‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

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‘Baby Driver’: fotogramas musicales


Hay cine que tiene como contexto la música. Hay cine musical, que no es exactamente lo mismo. Y luego está lo nuevo de Edgar Wright (Arma fatal), cuya definición, al menos una de ellas, podría ser el cine hecho música… o la música hecha cine. Porque si algo destaca en esta cinta de acción para melómanos es precisamente lo que el director logra hacer no solo con una planificación milimétrica, sino con un montaje tan poético, frenético y complejo que reduce las casi dos horas de metraje a un puñado de canciones que ya deben formar parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Lo peor de Baby Driver puede que sea, curiosamente, su trama. No porque no sea buena, sino porque aporta más bien poco al género. Lineal y hasta cierto punto previsible, esta historia de ladrones sin corazón y jóvenes corazones robados para una malvada causa recuerda muchas otras grandes películas en lo que a su desarrollo dramático se refiere. Hasta aquí, una película más. Es a partir de entonces cuando la obra adquiere dimensiones casi épicas. Wright demuestra su manejo del montaje, del ritmo y de la cultura musical con una apuesta visual tan rica en referentes como divertida en las interpretaciones de sus solventes y notables actores.

La cinta es música. Y la banda sonora es cine. Su director logra algo sumamente complicado: fusionar hasta hacer uno notas musicales y fotogramas, elaborando una íntima relación que no puede ser destruida. Ya sea con canciones escuchadas en un iPod, ya sea con el ritmo creado por el sonido ambiente, todo en esta historia de amor, velocidad y atracos es una partitura. Incluso algunos momentos protagonizados por Kevin Spacey (Elvis & Nixon) son, literalmente, poéticos, aportando al conjunto un toque tan irónico como lírico. Y junto a todo esto, el tratamiento visual, con secuencias de acción que son pura adrenalina y un uso cromático que adquiere un elevado significado hacia el final del metraje.

En definitiva, Baby Driver es una obra diferente, fresca, no apta para aquellos a los que no les guste la música. Una historia de robos a ritmo de volante, de auriculares y de sueños frustrados que atrapa al espectador en su asiento para llevarle en un viaje por la música de toda una vida. Poco importa en este caso que la historia pueda carecer de demasiada originalidad en lo que a desarrollo y personajes se refiere. Poco importan algunas licencias necesarias para hacer que la acción tenga sentido. Lo que Edgar Wright propone, además de un contundente golpe en la mesa de Hollywood (si es que no lo había dado ya), es un viaje divertido, tanto visual como sonoro, que solo puede disfrutarse. Abróchense el cinturón y, sobre todo, estén atentos a la luz roja.

Nota: 7/10

‘No respires’ mientras ‘Ben-Hur’ vuelve a correr en la arena


Estrenos 2septiembre2016Comenzamos septiembre, y lo hacemos con nuevas versiones de clásicos inmortales. Algo que, habitualmente, no da muy buenos resultados. Muchos son los estrenos que llegan a la cartelera española este viernes, 2 de septiembre, y lo cierto es que la mayoría de ellos no parecen tener el interés suficiente como para atraer a un amplio número de espectadores. La mayoría, es cierto, pero siempre hay algún título que esconde secretos a descubrir.

Desde luego, no parece que sea el caso de Ben-Hur (2016), nueva versión de la inmortal historia escrita por Lew Wallace y cuya adaptación más famosa la interpretó Charlton Heston (Los 10 mandamientos) en 1959. Ahora, y bajo la dirección de Timur Bekmambetov (Abraham Lincoln: Cazador de vampiros), esta épica trama vuelve a narrar cómo un príncipe judío es traicionado por su hermano adoptivo, un tribuno romano. Convertido en esclavo y separado de su madre y su hermana, deberá vivir varios años en las galeras de un barco hasta que logre liberarse, con el único objetivo de lograr la venganza y restaurar su nombre. Acción, aventura y unos renovados efectos visuales son las claves de esta cinta protagonizada por Jack Huston (serie Boardwalk Empire), Toby Kebbell (Warcraft), Nazanin Boniadi (serie Homeland), Haluk Bilginer (Sueño de invierno), Pilou Asbæk (serie 1864), Rodrigo Santoro (Focus), Moises Arias (El juego de Ender) y Morgan Freeman (Objetivo: Londres).

El terror psicológico llega de la mano de No respires, cinta dirigida por Fede Alvarez (Posesión infernal) que, aunque a priori puede parecer terror en estado puro, su premisa es ligeramente diferente. Un grupo de jóvenes ladrones se dispone a dar un golpe sencillo y que podría hacerles muy ricos: desvalijar la casa de un hombre ciego en la que, en principio, se esconde un gran botín. Pero una vez dentro, y con la casa a oscuras, los papeles de presa y cazador pronto dan un vuelco. El reparto, aunque extenso, tiene como principales actores a Stephen Lang (Avatar), Jane Levy (Bang bang baby), Dylan Minnette (Prisioneros) y Daniel Zovatto (It follows).

En lo que a la comedia familiar se refiere, Siete vidas es el título de lo nuevo de Barry Sonnenfeld (Men in Black 3), cuya trama se centra en un hombre rico que vive su vida al límite y que disfruta con su trabajo, algo que no termina de gustar a su familia. Para el cumpleaños de su hija decide comprar un gato a un peculiar vendedor, pero de camino a casa sufre un terrible accidente y queda en coma. Su alma, sin embargo, se traspasa al animal. Kevin Spacey (serie House of cards), Jennifer Garner (Los milagros del cielo), Christopher Walken (Eddie el Águila), Robbie Amell (serie The Flash), Cheryl Hines (El benefactor), Malina Weissman (Thirsty) y Teddy Sears (serie Masters of sex) encabezan el reparto.

Este septiembre supone también el regreso a la gran pantalla de Mel Gibson (Los mercenarios 3) con Blood father, en un papel que conoce a la perfección. La historia arranca cuando una joven es traicionada por su novio traficante después de un robo a un cártel. Perseguida y asustada, su única vía de escape será su desastroso padre, un borracho y violento ex convicto que quiere ejercer de buen progenitor, incluso aunque eso ponga en riesgo su propia vida. Dirigida por Jean-François Richet (Una semana en Córcega), esta mezcla de acción y thriller tiene un reparto que se completa con William H. Macy (La habitación), Diego Luna (Elysium), Thomas Mann (Memoria) y Erin Moriarty (Los amos del barrio).

Muy diferente es el thriller Criminal, coproducción inglesa y norteamericana que recupera un viejo tema policíaco utilizado en varios films de corte fantástico. Con el objetivo de detener una conspiración diabólica, las fuerzas de seguridad deciden implantar los recuerdos, secretos y habilidades de un agente de la CIA muerto en una misión, en un impredecible y violento convicto, de modo que el agente pueda terminar el trabajo en el cuerpo de un hombre cuya vida no parece importarle a nadie. Dirigida por Ariel Vromen (The Iceman), la cinta cuenta con un interesante reparto encabezado por Kevin Costner (3 días para matar), Ryan Reynolds (Deadpool), Gary Oldman (El niño 44), Tommy Lee Jones (Malavita), Gal Gadot (Batman v Superman: El amanecer de la Justicia), Alice Eve (Misconduct), Jordi Mollà (Mi familia italiana) y Michael Pitt (serie Hannibal).

Entre los estrenos puramente europeos destaca la francesa Los visitantes la lían (en la Revolución Francesa), nueva entrega de la famosa saga de comedias que sitúa a los dos protagonistas de la Edad Media atascados en los corredores del tiempo y aterrizando en la Revolución Francesa, cuando los descendientes del escudero Delcojón saquean el castillo de los descendientes del conde Godofredo. Dirigida por Jean-Marie Poiré (Mi mujer se llama Mauricio), la cinta vuelve a contar con Jean Reno (Escuadrón de élite) y Christian Clavier (No molestar) como principales actores, a los que se suman Karin Viard (Grandes familias), Franck Dubosc (Bis), Sylvie Testud (French women) y Marie-Anne Chazel (Fanny).

Desde Italia llega La espera, drama basado en la obra de Luigi Pirandello que dirige Piero Messina en el que supone su debut en el largometraje. El argumento gira en torno a una mujer que pasa sus días en una solitaria villa de Sicilia. Hasta allí se desplaza su hijo y la novia de éste para pasar la Pascua. Cuando el joven sale y las dos mujeres se quedan a solas, desconocidas la una de la otra, comienza una conversación que llevará a los personajes a descubrir sus secretos. Juliette Binoche (Godzilla), Giorgio Colangeli (Cloro), Domenico Diele (Mia madre) y Lou de Laâge (Respire) son los principales actores.

España y México colaboran en El elegido, drama histórico con dosis de thriller que narra el asesinato de León Trotsky en México a manos de un comunista español. Dirigida por Antonio Chavarrías (Dictado), la película cuenta con un reparto internacional encabezado por Hannah Murray (serie Juego de tronos), Alfonso Herrera (La dictadura perfecta), Henry Goodman (Altamira), Julian Sands (Me), Emilio Echevarría (Memoria de mis putas tristes) y Frances Barber (Mr. Holmes).

Pasamos a los estrenos puramente españoles, y entre ellos destaca lo nuevo de Imanol Uribe (El viaje de Carol) como director, Lejos del mar, drama de 2015 que gira en torno a un hombre que, al salir de la cárcel, recorre media España para ir a ver a su compañero de celda, que arrastra una enfermedad terminal. Sin embargo, termina tropezándose con la doctora que le atiende, una mujer con la que tuvo un encuentro terrible hace años y que marcó para siempre la vida de ambos. El reparto está encabezado por Elena Anaya (La piel que habito), Eduard Fernández (Felices 140), José Luis García Pérez (Impávido) e Ignacio Mateos (La mula).

También es interesante Cerca de tu casa, drama musical dirigido por Eduard Cortés (The Pelayos) con el problema de los desahucios como telón de fondo. La trama se centra en una mujer que debe volver a casa de sus padres junto a su marido y su hija al ser echada del piso en el que vivían. Pero junto a ella, la cinta muestra el drama al que se enfrenta el empleado del banco, vecino de la familia, que debe ejecutar una orden que detesta. Y también los remordimientos del policía que debe echarles, y que vive atormentado. La película está protagonizada por Silvia Pérez Cruz, Lluís Homar (La fossa), Adriana Ozores (Nacidas para sufrir), Manuel Morón (Cuento de verano) y Oriol Vila (La punta del iceberg).

Diferente es el género de La puerta abierta, comedia dramática centrada en una mujer que vive con su madre y que, al igual que ella, en su día fue prostituta. Los problemas con sus vecinos no hacen más que aumentar, pero la llegada de un inesperado miembro a esta extraña familia le dará una oportunidad de encontrar la felicidad. Ópera prima de Marina Seresesky, la cinta cuenta en su reparto con Carmen Machi (Rumbos), Terele Pávez (Las brujas de Zugarramurdi), Asier Etxeandia (La novia), Paco Tous (Somos gente honrada), Sonia Almarcha (Orson West) y Mar Saura (serie El ministerio del tiempo).

‘Elvis & Nixon’ se encuentran en el ‘Café Society’ dirigido por Allen


Estrenos 26agosto2016Agosto ha sido un mes cinematográfico intenso. Puede que no del mismo modo que en años anteriores, y es posible que la calidad de muchos de sus films no hayan colmado las expectativas puestas en ellos, pero en cualquier caso ha contado con varios títulos de peso. Tal vez por eso este viernes, día 26, las novedades que aterrizan en la cartelera española son algo menos llamativas, al menos en lo que a espectacularidad se refiere, aunque no por eso menos interesantes. El drama se adueña de los títulos, entre los que encontramos nombres de auténtico lujo y citas anuales ineludibles.

En este contexto, uno de los films más interesantes es Elvis & Nixon, relato que aborda el encuentro que tuvieron el rey del rock y el hombre más poderoso del mundo en 1970. Encuentro inmortalizado en una foto pero del que poco se conoce. Dirigido por Liza Johnson (Return), lo más interesante de este drama, sin embargo, se encuentra en los actores que dan vida a los principales personajes: Michael Shannon (El hombre de acero), Kevin Spacey (serie House of cards), Evan Peters (X-Men: Días del futuro pasado), Ashley Benson (Pixels), Alex Pettyfer (El mayordomo), Colin Hanks (serie Fargo) y Tate Donovan (3 generaciones).

Otro de los estrenos importantes procedentes de Estados Unidos es Café Society, lo nuevo de Woody Allen (Irrational man) que, como es habitual, combina humor y drama para narrar cómo un joven perteneciente a una familia mafiosa de los años 30 decide abandonar el futuro que parece predestinado e irse a Hollywood a probar fortuna. Allí es contratado como chico de los recados por su tío, un poderoso agente. El amor surgirá cuando conozca a una joven que tiene novio. Sin embargo, su vida da un vuelco el día que ella le confiesa que ha roto con su pareja. Y como también es habitual en el director y guionista, el reparto está plagado de nombres propios como los de Steve Carell (La gran apuesta), Jesse Eisenberg (Batman v Superman: El amanecer de la Justicia), Kristen Stewart (Equals), Blake Lively (El secreto de Adaline), Parker Posey (Ni un pelo de listo) y Corey Stoll (Ant-Man).

También llega a la cartelera Experimenter, drama biográfico acerca de los experimentos que llevó a cabo en 1951 el psicólogo Stanley Milgram sobre la obediencia. Unos estudios cuyas conclusiones desvelaron aspectos del comportamiento humano desconocidos hasta entonces, y cuyas repercusiones levantaron una gran polémica. Escrita y dirigida por Michael Almereyda (Guerra total), la película está protagonizada por Winona Ryder (serie Show me a hero), Peter Sarsgaard (El caso Fischer), Kellan Lutz (Los mercenarios 3), Taryn Manning (serie Orange is the new black), Anton Yelchin (Star Trek: Más allá), John Leguizamo (#Chef) y Dennis Haysbert (Querida gente blanca).

La animación está representada por Kubo y las dos cuerdas mágicas, aventura familiar con toques fantásticos y que supone el debut en la dirección de Travis Knight. La trama comienza cuando un chico convoca a un espíritu del pasado por error, lo que le obligará a enfrentarse a dioses y monstruos. Para poder sobrevivir deberá encontrar una armadura mágica que una vez fue propiedad de su padre, un legendario samurai. Entre las voces de la versión original encontramos a Art Parkinson (San Andrés), Charlize Theron (Mad Max: Furia en la carretera), Ralph Fiennes (Spectre), Rooney Mara (Carol) y Matthew McConaughey (Interstellar).

Dejamos Hollywood para fijarnos en los estrenos europeos y, más concretamente, en el representante español. Cuerpo de élite es el título del debut en el largometraje de Joaquín Mazón, una comedia centrada en un cuerpo de seguridad ultrasecreto del que nadie conoce su existencia: el cuerpo de élite autonómico. Cuando sus miembros mueren en una emboscada durante una misión, la necesidad de un nuevo equipo que sea capaz de salvar España lleva a sus responsables a reclutar a lo mejor de lo mejor de varios cuerpos de seguridad nacionales y autonómicos. O al menos eso creen. María León (Los miércoles no existen), Miki Esparbé (Rumbos), Jordi Sánchez (Ahora o nunca), Andoni Agirregomezkorta (El síndrome de Svensson), Juan Carlos Aduviri (También la lluvia), Silvia Abril (Vulcania), Carlos Areces (Anacleto: Agente secreto) y Joaquín Reyes (Tres bodas de más) son los principales intérpretes.

Alemania y Suiza colaboran para llevar a la gran pantalla una nueva versión de Heidi, novela de Johanna Spyri que se centra en una niña que vive feliz con su abuelo en las montañas de los Alpes, y cuya vida da un vuelco cuando su tía se la lleva a Frankfurt, donde se convertirá en la inseparable amiga de una adinerada niña paralítica que está aprendiendo a leer y escribir con una estricta institutriz. Dirigida por Alain Gsponer (Rose), la cinta está protagonizada por Anuk Steffen, Bruno Ganz (Uno tras otro), Isabelle Ottmann, Katharina Schüttler (serie Hijos del Tercer Reich) y Quirin Agrippi.

Desde Yemen llega 10 años y divorciada, drama producido en 2014 cuya historia pone el foco en la vida que se ven obligadas a llevar muchas niñas. La trama arranca cuando una joven de 10 años entra en un juzgado para pedir el divorcio de un matrimonio impuesto por su familia y la de su cónyuge, de 30 años. Khadija Al-Salami (Amina) escribe y dirige este film que cuenta con un limitado y anónimo reparto encabezado por Adnan Alkhader y Reham Mohammed.

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

La 3ª T de ‘House of cards’ entrelaza matrimonio, ambición y poder


Las relaciones entre Estados Unidos y Rusia adquieren protagonismo en la tercera temporada de 'House of cards'.Después del final que tuvo la segunda temporada de House of cards parecía evidente que algo tenía que cambiar. No porque sea una mala serie, al contrario. Más bien, la anterior etapa fue tan buena que marcó un antes y un después en la serie, hasta el extremo de que su conclusión ponía punto final a las ambiciones que siempre se habían asociado al matrimonio Underwood. La expectación reside, por tanto, en descubrir si estos nuevos 13 episodios son capaces de mantener una historia de la complejidad y el atractivo de esta. Y habrá quien considere que ha sido mediocre; habrá quienes crean que es tan brillante como las anteriores. Sea cual sea la opinión, la clave hay que hallarla en la pareja formada por Kevin Spacey (Margin call) y Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas), sin duda los grandes pilares de la serie.

Porque si algo tiene de diferente esta nueva entrega de la serie es que centra buena parte de su desarrollo dramático en explorar los conflictos, los deseos y el pasado del matrimonio protagonista, y cómo una relación nutrida por la ambición puede llegar a dinamitarse una vez se han cumplido los objetivos. En este sentido, el arco que protagoniza la trama principal (que nadie se engañe, esta temporada ha sido de ellos en exclusiva; el resto han sido complementos) se revela como uno de los más complejos e interesantes de toda la ficción, sobre todo porque sabe beber de lo desarrollado en las etapas anteriores para generar un proceso plagado de giros dramáticos que deriva en un clímax tan simple como determinante.

Es más, a diferencia de lo que ocurre en otras temporadas, esta nueva etapa de House of cards simplemente ha cambiado las reglas del juego. Habrá que esperar a la cuarta temporada para descubrir el camino que toman sus responsables dramáticamente hablando, pero lo que está claro es que la situación no va a volver a ser la misma. Esto evidencia algo que puede pasarse por alto: que la evolución de los personajes es profunda, compleja y sin retorno posible, lo que convierte a la trama en algo más que un simple recorrido por los problemas de gobernar la Casa Blanca.

El tratamiento dado a la relación, nutrido por las numerosas tramas secundarias y el recurso (bendito recurso) de convertir al espectador en cómplice de las maquinaciones del rol de Spacey, es simplemente brillante. Todos y cada uno de los pasos que da la serie está planteado para separar las posiciones iniciales hasta hacerlas casi incompatibles. Por supuesto, esto encuentra su reflejo en un fenómeno que aparentemente no tiene relación, pero que está íntimamente conectado. Hasta ahora, los seguidores de la serie estaban acostumbrados a comprobar cómo Frank Underwood lograba el éxito en todas sus maquinaciones. Decir que todo sale mal en esta temporada sería quedarse corto.

La Rusia de V. P.

El ejemplo más evidente de que ambos conceptos, matrimonio y gobierno, están relacionados reside en los últimos minutos del episodio final de House of cards, cuando la única victoria que logra el personaje de Spacey no es compartida por el de Wright. Una victoria pírrica cuyo coste todavía no se ha llegado a atisbar. Es cierto que la temporada no ha contado con tantos momentos inolvidables como tuvo la segunda, e incluso la primera. Pero si algo ha dejado en la retina es esa crítica feroz, ácida y descarada al presidente de Rusia, Vladimír Putin.

De hecho, la relación entre Estados Unidos y Rusia centra buena parte del desarrollo dramático de la serie, con un tira y afloja en escenarios tan variados como el despacho oval o la ONU. El morbo, claro está, reside en apreciar los matices de unos diálogos en los que se palpa la tensión sin demasiado esfuerzo debido al carácter de los personajes y su paralelismo en la vida real. Pero la sorpresa está en que los responsables de la serie no dudan en ningún momento en atacar el tipo de liderazgo de Putin, incluyendo referencia directa al conflicto con el grupo de música Pussy Riot, y tomando como referencia sendas fotografías del líder ruso con George Bush.

Ni siquiera el nombre varía demasiado. Viktor Petrov (V. P.) alcanza su máxima expresión gracias a Lars Mikkelsen (serie Forbrydelsen), quien más allá de la caracterización crea un personaje casi tan indeseable como el propio Underwood. Sus duelos dialécticos, la frialdad en su trato o la dureza de las negociaciones es, desde un punto de vista puramente dramático, de lo mejor que ha dado la serie, demostrando que no solo se puede criticar el funcionamiento político de Norteamérica. Es más, los altibajos de esta relación van de la mano de los conflictos internacionales a los que se enfrenta el protagonista y de los problemas maritales que se gestan poco a poco en el seno de la Casa Blanca.

Una conexión que revela el que posiblemente sea el punto fuerte de la serie. House of cards es capaz de entrelazar todos y cada uno de sus aspectos para convertir las diferentes tramas en un único ser, en un único arco dramático que acompañe al espectador por los entresijos de la política y las relaciones personales. Si el Presidente de los Estados Unidos se enfrenta a una crisis internacional se debe, en buena medida, a las exigencias de su matrimonio. Y si el matrimonio se rompe, la causa hay que buscarla en la soledad del gobernante. Todos y cada uno de los elementos se nutre del resto, pero también los alimenta, creando un ser orgánico que evoluciona y reacciona de forma natural. Personalmente creo que ha sido una buena temporada, tal vez no a la altura de las anteriores pero indudablemente brillante.

‘Breaking Bad’ se corona en su adiós de unos Emmy conservadores


Los protagonistas de 'Breaking Bad' posan en la edición 66 de los Emmy.La 66 edición de los Emmy ha confirmado varias sospechas que se barruntan desde hace varios años. Por un lado, que Breaking Bad ha traspasado los estándares de calidad actuales para convertirse en un referente audiovisual de la pequeña pantalla, como bien demuestran sus numerosos premios a lo largo de los años. Por otro, que estos premios se enrocan incomprensiblemente en sus posturas iniciales, lo que les impide lograr un reflejo más exacto de la realidad actual de la televisión, que es lo que en realidad debería ser cualquier entrega de premios. Que la serie protagonizada por Bryan Cranston (Godzilla) se lleve los mismos premios año tras año es tan justo con la serie como injusto con el resto de producciones, algunas de ellas con el aliciente de ser propuestas frescas y novedosas.

El propio actor lo reconocía al recoger su premio al Mejor actor protagonista en drama. Que este reconocimiento no haya ido a parar a manos de Matthew McConaughey por su papel en True Detective es algo difícil de explicar, incluso cuando delante está un rol como el de Walter White. Sobre todo si tenemos en cuenta el resto de candidatos, entre los que se hallan un Jon Hamm (serie Mad Men) al que cada vez le quedan menos posibilidades de ganarlo y un Kevin Spacey cuya labor en House of cards es simplemente excepcional. Que una serie que ha ganado de forma continuada premios por las mismas premisas demuestra una falta de valentía a la hora de valorar al resto de candidatos, restando importancia a producciones de igual o mejor calidad como pueden ser Juego de Tronos o la propia Mad Men, que por unas cosas o por otras siempre termina siendo la gran perjudicada.

Y si esto puede aplicarse de igual modo a la comedia. Antes incluso de que se anuncien las nominaciones se puede intuir que los ganadores serán Modern Family como Mejor comedia y Jim Parsons como Mejor actor por su papel en The Big Bang Theory. Quizá en este caso la competencia no sea tan feroz como la que existe en la categoría dramática, pero es igualmente sintomático el hecho de que año tras año nuevos candidatos hagan acto de presencia y, año tras año, los ganadores sean los mismos. Esto no quiere decir que no lo merezcan, al contrario, pero resta interés y credibilidad a los premios la sensación de repetir año tras año los mismos ganadores, como si no hubiese nada mejor producido en la televisión.

Se plantea así la duda de qué ocurrirá el año que viene cuando Breaking Bad no esté en las quinielas. Evidentemente, algún título tendrá que ocupar su lugar, pero la verdadera incógnita es si será capaz de repetir esa sucesión de premios o, por el contrario, las aguas volverán a su cauce y los premios se repartirán de forma más equitativa. Algo que, por cierto, hay que reconocer que se ha producido en esta edición en las categorías de intérpretes secundarios e invitados, sobre todo en lo que respecta a la comedia.

Miniserie de anécdotas

Pero si en lo referente a las series dramáticas y cómicas ha habido un alarmante monopolio de viejos conocidos de estos premios, en lo que respecta a las miniseries los Emmy no se han quedado atrás. De hecho, dos producciones se han llevado la práctica totalidad de los reconocimientos, aunque es justo decir que se centran en sus intérpretes. En efecto, los protagonistas de esa joya británica titulada Sherlock han logrado alzarse con una estatuilla, reivindicando la madurez de la serie y sus actores, cuya tercera temporada ha sido todo un ejercicio de originalidad narrativa. Algo más sorprendente puede parecer que tanto Jessica Lange como Kathy Bates se hayan llevado los premios por American Horror Story: Coven, sobre todo si se repasan las candidatas en esas categorías.

Y digo “puede parecer” porque lo cierto es que ambas mujeres componen sendos personajes que dejan huella en una serie acostumbrada a crear roles impactantes. Sobre todo la segunda, una suerte de sádica asesina racista condenada a vivir eternamente en una sociedad que no comprende y no respeta. Aunque mayor sorpresa son la presencia de Allison Janney (serie Masters of sex) como triunfadora en dos categorías, algo que confirma esa idea ampliamente extendida de que las votaciones son, muchas veces, por inercia, y el galardón a la miniserie Fargo como mejor producción, lo que no solo es un empujón a la ficción, sino también a la espléndida película en la que está basada, dando más argumentos además a una serie de iniciativas puestas en marcha para adaptar al formato seriado diversas tramas cinematográficas, entre ellas la de Shutter Island, de Martin Scorsese.

En definitiva, y más allá de que los ganadores sean justos vencedores, los Emmy vuelven a revelarse como unos premios conservadores que prefieren reafirmarse en sus ideas antes que acercarse a las nuevas propuestas. La pregunta que cabe hacerse es cuántas veces es necesario premiar a una serie o a un actor por un mismo papel para demostrar que es el mejor, o al menos uno de los mejores. Hasta la fecha, parece que cuatro. Esto, además de un tanto incoherente (¿alguien se imagina que los Oscar premien a un actor por hacer el mismo papel en una saga cinematográfica una y otra vez?) es contraproducente, pues impide una renovación de aires dentro de la propia gala. Ahora queda esperar a ver quién ocupará el trono de Mejor drama, aunque visto lo visto todo apunta a que será alguna de las más veteranas.

Relación de candidatos y premiados en la 66 edición de los premios Emmy

La mente de J. Depp trasciende la guerra de Frankenstein


Estrenos 20junio2014El mes de junio está siendo bastante flojo. Tras tres semanas de estrenos el balance general presenta films que bucean en historias ajenas a las grandes superproducciones pero que, en un sentido u otro, terminan siendo fallidas. Las novedades de este fin de semana se quedan a medio camino entre ambas. Por un lado tenemos producciones con un claro objetivo comercial, mientras que por otro llegan también historias intimistas cuya razón de ser no es otra que contar algo con cierto calado dramático. El éxito o el fracaso de todas ellas se sabrá a mediados de la semana que viene. Ahora únicamente toca hablar sobre esos estrenos que se han repartido entre hoy, viernes 20 de junio, y ayer jueves. Comencemos por estos últimos.

Uno de los títulos más atractivos es Transcendence, thriller de ciencia ficción que vuelve a especular con la idea de la inteligencia artificial, el poder de la mente dentro de la máquina y la lucha por su supervivencia del ser humano contra su propia creación. En esta ocasión la historia se centra en un investigador de la inteligencia artificial que está a punto de desarrollar una máquina capaz de combinar la inteligencia colectiva de la Humanidad con las emociones y sensibilidades que caracterizan al ser humano. Sin embargo, su proyecto se verá truncado cuando un grupo de extremistas anti-tecnológicos atenten contra su vida y le dejen en coma. En un intento por salvarle su mujer y su mejor amigo deciden trascender su mente a la máquina, creando un ser completamente nuevo cuyas ansias de conocimiento pondrá en peligro la propia existencia. Dirigida por Wally Pfister, que debuta de este modo en la dirección después de años como cámara y director de fotografía (es el colaborador habitual de Christopher Nolan), la película cuenta con un reparto espectacular encabezado por Johnny Depp (El llanero solitario), Rebecca Hall (La maldición de Rookford), Paul Bettany (Margin call), Cillian Murphy (Luces rojas), Kate Mara (serie House of cards), Morgan Freeman (El caballero oscuro), Clifton Collins Jr. (Pacific Rim) y Cole Hauser (Objetivo: La Casa Blanca).

Muy distinto es el cariz de Yo, Frankenstein, que combina acción y mitología para contar cómo la criatura del Dr. Frankenstein ha logrado sobrevivir durante 200 años, pasando inadvertido en la sociedad actual hasta que se ve envuelto en una guerra por la Humanidad que también implica a las gárgolas. Será entonces cuando deba tomar una decisión, pues será él la pieza clave para la salvación o la extinción de los hombres. Con un aire a la famosa saga de vampiros y hombres lobo, Underworld (no por casualidad está producida por el mismo equipo), la obra está dirigida por Stuart Beattie (Mañana, cuando la guerra empiece) y protagonizada por Aaron Eckhart (Los diarios del ron), Yvonne Strahovski (serie Dexter), Miranda Otto (El señor de los anillos: Las dos torres), Bill Nighy (Desafío total), Jai Courtney (Divergente) y Socratis Otto (Sin rastro).

El tercer estreno norteamericano del jueves es El cielo es real, film basado en la novela de Todd Burpo y Lynn Vincent que, a su vez, recoge un hecho real que el primero vivió. La trama arranca cuando la familia de Burpo debe afrontar la delicada cirugía de emergencia a la que se somete su hijo pequeño, quien está a punto de morir. Su extraordinaria recuperación parece casi milagrosa, pero lo más sorprendente se revela cuando el niño empieza a hablar con total naturalidad de su viaje por el otro mundo, de la gente a la que conoció y de aquellos a los que todavía puede ver. Un intenso drama dirigido por Randall Wallace (Cuando éramos soldados), quien también participa en el guión, e interpretado por Greg Kinnear (serie Los Kennedy), Kelly Reilly (El vuelo), Thomas Haden Church (Un lugar para soñar), el debutante Connor Corum, Margo Martindale (serie The americans) y Lane Styles (Duda razonable).

Si miramos a Europa una de las novedades más interesantes es Amanece en Edimburgo, comedia musical inglesa con tintes dramáticos y románticos que llega precedida del éxito que tuvo la obra de teatro en la que se basa. Con Dexter Fletcher (Wild Bill) moviendo la cámara, la historia gira en torno a dos amigos que vuelven a la ciudad del título después de haber servido en Afganistán. Ambos son capaces de retomar sus vidas donde las dejaron gracias a unas parejas que les quieren y a unos padres cuya felicidad parece no tener límite. Sin embargo, la felicidad será puesta en peligro cuando un secreto del pasado amenace con destruir todas las parejas. En el reparto destacan nombres como los de George MacKay (Resistencia), Kevin Guthrie (Trash Humpers), Jane Horrocks (Born romantic), Peter Mullan (Caballo de batalla), Antonia Thomas (serie Misfits), Jason Flemyng (Grandes esperanzas) y Freya Mavor (serie Skins).

España presenta este fin de semana varias propuestas. Una de ellas es Perdona si te llamo amor, adaptación de la novela homónima de Federico Moccia que busca continuar el éxito de los anteriores intentos por llevar al cine este tipo de historias. En esta ocasión la trama arranca cuando un joven ejecutivo que parece tenerlo todo en la vida es rechazado por su novia. El duro golpe le lleva a entrar en una espiral de la que solo logra salir cuando conoce a una adolescente 20 años más joven. Entre los dos surgirá un amor imposible que, contra todo pronóstico, llevará a la pareja a descubrir una realidad desconocida para ambos. Joaquín Llamas, veterano director de televisión, debuta en el largometraje cinematográfico con este film protagonizado por Paloma Bloyd (La fría luz del día), Daniele Liotti (La herencia Valdemar), Irene Montalà (Insensibles), Lucía Guerrero (Grupo 7), Andrea Duro (Por un puñado de besos), Adrià Collado (La mujer del anarquista), Jan Cornet (Encontrarás dragones) y Cristina Brondo (Diario de una becaria).

También se estrena Sapos y culebras, película española del 2013 que aborda en clave dramática el vuelco que da la vida de una joven a raíz de la ruina de sus progenitores. Sin embargo, un botín oculto y unas grabaciones reveladoras pueden lograr que todo vuelva a ser como antes. Escrita y dirigida por Francisco Avizanda (Hoy no se fía, mañana sí), la obra cuenta con actores como Ariadna Cabrol (Dos billetes), Juanma Díez (serie Impares), Itxaso González, Alfonso Torregrosa (La vida mancha), Mikel Losada (El cazador de dragones) y Jon Ariño (Bosque de sombras).

La jaula dorada es una de las novedades francesas que aparecen este fin de semana en la cartelera española. Dirigida por Ruben Alves (Secretos de Estado), la cinta cuenta en clave cómica cómo una pareja de inmigrantes portugueses en Francia deben afrontar la difícil decisión de abandonar su vida para volver a su país. Y es que no solo han formado una familia en París, sino que su labor, ella como portera de un lujoso edificio y él como encargado de obra, es tan apreciada que los inquilinos harán lo impensable para evitar que se vayan. Rita Blanco (Noite Escura), Joaquim de Almeida (La conjura de El Escorial), Roland Giraud (Tres solteros y un biberón), Chantal Lauby (Antilles sur Seine) y Barbara Cabrita (Just Ines) son algunos de los integrantes del reparto.

Las novedades francesas en lo que a ficción se refiere se completan con Un cuento francés, comedia producida en 2013 que reflexiona sobre los cuentos de hadas y los finales felices. Todo comienza cuando una joven soñadora que cree en los príncipes azules y en la felicidad sin problemas conoce a un joven que reúne todas las cualidades. Convencida de que por fin ha encontrado lo que busca, su vida dará un vuelco cuando conozca a otro hombre del que también se enamorará. Para colmo, ambos están marcados por unas situaciones personales complejas y que dificultarán mucho el objetivo que la joven se ha marcado. Agnès Jaoui (Háblame de la lluvia) dirige, escribe y protagoniza el film, en el que también encontramos a Jean-Pierre Bacri (Para todos los gustos), quien colabora en el guión; Arthur Dupont (La cocinera del presidente), Agathe Bonitzer (Una botella en el mar de Gaza) y Benjamin Biolay (La mente).

Desde Francia también nos llega el primero de los documentales que aquí abordamos. Se trata de Mademoiselle C, relato que trata de dar una visión inédita y privilegiada del mundo de la moda a través de la vida de un icono de este mundo como es Carine Roitfeld, ex directora de Vogue durante 10 años. Modelos, actores y otros grandes nombres del showbusiness se dan cita en este film dirigido por Fabien Constant (The Vogue Paris Fashion Night Out), entre ellos Anna Wintour, Marion Cotillard (El caballero oscuro: La leyenda renace), James Franco (Juerga hasta el fin), la modelo Linda Evangelista o la cantante Beyoncé Knowles.

Viernes 20 de junio

Tres son las novedades que llegan hoy viernes a la cartelera. Una de ellas es la norteamericana Corrupción en el poder, thriller político del 2010 con dosis de comedia que se basa en uno de los casos más importantes de corrupción en Estados Unidos que involucró a lobbies y partidos políticos. La trama se centra en un lobbista republicano que se enriqueció mediante diversas estafas, fraudes y sobornos cuya base eran los pueblos indígenas a los que representaba en el Congreso. El director George Hickenloop (Dogtown) es el encargado de poner en imágenes la historia, mientras que el reparto cuenta con, entre otros, Kevin Spacey (American Beauty), Barry Pepper (Salvar al soldado Ryan), Kelly Preston (Sentencia de muerte), John Lovitz (Los calientabanquillos), Rachelle Lefevre (serie La cúpula), Ruth Marshall (Baby blues), Graham Greene (serie Defiance) y Jason Weinberg (Puck hogs).

Muy distinto es el cariz de New world, thriller ambientado en el mundo del crimen organizado y producido por Corea del Sur en 2013. Escrita y dirigida por Park Hoon-jung (Hyultu), la trama sigue el proceso de infiltración de un policía en una importante banda criminal. Tras ocho años logra convertirse en la mano derecha del número dos de la organización, pero la muerte del líder desata una lucha de poder que no solo pone en riesgo su misión, sino su propia vida. En medio de todo esto, otro policía busca aprovechar esta situación, para lo que pretende utilizarle de cebo. Violencia, acción e intriga se entremezclan en este film protagonizado por Lee Jung-Jae (El gran golpe), Choi Min-sik (Old boy), Hwang Jeong-min (Geomeun jip), Park Seong-Woong (Hit) y Song Ji-hyo (Some).

Terminamos con otro documental, en esta ocasión la producción española ¡Zarpazos! Un viaje por el Spanish  Horror, cinta escrita y dirigida por Víctor Matellano con la que debuta en el largometraje y que, además, se basa en el libro que él mismo ha escrito. A través de recuerdos, anécdotas y entrevistas de diferentes épocas y a personajes que vivieron o han estudiado el fenómeno, el film repasa la producción que a finales de los sesenta del siglo XX fue protagonista en el cine español, generando un determinado star system y propiciando, sobre todo, una salida al mercado internacional y una cierta influencia en producciones posteriores de todo el mundo.

2ª T de ‘House of cards’, ambición sin límites por ostentar el poder


Kevin Spacey y Robin Wright asaltan la Casa Blanca en la segunda temporada de 'House of cards'.Magnífica, espectacular, inquietante, sublime. Y así podría rellenarse un amplio artículo periódico. Si la primera temporada de House of cards fue espléndida, su continuación es sencillamente imprescindible. Sí, supera con creces lo visto en los primeros 13 episodios, en los que el espectador, todo sea dicho, debía ser introducido en un mundo de corrupción, intrigas políticas y anhelos personales. Eso tal vez, y solo tal vez, pudo provocar que la pareja protagonista se mostrara algo más comedida en sus estrategias. Muchos tal vez no estén de acuerdo con ese análisis, pero una vez vista la segunda temporada hay que rendirse a la evidencia. La obra adaptada por Beau Willimon (Los idus de marzo) ha evolucionado hacia una radicalización salvaje, violenta y despiadada que, y esto es lo más atractivo de todo, obliga a mantener los ojos pegados a la pantalla.

Y es que no hay nada peor que acorralar a una fiera, sea del tipo que sea. A lo largo de los 13 capítulos que conforman esta nueva entrega el espectador asiste a una lucha sin cuartel entre un empresario y el protagonista, ahora convertido en Vicepresidente de los Estados Unidos. Una lucha de poder y de influencia política que, por primera vez desde que comienza la serie, pone contra las cuerdas a un animal político pocas veces visto en una pantalla, ya sea grande o pequeña. Evidentemente, la serie no se limita únicamente a afrontar esa línea argumental, desarrollando de forma bastante completa otras tramas secundarias que influyen de un modo u otro en el devenir del drama. La inteligencia de los diálogos, la sutileza de muchas de las decisiones y la frialdad emocional y formal, características todas ellas vistas en la primera entrega, adquieren un mayor significado en esta continuación, entre otras cosas porque contrastan, y de qué modo, con algunos momentos de acción en los que el personaje de Kevin Spacey (Seven) se mancha las manos.

Es este un aspecto sumamente importante para comprender la evolución de House of cards y del personaje, que adquiere una grandeza inmensa gracias a la labor de Spacey. Aquellos que todavía no hayan tenido oportunidad de empezar el primer episodio, un consejo: hay que esperar lo inesperado. Lo normal es que una serie en sus inicios de temporada se tome su tiempo en iniciar la trama. Hay que reubicar a los personajes, presentar las novedades, explicar brevemente cuál es el arco argumental, … Nada de esto existe en este primer episodios. Willimon, en una apuesta arriesgada y genial, opta por forzar al espectador a recordar cómo terminó todo en la anterior temporada para entrar de lleno en una trama que se va desvelando a medida que avanza. Incluso se permite el lujo de jugar con el espectador al dar a entender que uno de los pilares formales de la serie, las confidencias del protagonista a cámara, desaparecen de escena. Nada más lejos. El modo en que retoma esa “tradición” tras un acontecimiento tan brutal como impactante deja claro que esta nueva temporada no va a dar tregua.

Resulta curioso comprobar cómo un personaje tan censurable termina convirtiéndose en el mayor atractivo de toda la ficción. Esto puede parecer un absurdo, pues si el protagonista no tiene algún tipo de conexión con el espectador la serie está abocada al fracaso. La peculiaridad está, empero, en que el rol interpretado por Spacey no tiene nada de positivo. Sus actos son egoístas, ambiciosos y punibles. Sus intrigas son capaces de derrocar gobiernos o de destruir relaciones de décadas. Quizá la mejor frase que le define es la que él mismo dice en esta temporada: “La democracia está sobrevalorada. He llegado a la Vicepresidencia sin haber recibido ni un solo voto”. Nada hay, por tanto, que nos haga identificarnos con él. Y sin embargo, con cada capítulo su figura se agranda, la admiración crece y la preocupación por él aumenta a medida que se ve más acorralado. ¿El motivo? Una definición del personaje impecable, capaz de explicar todo con apenas una mirada. No es necesario ni siquiera que mantenga un diálogo. Su forma de entender las relaciones humanas y políticas es lo que más fascina. Eso y la mujer que tiene por esposa.

Detrás de todo gran hombre…

… siempre hay una gran mujer. Un dicho que encaja como un guante. Durante los primeros episodios de la serie la labor de Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas) ya se asentó la idea de que su rol de mujer de Congresista no era más que una fachada, una suerte de excusa para desarrollar un personaje mucho más complejo, profundo e influyente. Lo que la segunda temporada de House of cards ha revelado es un ser que iguala, al menos, a su compañero de intrigas en lo que a inteligencia y amenaza se refiere. Puede que su rol no actúe tan directamente como el de Spacey, pero precisamente en esa idea reside el magnetismo de la labor de Wright, quien al igual que su compañero es capaz de contar toda una historia con una sencilla mirada.

La trama secundaria protagonizada por ella, que se entremezcla constantemente con la principal (se podría decir que evolucionan de forma paralela) protagoniza algunos de los momentos más interesantes de toda la temporada. Como decimos, no necesita de acciones directas o de confrontaciones cara a cara. Su forma de influir en los demás, incluyendo el personaje de Spacey, la convierten en el rol más peligroso de toda la ficción. Su relación con la mujer del Presidente, su manipulación de los hechos para hundir carreras políticas y militares, o su estrategia para vilipendiar su antiguo romance con un fotógrafo son solo algunos de los ejemplos más llamativos. Por no hablar del trío protagonizado por la pareja y un miembro de su equipo de seguridad, algo que por inesperado e increíble deja sin palabras incluso una vez terminada la serie.

Al final, como también se comenta en esta temporada, “se sale con la suya”. El protagonista de esta espléndida serie es capaz de adaptarse a cualquier situación, a cualquier eventualidad. Es capaz de proponer traiciones dentro de su propio partido para, a continuación, aparecer como el único apoyo de importantes cargos de la Administración. Sus pasos siempre están orientados en una misma dirección, y aunque pueda parecer lo contrario, nunca se salen de la ruta. Ni siquiera ante un rival tan directo y poderoso como el interpretado por Gerald McRaney (El equipo A), un empresario que se revela como la verdadera némesis de un personaje que, en su ambición y su falta de compasión, no había tenido un rival digno hasta este momento.

House of cards ha dado un salto cualitativo en esta segunda temporada. No solo mantiene todos los elementos que la definieron en su primera temporada, sino que hace evolucionar a los personajes a través de situaciones límite que ponen a prueba sus convicciones, revelando aspectos de su personalidad desconocidos e impactantes. Es cierto que exige del espectador una atención especial a los diálogos y al tablero de juego que es la Casa Blanca, sobre todo por la cantidad de personajes que aparecen, pero la recompensa por el esfuerzo merece la pena. Merece mucho la pena. Ahora solo queda esperar a ver cómo evoluciona todo en la próxima temporada. Aunque una cosa está clara: Frank Underwood no caerá sin luchar.

Primera temporada de ‘House of cards’, guía política para profanos


Kevin Spacey, Robin Wright y Michael Kelly son los principales protagonistas de 'House of cards'.Si nos paramos a pensar en los pros y los contras de cualquier producción de corte político uno de los temas recurrentes suele ser la complejidad de sus tramas, que se mueven en un entorno donde las intenciones suelen estar ocultas bajo rostros y palabras amables, y donde los personajes relevantes se multiplican de forma exponencial a medida que pasan los minutos. Tal vez por eso la serie estadounidense House of cards, nueva versión de la novela de Lord Dobbs que ya fue adaptada a la pequeña pantalla británica en 1990, resulta tan reveladora. Su frío y parco estilo visual no solo concuerda con ese mundo trajeado y encorbatado, sino que aporta a la serie el tono perfecto para poner en imágenes unas formas de pensar y de actuar tan frías, tan calculadoras, que por momentos inquieta la falta de humanidad existente en sus personajes.

Unos personajes, por cierto, que se convierten en el pilar fundamental de esta trama que sigue al congresista Frank Underwood, pieza clave en el partido demócrata y en el Congreso, en su personal venganza contra aquellos que le prometieron un alto cargo en la Casa Blanca sin que dicha promesa se llegara a cumplir. Más allá del protagonista, interpretado por un sensacional Kevin Spacey (American Beauty), lo que de verdad sostiene este castillo de naipes (que sería la traducción al español del título original) son las intrincadas tramas protagonizadas por los secundarios. La complejidad de, por ejemplo, la mujer del congresista (Robin Wright), la de su asesor (Michael Kelly) o incluso la de la reportera a la que utiliza (Kate Mara) aportan a las intrigas palaciegas un interés añadido por cuanto tienen de amenaza para los intereses del protagonista.

Los cursos sobre escritura de guión suelen comenzar la teoría asegurando que lo importante es el tema, y que este debe ser resumido en una frase. En el caso de esta primera temporada, que consta de 13 episodios, dicha trama se puede resumir incluso en una palabra, pronunciada además por el protagonista: venganza. Tan directo y tan claro como eso. El problema podría residir en que, como suele ocurrir en el thriller político, es un tema demasiado manido. ¿Dónde reside, pues, la originalidad? En su forma de interactuar con el espectador. Del mismo modo que hacía la versión de los años 90 del siglo pasado, el personaje de Spacey hace cómplice al espectador de todas sus decisiones a través de una interlocución directa a la cámara.

La serie convierte así al público en confesor y testigo de todos los pasos que se toman en las cañerías de la política, como también se menciona en esta producción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y producida por, entre otros, David Fincher (Seven). Y no solo eso. Gracias a este recurso tan poco ortodoxo en este tipo de producciones (en realidad, en la mayoría de ellas) cualquiera que no esté versado en el funcionamiento interno de la política puede comprender de forma aproximada cómo se mueven los intereses, los favores y las conspiraciones en un mundo que se antoja casi irreal. De hecho, podría ser una fantasía si no fuese por el hecho de que todas las decisiones, todas las medidas adoptadas, poseen un aura de veracidad tal que convierte el desarrollo del arco dramático principal en prácticamente una radiografía de este mundo. Desde luego, existen pocas concesiones a la ficción más pura, y muchas de ellas suelen ir encaminadas a reforzar al protagonista como un hombre capaz de cualquier cosa por obtener lo que considera legítimamente suyo.

Un tipo serio

No dejaré pasar más tiempo sin hablar del protagonista. Al igual que ocurría con la serie Boss, el personaje principal absorbe por completo la trama, los personajes y hasta la música. Su presencia es, sencillamente, apabullante. La forma que tiene de afrontar los problemas, amén de otras situaciones como su relación extramatrimonial con la periodista, le definen mucho más que sus propios objetivos. Es evidente que no sirve cualquier actor para dar vida a un ser tan complejo que es capaz de mantener un matrimonio casi como si de un acuerdo empresarial se tratara. Y tras ver los 13 episodios, da la sensación de que no podía ser otro que Spacey. Decir que nació para este papel sería exagerar y una falta de respeto al resto de su trabajo, pero sin duda hace una labor extremadamente detallista. Por momentos amado, por momentos odiado y otras veces comprendido, tal vez lo más interesante de este congresista es que en ningún momento engaña a la audiencia, de ahí la complicidad.

Empero, no es este un personaje invulnerable. Ni mucho menos. Estos primeros 13 episodios dan una idea de la cantidad de dificultades a las que debe enfrentarse para alcanzar su objetivo. De hecho, uno de los mayores aciertos de la trama es presentar al personaje como el hombre más inteligente del Capitolio para luego descubrir que toda su previsión sirve de poco cuando los secundarios adquieren vida propia y toman decisiones no solo ajenas a la trama principal, sino deliberadamente opuestas. Esta crisis del héroe es, posiblemente, el punto más débil de este primer arco argumental. Los ataques que recibe desde varias direcciones quedan resueltos con firmeza y coherencia, pero se mueven en terrenos algo irreales, o si se prefiere, menos reales que lo que se había expuesto hasta entonces.

A pesar de eso, no desencaja del conjunto, y eso es en buena medida gracias a las constantes muestras del carácter firme y arrollador que presenta el protagonista y que permite hacer creíble lo poco creíble. En realidad, todo se reduce a eso, al protagonista. Da igual lo mucho o poco que sepamos de su pasado (al que se dedica un capítulo entero, por cierto); da igual si sus acciones están más o menos justificadas. Lo que queda, lo que realmente permanece en la mente del espectador, es la idea de un hombre que consigue lo que quiere. Y es que, como se asevera en la trama, el poder no proviene del dinero, sino de cuántas almas tiene uno en su poder. El personaje de Spacey logra apoderarse de todas las de los espectadores.

House of cards podría pasar por otra serie más sobre política, pero eso sería despreciar muchas de sus virtudes, por no decir todas. La serie es un reflejo de las relaciones que se establecen en torno al poder. Unas relaciones en las que no cabe la amistad, el amor o la comprensión. Lo único que vale es el poder, la influencia y la manipulación. Algunos personajes de esta primera temporada no logran entenderlo, con su consecuente final fatal; otros logran evolucionar hasta creer que lo dominan; y otros, simplemente, nacieron para ello. La partida de ajedrez no ha hecho más que comenzar, y la anunciada segunda temporada augura muchos frentes abiertos para ese animal político llamado Frank Underwood. La duda no está en si llegará a caer. Lo que hay que preguntarse es qué se perderá por el camino para hacerle caer.

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