clara: Frank Underwood no caerá sin luchar.

‘Asalto al poder’: cuando McClane encontró a Obama


Channing Tatum y Jamie Foxx protagonizan 'Asalto al poder', de Roland Emmerich.La verdad es que desconozco por completo si en alguna futura entrega de la saga Jungla de Cristal existe la intención de que su protagonista, John McClane, salve al presidente de los Estados Unidos. Pero si es así, mejor que lo modifiquen, porque la idea se la han robado a cuatro manos entre el guionista James Vanderbilt (Zodiac) y el realizador Roland Emmerich (Independence Day). El resultado, por supuesto, no llega al nivel de la primera Jungla de cristal, pero tampoco lo pretende. Es, simple y llanamente, un entretenimiento, una sucesión constante de tiros, peleas y sentido del humor que conforman una autoparodia donde todo es susceptible de ser ridiculizado. Incluso el actual líder del mundo libre, pues no es casual que sea una persona de color cuyo objetivo es terminar con la guerra en Oriente Medio preparando un tratado de paz.

El principal problema de Asalto al poder es precisamente eso: que es un mero entretenimiento. No debería ser así, pero el hecho de que lo único que importe sean los tiroteos y la destrucción de iconos norteamericanos convierte la trama en una excusa. Tanto que cuando realmente necesita encontrar una explicación a lo sucedido el espectador recibe no una, sino múltiples motivaciones diferentes de lo que sucede dentro de la Casa Blanca. Por no hablar del hecho de que muchas de las resoluciones a los villanos de turno son un tanto absurdas, al más puro estilo ‘deus ex machina’ de la Grecia clásica. Vanderbilt compone un guión que oscila constantemente entre el humor de unos personajes humanizados (repito, al más puro estilo McClane) y unas secuencias de acción que, la verdad, no reflejan fielmente el abultado presupuesto de la película salvo en algún momento con aparatosos accidentes de por medio.

La falta de argumento queda casi patente desde el primer minuto. Con apenas un par de detalles la película presenta a sus personajes y los bandos en los que militan (buenos y malos, sin grises intermedios), ahorrándose la necesidad de explicaciones que solo lastrarían el ritmo del film, que por cierto no decae nunca, algo complicado en cualquier relato. Pero el hecho de que apenas exista un desarrollo dramático no impide, sin embargo, que la película no se disfrute, aunque exige del espectador una mente abierta al disfrute más básico. Por otro lado, las similitudes con la película de John McTiernan (Depredador) no se limitan solo al espíritu del film. Channing Tatum (Todos los días de mi vida) se esfuerza en parecerse al personaje de Bruce Willis (Los sustitutos) en todos los aspectos, físico y moral. Falta una frase emblemática, eso sí, pero por lo demás lo tiene todo.

En el fondo, Asalto al poder es lo que promete cualquier película de Emmerich. Es acción, es humor y es patriotismo. No es historia, una pena. Pero al igual que le ocurría a Objetivo: La Casa Blanca, en el fondo es lo de menos. Lo que al final queda es la impresión de una película simpática, sin grandes exigencias y con detalles de humor que reflejan, consciente o inconscientemente, el ridículo que puede hacer el ser humano (y los sistemas de seguridad del “país más seguro del mundo”) en situaciones para las que no está preparado. Todo lo demás es buscarle los tres pies al gato de una película que representa los últimos coletazos del cine veraniego y palomitero.

Nota: 6/10

1ª T de ‘Political Animals’, drama estándar de una familia típica


Sigourney Weaver encabeza el reparto de 'Political Animals'.A estas alturas de la televisión creo que cualquier persona atisba a comprender, aunque sea de forma general, que la producción de ficción para la pequeña pantalla vive una época dorada. Es uno de los temas recurrentes en las conversaciones, la calidad dramática de las historias es muy alta (en ocasiones bastante más que la de su eterno hermano mayor, el cine) y el acabado técnico es impecable. Para colmo, muchos de los profesionales están emigrando hacia un medio que les aporta más prestigio y mayores retos en sus respectivas carreras. Pero todo esto tiene una cara oculta, o mejor dicho una complicación. En esta escalada de calidad surgen productos con aspiraciones que se quedan en eso, en una aspiración. Es, en cierto modo, lo que le ocurre a Political Animals, miniserie de 6 episodios creada por Greg Berlanti (serie Eli Stone) que mezcla el drama y la política en un producto algo desafortunado.

No quiero decir con esto que sea una mala producción, ni mucho menos, pero atendiendo al reparto y a su argumento cabría esperar algo más interesante, menos estándar. La serie comienza cuando una ex primera dama de Estados Unidos pierde las primarias del partido demócrata. Dos años después, sin embargo, está trabajando a las órdenes de su rival como Secretaria de Estado de la Casa Blanca. En ese puesto tendrá que lidiar no solo con los conflictos internacionales, sino con los problemas familiares (un hijo drogadicto que ha intentado suicidarse y un ex marido que trata de reconquistarla) y con el acoso de una periodista que ha hecho carrera a base de tratar de destrozar su vida profesional y personal. Todo ello sin renunciar a su sueño de convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos.

El principal problema de la trama, y que es lo que lastra el conjunto hasta convertirlo en algo corriente, es la simpleza, o mejor dicho la estandarización, de sus conflictos y de sus personajes. La verdad es que la familia protagonista de esta especie de tragedia griega es prototípica: la madre fuerte que se deshace por sus hijos, el ex marido promiscuo, la abuela con cierta tendencia a la bebida, el hijo homosexual, el otro hijo que busca el constante reconocimiento, … Todos y cada uno de ellos está dibujado de una forma tan tópica que apenas dejan margen para la sorpresa. Por ejemplo, si un personaje es drogadicto ya se sabe de antemano que cualquier intento por desengancharse fracasará estrepitosamente.

Unido estrechamente a esto se encuentra la trama. Como decíamos antes, el desarrollo dramático podría haber dado mucho más de sí. El hecho de que la protagonista busque por todos los medios acceder a la presidencia la convierte en un potencial elemento discordante en un mundo plagado de hombres. Y el hecho de que sea más inteligente que cualquiera de ellos abre la puerta a intrigas y desconfianzas que bien podrían haber provocado algún que otro giro argumental de cierto peso. En lugar de eso, Berlanti opta por eliminar intrincados senderos narrativos para tomar los atajos necesarios que le permitan centrarse en el drama familiar. El resultado no es más que una serie sobre las miserias de la familia ambientada en política. Bueno, el hecho de que el marco sea la política casi es lo de menos.

Seis episodios a mitad de trama

En este contexto el reparto poco puede hacer salvo aportar consistencia a unos personajes algo pobres en su definición. Sigourney Weaver (Alien) demuestra su calidad interpretativa incluso en aquellos diálogos algo forzados que buscan una crítica a determinadas ideologías o actuaciones políticas; Carla Gugino (Spy Kids), acostumbrada a papeles algo más ligeros, convence como una periodista que busca recuperar un prestigio perdido, si bien es cierto que en ocasiones es excesivamente evidente las intenciones de aleccionar al periodismo con su rol por parte de los guionistas. Incluso personajes como los dos hijos (James Wolk y Sebastian Stan) o secundarios como los de Ellen Burstyn (Main Street) o Dylan Baker (Spider-man 2) se muestran convincentes en sus respectivas tramas secundarias. El problema de todos ellos, sin embargo, es que son demasiado tópicos, demasiado previsibles en sus decisiones debido a la poca profundidad de su definición.

La nota discordante la pone el personaje de Ciarán Hinds (serie Roma), curiosamente uno de los más odiosos y al mismo tiempo mejor desarrollados de la trama. De hecho, es uno de los mejores elementos de estos 6 episodios. Por un lado, su carácter promiscuo, ególatra y algo altivo generan inicialmente rechazo. Por otro, su forma de analizar el contexto político y de comprender el carácter de las personas le convierten en el único rol capaz de provocar expectación en el espectador. Pero es una isla en un océano. La brillantez de Hinds a la hora de engrandecer un personaje tan interesante como este contrasta demasiado con la mediocridad de muchos de los demás. Da la sensación en muchas ocasiones de que Berlanti utiliza a los personajes para expresar sus propias convicciones. Sé que muchos pensarán que en buena medida los personajes están para eso. Es cierto, pero una de las primeras leyes del diálogo es que lo que se dice nunca es lo que se dice, sino lo que se quiere decir.

Desconozco si estaba previsto o no, si la idea era desarrollar la serie en una segunda temporada o si realmente se quería dejar en el aire todo lo planteado en estos seis episodios, pero curiosamente lo más importante de toda la trama ocurre en el último capítulo… y se queda en el aire, planteando muchas dudas y abriendo unas vías dramáticas muy interesantes para desarrollar. No vamos a desvelar aquí lo que ocurre en esa conclusión de la miniserie, pero sin duda es un acontecimiento impactante. Tanto que se podría considerar como el punto de giro más importante de toda la trama. Su presencia pone patas arriba todo el orden establecido hasta ese momento, provocando como decimos un sinfín de posibilidades que, por desgracia, se quedarán suspendidas al no existir una segunda temporada.

Tal vez sea lo mejor. Political Animals no ha sido la propuesta política que cabría esperar. Los intentos por desarrollar el drama familiar y social son más que evidentes y, en muchos casos, fructíferos, pero en un mundo como la política, donde las intenciones jamás se muestran y los discursos suelen ocultar la verdadera opinión, presentar unos personajes que apenas tienen nada que esconder salvo sus miserias personales es una débil propuesta. Tal vez enmarcada en otro contexto esta familia habría dado mucho más, aunque también es verdad que sería necesaria la reescritura de algunos conceptos de sus personajes. Es una lástima.

‘Fast & Furious 6’ se desmarca en una pobre taquilla


De nuevo, las expectativas se han cumplido. La sexta entrega de Fast & Furious ha batido todos los récords del año y se ha convertido en el mejor estreno de este 2013, al menos hasta que otros gigantes de la taquilla hagan acto de presencia en España. Sin embargo, no se puede decir que la taquilla respire tranquila. Sí, es cierto que gracias al film este último fin de semana se recaudaron 6,45 millones de euros, pero no es menos cierto que sólo la película protagonizada por Vin Diesel (Pitch Black) supera el millón de euros en el top 10. Es decir, que si no fuese por este ‘blockbuster’ estaríamos hablando de un nuevo fiasco en las salas de cine españolas.

Y es que esta cinta de acción ha logrado 3,96 millones de euros, es decir, más de la mitad de la recaudación total. Dado que se proyectaba en 536 salas, su media ronda los 7.400 euros, cantidades que hacía mucho tiempo no conocían las taquillas de este país. Desde luego, un éxito rotundo que deberá pasar ahora la prueba de fuego en la que están fallando la mayoría de grandes estrenos: resistir a su segunda semana en cartel. De conseguirlo, podría terminar en los 10 o 12 millones de euros. En el segundo puesto encontramos un estreno de la semana anterior, El gran Gatsby. 0,71 millones de euros es lo que consigue esta semana, lo que supone un descenso de más del 50%. Por ahora lleva acumulados 2,81 millones de euros, pero su comportamiento y las críticas en contra que está recibiendo no apuntan más allá de los 6 millones de euros.

El tercer puesto en el podio de honor es para Iron Man 3, que supera ya los 9 millones de euros en total gracias a los poco más de 240.000 euros de estos tres días. Esta cantidad, empero, implica otro descenso de más del 50%, lo que refleja un desinterés muy pronunciado por las aventuras de este superhéroe. Parece claro que superará los 10 millones de euros, pero no llegará mucho más allá. Por su parte, Objetivo: La Casa Blanca logra cifras relativamente similares, 0,20 millones de euros. 1,87 millones es la cantidad que hasta ahora acumula, y todo hace indicar que no llegará a los 2,5 millones al final de su ciclo en salas.

En la mitad de este ranking nos encontramos con los otros dos estrenos relevantes del pasado viernes. Más concretamente, en el puesto quinto se halla Dead Man Down: La venganza del hombre muerto, que se queda en los 0,14 millones de euros en 302 cines, es decir, una media muy baja de 823 euros por sala. Dado el género y el público al que va dirigido puede que aguante mejor el tirón de los nuevos títulos, pero en cualquier caso no parece probable que supere el medio millón de euros. Empatada con ella se encuentra la película Un amigo para Frank, que reparte esos 140.000 euros en 92 cines. Le ocurre algo similar, por lo que habrá que ver cómo evoluciona, aunque el millón de euros se antoja casi un sueño para el film.

A partir de aquí el top 10 está compuesto por viejos conocidos de los espectadores españoles. Por ejemplo, la séptima plaza la ocupa Los Croods, que se queda en unos 130.000 euros y mantiene un total que ronda los 13 millones de euros; el octavo lugar es para Scary Movie 5, que logra 0,12 millones de euros (un 37,5% menos) y supera ya los 2 millones en total. Por su parte, La gran boda logra una recaudación similar a los 120.000 euros, lo que representa un descenso del 48% aproximadamente. Su total también se mantiene en torno a los 2 millones, pero ninguna de las dos comedias parece que vaya a llegar mucho más lejos en recaudación.

Cerrando el top 10 nos encontramos con Oblivion, que no llega a los 100.000 euros en su séptima semana (concretamente 0,92 millones), lo que supone una pérdida de casi el 44%, manteniendo ese total por encima de los 6 millones que se antoja casi definitivo.

Las fiestas de ‘El gran Gatsby’ gustan pero no iluminan la taquilla


Las cifras de la taquilla española durante el pasado fin de semana dan pié a dos interpretaciones. Un analista pesimista aseguraría que la mala racha recaudatoria sigue a marchas forzadas con esos 4,4 millones de euros en total. Por su parte, un analista positivo podría argumentar que la cifra es mejor que hace siete días, por lo que en comparación el comportamiento puede inducir al optimismo. En realidad, ni una cosa ni otra. La cifra mejora lo del fin de semana pasado, es cierto, pero la repercusión de un gran estreno como El gran Gatsby no ha sido la esperada.

De hecho, los 1,55 millones de euros recaudados por el film de Baz Luhrman (Moulin Rouge) en unas 567 pantallas dejan una media que ronda los 2.500 euros, cifras que se alejan de las previsiones de las productoras y distribuidoras del producto. Ahora habrá que esperar a ver cómo logra aguantar la llegada la semana que viene de Fast & Furious 6, pero si finalmente mantiene el pulso podría llegar a los 7,5 millones. La que logra aguantar el tirón de esta brillante producción es Iron Man 3, que desciende un 29% y logra 0,56 millones de euros, cifra que sumada a lo ya recaudado hace un total de casi 9 millones de euros. Todo apunta a que podría terminar en los 12,5 millones al final de su vida comercial.

Tercer puesto es para Objetivo: La Casa Blanca, que en su segunda semana desciende un 34% y se queda en los 480.000 euros. Su total asciende ya a los 1,5 millones de euros, y todo va a depender de la fuerza con la que sea capaz de luchar ante los inminentes estrenos veraniegos que van a resultar una competencia feroz. Lo previsible es que termine cerca de los 5 millones de euros. Por su parte, Scary movie 5 registra otro de los descensos más bajos del top 10, un 26%, para lograr unos 0,32 millones de euros, llevando su total hasta cerca de los 2 millones de euros. Con algo de suerte, y si logra mantener cierto atractivo, podría llegar a los 4 millones.

La mitad de este ranking es para otra comedia, La gran boda. Con un cuarto de millón de euros, su descenso supone un 20% respecto a las cifras de hace 7 días, un comportamiento bastante bueno que deja una cifra total de 1,88 millones de euros, cantidad que tampoco tiene pinta de que vaya a llegar mucho más lejos. Todo apunta a que, como mucho, podría llegar a los 2,5 millones de euros. A partir de esta posición nos encontramos cinco posiciones cuanto menos extrañas, no tanto por los títulos que las ocupan como por la ausencia de más estrenos.

Ni la propuesta con Halle Berry (Catwoman) titulada Marea letal, ni la nueva incursión en el terror de Rob Zombie (La casa de los 1.000 cadáveres) que responde al nombre de The lords of Salem, han logrado atraer la atención suficiente como para acceder a esas primeras posiciones del ranking. Así, en sexta posición volvemos a encontramos con Los Croods, que siguen manteniendo vigente su fórmula a pesar de reestrenos animados como Buscando a Nemo 3D. Le sigue Stoker, cuyo boca oreja y las buenas críticas recibidas están logrando que tenga una buena aceptación y que mantenga el puesto a pesar de la limitada distribución.

Por su parte, La caza vuelve a este top 10 en octava posición, y Oblivion se aferra a una novena plaza gracias a un descenso casi nulo. Su cifra es de 210.000 euros, un 3% menos que hace una semana, y su montante final supera ya los 6 millones de euros, posiblemente una cifra muy próxima a la recaudación final que presentará. Por último, destacar el regreso de otro film, esta vez el documental ganador del Oscar en 2013, Searching for Sugar Man.

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