‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

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‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

2ª T de ‘House of cards’, ambición sin límites por ostentar el poder


Kevin Spacey y Robin Wright asaltan la Casa Blanca en la segunda temporada de 'House of cards'.Magnífica, espectacular, inquietante, sublime. Y así podría rellenarse un amplio artículo periódico. Si la primera temporada de House of cards fue espléndida, su continuación es sencillamente imprescindible. Sí, supera con creces lo visto en los primeros 13 episodios, en los que el espectador, todo sea dicho, debía ser introducido en un mundo de corrupción, intrigas políticas y anhelos personales. Eso tal vez, y solo tal vez, pudo provocar que la pareja protagonista se mostrara algo más comedida en sus estrategias. Muchos tal vez no estén de acuerdo con ese análisis, pero una vez vista la segunda temporada hay que rendirse a la evidencia. La obra adaptada por Beau Willimon (Los idus de marzo) ha evolucionado hacia una radicalización salvaje, violenta y despiadada que, y esto es lo más atractivo de todo, obliga a mantener los ojos pegados a la pantalla.

Y es que no hay nada peor que acorralar a una fiera, sea del tipo que sea. A lo largo de los 13 capítulos que conforman esta nueva entrega el espectador asiste a una lucha sin cuartel entre un empresario y el protagonista, ahora convertido en Vicepresidente de los Estados Unidos. Una lucha de poder y de influencia política que, por primera vez desde que comienza la serie, pone contra las cuerdas a un animal político pocas veces visto en una pantalla, ya sea grande o pequeña. Evidentemente, la serie no se limita únicamente a afrontar esa línea argumental, desarrollando de forma bastante completa otras tramas secundarias que influyen de un modo u otro en el devenir del drama. La inteligencia de los diálogos, la sutileza de muchas de las decisiones y la frialdad emocional y formal, características todas ellas vistas en la primera entrega, adquieren un mayor significado en esta continuación, entre otras cosas porque contrastan, y de qué modo, con algunos momentos de acción en los que el personaje de Kevin Spacey (Seven) se mancha las manos.

Es este un aspecto sumamente importante para comprender la evolución de House of cards y del personaje, que adquiere una grandeza inmensa gracias a la labor de Spacey. Aquellos que todavía no hayan tenido oportunidad de empezar el primer episodio, un consejo: hay que esperar lo inesperado. Lo normal es que una serie en sus inicios de temporada se tome su tiempo en iniciar la trama. Hay que reubicar a los personajes, presentar las novedades, explicar brevemente cuál es el arco argumental, … Nada de esto existe en este primer episodios. Willimon, en una apuesta arriesgada y genial, opta por forzar al espectador a recordar cómo terminó todo en la anterior temporada para entrar de lleno en una trama que se va desvelando a medida que avanza. Incluso se permite el lujo de jugar con el espectador al dar a entender que uno de los pilares formales de la serie, las confidencias del protagonista a cámara, desaparecen de escena. Nada más lejos. El modo en que retoma esa “tradición” tras un acontecimiento tan brutal como impactante deja claro que esta nueva temporada no va a dar tregua.

Resulta curioso comprobar cómo un personaje tan censurable termina convirtiéndose en el mayor atractivo de toda la ficción. Esto puede parecer un absurdo, pues si el protagonista no tiene algún tipo de conexión con el espectador la serie está abocada al fracaso. La peculiaridad está, empero, en que el rol interpretado por Spacey no tiene nada de positivo. Sus actos son egoístas, ambiciosos y punibles. Sus intrigas son capaces de derrocar gobiernos o de destruir relaciones de décadas. Quizá la mejor frase que le define es la que él mismo dice en esta temporada: “La democracia está sobrevalorada. He llegado a la Vicepresidencia sin haber recibido ni un solo voto”. Nada hay, por tanto, que nos haga identificarnos con él. Y sin embargo, con cada capítulo su figura se agranda, la admiración crece y la preocupación por él aumenta a medida que se ve más acorralado. ¿El motivo? Una definición del personaje impecable, capaz de explicar todo con apenas una mirada. No es necesario ni siquiera que mantenga un diálogo. Su forma de entender las relaciones humanas y políticas es lo que más fascina. Eso y la mujer que tiene por esposa.

Detrás de todo gran hombre…

… siempre hay una gran mujer. Un dicho que encaja como un guante. Durante los primeros episodios de la serie la labor de Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas) ya se asentó la idea de que su rol de mujer de Congresista no era más que una fachada, una suerte de excusa para desarrollar un personaje mucho más complejo, profundo e influyente. Lo que la segunda temporada de House of cards ha revelado es un ser que iguala, al menos, a su compañero de intrigas en lo que a inteligencia y amenaza se refiere. Puede que su rol no actúe tan directamente como el de Spacey, pero precisamente en esa idea reside el magnetismo de la labor de Wright, quien al igual que su compañero es capaz de contar toda una historia con una sencilla mirada.

La trama secundaria protagonizada por ella, que se entremezcla constantemente con la principal (se podría decir que evolucionan de forma paralela) protagoniza algunos de los momentos más interesantes de toda la temporada. Como decimos, no necesita de acciones directas o de confrontaciones cara a cara. Su forma de influir en los demás, incluyendo el personaje de Spacey, la convierten en el rol más peligroso de toda la ficción. Su relación con la mujer del Presidente, su manipulación de los hechos para hundir carreras políticas y militares, o su estrategia para vilipendiar su antiguo romance con un fotógrafo son solo algunos de los ejemplos más llamativos. Por no hablar del trío protagonizado por la pareja y un miembro de su equipo de seguridad, algo que por inesperado e increíble deja sin palabras incluso una vez terminada la serie.

Al final, como también se comenta en esta temporada, “se sale con la suya”. El protagonista de esta espléndida serie es capaz de adaptarse a cualquier situación, a cualquier eventualidad. Es capaz de proponer traiciones dentro de su propio partido para, a continuación, aparecer como el único apoyo de importantes cargos de la Administración. Sus pasos siempre están orientados en una misma dirección, y aunque pueda parecer lo contrario, nunca se salen de la ruta. Ni siquiera ante un rival tan directo y poderoso como el interpretado por Gerald McRaney (El equipo A), un empresario que se revela como la verdadera némesis de un personaje que, en su ambición y su falta de compasión, no había tenido un rival digno hasta este momento.

House of cards ha dado un salto cualitativo en esta segunda temporada. No solo mantiene todos los elementos que la definieron en su primera temporada, sino que hace evolucionar a los personajes a través de situaciones límite que ponen a prueba sus convicciones, revelando aspectos de su personalidad desconocidos e impactantes. Es cierto que exige del espectador una atención especial a los diálogos y al tablero de juego que es la Casa Blanca, sobre todo por la cantidad de personajes que aparecen, pero la recompensa por el esfuerzo merece la pena. Merece mucho la pena. Ahora solo queda esperar a ver cómo evoluciona todo en la próxima temporada. Aunque una cosa está clara: Frank Underwood no caerá sin luchar.

Segunda T. de ‘The Newsroom’, un único clímax para varios relatos


Un momento de la segunda temporada de 'The Newsroom'.Superar las primeras partes de cualquier saga, sea una serie de películas o una serie de temporadas, suele estar al alcance única y exclusivamente de unos pocos. No es que aquello de “segundas partes nunca fueron buenas” sea dogma de fe, sino que por regla general es difícil, muy difícil, superar lo planteado en el original y, además, responder a las expectativas creadas. Uno de esos pocos capaces de conseguirlo es Aaron Sorkin (Moneyball: rompiendo las reglas), quien en la segunda temporada de The Newsroom engrandece el resultado de la primera parte ofreciendo más y mejor de lo mismo, o lo que es lo mismo, enfrentando a sus personajes a situaciones mucho más complejas y moralmente comprometidas. Todo para evidenciar lo que, a su juicio, debería ser la profesión periodística.

Estos nuevos 9 episodios cuentan, como ya es seña de identidad de la serie, con acontecimientos verídicos como trasfondo de los problemas personales de sus protagonistas, aunque introduce nuevos matices: la presencia de historias periodísticas no reales o, al menos, no acontecidas de ese modo. Todo el arco argumental que nutre la segunda temporada desde su inicio hasta su final es en realidad una dramatización de un hecho similar ocurrido en la CNN en los años 90, cuando tuvo que retractarse por una falsa información que acusaba al gobierno de Estados Unidos de actos similares a los de la serie. Un arco argumental, por cierto, que sirve a Sorkin para aportar dos lecciones en dos campos muy diferentes. Por un lado, el periodístico, en el que viene a confirmar la idea de que un periodista nunca debe afrontar su profesión influenciado por su propia ideología, sea ésta la que sea.

Pero por otro, y es este el aspecto que más nos interesa ahora mismo, es una clase espléndida de cómo jugar narrativamente con los tiempos de un relato audiovisual. A lo largo de todos los episodios la acción es un constante flashback en el que, a través de entrevistas, se recuerda lo ocurrido durante casi un año. Muchos pensarán que el uso de texto sobreimprimido en la pantalla ayuda a seguir la acción, pero ahí reside precisamente una de las lecciones de guión que aporta Aaron Sorkin. En esta nueva temporada de The Newsroom apenas hay reseñas temporales. La mayoría de las guías que tiene el espectador para seguir la acción se hallan en los magistrales diálogos y en las constantes referencias a lo ocurrido anteriormente, generando una sinergia que fluye sin interrupción hasta ese plano final del último episodio que posee una fuerte carga simbólica que, a su vez, convierte en una especie de ciclo todo lo acontecido en la primera y la segunda temporada.

Ya lo he comentado en numerosas ocasiones. Un guión del autor de El ala oeste de la Casa Blanca es una obra que debe ser analizada por cualquier guionista que se inicie en la escritura. No por sus diálogos, que evidentemente han creado un estilo único y personal, sino por su forma de planificar todos y cada uno de los hechos para que confluyan en una única idea, en un único momento que provoque el clímax esperado y deseado. En una palabra, crear un guión acorde a las expectativas generadas. Puede parecer simple, pero no lo es. Y para muestra un botón. Los dos últimos episodios, un díptico sobre las elecciones norteamericanas de 2012 (una excusa como otra cualquiera para exponer sus ideales sobre demócratas y republicanos), poseen una fuerza que surge de todo lo acontecido anteriormente, de todas las tensiones y confrontaciones ocurridas entre los personajes. Todo, desde detalles tan insignificantes como la cobertura de una campaña política hasta la anécdota del libro firmado erróneamente en alemán, confluye en una secuencia que podría calificarse como épica, en la que el ritmo aumenta hasta hacer insoportable la mezcla de sentimientos.

Esa forma de manipular los tiempos, de ofrecer un trasfondo sólido y coherente a todas las decisiones tomadas en cuestión de minutos, es lo que convierte a ese capítulo 9 de esta segunda temporada en uno de los mejores de la serie, y posiblemente en uno de los mejores escritos para televisión. Y es lo que, por cierto, convierte al creador de The Newsroom en el referente en el que se ha convertido con apenas una decena de obras escritas. Incluso aunque exista una cierta irregularidad al inicio de la temporada en la que la historia no parecía avanzar en sus tramas secundarias y que, según el propio Sorkin, se debía a un bloqueo creativo. Esto, flaquezas incluidas, no es resultado únicamente de planificación dramática. Buena parte del éxito lo tiene la ejemplar definición de personajes que realiza y, como siempre, los inteligentes diálogos y largos discursos que contiene la serie. Algo que, por cierto, se contradice bastante con lo que cualquier manual suele recomendar.

¿Es relevante la ideología?

No he mencionado el reparto hasta ahora, y en realidad no merece mucho la pena analizarlo en profundidad, principalmente porque el nivel interpretativo es tan alto que habría que dedicar un texto en exclusiva para ellos. Destacar, eso sí, a Jeff Daniels (Aracnofobia), quien conseguía este año el Emmy al Mejor Actor. Viendo su labor en estos nuevos episodios es fácil comprender porqué. El actor logra transmitir con apenas unas miradas todas las emociones que chocan en su interior, amén de aportar un cierto tono irónico a sus discursos que, más que quitar hierro a determinados temas, lo que hace es poner un acento aún más destacado sobre ellos. Por poner dos ejemplos, la última mirada a cámara del episodio 5, indescriptible, en la que se desvela el lado más personal de su personaje; y su defensa de lo que debería ser el ideario republicano del último episodio, una sabia reflexión sobre el camino por el que nos llevan los extremismos.

Esto me lleva a otro gran aspecto en The Newsroom: la clara inclinación demócrata de Aaron Sorkin. Muchos de los detractores de su obra se apoyan en la idea de que sus guiones, más allá de discursos interminables o de personajes deliberadamente idealistas (no termino de ver el problema siempre y cuando se haga bien), rezuman por los cuatro costados de las hojas una clara ideología de izquierdas o, por ser políticamente correctos, progresista. Evidentemente, en una serie sobre lo que debería ser el periodismo no puede faltar esto. Sí, incluso los personajes abiertamente republicanos poseen una ideología algo demócrata o, por volver a ser políticamente correctos, de centro. Y sí, la visión que arroja sobre determinados aspectos del periodismo es a la par realista e idealista (una cosa es lo que ocurre y otra lo que debería ocurrir). En este aspecto, nada que reprochar.

Pero la pregunta es, precisamente, la que se hace más arriba. ¿Es relevante todo este contenido ideológico? Relevante para el producto audiovisual que se ofrece, claro está. Dejando a un lado posiciones políticas, aspiraciones sociales y demás conceptos morales superiores, la respuesta debería ser no. En realidad, da igual que defiendan una forma de entender periodismo o una forma de hacer política. Lo importante aquí es cómo se presenta, cómo Sorkin es capaz de introducir al espectador en un mundo único en el que todo pasa en un suspiro, en el que apenas hay tiempo de sentarse a meditar. Pensándolo bien, no da igual. Porque sin ese idealismo, sin esa marcada posición ideológica, la serie carecería de buena parte de su grandeza. Es necesario poner a los personajes en unas posiciones inflexibles para poder exponer claramente las ideas. Lo que da igual es si son de un color o de otro. El mundo, en el fondo, funciona así. La realidad es multicolor, pero el ser humano tiende a catalogarlo todo como blanco o negro. La genialidad en este caso es saber plasmarlo en un guión.

La segunda temporada de The Newsroom es, en definitiva, más y mejor. Si la primera temporada ofrecía una visión más o menos idealizada del funcionamiento de una redacción, esta nueva entrega revela algo más los entresijos periodísticos de una noticia importante fraguada a lo largo de meses. El hecho de que su resultado no sea el esperado permite, además, exponer ideas como la veracidad o la credibilidad. Aunque lo relevante, al menos desde un punto de vista cinematográfico, es la forma que tiene el creador de la serie de conducir todo lo ocurrido en 9 capítulos a un único momento, a un único clímax en el que no solo se dan solución a los conflictos (algunos, por cierto, con un sentido del humor muy característico), sino que plantea escenarios futuros (nuevas parejas, nuevos traumas, nuevos retos) y, gracias a ese plano final tan sencillo y al mismo tiempo cargado de significado, nuevas noticias que ofrecer.

Primera temporada de ‘The Newsroom’, la actualidad según Sorkin


Imagen promocional de 'The Newsroom'.Después de guiones como el de La red social (2010) y, sobre todo, de una serie como El ala oeste de la Casa Blanca, no voy a ser yo quien trate de descubrir el genio detrás del nombre Aaron Sorkin. La fluidez de sus diálogos, algunas veces difíciles de seguir, y la solidez de sus personajes, sinceros con sus propias ideas hasta extremos pocas veces vistos, se han convertido en unas señas de identidad que reflejan un tipo de historias comprometidas, dinámicas y de una calidad que roza la perfección. He de confesar que no he podido disfrutar todo lo que me hubiera gustado de su serie sobre el Gobierno de Estados Unidos; tal vez sea por eso que el estreno de The Newsroom, su nuevo proyecto, se me antojó todo un evento de la pequeña pantalla. Por eso, y por el mundo que refleja. Y lo cierto es que no ha cumplido las expectativas: las ha superado con creces.

Lo nuevo de Sorkin no solo es una obra de obligado visionado para cualquier amante del mundo audiovisual, sino que es un producto único en su esencia. Entretiene como el que más; emociona como pocas series lo logran hoy en día; y educa, sobre todo a las nuevas generaciones del periodismo. En efecto, su trama sigue las relaciones de los diferentes miembros de una redacción de noticias en un canal de pago en Estados Unidos y, como es habitual en su creador, este microcosmos sirve fundamentalmente para presentar todo un abanico de ideologías políticas y sociales que no hacen sino reflejar lo mejor y lo peor del ser humano en las situaciones más tensas de su cotidianidad, en esta ocasión la contrarreloj que siempre es realizar un producto diario en directo.

Por lo que me toca como periodista, hay que reconocer que el trabajo de documentación es sencillamente perfecto. La dinámica de trabajo, la velocidad de las decisiones ante situaciones límite, o los conflictos laborales que siempre surgen en este tipo de equipos quedan dibujados de forma clara y veraz por la mano maestra del guionista de Algunos hombres buenos (1992), lo que aporta un aroma de credibilidad fácil de identificar para cualquier espectador, tenga nociones de periodismo o no. Pero este pilar sobre el que se asienta la serie es una constante en el trabajo de Aaron Sorkin, por lo que… ¿lo único novedoso es que transcurre en una redacción? Bueno, no. El otro factor interesante y que realmente otorga ese carácter veraz es el uso en cada episodio (10 en total) de algún acontecimiento real.

Esta baza, que obliga al guionista a situar la acción un año atrás, genera en el espectador la sensación de revivir situaciones como el protagonismo del Tea Party o la muerte de Bin Laden, sin duda uno de los mejores episodios de toda esta primera temporada. Mención aparte merece el capítulo piloto, una auténtica obra maestra que merece la pena ser estudiada por guionistas, actores, directores y periodistas para comprender, cada uno en su área de especialización, cómo se perfila un buen trabajo.

Actores y sus personajes idealizados

Desde luego, considero The Newsroom una de las mejores series de televisión de los últimos tiempos. Su inteligencia, su mordacidad y el humor negro que caracteriza a Sorkin dan forma a unas historias conmovedoras, a veces dramáticas, pero siempre imprescindibles. Esto no impide, sin embargo, que no pueda ser criticada o, por lo menos, que no posea un cierto aire de falsa perfección en su fondo, sobre todo en los personajes principales, comparados en numerosas ocasiones con Don Quijote y Sancho Panza, no sin cierta razón.

En este punto es importante señalar la imprescindible labor del reparto al completo, desde un Jeff Daniels (Buenas noches, y buena suerte) que se come la pantalla en la piel de un republicano que no duda en atacar a su partido cuando defiende cosas indefendibles, hasta secundarios como Olivia Munn (Magic Mike) o Sam Waterston (Los gritos del silencio), pasando por una Emily Mortimer (Shutter Island) maravillosa en su antítesis del protagonista. Gracias a su trabajo, comedido aunque con un cierto toque histriónico que genera los momentos más cómicos de la temporada, la redacción de las noticias cobra vida y logra transmitir esa dinámica compleja de entender que se genera en el mundo de la información.

Pero como decía, este mundo informativo está idealizado. Lo que Sorkin plasma sobre el papel, y lo que se traslada a la pantalla, es una imagen poco fidedigna de lo que es el mundo de la política y el periodismo en líneas generales. Es, más bien, lo que debería ser. La prensa, bien escrita, bien audiovisual, debería ser un instrumento de denuncia y control del poder, no una herramienta de este para sus fines particulares. Este cambio, que se produce en el extraordinario piloto y se mantiene, no sin dificultades, a lo largo de los 10 episodios, es tal vez el factor más atractivo de la serie, por mucho que sea lo menos realista de la misma (al menos, en algunos de sus planteamientos).

Esto no impide, sin embargo, que The Newsroom no sea una serie disfrutable. Más bien al contrario. La serie se postula, al igual que la ya mencionada El ala oeste de la Casa Blanca, como un producto imprescindible para comprender el mundo político actual que rige la vida de todo el planeta (sí, más que nos pese, Estados Unidos sigue siendo imprescindible en el devenir del resto de países), capaz de aunar en un solo entorno, la redacción de una cadena de televisión, todos los aspectos de la sociedad actual, tanto positivos como negativos: política, nuevas tecnologías, intereses económicos, creencias morales y religiosas, … Lo mejor de todo es que Aaron Sorkin lo consigue con una naturalidad tan aparentemente sencilla que da la impresión de haber compartido con estos personajes todas las batallas de una vida. Y solo han sido 10 capítulos.

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