‘Queen & Slim’: un viaje inesperado contra el racismo


En un momento del debut en el largometraje de Melina Matsoukas un personaje se refiere a los protagonistas como “los Bonnie and Clyde negros”. Más allá de las similitudes que esta historia pueda tener con la de los famosos criminales (vida en la carretera, persecución de la policía, admiración de una parte de la sociedad), lo cierto es que la trama tiene poco o nada que ver, dejando a un lado la violencia y los crímenes y profundizando mucho más en las raíces de una sociedad clasista, racista y cargada de odio.

Porque esto es lo que ofrece en realidad Queen & Slim, una disección muy interesante de la sociedad actual norteamericana, del racismo que todavía puede verse en pequeños detalles y en grandes acciones, desde ese abuso de autoridad que hace un policía hasta la postura que adopta cada uno de los personajes con los que se cruzan estos dos forzados fugitivos, dos jóvenes sanos y con unas prometedoras vidas que se ven abocados a una huída hacia ninguna parte por el miedo a un sistema judicial que les prejuzga por el color de su piel. La cinta deja algunos momentos y varias reflexiones muy interesantes e impactantes gracias a una apuesta narrativa y visual que no suele verse en este tipo de historias. La cámara nunca abandona a la pareja protagonista, y esto genera dos efectos a estudiar por los estudiosos del guión. Por un lado, se sumerge al espectador en un viaje a ninguna parte en el que la persecución policial apenas se siente, pero se aprecia que va aumentando. Por otro, se asiste al crecimiento de la figura de esta pareja como iconos de la lucha racial, como líderes de un movimiento social por los derechos de una raza sin que ellos ni siquiera se lo hayan planteado así. La secuencia de la manifestación con el adolescente de por medio es, sin duda, el mejor ejemplo de todo ello.

Esta profundidad dramática y social es lo que convierte a este film en una obra diferente. Posiblemente su ritmo sea algo lento para este tipo de tramas, pero sin duda ofrece muchos alicientes que la hacen más atractiva. La relación entre los dos protagonistas interpretados por Daniel Kaluuya (Sicario) y Jodie Turner-Smith (serie The last ship), ambos actores realizando un trabajo soberbio, marca el desarrollo de la trama irremediablemente, pasando de ser simplemente dos fugitivos a amantes, explorando su pasado y su presente para comprender sus motivaciones y sus decisiones, y sobre todo para revelarles como dos jóvenes asustados obligados a huir. La película tiene puntos débiles, de eso no cabe duda (existen demasiados secundarios que parecen más una herramienta dramática, y la historia en determinados momentos carece demasiado de ritmo), pero ofrece al espectador la posibilidad de adentrarse en la sociedad norteamericana desde un punto de vista que no suele verse, mostrando la lucha contra el racismo lejos de los movimientos sociales y evidenciando lo que viven las víctimas de un sistema desigual.

Lo que Matsoukas logra en Queen & Slim es ahondar en los sentimientos no solo de sus dos protagonistas, jóvenes a los que un error fatal les cercena el futuro que tenían previsto, sino en los sentimientos que se generan a su alrededor y de los que ellos no son conscientes en la mayoría de los casos. El simbolismo de, por ejemplo, la manifestación montada en paralelo con la pareja en el coche, o esa imagen final de la fotografía ocupando toda una pared, son el reflejo del análisis que el film realiza de los males, de las bondades y de los problemas de la sociedad. Sí, como road movie y cinta de suspense no ofrece demasiados alicientes. Pero esas carencias permiten al film centrarse en otros aspectos igual de interesantes. Quienes busquen adrenalina e intriga posiblemente salgan decepcionados, pero acudir a la sala con la mente abierta y libre de prejuicios (de esto también habla bastante la trama) puede permitirnos descubrir algo más allá.

Nota: 7/10

‘Las aventuras del doctor Dolittle’: de viaje con las mascotas


Hay películas que solo con plantearse ya parecen una idea cuanto menos cuestionable. Y aunque se vistan con las mejores galas, la realidad demuestra que por mucho que puedan funcionar en taquilla, su impacto en la memoria colectiva es más bien escaso. Lo nuevo de Robert Downey Jr. (Salidos de cuentas) tras dejar una década de superhéroes vendría a incluirse en esta categoría: mucho bombo, muchos nombres propios, pero un escaso y limitado recorrido dramático.

Y como digo, no es algo que pueda sorprender. Por mucho aspecto novedoso que se le quiera dar al proyecto, lo cierto es que Las aventuras del doctor Dolittle juega con algo en su contra, y es esa idea ya utilizada de un hombre que es capaz de entenderse con los animales. La fórmula parece haber agotado buena parte de su fuerza, dejando únicamente como atractivos esa idea de que el protagonista pueda contar con un aprendiz y que, lejos de ser una habilidad innata, se pueda aprender a hablar con osos, loros, gorilas, tigres o ballenas. Más allá de eso, la película de Stephen Gaghan (Syriana) es una aventura excesivamente lineal, sin giros inesperados en una trama que camina por territorios ya explorados para evitar sorpresas desagradables.

Es el gran problema, que no el único, de una película que, más allá de su carácter infantil o de sus mensajes morales acerca de la responsabilidad, de seguir adelante y de imponer el bien sobre el mal, podría haber dado algo más de sí si se hubieran aprovechado los potenciales con los que cuenta, ya sea en materia interpretativa (el reparto es de auténtico lujo) o en materia narrativa. Sin embargo, Gaghan opta por limitar su propio trabajo, por quedarse en una sencilla propuesta infantil en el peor sentido de la palabra, dejando a actores y personajes a su suerte y centrándose en sacar todo el partido que puede (y sabe) a algunas de las secuencias de acción y aventura. Puede que esto, en manos de otro director y con un guión algo más consistente, hubiese derivado en algo más atractivo para todo tipo de públicos.

Con todo, Las aventuras del doctor Dolittle hará las delicias de los más pequeños, que sin duda disfrutarán con los parlanchines animales y sus problemas físicos y psicológicos que solo este personaje interpretado por Downey Jr. es capaz de curar. Para los demás puede que sean casi dos horas de distracción a secas, puede que sin llegar a considerar que se ha perdido el tiempo pero desde luego tampoco a pensar que estamos ante una gran obra infantil. El director no logra aportar una personalidad propia al relato ni sacar provecho de un reparto de campanillas, y eso es sin duda lo más grave de una película con más problemas que aciertos.

Nota: 5,5/10

‘1917’: el viaje contrarreloj de un clásico moderno


Hay películas que parecen llamadas a convertirse en referentes o en clásicos casi al instante. Sam Mendes (American Beauty) es uno de los pocos directores que pueden presumir de lograr esa categoría con muchas de sus historias, incluyendo aquel primer drama de 1999. Su última película, independientemente de los premios que obtenga, es un ejercicio fílmico extraordinario, apasionante, capaz de sumergir al espectador en el horror de la guerra como pocos relatos logran. Y todo ello con la complejidad formal del plano secuencia, en este caso ligeramente falseado por motivos obvios.

Aquellos que alguna vez se hayan enfrentado a un rodaje de este tipo comprenderán todo lo que conlleva. Estudio de los movimientos de cámara, de todos los personajes, del decorado, la dinámica de los movimientos dentro y fuera de plano, etc. Pero en el caso de 1917 existe un componente adicional, y es el contexto bélico en el que se desarrolla. Muchos de los momentos exigen de una preparación aún mayor, no solo para dotar de realismo al conjunto, sino para no provocar accidentes y por las evidentes necesidades de una única toma. Todo esto, dicho de una forma menos técnica, implica un trabajo cinematográfico extraordinario que perfectamente podría haber derivado en una película tediosa, sin ritmo, carente de interés por el devenir de los personajes. Por el contrario, Mendes sumerge al espectador en la acción casi sin darle tiempo de saber dónde se encuentra en un ejercicio de composición visual, sonora y narrativa sencillamente perfecto.

Pero la película ofrece algo más que un espectáculo visual. El relato de la odisea que viven los dos protagonistas está estructurado de forma milimétrica para plantear constantes giros argumentales en los que la vida y la muerte se mezclan para reflejar el horror de una guerra en la que la lucha cuerpo a cuerpo y la constante huída hacia adelante eran el día a día. En este sentido, es cierto que los actores, muchos de ellos muy conocidos, se diluyen en el absorbente marcho que crea Mendes, pero no por ello su labor es menos importante, pues todos ellos logran generar tanto la urgencia del punto de partida como el intenso clímax en el comienzo de una batalla. Así, fondo y forma se dan la mano en una película que el director maneja con mano firme, en la que nada está dejado al azar aunque pueda parecer lo contrario, y en la que la angustia acompaña al espectador, que también es capaz de vivir el descanso final con el que cierra el film.

Así, 1917 se convierte en una obra extraordinaria, diferente, compleja en la forma y en el tratamiento de un fondo, por otro lado, bastante sencillo. Es cierto que la premisa inicial y la motivación que sustenta toda la historia es simple y directa, pero esto permite construir todo un mundo de horrores a cada cual más impactante. La I Guerra Mundial nunca se había vivido de forma tan cercana, y posiblemente en una película nunca habían ocurrido tantas situaciones como las que narra Mendes. Es lo que ofrece el plano secuencia. La imposibilidad de cortar para cambiar a otra secuencia obliga a completar los evidentes momentos narrativos más pausados con movimiento. Y eso, a su vez, minimiza esas pausas para acentuar la sensación de tensión constante, de peligro inminente que se cierne sobre los protagonistas y los espectadores. Una película imprescindible que si no se ha convertido ya en un clásico, lo hará dentro de poco.

Nota: 10/10

‘Coco’: un viaje sensorial al Mundo de los Difuntos


Una película Pixar se ha convertido, por derecho propio, en un fenómeno cinematográfico en sí mismo. La factura técnica impecable, la originalidad de sus historias y el tratamiento de las mismas han convertido estos films en obras, literalmente, para todos los públicos, con un notable mensaje en valores y una universalidad de sus argumentos fuera de toda duda. De ahí la expectación sobre su nueva obra, y de ahí también las expectativas sobre su posible calidad o fracaso.

Una expectación que, a grandes rasgos, queda más que satisfecha. Coco es, en todos los sentidos, una experiencia sensorial única. Visualmente fascinante y poderosamente colorida, el viaje de este niño por la Tierra de los Difuntos es todo un relato sobre la amistad, los ídolos, la familia y los recuerdos. Con algunos detalles tanto argumentales como narrativos magistrales, la película esconde una importante moraleja y un fundamental mensaje sobre la memoria de nuestros familiares y cómo ellos siguen vivos mientras se mantengan en nuestros pensamientos. En este sentido, la historia logra traspasar las fronteras de México para narrar algo universal tomando como referente la colorida tradición del país centroamericano.

Otra cosa distinta es el argumento en sí. A pesar de la originalidad de la propuesta y del calado dramático de sus mensajes finales, lo cierto es que la cinta peca en algunos momentos de déjà vu. Muchas de sus tramas recuerdan, hasta cierto punto, a otras historias de la propia compañía. Es lo que ocurre cuando tu trayectoria fílmica está construida sobre obras de arte que ya forman parte, en su mayoría, del imaginario popular. Con todo, y a pesar de estas ciertas “irregularidades”, la realidad es que este viaje de música, pasión y familia hace las delicias de grandes y pequeños.

Porque Coco puede y debe ser disfrutada por toda la familia. Sin excepción. Los más pequeños disfrutarán con la imaginación y el derroche de originalidad visual que desprende la película, pero también aprenderán, aunque sea de forma subconsciente, la importancia de la familia, de seguir nuestros deseos y nuestras pasiones, y de escoger bien a nuestros modelos a seguir. Lo cierto es que la cinta atrapa de tal forma al espectador que sus deficiencias quedan en un segundo plano. Ahora bien, eso no significa que no existan, y si Pixar no quiere caer en una decadencia argumental debería empezar a buscar temas sólidos que tratar en sus nuevas y, con toda probabilidad, originales tramas nuevas.

Nota: 7,5/10

‘Lion’: el largo viaje a casa


Dev Patel protagoniza 'Lion'.Habrá quien quiera ver en el debut en el largometraje de ficción de Garth Davis una historia excesivamente lacrimógena, capaz de despertar todo tipo de sentimientos en el espectador. Y en efecto, así es. Lo que cabe analizar, por tanto, es el modo en que se logra esa emotividad. No es a través de un viaje plagado de infortunios. No es con giros dramáticos marcados por la pérdida. Porque aunque tiene parte de todo ello, en realidad es un viaje personal de auto descubrimiento, de comprensión de quienes somos en realidad y cómo eso define todos y cada uno de nuestros pasos, incluso cuando no nos movemos del sofá.

Y es aquí donde Lion logra la grandeza que la convierte en una de las candidatas a los Oscar. Dividida en dos partes desde un punto de vista narrativo, la trama aborda en todo momento la soledad de un personaje literalmente perdido en el mundo. Incapaz de conocer sus orígenes, la historia se mueve constantemente motivada por la necesidad de conocer los orígenes, la familia que se ha dejado atrás. De ahí que la historia transmita un mensaje tan poderoso en cada momento del viaje, ya sea con un niño perdido en una gran urbe, con un joven que trata de construir una vida sin conocerse a sí mismo, o con un viaje que se desarrolla fundamentalmente a través de internet.

El carácter verídico de la historia confiere al conjunto, además, un tono si cabe más dramático que tiene su punto álgido con las imágenes finales. Pero más allá de todo esto, destaca la labor de Davis tras las cámaras, dotando al conjunto de una lírica y una belleza idóneas, incluso en aquellos momentos más trágicos. El lenguaje visual, con planos más amplios al comienzo y mucho más cercanos a medida que avanza la trama, introduce al espectador en el cuerpo del protagonista hasta llegar a sentir la angustia y la desolación de la pérdida, primero, y las de la dificultad para encontrar su hogar, después. A todo ello contribuye Dev Patel (About Cherry), quien no solo vuelve a demostrar el gran actor que es, sino su capacidad para dotar a sus personajes de una versatilidad única.

Desde luego, Lion es una de las películas del año. Su carga dramática es alta, muy alta, pero distribuida con inteligencia a lo largo de un viaje que se pasa en un suspiro y que se realiza tanto física como digitalmente. Una historia de supervivencia, de superación y determinación que conmueve cualquier corazón que se haya sentido perdido en algún momento de su vida, ya sea real o figuradamente. Ante su fuerza, su belleza y su mensaje el espectador solo puede dejarse llevar y acompañar a este niño en ese viaje que termina como un adulto. Y atentos a la resolución final con el destino de algunos personajes.

Nota: 8/10

7ª temporada de ‘The Walking Dead’ (I), el viaje catártico del héroe


Jeffrey Dean Morgan da vida a Negan en la séptima temporada de 'The walking dead'.El final de la sexta temporada de The walking dead fue, posiblemente, el mayor gancho que haya dado la televisión en los últimos años. La aparición de un villano como Negan (un magistral Jeffrey Dean Morgan –Premonición-) no solo hacía presagiar un futuro prometedor para esta serie creada por Frank Darabont (serie Mob city), sino que ese sonido de golpes y cráneos reventados puso en tela de juicio la cordura de muchos fans durante meses. Una vez resuelto el dilema de los muertos a manos de este villano inigualable, toca analizar lo que ha sido esta primera etapa de la séptima temporada, y como es habitual hay más evolución de personajes que violencia, sangre y zombis.

Si algo define el arco dramático de estos ocho episodios es precisamente el viaje catártico del personaje interpretado por Andrew Lincoln (Pago justo). Es cierto que esta serie basada en el cómic creado por Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard se puede considerar una obra coral, pero la realidad es que el peso de la narrativa recae fundamentalmente en este líder de un grupo de personas que trata de sobrevivir. De ahí que esta primera mitad, con sus más y sus menos, haya versado acerca de su particular descenso a los infiernos, de cómo un hombre fuerte y capaz de enfrentarse a lo que se ha enfrentado queda totalmente destruido ante la crueldad y el sadismo de un antagonista tan excepcional como apasionante.

En este sentido, el primer episodio es una lección de narrativa. Más allá de la tensión de sus primeros minutos, en los que se desvela el nombre de los muertos a manos de ese bate llamado Lucille, lo realmente interesante es comprobar cómo la moral del personaje de Lincoln es destruida lentamente, ya sea a base de poner su vida en peligro, ya sea jugando con el futuro de su hijo. De hecho, el carácter pausado es la clave para entender lo que ocurre en esta primera mitad de la séptima temporada de The walking dead. Se acusa muchas veces a la serie de tener momentos muertos, sin acción, pero he defendido y siempre defenderé que es en esos momentos cuando más ocurre, y estos episodios son el mejor ejemplo.

La tensión que imprime Dean Morgan a su entorno, el miedo que siembra Negan en todos aquellos que le rodean, es algo indescriptible. Su capacidad para provocar incomodidad allá donde va queda patente en cada plano, en cada frase de diálogo que sale de sus labios. Y todo ello sin apenas violencia, o al menos no violencia explícita, porque si algo caracteriza al personaje es su sadismo. La anulación que hace del héroe es tal que le convierte en una mera marioneta hasta la catarsis final, cuando Rick Grimes vuelve a tomar las riendas de su vida y de la de los que le rodean, avanzando una guerra sin cuartel que, de parecerse en algo a lo que se recoge en los cómics, se antoja apasionante.

Tres contra uno

El viaje catártico del personaje de Lincoln no es lo único interesante en la séptima temporada de The walking dead. Si bien es cierto que es el hilo conductor que vertebra toda la acción (incluyendo las muertes que se producen a lo largo de los capítulos), esta primera parte también sienta las bases para el futuro más inmediato de la serie, y que pasa por la unión de fuerzas contra un enemigo común. De este modo, estos episodios en los que aparentemente no ocurre nada sitúan a todas las piezas sobre el tablero, tanto las ya conocidas como las nuevas, tanto las que van a morir como las que van a sobrevivir. Así, este primer ciclo se convierte en una estructura dramática mucho más compleja e interesante que la mera destrucción de muertos vivientes con armas a cada cual más curiosa.

No, en realidad esta etapa permite al espectador conocer las posiciones de, por ejemplo, la comunidad de El Reino (tigre incluido), o las debilidades de Hilltop, ya planteadas en la temporada anterior. Si bien es cierto que los episodios centrados en estas comunidades resultan un tanto inconexos con respecto al resto de la temporada, no lo es menos que sirven para hacerse una idea del papel que cada uno va a jugar en el futuro de la serie. Y sí, dedicar mucho tiempo a estas historias evidencia aún más la dependencia que tiene esta ficción del personaje interpretado por Lincoln, pero sin esa reflexión e insistencia sobre el carácter de estos secundarios no tendría sentido, por ejemplo, el plano final de esta primera parte, con el grupo de Rick encaminándose a hablar con uno de los nuevos líderes desarrollados durante estos episodios.

Desde luego, ha sido una de las mitades más interesantes por su riqueza narrativa, su proliferación de personajes interesantes y, sobre todo, por Negan. Porque del mismo modo que tres comunidades parecen condenadas a entenderse, la presencia del villano por excelencia de la serie (a su lado El Gobernador parece una girl scout ofreciendo galletas a la puerta de una cárcel) eclipsa absolutamente todo, fruto entre otras cosas de la combinación perfecta entre personaje y actor. Es más, su impacto es tal que buena parte de la narrativa no logra sobreponerse a las muertes de dos personajes importantes que provoca en el primer episodio, sobre todo a la de Glenn, interpretado por Steven Yeun (Orígenes) en ese ya inolvidable episodio.

Así que se puede decir que esta primera parte de la séptima temporada de The walking dead ha sido una de las más complejas de la serie. Dramáticamente hablando es, posiblemente, la más intensa y estructura de toda la ficción. Narrativamente hablando, su complejidad, aunque está bien desarrollada, pone de manifiesto la dependencia de la trama de ciertos personajes. Y al mismo tiempo que la serie deja ver sus luces y sus sombras, el villano que ya emergió al final de la temporada anterior confirma que es, posiblemente, uno de los mejores personajes de toda la producción, si no el mejor. Y todo eso únicamente en ocho episodios que, para colmo, han servido de preparativo para la guerra que se avecina. Lucille ya se está relamiendo.

‘The Flash’ trata de avanzar mientras se mueve en círculos en su 2ª T.


'The Flash' tendrá que correr más que nunca en su segunda temporada.Cualquier producción de ciencia ficción tiene un problema congénito que, en principio, debería ser de fácil solución: la propia fidelidad a sus normas. Esto es, que cualquier mundo imaginario se rige por una serie de pilares que lo definen, y a los que el director/creadores deben ajustarse. ¿Algo sencillo, no? Pues no siempre. Y en una serie como The Flash, donde los viajes en el tiempo empiezan a ser más o menos como coger el coche para visitar a los parientes, este riesgo es, si cabe mayor. Es el principal problema de la segunda temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos responsables de otra serie de DC ComicsArrow) y Geoff Johns, guionista de varios productos ambientados en el mundo de estos superhéroes.

Con esto no quiero decir que estos 23 episodios sean malos, más bien al contrario. La trama ha logrado algo que parecía poco probable, y es utilizar un villano mayor en todos los aspectos al de la primera temporada, al que da vida con cierta irregularidad Teddy Sears (serie Masters of Sex). En este sentido, la historia no solo continúa los acontecimientos de la etapa anterior, sino que desarrolla toda una serie de subtramas que se nutren entre ellas para crear un mundo más complejo, no necesariamente más oscuro pero sí, al menos, más original, dinámico y autosuficiente. Es por ello que la segunda temporada ofrece al espectador más de lo que provocó el éxito de los primeros episodios, desde la acción al drama, pasando por el romance y ciertos toques irónicos.

Desde luego, los fans encontrarán en esta nueva temporada de The Flash toda una iconografía que, como es habitual desde su inicio, se apoya con evidencia manifiesta en las historias y personajes salidos de Arrow, serie a la que la historia de la televisión posiblemente termine por situar como la punta de flecha (nunca mejor dicho) de una cadena de producción superheroicas a cada cual más espectacular u oscura, dependiendo de la apuesta dramática. Pero volviendo al velocista, el arco argumental de esta etapa, con un enemigo más veloz y con esa segunda Tierra en la que muchos personajes tienen poderes, es indudablemente más interesante, ofreciendo puntos de giro tan dramáticos como definitorios para el futuro de la serie, lo cual no deja de ser una buena noticia en una producción de este estilo.

Claro que esto tiene una cara B que no es tan positiva. La serie, más allá de algunos villanos nuevos, pivota sobre los mismos personajes que protagonizan la serie desde el comienzo. Salvo la introducción del rol interpretado por Keiynan Lonsdale (La hora decisiva), que tendrá mucha más importancia en la próxima temporada, el resto son personajes ya conocidos. Incluso aquellos que murieron al final de la primera temporada resurgen de sus cenizas, eso sí, como otro personaje con motivaciones diferentes pero con un resultado de sus decisiones sospechosamente familiar. Es más, muchos de los villanos no dejan de ser una suerte de lado oscuro de los protagonistas, lo que al final provoca una sensación agridulce: la propuesta es original en tanto en cuanto ofrece un repaso a los matices entre dos realidades paralelas, pero evidencia falta de originalidad al convertir en villanos a los héroes de turno, aunque solo sea por unos minutos.

Futuro incierto

Pero lo más peligroso de esta segunda temporada de The Flash es el futuro que deja para la próxima etapa. No voy a desvelar aquí cuál es el final para aquellos que todavía no hayan tenido ocasión de verlo, pero baste decir que, más o menos como el resto de la serie, encierra en su interior aspectos tan positivos como negativos, amén de una serie de lecturas que pueden generar no pocos problemas para los creadores de la serie y para aquellos que, sin ser estrictamente fans del personaje, se hayan acercado a esta trama por curiosidad, interés o simple entretenimiento. ¿Y qué es ese final? Bueno, en grandes líneas una reescritura de todo lo visto hasta ahora.

Y ese es el problema. La decisión del protagonista, interpretado de nuevo por Grant Gustin (serie Glee), quien por cierto parece estar madurando junto con el personaje, posee una serie de implicaciones morales y emocionales sumamente interesantes. Para empezar, la constante lucha interior entre los deseos personales y la decisión correcta, que no solo no tienen que ver, sino que generan situaciones casi antagónicas. La opción final elegida, aunque comprensible y atractiva desde un punto de vista dramático y narrativo, crea una serie de variables de muy difícil solución, entre otras cosas porque crea una suerte de carta blanca para rehacer todo aquello que se considere oportuno.

Este tipo de decisiones son arriesgadas, no solo por lo dicho anteriormente, sino porque permite recuperar personajes del pasado. La estrategia puede haber tenido cierto interés en la segunda temporada, por aquello de los mundos paralelos y lo llamativo del primer impacto al ver personajes muertos volver a la vida. Pero repetir la fórmula por tercera vez puede ser demasiado, amén de modificar (habrá que ver en qué grado) las relaciones entre los personajes. En este sentido, hay cierta similitud entre varios momentos de la primera y la segunda temporada, como si el protagonista corriese en círculos que se repiten más o menos fielmente, en lugar de ir hacia adelante.

Quizá este sea el mayor reproche que se le puede hacer a la segunda temporada de The Flash. La serie parece tener miedo a afrontar sus decisiones hasta las últimas consecuencias, recurriendo a conceptos narrativos y fantásticos que justifiquen la presencia de personajes ya fallecidos, de roles aparentemente secundarios y de tramas (sobre todo el ‘love interest’ del protagonista, que va camino de convertirse en un quiero y no puedo) que avanzan solo para volver a retroceder. Soy consciente de que la producción es mucho más limpia y clara de lo que es Arrow, pero eso no debería ser óbice para que avance en el sentido que se considere más oportuno, afrontando con valentía lo que esté por llegar. Y esa es la palabra clave, sobre todo en una ficción con la velocidad como eje central: avanzar.

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (I), de la Terminal al inicio


Los protagonistas de 'The Walking Dead' comienzan la quinta temporada contra las cuerdas.Una de las críticas que suele recibir The walking dead es que es una serie en la que la acción va por etapas, teniendo momentos de gran dinamismo y otros de excesiva calma. Y aunque esto pueda ser cierto, es una crítica un tanto injustificada, pues incluso en esos momentos en los que supuestamente no ocurre nada el trasfondo dramático dota a los siguientes acontecimientos de una trascendencia aun mayor. Eso es algo que ha podido verse en esta primera etapa de la quinta temporada, que terminó hace dos semanas y de la que todavía muchos nos estamos recuperando. Y es que si algo define estos primeros 8 episodios no es precisamente su pausa narrativa.

Más bien al contrario. El final de la cuarta temporada dejó en el aire absolutamente todo, con esa emboscada en la Terminal y la amenaza al aire del protagonista, un Andrew Lincoln (Love Actually) cada vez más espléndido en su personaje. La serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) a partir del cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore generó unas expectativas que necesitaban ser cubiertas por este inicio de la nueva etapa. Las impresiones serán muy variopintos, pero en líneas generales se superaron con nota. Las consecuencias de lo visto en ese último episodio, que por cierto exige una revisión a cámara lenta, adquieren en el primer episodio de esta temporada un cariz épico, casi apocalíptico dentro del propio Apocalipsis en el que viven los personajes. El ritmo frenético, la acción sin descanso y esa sensación de estar en un campo de batalla suponen un inicio que permite acallar buena parte de las voces contrarias al desarrollo dramático de los personajes y que apoyan una apuesta por la acción más visual.

Pero como decía antes, The walking dead necesita, puede que de forma indispensable, abordar las relaciones entre sus personajes para poder avanzar. Prueba de ello es, precisamente, ese primer episodio, en el que el desarrollo dramático de capítulos anteriores tiene una relevancia fundamental. Es más, esta primera etapa, más allá de sus secuencias de acción y de sus momentos de tensión zombi (que los tiene, y mucho) hay una clara apuesta por situar al espectador con respecto al momento que viven los protagonistas, tanto los veteranos como los debutantes. Con una estructura dramática que puede resultar confusa, sus responsables aprovechan algunas lagunas en el desarrollo de la acción presente para abordar el pasado de personajes como el de Melissa McBride (La peligrosa vida de los altar boys), al que se perdió la pista durante la primera parte de la cuarta temporada.

Es este repaso al pasado de los personajes el que nutre la serie para el futuro más inmediato, demostrando una vez más que la ficción es tan sólida y tan amplia que da cobijo a la acción, el drama, la tensión e incluso el miedo, si bien es cierto que los zombis son, cada vez más, una excusa para abordar las miserias del ser humano y la evolución que viven este grupo de supervivientes. Dicho eso, resulta interesante comprobar cómo la historia ha vuelto a sus inicios, dejando la Terminal para volver a Atlanta, ciudad en la que se encuentra el grupo por primera vez. Un regreso que, evidentemente, no es casual, pues lo que ocurre en esa ciudad no solo certifica el paso del tiempo, sino el cambio de los personajes.

Rick Grames vs. Rick Grames

Claro que si hay un cambio llamativo es el del protagonista, Rick Grimes. La labor de Lincoln en este sentido es simplemente soberbia, digna de reconocimiento en forma de premios pero que, como es de suponer, nunca llegará. Pero volviendo a lo que nos ocupa, este inicio de la quinta temporada de The walking dead, con ese viaje del “término del camino” al comienzo del mismo, se convierte en una especie de broche de ciclo que deja reflexiones sumamente interesantes. La más importante es la influencia del mundo que rodea al grupo en la conducta de Grimes, algo que ya se dejaba ver a lo largo de los últimos capítulos pero que ahora, y a raíz de una serie de acontecimientos que no desvelaré, adquiere un grado de relevancia mucho mayor.

Por poner un ejemplo que todos los seguidores recordarán, su actitud respecto al enemigo de Atlanta es diametralmente opuesta a la que tuvo con el Gobernador, inolvidable papel interpretado por David Morrissey (Centurión). La ausencia de empatía, de escrúpulos y de bondad, unido a la obsesión por salvar a los que integran su grupo, le convierten en un ser peligroso, cada vez más inestable y menos reflexivo de lo que fue en los inicios de la serie. Una evolución interesante, magistralmente elaborada y cuyas consecuencias todavía no se han llegado a ver del todo, aunque poco a poco parecen vislumbrarse. Esto es, sin duda, el aspecto más interesante de la ficción desde un punto de vista dramático.

Estos primeros 8 episodios de la quinta temporada han servido, como digo, para cerrar en cierto modo el ciclo iniciado en aquella primera temporada. Sobre todo si atendemos al modo en que finaliza esta etapa, con un acontecimiento trágico donde los haya y acentuado por esa imagen final de la ciudad asolada por la muerte, como si la esperanza hubiera abandonado definitivamente el futuro de los personajes. Si a esto sumamos el hecho de que buena parte de los objetivos se esfuman con una de las confesiones más sorprendentes y cómicas de la serie (no tan sorprendente si se conoce el cómic), el resultado es ese reinicio para los personajes y para los espectadores. Reinicio representado por esa ciudad fantasma que antes era Atlanta.

Desde luego, este inicio de la quinta temporada de The walking dead ha sido un cóctel de emociones de lo más interesante. Puede que su desarrollo haya generado algo de confusión por esa necesidad de abordar, casi en cada episodio, el recorrido de los personajes hasta el momento presente de la serie, pero viendo la forma en que acaba el octavo episodio merece la pena. Personalmente esta ha sido una de las mejores etapas desde su inicio, no solo por el calado dramático que han adquirido los personajes (sobre todo el protagonista y su evolución moral), sino por la inteligente forma en que se ha vuelto a la casilla de salida. Habrá que esperar para comprobar cuál es el futuro de este grupo, pero una cosa parece clara: el ser humano sigue siendo más peligroso que los muertos vivientes.

El viaje ‘Interstellar’ de Nolan conquista la taquilla española


Al igual que ocurrió en octubre, este mes de noviembre ha comenzado de forma muy positiva para la taquilla española. Si el fin de semana pasado se lograba un aumento significativo, este mejora respecto al anterior un 3,6%, lo que se traduce en 6,85 millones de euros, de los que casi un tercio son para el nuevo líder de la cartelera. Claro que si tenemos en cuenta la posterior evolución de la recaudación durante el mes de octubre, el futuro no es demasiado esperanzador. La buena noticia es que este mes sí tiene varios estrenos que atraerán a los espectadores a las salas.

Pero como decimos, hay un nuevo líder en el top 10 que ahora analizamos, y ese no es otro que Interstellar, cuyo estreno en 555 salas logra 2,15 millones de euros, es decir, 3.877 euros en cada una. Un muy buen estreno que genera muchas expectativas para este film de ciencia ficción, que podría repetir en lo más alto la semana que viene ante la falta de rivales directos. De mantener este ritmo algunas semanas más no sería extraño que alcanzara, al menos, los 7,5 millones de euros. Algo peor es el estreno de Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso, que obtiene 573.709 euros en 203 pantallas, lo que deja un balance de 2.826 euros. En este caso, y dado que va a tener rivales directos prácticamente en todas las semanas, será complicado que aguante el ritmo, por lo que sus objetivos se sitúan ahora mismo en los 3 millones de euros.

Muy cerca se encuentra Drácula: La leyenda jamás contada, que baja hasta la tercera posición del ranking con 566.247 euros, un 45% menos que hace siete días. Eso sí, su total ya está muy próximo a los 5 millones de euros, cantidad que superará a lo largo de estos días. Teniendo esto en cuenta, su techo cabe situarlo alrededor de los 7 millones de euros. Por su parte, Los Boxtrolls pierden un 23,5%, recaudando así 495.444 euros en su segunda semana. La recaudación final asciende a 1,41 millones de euros, y no sería extraño que terminara entre los 2 y los 3 millones, aunque superar esta última cifra es complicado.

La que mantiene su exitoso recorrido por el box office es la argentina Relatos salvajes, que esta semana ocupa la mitad de la tabla con 400.017 euros, una pérdida del 20% respecto al fin de semana anterior pero que, en el conjunto del top 10, es el menor descenso de todos. Tras un mes en cartel acumula 2,83 millones de euros, por lo que los 3 millones los tiene al alcance de la mano. De mantener este buen ritmo no sería descabellado que incluso superara los 4 millones de euros antes de abandonar las salas. La diferencia en este ranking la marca Caminando entre las tumbas, cuya sexta posición se debe a los 266.997 euros recaudados, muy lejos del anterior film. Esta cantidad supone un descenso del 42,5%, y hace que la película acumule casi un millón de euros. Teniendo en cuenta que solo lleva dos semanas en la cartelera, lo normal será que no llegue a los 2 millones, o en todo caso los supere por muy poco.

Perdida se queda en séptimo lugar con 256.264 euros, un 34,6% menos que hace siete días. Su total es de 4,62 millones de euros, y si es capaz de mantener este ritmo durante alguna semana podría alcanzar los 5,5 millones de euros. Cifra que, por cierto, ya ha superado La isla mínima, que en su séptima semana recauda 224.410 euros, un 23,2% menos. No parece que vaya a llegar mucho más lejos en el cómputo global, pero los 6 millones de euros sí parecen un techo más que factible.

Muy distinta es la reacción que ha provocado [REC]4: Apocalipsis, que en su segunda semana se queda en novena posición con 219.180 euros, un 55,8% menos (el fin de semana pasado debutó en cuarto lugar). Su total asciende a 859.522 euros, por lo que todo apunta a un máximo de 1,5 millones, puede que incluso 2 millones de euros si tiene algo de suerte. Por último, el top 10 se cierra con Ninja Turtles, que pierde un 41,5% respecto al anterior fin de semana y recauda 217.537 euros. Tras un mes en la cartelera española acumula 3,06 millones de euros, por lo que lo más probable es que se quede alrededor de los 3,5 millones, sobre todo si tenemos en cuenta que va a tener rivales directos en las próximas semanas.

‘Interstellar’: los Nolan crean una nueva odisea en el espacio


MAtthew McConaughey y Anne Hathaway son los principales protagonistas de 'Interstellar'.Hay películas que desde el primer fotograma se intuyen épicas, atemporales. Películas que, independientemente de su magnitud o de su presupuesto, tienen eso que muy pocas historias logran hoy en día: magia. Los hermanos Nolan, pues a pesar del genio individual de cada uno dependen mucho uno del otro, pertenecen a ese pequeño grupo capaz de narrar las historias más fantásticas e inverosímiles de la forma más humana posible. Con su última película van un paso más allá, utilizando la majestuosidad y grandiosidad del espacio para, en definitiva, adentrarse en los conflictos emocionales de un padre y una hija a través del espacio y del tiempo.

Y como todo artista que se precie, sabe reconocer que muchos otros antes que él han abonado el terreno que ahora él trabaja. O lo que es lo mismo, Christopher Nolan (Insomnio), en su calidad de director, es consciente de que las odiseas espaciales tienen un referente cultural inamovible, por lo que la mejor manera de triunfar es homenajeando el clásico de Stanley Kubrick. En cierto modo, Interstellar puede entenderse como una versión moderna y algo menos conceptual de 2001: Una odisea en el espacio, con las distancias más que evidentes que las separan en materia argumental y dramática. Pero a pesar de dichas diferencias, las influencias y las referencias son más que evidentes. Desde la estructura de su tercio final hasta detalles como los robots que acompañan la misión (una especie de fusión entre el monolito y HAL 9000), el film posee ese aire clásico y vanguardista que define al film de Kubrick.

Pero esta odisea moderna creada por los Nolan va más allá. Con un comienzo algo lento pero magistralmente elaborado, la película es una reflexión sobre la relatividad del tiempo y cómo eso afecta a los seres humanos. También es un intenso drama familiar en el que la mayor tragedia no es la separación entre padre e hija, sino las promesas difíciles de cumplir y los sacrificios de nuestra propia vida para salvar toda una especie. Los dilemas morales que se suceden en la historia, combinados con esa obsesión de director y guionista con el paso del tiempo y sus diferentes dimensiones, otorgan al conjunto un sentido grandilocuente de una historia que casi podría considerarse intimista. Todo ello con el trasfondo de la ciencia y el misterio de los agujeros negros, lo que por cierto genera uno de los mejores puntos de giro que tiene el film.

Estamos, por tanto, ante una de esas historias que tienen todos los elementos para convertirse en un clásico. Incluso en un referente. Aunque al igual que ocurre en Interstellar, solo el paso del tiempo permitirá saber si el film ha alcanzado ese lugar en el que pueda subsistir una vez su vida actual termine. Desde luego, los fans de Christopher Nolan (y de su hermano, aunque no sean conscientes) encontrarán en esta epopeya de ciencia ficción uno de los relatos más sólidos, emotivos y espectaculares de los últimos años. Los premios deberían caer por el propio peso de la gravedad, aunque como suele ocurrir con estas películas, posiblemente se queden orbitando. Por supuesto, eso no resta ningún mérito a lo que se puede disfrutar durante casi tres horas que apenas se notan.

Nota: 8,5/10

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