‘Orange is the new black’, reivindicación y denuncia en su 5ª T.


La evolución de Orange is the new black es cuanto menos interesante desde un punto de vista narrativo y de construcción de tramas. Lo que comenzó siendo una serie carcelaria de mujeres con una clara protagonista se ha convertido en una producción coral con muchos y atractivos personajes entre los que, curiosamente, se ha diluido por completo el personaje de Taylor Schilling (Noche infinita), con el que comenzó todo hace ya cinco temporadas. Y aunque en líneas generales siempre ha existido un tratamiento dramático con un trasfondo de denuncia social, en los 13 episodios de esta quinta etapa esa denuncia del sistema penitenciario y la reivindicación de los derechos de presos y presas es más acusado que nunca.

Y es que, con una historia concentrada en unos pocos días y con un motín como contexto narrativo, la creadora Jenji Kohan (serie Weeds) compone un universo en constante evolución en el que la tensión se nota en casi cada plano. Una tensión combinada con el ácido humor del que siempre ha hecho gala la serie pero que, en esta ocasión, dispara de forma indiscriminada contra cualquier personaje, tenga la condición que tenga. Así, los momentos más dramáticos, siempre en torno a la muerte del personaje que da pie al motín, se mezclan con situaciones de lo más irónicas y surrealistas, desde el secuestro de los rehenes y lo que hacen con ellos, hasta los problemas existentes entre los diferentes clanes dentro de la prisión. Este tratamiento cómico-dramático, al fin y al cabo presente durante toda la serie, genera algunos momentos sumamente divertidos a la par que preocupantes, manteniendo en definitiva el espíritu de esta producción.

Sin embargo, el carácter reivindicativo de Orange is the new black está mucho más presente, sobre todo en el tramo final de la temporada. Y lo está por muchos motivos. Más allá de la negociación entre presas y responsables de la penitenciaría, la serie pone el foco en diversos aspectos sociales que enriquecen el desarrollo de la historia como tal. Por un lado, el trato inhumano e insensible con el que se mantiene a las presas, no tanto por el poco espacio en el que conviven sino por la falta de tacto después de que una de ellas haya muerto aplastada por un guardia. Por otro, el hecho de que todo esté en manos privadas hace que solo interesen los beneficios, con el impacto que eso tiene en la vida entre rejas de estas mujeres. Pero es que además, y esto puede que sea más importante, se aprecia una falta de interés del sistema en reintegrar a estas personas. Los intentos de construir algo parecido a una sociedad dentro de la cárcel, en la que el intercambio entre productos fabricados por las presas sea la base del buen funcionamiento, se vienen abajo al no existir una integración real entre los diferentes grupos, lo que invita a pensar en las dificultades de reintegrarlas en la sociedad.

En este sentido, es interesante establecer el paralelismo entre los distintos comportamientos que se producen dentro de la prisión entre las internas, y cómo todos ellos derivan de un único acontecimiento en el que, eso sí, estuvieron todas unidas casi por primera vez en toda la serie. Desde aquellas que quieren evitar el conflicto a aquellas que quieren controlarlo; desde las presas que solo quieren paz en un rincón apartado hasta aquellas que provocan más y más caos. En este pequeño microcosmos están representados absolutamente todos los comportamientos, todos los modos de afrontar y aprovechar un motín como el que narra esta quinta temporada. Y tal vez sea por la falta de coordinación, o simplemente que era algo que tenía que pasar, pero lo cierto es que el desenlace es uno de los que más posibilidades de futuro ofrece a esta ficción si se sabe aprovechar.

Torre de Babel

Como mencionaba al comienzo, la desaparición del protagonismo de Schilling en la trama ha abierto las puertas a una verdadera “Torre de Babel” en la que varios personajes han ido asumiendo más y más peso dramático. Y si bien esto es algo positivo dado que la primera protagonista no es, ni de lejos, tan interesante como otros roles más o menos secundarios, también genera varios problemas narrativos que a lo largo de las cinco temporadas de Orange is the new black se han tratado de forma irregular.

En el caso de esta quinta etapa el tratamiento ha sido realmente interesante. A pesar de un ritmo intermitente, la trama se ha apoyado sobre los personajes más importantes, que han adquirido una mayor responsabilidad dramática y han salido airosos de la prueba. Asimismo, el hecho de que el argumento se haya desarrollado en varios núcleos claros en los que transcurre prácticamente toda la acción ayuda a ubicar tanto temporal como espacialmente el grueso de una trama mucho más condensada y con un objetivo más claro que el de temporadas anteriores. Todo ello conforma un arco argumental cuyo planteamiento, nudo y desenlace son más evidentes, más directos y, en cierto modo, más tradicionales de lo que esta serie nos tiene acostumbrados, lo cual no resta un ápice a la ironía ni al carácter de los personajes. Al contrario, los potencia, lo que debería hacer reflexionar sobre el rumbo que debe tomar la serie en lo que a tratamiento y estructura narrativa se refiere.

Y es que a diferencia de las anteriores temporadas, el hecho de desarrollar la trama en poco tiempo, siempre con un tema claro como telón de fondo y con la necesidad de encontrar una salida correcta al conflicto planteado, permite a su creadora centrar la atención y acotar la narrativa a las protagonistas de siempre, cuyas particularidades se potencian gracias a estas limitaciones espacio-temporales. Es evidente que la temporada puede tener (y de hecho tiene) altibajos de ritmo y de interés, sobre todo por la introducción de algunas tramas secundarias que, aunque divertidas, aportan poco al conjunto salvo definir algo mejor el universo de la serie. Pero con todo y con eso, la temporada se erige como una de las más completas.

De hecho, y aunque para gustos se hicieron los colores, esta quinta etapa de Orange is the new black posiblemente sea la más completa en lo que a contenido dramático se refiere. El acontecimiento que da lugar al motín, el desarrollo del mismo, los hitos dramáticos y los puntos de giro convierten a estos 13 capítulos en los más intensos de la serie. Tal vez no los mejores, pues parte de su tratamiento puede resultar algo caótico o irregular, pero sin duda los más complejos. Y su final, abierto como siempre pero con muchos más interrogantes, es la guinda perfecta de un pastel que ha cambiado su receta para tener un sabor más intenso. La duda que queda ahora es si esto tendrá una continuidad en el futuro o se volverá al caos resuelto en un puñado de episodios que venía siendo hasta ahora.

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‘Orange is the new black’ confirma su apuesta desordenada en la 4ª T.


Es justo reconocer que Orange is the new black ha sabido reinventar su fórmula para, con los mismos personajes y el mismo contexto dramático, convertirse en algo completamente diferente a lo que se planteó en su primera temporada. La llegada de la, en teoría, protagonista a la cárcel de mujeres ha dado paso a una ficción coral en la que cada vez más personajes tienen relevancia en la trama. Pero su cuarta temporada confirma otra idea que tal vez sea menos positiva, y es el hecho de que todos estos personajes provocan un errático avance argumental que puede jugar en contra de esta producción creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Ya ocurrió con la anterior temporada. Los 13 episodios que conforman esta cuarta etapa poseen el denominador común de no tener denominador común, salvo tal vez el hecho de transcurrir en una cárcel y la llegada de un grupo de guardias a cada cual más tirano. La ausencia de un desarrollo dramático con cierta continuidad de un episodio a otro provoca la sensación de estar ante una ficción sin un objetivo claro, sin una línea argumental que se nutra de otras secundarias y que el espectador pueda seguir de forma más o menos nítida.

El resultado más inmediato de esta apuesta por el caos que hace Kohan es la pérdida de interés. La cuarta temporada de Orange is the new black posee numerosas depresiones de ritmo y narrativas que invitan a desconectar demasiado a menudo de la trama principal, que existe escondida en un bosque de líneas argumentales secundarias. La falta de una conexión clara, unida a que algunos episodios se olvidan de conflictos planteados previamente solo porque hay que dar cabida a muchas historias, invita a perder el rastro de lo realmente importante, amén de que algunos personajes principales de anteriores etapas no hacen acto de presencia hasta bien entrada la temporada, lo que acentúa la sensación de desconexión con lo visto hasta ahora, sobre todo si no se recuerdan determinados detalles.

Todo ello, como digo, provoca un cierto vértigo y, en algunos casos, incluso hastío. Pero al igual que ocurriera en la anterior etapa, todo esto enmascara en realidad una línea argumental que resulta interesante si se observa con cierta distancia y de forma global. Y, como analizaremos a continuación, conduce a un final tan atractivo como complejo, tan significativo como indispensable para cambiar el futuro de la serie de un modo irrevocable. Es precisamente ese final el que revela que existe algo más que tramas secundarias unidas por los personajes, y es el que evidencia que tras todo el caos se esconde una historia profunda.

Drama, mucho drama

A pesar de las apariencias, y de que el humor ácido es una tónica habitual de la serie, Orange is the new black posiblemente haya alcanzado su techo dramático en esta cuarta temporada. Claro que con el episodio final se deja la puerta abierta a un tratamiento dramático mucho mayor, pero en líneas generales estos 13 capítulos se confirman como los más difíciles para los personajes protagonistas. Bandas raciales, torturas (entre presas y por parte de los vigilantes) e incluso una muerte son algunos de los hitos dramáticos de esta etapa. Muerte que, sin desvelar a quien afecta, debe ser entendida como un recurso narrativo necesario para dar un giro argumental a todo el planteamiento.

Incluso la pérdida de protagonismo del personaje de Taylor Schilling (Noche infinita) está mejor integrada en el conjunto de la serie, ya sea por el caos de tramas a su alrededor o porque ha encontrado su hueco entre tanto personaje mucho más interesante. Personalmente me decanto por la segunda opción. Sea como sea, lo cierto es que su falta de protagonismo (y de carisma en algunos casos) ha permitido a la trama centrarse en el pasado de muchos roles, continuando de este modo la estructura dramática que tanto define a esta ficción. Pero también ha permitido, y esto es más importante, abordar la evolución dramática de este amplio abanico de roles femeninos, lo que ha enriquecido notablemente la visión general de las relaciones entre personajes.

Vista en perspectiva, esta cuarta etapa confirma esa ausencia de una línea argumental única (o al menos principal) que se nutre de tramas secundarias. Más bien al contrario, cada historia de cada personaje tiene su importancia y camina de forma paralela al resto. Pero si algo diferencia a estos episodios es que esta estructura dramática se ha definido más y mejor, permitiendo apreciar un cierto sentido, aunque sea muy genérico, sobre lo que realmente aborda esta temporada. El problema es lo que se menciona al principio del párrafo: esto se aprecia con la perspectiva de haber superado los 13 capítulos. Durante ellos, y salvo el tramo final de la historia, puede resultar muy difícil seguir el hilo argumental, y por tanto mantener el interés.

Y aquí está la piedra angular de todos los problemas de Orange is the new black. A pesar de sus potentes personajes, a pesar de su valiente e inteligente tratamiento argumental, la serie tiene tantos y tan buenos personajes que darles a todos una cierta relevancia termina por difuminar en exceso lo que se quiere contar. Esto tiene difícil solución, pues al fin y al cabo es la esencia de la serie. Esta cuarta temporada demuestra que la ficción de Kohan ha alcanzado un delicado equilibrio que se rompe con demasiada facilidad. Dicho de otro modo, la serie puede resultar tediosa, pero siempre existen ciertos momentos de interés que se van agrandando conforme se llega a la resolución del arco dramático. Es algo que pasó en la tercera temporada y que aquí se acentúa. El final de esta etapa deja la puerta abierta a un cambio total, que según todas las informaciones se va a producir a nivel dramático y narrativo. Veremos, porque de no ser así puede ser consumida por su propia originalidad.

3ª T de ‘Orange is the new black’, estructura caótica para notable final


Taylor Schilling se hace con el control de un negocio ilegal en la tercera temporada de 'Orange is the new black'.Si algo hay que reconocerle a Orange is the new black es su capacidad para, a través de las historias y del pasado de todos sus personajes, componer un mosaico capaz de dar sentido a una temporada completa. La serie, desde su primera temporada, ha evolucionado hacia un formato más inconformista, menos tradicional y más coral, en el que la supuesta protagonista interpretada por Taylor Schilling (Argo) tiene una relevancia cada vez menor. El problema es que en esta tercera temporada el componente de unión entre todos los roles se pierde… o al menos eso parece.

Porque lo cierto es que esta etapa de 13 episodios en la serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) tiene una temática bastante más genérica que en las anteriores temporadas, aunque también algo más dispersa. Dicha temática, teniendo en cuenta el contexto de la trama, es de lo más simple: los anhelos de libertad de todos y cada uno de los personajes, incluyendo aquellos que deben vigilar a las presas. Es esta idea la que mueve no solo a los personajes entre las cuatro paredes y las rejas de la cárcel, sino en los flashbacks de su pasado. No en vano, todas y cada una de las historias elegidas tratan de abordar las necesidades de escapar, de huir de su propia realidad de las internas.

El problema es que ese objetivo queda desperdigado por la trama de Orange is the new black. Ante la falta de una protagonista sólida, el desarrollo dramático de la historia no tiene un foco capaz de guiar los acontecimientos, lo que da lugar a una sucesión de tramas secundarias que, es cierto, nutren muy bien la riqueza que presenta esta particular cárcel, pero que también son incapaces de aunar esfuerzos por abordar algo concreto, algo tangible. Prueba de ello es que los arcos dramáticos comienzan y acaban dentro de la propia temporada, algunos con una velocidad excesivamente alta.

Eso no es impedimento para que el final de la temporada sea, posiblemente, el mejor de toda la serie. Y es aquí donde hay que retomar la idea de libertad que subyace en todo el relato. Ese baño final en un lago es simbólico por dos motivos. Uno, por la frescura que transmiten las imágenes y por la sensación redentora de muchos de sus detalles, desde las dos amigas que se perdonan con una mirada a la felicidad de aquellas que peor parecen haberlo pasado. Pero el otro, tal vez más importante, radica en el hecho de que ninguna de ellas sienta el deseo de huir físicamente de la cárcel. Nadie intenta escapar, solo disfrutar de un momento de desasosiego que, además, contrasta con el cambio que se produce intramuros. Un paralelismo que abre las puertas a nuevos retos narrativos.

El detonante del personaje

Del mismo modo, hay que valorar positivamente la evolución del personaje de Schilling, que parece convertirse en aquello por lo que la encerraron en un primer momento. Ya sea por la evidente falta de carisma del personaje, o simplemente porque ha perdido interés con el paso de los episodios, el caso es que la transformación dramática que sufre en esta tercera temporada es algo a tener en cuenta. Es más, resulta interesante comprobar cómo es capaz de actuar cada vez con menos empatía, con una mentalidad de supervivencia que se lleva todo por delante.

En dicho cambio juega un papel primordial la incorporación del rol de Ruby Rose (Around the block), calculador como pocos y cuya participación en la jugada final de la protagonista supone un giro interesante no solo para la trama, que parece incorporar definitivamente un personaje tan atractivo como algo peligroso, sino para el propio personaje de Piper Chapman, cuyo ataque frontal definitivo parece eliminar todo tipo de inocencia para dejar exclusivamente a una mujer movida por el interés personal.

Sin duda, este proceso de cambio es lo más interesante de la tercera temporada, aunque hay que remarcar que se produce de forma intermitente, más o menos como el resto de tramas de los episodios. Con todo, la impresión final, una vez analizado el arco dramático general de la protagonista, es que se produce una separación notable del resto de roles. Dicho de otro modo, en ese proceso de transformación de Chapman se dejan atrás no solo las emociones, sino a las amigas y amantes. Ahora solo queda comprobar que dicho cambio genere frutos en las siguiente etapa.

Al final, Orange is the new black logra salvar los muebles en una tercera temporada que, aunque mantiene la estructura dramática de las anteriores, se vuelve algo más caótica, menos dirigida hacia un claro objetivo. Es cierto que la idea de libertad es el nexo de unión de todas las historias, pero es un concepto tan vago que no logra conformar un claro desarrollo. El final combinado de la historia protagonizada por Taylor Schilling y esa suerte de cierre coral de la búsqueda de la libertad logran generar la sensación de que esta etapa ha sido mejor de lo que realmente ha sido. Ahora bien, las bases del futuro ya está puestas. Habrá que ver si saben aprovecharlas.

‘Orange is the new black’ gana interés y pierde protagonista en su 2ª T


La rivalidad entre Kate Mulgrew y Lorraine Toussaint acapara la atención de la segunda temporada de 'Orange Is The New Black'.A primera vista, las diferencias entre una serie para televisión y una película cinematográfica son evidentes. Duración, formato, estructura narrativa e incluso los efectos visuales marcan las pautas más básicas, si bien este último aspecto cada vez es menos relevante. Pero existen otros aspectos tal vez menos evidentes que marcan distinciones fundamentales que, por diversos motivos, pueden pasarse por alto. Una de esas características propias es el protagonismo del producto, algo en lo que la segunda temporada de Orange is the new black tiene mucho que decir. Y es que a pesar de que la primera entrega fue un soplo de aire fresco por la temática abordada y los personajes presentados, estos nuevos 13 episodios han superado las expectativas gracias a un interés creciente en el microcosmos que conforma la cárcel de mujeres, dejando a un lado a la supuesta protagonista.

En efecto, la nueva temporada de la serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) abandona en cierto modo la línea argumental protagonizada por Taylor Schilling (Argo) para centrar todos sus esfuerzos en abordar las relaciones humanas de un grupo de presas que, de un modo u otro, están entre rejas por errores cometidos en lugar de por ser un peligro real y físico para la sociedad. La introducción de un nuevo y soberbio personaje, interpretado brillantemente por Lorraine Toussaint (El solista) confirma esta idea. La presencia de un rol verdaderamente maligno y superior en todos los aspectos a sus congéneres supone un factor desestabilizador en el equilibrio de las internas de esa cárcel, fundamentalmente porque en el tiempo que dura la temporada, apenas unos meses, es capaz de hacerse con el control de personas y negocios. Y como digo, todo ello sin contar con Schilling, dando un mayor protagonismo a Red, el personaje al que da vida Kate Mulgrew (Perception), y a “Ojos Locos”, papel por el que Uzo Aduba ha recibido un Emmy.

Sobre todo esta última. Desde que comenzó la serie su personaje ha sido uno de los pocos que son capaces de generar risa e inquietud a partes iguales. La capacidad de la actriz para transmitir no solo los bruscos cambios de ánimo del personaje, sino la complejidad psicológica de las ideas que pasan por su mente, es abrumadora. En este sentido, en esta segunda temporada de Orange is the new black logra alcanzar un peldaño más al apoyarse en el personaje de Toussaint y convertirse en un ser casi maquiavélico, leal hasta extremos inimaginables y violento cuando su jefa es atacada. La secuencia de la ducha en la que apalea a una “disidente” es, simple y llanamente, espeluznante y reveladora. De hecho, es posible que sea de lo mejor que tienen estos 13 capítulos. Pero más allá de este personaje, el desarrollo dramático de esta trama que nace como secundaria pero se convierte en principal es brillante en su uso de la sutileza moral. Puede que sea por eso que termina acaparando toda la atención posible.

Con todo esto la pregunta que cabe hacerse es: ¿y qué pasa con el personaje de Schilling? Pues más bien poco. Como decía al comienzo, esta ficción creada por Kohan es un buen ejemplo para comprobar que en televisión, si algo no funciona y se dan los elementos adecuados, el cambio es posible. Su personaje, justificación para introducir al espectador en ese mundo entre rejas, se desvanece notablemente a lo largo de la temporada, llegando incluso a ser una mera sombra en varios capítulos. Su trama, con el desarrollo de su relación amor/odio entre su amante lesbiana (una Laura Prepon –The kitchen– casi testimonial) y su ex novio (al que da vida el protagonista de American Pie, Jason Biggs), pierde buena parte del interés dramático que pudo tener en su primera temporada, convirtiéndose casi en una suerte de muletilla irónica que sirve de contraste para los demás problemas, muchos de ellos bastante más sólidos. Esto no quiere decir, claro está, que no tenga cierto protagonismo, sobre todo en los primeros compases de esta etapa, pero sin duda ha perdido mucha fuerza, en buena medida debido a la presencia del personaje interpretado por Toussaint.

A vueltas con el pasado

Esta segunda temporada de Orange is the new black mantiene intacta su estructura narrativa, aunque lo hace con menos variedad que en la temporada de su estreno. Por supuesto, la práctica totalidad de los episodios cuentan con una serie de flashbacks que ayudan a comprender a los personajes más allá de los motivos por los que ingresan en la cárcel. La obsesión del personaje de Yael Stone (West) o los problemas de acogida del rol interpretado por Danielle Brooks son solo algunos ejemplos. En relación con esto, una de las cosas más interesantes que incorporan estos nuevos capítulos es la reinterpretación de este concepto, ofreciendo al espectador un marco más amplio que nutre de forma indiscutible el crisol de personalidades que viven en ese recinto.

Y no hablo solo de las presas. Los responsables de la serie optan por una mayor introducción de los guardias que trabajan entre esos mismos barrotes, presentándoles fuera de su entorno para poder, de ese modo, definirlos de forma más precisa. Si durante la primera etapa fue el personaje de Michael Harney (serie True Detective) el que tuvo el peso en este sentido, en esta segunda parte es Nick Sandow (All roads lead), Joe Caputo en la ficción, el que toma el relevo. Su arco dramático, motivado por los deseos de prosperar y de hacer algo bien en una cárcel que se cae a pedazos, es el otro gran pilar sobre el que se asienta la temporada, permitiendo un desarrollo más profundo y algo más caricaturesco de este funcionario de prisiones al que todo parece salirle mal a pesar de sus buenas intenciones.

Aunque hablar sobre los vigilantes y no hacerlo del personaje de Pablo Schreiber (Los amos de Dogtown) puede ser poco menos que contradictorio. En realidad, este es uno de los pocos “peros” que se le puede poner a la segunda temporada. Su personaje, que abandonaba la cárcel al final de la primera temporada, tiene en esta una presencia mínima, solamente justificable como detonante de la evolución de alguna trama secundaria. Y es una lástima, pues tanto la labor del actor como la definición sobre el papel son de lo mejor que ha dado este producto en los dos años de vida que tiene. Y eso dentro de un cúmulo de personajes que, en líneas generales, son inolvidables. Su ausencia trata de disimularse con el resto de vigilantes, pero un hueco así es difícil de cubrir. La ironía y el desagrado que aportó en los primeros episodios desaparecen en esta nueva etapa, lo que a la larga dota al conjunto de otros aires, si no distintos al menos sí modificados.

Pero en conjunto, la segunda temporada de Orange is the new black confirma que lo visto en la primera etapa no fue un éxito fulgurante. Gracias a los elaborados personajes que pueblan la cárcel la serie ha sabido rearmarse para convertirse en una producción coral donde las historias de las presas tienen más interés y peso que la de la propia protagonista, quien por cierto sigue siendo de lo más débil del conjunto. La incorporación de nuevos personajes, además de enriquecer ese particular universo, ha hecho avanzar el carácter dramático de la obra creada por Jenji Kohan, dotándola de un tono irónicamente dramático mucho mayor. En este proceso de transformación, como es lógico, ha habido víctimas que se han quedado por el camino. Algunas son recuperables (caso del rol de Schreiber), pero todo apunta a que otras dejarán de existir definitivamente (caso de la vida previa de la protagonista). Sea cual sea el futuro, parece claro que si se sigue de este modo la tercera temperada consolidará la serie como una de las más frescas del panorama actual.

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