La 2ª T. de ‘El cuento de la criada’ desarrolla a los secundarios


Finalmente la segunda temporada de El cuento de la criada no ha logrado llevarse ningún premio en los Emmy de 2018, a pesar de las numerosas nominaciones tanto a la serie como a sus protagonistas. Y lo cierto es que, al menos estos últimos, sí habrían merecido algún reconocimiento en forma de estatuilla tras ver el trabajo realizado en los 13 episodios de esta segunda etapa. Unos episodios que, aunque sientan las bases de lo que parece será un futuro mucho más conflictivo, han tenido un desarrollo algo irregular e incluso irreal, y eso que hablamos de una ficción ambientada en un futuro distópico.

El principal problema de esta trama creada por Bruce Miller (Providence) a partir de la novela de Margaret Atwood es la sensación de estar en un bucle dramático que no solo parece que no acaba, sino que pierde fuerza a medida que se reproduce. Dicho de otro modo, la temporada comienza con un intento de huida de la protagonista interpretada de forma magistral por Elisabeth Moss (serie Mad Men) y termina exactamente igual. Y por el medio, al menos otro intento. Pero siempre se queda en eso, en intentos. Y en algunos casos por motivos que no terminan de encajar en el desarrollo del arco argumental, como si fuera necesario mantener a la protagonista dentro de este mundo religioso, gris y patriarcal para representar la lucha desde dentro contra el orden establecido. Evidentemente, dicha necesidad existe (la serie perdería buena parte de su sentido en caso contrario), pero lo que no es coherente es el modo en que se ha abordado.

Curiosamente, esto tiene varios efectos secundarios distintos según los personajes. La peor parada posiblemente sea la protagonista, en tanto en cuanto su personaje queda algo desdibujado respecto a la primera temporada, sin un rumbo claro que defina su recorrido en la serie. Tan pronto es una luchadora como se vuelve sumisa, como vuelve a enfrentarse a sus captores. Esos cambios, no por casualidad, se identifican con esa sensación repetitiva de la trama. En este sentido, también se difumina ligeramente el rol de Joseph Fiennes (Resucitado), cuya fuerza y amenazadora presencia se revela más bien como una personalidad que solo es fuerte ante aquellos que considera inferiores o ante los que no le plantan cara, aunque lo hace de un modo un tanto ambiguo.

Sin embargo, es el personaje de Yvonne Strahovski (Predator) el que crece de forma exponencial en esta segunda temporada de El cuento de la criada. El rol adquiere una infinidad de matices que enriquecen sobremanera la figura algo unidimensional que pudo verse en los primeros episodios, convirtiendo a esta mujer en una superviviente, en una luchadora no solo externa, sino sobre todo en su fuero interno, en el que sus convicciones y el apoyo a una causa se enfrentan a sus derechos como mujer, a su libertad individual como persona. Esta dualidad queda magistralmente mostrada en los últimos episodios, mutilación incluida, pero es algo que se construye con detalles, con conversaciones y con miradas a lo largo de toda la temporada. A todo ello se suma la impecable labor de la actriz, sin duda el gran atractivo de esta temporada.

La Resistencia toma la calle

Aunque posiblemente esa doble lectura que se aprecia en el tratamiento de personajes se note más en el modo en que se aborda la trama. Ya hemos explicado que, desde el punto de vista de la protagonista, el desarrollo dramático es circular, volviendo siempre al punto de partida por uno u otro motivo, y sin que eso tenga excesivas consecuencias negativas teniendo en cuenta el contexto en el que se producen. Ahora bien, de forma paralela se desarrolla una idea que ya se planteó en la primera temporada y que ahora toma cuerpo de un modo más evidente. Se trata de la red de resistencia que surge en la clandestinidad.

Resulta sumamente interesante estudiar el modo en que este elemento dramático adquiere forma, crece y se consolida en la trama de El cuento de la criada. Para empezar, el tratamiento de la misma cambia, pasando de un activo propio del thriller (se desconoce la identidad de sus miembros, por lo que todos pueden ser amigos o enemigos) a un motor dramático en estado puro. Un atentado, los viajes diplomáticos a otros países, las protestas y la presencia de más y más personas dentro de ese país dominado por el machismo religioso que luchan contra el orden establecido son las pinceladas que hacen avanzar la trama por un sendero algo diferente, más propio de una historia bélica que de un drama de suspense. Sin embargo, por ahora son eso, pinceladas, aunque viendo el modo en que finaliza esta segunda temporada es fácil imaginar que tendrá una mayor continuidad e impacto dentro del desarrollo dramático.

Lo que también deja esta etapa son nuevos elementos que ayudan a comprender lo ocurrido y, sobre todo, la estratificación social tan interesante que plantea la serie. Dicho de otro modo, la ficción ahonda en todo aquello que aporta el contexto, y lo hace integrándolo en la historia de un modo brillante. El funeral y el modo en que las criadas se visten, la boda obligada conjunta, el papel de las mujeres en la sociedad, etc. Incluso explora, aunque de forma algo indirecta, los acontecimientos previos a la creación de ese mundo religioso, la guerra y las víctimas de la misma, continuando de este modo con lo iniciado en la anterior temporada. Es importante comprender que con apenas un puñado de secuencias se puede construir una idea aproximada del pasado de la trama, permitiendo a sus creadores ampliar poco a poco esa idea del futuro distópico que presentan, y permitiendo igualmente introducir el pasado de los personajes, lo que termina por definirles mejor y, en cierto modo, modificar la percepción que el espectador tiene de ellos, a favor o en contra. En este sentido, las secuencias del rol de Strahovski en el pasado y la revelación que se produce en el lugar donde se esconde la protagonista al inicio de la temporada son buenos ejemplos.

Por tanto, lo que nos encontramos en la segunda temporada de El cuento de la criada es un producto que avanza en aspectos secundarios, construyendo un poco más el mundo en el que se desarrolla la historia de la protagonista, pero que se queda bloqueado en una especie de bucle con respecto al personaje de Moss. Esto genera una sensación extraña, a medio camino entre la espléndida ambientación y las ansias por conocer más de ese universo, y la frustración por ver a un personaje luchador dar bandazos en su determinación sin terminar de aprender de sus decisiones, así como la falta de represalias ante unos delitos que en otros casos han costado la muerte. Hay que entender que es la heroína y que su contexto dramático puede ser diferente, pero resulta poco creíble que no llegue a sufrir ni un mísero castigo por sus constantes desafíos. En cualquier caso, la trama sienta los pilares dramáticos de la siguiente temporada, en la que esperemos que tramas principales y secundarias vayan de la mano.

’13 reasons why’, estructura dramática ejemplar contra el bullying


Ha sido una de las series más comentadas y polémicas de los últimos meses, por lo que me imagino que hablar sobre 13 reasons why a estas alturas puede aportar poco. Pero como intento hacer siempre desde este rincón de internet, voy a analizar esta adaptación de la novela de Jay Asher realizada por Brian Yorkey desde un punto de vista puramente cinematográfico y narrativo. Y bajo esta premisa, lo primero que habría que decir de esta temporada inicial de 13 episodios es que posee una estructura argumental digna de estudio, aprovechando los puntos de giro más interesantes para romper con una trayectoria lineal y evitando además el principal escollo de una historia como esta: conocer el final antes incluso de saber de qué va exactamente la historia.

De hecho, la estructura es tan exacta que se pueden diferenciar los episodios en función del arco argumental. Así, los primeros compases, cuando se realiza la presentación de personajes y el planteamiento de esta historia de acoso escolar, abusos sexuales y un dramático suicidio, pueden parecer algo inconexos, incluso repetitivos en su tratamiento, con un protagonista escuchando las cintas dejadas por la chica de la que estaba enamorada y comprendiendo todo el daño que le hicieron los que en ellas aparecen. Sin embargo, el grueso de la temporada, lo que vendría a ser un segundo acto, aborda algo mucho más interesante, relegando las cintas casi a un segundo plano. Durante este tramo del desarrollo dramático la historia se centra en el personaje de Dylan Minnette (No respires) de un modo absoluto. No quiere esto decir que hasta ese momento no fuera el protagonista, sino más bien que a partir de este momento algo cambia en la perspectiva de la historia.

Y lo que cambia es, precisamente, que el joven deja de ser un mero espectador que amenaza una suerte de pacto de silencio entre los responsables de conducir a la muerte a la chica interpretada por Katherine Langford. Esta transformación provoca una doble consecuencia. Por un lado, el ritmo de 13 reasons why cambia por completo, desvelando poco a poco el misterio que rodea no solo a la joven protagonista, sino a los que aparecen en las cintas, desvelando en última instancia un acto repulsivo que involucra a una de las compañeras de ese personaje ya icónico de la televisión que es Hannah Baker. Pero por otro, rompe el modo de presentar la historia. Las cintas, punto de partida original donde los haya, pierden presencia en pantalla para que la trama pueda ahondar en la psicología de los personajes principales y el modo en que el suicidio y las cassettes impactan en las relaciones familiares y sociales de este pequeño universo.

Por supuesto, en ningún momento esas cintas desaparecen. De hecho, de un modo u otro siguen formando parte de la trama, como es lógico, pero mientras buena parte de la acción de los primeros episodios pivota sobre ellas, en los siguientes se convierten más en un complemento, en un trasfondo dramático necesario e imprescindible para comprender los acontecimientos. De hecho, la imagen de Minnette con los auriculares puestos se sustituye en muchas ocasiones por esa fusión entre pasado y presente realizada en los espacios que la joven menciona en sus audios, lo cual no deja de ser uno de los recursos más sencillos e interesantes de esta primera temporada. Una primera temporada que, en efecto, posee una estructura dramática ejemplar, pero que alcanza su máximo esplendor en su recta final, lo que vendría a ser el tercer acto de este drama.

Un futuro incierto

En efecto, toda la temporada está planteada para enganchar al espectador en una red en cuyo centro se halla la pregunta relacionada con la decisión que tomará el protagonista. A lo largo de todos los episodios el espectador asiste a la evolución del personaje de Minnette a través de las cintas, de su propia culpabilidad (en el que posiblemente sea el mejor episodio de toda la serie) y de la sensación de rabia, impotencia e injusticia que se desarrolla en la trama. Todo ello crea un combinado indescriptible en los últimos episodios, destacando un final que no solo crea uno de los ganchos más impactantes de la televisión, sino que deja una incómoda sensación en el aire, abriendo las puertas a un futuro incierto en muchos aspectos.

Volviendo a la estructura dramática de 13 reasons why, es importante señalar también el modo en que se plantean los numerosos puntos de giro a lo largo de esta primera temporada. Quiero pensar que para aquellos que hayan leído la novela el desarrollo haya sido el previsto, pero como trama audiovisual hay que destacar su capacidad para modificar el recorrido establecido con auténticos impactos dramáticos. Si la historia comienza con el suicidio y las cintas grabadas por la joven, pronto se desvelan una serie de datos que modifican para siempre el contenido de esta grabaciones. Y cuando dicha información parece atascarse, se revelan diversos secretos que ahondan en el dramatismo del conjunto, reinterpretando hechos ya conocidos o desvelando otros que cambian por completo el sentido de la trama. Por supuesto, y esto es algo a tener en cuenta, todo esto desmorona el mundo presentado en el primer episodio, generando consecuencias en todos y cada uno de los personajes hasta un final de temporada sumamente dramático. Es algo lógico en realidad, pero que no siempre ocurre en un guión.

Con todo, hay algo en esta temporada que amenaza al futuro de la serie, y es precisamente la incuestionable calidad dramática de esta producción. Más allá de su importancia social, del impacto que puede tener entre la juventud o de que refleje una problemática que se registra todos los años en los centros educativos, la solidez de su desarrollo, unido a elementos tan determinantes como las cintas de audio y los secretos que desvelan, generan una dinámica única que, a tenor del final de temporada, no parece probable que se pueda mantener en la segunda etapa. Esto obliga a la serie a evolucionar mientras intenta mantener algo de la esencia que la ha definido hasta ahora. Y no será fácil. La historia de la televisión está plagada de producciones con un inicio impactante por su premisa inicial que, o bien se han perdido tratando de evolucionar hacia otra cosa, o bien se han convertido en eventos repetitivos que cada temporada ofrecen si no lo mismo, sí algo muy parecido.

La verdad es que personalmente espero que no sea así. 13 reasons why tiene, valga la redundancia, muchas razones para convertirse en una serie fundamental de la televisión. Para los amantes del drama y el suspense, es una de las obras más completas e interesantes del panorama actual, capaz de sobreponerse a un inicio que puede parecer dubitativo para convertirse en una obra compleja que logra definir a sus personajes de forma más o menos objetiva a través del relato de una fallecida (el más claro ejemplo es el protagonista y su sentimiento de culpa ante lo que, en teoría, le ha hecho a la chica que quiere). Pero dado el tema que aborda, la serie de Brian Yorkey es un testimonio contra un problema muy actual, tratado de una forma adulta, sensible y sumamente trágica que no puede dejar indiferente a nadie. En resumen, una serie que trasciende su propia naturaleza como producto de entretenimiento.

‘La habitación’: no es la mejor mamá, pero es mamá


Brie Larson y el pequeño Jacob Tremblay protagonizan 'La habitación'.Saber qué convierte a una película en una obra excepcional es algo imposible, entre otras cosas porque cada film es único, está planteado de un modo y debe ser analizado en base a su naturaleza. Pero precisamente por esto, por el modo en que aborda la historia y respecta las emociones de los personajes, lo nuevo de Lenny Abrahamson (Frank) se convierte en uno de los mejores relatos del año.

El hecho de que La habitación esté relatada desde el punto de vista del pequeño Jack, al que da vida un sorprendente e incalificable Jacob Tremblay (atentos a su carrera), genera una dinámica que coge al espectador casi por sorpresa, pues el film narra indirectamente los momentos más desagradables vividos entre esas cuatro paredes (con una elegancia exquisita, por cierto) y ahonda en las primeras experiencias de un niño que no conoce más que el mundo que se concentra en ese pequeño espacio. Así, el momento en que logra salir al exterior se convierte en todo un punto de inflexión que Tremblay y el director logran transmitir en todo su esplendor.

En cierto modo, la cinta se divide en dos partes: dentro y fuera de la mencionada habitación. Y en todo momento el guión, escrito por la propia autora de la novela en la que se basa, Emma Donoghue, trata de respetar a todos y cada uno de los personajes, consolidando ese punto de vista de un personaje que no ha vivido lo suficiente como para poder distinguir entre el bien y el mal. Esto permite a la historia adquirir una sinceridad única y un realismo apabullante que obliga, casi por necesidad, a comprender las emociones de todos y cada uno de los personajes, al menos en lo que respecta a la familia destrozada durante siete años. Y para muestra un botón: la relación entre Brie Larson (Y de repente tú) y Joan Allen (Un buen matrimonio), madre e hija en la ficción, es simplemente magistral.

Desde luego, La habitación es uno de los grandes títulos del año pasado. Y lo es porque la suma de todos sus elementos da como resultado un conjunto impecable. Narrativamente hablando la visión de Abrahamsson es sobria y coherente, y en ningún momento censura a unos personajes interpretados por un reparto sobresaliente. La banda sonora es brillante. La carga dramática va creciendo a medida que los personajes se van hundiendo cada vez más en sus problemas. Y el final es tan sencillo como revelador. Los premios dirán si Brie Larson es o no la mejor mamá, si esta cinta es o no la mejor película… pero es Película.

Nota: 9/10

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