‘Preacher’ explora la importancia del miedo y la falta de fe en su 2ª T.


Si algo bueno tienen las adaptaciones literarias, de cómics o de cualquier otro producto cultural es poder apreciar las diferentes narrativas y argumentales entre el cine (o la televisión) con el original. No se trata de decir si uno es mejor que otro; ni siquiera consiste en intentar adivinar lo que va a ocurrir a continuación, utilizando la ventaja de conocer el original. En realidad, lo más interesantes es comprobar cómo una historia puede contarse de muchas formas diferentes aunque tenga, en esencia, el mismo desarrollo. Y eso es lo que, con éxito, está logrando Preacher (Predicador), que en su segunda temporada continúa esa incansable búsqueda de Dios, pero con muchos e imprescindibles matices.

Ahora que queda poco más de un mes para que comience la tercera temporada en Estados Unidos, es importante comprender que esta segunda etapa de la serie creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Supersalidos) y Seth Rogen (The interview) difiere notablemente del cómic creado por Garth Ennis y Steve Dillon en su desarrollo, pero no en su esencia. Más allá de la búsqueda divina, ‘leit motiv’ de esta trama, lo interesante se encuentra en los matices y, sobre todo, en la perfecta conjunción entre personajes y escenarios, entre dramatismo y humor negro. Bajo este prisma, la serie se convierte en algo único, un deleite para los sentidos que explora las miserias del ser humano… y de aquellos que no son del todo humanos.

De nuevo, la dinámica generada entre los tres protagonistas es lo que sustenta todo el relato. Esta segunda temporada de Predicador demuestra, y esto es algo a tener muy en cuenta para un guionista iniciado, que dicha dinámica no tiene que ser, necesariamente, positiva. Ni siquiera estar en el mismo nivel dramático en todo momento. Si en la primera etapa los tres personajes estaban íntimamente ligados por diferentes tipos de relaciones (creando un triángulo sólido), en estos 13 episodios dichas relaciones quedan fracturadas por los intereses y los problemas personales, que chocan unos con otros y alejan a los protagonistas. Así, la búsqueda del predicador interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen) deja de lado el miedo al que debe enfrentarse el rol de Ruth Negga (Loving) por El Santo de los Asesinos. Y en medio de todo esto, un vampiro que trata primero de ser el padre que nunca fue y, después, afrontar sus propios errores como hombre y como vampiro.

Y aunque pueda parecer contradictorio, tres arcos argumentales tan diferentes, tan propios, son los que hacen avanzar la trama de un modo sólido y único. Y es que, a pesar de líneas narrativas independientes, todo se desarrolla bajo el mismo paraguas, que no es otro que la falta de fe. Ya sea en Dios o en uno mismo, esta temporada aborda precisamente eso, la pérdida de nosotros mismos, de nuestra verdadera forma de ser. Da igual cual sea el origen (errores propios, miedo a la muerte, un camino que parece llevar a ninguna parte), lo cierto es que el resultado termina siendo el mismo para cada uno de los protagonistas. Y el modo en que lo afrontan, en solitario y alejados del resto, es lo que permite explorar sus debilidades de un modo que, de otro modo, no se podría.

Infierno y El Grial

En medio de esa búsqueda de la fe, la confianza y el sentido a nuestros actos, Predicador logra la máxima expresión de lo que comentábamos al inicio de este texto: las diferencias y similitudes entre el original y la adaptación. Entre las primeras destaca sobremanera el tratamiento que la serie hace del infierno. Muy en la línea de lo creado por Ennis y Dillon, ese infierno condena a las almas a revivir una y otra vez su recuerdo más doloroso, el que más les aterra. Y de nuevo, el humor más negro que pueda pensarse. Evidentemente, en un lugar tan malvado solo pueden estar los personajes más perversos de la Historia, entre ellos el propio Hitler. Este pequeño espacio de relato propio es utilizado por la ficción para volver a demostrar que en el relato nada es lo que parece, que todo se tergiversa hasta hacerlo más perverso bajo una imagen de cotidianidad. Así, ese infierno planteado como una cárcel casi militar sitúa a Hitler ante un infierno propio cuanto menos sorprendente, y a todas luces divertido.

En contraposición, la organización de El Grial está planteada casi como un calco de lo visto en los cómics, incluido el carácter de Herr Starr (Pip Torrens, visto en La chica danesa). Es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de esta segunda temporada, básicamente porque su presencia en el desarrollo dramático posterior es imprescindible para comprender el viaje del héroe. De ahí que los guionistas aprovechen esa falta de fe del protagonista a la hora de buscar a Dios para introducir esta organización, establecer las relaciones dramáticas entre ellos y sentar las bases del posterior conflicto que se vaya a desarrollar. Y aquí puede verse, en su máximo esplendor, la estructura argumental de esta temporada, construida de forma orgánica para que todas las líneas narrativas se nutran unas de otras. Lejos de plantear historias secundarias que corran de forma paralela a la principal (que también hay algo de esto), los creadores aprovechan los conflictos aparentemente secundarios para influir, en mayor o menor medida, en la historia principal protagonizada por Jesse Custer.

De este modo, la trama es capaz de crecer. Si antes hablábamos de la diferencia entre la primera y la segunda temporada en lo que a las relaciones entre los tres protagonistas se refiere, ahora es conveniente señalar que esto no deja de ser una forma de trasladar la dinámica que debe existir en una secuencia, en un acto y en un episodio (o una película) a un concepto mayor como es una serie de varias temporadas. Del éxito logrado en la primera temporada se pasa a las decepciones que se viven en esta segunda etapa. Y lo más probable es que la tercera temporada ahonde en estas diferencias y en el pasado de los protagonistas, a tenor de algunos datos ofrecidos en estos 13 capítulos. Pero eso es adelantar acontecimientos. La realidad es que la estructura dramática de esta entrega logra crecer en la adversidad, construyendo con mimo y cuidado los conflictos tanto internos de cada personaje como externos (ya sea entre amigos o enemigos).

Lo cierto es que la segunda temporada de Predicador confirma a esta serie como una de las más irreverentes que existen actualmente. Nada en ella está dejado al azar, ya sea por seguir la línea argumental del cómic, ya sea incorporando sus propios escenarios y tramas. El humor negro, la ironía y la violencia que roza el absurdo siguen siendo, por suerte, las señas de identidad de la serie, pero hay algo más. Algo que hace que la trama crezca, que los personajes adquieran más complejidad. Y en este caso, ese algo son sus miedos, sus errores del pasado y su frustración por no poder solventarlos como, hasta ahora, habían podido afrontar todos los conflictos. En definitiva, ponerles ante sus debilidades para que puedan crecer en la adversidad. Así las cosas, la serie afronta ahora, de continuar la estela del cómic original, los momentos más oscuros y dramáticos de todos. Teniendo en cuenta la originalidad y la frescura que aportan los guionistas, la expectación es máxima.

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3ª T. de ‘Penny Dreadful’, un final idóneo para una serie de culto


'Penny Dreadful' llega a su última temporada de la mano de Drácula.Cualquier historia está pensada para una determinada duración. Tiene su comienzo, su desarrollo y su final. Una vida, en definitiva. Pero es muy común que si funciona trate de alargarse lo máximo posible. En el cine es en forma de secuelas (algunas mejores que otras); en televisión se trata de introducir temporadas que, en el 90% de los casos, desvirtúan por completo el sentido original de la trama. Por suerte para los fans, y para el mundo audiovisual en general, el caso de Penny Dreadful ha sido extraordinario en todos los sentidos, incluido este, finalizando en una tercera temporada tan brillante como las anteriores y, al mismo tiempo, tan coherente como cabría esperar.

Y eso es así porque su creador, John Logan (Skyfall), planteó esta serie para que tuviera su final en estos 9 episodios. Ni más ni menos. Una historia sustentada en tres temporadas a cada cual más interesante, más oscura, con un tratamiento de personajes simplemente perfecto y un respeto pocas veces visto por los clásicos de la literatura. Respeto, que no adoración, lo que en última instancia le ha permitido jugar con el origen, la personalidad y el futuro de muchos de estos iconos del terror literario, aunque manteniendo en todo momento su esencia.

En este sentido, la tercera temporada de Penny Dreadul ha permitido cerrar en mayor o menor medida todas las tramas secundarias abiertas a lo largo de las anteriores temporadas. Teniendo en cuenta cuál fue el final de la segunda etapa, el desarrollo dramático ha sido más que notable, aunque ha adolecido de la necesidad de introducir personajes secundarios posiblemente necesarios para anclar la historia pero de dudosa relevancia. Su presencia no ha impedido, sin embargo, que roles realmente atractivos como el Dorian Gray interpretado por Reeve Carney (The tempest) hayan alcanzado una plenitud que ya les gustaría a otros protagonistas de series interminables.

A esto se suma, por otro lado, la impecable puesta en escena y el magnífico diseño de producción y vestuario, que recrean el Londres victoriano de una forma notable, sobre todo en lo que a contrastes sociales se refiere. Abriendo como abre el abanico a otros escenarios, la ficción no pierde en ningún momento el gusto por el toque inquietante, por ese elemento sobrenatural que tanto define su desarrollo y que adquiere aquí explicaciones en muchos sentidos, lo cual permite al espectador responder a muchas preguntas que, aunque puedan parecer menores, aportan a la serie el necesario broche de oro.

Vampiros y hombres lobo

'Penny Dreadful' termina de la forma más coherente posible.En lo que a la tercera temporada se refiere, Penny Dreadful retoma la idea de la primera temporada para explotar aquellos aspectos insinuados o no explicados del todo y narrar toda una épica que va más allá de la propia naturaleza de los acontecimientos. Se puede entender así que la trama recoge elementos explicados a lo largo de la historia para abordar un final casi apoteósico, batalla final incluida, en el que no hay héroes o villanos, no hay vencedores ni vencidos, pero donde sí hay víctimas.

Y es aquí donde la serie adopta su tono más serio y sincero. Lejos de finales felices o de épicos sacrificios para acabar con un mal superior, la trama recurre a ese tono lúgubre que tanto bien hace al aspecto visual para mostrar que las guerras entre el bien y el mal no se ganan, produciéndose batalla tras batalla en las que los sacrificios solo dan tregua hasta el siguiente enfrentamiento. En este sentido, esta tercera temporada se desarrolla de algún modo así, con una lucha detrás de otra en las que la línea entre el bien y el mal queda difuminada.

Con todo, posiblemente esta sea la temporada más floja de las tres, que en este caso quiere decir que es una temporada muy superior a cualquier producto similar que pueda verse en la pequeña pantalla. El problema de estos últimos 9 capítulos radica, por un lado, en la necesidad de centrar la trama en el pasado de muchos personajes, lo cual resta espacio narrativo a la trama principal (con todo, el momento en el que el personaje de Eva Green –Sombras tenebrosas– es hipnotizado es magistral) y desvía la atención de lo realmente importante. A esto se suma lo ya dicho acerca de personajes secundarios de poca relevancia, amén de que parece inapelable que cuando las criaturas de la noche se disputan el amor de una mujer tengan que ser siempre vampiros y hombres lobo. Pero sobre eso se podría escribir un libro, y no es el momento.

Todo esto deriva en una división del tratamiento episódico que anula la intensidad dramática que tuvieron temporadas anteriores. Pero como he dicho, aunque sea la temporada más débil de Penny Dreadful sigue siendo de lo mejor que se puede ver en televisión. En realidad, toda la serie es un producto de culto casi automático. Su tratamiento visual, la labor de los actores, el mimo con el que se trata el argumento y la coherencia de la evolución dramática de los protagonistas (con alguna que otra salvedad) convierten a esta serie en una ficción indispensable, a disfrutar de carrerilla ahora que, por desgracia, ha llegado a su fin.

‘American Horror Story: Hotel’ recupera el espíritu de la serie


Evan Peters y Wes Bentley protagonizan 'American Horror Story: Hotel'.Tras varios altibajos en la serie, American Horror Story ha logrado, en su quinta historia, algo que muy pocas producciones consigue: devolver al formato las ideas iniciales en lo que a suspense, ambientación, personajes y trama se refiere. Sin el impacto ni la novedad que supuso aquella primera temporada, Hotel es sin duda una de las mejores temporadas de esta ficción creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Glee).

Y si bien es cierto que Coven ya supuso una recuperación de ese espíritu, estos 12 capítulos representan lo que podría denominarse como una continuación directa de la historia de la casa encantada. No por los personajes, sino por el concepto general de la trama. Un hotel plagado de fantasmas, vampiros y asesinos es lo que da pie a una historia que, sin embargo, se centra más en el concepto del amor. Tal vez eso sea lo que le ha faltado a la serie en otras etapas; tal vez no. Lo cierto es que el delicado equilibrio entre ese sentimiento y la violencia característica de la producción crean un espectáculo incomparable.

Un padre atormentado por la pérdida de un hijo, una madre condenada a vivir en un hotel lleno de fantasmas para estar junto a un hijo que la odia y una vampiresa que una vez experimentó el amor verdadero son solo algunos de los ejemplos. Desde un punto de vista conceptual, American Horror Story: Hotel se revela más bien como una historia de búsqueda, de añoranza por lo perdido y por un pasado que, aunque dentro de esos muros parece no cambiar, en realidad se dejó atrás hace mucho tiempo.

Por supuesto, a todo esto se suma el incomparable espacio elegido, un edificio decadente, ajeno al tiempo o a las modas y en el que cada sala, cada rincón, es una trampa mortal para los visitantes. Desde su dueño, un espléndido Evan Peters (X-Men: Días del futuro pasado), al que es más necesario que nunca ver en versión original, hasta el ya famoso papel de la cantante Lady Gaga, Globo de Oro incluido, todos los habitantes de ese edificio parecen condenados, lo quieran o no, a matar a los visitantes, litros y litros de sangre mediante, claro está.

Lady Gaga logró un Globo de Oro por su rol en 'American Horror Story: Hotel'

Regreso a la narrativa de personajes

Y a pesar del espectáculo visual que supone esta quinta temporada, American Horror Story: Coven es sobre todo una historia de personajes. Al igual que ya ocurrió en algunas temporadas anteriores, que no en todas, el origen de los protagonistas, sus obsesiones, sus fobias y sus motivaciones, quedan patentes en sendos episodios a través de una narrativa de sus respectivos pasados para terminar confluyendo, de un modo u otro, en finales comunes. En esta ocasión, además, con la dificultad añadida de tener dos grandes protagonistas (la ya mencionada Gaga y el policía al que da vida Wes Bentley –American beauty-) como principales pilares, lo que obliga a dividir en dos el tiempo de la historia. ¿Cómo se logra mantener unido el desarrollo dramático sin que parezca, como ocurrió en Asylum, que cada cosa ocurre por su cuenta? La respuesta es Evan Peters.

Su personaje, tan sádico como enigmático, se termina por convertir en una suerte de nexo de unión de todas las historias, tal vez porque es el corazón de ese hotel, o tal vez porque, simplemente, es un personaje muy humano dentro de su violencia. Su caso, posiblemente, sea el mejor ejemplo del entramado dramático que logra crearse entre todos los personajes, ya sean secundarios, principales e, incluso, episódicos. De ahí que sea tan importante el pasado de los mismos, y de ahí que cobren especial relevancia aquellos momentos en los que se abordan las claves de su llegada a ese hotel maldito.

Pero si el contenido dramático es importante, la forma que se le da a todas esas historias es simplemente hipnótica. Elegante, fascinante, visceral, sangrienta, atemporal. Cualquier calificativo puede servir para definir un entorno único, una apuesta escénica en la que la sangre emana a borbotones para dar paso a una nueva vida en la que, no por casualidad, los implicados deben encontrar un motivo para enderezar sus fantasmagóricas vidas, que habitualmente, por no decir siempre, tiene que ver con el asesinato. La presencia, además, de personajes aparecidos en temporadas anteriores otorga al conjunto un halo de continuidad interesante que, en cierto modo, cierra un círculo iniciado con la primera y maravillosa temporada.

Así las cosas, American Horror Story: Hotel es, posiblemente, la etapa de esta serie que más se aproxima a lo vivido en aquella casa encantada hace ya varios años. Por su ambientación, el trauma de sus personajes e incluso la definición de muchos de ellos, esta historia es digna heredera de aquella. Pero es mucho más. Falchuk y Murphy parecen haber aprendido de algunos errores cometidos en el pasado y han sido capaces de crear muchos historias independientes bajo un mismo techo que, aparentemente, no tienen nada en común, pero cuyo desarrollo termina irremediablemente unido a las habitaciones de este macabro hotel. O a su dueño, que para el caso viene a ser lo mismo. Sin duda, una de las mejores temporadas de la serie.

2ª T. de ‘Penny Dreadful’, un complemento con vida propia


Una nueva amenaza hará peligrar al grupo de 'Penny Dreadful' en la segunda temporada.La segunda temporada de Penny Dreadful debe verse como un complemento a la historia de la primera. Podría achacar esta idea al hecho de que he visto las dos tandas de episodios de forma consecutiva, sin apenas dejar reflexión entre ellas, pero lo cierto es que un rápido vistazo a otras series de formato similar (trama por temporada, me refiero) me confirma que es algo relativamente habitual. Y de hecho, conveniente. Porque a pesar de la calidad y la originalidad de la premisa inicial de esta ficción creada por John Logan (Spectre), lo cierto es que muchas cosas se quedaron en el tintero, sobre todo lo relacionado al personaje principal de Eva Green (300: El origen de un imperio). Así que, ¿qué mejor forma de ahondar en su pasado que con una nueva y complicada trama?

Porque este es, en realidad, el gran acierto de estos nuevos 10 episodios. Al igual que en su primera temporada, la serie aprovecha todas y cada una de las facetas de sus principales personajes para integrarlos en una historia que, aunque centrada en la misteriosa Vanessa Ives, va mucho más allá de todos ellos. Tomando como punto de partida la brujería, el creador de la serie construye un entramado de intrigas, de misterios y de sangre que redefine las relaciones humanas planteadas en sus anteriores episodios y desdibuja muchas de las bases que había asentado en la presentación de los protagonistas. Baste decir, por ejemplo, que el Dorian Gray interpretado por Reeve Carney (The tempest) muestra finalmente su retrato, con todo lo que eso conlleva y pervirtiendo la imagen de galán sin complejos que tenía hasta la fecha.

En este sentido, la historia de Ives es el detonante de todo un proceso cuyo final, que abordaremos más adelante, es diametralmente opuesto al modo en que se había desarrollado hasta entonces la dinámica de Penny Dreadful. Gracias a la historia del personaje de Green el espectador se adentra no solo en el mundo de la brujería, como evidentemente ocurre, sino en un mundo de sombras y luces en el que el bien y el mal quedan totalmente difuminados, en el que los héroes cometen errores (aunque sea por influencias malignas), los monstruos se vuelven más humanos que los hombres y los malditos se ven obligados a vivir con la culpa de sus pecados.

Todo ello, por supuesto, con la elegancia y la espléndida puesta en escena de la que hace gala la serie, y volviendo a tomar como referencia la literatura más clásica, ya sea en forma de personaje o en forma de mitología. Y aunque la influencia literaria puede ser menor a primera vista, la mayor parte de los detalles siguen desprendiendo ese aroma al terror que se esconde en las páginas de novelas como ‘Drácula’, de Bram Stoker, ‘Frankenstein’, de Mary Shelley, o ‘El retrato de Dorian Gray’, de Oscar Wilde. Situaciones como la vivida por la criatura de Frankenstein dan buena muestra de que, aunque no de forma explícita, el valor de la literatura sigue siendo un pilar fundamental del desarrollo dramático de la serie, que fusiona mitos e historias con el respeto que merecen.

Nuevos viejos personajes

Aunque a diferencia de la primera temporada, Penny Dreadful incorpora en su segunda etapa el componente religioso de una forma mucho más evidente. Habrá quienes no terminen de ver con buenos ojos que la religión se inmiscuya en los asuntos de la literatura fantástica, pero hasta cierto punto no solo son dos fenómenos íntimamente ligados, sino que la labor de Logan como creador de la serie ha permitido a la misma superar posibles barreras conceptuales para componer un puzzle interesante que utiliza el concepto de bien y mal de los textos sagrados para crear algo mucho mayor y complejo, en el que magia, creencia y realidad parecen convivir con naturalidad en el paisaje del Londres victoriano.

Pero más allá de actores, más allá de escenografía o de efectos visuales, lo realmente interesante de esta segunda temporada es el desarrollo dramático de sus personajes. El modo en que todos ellos evolucionan para explorar nuevas caras de su personalidad y para dejar entrever que son más de lo que aparentan es brillante. Y aunque de esto tiene buena culpa la trama principal protagonizada por Green, las diversas historias secundarias que se combinan para sostener esa gran línea argumental también son capaces de aportar matices sumamente interesantes. Tanto es así que la entidad de todas ellas hace que la atención del espectador se desvíe constantemente de un personaje a otro, obligándole a tener presente en todo momento la posición de cada uno de los personajes en la trama.

Dicho de otro modo, la serie no se deja llevar por la facilidad de su desarrollo y se esfuerza en todo momento por lograr que sus personajes, secundarios o no, sean lo suficientemente interesantes como para resultar atractivos. Y eso provoca, no por casualidad, que el final de la temporada sea completamente abierto. Sí, cierra las tramas iniciadas en el primer episodio, pero lo hace de tal modo que cada personaje termina, literalmente, por su lado, en un viaje físico y mental que les lleva a todos los rincones del mundo. Esta conclusión, con todo, plantea nuevos interrogantes, nuevos caminos narrativos a explorar que permiten a la serie abordar, al menos, una temporada más con la seguridad de tener material suficiente para desarrollar una lógica dramática acorde al tono de la ficción.

Así, la segunda temporada de Penny Dreadful se convierte en un mosaico de personajes e historias que logran su final de forma independiente, pero que al mismo tiempo ayudan a comprender muchas de las premisas planteadas en la primera etapa. Se cierra de este modo un círculo dramático que, sin embargo, abre un futuro nuevo e interesante, con unos personajes cambiados por el peso de la responsabilidad de sus actos. Es, en definitiva, lo que toda continuación debe, o debería, ser: un complemento de lo narrado en la primera parte pero con entidad propia suficiente para poder contar una historia sin depender de nadie.

‘Penny Dreadful’ aprovecha la literatura de terror en su 1ª temporada


Los vampiros son los protagonistas de la primera temporada de 'Penny Dreadful'.Ver el nombre de John Logan, guionista de Gladiator (2000), La invención de Hugo (2011) o Skyfall (2012), en una serie ya debería ser aliciente más que de sobra para, al menos, prestar atención al producto. Si a esto le sumamos unos actores notables y una temática que bebe de la literatura clásica de terror, el atractivo es mucho mayor. Por eso la primera temporada de Penny Dreadful, de apenas 8 episodios, ha logrado el éxito que ha logrado, lo que no impide que la historia pueda mejorarse.

Puede que lo más misterioso de esta ficción sea, precisamente, que a pesar de su evidente carácter terrorífico, no está planteada como una trama de terror. El misterio, la intriga y, sobre todo, la ambientación de ese Londres victoriano juegan un papel más importante que la sangre, el susto fácil o la violencia, por otro lado presentes a lo largo de este primer arco dramático. Como si de una ‘Liga de los Hombres Extraordinarios’ se tratara, la confluencia de los extraños personajes protagonistas otorga a la serie un atractivo halo de misterio que no hace sino hipnotizar más que cualquier otro aspecto.

Eso no quiere decir, sin embargo, que sea una historia sorprendente. Cualquier amante de la literatura y de los monstruos clásicos del terror es capaz de averiguar con bastante antelación las debilidades, fortalezas y secretos de los principales protagonistas, más si cabe cuando la mayoría responden a nombres tan conocidos como Dorian Gray (Reeve Carney, visto en American Playboy) o Victor Frankenstein (Harry Treadaway, conocido por El llanero solitario). Tan solo el misterio de algunos, como el de Eva Green (Sombras tenebrosas), es capaz de mantener la fascinación por el conocimiento, aspecto que queda plenamente satisfecho al explicar sus pasados en no pocos episodios.

Pero sin duda lo mejor de Penny Dreadful es la integración de todos los personajes, de todas las tramas, en una historia mucho mayor. La búsqueda de Mina Harker, novia inmortal de Drácula, no es más que una excusa para explorar las relaciones humanas de un grupo de seres complejos, marcados por las oscuras caras de sus personalidades y que arrastran todo tipo de pecados. En este sentido, Logan aprovecha la fuerza literaria de los personajes para trasladarla a la propia trama, convirtiendo la serie en un drama manchado de sangre y dolor que sabe nutrirse de la influencia de las obras originales. Dicho de otro modo, el creador de la serie se aparta del recurso fácil para adentrarse en el lado más profundo de sus criaturas.

Luces y sombras

No cabe duda de que esta primera temporada de Penny Dreadful es un relato sobrio, construido de forma inteligente y que juega en todo momento con la duda, tanto la que tienen sus protagonistas con el mal al que se enfrentan como la que asalta al espectador con la verdadera naturaleza de algunos personajes, sugerida pero nunca revelada hasta el episodio final. En este sentido, la trama crea una espiral compleja que atrapa sin remedio a todo aquel que se acerca a este rico fresco literario y cinematográfico.

Pero no todo son luces en esta tenebrosa historia. La obra de Logan peca en todo momento de cierta ingenuidad, no tanto en las consecuencias de sus actos como en el hecho de que parece proponer algo más de lo que realmente termina ofreciendo. En efecto, estos personajes marcados por la culpa y el dolor de sus pecados siempre parecen poder superar los momentos más lúgubres sin que dejen demasiadas secuelas en su personalidad. Como si del cuadro de Dorian Gray se tratara, todos parecen seguir adelante a pesar del rastro de sangre y muerte que dejan a su paso.

Esto, aunque un mal menor en una serie más que notable, impide que se pueda hablar de una producción excepcional, quedándose en un mero entretenimiento (rico y culto, eso sí) que poco puede llegar a sorprender. Una mayor entrega a las consecuencias de sus actos, por ejemplo, generaría un conflicto interno más complejo, cuyas consecuencias externas podrían dar lugar, a su vez, a una mayor complejidad. Pero como digo, es un mal menor, pues entre otras cosas la propia serie no pretende en ningún momento, al menos en esta primera entrega, ser más que eso.

Puede parecer que Penny Dreadful, con sus elaborados diálogos y el carácter apesadumbrado de sus protagonistas, es una reflexión sesuda sobre el bien y el mal, sobre el pasado y los pecados de los hombres, pero en realidad es un entretenimiento no apto para todos los gustos. Aunque la serie puede disfrutarse de cualquier manera, el conocimiento de los relatos clásicos aportará, sin duda, una mejor apreciación de algunos matices. Sea como fuere, la serie es un magnífico relato sobre la tragedia, el dolor y la culpa. Sus bases literarias no hacen sino acentuar la espléndida ambientación que logra John Logan. Notable.

‘True Blood’, contagio y enfermedad en una previsible temporada final


La enfermedad de los vampiros centra la séptima y última temporada de 'True Blood'.He de confesar que, a pesar de haber visto las siete temporadas de True Blood, nunca me he acercado a las novelas de Charlaine Harris que se encuentran en la base de la serie creada por Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra). Tal vez debería haberlo hecho para tener una visión más completa de este fenómeno televisivo, pero lo cierto es que la producción es lo suficientemente sólida como para tener entidad propia. Sin embargo, a lo largo de las temporadas ha habido ciertas concesiones al dramatismo adolescente que los guionistas no han sabido, o no han querido, eliminar. La conclusión de esta magnífica serie en su séptima temporada es la guinda de ese pastel dramático que empaña un poco el desarrollo de toda la ficción, aunque no lo hace por los acontecimientos en sí, sino por el enfoque previsible de su desarrollo.

Si algo ha caracterizado a la serie a lo largo de estos años es su capacidad para abordar polémicas sociales. Lo que comenzó siendo una suerte de crítica al racismo, en contra de la homofobia y a favor de la diversidad ha derivado con el paso del tiempo en todo un arte interpretativo de las claves religiosas, fanáticas e incluso neonazis. Como colofón la trama se centra en una enfermedad que solo afecta a los vampiros, una especie de hepatitis que envenena sus cuerpos y sus mentes hasta volverles sádicos animales como paso previo a la verdadera muerte. Planteado en la temporada anterior, el tema podría haber dado mucho juego si se hubiese enfocado con la seriedad de la primera temporada. Sin embargo, lo que comienza siendo una reflexión sobre la actitud ante la muerte de unos seres que se consideran inmortales, poco a poco da paso a un enfoque trágico de la enfermedad, entregándose al más puro drama lacrimógeno en sus dos últimos episodios.

A esto habría que añadir el factor conclusivo de True Blood, que en este caso hace mucha mella en el resultado final. Los guionistas suelen aprovechar las temporadas finales para dejar todas las líneas argumentales cerradas, tratando de dotar de sentido a todos y cada uno de los personajes. Lo que hace Ball y su equipo en esta ocasión, empero, es algo tosco y previsible. Puede que durante los primeros compases de la temporada, sobre todo en ese primer episodio que comienza de forma salvaje y brutal, la confusión sorprenda al espectador, pero a medida que se avanza en los 10 episodios que dura esta última entrega las intenciones de los responsables se intuyen hasta volverse completamente visibles. Que mueran determinados personajes no es sino una de las formas más antiguas de eliminar un obstáculo hacia un fin mayor. Y traer de vuelta a roles como el de Hoyt , al que da vida Jim Parrack (El último deseo), con una novia del brazo puede generar no pocas sospechas, que sin duda se tornarán certezas antes del último fundido a negro.

Pero más allá de su aspecto narrativo, esta séptima y última temporada deja una serie de ideas notables en la mitología vampírica, manteniendo así la sintonía con etapas anteriores. La propia enfermedad, sin ir más lejos, es un caldo de cultivo perfecto para mostrar, por ejemplo, la fragilidad de estos seres que se antojan todopoderosos. Sus febriles recuerdos de su vida humana, sus pesadillas o su “sentimiento humano”, como se menciona en la serie, ofrecen al espectador una reinterpretación de los estados más críticos de una enfermedad grave. Del mismo modo, es la enfermedad la que provoca el frente común entre humanos y vampiros, y es también la responsable de la locura y la intransigencia de los sectores más fanáticos de la sociedad. Todo ello ofrece un marco perfecto que deja una serie de premisas interesantes en el aire que rodea al drama que antes mencionaba.

El final feliz de unos personajes sufridores

Sin duda, lo más chocante de este final de True Blood es el hecho de que todos los personajes, al menos los principales, logran su final feliz tras temporadas y temporadas de dolor, sufrimiento y miedo. La imagen final de los protagonistas sentados a una larga mesa para compartir una comida es buena muestra de que existía la necesidad de dar a los roles de Anna Paquin (El piano) y compañía algo de sosiego en medio de todo este caos. Eso sí, un final feliz que llega después de uno de los momentos más dramáticos de toda la serie, visceral y sangriento tanto visual como conceptualmente, y que aquí no desvelaremos. En general, todos consiguen lo que quieren, aunque algunos lo hacen de una forma más natural que otros.

Entre los primeros están, sin duda, Eric y Pam, los personajes de Alexander Skarsgård (The East) y Kristin Bauer van Straten (Life of the party). Tal vez porque son los mejores personajes de la serie, tal vez porque han sido los que han recibido un trato más sincero a lo largo de las temporadas, el caso es que su evolución a lo largo de estos 10 capítulos es una de las mejores bazas de la temporada. Su obsesiva búsqueda de una cura para la enfermedad y su natural tendencia a dominar a aquellos que tienen más cerca les lleva a convertirse en dueños y señores de un final tan irónico y estremecedor como ellos mismos, y que incluye una Sangre Nueva que bien podría ser la excusa para otra producción. Puede que algunos acontecimientos se precipiten en exceso, pero en líneas generales poseen la mejor línea argumental.

No solo es mejor que otras secundarias, como la que protagonizan Ryan Kwanten (Mystery road), Deborah Ann Woll (Ruby Sparks) y el ya mencionado Parrack, sino que es incluso mejor que el drama que vive la protagonista, cuyo periplo en esta última entrega es incluso más caótico que en etapas anteriores. En efecto, lo que acontece en la trama principal que gira en torno a Paquin es una sucesión de situaciones previsibles que se encaminan a dejar su futuro en perfecta situación de felicidad, aunque para ello deba llorar unas cuantas veces. Hay que incidir aquí en el hecho de que lo visto en pantalla no es, en sí misma, una mala propuesta. El problema surge por la debilidad de su presentación. Más o menos como le ocurre al trío romántico de Kwanten, Ann Woll y Parrack, que puede saborearse casi desde el primer momento en que el último hace acto de presencia de nuevo en la serie tras unas cuantas temporadas alejado.

True Blood termina de forma agridulce. Los intentos de Alan Ball por dotar a la serie de una conclusión madura y seria son loables, y la trágica imagen previa a la dicha absoluta así lo confirma. Del mismo modo, los ecos socioculturales de esa hepatitis vampírica, que pueden identificarse con varias enfermedades reales, dotan al conjunto de ese aire oscuro y sobrio que tan buenos resultados ha dado a esta ficción. Sin embargo, la sensación de estar ante una tragedia romántica en la que los buenos siempre acaban bien y los malos acaban mal nunca desaparece. Que determinados personajes cambien su forma de ser casi por arte de magia es algo que no encaja con el sentido general de la trama. Asimismo, la falta de pulso en el desarrollo de algunas líneas argumentales resta interés a los personajes, que se antojan más como herramientas para el final feliz. Pero como reza el último episodio, ante una serie como esta solo cabe decir: “gracias”.

‘Underworld’, la definición de un estilo tradicionalmente moderno


Kate Beckinsale es la absoluta protagonista de la saga 'Underworld'.El inminente estreno de Yo, Frankenstein ha devuelto al candelero, aunque solo sea de una forma referencial, una de las películas que poco a poco han adquirido la categoría de culto entre los aficionados al fantástico. Se trata de Underworld, producción del 2003 dirigida por Len Wiseman (Total Recall) que abordaba las mitologías de vampiros y hombres lobo desde un punto de vista bastante novedoso aunque sin perder nunca el respeto por los orígenes y los elementos definitorios de cada una de las criaturas. El resultado obtenido fue lo suficientemente bueno como para dar origen a una saga con altibajos que, en líneas generales, nunca ha logrado estar a la altura del original.

No quiere decir esto que esta primera película de hace más de 10 años sea una obra maestra del género, pero sí debería incluirse entre lo mejor que ha dado el cambio de siglo en lo que a criaturas de la noche se refiere. Y como no podía ser de otro modo, su mejor baza es su argumento y el desarrollo dramático del mismo. Wiseman, auténtico motor de la saga, elaboró una trama que encontraba sus raíces en el pasado, en una lucha ancestral entre dos criaturas surgidas de la sangre de dos hermanos. El conflicto se remonta a la esclavitud que los vampiros ejercen sobre los hombres lobo y la forma en que éstos se liberan a raíz del romance vivido entre un licántropo y una vampiresa al más puro estilo Romeo y Julieta. Esto, unido a un futuro tecnológico con estética punk y a una profecía, genera un marco incomparable para dar rienda suelta a una lucha que se desarrolla, al menos en esta primera entrega, al margen de la Humanidad.

Más allá de que su diseño visual sea más o menos acertado, lo realmente interesante de Underworld reside en un aspecto tan antiguo y utilizado como el amor. Contrariamente a lo que se pueda pensar, la película protagonizada por Kate Beckinsale (Contraband) utiliza la idea del ‘love interest’ como piedra angular de venganzas, traiciones y sacrificios. Y lo hace, además, en las dos tramas principales que se desarrollan de forma paralela a lo largo del film. Nutriéndose una de otra, ambos arcos dramáticos terminan confluyendo en el clímax y en el personaje de Scott Speedman (Todos los días de mi vida), pero tienen la suficiente personalidad como para no ser dependientes. Por supuesto, esto tendría poco sentido sin unos personajes que, aunque algo arquetípicos, funcionan lo suficientemente bien como para hacer que la acción avance sin complicarla demasiado, permitiendo a las secuencias de acción desarrollarse plenamente.

Éste es el otro pilar fundamental de la obra. Ya sea por las limitaciones de presupuesto con las que contó, ya sea por la novedad que supuso su estreno, el caso es que el film presenta una acción víctima de su época (cámaras lentas, efectos digitales más que evidentes, …) con notables momentos algo más, digamos, a la antigua usanza. A diferencia de muchas de sus secuelas, en las que la historia se limita a ser un vehículo para la acción (sí, narra un aspecto del mundo creado, pero su relevancia es mínima), esta entrega original equilibra perfectamente ese cierto aire tradicional de las criaturas con las técnicas más modernas. Y no solo en lo referente a narrativa visual o efectos especiales. Ese mundo futuro en el que ambas razas libran una guerra posee un diseño interesante y sencillo que combina sabiamente conceptos tan modernos como las armas de fuego y las municiones utilizadas con conceptos largamente utilizados en la mitología popular (la plata, la luz solar, la sangre, etc.).

Una noche muy americana

Puede que lo más llamativo, que al mismo tiempo es una de las señas de identidad de la saga, sean esos vestuarios de cuero negro que definen a los personajes, sobre todo a los vampiros. Víctimas igualmente de su época (a nadie se le escapan las influencias de Matrix), posiblemente sea este elemento que más desentona en lo que respecta a la definición de los personajes, si bien no se puede negar que unido al diseño de los escenarios y a la tecnología de las armas conforma un todo orgánico que ha sabido erigirse como un estilo propio.

Aunque si algo destaca, y mucho, en Underworld es el uso deliberado de lo que se conoce como “noche americana”, o mejor dicho de la iluminación azulada para representar la noche en la que se mueven los personajes la mayor parte del tiempo. Por supuesto, no todo el film utiliza esta paleta cromática, pero su predominancia genera en el espectador la idea de estar ante una historia oscura (cuando lo cierto es que no deja de ser una aventura de acción). El hecho de que Wiseman optará por esta estética en un film de estas características aporta al conjunto un sentido único: la identificación con los personajes. Más allá de idilios románticos, más allá de traiciones o de figuras paternales ante las que nos rebelamos, la película encuentra uno de los mejores puntos de conexión con el público en esa tónica azulada que lo impregna todo.

Puede que los espectadores no lo aprecien de forma consciente, pero los elementos comunes que se revelan a lo largo de la trama generan una red de conexiones que les permiten introducirse en un mundo del que el ser humano no tiene noticias. El hecho de que la protagonista tenga los ojos de un azul tan irreal genera la idea de estar ante una historia vista a través de la mirada de un vampiro, lo que a la larga instala la sensación de formar parte de ese mundo. De este modo, el film utiliza su fotografía para explorar de forma paralela a la acción el mundo en el que todo se enmarca, ayudando a su vez a definir un marco narrativo único que se ha mantenido a lo largo de todas las películas.

Como decía al inicio, Underworld no es una obra maestra. Tal vez adquiera la categoría de clásico dentro del género con el paso de los años, pero en ningún caso debería compararse con grandes títulos protagonizados por ambas criaturas. Esto no implica que no puedan valorarse sus virtudes, principalmente su capacidad para crear un mundo nuevo y una estética única. Todo ello sin perder nunca la esencia de sus personajes (sus fortalezas y debilidades nacidas de siglos de mitología) y utilizando unas temáticas tan clásicas como eficaces. La mejor prueba de su relevancia no son tanto las secuelas a las que dio lugar como las numerosas obras que han seguido su estela. Y eso es algo que no todas las obras, sean mejores o peores, consiguen.

La crítica al racismo y la xenofobia regresan en la 6ª T de ‘True Blood’


Anna Paquin deberá enfrentarse a nuevos enemigos en la sexta temporada de 'True Blood'.Cuando la sexta temporada de True Blood empezó a emitirse ya hubo voces que aseguraban un retorno a los orígenes de la serie. Tras finalizar hace unos días los 10 episodios que componen esta última entrega hay que rendirse a la evidencia. La serie ha retomado ese espíritu, es cierto, y lo ha hecho de una forma que solo Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra), su creador, podía permitirse: llevando a los personajes y las tramas por unos senderos surrealistas para exponer sus propias debilidades a la luz del sol, devolviendo a cada uno de los protagonistas a un estado similar al inicial y permitiendo, por tanto, una puesta a punto de algunas relaciones deformadas por el paso del tiempo.

En esta ocasión, la trama retoma exactamente el momento con el que concluía la quinta temporada, desvelando la nueva naturaleza de Bill Compton (Stephen Moyer), la influencia de la muerte de los padres de la protagonista en su futuro más inmediato y la presencia de una nueva criatura, un hada vampiro que posee lo mejor de ambos mundos. Pero lo verdaderamente relevante es la presencia de un nuevo villano casi más aterrador que el ya mítico vampiro Russell Edgington (Denis O’Hare). Y lo es porque proviene del mundo de los humanos, y porque lo que propone es una especie de campo de concentración para desarrollar un virus capaz de matar vampiros.

Analizado en conjunto, el mencionado retorno a los orígenes de la serie no estriba tanto en la destacada presencia de vampiros (el resto de criaturas prácticamente desaparecen de la trama, incluyendo secundarios de peso) como en el aspecto social a tratar. Siendo sinceros, la serie se ha desviado en muchas ocasiones por derroteros puramente comerciales, dejando de lado el reflejo de las miserias sociales que tanto definieron la primera temporada. Con estos nuevos capítulos la producción vuelve a denunciar, siempre a su modo, algunos de los aspectos más oscuros del ser humano, retrocediendo unos años en la Historia. Concretamente, hasta la época de la II Guerra Mundial. La presencia de ese villano que busca conocer mejor a su enemigo y la imponente construcción en la que se experimenta con los vampiros es una clara versión moderna de los campos de exterminio.

Y en este caso, al igual que entonces, se argumenta una supuesta lucha contra un enemigo que en el fondo no lo es tanto única y exclusivamente para tener la excusa perfecta de su aniquilamiento. Esta potente premisa en torno a la cual gira buena parte del desarrollo dramático de la temporada otorga al conjunto una solidez que hacía mucho no tenía la producción, si bien es cierto que la combinación de esta línea principal con las secundarias (más débiles en esta ocasión) ha dado lugar a una situación bastante poco creíble incluso en una serie como esta, pero que por fortuna se ha resuelto con inteligencia, originalidad y bastante sentido del humor. Me refiero al hecho de que los vampiros puedan caminar bajo la luz del sol por beber la sangre de ese hada vampiro y su posterior forma de devolverlos a su naturaleza original, aparente muerte del personaje de Alexander Skarsgård (Melancolía) incluida.

Una debilidad secundaria

La trama principal de True Blood en esta sexta temporada ha provocado altas y bajas en el bando vampírico, incluyendo alguna con una carga crítica bastante relevante, como la transformación en vampiro de la hija del villano, en lo que es una muestra más de lo absurdo que resulta el racismo o la xenofobia, sobre todo en un mundo donde nada es blanco o negro, humano o vampiro, bueno o malo. Habría que hacer mención especial también a la evolución de los dos vampiros principales. Ambos vuelven a sus orígenes, en efecto, pero las formas de hacerlo son muy distintas. Mientras el personaje de Skarsgård se mueve por la venganza para volver a ser ese vampiro despiadado y sanguinario (su momento en el búnker de vampiros es uno de los momentos más salvajes de la serie), lo del vampiro Bill resulta un poco débil.

Hay que recordar que al final de la temporada anterior este personaje resucitaba convertido en lo que parecía una especie de dios. Su evolución sigue esa senda, pero la propia naturaleza de este nuevo personaje, este Blilith, como le llaman en algún momento de la serie, lo convierte en inservible. Y me explico. El hecho de que un personaje protagonista posea todo tipo de poderes y ninguna debilidad termina por destruir las posibilidades narrativas del resto de personajes, tanto humanos como vampiros. Es por eso que era necesario terminar con su forma divina. El problema es que la forma de hacerlo ha sido, por así decirlo, un tanto cristiana: su sacrificio para que el resto de su especie pueda vivir, en un plano que parece una macabra representación de Cristo en la cruz, lo devuelve a su estado natural, buscando desde entonces redimir sus actos previos.

En cualquier caso, el verdadero punto débil de esta temporada han sido las tramas secundarias y la forma de afrontar los conflictos de los personajes menos relevantes. Más allá de la muerte de uno de ellos, que supone un cierto punto de inflexión en el futuro desarrollo de la serie, el resto de nudos argumentales no aportan nada, o casi nada, al desarrollo de la serie. Todo lo relacionado con los hombres lobo y los cambiantes queda aquí aparcado, pero como los personajes no pueden desaparecer se les sitúa en medio de una historia un tanto peregrina. Desconozco si esto ha sido por influencia de los libros en los que se basa o por falta de ideas, pero su inclusión deja que desear. Sobre todo porque son historias autoconclusivas que no llevan a ninguna parte, salvo tal vez a encontrar una justificación para ese pequeño epílogo final del episodio 10 en el que, a ritmo de ‘Radioactive’ del grupo musical Imagine Dragons, se ofrece el futuro más inmediato de la séptima temporada: ahora hay vampiros sanos y vampiros infectados con el virus desarrollado en ese campo de concentración, estos últimos mucho más peligrosos y sanguinarios.

Personalmente, esta sexta temporada de True Blood creo que está entre las mejores de toda la producción, principalmente porque retoman el conflicto original entre humanos y vampiros desde un punto de vista racial. El hecho de que las historias secundarias resulten algo flojas respecto al resto no debería ser un impedimento para disfrutar de estos 10 capítulos. Además, el futuro de los personajes se antoja muy interesante con esa nueva plaga de vampiros infectados y la situación social de cada uno de los personajes, alguna realmente novedosa. Y aviso para navegantes: aquellos que crean que el vampiro de Skarsgård ha muerto, una frase de Brian Buckner (Friends), showrunner de la serie: “No voy a sacar a Alexander Skarsgård de los salones de la gente”.

‘Crepúsculo’, el inicio del amor adolescente y el final del vampiro


Kristen Stewart y Robert Pattinson en 'Crepúsculo'.El personaje del vampiro es y ha sido siempre un icono del romanticismo, desde que Bram Stoker escribiera Drácula. Por supuesto, a lo largo de las décadas ha evolucionado, eliminando algunos estereotipos y perdiendo, en determinadas ocasiones, ese carácter romántico y maldito. Pero de todas las aproximaciones a este icono de la cultura puede que la más extraña sea la de Stephenie Meyer, autora de la saga Crepúsculo en cuyo primer volumen se basa, precisamente, Crepúsculo (2008). Si por algo será recordada la película es por iniciar una moda de cine juvenil que ofrece no solo unos estereotipos algo anticuados sobre las relaciones amorosas y sexuales, sino por destruir por completo la imagen de las criaturas fantásticas que han poblado la imaginación del ser humano desde joven.

En el caso de esta película, los vampiros dejan de ser esas criaturas temibles y a la vez fascinantes para convertirse en una especie de familia que evita por todos los medios destacar sobre el resto. Hasta que la protagonista se fija y se obsesiona con uno de ellos. Es entonces cuando el espectador/lector descubre que, si bien es cierto que se alimentan de sangre, no poseen colmillos, y tienen una fuerza y una velocidad sobrehumanas, amén de una piel que brilla como el diamante cuando se expone al sol (de ahí que lo eviten, si es que tiene eso algún sentido). El film, en sí mismo, no deja de ser una historia de amor imposible en la que las diferencias quedan apartadas por un sentimiento que finalmente rompe todas las barreras posibles.

Similar en el fondo a lo que ocurre en Hermosas criaturas, esta primera entrega dirigida con excesiva parsimonia por Catherine Hardwicke (Los amos de Dogtown) peca de numerosos errores en guión, dirección y, sobre todo, reparto. Si bien la historia en general es aceptable, pues toma no pocos elementos de otras tramas anteriores, el hecho de que el concepto que prime por encima de todo sea el amor incondicional termina por desmembrar cualquier atisbo de coherencia. A lo largo del relato no existen verdaderos conflictos más allá de las amenazas externas que parecen perseguir a la protagonista. En ningún momento existen dudas personales o verdaderos cambios de orientación en la línea argumental, creando un relato plano, por momentos aburrido en su reiteración de los problemas amorosos de dos jóvenes.

Pero a esto se suma, por desgracia, la débil visión de la directora, cuya puesta en imágenes, con un montaje excesivamente encorsetado y una estética visual tan gris como su planificación, pone el foco en los fallos y oculta los pocos aciertos que tiene el film. Claro que el principal problema es que esos fallos residen en la elección del elenco principal, Kristen Stewart (Jumper) y Robert Pattinson (Little ashes). La primera todavía tiene que demostrar al gran público, y no solo a los fans, que es actriz, pues su inexpresividad alcanza cotas pocas veces vistas en una pantalla de cine; el segundo, simplemente, resulta sobreactuado en su papel de galán atormentado, algo sin duda provocado por la falta de trabajo por parte de Hardwicke.

Un mensaje ultraconservador

Aunque lo más llamativo del film es el subtexto que emana de todos y cada uno de los diálogos. No es ningún misterio que Meyer, autora de todo este mundo, es mormona, lo que se traduce en un conservadurismo y puritanismo extremo. Trasladado al mundo vampírico de Crepúsculo obtenemos a unos seres irracionales cuya sed de sangre ante un ser humano que les atrae pocas o ninguna vez puede ser controlada… salvo si hay amor de por medio. Son, por así decirlo, unos seres atractivos por su belleza pero que esconden una bestia en su interior capaz de acabar con la vida. Y qué curioso que sea el protagonista masculino el que cargue sobre sus espaldas con este rol.

Por contra, la joven protagonista se muestra sumisa y, lo más preocupante, deseosa de adentrarse en ese mundo tan intrigante como peligroso. Es él el que lleva la batuta en la relación, marcando los tiempos de todos los aspectos, incluso de la relación sexual, reservada hasta después del matrimonio por miedo a no poder controlar su propia fuerza. Unos conceptos, en fin, que sitúan a la mujer varios años por detrás del hombre y desdibujan a una criatura como el vampiro que queda relegada, en esta ocasión, a mero espejo de lo que se considera al hombre y el peligro que representa para la mujer.

Crepúsculo posee demasiados elementos en su contra como para ser considerada una buena película. Esto no implica, por supuesto, que no atraiga a una legión de seguidores. Sin embargo, el trabajo técnico y artístico es flojo, principalmente por una falta de liderazgo lo suficientemente sólido como para saber que una novela no puede ser llevada de forma literal a una pantalla de cine. Al menos, la mayor parte de las veces. El texto audiovisual es muy diferente al literario, y mientras que en una novela se hacen determinadas concesiones, una película no puede dar vueltas siempre sobre un mismo concepto sin avanzar a través de la resolución de verdaderos conflictos.

La religión y el fanatismo, pilares de la sangrienta 5ª T de ‘True Blood’


Stephen Moyer, en la última escena de la quinta temporada de 'True Blood'.Han pasado cinco temporadas, pero aquel primer capítulo en el que los seguidores de True Blood descubrían a una joven capaz de leer la mente que se enamoraba de un vampiro después de que estos se dieran a conocer parece muy, muy lejano. Tanto, que ahora se antoja hasta inocente. Desde entonces no solo han evolucionado los personajes principales, algunos de forma harto vertiginosa, sino que el mundo de humanos y vampiros se ha complicado hasta límites insospechados. Demonios, fantasmas, hombres lobo, hombres pantera, cambiantes, hadas, … La verdad es que pocas criaturas quedan por explorar ya en esta adaptación de las novelas de Charlaine Harris escrita por Alan Ball (American Beauty). Con todo, no es eso lo más llamativo de esta quinta temporada sino, una vez más, el trasfondo de crítica social que se realiza a través de la ciencia ficción, la violencia y la sangre, sobre todo la sangre.

En cierto modo, el desarrollo dramático de esta quinta temporada es muy coherente con lo acontecido en años anteriores. Si durante los capítulos previos se han abordado temas como la intolerancia religiosa, el racismo, la lucha de clases o, incluso, la paternidad no deseada (al modo vampírico, claro está), en estos nuevos 12 episodios tocaba afrontar tal vez uno de los aspectos sociales más polémicos de la historia: la interpretación religiosa del mundo. Y si el espectador ya conocía más o menos como funcionaba el mundo de estos muertos en vida (con sus áreas, zonas, shérifs, reyes y autoridades), ahora descubre con cierto regocijo que poseen algo que les acerca a su pasada humanidad: el conflicto religioso entre los creyentes en un ser creado a imagen y semejanza de Dios (quien, por cierto, es vampiro también), llamados “sanguinistas”, y aquellos que abogan por unificar a los seres humanos y a los chupasangre bajo un parapeto de igualdad y tolerancia.

Un conflicto, como decimos, tan humano que puede hacer pensar en estar viendo más un estudio sobre las interpretaciones tan opuestas de un mismo concepto que una serie sobre vampiros y otras criaturas sobrenaturales. Esto, claro está, ocurre solo en los instantes, pocos la verdad, en los que la sangre y la brutalidad no hacen acto de presencia. Sería injusto no reconocer a True Blood el carácter transgresor, ya desde sus impecables títulos iniciales (que tras todas estas temporadas no han cambiado), pero igual de injusto es no aceptar que esta última temporada es, de lejos, la más violenta de las cinco. Baste como ejemplo el final de la temporada, con un Bill Compton (de nuevo el taciturno Stephen Moyer) resurgiendo de un charco de sangre y dispuesto a matar a todo lo que se le ponga por delante, como podéis ver en la imagen.

Una evolución exigente

No cabe duda de que la serie protagonizada por Anna Paquin (Una historia de Brooklyn), quien en esta ocasión parece ceder algo de protagonismo en favor del desarrollo de los personajes vampíricos, está teniendo un crecimiento casi tan extraño como su propia temática. Con la aparición de nuevos personajes y de nuevas criaturas, así como con el descubrimiento de nuevos secretos, el espectador se sumerge cada vez más en un mundo incomprensible si no se accede a él con la mente total y absolutamente abierta. Los prejuicios deben quedar en otra habitación antes de ver siquiera el primer plano. De lo contrario, el producto tiende a generar algo de rechazo, tanto por su violento contenido como por los saltos narrativos entre capítulos que generan algo de confusión.

¿Cuál es el resultado de todo esto? Simplemente, la sensación de estar asistiendo a un espectáculo esperpéntico, a medio camino entre la comedia y el drama, entre el terror y el gore, que puede desenganchar a aquellos menos fieles. Esto no implica que la serie esté reduciendo su calidad, ni mucho menos. La factura técnica ha mejorado notablemente gracias a esa incorporación de nuevas criaturas. Los actores, por su parte, afrontan en esta quinta temporada unos cambios de registro realmente complejos con una naturalidad difícilmente igualable (sobre todo Moyer y Alexander Skarsgård). Y las diferentes tramas secundarias están, en general, resueltas de forma sólida. Todo ello convierte a esta, por ahora, última temporada en una digna sucesora de las anteriores entregas. Y aunque puede no llegar en su desarrollo al nivel que alcanzaron otras temporadas, su abrupto e inesperado final deja la puerta abierta a un desarrollo totalmente diferente en el que el protagonista principal, el “bueno” de la película, tiene todas las papeletas para haberse convertido en el próximo villano a derrotar, por no hablar de los cambios en personajes tan relevantes como el de Tara (Rutina Wesley), quien afronta una nueva naturaleza.

Como contrapunto a este aspecto sangriento, Alan Ball ironiza acertadamente con el aspecto religioso del conjunto, considerando a Salomé (sí, aquella que pidió la cabeza de Juan Bautista) como una antigua vampiresa, a Jesucristo como un hippie, o la visión de Dios como el efecto de ingerir una droga, en este caso sangre vampírica. Incluso pone sobre la mesa la existencia de una Biblia vampírica que alienta a los vampiros a alimentarse de forma descontrolada de los humanos. Son estos, y algunos otros aspectos, los que confieren al final ese grado humorístico que ayuda a digerir los numerosos frentes abiertos que se crean, y algunos de los cuales seguirán así en la sexta temporada.

De este modo, True Blood es, en su quinta temporada, todo un festín para los fans del fantástico en general y de la serie en concreto, pero también supone una reflexión irónica y mordaz de unos conflictos religiosos que, como se deja entrever a lo largo de sus capítulos, resulta inofensiva y hasta ridícula hasta que el fanatismo toma el control, desbocándose hacia una guerra abierta que solo trae locura y muerte. Dos conceptos, por cierto, que parecen sentar las bases de la trama de la próxima entrega.

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