Un personaje, dos historias en la primera temporada de ‘The Son’


La serie que ahora nos ocupa, The Son, es posiblemente el caso más evidente en los últimos años de una producción dual, de una historia diferenciada en dos partes claras que, para colmo, generan un interés diferente y provocan, en definitiva, casi dos historias independientes unidas por un nexo en forma de protagonista. La primera temporada de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, realizada a cuatro manos por Brian McGreevy y Lee Shipman (serie Hemlock Grove), se convierte así en una producción compleja, en algunos momentos irregular pero con un potencial prometedor gracias, fundamentalmente, a ese atractivo personaje que es Eli McCullough.

Para aquellos que no hayan visto estos primeros 10 episodios, la trama se mueve a caballo entre la madurez y la adolescencia de un personaje marcado por la muerte de su familia a manos de los indios, que le secuestran primero como esclavo y que le aceptan luego como uno de los suyos. Décadas después, a comienzos del siglo XX, este joven convertido en un exitoso hombre de negocios busca agrandar su fortuna y la de su familia con el petróleo al sur de Texas, todo ello con una escalada de enfrentamientos con México como telón de fondo. Con este argumento como base, la trama se construye con constantes saltos de una época a otra que pretenden, al menos en teoría, buscar un paralelismo y una explicación a las decisiones y acciones del protagonista. Y curiosamente, la parte más interesante suele ser la de su adolescencia, que en principio está tratada como un mero apoyo dramático y narrativo.

Posiblemente se deba al hecho de que esa historia de la adolescencia de este personaje cuenta con muchos más aspectos dramáticos y conflictivos que la parte en la que es adulto, donde es interpretado por Pierce Brosnan (Mejor otro día). En efecto, el calvario que sufre el joven en esta primera temporada de The Son, primero como esclavo al que maltratan y luego como un miembro más de la tribu que no es aceptado por todos, le convierte casi sin querer en el foco de toda la atención del espectador. Y si a esto sumamos el proceso de integración que vive y las consecuencias dramáticas que eso conlleva, entre ellas enfrentarse a los que, en principio, son de su raza, lo que obtenemos es un relato complejo, cargado de matices emocionales y con múltiples lecturas que se enriquecen con los actos de la otra trama que sostiene a la serie.

Curiosamente debería de ser al revés. La trama en la que el protagonista es adulto, en principio, aprovecha los acontecimientos de su etapa adolescente para que el espectador entienda mejor sus motivaciones, sus miedos y sus reacciones. Y hasta cierto punto, así es. Con todo, el proceso inverso adquiere un mayor interés, es decir, la historia termina por generar una mayor interés en lo que ocurre en el pasado, que es complementado con los actos del presente. En este proceso de cambio que se da a lo largo de la primera temporada también influyen, y mucho, los secundarios que se dan cita en cada rama del argumento. Son mucho más atractivos, más profundos desde un punto de vista dramático, los miembros de la tribu, destacando los personajes de Zahn McClarnon (serie Fargo) y Elizabeth Frances (Ghost forest), que los roles que acompañan a Brosnan.

La locura del petróleo

Todo esto no quiere decir que la historia protagonizada por Pierce Brosnan no sea capaz de ofrecer nada en esta primera temporada de The Son. Al contrario, podría entenderse como un reflejo de las tensiones sociales, políticas y culturales que convivían en una época convulsa marcada por la locura del petróleo y la riqueza. Es más, el modo en que los guionistas funden los diferentes aspectos en esta parte de la trama resulta notable, toda vez que logran una progresión orgánica de la trama que explota al máximo las posibilidades dramáticas que establecen todos los secundarios que aparecen. De la lucha por el poder al juego político y judicial para robar tierras; de la guerra por intereses personales a los amores prohibidos y el racismo. La trama, en este sentido, crece a medida que las verdaderas intenciones de muchos personajes van saliendo a la luz, y eso es algo a destacar.

El problema de esta parte de los 10 capítulos es que los secundarios no quedan bien definidos, o al menos no al mismo nivel que la intensidad de la trama. Por ejemplo, los hijos del protagonista parecen dibujados con línea gruesa, tendiendo a convertirlos en arquetipos cuyas decisiones y reacciones a los acontecimientos se antojan previsibles. Algo parecido ocurre con la familia amiga/enemiga encabezada por Carlos Bardem (Assassin’s Creed). Su presencia en la trama es irregular, adquiriendo relevancia en algunos momentos y quedando casi relegada a un mero elemento ornamental de fondo en otras. El hecho de que ande entre dos tierras dramáticamente hablando tampoco termina de ayudar a mostrar claramente la postura de cada uno de los personajes que integran este clan familiar, aunque es justo reconocer que logra el objetivo final de mostrar al personaje de Brosnan como un ambicioso hombre para quien los amigos significan más bien poco.

Y he aquí el meollo de esta serie. Hasta ahora he hablado de estas dos historias como algo independiente, y hasta cierto punto lo son ante la diferente definición del protagonista en sus años de adolescente y en sus años de adulto. Pero la magia de esta ficción radica en el camino que ha convertido a uno en otro, en aquellas vivencias y decisiones que le han llevado hasta donde está, tanto física como psicológicamente. Y es un viaje sumamente interesante. En esta primera temporada ya pueden intuirse algunos matices, algunas ideas que traspasan ambos arcos argumentales. La mayor evidencia es la secuencia en la que Brosnan ve a su ‘yo’ adolescente, un momento en el que, más allá de las connotaciones románticas que pueda tener, se aprecian ciertos reproches velados de su pasado ante las decisiones que ha tomado en su vida. Hay algo más que deberá ser explorado en sucesivas temporadas, y no hay nada más intrigante que conocer la historia de un personaje con tantos claroscuros.

En cierto modo, se puede decir que esta primera temporada de The Son es una presentación de algo mucho mayor. Una presentación algo inconexa en algunos momentos, con dos grandes líneas argumentales que discurren de forma paralela con diversas conexiones entre ellas. Esto puede llevar al espectador a elegir centrar su atención en una antes que en otra (personalmente, en la de juventud), pero es algo que debe intentar evitarse. Porque la serie ofrece bajo esta capa algo más, algo complejo y llamado a captar la atención si es que se aborda con sensatez. Por lo pronto, esta ficción promete un intenso drama que relata una época de la Historia compleja y marcada por la ambición y la guerra. La principal asignatura pendiente es un mejor tratamiento de los secundarios, sobre todo en la época de adulto. Pero eso es algo para lo que todavía hay tiempo.

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‘Comanchería’: enemigos de todos


Ben Foster y Chris Pine son hermanos en 'Comanchería'.Es reconfortante comprobar cómo hay géneros cinematográficos que pueden actualizarse y reinterpretarse si se hace con sentido común, respeto e inteligencia. La nueva película de David Mackenzie (Convicto) es un alarde de cómo un western puede trasladarse hasta nuestros días siempre y cuando se ofrezca al espectador algo más de lo visto hasta ahora. Porque en realidad, más que un western esta cinta podría considerarse casi como una obra de personajes, un drama familiar y social con una cierta satisfacción final que refleja, además, la difícil situación de muchas personas durante la crisis.

Y es en este nivel interpretativo donde Comanchería logra todo su potencial. El desarrollo dramático aprovecha una historia más bien sencilla para centrarse en sus protagonistas, en sus motivaciones, sus dudas y sus personalidades tan dispares. A través de su evolución el espectador accede a un relato diferente al que inicialmente podría esperarse, otorgando todo el protagonismo a los diálogos y las reflexiones de sus personajes antes que a la acción. Y gracias a esto, el relato se convierte en todo un espectáculo dramático en el que las relaciones familiares y de amistad adquieren un significado profundo a pesar de la apariencia tan extraña que adquieren en algunos momentos. Para colmo, conclusiones como la de salvar una casa pagando a un banco con el dinero previamente robado no dejan de generar cierta satisfacción ante las injusticias que sufren los protagonistas.

Posiblemente la mayor evidencia de que este film es una historia de personajes radica en el rol de Jeff Bridges (Valor de ley), y eso sin restar valor al resto de protagonistas, todos ellos más que notables. La definición sobre el papel es espléndida, pero lo que logra el actor es simplemente excepcional, dotando a un personaje en principio antipático y algo irritante de un sentido del humor y una humanidad entrañables. Sin duda, el momento que mejor le define, y por extensión a toda la película, es un plano de su rostro al asistir a una muerte inesperada. Es en ese instante cuando el espectador comprende el verdadero alcance de su carácter, el verdadero sentido del film y el futuro de todos los personajes.

De este modo, Comanchería se revela como un western moderno poco ortodoxo, centrado más en la introspección de los personajes que en la propia persecución que el ranger hace de los delincuentes. Con más atención a las motivaciones de cada rol, la cinta termina por atrapar al espectador con una historia cuyo final, aunque puede intuirse, depara no pocas sorpresas, incluido un diálogo final tan bien planteado como ejecutado. Pocas veces puede verse en pantalla una historia semejante, sencilla pero rica en matices, directa pero profundamente reflexiva. Y en ese equilibrio es donde esta obra se eleva como una de las gratas sorpresas del 2016.

Nota: 7,5/10

‘Los siete magníficos’: satisfacción por un trabajo bien hecho


'Los siete magníficos' regresan de la mano de Antoine Fuqua.Realizar un remake puede parecer sencillo. Incluso puede considerarse que no se requieren grandes dotes para hacer este tipo de películas. Pero como para todo, es necesario tener cierta habilidad, y lo nuevo de Antoine Fuqua (Training day) es el mejor ejemplo, sobre todo si se compara con otras versiones recientes de clásicos imperecederos. Lo que logra el director con este film es algo tan difícil como fundamental en estos tiempos: entretener sin echar de menos la película que toma como referencia.

No seré yo quien defienda que Los siete magníficos, versión 2016, es una obra maestra, y mucho menos que está a la altura de la cinta de 1960. Pero desde luego es un film más que meritorio en todos sus aspectos. Fuqua logra, con pequeños cambios en la trama, mantener la esencia de esta historia de honor, hermanamiento y valentía gracias a un desarrollo de personajes que, si bien cojea en algunos casos (ya sea por falta de profundidad o por un exceso de previsibilidad), al final funciona a las mil maravillas. Desde luego, tanto Denzel Washington (Imparable) como Chris Pratt (Eternamente comprometidos) literalmente roban la atención en cada plano en el que aparecen, pero el resto del reparto, sobre todo los nombres más conocidos, logran crear un mosaico rico, variopinto y armonizado de roles.

Y esto es, en realidad, lo más importante del film. Su desarrollo, es cierto, cae en algunos tópicos, pero son problemas secundarios ante la puesta en escena elegida por Fuqua, quien lejos de experimentos visuales de última generación recurre a lo más tradicional, es decir, a las bases del western. Primeros planos, movimientos de cámara sencillos que ubiquen la acción, composiciones lineales y circulares para enriquecer la planificación, etc. Todo ello en un claro homenaje no solo al clásico dirigido por John Sturges (La gran evasión), sino a todo un género. Esto, en definitiva, es lo que le convierte en un gran director, pues en lugar de adaptar la trama a su estilo, adapta su estilo a la trama. Todo ello acompañado por una banda sonora obra de James Horner (Braveheart) que bebe del clásico para encontrar el tono perfecto.

El resumen más simple podría ser que Los siete magníficos es una buena película. En algunos tramos incluso excelente. Pero más allá de valoraciones de este tipo, lo cierto es que Antoine Fuqua ha creado un entretenimiento puro, una obra capaz de hacer reír, de emocionar, de generar tensión (el primer duelo en el pueblo es de lo mejor que se puede ver últimamente). Y todo ello teniendo que luchar contra la pesada losa que supone beber de un clásico. El mérito, por tanto, es doble. Tiene sus errores, e incluso habrá quienes encuentren demasiadas referencias a otras películas. Pero eso no tiene que ser necesariamente malo cuando las luces se encienden y la sensación que queda es de satisfacción.

Nota: 7/10

Los conceptos atemporales de ‘Star Wars’ que la convierten en clásico


'Star Wars', la obra que cambió la forma de entender la ciencia ficción.Las madres fueron ayer el centro de atención de todo el planeta. La verdad es que no debería ser así, pero el caso es que todos aprovechamos para demostrar un poco más el amor por la mujer que nos dio la vida. Pero ayer, 4 de mayo, también es el día elegido por los fans de La guerra de las galaxias (1977) para celebrar no solo el estreno del film, sino la creación de todo un universo que ha supuesto un antes y un después. El motivo de elegir este día no es otro que la frase más famosa de toda la saga (y una de las más importantes que ha dado el cine): “que la fuerza te acompañe”. Ésta, en su versión original, dice así: “may the force be with you”. El comienzo de dicha frase tiene una pronunciación muy similar a “may the forth”, o lo que es lo mismo, cuatro de mayo en inglés. Dos más dos son cuatro, nunca mejor dicho. El caso es que, aprovechando este día de todos los fans galácticos, no está de más revisar un clásico que, como decimos, supuso un punto de inflexión.

Soy consciente de que no voy a descubrir la rueda ni nada por el estilo con lo que aquí se mencione, pero no está de más hacer hincapié en algunos de los aspectos que convirtieron esta obra en lo que es prácticamente desde su estreno. Y desde luego lo más básico y principal es su tono, diametralmente opuesto a lo que por entonces se entendía por ciencia ficción. De hecho, esta historia acerca de un joven granjero espacial que debe huir de su hogar para salvar su vida, rescatar a una princesa y salvar la galaxia combina magistralmente la sencillez dramática del western más clásico con la complejidad técnica de una cinta espacial. En muchos círculos se la considera un western estelar, y no en vano prácticamente todos los elementos que en ella se desarrollan poseen, en mayor o menor medida, un sabor a Far West deliberado y acertado.

Con todo, personalmente considero que lo más interesante que puede aportar Star Wars (la película, no la saga) es el mundo imaginado por su director y creador, George Lucas (American Graffiti). Siguiendo en cierto modo la estela de otro pilar básico de la ciencia ficción como es Star Trek (1966), la cinta enlaza con naturalidad las diferentes tramas, mundos y criaturas para crear un todo familiar y lógico para el espectador. Familiar porque, al fin y al cabo, todo lo que se narra en pantalla podría extrapolarse a cualquier situación (un joven cuya familia es asesinada, la lucha contra una tiranía, una princesa en apuros, un villano atemporal, …), y lógico porque el desarrollo dramático que aporta Lucas se mueve siempre por sendas relativamente sencillas, sin grandes complicaciones visuales o conceptuales.

Esto deriva en una libertad absoluta de la cinta en su conjunto para convertirse en una obra de aventuras atemporal, capaz de comprenderse, atraer y generar expectación en cualquier época, después de los visionados que sean e, incluso, aprendiéndose de memoria las características de cada personaje, aparato o planeta que en ella aparecen. Es ese carácter aventurero y, en cierto modo, carente de los más tradicionales pilares de la ciencia ficción lo que aporta Lucas al género. Otro cantar sería su labor como director, algo mediocre. Sé que esto generará no pocos comentarios críticos, pero no hay más que mirar su trabajo para comprobar su calidad artística en este campo. Claro que más de uno mataría por haber hecho “solo” lo que él ha hecho.

Unos personajes memorables

Evidentemente, el otro gran acierto del film son sus personajes. Dejando a un lado su magistral e indescriptible banda sonora a cargo de John Williams o la sencillez y eficacia de sus efectos visuales (algo que se ha perdido, todo sea dicho, con la llegada de la tecnología digital), son los protagonistas los que soportan la mayor parte del peso, sobre todo en esta primera película. Una vez expandido el universo y creada una legión de fans a su alrededor, los personajes fueron perdiendo fuerza al mismo tiempo que los efectos fueron ganando presencia (el resultado fue esa cosa llamada Jar Jar Binks en Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma), pero en esta primera aparición su definición sobre el papel y la labor de sus actores es tan imprescindible como espléndida.

En este sentido, hay que señalar el acierto de Lucas al escoger los actores acordes a sus personajes, y no me refiero a su físico. Desconozco si fue algo consciente o simplemente se alinearon los astros, pero la verdad es que elegir para los jóvenes protagonistas (personajes que son nuevos en el mundo galáctico que se abre ante ellos) a actores casi desconocidos fue una idea que, a la larga, se ha revelado soberbia. Mark Hamill (La furia del viento), Harrison Ford (El poder del dinero) y Carrie Fisher (Shampoo) apenas habían tenido apariciones en series de televisión y alguna tv movie. Por el contrario, los roles más veteranos del film, aquellos que hacen las veces de maestros que deben abrir las puertas a la guerra en la que se introducen los anteriores, corren a cargo de veteranos como Alec Guinness (El puente sobre el río Kwai) y Peter Cushing (Drácula). Este contraste entre la familiaridad de unos y la novedad de otros permite al espectador identificarse, aunque sea de forma subconsciente, con unos roles que se adentran en este mundo y descubren sus propios destinos al mismo tiempo que él, lo que provoca un vínculo mucho más fuerte que el que habrían creado actores más conocidos.

Claro que, como siempre se dice, un buen villano es lo que sostiene a cualquier película. Y posiblemente la obra de Lucas tenga al mejor villano de la Historia del cine. Darth Vader, interpretado por David Prowse (La naranja mecánica) y con la voz en la versión original de James Earl Jones (Conan, el bárbaro), logra lo que muchas veces es imposible con un personaje cuyo rostro pueda traicionarle. Gracias a su máscara y a esa estructura semirrobótica de su cuerpo sus decisiones y su crueldad adquieren tintes mucho más desagradables de lo que podría esperarse, demostrando una vez más que no es necesaria una sobreactuación o una violencia exagerada para crear inquietud y fascinación. El hecho de que a lo largo del film se revele como el autor de la muerte del padre del protagonista, amén de enemigo vital del personaje de Guinness, no hace sino agrandar su figura como el auténtico personaje a batir, como el villano por antonomasia cuya derrota adquiere tintes heróicos y trágicos al mismo tiempo. Por si fuera poco, su figura logró agrandarse con la primera de las continuaciones, El imperio contraataca (1980), gracias al giro trágico de su historia. Pero ya llegaremos a eso.

De lo que no cabe duda, ya seamos apasionados de la historia o detractores de la misma, es que La guerra de las galaxias es uno de esos films atemporales, imprescindibles para cualquier persona que se considere cinéfila y, porqué no, para cualquiera a la que le guste el cine en general. Sus personajes, el tono poco convencional de su trama, sus efectos visuales, su inmortal banda sonora. Todo en ella no solo ha soportado bien el paso del tiempo, sino que ha ganado enteros frente a las secuelas, algunas más mediocres que otras, que ha generado. George Lucas puso la primera piedra para un fenómeno que, si nos atenemos a lo que ocurrió más allá del aspecto cinematográfico, solo él supo ver. Ahora sus fans los celebran cada cuatro de mayo, y el cine podrá continuar descubriendo las aventuras de Skywalker y compañía en la próxima película dirigida por J.J. Abrams (serie Fringe). Una vez más, “que la fuerza te acompañe” sonará en las salas de todo el mundo.

‘Banshee’, un nuevo sheriff llega a la ciudad en su 1ª temporada


'Banshee' combina western y thriller criminal en su primera temporada.La siguiente trama es, a grandes rasgos, la de Banshee: un hombre que sale de la cárcel llega a un pequeño pueblo en busca de la mujer que ama y que le traicionó después de un robo. Por estar en el sitio y momento equivocados termina haciéndose pasar por el nuevo sheriff al que nadie conoce todavía (o casi nadie). Pronto descubre que esa pequeña ciudad está dominada por un hombre cuyas actividades, enmascaradas por una empresa legal, tienen precisamente bastante poco de legales. Todo esto con la amenazadora sombra del hombre al que robó y que ahora le persigue para matarle.

Dicho así, el argumento de esta serie creada por David Schickler y Jonathan Tropper con el beneplácito de Alan Ball (serie True Blood) podría corresponderse con cualquier película del western que en algún momento todos hemos visto. Y es cierto, pues esta primera temporada de 10 capítulos tiene mucho de ese aroma al Lejano Oeste con caballos, indios, vaqueros, forajidos y hombres cuyo sentido de la justicia va más allá de la ley establecida. Todo salvo un detalle: es pleno siglo XXI. Esto, lejos de perjudicar, aporta al conjunto un estilo único, gracias fundamentalmente al estilo descarnado de sus secuencias de acción y a una trama que, todo hay que decirlo, tiene la profundidad típica de las intrigas criminales.

En efecto, lo más atractivo de Banshee (por cierto, nombre del pueblo protagonista) no es tanto la historia principal, típica donde las haya y con más bien pocas sorpresas. No, lo realmente interesante es lo que se desprende de su frase promocional: “Pueblo pequeño. Grandes secretos”. Las complejas relaciones de los personajes secundarios, entre los que destaca por méritos propios Kai Proctor (Ulrich Thomsen, visto en el remake de La cosa), así como unos pasados marcados por los secretos y las mentiras, convierten la serie en un complejo mapa en el que nadie es quien dice ser y, sobre todo, en el que el pasado nunca deja de inmiscuirse en el presente.

El efecto más visible de esto es el protagonista, interpretado por un Anthony Starr (El refugio de mi padre) que se pasa media temporada peleando, casi siempre ganando pero siempre, y recalco lo de “siempre”, recibiendo palizas que harían temblar a alguno de los semidioses de la mitología griega. Curiosamente, las secuencias de lucha, violentas y salvajes como pocas veces se ha visto en pantalla, se convierten en una vía de escape para las constantes intrigas que se desarrollan en las calles de este pequeño pueblo. Son exageradas e increíbles, es cierto, pero no desentonan con el conjunto. De hecho, es uno de los elementos que otorgan ese aire a western que antes mencionábamos. Evidentemente, dichas peleas deben ser tomadas como lo que son, y no como una incongruencia de la trama.

Una historia de violencia

Desde luego, Banshee no es ni mucho menos un thriller en el que los villanos terminen respondiendo por sus actos. Al contrario, los villanos terminan, de un modo u otro, librándose de su fatal destino. Incluso se podría ir más allá y afirmar que los buenos y los malos de esta primera temporada quedan un tanto difuminados. Ver a un ladrón que se hace pasar por sheriff realizar un robo puede que sea uno de los momentos más confusos de estos primeros 10 episodios. Por supuesto, no es el único, pues las numerosas revelaciones que se producen conforme avanza la trama hacen evolucionar a los personajes hasta el punto de terminar en una situación muy diferente a la que habían empezado.

Y esta es la mejor prueba de que estamos ante una serie cuanto menos interesante. Su forma de presentar la trama engancha desde el primer minuto; la violencia, a medio camino entre la fantasía y la realidad, hipnotiza lejos de desagradar; y sus personajes poseen una entidad lo suficientemente sólida para no ser meros estereotipos y al mismo tiempo no impedir que los aspectos más livianos del desarrollo dramático queden relegados a una anécdota.

Esta primera temporada, por tanto, encuentra el equilibrio perfecto entre todos sus elementos para evolucionar hacia un nuevo concepto dentro de sus propios parámetros. La conclusión del último episodio, que como no podía ser de otro modo tiene como protagonista una soberana paliza al protagonista, pone los pilares necesarios para que la segunda temporada, que comenzará en Estados Unidos en enero del 2014, sea diferente sin ser radicalmente distinta. Y lo consigue porque, al menos en una primera impresión, está dando una mayor prioridad a las tramas secundarias que enriquecen el mundo de esta pequeña ciudad, restando algo de protagonismo a esa venganza entre criminales que se antojaba piedra angular de todo el conjunto.

Es evidente que Banshee no va a ser plato de gusto para todos los paladares. La violencia salvaje y las desinhibidas secuencias de sexo pueden resultar un tanto incómodas, pero eso no debería ser un impedimento para disfrutar de una serie que encuentra su mejor versión en el equilibrio de todos sus elementos. El exceso visual se compensa con una trama fuertemente enlazada. Algunos momentos cómicos encuentran su contrapartida en la gravedad de unos personajes marcados por su pasado. Y ese cierto aire a western se combina a la perfección con las nuevas tecnologías y las nuevas armas. En definitiva, una serie completa en sus propios parámetros.

‘Django desencadenado’: desenfreno esclavista de inicio mudo


Leonardo DiCaprio, Christoph Waltz, Samuel L. Jackson y Jamie Foxx en 'Django desencadenado'.Quentin Tarantino (Pulp Fiction) está demostrando que, independientemente de que su cine guste más o menos, es capaz no solo de ofrecer un punto de vista muy particular sobre cada uno de los géneros cinematográficos, sino que convierte a sus obras en puntos y aparte dentro de la evolución cinematográfica. Y lo hace tomando muchos modelos narrativos, aunque adaptándolos a su particular verborrea dialéctica, cromática y violenta. Un producto como Django desencadenado se ajusta como un guante a sus obsesiones y sus manías, aunque aprovecha la ocasión para realizar una denuncia contundente contra la esclavitud y el dominio del hombre sobre el hombre.

Es este aspecto, sin duda, el que más juego le ofrece al director para sacar a relucir todo su ingenio. Las secuencias iniciales, incluyendo unos títulos de crédito tan sencillos como imprescindibles, recuerdan en todo momento a ese magistral inicio de Malditos bastardos (2009), con la que comparte al siempre excelente Christoph Waltz. A partir de ahí, el relato se convierte en un viaje por una de las etapas y regiones de Estados Unidos más oscuras, dando rienda suelta al deleite de poder hacer justicia con unos esclavistas a los que, de un modo u otro, se ridiculiza. A este respecto es inolvidable la parodia sobre una especie de Ku Klux Klan protagonizada por Don Johnson (Tin Cup) y Jonah Hill (Infiltrados en clase). Insuperable.

El director del díptico Kill Bill demuestra que no ha perdido ese toque tan personal para el exceso. Exceso en la violencia, con un clímax similar al de su reflexión sobre la II Guerra Mundial (tanto en tensión como en disparos y sangre); exceso en los diálogos, con unos actores sencillamente perfectos (con especial mención a Leonardo DiCaprio y Samuel L. Jackson, amén de Waltz); exceso en la música, soberbia como siempre; y exceso en la duración.

Y por desgracia, este es el punto débil del proyecto. No cabe duda de que estamos ante uno de los mejores films del año, y que hace méritos propios para competir en todos los premios posibles. Empero, el guión comete el error de prolongar innecesariamente determinados momentos de la trama, en especial una conclusión posterior al clímax que no solo se hace algo monótona, sino que elimina por completo la tensión lograda previamente. Esto, unido a algunos diálogos algo innecesarios y posiblemente un poco sobreactuados, impiden que la película sea redonda. Pero hay que reconocer que son males menores en medio de un desenfrenado festín como es Django desencadenado.

Nota: 8/10

El western crepuscular se traslada a Inglaterra en ‘Perros de paja’


Hay veces en que uno se pregunta qué ha ocurrido para que, después de varios años, haya podido ver aquella película, aquella serie que tantas ganas tenía de poder disfrutar. Cosas del destino, de la falta de tiempo o de la prioridad de otros títulos, lo cierto es que hasta ayer no pude ver y disfrutar con tranquilidad esa obra maestra llamada Perros de paja (1971) dirigida por Sam Peckinpah y protagonizada por un irreconocible Dustin Hoffman. La trama, de la que se hizo un remake hace relativamente poco, narra la espiral de violencia a la que se ve sometido un matemático norteamericano que se muda con su mujer a un pueblecito inglés. Lo que comienza como una tensa relación con algunos vecinos del lugar se torna en una auténtica lucha por la supervivencia y por los principios morales.

Peckinpah es considerado como el director de la violencia, y es un calificativo que no pasa de moda. A pesar de los realities, el nuevo cine de terror o la brutalidad de algunos thrillers actuales, las obras de este director mantienen intacto un carácter frío, calculadamente tenso y un gusto por los momentos violentos que no existe ahora mismo. No hay que confundir, empero, con la cantidad de sangre por plano que se puede ver en sus relatos. Más bien al contrario, la sangre es la justa y necesaria. Es la sensación de predestinación, de saber que al final todo va a tener que resolverse por la fuerza, lo que aporta la carga dramática y una violencia intelectual implícita a todos sus films.

La mayor parte de los cinéfilos conoce a este director por dar forma al western crepuscular, un subgénero en el que los pistoleros viven sus últimos años de vida en medio de la revolución que supuso el ferrocarril. En este sentido, Perros de paja puede considerarse un título más dentro de esta categoría, trasladado a la Inglaterra de los años 70 del siglo XX y sin unas figuras en el ocaso de su vida como protagonistas. Momentos como los silencios en el bar del pueblo, los desafíos al más puro estilo western, o la secuencia final de asedio a la casa recuerdan poderosamente al desarrollo de un relato de vaqueros y forajidos.

Pero lo que más llama la atención es el cambio que experimenta el personaje principal. Si en títulos como Grupo salvaje (1969) o Pat Garrett y Billy el niño (1973) la violencia es un rasgo esencial en los personajes, el interpretado por Dustin Hoffman (quien ha confesado más de una vez aceptar el papel exclusivamente por dinero) es un hombre pacífico, un intelectual que trata de resolver todo por la vía diplomática. En efecto, dado lo poco que Hoffman se prodiga en la violencia (incluso su participación en la serie Luck la evita a toda costa) sorprende el cambio que se produce en él, casi hasta volverle irreconocible.

Renunciar a los principios

 Ese es, precisamente, una de las cuestiones más interesantes de todas las que plantea el film. El protagonista sufre humillaciones y amenazas que soporta estoicamente en un intento por acercar posturas con sus nuevos vecinos. En todo momento, su objetivo es mantenerse fiel a sus principios, a la idea de que en el mundo civilizado no tiene cabida la violencia. Pero… ¿qué hacer cuando dicho camino no tiene salida? ¿Cómo defender la vida de aquello que queremos sólo con palabras? Peckinpah arroja la idea de que, para salvaguardar la integridad física y moral de cada uno es necesario renunciar a dicha moralidad y entrar en el juego de la violencia, la fuerza y la agresividad. Claro que, en este caso, lo hace con la inteligencia propia de un matemático, otorgando ventaja frente a la inferioridad física y numérica.

Esta quinta película de Sam Peckinpah supone una vuelta de tuerca al concepto de acoso social. Con unas interpretaciones sobresalientes, el film estructura los momentos de tensión y drama con una capacidad de atracción que no logran muchos thrillers actuales. Algunas secuencias, como el momento en el que todo el pueblo se reúne en una fiesta de la iglesia (y donde uno de los personajes revive una traumática situación producida un momento antes), se marcan a fuego en la retina del espectador, evidenciando la brutalidad sin parangón que encubre la actual sociedad, donde algunos siguen tomando aquello que quieren mientras el resto… se queda cazando.

La filmografía del director de Quiero la cabeza de Alfredo García (1974), vista en su conjunto, es toda una reflexión sobre la violencia, los valores que genera y la forma en que cambia a los hombres. En este sentido, es significativo el aspecto tanto visual como emocional de Hoffman en la última secuencia del film, una vez cumplido su propósito. El personaje es otro totalmente distinto, más decidido, seguro de lo que quiere y cómo pretende conseguirlo, al que poco o nada le importa lo que le ocurra a la gente que deja atrás o que le ha traicionado.

Sam Peckinpah es conocido por haber redefinido el género western, y en este sentido Perros de paja no es una excepción. Si La guerra de las galaxias es considerada un western intergaláctico, la película protagonizada por el actor de El graduado es un western social, por decirlo así. Y aunque sus personajes se encuentren en la flor de la vida, en cierto modo también están al final de un ciclo vital, pues después de lo visto a lo largo de las casi dos horas que dura el film, el antiguo yo de los protagonistas ha desaparecido de forma irremediable.

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