‘Exodus: Dioses y reyes’: las lagunas de Egipto


Joel Edgerton y Christian Bale dan vida a Ramsés y a Moisés en 'Exodus: Dioses y reyes', de Ridley Scott.Ridley Scott, director de joyas como Blade Runner (1982) es víctima de su propio legado. Sus primeros films han alcanzado tal grado de grandeza que prácticamente todo lo que hace actualmente es mirado bajo ese mismo prisma. Lo que los espectadores parecen olvidar es que aquellos films que tanto impactaron no lo hicieron por unos sólidos guiones (que también), sino por una puesta en escena y un diseño de producción apabullantes. Y esto, sobre todo esto, es lo que su última película deja en el recuerdo.

En efecto, si algo destaca de Exodus: Dioses y reyes es el cuidado diseño de producción, sobre todo en lo referente al mundo egipcio. El vestuario y la recreación de los templos y carros trasladan al espectador a un Egipto faraónico que, aunque con sus errores históricos, algunos provocados por auténtica desidia, fascina y dota al conjunto de una magia única. La apuesta por la tonalidad grisácea, una seña de identidad de las grandes superproducciones de Scott, crea además un nexo de unión con la imagen que se tiene hoy en día de ese mundo antiguo que, todo hay que decirlo, era más colorido de lo que se presenta en el film.

Y si el diseño de producción es hermoso, su condición de blockbuster hace que la cinta tenga algunos momentos simplemente espectaculares. Momentos todos ellos que, por cierto, se apartan en cierto modo de la intervención divina para dotarlos de un cierto realismo teológico. En realidad, todo el guión contiene una interesante carga política y social, revolución incluida, que trata de restar relevancia a la presencia de un Dios vengativo y, hasta cierto punto, infantil. Sin embargo, la mayor debilidad reside, precisamente, en el texto de base. El desarrollo dramático se antoja intermitente, plagado de secundarios que aparecen y desaparecen como por arte de magia y con unos protagonistas estereotipados en exceso, sobre todo el faraón interpretado por Joel Edgerton (Warrior), quien hace lo que puede con un rol maniqueo, odioso y débil.

Al final, la sensación que deja Exodus: Dioses y reyes es la de un film con una puesta en escena espectacular que trata de abarcar demasiado y que no se define mucho. Su evidente vocación política (el Moisés de Christian Bale –El maquinista– es un hombre que organiza una revolución) y su poco afán por defender la obra de Dios hacen que el film resulte interesante desde un punto de vista meramente interpretativo. Ahora bien, la cinta peca en exceso de irregularidad, tanto en su ritmo como en su definición de los personajes, demasiado estereotipados incluso para el tipo de relato que es. Entretiene, desde luego, pero da la sensación de que podría haber sido algo mucho mejor en su contenido, que no en su forma. En definitiva, Scott dota de vida un guión con muchas lagunas.

Nota: 5,5/10

‘La gran estafa americana’: cómo ocultar defectos con los actores


El reparto de 'La gran estafa americana', de David O. Russell, lo mejor del film.Hace algunos años, cuando comenzaba la moda de la animación por captura de movimientos, surgió el debate acerca de la idoneidad de los actores dentro de una película. O mejor dicho, de su utilidad. Hubo quien aseguró que a medida que avanzase la tecnología el papel del intérprete quedaría muy mermado. En cierto modo, la nueva película de David O. Russell (Tres reyes) viene a ser una respuesta para aquellos que se pregunten para qué sirve un actor. De hecho, es tal la labor de todo el reparto que eclipsa el resto de elementos hasta hacerlos casi desaparecer. Tanto los buenos como los malos.

Porque sí, La gran estafa americana tiene muchos puntos débiles, tal vez demasiados. Aunque hay que reconocer que todos ellos tienen que ver con el guión y el desarrollo dramático de la historia. En general, la sensación que transmite el film es la de estar ante un proyecto grande en su sencillez, con una puesta en escena extremadamente detallista y fiel a la época que narra, y con una planificación relativamente sencilla pero indudablemente solvente. Eso por no hablar de una banda sonora simplemente excepcional y una fotografía que combina con acierto una amplia paleta de colores para transmitir los ideales de una época y de un grupo de gente muy concretos. Sin embargo, todos estos elementos formales solo sirven para ocultar una realidad muy diferente, más o menos como le ocurre a los timadores protagonistas. La trama carece de conflictos verdaderamente importantes. El arco argumental, lejos de tener nudos relevantes, se queda en una sucesión lógica de acontecimientos que derivan en una resolución previsible incluso para aquellos que no conozcan la historia real que está detrás de todo este tinglado.

La consecuencia más directa de todo esto es que el interés, o mejor dicho la atención, decaen progresivamente hasta convertir la película en un divertimento sin una personalidad clara que se mantiene a flote gracias a sus actores. Única y exclusivamente gracias a ellos. El cuarteto protagonista, todos ellos nominados a los Oscar, es indescriptiblemente bueno. Christian Bale (El maquinista) vuelve a modificar su cuerpo y su postura corporal para meterse en la piel de un personaje tan sencillo en apariencia como complejo en su moral, llegando a hacerse irreconocible. Bradley Cooper (El equipo A) vuelve a demostrar su crecimiento como actor, y tanto Amy Adams (La duda) como Jennifer Lawrence (El lado bueno de las cosas) convierten sus respectivos personajes en dos pilares sobre los que sustentar buena parte de las motivaciones de la cinta. De no ser por ellos la película posiblemente carecería de buena parte de su atractivo, por no decir todo, convirtiéndose en un relato anodino sobre una operación del FBI que no tuvo excesivos problemas en llevarse a cabo.

No hay que ver La gran estafa americana con demasiadas expectativas. Es un film interesante, bueno en muchos aspectos, sobre todo por los actores y la calidad que desprenden todos y cada uno de ellos. Unos actores que, además, están acompañados por un marco formal excepcional en el que todo, desde el vestuario hasta el decorado, desde la música hasta la fotografía, es una herramienta para ensalzar la historia. El problema es que la historia cojea. Ni posee la fuerza suficiente ni contiene los elementos dramáticos necesarios para generar emociones encontradas en el espectador. De algún modo, el conjunto se convierte en aquello que narra y que representan sus personajes: un rostro que esconde una verdad muy distinta a la que podría esperarse. Por suerte, ahí están los actores.

Nota: 7/10

‘Anna Karenina’: el teatro de la alta sociedad


Jude Law y Keira Knightley en 'Anna Karenina', de Joe Wright.Siempre he considerado a Joe Wright (Orgullo y prejuicio) como un director formalmente serio, capaz de expresar todo tipo de emociones con un lenguaje poco dado a la espectacularidad y a los falsos movimientos de cámara creados digitalmente. Tal vez sea por eso que en un primer momento su particular adaptación de la obra de Tolstoi me dejó un poco descolocado. Pero superado ese primer momento de sorpresa y curiosidad, la obra se revela como una película donde cada detalle cuenta, cada mirada y cada silencio narran más que los diálogos o los bailes de salón.

Desde luego, adaptar la literatura del autor de Guerra y paz nunca es fácil. Si a eso le añadimos la decidida apuesta por el formato teatral que realiza Wright nos encontramos ante un film que generará tantos seguidores como detractores. Argumentos hay en ambas direcciones, pero posiblemente sean más los positivos que los negativos. Lo más llamativo del conjunto, y al mismo tiempo lo más transgresor, es ese estilo teatral en el que los personajes pasan de un decorado a otro simplemente con el cambio de las paredes y la aparición de los extras. Diferente, sí, pero no por eso menos narrativo. Gracias a este recurso, que por cierto enriquece el conjunto, el director incide en el hecho de que todo a lo que el espectador asiste no es más que teatro, una farsa en la que los sentimientos se dejan a un lado por la imagen que debe mostrarse en sociedad. Un teatro de la alta sociedad rusa que no deja espacio para el romance, el cual solo puede hallarse en el humilde mundo de la clase media y baja.

Sin embargo, esta fresca forma de rodar no impide que el metraje se exceda demasiado, principalmente por dos motivos. El primero es que extiende demasiado algunas tramas secundarias en ese afán de demostrar que lo verídico de la vida se halla alejado de ese mundo teatral de la clase alta. El segundo, y quizá más importante, es el regodeo que existe en el rechazo social que sufre la protagonista tras su decisión de abandonar a su marido por un joven conde, y que podría haberse resumido en algunas de las magníficas secuencias que contiene. A sus debilidades cabe sumar, por desgracia, la presencia de Aaron Taylor-Johnson (Nowhere boy). Y no es que el actor realice un mal trabajo. El problema es quién tiene enfrente.

Y es que las labores de Keira Knightley (Sólo una noche) y Jude Law (Gattaca) son excepcionales. La primera logra condensar en apenas unas pocas miradas la evolución de un personaje que pasa de ser sumiso y reacio al adulterio a desafiar el orden establecido aunque ello le cueste la cordura y la vida. El segundo fascina en su carácter estoico y su capacidad para no modificar en ningún momento su semblante a pesar de conocer las confesiones de la protagonista. Una pareja que compone una lucha interpretativa que eclipsa al resto de actores, incluyendo al tercero en discordia, un Taylor-Johnson que, aunque resolutivo en su papel, no logra mantener el nivel de sus compañeros.

Anna Karenina es una obra bella en sus formas y en su fondo. En el recuerdo quedan el magnífico vestuario y algunas de las transiciones y simbolismos más interesantes del cine moderno de los últimos años, como es el momento de la carrera de caballos o la forma de integrar a los protagonistas en una secuencia de baile. No es un film perfecto, ni mucho menos, pero sí resulta mucho más enriquecedor que otras obras de época narradas de modo neutral. Wright vuelve a demostrar, una vez más, que los dramas románticos de época son su fuerte.

Nota: 7/10

Diccineario

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