‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

‘Jackie’: la belleza de un recuerdo doloroso


Peter Sarsgaard y Natalie Portman, en un momento de 'Jackie'.Hay películas que parecen planificadas para que un actor o actriz pueda ofrecer lo mejor de sí en una interpretación a la que no le haga sombra nada, ni el resto del reparto ni la fotografía o la propia historia. Quiero pensar que el nuevo film de Pablo Larraín (Neruda) no sea el caso, pero desde luego lo parece. Y es que en esta revisión de los días posteriores al asesinato de JFK es un relato cuyo principal atractivo, por no decir el único, es Natalie Portman (La venganza de Jane).

La actriz demuestra, como los grandes actores, que no es necesario maquillaje o efectos especiales para meterse en la piel de un personaje histórico. Su forma de hablar, de moverse y de relacionarse con el resto de personajes sumerge al espectador en el mundo que rodea a Jackie Kennedy y le guía a través del sufrimiento, la ira o el miedo que se vivió en esos aciagos días. Si bien es cierto que la caracterización de los personajes, de todos, es impecable, lo realmente relevante es la capacidad de los actores, con Portman a la cabeza, para explorar las contradictorias emociones y situaciones que se vivieron en aquellos días. Y el problema, precisamente, también se encuentra en este aspecto.

Porque sí, los actores son espléndidos, pero no logran eliminar la sensación de que el tratamiento de la película y su desarrollo dramático se estancan a cada paso, o mejor dicho avanzan de forma tediosa, lenta y pesada sin ofrecer ninguna novedad salvo, tal vez, el punto de vista de Jackie Kennedy, lo cual por cierto no es capaz de soportar el peso de un relato de más de hora y media. De este modo, la cinta se revela como un producto que pierde fuerza a medida que avanza, con algún conato de atractivo e interés pero que nunca logra convertirse en algo más. A esto se suma que, llegados a un punto del segundo acto, da la sensación de estar viviendo las mismas situaciones y emociones una y otra vez, dando vueltas a una decisión que, al conocerse de antemano, pierde cierto componente de intriga que pudiera tener.

De este modo, Jackie se convierte, lo quiera o no, en representante de ese tipo de cine planteado desde su gestación para la grandeza de un actor (o actriz, como es el caso). Que Natalie Portman esté inconmensurable no es óbice, sin embargo, para no comprender que sin ella la película posiblemente no habría llegado a las salas de cine. O tal vez sí, pero sin el puñado de nominaciones a los Oscar que ha conseguido. Sea como fuere, quien tenga interés en ver a Portman convertida en una Kennedy, que disfrute. Para el resto posiblemente la película resulte algo indiferente, una combinación entre belleza y dolor en este recuerdo del asesinato de JFK.

Nota: 6/10

‘The last ship’ intenta mejorar manteniendo su simpleza en la 2ª T.


La tripulación del barco tendrá de su parte al Presidente de Estados Unidos en la segunda temporada de 'The last ship'.No es la primera vez que me ocurre, y desde luego no será la última, pero siempre me resulta curioso cómo en un producto, una serie habitualmente, la segunda parte puede parecer mejor que la primera si esta es decididamente mediocre. Digo esto porque la segunda temporada de The last ship es, cuanto menos, entretenida, y en algunas ocasiones hasta interesante. Y comparando con los primeros 10 episodios, es todo un adelanto para esta ficción creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro).

Tal vez sea porque, al durar 13 episodios, existe más tiempo para desarrollar determinadas tramas, para abordar mejor las motivaciones de héroes y villanos, y para aportar una mayor complejidad a una idea original que, en si misma, es bastante simple. Sea como fuere, la evolución de esta segunda etapa es diametralmente opuesta, pasando de un conflicto a otro con cierta naturalidad y obligando a los personajes, al menos a algunos de ellos, a modificar sus conductas siempre bajo el marco definitorio que se estableció en los primeros compases de la trama. Dicho de otro modo, la segunda temporada permite al espectador asistir a un entorno diferente en el que ya no es simplemente buenos contra malos en medio del océano, sino en el que juegan un papel importante la manipulación, las comunicaciones y la sociedad que ha sobrevivido a ese letal virus.

A esto se suma, además, el protagonismo que han adquirido personajes secundarios que en la primera temporada de The last ship eran mero contexto dramático. Dado que las expediciones a tierra firme son más habituales, la presencia de los personajes de Jocko Sims (Dreamgirls) y Travis Van Winkle (Mantervention) es consecuentemente más constante, derivando a su vez en un mejor y mayor tratamiento de los mismos. Asimismo, roles como el de Adam Baldwin (Gospel Hill) también evolucionan. En la mayoría de los casos ello es debido a un hecho tan aparentemente sencillo como determinante: la llegada al continente del destructor. Más allá de curas o de conflictos, más allá de héroes y villanos, la posibilidad de que el espectador conozca más a los protagonistas a través de sus relaciones personales y de su contacto con personajes ajenos a su entorno enriquece la historia.

Es por ello que esta nueva etapa tiene un tono más serio, al menos en el tratamiento de la historia y de los personajes. El desarrollo dramático del conjunto se ramifica en una suerte de abanico que ofrece muchas más posibilidades de explorar el mundo creado por Kane y Steinberg, amén de incorporar a unos villanos que ya no buscan la cura. Ni siquiera buscan un conflicto directo. Son villanos cuyo objetivo es autónomo, propio, y que no por casualidad entra en conflicto con el de los héroes. Dicho de otro modo, no dependen de los protagonistas para avanzar, lo cual les hace mucho más interesantes, sobre todo si se introduce al Presidente de Estados Unidos en la ecuación.

Problemas arrastrados

El resultado de este cambio (tal vez sea mejor llamarlo huída hacia adelante) es una mejoría notable en la impresión general de The last ship. Pero nada de ello impide que la serie sea lo que es, un producto propagandístico a mayor gloria de Estados Unidos y con momentos realmente obligados que no hacen sino reducir la credibilidad del conjunto. En otras palabras, sigue siendo una ficción mediocre, con unos actores que hacen lo que pueden con los personajes que tienen (algunos de ellos bastante unidimensionales) y que, en muchas ocasiones, se deja llevar por un desarrollo dramático cuanto menos cuestionable.

Aunque es cierto que esa mayor seriedad en el conjunto se filtra hasta los problemas que arrastra de la segunda temporada, no es menos cierto que simplemente es un lavado de cara para la serie. Es más, se pueden contar con los dedos de una mano los episodios que realmente son capaces de mantener un nivel correcto, sin obligaciones dramáticas absurdas y con diálogos coherentes en los que se aprecie un subtexto interesante. Por regla general, cuando esto se produce el espectador se encuentra a continuación con un giro forzado, encajado en la historia con calzador y que es obligado a aceptar por el bien de la ficción.

Y este es, en realidad, el gran problema de este tipo de producciones. Ninguna de ellas, y por supuesto esta tampoco, es capaz de renunciar a los elementos que reducen su calidad. Y claro está, tampoco logra cambiar su formato para acercarse a ficciones más sobrias, más adultas. Para muestra un botón: la muerte del villano de esta segunda temporada es tan patriota y heroica como  infantil y cómica. Que el capitán de un submarino grite de miedo cuando es derrotado después de todo lo que ha ocurrido a lo largo de 13 episodios es un intento algo burdo de convertirle en una parodia de si mismo.

Pero si algo hay que reconocer a The last ship es su capacidad para generar ganchos dramáticos, lo que sumado a determinados momentos más oscuros en la trama han convertido a esta segunda temporada en un producto superior a su predecesora. Sin ir más lejos, la actitud de la doctora interpretada por Rhona Mitra (Vidas robadas) ante un personaje un tanto odioso es simplemente brillante (no tanto la resolución del conflicto que eso crea), y las muertes en el bando de los héroes han supuesto giros argumentales interesantes, aunque habrá que ver cómo se aprovechan. Y no cabe duda de que el final es tan inesperado como impactante, lo que provoca un futuro prometedor siempre y cuando se decida por arriesgar en terreno desconocido.

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

La 3ª T de ‘House of cards’ entrelaza matrimonio, ambición y poder


Las relaciones entre Estados Unidos y Rusia adquieren protagonismo en la tercera temporada de 'House of cards'.Después del final que tuvo la segunda temporada de House of cards parecía evidente que algo tenía que cambiar. No porque sea una mala serie, al contrario. Más bien, la anterior etapa fue tan buena que marcó un antes y un después en la serie, hasta el extremo de que su conclusión ponía punto final a las ambiciones que siempre se habían asociado al matrimonio Underwood. La expectación reside, por tanto, en descubrir si estos nuevos 13 episodios son capaces de mantener una historia de la complejidad y el atractivo de esta. Y habrá quien considere que ha sido mediocre; habrá quienes crean que es tan brillante como las anteriores. Sea cual sea la opinión, la clave hay que hallarla en la pareja formada por Kevin Spacey (Margin call) y Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas), sin duda los grandes pilares de la serie.

Porque si algo tiene de diferente esta nueva entrega de la serie es que centra buena parte de su desarrollo dramático en explorar los conflictos, los deseos y el pasado del matrimonio protagonista, y cómo una relación nutrida por la ambición puede llegar a dinamitarse una vez se han cumplido los objetivos. En este sentido, el arco que protagoniza la trama principal (que nadie se engañe, esta temporada ha sido de ellos en exclusiva; el resto han sido complementos) se revela como uno de los más complejos e interesantes de toda la ficción, sobre todo porque sabe beber de lo desarrollado en las etapas anteriores para generar un proceso plagado de giros dramáticos que deriva en un clímax tan simple como determinante.

Es más, a diferencia de lo que ocurre en otras temporadas, esta nueva etapa de House of cards simplemente ha cambiado las reglas del juego. Habrá que esperar a la cuarta temporada para descubrir el camino que toman sus responsables dramáticamente hablando, pero lo que está claro es que la situación no va a volver a ser la misma. Esto evidencia algo que puede pasarse por alto: que la evolución de los personajes es profunda, compleja y sin retorno posible, lo que convierte a la trama en algo más que un simple recorrido por los problemas de gobernar la Casa Blanca.

El tratamiento dado a la relación, nutrido por las numerosas tramas secundarias y el recurso (bendito recurso) de convertir al espectador en cómplice de las maquinaciones del rol de Spacey, es simplemente brillante. Todos y cada uno de los pasos que da la serie está planteado para separar las posiciones iniciales hasta hacerlas casi incompatibles. Por supuesto, esto encuentra su reflejo en un fenómeno que aparentemente no tiene relación, pero que está íntimamente conectado. Hasta ahora, los seguidores de la serie estaban acostumbrados a comprobar cómo Frank Underwood lograba el éxito en todas sus maquinaciones. Decir que todo sale mal en esta temporada sería quedarse corto.

La Rusia de V. P.

El ejemplo más evidente de que ambos conceptos, matrimonio y gobierno, están relacionados reside en los últimos minutos del episodio final de House of cards, cuando la única victoria que logra el personaje de Spacey no es compartida por el de Wright. Una victoria pírrica cuyo coste todavía no se ha llegado a atisbar. Es cierto que la temporada no ha contado con tantos momentos inolvidables como tuvo la segunda, e incluso la primera. Pero si algo ha dejado en la retina es esa crítica feroz, ácida y descarada al presidente de Rusia, Vladimír Putin.

De hecho, la relación entre Estados Unidos y Rusia centra buena parte del desarrollo dramático de la serie, con un tira y afloja en escenarios tan variados como el despacho oval o la ONU. El morbo, claro está, reside en apreciar los matices de unos diálogos en los que se palpa la tensión sin demasiado esfuerzo debido al carácter de los personajes y su paralelismo en la vida real. Pero la sorpresa está en que los responsables de la serie no dudan en ningún momento en atacar el tipo de liderazgo de Putin, incluyendo referencia directa al conflicto con el grupo de música Pussy Riot, y tomando como referencia sendas fotografías del líder ruso con George Bush.

Ni siquiera el nombre varía demasiado. Viktor Petrov (V. P.) alcanza su máxima expresión gracias a Lars Mikkelsen (serie Forbrydelsen), quien más allá de la caracterización crea un personaje casi tan indeseable como el propio Underwood. Sus duelos dialécticos, la frialdad en su trato o la dureza de las negociaciones es, desde un punto de vista puramente dramático, de lo mejor que ha dado la serie, demostrando que no solo se puede criticar el funcionamiento político de Norteamérica. Es más, los altibajos de esta relación van de la mano de los conflictos internacionales a los que se enfrenta el protagonista y de los problemas maritales que se gestan poco a poco en el seno de la Casa Blanca.

Una conexión que revela el que posiblemente sea el punto fuerte de la serie. House of cards es capaz de entrelazar todos y cada uno de sus aspectos para convertir las diferentes tramas en un único ser, en un único arco dramático que acompañe al espectador por los entresijos de la política y las relaciones personales. Si el Presidente de los Estados Unidos se enfrenta a una crisis internacional se debe, en buena medida, a las exigencias de su matrimonio. Y si el matrimonio se rompe, la causa hay que buscarla en la soledad del gobernante. Todos y cada uno de los elementos se nutre del resto, pero también los alimenta, creando un ser orgánico que evoluciona y reacciona de forma natural. Personalmente creo que ha sido una buena temporada, tal vez no a la altura de las anteriores pero indudablemente brillante.

‘Lincoln’: la luz de un hombre, las sombras de un presidente


Daniel Day-Lewis es 'Lincoln'.Steven Spielberg (Indiana Jones en busca del arca perdida) es uno de esos directores a los que les cuesta mucho ser reconocidos como verdaderos artistas. Es indudable su capacidad para entretener y realizar productos espectaculares, pero pocos (afortunadamente, cada vez más) son los que le reconocen como algo más, como un director de cine con mayúsculas capaz de abordar cualquier tipo de historia y adaptar su lenguaje cinematográfico a las necesidades de la trama. Para aquellos que todavía dudan, Lincoln es una muestra más de que estamos ante un genio, un hombre capaz de emocionar y maravillar con un relato tan sencillo y norteamericano como es la abolición de la esclavitud a través de la decimotercera enmienda a la Constitución de aquel país.

No es esta una de sus películas más fáciles de ver y entender. En todo momento, incluso en los minutos iniciales que se sirven de una breve explicación de la situación de Estados Unidos en aquella época, el director entabla un diálogo con el espectador de igual a igual que requiere no solo de atención, sino de un cambio de mentalidad respecto a la actualidad que vivimos. Eso, y eliminar los prejuicios positivos y negativos que podamos tener. Porque si algo bueno hay en este biopic es que nadie es bueno o malo, nadie posee la razón respecto a un determinado punto de vista.

De hecho, la imagen de Abraham Lincoln, que cobra vida gracias a la extraordinaria labor de un Daniel Day-Lewis (Pozos de ambición) que desaparece para dar paso al personaje, se muestra con tantas luces como sombras. Padre cariñoso y marido preocupado, como presidente no duda en utilizar todo su poder a través de la compra de votos, las amenazas veladas y la dilatación de una guerra abocada al fin, para poder lograr un objetivo tan moralmente loable como inmoralmente motivado. Sí, su deseo es terminar con la esclavitud, pero sus motivos se confunden, en muchas ocasiones, con el fin más mundano de terminar con una Guerra Civil que, en el fondo, ya había terminado sin necesidad de abolir la esclavitud.

Lincoln exuda elegancia por cada rincón de sus planos. Elegancia en la puesta en escena; elegancia en los actores secundarios, entre los que habría que destacar un Tommy Lee Jones (Men in black) que tiene a su cargo algunos de los momentos más emotivos del relato. Y elegancia en su fotografía, de nuevo a cargo de Janusz Kaminski (Munich), que refleja ese contraste entre el hombre que trata de mantenerse fiel a su moral y el político que se sirve de todas las herramientas necesarias para lograr un fin mayor. El mayor acierto, y lo que al final la convierte en una gran película, es que no oculta los aspectos más dudosos de la personalidad de los protagonistas de la época. A Spielberg podría habérsele ido de las manos, pero lo cierto es que nos ofrece un drama sólido, veraz, emotivo y bello. Y eso, mal que les pese a algunos, solo lo consiguen los grandes maestros del cine.

Nota: 9/10

‘Abraham Lincoln: Cazador de vampiros’: esclavitud vampírica


Ni es la primera vez que Timur Bekmambetov se encuentra con un proyecto de vampiros, ni es su primera incursión en el cine norteamericano. Algunos de sus anteriores trabajos como director, el díptico Guardianes de la noche (2004) y Guardianes del día (2006), y Wanted (2008) son tres títulos que, dentro del género fantástico, se han erigido como obras a tener en cuenta. Ahora, con esta versión de la historia de Estados Unidos donde los vampiros tienen protagonismo absoluto el director pierde fuerza, mucha fuerza, y presenta un trabajo muy alejado de la espectacularidad visual de sus anteriores obras.

Y no es que no sea espectacular. Esta película con Abraham Lincoln como protagonista tiene algunas secuencias muy llamativas con la sangre  saliendo a borbotones y la acción cortando la respiración. Sin embargo, la sensación que terminan dejando, al igual que el resto del metraje, es la de que podría haberse logrado algo más. Bekmambetov es un autor definido por un uso muy específico de los efectos digitales, capaz de crear mundos únicos y desafíos imposibles a las leyes naturales. En este caso, sin embargo, todo parece excesivamente sencillo, simple, con una falta de riesgo inusitada. Y eso que la historia daba pie a eso y mucho más.

Con todo, lo peor del film sigue siendo el guión. Basada en la novela de Seth Grahame-Smith, quien también es el autor del libreto, la historia presenta un irregular equilibrio entre la trama y la acción, entre el devenir de la historia real y el de la historia fantástica. La intención de situar a los vampiros como sureños que utilizan la esclavitud para tener con qué alimentarse durante el resto de sus vidas es un punto de partida más que interesante, identificando la Guerra Civil norteamericana con un intento por terminar con el dominio de estos seres (por cierto, con un diseño poco original), está abordada de forma algo genérica a pesar de ser el hilo conductor de buena parte del metraje.

Además, existen varias incongruencias narrativas a lo largo del film que merman la posibilidad de identificación del espectador con la historia, además de una irregular distribución del drama personal del protagonista, que se pasa la mayor parte de la historia como una especie de superhéroe al que la vida privada no le afecta en absoluto. A pesar de todo, el film entretiene (sobre todo si no se toma demasiado en serio), y en buena medida es gracias a unos actores que abordan con el respeto necesario a los personajes históricos, sobre todo Benjamin Walker (Banderas de nuestros padres) y Mary Elizabeth Winstead (Scott Pilgrim contra el mundo) como el señor y la señora Lincoln.

Nota: 5/10

‘De Nicolas a Sarkozy’: una obsesiva y destructiva ambición


Aunque no lo parezca, realizar un biopic sobre cualquier personalidad de la política, la música o el arte que esté extremadamente expuesta a los medios de comunicación es una tarea complicada, muy complicada. Más allá del hecho de hacer creíble a un actor en la piel del personaje de turno, lo difícil es lograr enganchar al espectador en una historia que, en muchos casos, ya conoce. En este sentido, De Nicolás a Sarkozy apuesta decididamente por evitar este conflicto y centrarse directamente en el carácter de su protagonista, el actual Presidente de Francia, y su camino al poder que consiguió en 2007.

Por esto, la película dirigida con elegancia y solvencia por Xavier Durringer (La nave indienne) no es, a priori, un producto atractivo para el gran público, destinado simplemente a satisfacer la curiosidad de aquellos que conozcan mucho o poco la vida del político. Es aquí, pues, donde se encuentra su punto fuerte y, al mismo tiempo, su debilidad. Con unos actores realmente sobresalientes, entre los que destaca Denis Podalydès (Salvoconducto) como Sarkozy (los movimientos, el ritmo a la hora de expresarse son asombrosos, lo que se suma a su parecido físico), la cinta presenta a un hombre marcado por la ambición, incapaz de sentir y actuar si no es para lograr llegar al Palacio del Elíseo.

Un camino en el que, en un alarde de populismo y un afán de ganar adeptos a su causa, modifica su conducta hasta convertirse casi en obsesiva; obsesiva por ganar, pero también por promover una transparencia que termina por dar la sensación de ser una mera fachada, una careta que le permita ganar unas elecciones. Pero el ascenso no solo deja atrás cadáveres políticos, sino también personales y privados, el más importante su propia mujer y consejera política quien, a diferencia de otras grandes “primeras damas” no aguantó una vida tan marcada por el evento electoral y llena de falsedades.

El film, además de mostrar las miserias y grandezas de un Sarkozy en plena ebullición, ofrece también una imagen algo extraña, por decir algo, de los otros personajes políticos relevantes de aquella época. Jacques Chirac, interpretado por Bernard Le Coq (Rosa y negro) y Dominique de Villepin (Samuel Labarthe) son presentados como dos dinosaurios políticos incapaces de ver la juventud, frescura y fortaleza de un político como Sarkozy. Si bien hasta aquí es coherente con la historia, no son pocos los momentos en los que se ofrece una imagen casi caricaturesca de los mismos, ofreciendo lo que podría equivaler a una lucha entre niños y hombres.

Antes mencionábamos que poner el foco de atención en la evolución del carácter de Nicolas Sarkozy era su punto débil. En efecto, la película peca de tediosa. A pesar de que no llega a aburrir en ningún momento, puede llegar a ser confusa para aquellos que no tengan claros todos los nombres y relaciones de personajes (e incluso para aquellos que las conozcan), y el hecho de que apenas existan otros conflictos (sólo el de su mujer) hace que el relato adolezca de lentitud en algunos momentos, sobre todo al final del segundo acto y en la resolución de la historia. Claro que esto es relativamente común en los biopics.

Nota: 6,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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