‘Blade Runner 2049’: el milagro de los replicantes


El dicho ‘Segundas partes nunca fueron buenas’ suele basarse en la idea de que, para una continuación, lo que se requiere es potenciar todo aquello que llamó la atención en la primera parte. Y por regla general esto se traduce en más acción, más efectos y, en resumen, más ruido. Pero hay ocasiones en que un director es capaz de ver más allá, de comprender bien una historia y completarla con otra igualmente interesante sin hundirla en el lodo de los intereses comerciales. Y ese director, en esta ocasión, es Denis Villeneuve (Enemy).

Su visión de esta Blade Runner 2049 es sencillamente brillante. Sin grandes alardes visuales, el realizador aprovecha el mundo creado por Ridley Scott allá por 1982 para potenciar al máximo el tono sombrío, frío y carente de contacto humano del primer film. Visualmente fascinante, la cinta ahonda aún más en ese mundo donde humanos y replantes conviven sin que, en el fondo, existan grandes diferencias entre ellos, ni siquiera emocionales. Con todo, Villeneuve es capaz de aportar su particular visión en momentos clave, ofreciendo eso tan difícil que es el toque personal en una continuación con vida propia al tiempo que respeta la estética tan exclusiva del original.

Con todo, el envoltorio no es lo único destacable. La historia de esta continuación, por definirla de algún modo, es totalmente independiente, con una estructura narrativa similar al original pero capaz de subsistir sin necesidad de conocer la primera historia. Su trama, aunque toma referentes del clásico de la ciencia ficción, explora sus propios dramas y su propia intriga para ofrecer al espectador un relato ágil, cargado de reflexión moral y social, con giros argumentales brillantes y unas pocas secuencias de acción perfectamente integradas en este viaje de autodescubrimiento del protagonista, que muchos compararán con el papel que tuvo Harrison Ford (Morning Glory) pero que, personalmente, creo que también tiene mucho, sobre todo en su tramo final, del rol de Rutger Hauer (El rito). Y eso sin hablar de un reparto más que notable en su conjunto.

Dicho esto, habrá quien se pregunta si es necesaria una continuación de Blade Runner. La respuesta, evidentemente, es no. Pero esa no es la cuestión. Blade Runner 2049 es una obra tan atemporal como el original, tan independiente, fuerte, con carga filosófica, sociológica y moral como su predecesora. No es una secuela, es una ampliación del universo creado hace ya tantos años. Y bajo este prisma es una obra notable, inmensa en algunos momentos. Villeneuve no solo se confirma como uno de los mejores directores actuales, sino que demuestra que es posible abrir el abanico de este universo futurista. No voy a decir que estemos ante un clásico moderno o una obra maestra, básicamente porque no crea nada nuevo ni revolucionario, pero desde luego debería ser un referente actual de cómo hacer cine. Buen cine.

Nota: 8,5/10

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El nuevo ‘Blade Runner’ persigue ‘La montaña entre nosotros’


La ciencia ficción se adueña este fin de semana de la cartelera española. Aunque es cierto que hoy viernes, 6 de octubre, son varias y muy variadas las propuestas que llegan a las salas de cine, lo cierto es que solo una de ellas parece acaparar todas las miradas, ya sea por la expectación que genera la secuela de un clásico inapelable de la ciencia ficción, ya sea por las propias características de la película. En cualquier caso, octubre comienza con una mirada al futuro.

Un futuro que lleva por título Blade Runner 2049, secuela del film de 1982 dirigido por Ridley Scott (Marte) y cuya trama transcurre 30 años después de los acontecimientos del primer film. El argumento arranca cuando un blade runner desentierra un secreto que puede convertir en caos el orden establecido. Su búsqueda de ayuda le llevará a encontrar a Rick Deckard, un blade runner que desapareció hace 30 años. Dirigida por Denis Villeneuve (La llegada), la cinta está protagonizada por Ryan Gosling (La La Land. La ciudad de las estrellas), Harrison Ford (Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza), Robin Wright (Wonder Woman), Dave Bautista (Guardianes de la galaxia vol. 2), Ana de Armas (Juego de armas), Machenzie Davis (Siempre amigas) y Jared Leto (Escuadrón suicida).

De Estados Unidos en exclusiva llega La montaña entre nosotros, drama con dosis de aventura y acción basado en la novela de Charles Martin y que dirige Hany Abu-Assad (Idol). El argumento gira en torno a dos desconocidos que, tras un accidentado viaje en avión, quedan atrapados en medio de una montaña cubierta de nieve. Cuando comprenden que nadie va a acudir en su ayuda emprenden un peligroso viaje por un paraje inhóspito y desconocido que creará una inesperada atracción entre ambos. Idris Elba (La Torre Oscura) y Kate Winslet (Belleza oculta) conforman la pareja protagonista, a los que acompañan Dermot Mulroney (Noche de venganza), Beau Bridges (serie Masters of sex) y Marci T. House (serie iZombie).

La fantasía y el drama se dan cita en La cabaña, producción estadounidense basada en el libro de William P. Young, Wayne Jacobsen y Brad Cummings y cuya historia arranca cuando un hombre que ha caído en una profunda depresión tras sufrir una tragedia familiar recibe una carta misteriosa en la que alguien le cita en una cabaña. Aceptar esa invitación no solo le cambiará la vida, sino que le obligará a enfrentarse a la tragedia y a verla desde otro punto de vista. Stuart Hazeldine (Exam) se pone tras las cámaras, mientras que Sam Worthington (Hasta el último hombre), Octavia Spencer (Figuras ocultas), Radha Mitchell (La oscuridad), Tim McGraw (Tomorrowland: El mundo del mañana) y Graham Greene (Unnatural) son los principales actores.

Desde Estados Unidos también llega Tu mejor amigo, comedia dramática de corte familiar que adapta la novela de W. Bruce Cameron cuya trama se centra en un perro que busca un sentido a su vida a través de los diferentes dueños que tiene. Dirigida por Lasse Hallström (Un viaje de diez metros), la película está protagonizada por Dennis Quaid (La verdad), Britt Robertson (El viaje más largo), Luke Kirby (serie Rectify), Josh Gad (Pixels), K.J. Apa (serie Riverdale), John Ortiz (Kong: La Isla Calavera), Gabrielle Rose (Mi amigo el gigante) y Juliet Rylance (serie The knick).

El principal estreno español de la semana es la comedia Toc toc, cinta dirigida por Vicente Villanueva (Lo contrario al amor) que traslada a la gran pantalla la obra homónima de Laurent Baffie en la que un grupo de personas diagnosticadas con TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) coincide en la sala de espera de su psiquiatra. Cuando este se retrasa y todos tienen que convivir no solo con sus manías y trastornos, sino con los de los demás, el caos se desata. Paco León (Embarazados), Alexandra Jiménez (100 metros), Rossy de Palma (Señor, dame paciencia), Oscar Martínez (El ciudadano ilustre), Adrián Lastra (Noctem) e Irma Cuevas (serie Vis a vis) encabezan el reparto.

Muy diferente es Morir, drama español que se centra en la vida de una joven pareja que debe hacer frente a su futuro y a la fortaleza de su amor cuando a él le diagnostican una grave enfermedad. Fernando Franco (La herida) es el director y uno de los guionistas de esta cinta protagonizada por Marian Álvarez (La niebla y la doncella), Andrés Gertrúdix (Que Dios nos perdone), Íñigo Aranburu (El guardián invisible) y Eduardo Rejón.

Entre el resto de estrenos europeos tenemos El jardín de Jeannette, adaptación de la novela de Guy de Maupassant ambientada en 1819, cuando una joven llena de sueños e inocencia regresa a su casa tras acabar sus estudios escolares en un convento. Es entonces cuando se casa con un vizconde que rápidamente se muestra como un hombre miserable e infiel, destruyendo poco a poco las ilusiones de la joven. Dirigida por Stéphane Brizé (No estoy hecho para ser amado), esta cinta franco belga cuenta en su reparto con Judith Chemla (Una dulce mentira), Jean-Pierre Darroussin (Golpe de calor), Yolanda Moreau (La infancia de un líder), Swann Arlaud (Baden Baden), Nina Meurisse (Las sillas musicales) y Olivier Perrier (Voy a ser mamá).

Con capital argentino y español se presenta El último traje, drama escrito y dirigido por Pablo Solarz (Juntos para siempre) que narra la búsqueda de un judío para encontrar a un amigo que también consiguió salir vivo de un campo de exterminio nazi. Entre los principales actores encontramos a Miguel Ángel Solá (El corredor nocturno), Ángela Molina (Murieron por encima de sus posibilidades), Martín Piroyansky (Permitidos), Natalia Verbeke (Las chicas de la sexta planta) y Julia Beerhold (Westfalia).

El último de los estrenos de ficción, que además llega el jueves día 5, es la japonesa Museum, film de 2016 que adapta el manga de Ryôsuke Tomo en el que un detective de la policía de Tokio debe investigar un asesinato desconcertante. La víctima ha sido brutalmente torturada, y junto al cadáver solo hay una nota que avanza que no será el único crimen. Comienza así una persecución a un asesino que parece atacar solo cuando llueve y que cubre su rostro con una máscara de una rana. Thriller y terror se mezclan en este film dirigido por Keishi Ohtomo (Kenshin, el guerrero samurai) y protagonizado por Masatô Ibu (Kuroshitsuji), Mikako Ichikawa (Shin Godzilla), Tomomi Maruyama (Nana 2) y Shûhei Nombra (Birigyaru).

En lo que a documental se refiere, Una verdad muy incómoda: Ahora o nunca es la secuela del documental de 2006 que, en esta ocasión, se centra en los cambios de la revolución energética y sus consecuencias. Bonni Cohen y Jon Shenk (Audrie & Daisy) son sus directores.

‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

‘Wonder Woman’: La mujer maravilla


Feminismos aparte, la adaptación a la gran pantalla de la superheroína de DC Cómics se ha convertido en todo un fenómeno por algo tan sencillo y a la vez tan difícil como ofrecer un entretenimiento puro y duro sin caer en el infantilismo ni en el absurdo del espectáculo. Es evidente que la fortaleza del personaje principal marca una diferencia fundamental, pero lo realmente relevante de la nueva película de Patty Jenkins (Monster) es su capacidad para construir un relato redondo, con un equilibrio perfecto entre humor, aventura y acción, y con un desarrollo de personajes, al menos de los principales, lo suficientemente profundo como para que resulten sólidos o, al menos, entrañables.

Y esto convierte a Wonder Woman en una de las mejores películas de este nuevo universo cinematográfico que está empezando a nacer. La cinta ofrece un relato sustentado en un personaje único, una mujer en un mundo de hombres capaz no solo de demostrar que no es la chica que tiene que ser salvada, sino que es capaz de superarles en todo. Y a pesar de los consabidos superpoderes, estos quedan relegados a un segundo plano (al menos hasta la parte final del film) en favor del tratamiento de los personajes, de sus relaciones y de la sociedad en la que se desarrolla la acción. Esto permite jugar en todo momento con el humor y la ironía que generan la inocencia inicial de la protagonista en un mundo recién descubierto. Por supuesto, a todo esto se suman unas secuencias de acción tan espectaculares como cabría esperar, que beben casi en su mayoría (y tal vez demasiado) del gusto de Zack Snyder, cerebro de este universo superheróico (no en vano, es autor de esta historia), por la cámara lenta.

El mayor problema de la cinta es, sin duda, sus necesarias concesiones dramáticas, que rompen un desarrollo bien construido y que provocan algunas secuencias cuanto menos forzadas para poder hacer avanzar la acción en el sentido deseado. Ya sea la relación romántica entre los protagonistas, el poco tratamiento de los villanos o el modo en que el personaje de Gal Gadot (Las apariencias engañan) se enfrenta a algunas situaciones, lo cierto es que estas debilidades narrativas no llegan nunca a eclipsar el espléndido resultado final, y aunque pueden generar cierta desconexión en la historia, en ningún caso afectan tanto como para ser lo más recordado de esta aventura que, esperemos, siente las bases de un futuro esperanzador.

En definitiva, Wonder Woman no deja de ser una espectacular cinta de aventura y acción, con sus dosis de humor y sus momentos dramáticos. Dicho de otro modo, una peli de superhéroes. Pero en esa categoría, y después de tantos años, se puede distinguir entre las mediocres y las producciones más completas, y la cinta de Jenkins pertenece a esta segunda categoría. Y como suele ser habitual, esto es así porque huye de forma casi sistemática de los efectos especiales sin sentido para centrarse en los personajes, en construir una historia con un trasfondo moral en el que los protagonistas afronten retos personales con forma de enemigo externo. El hecho de conocer poco a poco el origen de la protagonista aporta un plus de dramatismo que, aunque pueda intuirse, se mantiene de forma más o menos secreta durante casi todo el metraje. Lograr eso en una película de estas características ya es todo un reto. Y sí, que se convierta en un modelo a seguir por las niñas, con los defectos que se le pueden encontrar, debería ser suficiente para alabar esta cinta.

Nota: 8/10

‘Wonder Woman’ salva el mundo y ‘La casa de la esperanza’


Todavía queda un último viernes de junio, pero en cierto modo este fin de semana marca el final de un mes marcado por los blockbusters (o intentos de ello) que habitualmente copan las salas en esta época del año. Y lo hace porque llega a España el que posiblemente sea el estreno más esperado de los últimos meses, no solo por la historia sino por las críticas y comentarios recibidos. Prueba de su relevancia es que, aunque llegan otras novedades, este viernes día 23 no contempla títulos que puedan competir en atractivo para un público mayoritario.

Hablamos, cómo no, de Wonder Woman, aventura en solitario de la superheroína de DC Cómics que ya tuvo presencia en Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia. La historia aborda los orígenes del personaje, cuando la princesa de las Amazonas se entrena para convertirse en una guerrera invencible. Todo cambia al encontrar a un piloto norteamericano que se ha estrellado en la costa de su isla, y quien pide ayuda para luchar en una guerra que afecta a todo el planeta: la I Guerra Mundial. Será entonces cuando la princesa opte por salir al mundo, descubrir sus poderes y evitar que el mal se extienda. Patty Jenkins (Monster) es la encargada de poner en imágenes esta cinta de fantasía, aventuras y acción en la que Gal Gadot (Triple 9) vuelve a encarnar al personaje. El reparto se completa con Chris Pine (Comanchería), Robin Wright (serie House of cards), Connie Nielsen (Las confesiones), David Thewlis (Regresión), Elena Anaya (Infiltrado), Lucy Davis (Bob Funk) y Danny Huston (Big Eyes), entre otros.

Estados Unidos, junto a Reino Unido y la República Checa, también produce La casa de la esperanza, drama biográfico basado en la novela de Diane Ackerman y cuya acción transcurre en Polonia en 1939. La trama se centra en una pareja que, durante la II Guerra Mundial, lucha por salvar a los animales del Zoo de Varsovia tras la invasión alemana. Dirigida por Niki Caro (En tierra de hombres), la cinta está protagonizada por Jessica Chastain (El caso Sloane), Daniel Brühl (Capitán América: Civil War), Johan Heldenbergh (Alabama Monroe), Michael McElhatton (serie Juego de tronos) e Ido Goldberg (serie Mob city).

El drama biográfico tiene otro representante en Maudie: El color de la vida, film dirigido por Aisling Walsh (Los niños de San Judas) sobre una mujer con artritis reumatoide desde su infancia que anhela, más que nada, abandonar la protección de su familia y convertirse en artista. Y el primer paso para lograrlo lo da cuando encuentra un trabajo como empleada del hogar en casa de un huraño pescador. Sally Hawkins (Blue Jasmine), Ethan Hawke (El valle de la venganza), Kari Matchett (The riverbank), Gabrielle Rose (The devout), Zachary Bennett (Quédate conmigo) y Billy MacLellan (serie Defiance) encabezan el reparto de esta producción irlandesa y canadiense.

Entrando de lleno en las novedades europeas, destaca Hermanos del viento, aventura familiar con dosis de drama con capital austríaco y en la que colabora España. Dirigida a cuatro manos por Gerardo Olivares (La gran final) y Otmar Penker, quien de este modo debuta en esta función. La historia se centra en la relación entre un niño y una cría de águila. El primero carga con el peso de la muerte de su madre, que murió asesinada cuando trataba de rescatar al joven recién nacido, por lo que sufre a manos de su padre; el animal fue arrojado del nido por otro polluelo, siendo salvado por el joven. Juntos crecen, pero cuando llega el momento de soltar al pájaro, el muchacho debe afrontar la posibilidad de liberarse de una carga que no es la suya. Entre los actores destacan Jean Reno (En la mente del asesino), Manuel Camacho (Entrelobos), Tobias Moretti (El valle oscuro) y Eva Kuen (Bergblut).

La producción nacional cuenta con dos representantes. Por un lado, La película de nuestra vida, ópera prima de Enrique Baró, quien escribe y dirige esta comedia centrada en varias vidas que narran las vivencias del propio director a través de películas, canciones y emoción. El limitado reparto está integrado por Teodoro Baró, Francesc Garrido (La ignorancia de la sangre) y Nao Albet (Incidencias).

Por otro, la comedia Selfie, comedia que narra las andanzas de un joven desde que deja su lujosa vida hasta que la realidad le golpea duramente. Todo porque su padre, ministro del gobierno, ha sido detenido por la policía acusado de 18 delitos económicos. A partir de este punto, el mundo que el joven conocía se derrumba, y pasará de sus lujos y su mundo perfecto a acudir a Podemos, acudir en busca de ayuda a trabajadores sociales o vivir en barrios sin lujos. Lo que no parece que vaya a ocurrir es que aprenda de esta experiencia. Escrita y dirigida por Víctor García León (Más pena que Gloria), la película cuenta entre sus actores con Javier Caramiñana, Macarena Sanz (Las furias), Santiago Alverú, Alicia Rubio (Tarde para la ira) y Pepe Ocio (El regreso de Elías Urquijo).

Alemania y Bélgica producen Robbi y Tobbi y el viaje fantástico, aventura familiar con toques de comedia que adapta el libro de Boy Lornsen centrado en la amistad poco usual entre un niño y un robot. Ambos construirán, para una de sus aventuras, el vehículo perfecto, capaz de viajar por tierra, mar y aire. Wolfgang Groos (Las hermanas vampiras) dirige esta propuesta protagonizada por Arsseni Bultmann (Der Nanny), Ralph Caspers (Erik of het klein insectenboek), Melina Mardini, Alexandra Maria Lara (Suite francesa) y Jonah Rausch (serie Weinberg).

Terminamos el repaso con la aventura bélica Tubelight, cinta india dirigida por Kabir Khan (Phantom) y ambientada en 1962. La trama se centra en un joven que vive una tranquila vida ajeno a los males del mundo gracias a un hermano mayor que le protege, pero que también le hace tener una visión ingenua del mundo. Su vida se desmorona cuando su protector hermano es llamado a filas para luchar en la frontera indo-china, dejándole solo. A medida que el conflicto se recrudece, el miedo por su seguridad en pleno conflicto aumenta, por lo que decide salir de su seguro entorno y detener el conflicto para poder traer de vuelta a su hermano. El reparto está encabezado por Salman Khan (Sultan), Shah Rukh Khan (Dilwale), Sohail Khan (Kisaan) y Zhu Zhu (El hombre de los puños de hierro).

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

‘Everest’: competir contra la montaña sale caro


Jake Gyllenhaal y Jason Clarke son dos de los protagonistas de 'Everest'.Puede parecer que el género del alpinismo cinematográfico es algo nuevo, pero en realidad es tan antiguo como el propio séptimo arte. Digo esto porque, después de cintas que han desvirtuado en cierto modo el espíritu de superación y de sufrimiento de este tipo de historias, la nueva película de Baltasar Kormákur (Las marismas) recupera en cierto modo ese espíritu con una historia real que, incluso con algunas debilidades, es capaz de clavar en el asiento hasta al más pintado.

Y lo hace con una herramienta de lo más sencilla: la humildad del relato. Viendo el reparto y la espectacularidad de su fotografía podría llegar a pensarse que estamos ante una superproducción del hombre contra la montaña en la que, con el héroe de turno, los buenos alcanzan su objetivo y los malos son castigados por justicia divina. Y sí, hay imágenes sobrecogedoras. Y desde luego, del reparto poco se puede decir salvo para halagar su labor. Pero todo ello funciona gracias a una visión sincera, próxima a los personajes y alejada de heroicidades de andar por casa o de dualidades entre bondad y maldad. En realidad, el relato se vértebra a través de la humanidad de unos hombres con un deseo, y de cómo dicha humanidad debe dejarse a un lado en un entorno tan hostil si se quiere sobrevivir.

Me imagino que no seré el único que, tras sufrir con los minutos finales del film, reflexione acerca de por qué ocurre lo que ocurre. Pero como todo en la vida, son varias las causas, y muchas, muchísimas, las variables que juegan un papel determinante. Ese es uno de los atractivos de este drama que en ningún momento trata de juzgar a sus personajes, sino que los refleja tal y como son en una circunstancia extraordinaria. Esa claridad de ideas, esa sensación de luchar contra algo que está más allá del alcance del hombre, es lo que dota de fuerza al film, y que permite a la historia sobreponerse a sus huecos narrativos, la mayoría relacionados con el trasfondo de los personajes.

Hay muchos detalles que captan la atención del espectador en Everest. Pero al final es la historia, la sencillez de unos hombres que se ayudan entre ellos sin convertirse en héroes, y sobre todo la falta de dramatismo lacrimógeno o de heroísmo innecesario, lo que convierte a la película en un relato tenso, capaz de angustiar ante un destino inexorable y que sabe manejar los tiempos con soltura, centrando el grueso de su tiempo en lo realmente importante. Puede que esto vaya en detrimento de un mayor estudio de los personajes, pero lo cierto es que tampoco es demasiado necesario. Al final, son hombres luchando contra una montaña. Y esa competición no entiende de pasados, solo del precio a pagar en el presente.

Nota: 7,5/10

La 3ª T de ‘House of cards’ entrelaza matrimonio, ambición y poder


Las relaciones entre Estados Unidos y Rusia adquieren protagonismo en la tercera temporada de 'House of cards'.Después del final que tuvo la segunda temporada de House of cards parecía evidente que algo tenía que cambiar. No porque sea una mala serie, al contrario. Más bien, la anterior etapa fue tan buena que marcó un antes y un después en la serie, hasta el extremo de que su conclusión ponía punto final a las ambiciones que siempre se habían asociado al matrimonio Underwood. La expectación reside, por tanto, en descubrir si estos nuevos 13 episodios son capaces de mantener una historia de la complejidad y el atractivo de esta. Y habrá quien considere que ha sido mediocre; habrá quienes crean que es tan brillante como las anteriores. Sea cual sea la opinión, la clave hay que hallarla en la pareja formada por Kevin Spacey (Margin call) y Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas), sin duda los grandes pilares de la serie.

Porque si algo tiene de diferente esta nueva entrega de la serie es que centra buena parte de su desarrollo dramático en explorar los conflictos, los deseos y el pasado del matrimonio protagonista, y cómo una relación nutrida por la ambición puede llegar a dinamitarse una vez se han cumplido los objetivos. En este sentido, el arco que protagoniza la trama principal (que nadie se engañe, esta temporada ha sido de ellos en exclusiva; el resto han sido complementos) se revela como uno de los más complejos e interesantes de toda la ficción, sobre todo porque sabe beber de lo desarrollado en las etapas anteriores para generar un proceso plagado de giros dramáticos que deriva en un clímax tan simple como determinante.

Es más, a diferencia de lo que ocurre en otras temporadas, esta nueva etapa de House of cards simplemente ha cambiado las reglas del juego. Habrá que esperar a la cuarta temporada para descubrir el camino que toman sus responsables dramáticamente hablando, pero lo que está claro es que la situación no va a volver a ser la misma. Esto evidencia algo que puede pasarse por alto: que la evolución de los personajes es profunda, compleja y sin retorno posible, lo que convierte a la trama en algo más que un simple recorrido por los problemas de gobernar la Casa Blanca.

El tratamiento dado a la relación, nutrido por las numerosas tramas secundarias y el recurso (bendito recurso) de convertir al espectador en cómplice de las maquinaciones del rol de Spacey, es simplemente brillante. Todos y cada uno de los pasos que da la serie está planteado para separar las posiciones iniciales hasta hacerlas casi incompatibles. Por supuesto, esto encuentra su reflejo en un fenómeno que aparentemente no tiene relación, pero que está íntimamente conectado. Hasta ahora, los seguidores de la serie estaban acostumbrados a comprobar cómo Frank Underwood lograba el éxito en todas sus maquinaciones. Decir que todo sale mal en esta temporada sería quedarse corto.

La Rusia de V. P.

El ejemplo más evidente de que ambos conceptos, matrimonio y gobierno, están relacionados reside en los últimos minutos del episodio final de House of cards, cuando la única victoria que logra el personaje de Spacey no es compartida por el de Wright. Una victoria pírrica cuyo coste todavía no se ha llegado a atisbar. Es cierto que la temporada no ha contado con tantos momentos inolvidables como tuvo la segunda, e incluso la primera. Pero si algo ha dejado en la retina es esa crítica feroz, ácida y descarada al presidente de Rusia, Vladimír Putin.

De hecho, la relación entre Estados Unidos y Rusia centra buena parte del desarrollo dramático de la serie, con un tira y afloja en escenarios tan variados como el despacho oval o la ONU. El morbo, claro está, reside en apreciar los matices de unos diálogos en los que se palpa la tensión sin demasiado esfuerzo debido al carácter de los personajes y su paralelismo en la vida real. Pero la sorpresa está en que los responsables de la serie no dudan en ningún momento en atacar el tipo de liderazgo de Putin, incluyendo referencia directa al conflicto con el grupo de música Pussy Riot, y tomando como referencia sendas fotografías del líder ruso con George Bush.

Ni siquiera el nombre varía demasiado. Viktor Petrov (V. P.) alcanza su máxima expresión gracias a Lars Mikkelsen (serie Forbrydelsen), quien más allá de la caracterización crea un personaje casi tan indeseable como el propio Underwood. Sus duelos dialécticos, la frialdad en su trato o la dureza de las negociaciones es, desde un punto de vista puramente dramático, de lo mejor que ha dado la serie, demostrando que no solo se puede criticar el funcionamiento político de Norteamérica. Es más, los altibajos de esta relación van de la mano de los conflictos internacionales a los que se enfrenta el protagonista y de los problemas maritales que se gestan poco a poco en el seno de la Casa Blanca.

Una conexión que revela el que posiblemente sea el punto fuerte de la serie. House of cards es capaz de entrelazar todos y cada uno de sus aspectos para convertir las diferentes tramas en un único ser, en un único arco dramático que acompañe al espectador por los entresijos de la política y las relaciones personales. Si el Presidente de los Estados Unidos se enfrenta a una crisis internacional se debe, en buena medida, a las exigencias de su matrimonio. Y si el matrimonio se rompe, la causa hay que buscarla en la soledad del gobernante. Todos y cada uno de los elementos se nutre del resto, pero también los alimenta, creando un ser orgánico que evoluciona y reacciona de forma natural. Personalmente creo que ha sido una buena temporada, tal vez no a la altura de las anteriores pero indudablemente brillante.

‘El hombre más buscado’: espiando a los espías por un bien personal


Philip Seymour Hoffman y Robin Wright en un momento de 'El hombre más buscado', de Anton Corbijn.John le Carré, afamado novelista de intriga y espionaje, está en la base de lo nuevo de Anton Corbijn (El americano) como director, y eso es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de abordar el que es el último film de Philip Seymour Hoffman (Cold Mountain) como actor protagonista. Si alguien espera una especie de caza al terrorista en el que buenos y malos jueguen una partida por ver quién gana a quién, mejor que abandone la sala antes de que se apaguen las luces. Eso sí, perdería la ocasión de ver un thriller frío y calculado cuyo final es inclasificable.

Una frialdad que no solo se palpa en los diálogos, sino en el tratamiento que Corbijn le da a la trama, con una paleta cromática opaca, con predominancia de grises y una iluminación dura. Gracias a eso y a una planificación sobria y al mismo tiempo hermosa, el director sumerge al espectador en una intriga donde el mayor peligro no es tanto el potencial atentado que se trata de impedir, sino las relaciones institucionales entre los diferentes poderes del espionaje que se dan cita en el film y que, de un modo u otro, tratan de ponerse una medalla en su trayectoria profesional. Una crítica, en definitiva, a la lucha de poderes que no hace sino entorpecer la lucha contra el terrorismo, y da una idea de las verdaderas intenciones de los gobiernos implicados.

Pero para lograr transmitir esta idea de competencia se requería de un reparto sin fisuras, algo que consigue con creces. Decir que Hoffman vuelve a demostrar lo mucho que va a notar el cine su ausencia sería repetitivo, casi tanto como reconocer la labor de Willem Dafoe (A woman) o Robin Wright (Dos madres perfectas), esta última reduciendo su presencia al mínimo y, con todo, siendo determinante. En realidad, el descubrimiento lleva por nombre Grigoriy Dobrygin (Black Lighting: Rayo negro), quien en todo momento logra transmitir el trauma al que ha sido sometido durante años.

El principal problema de El hombre más buscado es su ritmo, algo pausado. La insistencia de sus responsables en ahondar en las consecuencias y emociones durante varios segmentos del metraje lleva al film a un desarrollo intermitente, dando la sensación de que el suspense en la investigación no avanza. Empero, su resolución, tan impactante como simple, evidencia el verdadero sentido de la película, dando sentido al conjunto y permitiendo que todo, desde los actores hasta la iluminación, adquieran un mejor y mayor significado.

Nota: 7/10

Drama, thriller y comedia acaparan los estrenos de la semana


Estrenos 12septiembre2014Hasta 11 estrenos llegan hoy, viernes 12 de septiembre, a las carteleras españolas. 11 novedades entre las que no se cuentan, por primera vez en varias semanas, grandes títulos capaces de atraer a un amplio espectro de espectadores, enfocadas la mayoría a sectores muy concretos. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que esta semana no tenga interés. Más bien es al contrario. Un experimento audiovisual casi sin precedentes y una de las últimas películas de uno de los mejores actores de los últimos años son algunas de las bazas que presentan los estrenos de esta semana.

Doce años. Eso es lo que ha tardado Richard Linklater, director de la trilogía compuesta por Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013), en rodar su nuevo proyecto, Boyhood (Momentos de una vida), un drama familiar que gira en torno al proceso de madurez de un niño cuyos padres están separados. El motivo no es otro que ver al joven protagonista crecer ante la cámara en un ejercicio cinematográfico pocas veces visto en una pantalla. El director condensa todo ese tiempo en casi tres horas de metraje en las que los conflictos románticos, familiares y sociales irán dando forma al joven protagonista. Ellar Coltrane (Fast food nation) fue el elegido para pasar de niño a adulto ante la cámara, mientras que Patricia Arquette (serie Boardwalk Empire) y Ethan Hawke (The purge: La noche de las bestias) dan vida a sus padres. El reparto se completa con Lorelei Linklater, Steven Chester (Pineapple) y Elijah Smith.

La otra importante propuesta de la semana es El hombre más buscado, thriller co producido entre Estados Unidos, Alemania y Reino Unido que adapta la novela homónima de John LeCarré. La trama se centra en un juego de intereses y de espionaje establecido entre un sin papeles checheno en Hamburgo, del que se sospecha que puede ser un terrorista islamista, y los servicios de inteligencia que tratan de capturarle. Durante su huída el hombre contactará con un banquero de dudosa reputación, algo en lo que tendrá un papel fundamental una joven abogada. Escrita y dirigida por Anton Corbijn (El americano), la película cuenta con un reparto notable en el que destacan Philip Seymour Hoffman (The master), Rachel McAdams (Una cuestión de tiempo), Robin Wright (serie House of cards), Willem Dafoe (El gran hotel Budapest), Daniel Brühl (Rush), Grigoriy Dobrygin (Atomnyy Ivan) y Nina Hoss (Barbara).

El último de los estrenos que cuenta con capital norteamericano es Ojalá estuviera aquí, comedia dramática dirigida y protagonizada por Zach Braff (Algo en común), quien por cierto también participa en la escritura del guión. Su argumento aborda la difícil situación que vive un padre de familia y los malabares que debe realizar para mantener su mundo en orden. Por un lado, su mujer debe mantenerles a todos con un salario mínimo; por otro, descubre que su padre está gravemente enfermo y arruinado; y por si fuera poco, su hermano complica las relaciones familiares. En el reparto, además de Braff, encontramos un puñado de rostros más o menos conocidos, como son Josh Gad (Los becarios), Ashley Greene (Crepúsculo), Kate Hudson (Algo prestado), Joey King (Asalto al poder), Mandy Patinkin (serie Homeland) y Jim Parsons (serie The Big Bang theory).

Alemania y Reino Unido, junto con Francia, también están tras la comedia Les doy un año, ópera prima de Dan Mazer, creador de personajes como Borat (2006) o Bruno (2009). La trama arranca cuando una pareja cuya química y atracción son innegables deciden ir un paso más allá y casarse, desoyendo los consejos de amigos y familiares. Consejos que ahondan en las irremediables diferencias que existen entre ellos y que saldrán a la superficie a medida que pasen los meses. Producida en 2013, la película cuenta con un reparto internacional en el que destacan los nombres de Rose Byrne (Insidious), Rafe Spall (La vida de Pi), Anna Faris (El dictador), Simon Baker (serie El mentalista), Stephen Merchant (Carta blanca), Minnie Driver (Betty Anne Waters), Jane Asher (Un funeral de muerte) y Jason Flemyng (Grandes esperanzas).

Otro de los nuevos títulos europeos es la francesa Mea culpa, nuevo thriller de acción dirigido por Fred Cavayé (Cuenta atrás) que en esta ocasión se centra en un policía retirado después de que, estando borracho, provocara un terrible accidente de tráfico. Como consecuencia de ello su familia se rompe y la relación con su antiguo compañero desaparece, pero su pasado, con sus luces y sus sombras, regresará cuando su familia sea puesta en peligro. Vincent Lindon (Los canallas) y Gilles Lellouche (Los infieles) forman la pareja protagonista, acompañados en esta ocasión por Nadine Labaki (Caramel), Gilles Cohen (20 años no importan) y Max Baissette de Malglaive (22 balas) como principales secundarios.

También desde Francia llega Antes del frío invierno, intenso drama en el que una pareja felizmente casada desde hace varios años ve cómo su estabilidad y todo lo que han construido se tambalea cuando ella empieza a recibir ramos de rosas y él conoce a una joven. Escrita y dirigida por Philippe Claudel (Silencio de amor), el reparto está encabezado por Daniel Auteuil (Marius), Kristin Scott Thomas (En la casa), Leïla Bekhti (La fuente de las mujeres), Richard Berry (La cliente) y Vicky Krieps (Hanna).

Pasamos ahora a las novedades españolas. Una de ellas es el thriller dramático Tres mentiras, debut en el largometraje de ficción de Ana Murugarren. La historia se centra en la investigación de una madre coraje que está decidida a desvelar las actividades que se realizaron en las primeras décadas de la democracia en un piso de Bilbao, donde se daba cobijo a jóvenes madres solteras pero sus hijos entraban en un sucio negocio. Nora Navas (Dictado), Mikel Losada (El cazador de dragones), Marta Castellote (La cueva), Lander Otaola (La buena hija) y Carmen San Esteban (Hoy no se fía, mañana sí) son los principales actores.

España y Argentina producen Betibú, thriller centrado en la investigación que lleva a cabo una prestigiosa escritora argentina sobre la muerte de un importante empresario en un barrio de las afueras de Buenos Aires. A medida que se implica más y más en el misterioso asesinato la escritora descubre que su muerte es solo la primera de una cadena de crímenes que no ha hecho más que empezar. Basado en la novela de Claudia Piñeiro, el film está dirigido por Miguel Cohan (Sin retorno), y cuenta con Mercedes Morán (Luna de Avellaneda), Daniel Fanego (Todos tenemos un plan), Alberto Ammann (Tesis sobre un homicidio), José Coronado (No habrá paz para los malvados), Marina Bellati (serie Los únicos) y Norman Briski (No somos animales) en su reparto.

Y desde el pasado miércoles algunas salas de España proyectan Cuinant, ópera prima de Marc Fàbregas que aborda en clave de comedia dramática los sentimientos y secretos que guarda una pareja, y que afloran cuando ambos tienen que cocinar para un grupo de invitados poco deseados. Chus Pereiro (Atrocious) y Miquel Sitjar (A la deriva) son sus protagonistas.

La alternativa animada del fin de semana es Lifi, una gallina tocada del ala, producción de Corea del Sur de 2011 que narra las aventuras de una gallina después de escapar de la granja en la jaula en la que estaba. Durante su viaje conocerá a una pareja de patos y a una comadreja. Cuando los primeros mueran a manos de la segunda la gallina deberá hacerse cargo de la pequeña cría de la pareja. Basada en la novela de Seonmi Hwang, la película supone el debut en el largometraje de Oh Seong-yun, y cuenta con las voces en la versión original de Moon So-ri (En otro país), Yoo Seung Ho (Hearty paws), Choi Min-sik (Lucy) y Park Cheol-min (No breathing) entre otros.

Finalizamos el repaso con un documental español que combina drama y biografía a partes iguales. Se trata de Gabor, cuya trama se centra en los intentos del debutante director en el largometraje, Sebastián Alfie, de abordar la ceguera en el altiplano boliviano. En este proceso conoce al director de fotografía que da nombre al film, un hombre que ha viajado por todo el mundo y que quedó ciego hace 1o años. Se inicia así una relación que llevará al documental a centrar su atención en la vida y el trabajo de este fotógrafo ciego.

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