‘¡Rompe Ralph!’: aceptarse a uno mismo a golpe de pixel


Los malos de los videojuegos forman un club en '¡Rompe Ralph!'.Por mucho que las grandes productoras se empeñen en equipararse a Disney, esta es y será siempre un referente en el cine de animación destinado a los más pequeños. La inteligencia y el respeto con el que se dirige a su público y a los adultos que hacen de acompañantes son los pilares de un tipo de cine que ha sabido heredar y adaptar a los nuevos tiempos la que está llamada a ser su sucesora, Pixar. Y aunque esta ahora pertenezca a la primera, eso no impide que la responsable de joyas como Blancanieves y los siete enanitos (1937) o El rey león (1994) sea capaz de afrontar proyectos de animación por ordenador con un resultado más que aceptable, como es el caso de ¡Rompe Ralph!.

De hecho, esta película dirigida por Rich Moore en la que es su primera incursión en el largometraje puede que apele más al niño de los jóvenes y adultos con edades comprendidas entre los 20 y los 40 años que a los más pequeños de la casa. Es cierto que la historia, de típica y tópica, resulta previsible, pero en ningún caso es aburrida. Sobre todo si se atiende, como si de un ‘¿Quién es quién?’ se tratara, a los cameos de personajes de videojuegos clásicos que existen a lo largo de la película. Personajes de ‘Street Fighter’, de ‘Sonic’, de ‘Pac-Man’, … todos los grandes héroes de las máquinas recreativas en las que los niños pasaban horas antes de que llegaran las videoconsolas están presentes.

Claro que no todo es nostalgia. El film combina con acierto e inteligencia dichos referentes con la animación más moderna. El resultado, aunque algo extraño, es muy original, pues el diseño bidimensional integrado en la animación con volumen realizada por ordenador permite, por ejemplo, observar el extraño movimiento de unos seres que se mueven casi pixel a pixel. O, en otro orden de cosas, permite al espectador adentrarse en un mundo de dulces y caramelos tan plagado de mitos y homenajes que es difícil contarlos todos.

Al final, ¡Rompe Ralph! se convierte en un homenaje a la infancia a través de una historia tan dinámica como previsible. Habrá quien vea en su animación un retroceso respecto a las producciones Pixar, pero nada más lejos de la realidad. Todo está medido y pensado para adentrar a los más pequeños en el mundo que hay detrás de los videojuegos. Todo un entretenimiento que apenas deja un respiro pero que desarrolla su historia milimétricamente para poder, al final, ofrecer una mensaje aleccionador: la importancia de todos y cada uno de nosotros en el esquema de la sociedad, da igual el lugar que ocupemos.

Nota: 7/10

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El friki avanza hacia la madurez en la 5ª temporada de ‘The Big Bang Theory’



La sociedad no lo reconoce, pero todo el mundo lleva un friki en su interior. En mayor o menor medida, toda la sociedad vive marcada por obras como La guerra de las galaxias, por personajes como Spider-manSuperman, y por videojuegos como Supermario Bros. Son, en definitiva, elementos de la cultura popular que han traspasado los límites de sus respectivos espacios para convertirse en auténticos referentes globales. En cierto modo, los personajes de The Big Bang Theory están viviendo una experiencia similar. Gracias a ellos, o mejor dicho a los creadores de tan magnífica serie, Chuck Lorre y Bill Prady (responsables de la divertidísima Dos hombres y medio), el mundo del fan, en su expresión más amplia, ha podido salir del armario para reivindicar su lugar en el mundo. Con la quinta temporada se va un paso más allá, colocando la figura en lugares tan comunes para la gente corriente como impensables para la imagen del friki que todo el mundo tiene en mente.

Desde luego, estos últimos 24 capítulos han contado con algunos de los mejores momentos de todo el programa. Más allá de bromas destinadas casi en exclusiva a los fans, de términos científicos que poca gente puede comprender en su totalidad o de apariciones de rostros conocidos, lo relevante del desarrollo dramático han sido, fundamentalmente, dos momentos. Por un lado, la celebración del episodio 100 con una reconciliación largamente esperada, completando un cuadro de parejas a cada cual más dispar, pero que visto en perspectiva supone una lógica unión de polos opuestos y afines. Por otro, ese final de temporada con una boda de por medio que, como no podía ser de otro modo, tiene su componente friki y socialmente extraño tanto en el lugar de celebración como en los oficiantes de la boda.

Con todo, los personajes, incluido Sheldon Cooper (el más “extraterrestre” de todos) han evolucionado hacia un punto común con la sociedad. Obligados por unos personajes femeninos con más notoriedad a medida que avanza la trama (y que han dejado algunos episodios memorables, como el regalo de un cuadro enorme de una novia a otra), los cuatro amigos centrados en la ciencia y en el mundo fan se han visto obligados a salir de su caparazón, a enfrentarse al mundo real y a vivir experiencias que, en líneas generales, la sociedad parecía haberles vetado. Y eso, afortunadamente, abre todo un mundo nuevo para próximas temporadas. Un mundo que los fans ansiarán descubrir.

Enumerar todos los momentos inolvidables de una temporada de The Big Bang Theory es tarea ardua y permitiría rellenar todo un artículo completo. Y, en el fondo, tampoco es lo más relevante de la serie. Si bien es cierto que los gags, los malentendidos o algunas reacciones poco apropiadas de los protagonistas son los elementos que generan la comicidad de la trama, es la forma de desarrollar las relaciones entre los personajes lo que da consistencia a esta producción que hereda su buen hacer de Friends, con la que guarda más de un parecido aunque a primera vista pueda rechazarse esa idea.

Personajes humanamente frikis

Por tanto, lo más importante de todo es la forma en que este producto ha sabido no solo mantenerse, sino mejorar capítulo a capítulo. No es cuestión de ofrecer extrañas teorías científicas; ni siquiera de satisfacer los deseos más profundos de ver a unos hombres jóvenes vestirse con disfraces hechos a medida de sus personajes de cómic favoritos; es más, nada tienen que ver las camisetas que luce Sheldon y que ya son todo un icono cultural. No. Lo primordial, lo básico de este programa es su inteligencia emocional.

En efecto, lo que provoca las ganas de ver un episodio tras otro no es más que las relaciones dramáticas entre unos personajes con una humanidad de lo más extravagante. Bajo la premisa inicial de una nueva vecina, opuesta a todo con lo que los cuatro amigos protagonistas están acostumbrados a tratar, la serie expone las aberrantes formas en que todos ellos deben hacer frente a situaciones que, en otro contexto, serían de lo más simples. Y aunque los verdaderos protagonistas sean Leonard Hofstadter y el ya mencionado Cooper, cualquier personaje posee una fuerza tan marcada que es capaz de llevar el peso de varios capítulos sin resultar repetitivo, cansino o previsible.

Por supuesto, el éxito de todo esto no reside solo en la definición que sobre el papel se hace de los cuatro científicos. Es la labor de los actores la que convierte a The Big Bang Theory en un referente de la comedia de situación. Más allá de Jim Parsons, el inolvidable Sheldon y alma mater por derecho propio de todo el proyecto, la labor de Johnny Galecki como Leonard es contundente en sus detalles (como esas manos jugueteando constantemente), mientras que Simon Helberg (Howard) supone, tal vez, uno de los puntos más coherentes del conjunto… siempre y cuando no entre en escena la relación con una madre gritona e invisible para el espectador (otro de los numerosos, sencillos e increíbles detalles). El caso de Kunal Nayyar (Raj) podría dar para otro texto completo sobre las implicaciones culturales, sociales e incluso médicas de su comportamiento veladamente homosexual.

El modelo ‘Friends’

Antes hemos mencionado que la serie guarda especial relación con aquella joya de los años 90 titulada Friends. Lo cierto es que la estructura es casi extrapolable de un producto a otro, con la diferencia del mundo friki y la ciencia. Aunque, si se piensa fríamente, el personaje de Ross Geller, interpretado por David Schwimmer (Seis días y siete noches), ya tenía algo de todo eso. En cualquier caso, mientras que la producción con Jennifer Aniston (Una pareja de tres) abordaba el proceso de madurez de un grupo de amigos en la treintena, The Big Bang Theory hace lo propio pero en un proceso de integración y de equilibrio entre el componente fan y el adulto.

Por supuesto, ese es uno de los elementos dramáticos comunes. Si atendemos a los formales, nos encontramos con todo un mundo integrado por espacios similares (dos pisos enfrentados a los que se accede siempre por escalera), equilibrio de personajes (cuatro chicos, tres chicas), parejas entre los amigos. Apurando un poco, incluso se podrían encontrar ciertas similitudes entre los personajes femeninos de una y otra producción.

De todos modos, Sheldon, Leonard y compañía se han ganado un lugar entre los grandes títulos de la comedia. Y lo ha hecho con unas armas propias muy particulares. Es más que probable que, cuando surgió la idea, poca gente apostara por el éxito masivo de una serie donde los protagonistas discutieran sobre personajes de cómic, videojuegos o ciencia avanzada. Pero ahí están, con cinco temporadas a sus espaldas y unas cuantas más a la vista, lo que demuestra que, en el fondo, todos somos un poco frikis. Y no hay nada malo en ello.

Diccineario

Cine y palabras

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