‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

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‘Baby Driver’: fotogramas musicales


Hay cine que tiene como contexto la música. Hay cine musical, que no es exactamente lo mismo. Y luego está lo nuevo de Edgar Wright (Arma fatal), cuya definición, al menos una de ellas, podría ser el cine hecho música… o la música hecha cine. Porque si algo destaca en esta cinta de acción para melómanos es precisamente lo que el director logra hacer no solo con una planificación milimétrica, sino con un montaje tan poético, frenético y complejo que reduce las casi dos horas de metraje a un puñado de canciones que ya deben formar parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Lo peor de Baby Driver puede que sea, curiosamente, su trama. No porque no sea buena, sino porque aporta más bien poco al género. Lineal y hasta cierto punto previsible, esta historia de ladrones sin corazón y jóvenes corazones robados para una malvada causa recuerda muchas otras grandes películas en lo que a su desarrollo dramático se refiere. Hasta aquí, una película más. Es a partir de entonces cuando la obra adquiere dimensiones casi épicas. Wright demuestra su manejo del montaje, del ritmo y de la cultura musical con una apuesta visual tan rica en referentes como divertida en las interpretaciones de sus solventes y notables actores.

La cinta es música. Y la banda sonora es cine. Su director logra algo sumamente complicado: fusionar hasta hacer uno notas musicales y fotogramas, elaborando una íntima relación que no puede ser destruida. Ya sea con canciones escuchadas en un iPod, ya sea con el ritmo creado por el sonido ambiente, todo en esta historia de amor, velocidad y atracos es una partitura. Incluso algunos momentos protagonizados por Kevin Spacey (Elvis & Nixon) son, literalmente, poéticos, aportando al conjunto un toque tan irónico como lírico. Y junto a todo esto, el tratamiento visual, con secuencias de acción que son pura adrenalina y un uso cromático que adquiere un elevado significado hacia el final del metraje.

En definitiva, Baby Driver es una obra diferente, fresca, no apta para aquellos a los que no les guste la música. Una historia de robos a ritmo de volante, de auriculares y de sueños frustrados que atrapa al espectador en su asiento para llevarle en un viaje por la música de toda una vida. Poco importa en este caso que la historia pueda carecer de demasiada originalidad en lo que a desarrollo y personajes se refiere. Poco importan algunas licencias necesarias para hacer que la acción tenga sentido. Lo que Edgar Wright propone, además de un contundente golpe en la mesa de Hollywood (si es que no lo había dado ya), es un viaje divertido, tanto visual como sonoro, que solo puede disfrutarse. Abróchense el cinturón y, sobre todo, estén atentos a la luz roja.

Nota: 7/10

‘The Flash’ trata de avanzar mientras se mueve en círculos en su 2ª T.


'The Flash' tendrá que correr más que nunca en su segunda temporada.Cualquier producción de ciencia ficción tiene un problema congénito que, en principio, debería ser de fácil solución: la propia fidelidad a sus normas. Esto es, que cualquier mundo imaginario se rige por una serie de pilares que lo definen, y a los que el director/creadores deben ajustarse. ¿Algo sencillo, no? Pues no siempre. Y en una serie como The Flash, donde los viajes en el tiempo empiezan a ser más o menos como coger el coche para visitar a los parientes, este riesgo es, si cabe mayor. Es el principal problema de la segunda temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos responsables de otra serie de DC ComicsArrow) y Geoff Johns, guionista de varios productos ambientados en el mundo de estos superhéroes.

Con esto no quiero decir que estos 23 episodios sean malos, más bien al contrario. La trama ha logrado algo que parecía poco probable, y es utilizar un villano mayor en todos los aspectos al de la primera temporada, al que da vida con cierta irregularidad Teddy Sears (serie Masters of Sex). En este sentido, la historia no solo continúa los acontecimientos de la etapa anterior, sino que desarrolla toda una serie de subtramas que se nutren entre ellas para crear un mundo más complejo, no necesariamente más oscuro pero sí, al menos, más original, dinámico y autosuficiente. Es por ello que la segunda temporada ofrece al espectador más de lo que provocó el éxito de los primeros episodios, desde la acción al drama, pasando por el romance y ciertos toques irónicos.

Desde luego, los fans encontrarán en esta nueva temporada de The Flash toda una iconografía que, como es habitual desde su inicio, se apoya con evidencia manifiesta en las historias y personajes salidos de Arrow, serie a la que la historia de la televisión posiblemente termine por situar como la punta de flecha (nunca mejor dicho) de una cadena de producción superheroicas a cada cual más espectacular u oscura, dependiendo de la apuesta dramática. Pero volviendo al velocista, el arco argumental de esta etapa, con un enemigo más veloz y con esa segunda Tierra en la que muchos personajes tienen poderes, es indudablemente más interesante, ofreciendo puntos de giro tan dramáticos como definitorios para el futuro de la serie, lo cual no deja de ser una buena noticia en una producción de este estilo.

Claro que esto tiene una cara B que no es tan positiva. La serie, más allá de algunos villanos nuevos, pivota sobre los mismos personajes que protagonizan la serie desde el comienzo. Salvo la introducción del rol interpretado por Keiynan Lonsdale (La hora decisiva), que tendrá mucha más importancia en la próxima temporada, el resto son personajes ya conocidos. Incluso aquellos que murieron al final de la primera temporada resurgen de sus cenizas, eso sí, como otro personaje con motivaciones diferentes pero con un resultado de sus decisiones sospechosamente familiar. Es más, muchos de los villanos no dejan de ser una suerte de lado oscuro de los protagonistas, lo que al final provoca una sensación agridulce: la propuesta es original en tanto en cuanto ofrece un repaso a los matices entre dos realidades paralelas, pero evidencia falta de originalidad al convertir en villanos a los héroes de turno, aunque solo sea por unos minutos.

Futuro incierto

Pero lo más peligroso de esta segunda temporada de The Flash es el futuro que deja para la próxima etapa. No voy a desvelar aquí cuál es el final para aquellos que todavía no hayan tenido ocasión de verlo, pero baste decir que, más o menos como el resto de la serie, encierra en su interior aspectos tan positivos como negativos, amén de una serie de lecturas que pueden generar no pocos problemas para los creadores de la serie y para aquellos que, sin ser estrictamente fans del personaje, se hayan acercado a esta trama por curiosidad, interés o simple entretenimiento. ¿Y qué es ese final? Bueno, en grandes líneas una reescritura de todo lo visto hasta ahora.

Y ese es el problema. La decisión del protagonista, interpretado de nuevo por Grant Gustin (serie Glee), quien por cierto parece estar madurando junto con el personaje, posee una serie de implicaciones morales y emocionales sumamente interesantes. Para empezar, la constante lucha interior entre los deseos personales y la decisión correcta, que no solo no tienen que ver, sino que generan situaciones casi antagónicas. La opción final elegida, aunque comprensible y atractiva desde un punto de vista dramático y narrativo, crea una serie de variables de muy difícil solución, entre otras cosas porque crea una suerte de carta blanca para rehacer todo aquello que se considere oportuno.

Este tipo de decisiones son arriesgadas, no solo por lo dicho anteriormente, sino porque permite recuperar personajes del pasado. La estrategia puede haber tenido cierto interés en la segunda temporada, por aquello de los mundos paralelos y lo llamativo del primer impacto al ver personajes muertos volver a la vida. Pero repetir la fórmula por tercera vez puede ser demasiado, amén de modificar (habrá que ver en qué grado) las relaciones entre los personajes. En este sentido, hay cierta similitud entre varios momentos de la primera y la segunda temporada, como si el protagonista corriese en círculos que se repiten más o menos fielmente, en lugar de ir hacia adelante.

Quizá este sea el mayor reproche que se le puede hacer a la segunda temporada de The Flash. La serie parece tener miedo a afrontar sus decisiones hasta las últimas consecuencias, recurriendo a conceptos narrativos y fantásticos que justifiquen la presencia de personajes ya fallecidos, de roles aparentemente secundarios y de tramas (sobre todo el ‘love interest’ del protagonista, que va camino de convertirse en un quiero y no puedo) que avanzan solo para volver a retroceder. Soy consciente de que la producción es mucho más limpia y clara de lo que es Arrow, pero eso no debería ser óbice para que avance en el sentido que se considere más oportuno, afrontando con valentía lo que esté por llegar. Y esa es la palabra clave, sobre todo en una ficción con la velocidad como eje central: avanzar.

‘The Flash’ crece en la 1ª T gracias a su estructura dramática


Grant Gustin es el hombre más rápido del mundo en la primera temporada de 'The Flash'.El ‘boom’ superheroico que hace unos años invadió las salas de cine (y que ha provocado toda una mega estructura narrativa que durará varios años) se ha trasladado de forma definitiva a la pequeña pantalla. A los exitosos experimentos de ArrowAgentes de S.H.I.E.L.D. se suman muchos otros personajes que no solo tienen sus propias historias, algunas mejores que otras, sino que conforman un universo particular que, a menos que algo o alguien lo estropee, se terminará fusionando con el del cine. Pero no adelantemos acontecimientos. Por ahora, analicemos otro de los productos que más éxito han tenido, y cuya segunda temporada ya está emitiéndose. Me refiero a The Flash, personaje cuya presentación tuvo lugar, precisamente en la serie protagonizada por Stephen Amell (Cerrando el círculo).

Creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, responsables de la construcción del universo televisivo de DC Comics, la primera temporada de esta entretenida serie ejemplifica como pocas los problemas y las virtudes que suelen tener este tipo de producciones, así como las herramientas necesarias para superarlos o aprovecharlas, según sea el caso. Los primeros compases de estos 23 episodios son, en pocas palabras, una apuesta episódica cuyo valor no supera la simple presentación de personajes y sus respectivas tramas, así como una retahíla de villanos a cada cual más original que sirven al espectador para crecer junto al protagonista, al que da vida de forma notable Grant Gustin (serie Glee). De este modo, el trasfondo dramático de la historia, que no desvelaré por aquello de los spoilers, queda en un segundo plano.

O al menos eso puede parecer. Porque lo cierto es que es aquí donde se aprecia la elaboración dramática de la historia. En prácticamente cada episodio se dejan una serie de píldoras narrativas que aportan un nuevo grano de arena a la senda que conduce al espléndido final que tiene la temporada. Pequeñas dosis dramáticas, algunas como ganchos de final de episodio y otras como parte de la historia del capítulo, que permiten al espectador completar un puzzle y entender, al fin, lo que se trata de contar en esta primera etapa. Esta táctica, si bien no es novedosa, sí es el soporte fundamental para que The Flash no caiga en la autocomplacencia, limitándose a una sucesión de villanos. De hecho, y a medida que se acerca al final, los enemigos del velocista de Central City son cada vez menores, dejando más espacio para la auténtica e interesante trama principal.

A esta estrategia se suma un tono divertido, en algunos casos casi infantil, que ayuda a quitar mucha gravedad a lo visto en la pequeña pantalla. A diferencia de la ficción del arquero verde, los primeros episodios del rojo corredor son simplemente entretenimiento y diversión, sin grandes dramas y con mucha ironía. La gravedad que desprende Arrow, y que ha sido uno de sus éxitos, aquí brilla por su ausencia en la mayor parte del desarrollo dramático. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esta apuesta se ajusta más tanto al carácter del personaje como a la propia dimensión de la serie, más fantástica. Dicho de otro modo, es un producto para pasar el rato más que para identificarse con los problemas y dudas morales del protagonista. Y si eso se entiende desde el principio, no debería haber ningún problema.

Pasado, presente y futuro

En este sentido, y que me disculpen los más fervientes seguidores de The Flash, la serie tiene más de una producción Marvel que de una producción DC. La primera siempre se ha caracterizado por productos más inocentes, con más acción y menos oscuridad en sus tramas, mientras que la segunda… bueno, no hay más que ver lo que representa la trilogía del Caballero Oscuro. De ahí que esta primera temporada pueda resultar un cuerpo extraño dentro de la estructura dramática que DC imprime a sus historias. Sin embargo, es solo una impresión. La resolución final de estos primeros 23 episodios deja claro que no estamos ante una producción al uso. Asimismo, la introducción de personajes de Arrow, que generan un flujo entre ambas series de lo más enriquecedor, dotan a la trama de la seriedad que podría faltarle en algunos momentos.

Aunque lo que mejor define a esta ficción es la unión entre pasado, presente y futuro que se mantiene a lo largo de todo el arco dramático, y que afecta a todos los personajes en mayor o menor medida. Ese juego entre ciencia, fantasía y superhéroes genera una serie de conexiones entre los diferentes espacios temporales que siempre influyen en el desarrollo de la trama, lo que a su vez crea una mayor complejidad en la narrativa. Nada ocurre por azar, y desde luego ninguna trama, por secundaria que sea, queda sin explicación, que es más o menos sólida. Esta complejidad y el humor que desprenden muchos de sus personajes logran ese delicado equilibrio que permiten a una serie no caer en la autoparodia o en la soberbia, y que la convierten en una producción a disfrutar.

Pero esta unión va más allá. A comienzos de los años 90 se produjo otra serie en torno a este personaje. Aquella ficción estaba protagonizada por John Wesley Shipp (serie Dawson crece) en el papel que ahora interpreta Grant, cuyo padre en la ficción es… el propio Shipp. Pero no es la única conexión. En aquella serie de hace 20 años Mark Hamill, el inolvidable Luke Skywalker de la saga ‘Star Wars’, daba vida al mismo villano que interpreta en esta nueva versión, y que ha pasado estas dos décadas en la cárcel preparando su “obra maestra”, como él mismo dice en un episodio. Y esos son solo dos ejemplos de la relación que los guionistas han tratado de establecer entre aquel Flash del pasado y el que ocupa nuestro presente y nuestro futuro más inmediato.

Lo que se desprende de la primera temporada de The Flash es puro entretenimiento. Sin las pretensiones dramáticas de Arrow, la serie busca en todo momento divertir sin preocupaciones, aunque contando para ello con una sólida trama principal y una cartera de villanos interpretados por rostros conocidos de la pequeña pantalla, desde Wentworth Miller y Dominic Purcell (protagonistas de Prison break) hasta Liam McIntyre (serie Spartacus). Desde luego, es una serie que va de menos a más hasta un clímax notable que deje una buen sabor de boca y que permite pensar en un futuro prometedor para esta producción, sobre todo si tenemos en cuenta que las flujos narrativos entre el arquero y el velocista de DC son cada vez más sólidos.

‘Rush’: la pasión de dos personalidades opuestas


Chris Hemsworth (James Hunt) y Daniel Brühl (Niki Lauda) en 'Rush', de Ron Howard.Tanto si uno es seguidor de la Fórmula 1 como si el mundo del motor no le interesa para nada, la historia de Niki Lauda es un ejemplo trágico de superación. Su rivalidad con James Hunt, su terrible accidente y su posterior reincorporación a los circuitos del mundial le convirtieron en una leyenda viva que el nuevo film de Ron Howard (Apolo 13) recoge con fidelidad y acierto, remarcando las opuestas personalidades en la pista y fuera de ella de los contrincantes, y creando algunos de los mejores momentos de carreras que se han visto en la gran pantalla.

Claro que buena parte del mérito pertenece a Peter Morgan. El guionista de El desafío. Frost contra Nixon (2008) pone sobre el papel la personalidad de cada uno de los personajes como si de una religión se tratara. Cada detalle, cada decisión, es una vía de expresión de sus formas de ser diametralmente opuestas. Da igual que sea una boda o una carrera, una conversación en un hangar o la forma de celebrar un título. Mientras Lauda ve la vida como un camino de disciplina, cálculo y legalidad a cumplir, Hunt es la representación terrenal de Baco, el dios griego del vino y la locura. Una decisión, la de mostrarles de una forma tan uniforme, que en algún momento muestra sus carencias, haciendo que repercuta en el ritmo del conjunto y en algunas decisiones. Sin embargo, no es algo alarmante, al contrario. El guión aprovecha esto para labrar poco a poco el mensaje que finalmente se desvela con el discurso de Lauda, y que no es otro que en la aparente rivalidad se esconde una amistad y respeto mutuos por una pasión compartida.

Este es otro de los fallos del film: la voz narrativa. Howard abusa demasiado del recurso en los primeros compases de forma innecesaria para trasladas al espectador una información necesaria pero fácil de comunicar en imágenes o, si llega el caso, a través de diálogo. Una decisión, por cierto, que contrasta con el resto de la narrativa visual, impactante en sus carreras (sobre todo en la última de Japón) y fiel hasta límites obsesivos en los detalles de la época y de los personajes. Por no hablar del accidente, estremecedor y recreado plano a plano. En este sentido hay que destacar la labor de los actores principales. Tanto Daniel Brühl (Los Pelayos) encarnando a Lauda como Chris Hemsworth (Los Vengadores) en su papel de Hunt sobresalen del conjunto para convertirse literalmente en dos rivales interpretativos. Desde luego, si hay que elegir tal vez sea el segundo el que más sorprende por aquello de que sus papeles hasta ahora le habían exigido poco dramáticamente hablando.

Ron Howard vuelve a demostrar con Rush que es un director polivalente y todoterreno, capaz de sumergirse en cualquier tipo de género y trama sin que esta se vea seriamente afectada por una falta de carácter narrativo. Desde luego, lo que más destaca del film son las carreras y algunas formas de resolver determinados momentos, así como los actores. Sí, tiene fallos, sobre todo en el habitual descenso de ritmo del segundo acto, pero no una vez terminado el metraje no deja una huella demasiado profunda en la impresión general. Entretenida y sobre todo muy fiel a una tragedia que estuvo a punto de ser mortal.

Nota: 7/10

‘Fast and Furious 6’ llega para adelantar a todos los estrenos


Estrenos 24mayo2013Llega el viernes y toca hablar de estrenos. Y como es habitual, la tanda de nuevos títulos que llega a las pantallas españolas viene liderada por una película que está llamada a provocar una asistencia masiva del público a las salas, consiguiendo algo similar a lo que hizo en su momento Iron Man 3, una de las pocas alegrías que ha tenido la taquilla en las últimas semanas. En esta ocasión, coches, adrenalina y mucha acción llegan acompañadas por thrillers, dramas de corte fantástico y mucho cine europeo, entre el que destaca algún que otro título español.

Y vamos con esa primera película. Si hablamos de coches, persecuciones, delitos y peleas aderezado con la presencia de Vin Diesel (Pitch Black) y Paul Walker (Ladrones), muchos tendrán en la mente la saga Fast & Furious. En efecto, hoy viernes, 24 de mayo, llega a España la sexta entrega, titulada cómo no Fast & Furious 6, de nuevo con Justin Lin como director tras encargarse de las últimas películas de la serie. En esta ocasión, la trama transcurre algún tiempo después de la finalización de la anterior película. Tras el golpe orquestado a un imperio mafioso, el equipo dirigido por Diesel y Walker vive dispersado sin poder volver a casa. Sin embargo, su oportunidad de conseguir un indulto llega con la propuesta de detener a una peligrosa banda de conductores mercenarios. Además de los dos protagonistas, muchos rostros conocidos de la saga repiten en sus respectivos papeles, como son Dwayne Johnson (G. I. Joe: La venganza), Michelle Rodriguez (Resident evil), Elsa Pataky (Di Di Hollywood), Tyrese Gibson (Transformers), Shea Whigham (serie Boardwalk Empire) y el rapero Ludacris (Max Payne), a los que habría que sumar nuevas incorporaciones como la de Gina Carano (Indomable) y Luke Evans (Immortals).

Otra de las propuestas más atractivas cambia algo de tercio, aunque sigue teniendo un claro componente del cine de acción. Hablamos de Dead Man Down (La venganza del hombre muerto), thriller que dirige Niels Arden Oplev, director de Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres, la primera versión que se hizo de la famosa novela de Stieg Larsson. Este thriller arranca cuando la mano derecha de un señor del crimen debe hacer frente a un asesino que busca acabar con su jefe, no sin antes eliminar a toda la banda uno por uno. En medio de esta situación conoce a una joven que busca venganza por un crimen cometido contra ella. Lo que nadie parece sospechar es que el protagonista oculta un secreto del pasado. Protagonizada por Colin Farrell (Noche de miedo) y Noomi Rapace, precisamente Lisbeth Salander en la versión de Oplev, la película cuenta también con Terrence Howard (Red tails), Dominic Cooper (El doble del diablo) e Isabelle Huppert (Amor).

El otro estreno estadounidense lleva por título Un amigo para Frank y su argumento es, cuanto menos, curioso. Ambientada en el futuro, la historia se centra en un anciano cuya pasión y única actividad son los libros. Dado que su única amiga es la bibliotecaria de su ciudad, sus hijos deciden regalarle un robot que le cuide y le haga algo de compañía. Lo que al principio se convierte en una incomodidad para el hombre poco a poco se irá tornando en amistad y verdadero afecto. Dirigida por Jake Schreier, quien debuta así en el largometraje, esta comedia dramática con tintes de ciencia ficción está protagonizada por Frank Langella (La caja), James Marsden (27 vestidos), Liv Tyler (The ledge), Susan Sarandon (El cliente), Peter Sarsgaard (An education) y Jeremy Strong (Lincoln), entre otros.

Pasando a la producción nacional que llega este viernes lo primero que nos encontramos es La estrella, drama romántico que supone la ópera prima de Alberto Aranda, quien escribe y dirige este film basado en la novela de Belén Carmona, quien también colabora en el guión. Un guión que sigue a una joven cuya felicidad, al menos de forma aparente, se halla en cuidar de los demás. Tanto, que se olvida de cuidar de sí misma. Sin embargo, su don para el flamenco y para la vida en general le llevarán a descubrir que también tiene derecho a ser feliz. Ingrid Rubio (Que se mueran los feos), Carmen Machi (Los abrazos rotos), Marc Clotet (Mil cretins), Fele Martinez (Tesis), Carlos Blanco (Trastorno) y Rubén Sánchez forman el elenco principal.

Chaika es el otro film español, aunque en esta ocasión comparte producción con Georgia y Rusia. Su historia comienza cuando un joven vuelve a su hogar para enfrentarse a lo que queda de su pasado y de su familia. Durante su estancia empezará a recordar viejos y vagos recuerdos que el protagonista tenía de su madre, un viaje que le llevará a descubrir nuevos territorios desconocidos para él y nuevas revelaciones que modificarán esos recuerdos. Un drama en su definición más pura que dirige Miguel Ángel Jiménez (Ori) y que protagonizan Salome Demuria (Çölçü) y Gio Gabunia.

El director inglés Michael Winterbotton regresa a las pantallas españolas con The trip, producción del 2010 que cuenta como principales protagonistas con Steve Coogan y Rob Brydon, actores con los que ya coincidió en 24 Hour Party People. En esta ocasión la historia es una road movie que se centra en dos personajes que realizan un viaje por los mejores restaurantes de la campiña inglesa. Paul Popplewell (Redención), Margo Stilley (9 songs) y Claire Keelan (The last hangman) completan el reparto principal de esta comedia anglosajona.

En cuanto al resto del mundo, una de las películas que se estrenan hoy es El estudiante, realizada en Argentina en 2011. La trama comienza cuando un joven del interior del país sudamericano llega a Buenos Aires para estudiar en la universidad. Sin embargo, pronto comprende que nada de lo que estudia le interesa, por lo que empieza a deambular por la facultad conociendo gente. Todo cambia cuando entabla amistad con una joven que le introduce en política. Poco a poco aprenderá las técnicas hasta convertirse en un dirigente estudiantil. Dirigida por Santiago Mitre (El amor – primera parte), la película está protagonizada por Esteban Lamothe (La vida por Perón), Romina Paula (Medianeras), Ricardo Félix (La paz) y Valeria Correa (El hombre de al lado).

Por último tenemos que mencionar En otro país, film procedente de Corea del Sur que narra diferentes historias relacionadas entre sí a través de elementos comunes como un hotel, un socorrista o el hecho de que las mujeres protagonistas se llaman Anne y tienen relación de un modo u otro con el país asiático. Un drama que dirige Hong Sang-soo (Hahaha) y que protagonizan Isabelle Huppert, que repite estreno gracias a Un amigo para Frank, Kwon Hye Hyo y Jung Yu Mi, quienes debutan en la interpretación, Yoon Yeo-jeong (Hanyo) y Moon So-ri (Sa-kwa).

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