‘Wonder Woman’: La mujer maravilla


Feminismos aparte, la adaptación a la gran pantalla de la superheroína de DC Cómics se ha convertido en todo un fenómeno por algo tan sencillo y a la vez tan difícil como ofrecer un entretenimiento puro y duro sin caer en el infantilismo ni en el absurdo del espectáculo. Es evidente que la fortaleza del personaje principal marca una diferencia fundamental, pero lo realmente relevante de la nueva película de Patty Jenkins (Monster) es su capacidad para construir un relato redondo, con un equilibrio perfecto entre humor, aventura y acción, y con un desarrollo de personajes, al menos de los principales, lo suficientemente profundo como para que resulten sólidos o, al menos, entrañables.

Y esto convierte a Wonder Woman en una de las mejores películas de este nuevo universo cinematográfico que está empezando a nacer. La cinta ofrece un relato sustentado en un personaje único, una mujer en un mundo de hombres capaz no solo de demostrar que no es la chica que tiene que ser salvada, sino que es capaz de superarles en todo. Y a pesar de los consabidos superpoderes, estos quedan relegados a un segundo plano (al menos hasta la parte final del film) en favor del tratamiento de los personajes, de sus relaciones y de la sociedad en la que se desarrolla la acción. Esto permite jugar en todo momento con el humor y la ironía que generan la inocencia inicial de la protagonista en un mundo recién descubierto. Por supuesto, a todo esto se suman unas secuencias de acción tan espectaculares como cabría esperar, que beben casi en su mayoría (y tal vez demasiado) del gusto de Zack Snyder, cerebro de este universo superheróico (no en vano, es autor de esta historia), por la cámara lenta.

El mayor problema de la cinta es, sin duda, sus necesarias concesiones dramáticas, que rompen un desarrollo bien construido y que provocan algunas secuencias cuanto menos forzadas para poder hacer avanzar la acción en el sentido deseado. Ya sea la relación romántica entre los protagonistas, el poco tratamiento de los villanos o el modo en que el personaje de Gal Gadot (Las apariencias engañan) se enfrenta a algunas situaciones, lo cierto es que estas debilidades narrativas no llegan nunca a eclipsar el espléndido resultado final, y aunque pueden generar cierta desconexión en la historia, en ningún caso afectan tanto como para ser lo más recordado de esta aventura que, esperemos, siente las bases de un futuro esperanzador.

En definitiva, Wonder Woman no deja de ser una espectacular cinta de aventura y acción, con sus dosis de humor y sus momentos dramáticos. Dicho de otro modo, una peli de superhéroes. Pero en esa categoría, y después de tantos años, se puede distinguir entre las mediocres y las producciones más completas, y la cinta de Jenkins pertenece a esta segunda categoría. Y como suele ser habitual, esto es así porque huye de forma casi sistemática de los efectos especiales sin sentido para centrarse en los personajes, en construir una historia con un trasfondo moral en el que los protagonistas afronten retos personales con forma de enemigo externo. El hecho de conocer poco a poco el origen de la protagonista aporta un plus de dramatismo que, aunque pueda intuirse, se mantiene de forma más o menos secreta durante casi todo el metraje. Lograr eso en una película de estas características ya es todo un reto. Y sí, que se convierta en un modelo a seguir por las niñas, con los defectos que se le pueden encontrar, debería ser suficiente para alabar esta cinta.

Nota: 8/10

Anuncios

‘Batman: La LEGO película’: apuesta siempre al negro


Batman deberá recurrir a sus amigos para vencer en 'Batman: La LEGO película'.El estreno hace unos años de La LEGO película (2014) fue una sorpresa para propios y extraños. No solo por la animación, sino por el mensaje que lanzaba a los más pequeños y, sobre todo, por un giro final tan original como significativo. Y puestos a explotar este mundo de construcción, qué mejor que hacerlo con la versión de uno de los mayores superhéroes del cómic cuya presencia en el cine ha sido, además, habitual en los últimos años. La pregunta es si es algo diferente o simplemente más de lo mismo.

La respuesta es un poco de ambas. Desde un punto de vista narrativo, la historia es un viaje por el trasfondo del personaje de DC Cómics a lo largo de los años, pero también por el cine (puede que los más pequeños no entiendan alguna referencia). Momentos como ese repaso a las versiones cinematográficas y televisivas del hombre murciélago, la introducción de fotogramas de algunas películas o la presencia de personajes de referentes del cine como King Kong, Harry Potter o El Señor de los Anillos convierten a esta cinta en algo más que otra simple historia de superhéroes en la que el héroe termina derrotando al villano. Su capacidad de combinar historias, personajes y referentes otorga al conjunto una versatilidad única que impide que el ritmo decaiga, al menos no demasiado, durante sus 105 minutos.

Ahora bien, el trasfondo, el mensaje que proyecta, es similar al que ya lanzó su predecesora, y aunque es evidente que el diseño tiene que ser necesariamente igual, su director Chris McKay recurre a herramientas, gags y tópicos que no solo se utilizaron en la anterior película de LEGO, sino en muchas otras historias. Esto no es necesariamente un problema, sobre todo para los más jóvenes de las salas de cine, pero sí puede afectar en cierto modo al interés que suscita, amén de perjudicar al ritmo en muchos momentos del film. Es de agradecer, sin embargo, que incluso con esos estereotipos la cinta es capaz de reírse de sí misma y burlarse de sus propias limitaciones, lo cual es buen síntoma.

Desde luego, Batman: La LEGO película no es mejor que la anterior cinta de este mundo de construcción, entre otras cosas porque la película ha perdido el factor sorpresa. Pero tampoco es peor, ni mucho menos. A pesar de jugar con conceptos similares y de recurrir en muchos casos a un humor parecido, tiene una narrativa tan dinámica, con tantas referencias, que hace las delicias de cualquier fan del personaje, e incluso de aquellos que sencillamente conozcan por encima su historia. Amistad, familia, diversión y humor unen a héroes y villanos en este Gotham City de piezas y bloques, por lo que, en efecto, si hay que apostar por algo en este film, es por el negro.

Nota: 6,5/10

‘Gotham’ explora la oscuridad de Batman en su 2ª temporada


La locura y la oscuridad han protagonizado la segunda temporada de 'Gotham'.La primera temporada de Gotham fue un soplo de aire fresco en el subgénero de superhéroes. Primero porque ofrecía una visión diferente sobre personajes ya conocidos, y segundo porque exploraba las complejas relaciones entre los principales héroes y villanos en el mundo de Batman creado en las páginas de los cómics de DC. Pero la segunda temporada ha ido un paso más allá (como cabría esperar, por otro lado) y se ha revelado como una auténtica reinterpretación del mito, en clave adolescente pero con un notable sentido dramático que la aleja de productos sensibleros o tendentes al dramatismo más teatralizado.

Lo que ha logrado su creador, Bruno Heller (serie El mentalista) con estos 22 episodios es ampliar el mundo de la ciudad del murciélago hasta límites insospechados. Mientras la primera etapa se centró más en la relación entre Bruce Wayne y James Gordon, esta segunda apuesta por separar a estos personajes para enfrentarlos a sus propios miedos, a sus propias limitaciones. Por supuesto, esto es un análisis excesivamente genérico, pero en líneas generales, y teniendo en cuenta el final de temporada, la impresión que deja la serie es la de tratar de abarcar más conceptos, tramas y personajes conocidos por los fans.

Esto tiene algo bueno y algo malo. Lo bueno, y lo desarrollaré más adelante, es que los personajes han evolucionado de forma más que notable. Lo malo, y no es algo menor, es que la serie ha perdido parte de la esencia que tuvo en su comienzo, cuando se anunció que Gotham abordaría los orígenes de Batman. El hecho de que la mayor parte de los villanos más famosos del personaje (Joker, Enigma, Dr. Strange, Mr. Freeze, Pingüino, etc.) aparezcan en la historia sembrando el caos y el terror da al traste con esa idea, fundamentalmente porque desecha la línea argumental seguida en los cómics, películas y series de televisión anteriores. Esto siempre es peligroso, y me explico.

Mientras el peso de la historia siga cayendo sobre los hombros de Ben McKenzie (El marido de mi hermana) y la serie se mantenga como un thriller policíaco con dosis de ciencia ficción tiene capacidad para crecer. Sin embargo, si se opta por dirigir el argumento hacia un tono más adolescente, menos oscuro y trágico, la ficción podría derivar en algo tópico, carente del atractivo con el que comenzó y obligada a ofrecer algo más para suplir esa carencia. A priori, todo apunta a que Heller mantendrá el espíritu inicial, pero ya se han visto algunas concesiones en esta segunda temporada. Concesiones menores, es cierto, y algunas incluso necesarias, pero en cualquier caso sintomáticas.

Más oscuridad, más adulto

Con todo, lo más destacable de la segunda temporada de Gotham es la oscuridad que ha adquirido en todos sus aspectos. Gracias a algunos villanos, pero sobre todo al tratamiento de los principales personajes, la serie ha evolucionado en un sentido casi inesperado, y desde luego imprevisto para una segunda temporada. En cierto modo, la serie tiene un punto de inflexión a mitad de temporada (más o menos como toda serie que se precie hoy en día) con la decisión tomada por el personaje de McKenzie. Su James Gordon, figura de la integridad policial y de la justicia por encima de cualquier otro valor, se quebranta ante un enemigo que logra sacar a relucir el carácter más violento y, en cierto modo, corrupto (al menos de sus valores) de su personalidad. Esto, que podría parecer secundario, permite ofrecer otra visión del personaje, más acorde con lo que se conoce de él en el mundo de los cómics que con la imagen de héroe que tenía en la primera temporada.

Aunque sin duda el giro más interesante es el de Bruce Wayne/David Mazouz (serie Touch). Mostrado como un niño en los primeros compases de la trama, en esta segunda etapa, sobre todo en su tercio final, se ha convertido en un personaje que empieza a mostrar todo aquello que le convierte en Batman. Y no me refiero al desarrollo de sus habilidades físicas, que también, sino al carácter y el razonamiento que definen a este superhéroe. Por primera vez el espectador ve cómo toma la iniciativa para sonsacar información; por primera vez, el miedo a la muerte desaparece de su rostro. Todo ello, unido a una impecable actuación del joven Mazouz, da un giro al niño algo mimado y traumatizado por la muerte de sus padres que se presentó en la primera parte. Y es una decisión que, en el fondo, define todo el sentido de la producción a partir de ahora, sobre todo si se quiere que el peso termine cayendo sobre sus hombros.

Este carácter más oscuro que tanto reitero en el análisis viene acompañado de una visión más adulta de la trama. Es cierto que hay varias decisiones enfocadas a los adolescentes; y es cierto también que de repetirse en el futuro pueden convertirse en un punto débil. Pero en líneas generales la historia, héroes, villanos y secundarios incluidos, ha dado un paso más hacia la madurez de su argumento. El arco dramático de cada personaje está marcado, más que nunca, por sus propias dualidades. Cierto es que uno de los que mejor representan este cambio es Cory Michael Smith (Carol) y su Enigma, pero todos han hecho gala de esa dualidad entre locura y cordura, entre lo correcto y lo incorrecto.

Se puede decir, en este sentido, que la segunda temporada de Gotham es la temporada de la dualidad. Y eso es algo que, en el caso que nos ocupa, resulta todo un acierto, pues permite a los responsables ofrecer un drama marcado por las dudas personales, por la traición a los que nos rodean y a nosotros mismos. Esa capacidad de la serie de trasladar la problemática moral a los conflictos externos (que al fin y al cabo es lo que debería ser todo buen conflicto) convierte a este thriller policíaco en un rara avis dentro de las producciones de superhéroes. El final de esta etapa, además, abre la puerta a un futuro aún más aciago, con poca o ninguna esperanza para una ciudad consumida por el crimen. ¿Veremos en la próxima los primeros pasos de un joven murciélago?

‘Escuadrón Suicida’, unos buenos malos… ¿o eran malos buenos?


Will Smith y Margot Robbie lideran el 'Escuadrón Suicida' de David Ayer.A tenor de las críticas recibidas, debo de ser de los pocos que defienden Escuadrón Suicida. Y la verdad es que no me arrepiento. Argumentos a su favor tiene, como también los tiene en su contra. Vamos, lo que le viene a pasar al 80% de las películas, y lo que prácticamente ocurre en todas las cintas de superhéroes. El problema, o al menos uno de los más importantes, de la cinta de David Ayer (Corazones de acero), no radica en la propia historia, sino en algo que va más allá de la película, y que tiene un nombre: DC Cómics. La reciente obsesión por juntar en pantalla a un grupos de personajes conocidos por los amantes de los cómics está llevando a esta compañía a hacer películas irregulares, de difícil narrativa, pero con mucha espectacularidad.

La verdad es que esta película con un plantel de actores más que notable merece un análisis más profundo que el de la mera crítica, de ahí este extenso texto. A David Ayer se le puede acusar de muchas cosas, pero desde luego no de lo principal en cualquier película de superhéroes/supervillanos: entretenimiento. Porque esta reunión de malos no tan malos (hay buenos que son peores) es eso, puro y sencillo entretenimiento. El que quiera buscar algo más puede que lo encuentre, pero saldrá mayormente decepcionado. Y la verdad es que la película no busca nada más. Secuencias brillantemente ejecutadas, un humor algo irregular pero efectivo, sobre todo cuando recae sobre Margot Robbie (La leyenda de Tarzán) y su ya imprescindible Harley Quinn, y algunos diálogos que permiten hacer avanzar la acción son las señas de identidad. Vamos, lo mismo que ocurre en Los Vengadores y cintas similares.

Quizá la mejor defensa para este argumento es que Escuadrón Suicida dura dos horas y apenas se nota, logrando superar los baches propios de la narrativa de forma más o menos solvente. Pero volvamos sobre el reparto, o mejor dicho sobre esa pareja formada por Robbie y Jared Leto (El señor de la guerra), un Joker menos alocado y más psicópata que sin duda eleva el tono del film cada vez que aparece… y se hace poco. Ambos personajes, sin duda los mejor definidos e interpretados, son el mejor ejemplo de cómo los secundarios (o protagonistas con menor peso en la trama) pueden terminar por arrebatar el protagonismo de una historia. Y este sí es un punto débil de la película, que abordaré a continuación.

Pero junto a ellos hay todo un grupo de actores solventes, disfrutando de sus respectivos papeles y demostrando que la película puede funcionar en todos sus aspectos. El desarrollo dramático conseguido por Ayer, aunque claramente diferenciado en dos partes, es lo suficientemente sólido como para componer un mosaico de aventura, acción y humor en el que cada personaje, al menos los principales, está definido no solo por sus motivaciones, sino por su pasado y por su personalidad. Otra cosa es lo que ocurre con el resto de secundarios y lo que cabría esperar de la cinta. En cualquier caso, no se puede negar que esta cinta es una pieza más en la construcción de ese mundo cinematográfico de DC, y personalmente creo que es una pieza interesante y atractiva.

Al humo de las velas

Pero seamos sinceros. Escuadrón Suicida no es una película perfecta. De hecho, posiblemente no sea de las mejores de superhéroes. Y varios son sus problemas, que en principio no afectan al disfrute de estas aventuras, pero que sí pueden resultar determinantes para un tipo de público, sobre todo el más especializado. Para empezar, y como comentaba al inicio, DC Cómics llega tarde. Más bien, llega al humo de las velas a esta especie de fiesta en que se han convertido las películas de superhéroes. Con un tono más oscuro que su eterno rival, Marvel Cómics, la compañía ha querido resumir en un par de películas los años de trabajo en la pantalla grande que lleva su competidora. Y eso pasa factura, en algunos casos más grande que en otros.

En la película que nos ocupa, esto se traduce en una necesidad de presentar a demasiados personajes en una sola historia. Si algo han demostrado este tipo de films es que presentar a más de un personaje en la trama (además del héroe, claro está) tiende a ser un problema narrativo más que evidente. Ha pasado con todos, desde Spider-Man a Batman. Y si eso es así, ¿qué puede ocurrir cuando son 10 los roles a desarrollar? Aunque la opción elegida por Ayer no es la peor de todas, desde luego deja muchas lagunas. Para empezar, divide claramente la historia en dos, impidiendo un desarrollo más o menos profundo de la trama principal y su respectiva amenaza. Además, el director y guionista se ve obligado a desarrollar únicamente a los principales, dejando al resto a su suerte y a tratar de resumir su historia en una sola frase, con suerte en una mínima secuencia. Esta idea, aunque efectiva, termina por desdibujar a este grupo de villanos, convirtiendo a muchos de ellos en arquetipos lineales con poca o ninguna diferencia entre ellos, salvo sus habilidades y su aspecto, claro está.

Y precisamente los villanos es otro punto débil de la cinta. Puede parecer irónico que una cinta que se basa en un grupo de malos tenga como debilidad precisamente eso, pero así es. El problema es la necesaria humanización de los personajes. Todos ellos, sobre todo los principales, deben tener un aspecto con el que se puedan identificar los espectadores. Y esto termina siendo un problema, amén de escoger a actor como Will Smith (La verdad duele), héroe por antonomasia del cine de aventuras moderno, para un asesino a sueldo que parece más una figura paternal para el resto de supervillanos. La película utiliza dos herramientas para esa humanización, a cada cual más peligrosa. Por un lado, convertir a los presuntamente buenos, y en general a todos los que les rodean, en más malos que los propios villanos. Y por otro, demostrar que todos los malos lo que buscan, en realidad, es una vida tranquila, sencilla y en paz.

Eso es algo que no funciona, al menos no como vehículo para demostrar que son villanos sin escrúpulos que pueden lograr la redención con sus buenas acciones por un bien mayor. Y no funciona porque, además de que parecen héroes en lugar de antihéroes, los buenos parecen demasiado inocentes. Algo que representa a la perfección el personaje de Joel Kinnaman (serie House of cards), quien comienza la cinta aparentando un desprecio hacia su escuadrón de villanos y termina por ser amigo de asesinos, psicópatas y monstruos. Y ni siquiera la muerte inicial de un miembro del grupo puede eliminar la sensación de que estos antihéroes son héroes; para eso ya se cuidan mucho de que el único que muere es aquel que no tiene casi ni presentación. El resultado final es que Escuadrón Suicida funciona como película de superhéroes, no de supervillanos obligados a hacer el bien. Funciona por su entretenimiento, aunque falla en algunos aspectos que para muchos pueden ser fundamentales. Ahora bien, se disfruta mucho, tanto de la acción como del humor, de su banda sonora y de la locura que imprimen al conjunto Leto y Robbie. Al final, como todo, la película funciona porque se encuentra en un punto intermedio. Y puede que ese sea el problema.

‘Érase una vez’ divide su 4ª T para recuperar fuerza dramática


Los protagonistas de 'Frozen: El reino del hielo' llegan a la cuarta temporada de 'Érase una vez'.Parece ser una tendencia cada vez más consolidada que las temporadas de las series de televisión dividan su espacio en dos partes bien diferenciadas gracias a dos arcos dramáticos independientes. La última en sumarse a esa forma de entender la narrativa es Érase una vez, cuya cuarta temporada finaliza su desarrollo inicial antes de lo previsto para regresar, no sin cierta dificultad, a su temática clásica de héroes y villanos, de buenos y de unos malos que buscan su final feliz. Y aunque en un principio puede parecer una incoherencia por parte de sus creadores, Adam Horowitz y Edward Kitsis (Tron: Legacy), lo cierto es que la impresión final es la de haber buscado un respiro que permita reasentada las bases de la serie, una especie de paréntesis que ha ayudado a introducir nuevos personajes, a cambiar la perspectiva de otros y a reinterpretar nuevos cuentos que permitan indagar el mundo creado desde un prisma nuevo en las próximas temporadas.

Los que hayan visto el final de la tercera temporada sabrán que dicho paréntesis ha sido un homenaje directo al éxito de Frozen: El reino del hielo (2013), aunque siempre bajo el particular punto de vista de esta producción. Con un relato que se sitúa algún tiempo después de los acontecimientos del film, la serie logra incorporar plenamente a los nuevos personajes, no solo por ser los protagonistas de esta especie de spin off, sino porque se integran en el pasado de la protagonista, de nuevo interpretada por Jennifer Morrison (serie House). Más allá del parecido físico de los actores con los personajes creados por Disney, lo realmente interesante es, una vez más, el modo en que los responsables de esta ficción acometen la tarea de dar una vuelta de tuerca a los aspectos y los personajes más destacados de ese cuento.

Con todo, lo más destacable de esta historia dentro de Érase una vez es ha permitido a la serie reformular algunos aspectos que parecían estar perdiendo fuerza conforme se desarrollaban. Si bien es cierto que la serie había logrado construir un complejo relato a lo largo de las tres etapas anteriores, no lo es menos que parecía haber llegado a un punto de inflexión en el que los principales villanos habían encontrado su parte de héroes. La introducción de los protagonistas de Frozen: El reino del hielo, lejos de convertirse en nuevos y peligrosos antagonistas, han generado una cadena de acontecimientos que han revelado de nuevo la auténtica naturaleza de los villanos. Esto permite, a su vez, reformular las bases de la serie, ofreciendo al espectador nuevas aventuras bajo un paraguas relativamente similar pero que distrae los suficiente para no saturar.

Lo que cabe preguntarse, por tanto, es si tanto recorrido era necesario. Para gustos los colores, pero lo cierto es que la serie ha sabido tomarse su tiempo para volver a sus inicios a mitad de temporada. Puede resultar algo infantil, incluso excesivamente empalagoso y repetitivo, pero la originalidad que imprimen sus responsables a cada uno de los personajes disminuye estos problemas de forma considerable. Por otro lado, este desarrollo ha permitido introducir nuevos personajes que, aunque secundarios al principio, adquieren más valor conforme transcurre el desarrollo dramático, integrando nuevos héroes y villanos en la historia y enriqueciendo este mundo en el que los cuentos de hadas conviven entre ellos en un mundo que cada vez fusiona más la realidad con la magia de los relatos.

Darle la vuelta a la tortilla

Pero todo ello es solo el principio de esta cuarta temporada de Érase una vez. El resto de los 23 episodios devuelven el protagonismo, con algunas novedades, a los héroes y villanos que desde el principio han poblado la trama, haciendo especial hincapié en aquellos sobre los que pivota el eje central del desarrollo dramático, esto es, Blancanieves, Rumpelstilskin y la Reina. Sin desvelar demasiado sobre los giros dramáticos, hay que aclarar que este regreso al desarrollo más tradicional tiene un único y claro objetivo insinuado durante los capítulos pero desvelado en ese último plano de la temporada que, a modo de gancho, deja preparado el terreno para la siguiente temporada.

Dicho terreno pretende, en pocas palabras, reformular por completo la estructura de la serie. No es nueva la idea de que en el mundo real ni los héroes de los cuentos son santos ni los villanos demonios, pero lo que plantea el final de esta etapa supone un cambio drástico que, si se plantea correctamente, puede convertirse en el impulso definitivo que necesita esta ficción para retomar, o al menos rememorar, el impacto de la primera temporada. Y para ello nada mejor que Merlin, cuya suma al elenco es anunciada en la propia temporada.

Ahora bien, la temporada también plantea muchas dudas acerca de la capacidad de la serie para continuar con su mundo de fantasía. Aunque es cierto que mientras haya cuentos y personajes por explorar seguirá teniendo posibilidades de desarrollo, la cuarta temporada ha dado numerosas muestras de cansancio narrativo, de reiteración de temáticas y conflictos que han ralentizado levemente el desarrollo de algunos personajes, encasillándoles en aquello que la ficción siempre ha intentado evitar con su reinterpretación de los relatos. Tal vez sea por el techo dramático que la serie ha alcanzado en su anterior temporada. Puede que esta cuarta temporada deba ser vista más como un puente hacia algo nuevo. Pero en cualquier caso los personajes no han estado a la altura de lo conseguido en anteriores etapas.

De este modo la cuarta temporada de Érase una vez se convierte en un vehículo tanto para aprovechar el tirón del fenómeno Frozen: El reino del hielo, como para buscar nuevas vías de desarrollo. Sus responsables parecen haberlas encontrado en la reformulación de muchos pilares de la serie, algo muy positivo si tenemos en cuenta que la anterior temporada parecía haber marcado un punto y aparte. Pero va a ser necesario algo más que el mero cambio de héroes o villanos. Va a ser necesario que algunos de los personajes encuentren un mejor equilibrio entre sus caras más sombrías y las más luminosas.

‘Arrow’ lleva la trama hasta sus últimas consecuencias en la 3ª T


Ra's Al Ghul es el principal villano de la tercera temporada de 'Arrow'.Ya lo comenté durante el análisis de la segunda temporada de Arrow, pero no está de más reafirmarlo. La serie sobre el enmascarado verde es a la televisión lo que la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan (Interstellar) es al cine. La tercera temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Marc Guggenheim y Andrew Kreisberg (serie Eli Stone) ha confirmado que estamos ante una de las ficciones más completas, frescas y diferentes de la televisión actual. Y lo más importante: es capaz de reinventarse a sí misma y de servir como plataforma para todo un mundo seriéfilo cuyas consecuencias todavía estamos por ver.

Hablar de la complejidad de la trama y de la calidad de los personajes tal vez sea, a estas alturas, algo irrelevante. Estos nuevos 23 episodios logran mantener la tensión dramática de etapas anteriores gracias, sobre todo, a la absoluta falta de especulación con el género. Es una serie sobre superhéroes, sobre justicieros enmascarados, y sus creadores comprenden los límites y las posibilidades que eso conlleva. Gracias a unos roles fieles a sí mismos que logran evolucionar lo suficiente para no resultar repetitivos, la trama de esta temporada explora no solo caminos ya conocidos (el love interest del protagonista, la aparición de antiguos enemigos, etc.), sino que incorpora nuevas historias que se integran en el conjunto para modificar el mundo del protagonista de forma irremediable.

Y este es sin duda el gran acierto de Arrow. Estamos tan acostumbrados a que en estas producciones los villanos aparezcan y desaparezcan sin dar demasiadas explicaciones que cuando la trama se plantea para justificar todo este vaivén resulta sumamente interesante. En efecto, en esta tercera temporada recupera protagonismo el villano de la primera etapa, un John Barrowman (serie Torchwood) que vuelve a convertirse en uno de los mejores atractivos de la producción. Pero lejos de hacerlo con ansias de venganza su papel en la trama resulta refrescante en tanto en cuanto se dota al personaje de entidad propia, de motivaciones y objetivos que van más allá del simple enfrentamiento con el héroe de turno. Evidentemente, la forma de presentarlo tiene también una notable importancia, pues el espectador no descubre la esencia hasta el desenlace final, pero más allá de todo eso ofrece al desarrollo dramático de la serie en su conjunto una complejidad admirable.

La incorporación de un villano tradicional del Universo DC como es Ra’s Al Ghul, al que da vida estupendamente Matt Nable (Riddick), aporta la novedad a la historia y, sobre todo, un “más difícil todavía” que parecía imposible a tenor del final que tuvo la segunda temporada. Y lo hace, como casi todo en la serie, sin miedo a las consecuencias dramáticas que pueda tener su evolución. Lejos de pirotecnias, efectos especiales o espectaculares secuencias de acción (que las hay, y muy conseguidas), Berlanti, Guggenheim y Kreisberg optan más por las consecuencias de las acciones y decisiones de los personajes. Esto ofrece al espectador una sucesión de puntos de giro dramáticos que no dejan lugar para el aburrimiento en ningún momento. Sin desvelar demasiado a aquellos que todavía no hayan podido verla, esta temporada depara importantes sorpresas que sitúan la trama en un panorama incomparable para la cuarta entrega episódica ya confirmada.

El origen de todo

A lo largo de esta tercera temporada de Arrow no son pocas las ocasiones en que, ya sea a través de diálogos o de nuevos personajes, se deja patente que el personaje interpretado por Stephen Amell (Cerrando el círculo), quien por cierto tendrá un papel relevante en la próxima secuela de Las Tortugas Ninja, ha sido el origen de todo un universo en el que los héroes y superhéroes enmascarados tienen un papel protagonista. Es, de hecho, una de las líneas argumentales que sostienen la trama principal, ahondando en el debate personal y colectivo que se abre entre los protagonistas acerca de la responsabilidad para salvar la ciudad del héroe. Esto ha permitido, además, la aparición de nuevos héroes en la historia, alguno con serie propia (The Flash) y otros a punto de protagonizar la suya (Legends of Tomorrow). Coincidencia o no, el origen de ambos se produce en esta magnífica serie de la mano de sendas explosiones.

Pero más allá de estos detalles y de la unión de tramas entre las series de DC que actualmente están en curso, lo más interesante es el trasfondo dramático que esa idea de “el origen de todo” deja en la historia y sus personajes. Curiosamente, en esta ocasión el pasado de Oliver Queen no resulta tan relevante para esta idea, lo que no quiere decir que no tenga su repercusión en el desarrollo de los acontecimientos. En cierto modo, el componente dramático camina de la mano del componente puramente físico, nutriéndose uno de otro de forma mutua pero ofreciendo al espectador dos niveles diferentes de relato. Esto, en definitiva, no hace sino aportar un mayor grado de interés.

La temporada ha servido también para hacer un poco de limpieza entre los personajes. Quizá uno de los talones de Aquiles más peligrosos de la producción era que algunos secundarios tendían a quedarse estancados ante la falta de tiempo para desarrollarlos, generando un inevitable lastre respecto al resto. Era el caso, por ejemplo, de los roles de Willa Holland (Perros de paja) y de Katie Cassidy (Pesadilla en Elm Street), que parecían destinados a ser simples espectadores cuyo conocimiento de la realidad se antojaba casi incoherente. A lo largo de estos episodios ambos personajes evolucionan (alguno mejor que otro) para convertirse en verdaderos activos de la trama, dotándoles de una identidad secreta que les permita integrarse en el grupo de forma natural. Claro que para eso ha sido necesario el sacrificio de otros dos personajes. La idoneidad del cambio queda a gusto del consumidor.

Lo que está claro es que con este cambio y con la resolución final de esta tercera temporada de Arrow la serie ha dado un giro notable respecto al inicio de la primera etapa. Un cambio natural, obligado por el desarrollo dramático de los personajes y por el camino que ha tomado la propia serie, siempre dispuesta a explorar nuevos caminos que lleven a los personajes a tomar decisiones comprometidas. Tal y como queda el tablero de juego la cuarta temporada se antoja apasionante, sobre todo por poder comprobar cómo encajarán todos los cambios en la nueva trama y en los propios personajes. Si los creadores mantienen el criterio, la serie seguirá siendo uno de los productos más atractivos de la televisión.

1ª T de ‘Gotham’, o cómo desarrollar unos personajes ya conocidos


Ben McKenzie y David Mazouz protagonizan la primera temporada de 'Gotham'.Nunca he sido partidario de las producciones que abordan el pasado de superhéroes icónicos. Su tendencia a adaptar las aventuras de los cómics a las necesidades de unos personajes jóvenes suele generar tramas sin demasiado peso, con personajes que no solo no responden a lo que se espera de ellos, sino que caen en una serie de contradicciones insalvables. Por eso tenía cierto recelo a lo que pudiera encontrar en la primera temporada de Gotham, cuya acción transcurre en la infancia de Bruce Wayne/Batman. Pero la mejor conclusión que se puede sacar tras 22 episodios es que es una producción espléndida en todos los sentidos.

Algo que, por cierto, confirma que DC está apostando por las historias y los personajes más que la espectacularidad, territorio que por ahora posee Marvel. Bajo esta consigna, Bruno Heller, creador de la serie Roma, conforma un escenario brillante en el que los personajes más conocidos de los cómics de Batman se desarrollan en base a lo que serán en el futuro. Dicho de otro modo, los roles no son una versión infantil o adolescente de sus versiones en papel, sino que realmente abordan sus respectivas tramas desde un punto de vista complementario al conocimiento popular que se tiene de ellos. El episodio piloto, en este sentido, es sumamente revelador. A pesar de que no tiene el impacto o la fuerza de otros pilotos, sí sienta las bases de lo que posteriormente se desarrollará, permitiendo además una mayor libertad para explorar la ciudad que da nombre al título tanto dramática como estéticamente hablando.

Desde luego, quien espere una serie de superhéroes al estilo de ArrowThe Flash debería abandonar antes de que sea tarde. Gotham es algo diferente en ese aspecto, aunque igualmente atractivo y, para los seguidores del Caballero Oscuro, plagado de guiños a los personajes. Desde la obsesión de un joven Bruce Wayne (magnífico David Mazouz, visto en Touch) por encontrar al asesino de sus padres, hasta un Pingüino simplemente brillante gracias a la labor de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche), por sus episodios se van dando cita algunos de los más conocidos personajes del superhéroe. Mención especial merecen el nacimiento de villanos como Enigma (Cory Michael Smith, visto en Camp X-Ray) o Catwoman, a la que encarna una Camren Bicondova (Battlefield America), quien por cierto tiene un notable parecido con Michelle Pfeiffer, que dio vida al personaje en Batman vuelve (1992).

Si bien es cierto que la necesidad obliga a relacionar a muchos de estos personajes, el éxito narrativo de la serie se basa precisamente en que todos ellos son secundarios de una trama principal que tiene como protagonista a Ben McKenzie (Junebug), que da vida al detective James Gordon. La apuesta decidida por obviar el carácter fantasioso de los superhéroes y centrar la acción en un thriller de acción policíaco (con sus guiños a los cómics, claro está) convierten la producción en un producto diferente, más interesado en crear líneas argumentales que puedan tener repercusión antes que encasillarse en las necesidades de los héroes y villanos de turno.

Personajes únicos

Y aunque las tramas tienen interés, lo que mejor define a Gotham son sus personajes, más concretamente sus secundarios. Es cierto que la presencia de numerosas tramas crea una red que se nutre de forma autosuficiente para crear una sólida estructura cuyo desenlace en el episodio final es tan caótico como espléndido. Y es cierto que la búsqueda personal del joven Bruce Wayne aporta un interés añadido a las corruptelas de una ciudad dominada por el crimen. Pero son roles como el Pingüino, el compañero de Gordon (genial Donal Logue, de la serie Vikingos) o las luchas entre mafiosos lo que realmente termina por dominar el panorama general de la serie.

Desde luego, la definición sobre el papel es espléndida, quizá porque ninguno de los roles son arquetípicos, algo que podría esperarse de una serie basada en personajes de cómic. Todos estos secundarios, ya sean héroes o villanos, tienen una notable variedad de capas que les hacen más complejos de lo que cabría esperar. Evidentemente, los héroes siempre serán héroes y los villanos siempre serán villanos, pero la necesidad de colaborar entre ellos difumina en muchas ocasiones la línea que les separa y nutre los conflictos que se plantean en cada capítulo. Salvo la pareja formada por los personajes de McKenzie y Mazouz, cuya rectitud es, en cierto modo, el contraste a toda una ciudad corrupta, el resto de roles parecen tener algo que esconder, lo cual no hace sino aportar un notable grado de sorpresa al desarrollo.

Aunque mención aparte merece el rol de Jada Pinkett Smith (Bajo la piel). Es el único personaje creado expresamente para la serie, y quizá por eso, por la libertad que ofrece la inexistencia previa, su importancia es mucho mayor. Sibilina, inteligente, manipuladora, violenta, superviviente. Todos estos calificativos, y todos los que se quieran añadir, se pueden aplicar a una mujer que marca en todo momento el desarrollo de las principales tramas. En buena medida, sin ella no podría entenderse la serie, pues más allá de su entidad propia es el mejor enemigo que podría encontrar un Pingüino tan manipulador e inteligente como el que se define en la serie. Y desde luego sin ella no se producirían algunas de las mejores conversaciones de toda esta primera temporada.

Pero esto son solo algunos de los mayores aciertos de Gotham. La verdad es que esta primera temporada requeriría de varios análisis que permitieran apreciar la calidad en el diseño de producción, la evolución narrativa de muchos de sus personajes y, cómo no, el proceso de transformación en Batman que se produce en el joven Bruce Wayne, y que en la serie queda definido por los acontecimientos del episodio piloto y del episodio 22. Pero en cualquier caso todo eso se puede resumir en que Bruno Heller, creador de esta espléndida serie, ha apostado por los personajes y el desarrollo dramático en lugar de la acción. La influencia de los cómics, más allá de ofrecer las pautas para la definición de algunos personajes, es prácticamente nula, lo que deja libertad total para ahondar en una época desconocida. Una época de la que esta primera temporada deja con ganas de más.

‘Matar al mensajero’: los mismos héroes y villanos sobre el papel


Jeremy Renner da vida a Gary Webb en 'Matar al mensajero', dirigida por Michael Cuesta.Hay algo muy curioso en los thrillers ambientados en la corrupción política y el mundo del periodismo: todos ellos son, en esencia, iguales sobre el papel, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca una vez que los títulos de crédito hacen acto de presencia. Es cierto que algunos son mejores que otros; que algunos directamente son soporíferos; y que muchos otros son directamente inverosímiles. Pero la base de verdad que suele acompañar este tipo de historias hacen que sus guiones posean una fortaleza única que lleva a los espectadores a estremecerse, indignarse y compadecerse con lo ocurrido en la trama. Lo nuevo de Michael Cuesta (Roadie) no es distinto, para bien y para mal.

Desde luego, si alguien acude a ver Matar al mensajero con la esperanza de encontrar una isla en un océano, mejor será que desista. Nada en la película interpretada por Jeremy Renner (En tierra de hombres), quien por cierto vuelve a un terreno dramático que maneja muy bien, supone una novedad. En este sentido, el desarrollo dramático puede preverse con varios minutos de antelación, pues las situaciones y los lugares son comunes a los que han presentado muchas otras películas (mejores películas) antes que esta. La puesta en escena de Cuesta, además, tampoco opta por una visión más transgresora de esta lucha quijotesca contra unos gigantes que, en esta ocasión, son gigantes de verdad. De hecho, es en el apartado visual donde más flojea el film.

Entonces, ¿no hay nada en ella digno de mención? No hay nada… y todo. Tal vez sea por la época de corrupción que vivimos; tal vez influya el hecho de que determinados aspectos del Gobierno de un país siguen siendo ajenos al gran público; o simplemente que este tipo de thrillers apasionan. Sea como fuere, la película entretiene gracias precisamente a no salirse del guión establecido, a presentar una lucha imposible de un hombre contra el sistema. Una lucha que, todo sea dicho, le otorga una victoria pírrica. Pero el resultado es lo de menos. Lo más interesante reside en el viaje personal y destructivo que vive el protagonista y el modo en que aquellos que le rodean reaccionan al desarrollo de los acontecimientos. Eso y la reivindicación de una profesión, el periodismo, que necesita más hombres como Gary Webb.

La conclusión de Matar al mensajero, por tanto, es que es una aportación más a este tipo de historias. No tiene nada de original, pero aun así entretiene. No tiene pretensiones de ningún tipo, y a pesar de ello logra generar una cierta incomodidad en el espectador al mostrar la espiral en la que se introduce sin red de seguridad. Posiblemente en otras circunstancias esta historia no habría pasado de un mero telefilm, pero gracias al espectacular reparto y a algunas secuencias bastante impactantes (la primera amenaza al protagonista, el final ideal que contrasta con el real, …) la película alcanza un nivel medio. Una prueba más de que a veces es mejor no experimentar y dejar las cosas como están.

Nota: 6/10

3ª T de ‘Érase una vez’, punto de inflexión para los cuentos de hadas


Los héroes de 'Érase una vez' viajarán a Nunca Jamás en la tercera temporada.La tercera temporada de Érase una vez ha dejado claro que una historia puede complicarse hasta extremos insospechados siempre y cuando todo tenga un cierto sentido dramático y no produzca contradicciones narrativas. Si la primera y la segunda temporada se centraban fundamentalmente en la lucha entre Blancanieves y la Madrastra malvada, estos nuevos 22 episodios han permitido a sus creadores, Adam Horowitz y Edward Kitsis, guionistas de TRON: Legacy (2010), expandir el universo a nuevos escenarios y nuevos mundos de fantasía hasta ahora inexplorados. Todo ello integrado en una historia que crece en todos los sentidos y que convierte a la serie en una de las propuestas más frescas de la pequeña pantalla. Aunque evidentemente no todo es oro todo lo que reluce.

Y es que si se analiza en profundidad el desarrollo dramático de la temporada es indispensable señalar los numerosos giros que presenta, muchos de ellos obligados por una tendencia innata de los creadores de llevar a sus personajes al límite. Esto no es necesariamente algo negativo, pues eso ha permitido explorar una evolución dramática de los protagonistas realmente interesante, sobre todo si uno se fija en los villanos. Sin embargo, no es menos cierto que estirar el desarrollo hasta sus últimas consecuencias posee una contraproducente sensación de querer alargar la historia sin demasiado sentido, nutriendo el conjunto de secuencias que desde algunos puntos de vista pueden parecer innecesarias. Esto, unido a la presencia de roles secundarios sin demasiado recorrido, es lo que más debilita a esta nueva entrega de la serie, pero al mismo tiempo es el síntoma más evidente de que el producto ha evolucionado. Durante las etapas anteriores muchos de los episodios se destinaban a narrar los orígenes de los personajes de los cuentos de hadas; ahora, y dado que ya no es necesaria tal estructura, la trama se centra más en su propio desarrollo.

Es en este sentido donde Érase una vez vuelve a demostrar que posee una originalidad única, distinta a todo lo visto hasta ahora y con una capacidad de integración sencillamente brillante. Bajo la premisa de que todo es posible, Horowitz y Kitsis construyen un complejo sistema de relaciones de parentesco en el que todos los personajes tienen cabida, conformando un mundo de fantasía que enriquece las historias tradicionales siempre y cuando el espectador se muestre partícipe de ello. Lejos de resultar absurdo, gracias a una definición sólida de cada nuevo personaje este entramado aporta al mismo tiempo novedad y comprensión al desarrollo dramático, pues las nuevas líneas argumentales justifican en muchos sentidos lo visto con anterioridad.

Todo esto, tanto lo bueno como lo malo, podría resumirse en la presencia de los dos villanos principales de esta tercera temporada, que consecuentemente se divide en dos partes perfectamente diferenciadas. El primero, un Peter Pan muy distinto al que estamos acostumbrados y al que da vida magistralmente un joven Robbie Kay (Vivir para siempre), es el catalizador para que los personajes, héroes y villanos a partes iguales, se unan por una causa común como es la de salvar al personajes interpretado por Jared Gilmore (serie Mad Men). La segunda, conocida como Bruja Mala del Mundo de OZ (Rebecca Mader, vista en Los hombres que miraban fijamente a las cabras), es una amenaza del pasado que obliga a los personajes a adquirir conciencia de su verdadera naturaleza, transformándose en algo que hasta ahora no se había visto.

Imprescindible Rumpelstilskin

Aunque si algo reitera Érase una vez en todas y cada una de sus temporadas es que el personaje de Rumpelstilskin, interpretado por un magnífico Robert Carlyle (Trainspotting), es el verdadero corazón del show. Da igual que tenga una presencia más o menos relevante; incluso se puede permitir el lujo, como de hecho ocurre en esta tercera entrega, de desaparecer de la trama durante algunos capítulos. Su rol es casi tan imprescindible como la magia que impregna todo el relato. Y si en las anteriores temporadas fue él el artífice de prácticamente todas las artimañas utilizadas para hacer avanzar la trama, en estos episodios su reconversión en héroe es una suerte de reinterpretación del personaje motivada por la presencia, como ya he dicho, de los dos villanos. Villanos que, por cierto, tienen una relación muy estrecha con este rol, lo que confirma la sensación de que sin Carlyle esta serie no sería lo mismo.

Al inicio del texto aseguraba que Horowitz y Kitsis llevan al límite a sus personajes, lo que ha obligado a resoluciones drásticas (un nuevo hechizo) y lo que ha provocado, a su vez, unas líneas de desarrollo dramático que alcanzan extremos un poco increíbles. Uno de ellos es la evolución de los dos principales villanos en héroes. Este arco argumental, que en el fondo es el motor de toda la temporada, es el que lleva a pensar en un final de serie durante el episodio doble con el que concluye esta etapa. La forma en que los responsables cierran el círculo iniciado en la primera temporada es tan esperanzadora y tan bienintencionada que apenas deja espacio para algo que no sean los finales felices a los que los cuentos nos tienen tan acostumbrados. Pero hay que hacer hincapié en la palabra “apenas”. En efecto, el final de esta tercera entrega es a todas luces un final feliz, pero eso no implica que todos los personajes terminen siendo felices. Sin ir más lejos, los tradicionales villanos de la serie, encarnados por Lana Parrilla (One last ride) y el ya mencionado Carlyle, siguen demostrando que la oscuridad es su rasgo definitorio, ofreciendo ahora una visión mucho más matizada de su personalidad.

En cierto modo, este final dota de sentido a todo lo visto durante los 22 capítulos de esta temporada. Sin el viaje realizado por los personajes principales, estos no habrían tenido la oportunidad de adquirir una personalidad mucho más compleja marcada por las revelaciones de su pasado y por la necesidad de un objetivo común. Así las cosas, se puede decir que los buenos no son tan buenos, pero los malos definitivamente no son tan malos. O mejor dicho, su maldad es mucho más sutil. Tras lo narrado en esta tercera parte sus motivaciones han cambiado notablemente, aunque la esencia de las mismas se mantiene lo suficiente como para hacerles reconocibles. Gracias a ese final, por ejemplo, los principales héroes siguen teniendo como motivación la protección de sus seres queridos, mientras que los antagonistas han sabido evolucionar en la forma de digerir sus frustraciones y sus venganzas. Todo con la presencia final de un nuevo enemigo que sin duda aportará nuevos matices a la historia.

Con esta nueva temporada Érase una vez se confirma como una producción de carácter propio, muy particular y sin demasiadas concesiones a las historias de las que toma prestados los personajes. Su facilidad para relacionar a prácticamente todos los héroes de los cuentos de hadas es fascinante, lo que le lleva a adquirir una complejidad narrativa muy difícil de sostener. Lo mejor de todo es que lo consigue, aunque el precio a pagar sea la obsesión por mantenerles a todos en cartel. Una obsesión que puede provocar una serie de desconexiones en la trama y de desarrollos que pueden llevar a ninguna parte. Es un riesgo que hay que correr y que debe ser controlado si no se quiere caer en la autoparodia como le ocurren a otras producciones. Por fortuna, por ahora se mantiene el equilibrio, y como resultado puede decirse que esta temporada ha mantenido el nivel de las anteriores, siendo además un punto de inflexión que permite a la historia avanzar por nuevas vías argumentales y con nuevos personajes llamados a ser protagonistas.

‘The Amazing Spider-Man: El poder de Electro’: la impotencia del héroe


Peter Parker se enfrentará a poderosos enemigos en 'The Amazing Spider-Man: El poder de Electro'.No sé si es casualidad o que la experiencia es un grado, pero si algo comparten las dos trilogías sobre el superhéroe arácnido es que, al menos por ahora y a falta de que llegue la tercera de la nueva saga, las segundas partes superan lo visto en las primeras. En el caso concreto que nos atañe el director Marc Webb ((500) días juntos) evidencia los motivos por los que fue elegido, y que tienen más que ver con el aspecto dramático de la historia que con sus efectos y su dinamismo. La cinta gana peso emocional, recupera conceptos clásicos del personaje al mismo tiempo que reinventa otros y propone nuevas vías inexploradas hasta ahora. Lo cual no quiere decir, claro está, que sea una cinta perfecta.

En líneas generales, The Amazing Spider-Man: El poder de Electro combina sabiamente la dual naturaleza del protagonista, un Andrew Garfield (Nunca me abandones) que vuelve a demostrar la complicidad que tiene con el personaje. El drama, ya sea en forma de respuestas del pasado o promesas del futuro, encuentra los huecos necesarios entre las espectaculares secuencias de acción (en las que, todo sea dicho, se abusa de la cámara lenta) para conformar una historia que no solo retoma las incógnitas dejadas por la primera parte, sino que abre otras nuevas. Incluso se permite el lujo de anticipar la llegada del grupo de villanos más importante del mundo del cabeza de red.

Dicho drama, por cierto, es lo que define por encima de cualquier otro aspecto la nueva aventura del trepamuros. A medida que pasan los minutos (puede que demasiados minutos) una sospecha de tragedia inevitable se cierne sobre el desarrollo dramático, generando cierta incomodidad en el espectador que, tanto si conoce las historias en papel como si no, no se resuelve hasta el final. El film vuelve a abordar de forma magistral (la imagen de la telaraña con forma de mano es sencillamente insuperable) la impotencia de un joven superhéroe al que la vida le demuestra una y otra vez que no es invencible, y que sus poderes no son nada ante el destino que le aguarda.

Hay que decir, empero, que si bien la cinta gana en dramatismo, sigue pecando de los errores que ya se vieron en su predecesora. Por fortuna, el traje ha vuelto a senderos más clasicistas, pero la distinción entre Peter Parker/Spider-Man sigue siendo casi inexistente, utilizando la personalidad algo cómica y burlona característica del superhéroe en ambos aspectos de su vida. Igualmente, la presencia de hasta tres villanos (en la práctica son dos, pero bueno) no hace sino impedir un mejor desarrollo de los personajes, restando fuerza a unos enemigos, por otro lado, muy logrados.

Desde luego, The Amazing Spider-Man: El poder de Electro tiene todavía muchas aristas que pulir, pero eso no impide que sea un espectáculo de lo más entretenido y recomendable. Los más puritanos posiblemente no terminen de comulgar con el origen de algunos villanos, caso del Duende, pero eso no debería ser un obstáculo para encontrar en esta segunda parte una gran obra sobre el personaje, capaz de captar el dinamismo de los movimientos del héroe y su lado más trágico en un único y bien armado conjunto. Solo cabe esperar que la tercera entrega siga esta senda y que se olvide, en todo caso, de la terrible manía de introducir más de un villano en la función, algo que normalmente siempre ha tenido terribles consecuencias.

Nota: 7,5/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: