‘María, reina de Escocia’: machismos del siglo XVI


Posiblemente el enfrentamiento entre Isabel I y María Estuardo allá por el siglo XVI no haya estado nunca tan de actualidad como ahora. Dos reinas gobernando en solitario en un mundo de hombres que, además, conspiran contra ellas en muchas ocasiones con una clara herida en su masculinidad. Quizá por eso la película dirigida por Josie Rourke en su debut cinematográfico tenga más un interés exógeno que endógeno. O dicho de otro modo, la cinta invita más a la reflexión social que al análisis puramente audiovisual.

Porque María, reina de Escocia es una película histórica algo arquetípica, sin demasiados giros argumentales y, como suele ocurrir con las producciones de corte biográfico, sin un gran interés dramático a cuenta de un final ya conocido. La labor de la directora, además, aporta poca personalidad en el lenguaje, aunque sí deja algunos detalles de fotografía dignos de alabar. No cabe duda de que el gran atractivo se haya en su reparto, encabezado por dos extraordinarias actrices como Saoirse Ronan (En la playa de Chesil) y Margot Robbie (Yo, Tonya) que son capaces de soportar el peso dramático sin mayor problema, y que se encuentran acompañadas por una serie de actores que cumplen con nota su rol secundario.

Pero como decía, lo interesante del film se haya en las reflexiones que ofrece al espectador. Para empezar, las constantes traiciones y conspiraciones por parte de unos hombres que no toleran a una mujer en el trono, y que anhelan un orden establecido por el machismo y la religión católica. En este sentido, el desarrollo dramático es ejemplar, mostrando cómo primero todo se hace en las sombras para, posteriormente, conspirar abiertamente. Paralelismos con diferentes aspectos de la realidad social actual, ya sea nacional o internacional, todos los que se quieran. Y aunque el tratamiento a lo largo del film, con varias elipsis y ciertos diálogos algo irregulares, pueda resultar intermitente, lo cierto es que esta escalada de ataques de los hombres a las mujeres deja algunas escenas imborrables por su crudeza y la labor de los actores.

Así, María, reina de Escocia se revela como un film previsible, arquetípico, que posiblemente no habría llegado a las salas de cine si no fuera por el plantel de actores (y sobre todo las dos actrices) que dan vida a estos personajes históricos. Pero más allá de esa primera impresión, la película ofrece una interesante reflexión sobre la sociedad medieval y actual, sobre un mundo dominado por hombres en el que las mujeres afrontan unos peligros añadidos a los que ya tiene de por sí el mundo masculino. Y lo hace sencillamente exponiendo los hechos tal y como ocurrieron, sin utilizar ningún discurso moral o un speech de sus protagonistas. La historia habla por sí misma.

Nota: 6,5/10

Anuncios

‘Ben-Hur (2106)’: Roma bajo el sino de los tiempos


Jack Huston y Toby Kebbell compiten en 'Ben-Hur', versión de 2016.El cine es, o debería ser, un reflejo de la situación política, social y económica en la que se realiza. Pero una cosa es eso y otra muy distinta tergiversar deliberadamente una historia para obligarla a cumplir con ese precepto. Esta última idea, demasiado presente en lo nuevo de Timur Bekmambetov (Wanted), es la que provoca que una película más o menos interesante derive en un sinsentido moralista de dudosa credibilidad.

En efecto, Ben-Hur (2016) es un remake intenso, visualmente impecable y con muchos aciertos, uno de ellos darle más presencia al personaje de Messala, interpretado por un irregular Toby Kebbell (El aprendiz de Brujo). Y es que con ello se da más presencia al Imperio Romano y, de paso, al aspecto conquistador, violento y criminal de la expansión romana. En este sentido, resultan interesantes los conflictos morales y humanos del personaje, representando la dualidad de un mundo que lucha por conseguir la paz a través de la violencia. Asimismo, la relación entre los protagonistas queda excepcionalmente bien desarrollada, ofreciendo al espectador una visión más profunda de sus motivaciones y del modo en que sus sentimientos cambian a lo largo de la trama.

El problema es la trama en sí, o mejor dicho el tratamiento dramático que se realiza. Y es que la historia parece desinflarse al introducir problemas innecesarios cada vez más abrumadores a medida que se acerca el final. Por supuesto, la resolución del conflicto entre Ben-Hur (notable Jack Huston, visto en la serie Boardwalk Empire) y Messala es algo tan disparatado como innecesario, pero hay más. La introducción de un personaje secundario totalmente anecdótico al que se le quiere dar más importancia de la que merece; la falta de tratamiento serio de la historia de Jesucristo; poco o nulo desarrollo de algunos secundarios más relevantes.

La pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? ¿Por qué tergiversar una historia épica de odio, traición, venganza y perdón modificando la naturaleza de los personajes (y por extensión de lo que representan) con un milagro divino? La respuesta creo que hay que buscarla fuera de la pantalla. En un contexto mundial en el que los pueblos cada vez parecen odiarse cada vez más, la cinta trata de convertirse en una suerte de hermanamiento fraternal entre pueblos tan dispares como el musulmán, el judío y el romano. Y eso, por muy buena voluntad que pueda tener, parecía poco probable en la época romana, sobre todo después de suceder lo que sucede durante la trama. El resultado es el mencionado: se retuerce el desarrollo natural de una historia para forzar un final marcado por los tiempos actuales. Y eso, salvo que se trabaje desde el minuto uno, no suele salir bien.

En resumen, Ben-Hur (2016) comienza bien, posee algunos momentos realmente épicos (la carrera de cuadrigas es espléndida) y ofrece una interesante visión del Imperio Romano en la época de Jesucristo. Ahora bien, la cinta pierde fuelle hacia el final de la trama, y lo hace casi por voluntad propia, modificando no solo la historia que todo espectador con cierta edad tiene en la retina, sino transformando por obra y designio de Dios (y esto es casi literal) a dos personajes enfrentados en dos hermanos. Que Bekmambetov se sienta más o menos cómodo con esta cinta es algo casi secundario (aunque tiene su relevancia que solo parezca disfrutar con las secuencias de acción); el problema es de guión, flojo en demasiados momentos y con tendencia a la autodestrucción más ilógica que se pueda ver en una pantalla.

Nota: 6/10

‘Una semana en Córcega’: de jabalíes y hombres


Vincent Cassel sufre el acoso de Lola Le Lann en 'Una semana en Córcega'.Que una joven seduzca a un experimentado y atractivo hombre maduro no es algo nuevo en el cine. A lo largo de la historia ha habido tratamientos para todos los gustos, desde el drama hasta el erotismo, pasando por la comedia de enredo o, incluso, el terror. Por eso lo que presenta Jean-François Richet (De l’amour) en su nueva película no es precisamente novedoso o sorprendente, pero son algunos detalles los que convierten a esta comedia en algo más que un mero recorrido por terrenos ya andados.

No quiere esto decir que no sea previsible. De hecho, no creo que haya nadie que espere algo más de lo que puede verse en su desarrollo. Las situaciones que viven los personajes, el modo en que se enfrentan a las consecuencias de sus acciones y las repercusiones que tienen sobre el resto son archiconocidas. Y aunque los actores logran una complicidad notable (sobre todo el dúo formado por Vincent Cassel y François Cluzet), sus personajes tampoco les permiten explotar mucho más de lo que se ve en pantalla.

A pesar de ello, la cinta ofrece varias lecturas que aportan un punto de vista diferente a la trama. El paralelismo entre el escurridizo jabalí empeñado en destrozar la vida del personaje de Cluzet y la traición del rol de Cassel resulta muy revelador, en tanto en cuanto el destino de ambos, animal y amigo, parecen correr de forma paralela. Incluso la secuencia del perro tiene algo de simbólico con ese pobre dj que protagoniza una de las situaciones más cómicas de la trama. Pero hay más. La forma en la que la relación entre jovencita y maduro afecta a los personajes genera un desarrollo dramático que se mueve en dos niveles bien diferenciados, manteniendo un delicado equilibrio entre humor y drama que termina por ocultar ligeramente algunas carencias narrativas que tiene el film, y que afectan sobre todo al trasfondo de los dos cuarentones de vacaciones en Córcega.

Con esto, Una semana en Córcega se convierte en un producto simpático, capaz de entretener y divertir gracias a la ironía y un cierto toque de humor negro en sus, por otro lado, previsibles secuencias. No pretende sorprender, por lo que no lo consigue. Sin embargo, sí logra una cierta profundidad dramática, situando la narrativa en varios niveles que se complementan y que ayudan a conformar un mosaico más amplio de la mera comedia de situación. No es mucho, es cierto, pero al menos ofrece algo más a quien quiera buscarlo.

Nota: 6/10

La complejidad de ‘El Padrino II’ como arma para superar al original


Al Pacino vuelve a ser Michael Corleone en 'El Padrino, Parte II'.Hace aproximadamente 40 años Francis Ford Coppola, autor de la que posiblemente sea la mejor trilogía de la historia del cine, lograba algo inaudito en los 87 años que llevan celebrándose los Oscar: que una secuela se hiciera con el galardón a la Mejor Película. Desde luego, fue el año de El Padrino, Parte II, estrenada en 1974, entre otras cosas porque además de convertirse en la única cinta en lograr igualar en este sentido a su predecesora (El Padrino logró el galardón dos años antes), superó al original en el número de premios: seis frente a tres. Cada uno podrá encontrar los motivos que quiera para este extraño fenómeno, pero en líneas generales todos los argumentos se pueden resumir en que la secuela fue mejor que la primera parte. Y eso es mucho decir.

En realidad, lo que mejor define al film de Coppola es su capacidad para no convertirse en un mero vehículo repetitivo de los quehaceres mafiosos de la familia Corleone. Mientras que la primera parte aborda el ascenso del personaje interpretado por Al Pacino (El precio del poder), esta continuación narra los problemas a los que se enfrenta como capo de la familia. Esto permite al director explorar una serie de líneas dramáticas que no pudieron tratarse en la primera parte, desde el conflicto puramente matrimonial hasta las traiciones en el seno familiar, sin duda uno de los momentos más impactantes del relato. Es esta intensidad dramática lo que ensalza la historia hasta convertirla en algo único, independiente de El Padrino pero que bebe de sus influencias y de sus acontecimientos.

Dicho de otro modo, no es necesario haber visto la primera parte para poder disfrutar de la segunda, aunque sí es conveniente. En esta reflexión juega un papel fundamental la narrativa de cómo un joven Vito Corleone (al que da vida un magistral Robert De Niro) llega a Estados Unidos y logra convertirse en jefe de la mafia. Los paralelismos que el director es capaz de plasmar en pantalla entre las historias de padre e hijo a edades similares son fascinantes. Como si de un bucle temporal se tratara, ambos deben hacer frente a amenazas externas, a venganzas del pasado y, en definitiva, a luchar por la posición social que han logrado adquirir. Lo que en la primera parte era un mero relato de un joven que se involucra poco a poco en los negocios familiares, en El Padrino II se convierte en un drama acerca de las amenazas que conlleva el poder, y cómo ni siquiera los lazos de sangre impiden las traiciones.

Todo ello bajo una estructura narrativa relativamente similar, lo que hace aún más complejo el equilibrio entre la novedad y la repetición de conceptos. Lo cierto es que esta continuación responde a esa idea de ofrecer más de todo sin perder la esencia. En efecto, la segunda parte aprovecha los hitos dramáticos más clásicos de la trama (un negocio en ciernes, una traición, una sospecha, una respuesta final) para erigirse como algo sensiblemente distinto, fundamentalmente por el alcance dramático de los acontecimientos y de las decisiones. En líneas generales, el original abordaba el conflicto desde el punto de vista de “buenos y malos”; la segunda entrega apuesta más bien por la sutileza y por no establecer los roles desde el primer momento.

Muchas historias para un final

Uno de los aspectos más notables de El Padrino II, y que también se encuentra en El Padrino, es su capacidad para hilvanar las diferentes tramas sin que esto provoque una desconexión de los acontecimientos por parte del espectador. Y en esta segunda parte no hay que olvidar que se introducen historias protagonizadas por dos personajes diferentes en épocas distintas. El motivo principal de que esto ocurra cabe buscarlo en que, precisamente, lo narrado en todas estas historias tiene un nexo común: los fantasmas que asaltan al personaje de Pacino. Todo lo narrado en el film, incluso aquellos momentos protagonizados por De Niro, tienen como objetivo abordar los conflictos emocionales a los que se enfrenta el protagonista, y que encuentran un reflejo físico en el desarrollo del arco dramático.

Así, la historia es en realidad un viaje personal por la mente de un hombre llamado a convertirse en un referente que nunca quiso ser, pero que acepta de buen grado. Sus intentos por sacar a su familia de negocios ilícitos contrastan con la brutalidad con que afronta, por ejemplo, la relación con el personaje de Diane Keaton (Annie Hall) y los hijos de ambos. Brutalidad emocional más que física, pero brutalidad al fin y al cabo. Quizá sea esto lo que más fascina del personaje de Michael Corleone, su incapacidad para afrontar los problemas sin utilizar la violencia. Sea como fuere, su forma de afrontar los retos dramáticos que se plantean y las decisiones que eso conlleva son lo que han convertido a este rol en uno de los inmortales del cine.

Pero antes mencionaba que esta continuación mantiene una estructura similar al original. Para poder comprobarlo solo hay que ver cómo resuelve Coppola todos los cabos sueltos que van quedando a lo largo de la trama. Ese final en el que mientras el piadoso protagonista está celebrando una ceremonia eclesiástica se suceden una serie de asesinatos ordenados por él es un clásico que resume a la perfección todos los contrastes de los que se nutre la trama para construir la complejidad que desprende. Y es la que permite explicar determinados comportamientos del protagonista, dispuesto a eliminar a todos sus enemigos.

Habrá muchos que no consideren a El Padrino II como un film superior al original. Y tal vez no solo sea desde un punto de vista artístico. Pero la construcción de su trama, apoyada en las diferentes líneas argumentales desarrolladas de forma conjunta, es mucho más compleja y más elaborada que la de El Padrino. Y eso es mucho decir si tenemos en cuenta que el original de 1972 no es precisamente un film sencillo. Es precisamente esa capacidad de superación lo que lleva a la continuación a convertirse en un relato único, independiente y con giros argumentales mucho más elaborados. Un clásico, en definitiva, que ha sabido encontrar su hueco en la historia sin tener que depender exclusivamente de una historia previa.

Tráiler de ‘Cymbeline’: destruidos por la traición, unidos por venganza


Anton Yelchin, Ed Harris y Milla Jovovich son algunos de los intérpretes de 'Cymbeline', nueva adaptación de Shakespeare.Una de las cosas que más se critican del cine actual es su alto número de adaptaciones, remakes y secuelas de obras ya realizadas. En este ámbito las obras teatrales de William Shakespeare han sido y son algunas de las utilizadas por actores y directores para tratar de demostrar un cierto nivel dramático en sus respectivas labores. Pero dentro de dichas adaptaciones hay incluso una segunda categoría, aquella que engloba a las reinterpretaciones en clave moderna de las historias atemporales de Shakespeare. El tráiler de la última incorporación a este grupo ya ha sido publicado. Se trata de Cymbeline, que traslada a la actualidad una de las últimas obras del dramaturgo y que se basa en el jefe tribal bretón Cunobelinus y con influencias directas del ‘Decamerón’ de Boccaccio y la crónica de Holinshed.

Adaptada y dirigida por Michael Almereyda, quien ya adaptó en el año 2000 Hamlet, una historia eterna, la trama se centra en la relación romántica de dos jóvenes, él un joven acogido por un importante criminal y ella la hija de dicho criminal. Un amor que, como no podía ser de otro modo, es censurado, lo que les lleva a huir. Durante su exilio el joven entabla amistad con un hombre que le incita a apostar por la honradez de su amada, manipulando los acontecimientos y llevando al joven a creer en una traición falsa. Los acontecimientos se precipitarán cuando el capo criminal decida implantarse en la ciudad en la que los dos amantes intentan reconstruir sus vidas. La obra, desde luego, contiene todos los elementos propios del drama shakesperiano, y a todas luces ofrecen al director los pilares necesarios para construir un thriller sólido.

Empero, para eso habrá que esperar a su estreno. Lo que por ahora sí puede intuirse, al menos si nos basamos en lo que deja ver este primer avance, es un cierto estilo clásico o, si se prefiere, tradicional tanto en la narrativa como en la puesta en escena. Sin grandes alardes visuales o fotográficos, Almereyda parece optar más por una alternativa sosegada que permita a los actores desarrollar más su trabajo, el cual parece que no va a tratar de ser exactamente igual al de la obra en la que se basa, sobre todo en lo que a diálogo se refiere. Por contra, los pocos momentos de acción que se desprenden del tráiler se antojan algo exagerados, tal vez en un intento de trasladar la violencia y la fuerza de la guerra que presumiblemente centrará buena parte del desarrollo dramático.

Aunque sin duda, lo más atractivo de la película (y del tráiler) es el reparto que la protagoniza, y cuyos principales rostros pueden verse en este primer avance. Ed Harris (Snowpiercer) como Cimbelino, el capo criminal; Dakota Johnson (Need for speed) como la hija; Penn Badgley (Margin call) como el amante y protegido de Cimbelino; Ethan Hawke (The purgue: La noche de las bestias) como el amigo con el que se apuestan la honradez de la joven amante; y Milla Jovovich (Resident Evil) como la esposa de Cimbelino. Anton Yelchin (Star Trek: En la oscuridad), John Leguizamo (#Chef), Bill Pullman (Lola versus) y Delroy Lindo (serie Believe) completan el reparto. A continuación podéis encontrar este primer tráiler.

‘Vikingos’ se apoya en la religión para engrandecer su trama en la 2ª T


George Blagden y Travis Fimmel escenifican el choque de creencias en la segunda temporada de 'Vikingos'.He de confesar que la segunda temporada de Vikingos me ha dejado, desde un punto de vista puramente personal, una sensación extraña. Por un lado, la mejor noticia de estos 10 episodios es que van a tener más desarrollo en otra temporada. Por otro, existe un cierto desánimo al comprender que habrá que esperar varios meses hasta que eso ocurra. Porque si la primera temporada era un ejercicio notable de dramatización histórica, esta nueva entrega se erige más como un trabajo de intriga y suspense, de traiciones e intereses enfrentados, brillante e imprescindible, capaz de jugar con el espectador incluso cuando le da las pistas suficientes para que intuya el lugar y las verdaderas intenciones de cada personaje. Todo gracias a un trabajo, fundamentalmente, de desarrollo dramático de los roles principales.

Algo en lo que, lógicamente, tiene mucho que ver el creador de la serie, Michael Hirst (serie Los Tudor), cuyo amor por contar la Historia de forma creíble y alejada de subjetivismos no hace sino acrecentar el valor de una producción como ésta. Eso no quiere decir que no se distingan entre héroes y villanos, claro está, pero es su forma de tratar los conflictos lo que le lleva a distinguirse de productos que, en cierto modo, son mucho más lineales en ese sentido. Esta nueva temporada, que continúa con el ascenso de Ragnar Lothbrok (de nuevo un magistral Travis Fimmel) y su deseo por atacar Inglaterra, ofrece al espectador una visión mucho más compleja del conflicto entre vikingos e ingleses, y lo hace a través de algo tan sencillo y universal como la religión, utilizando para ello a tres personajes fundamentales: el propio Ragnar, el monje interpretado por George Blagden (Los miserables) y el rey Ecbert de Wessex, al que da vida Linus Roache (Non-Stop).

Gracias a ellos, Vikingos se convierte en algo más que un estudio sobre la cultura y costumbres nórdicas para derivar en una reflexión sobre las creencias, los dioses a los que adora cada cultura y, sobre todo, la ignorancia e intolerancia de aquellos hombres que no ven más allá de lo que su mitología les cuenta. Teniendo esto en cuenta, esta segunda temporada logra engrandecer la figura del protagonista al convertirle en un individuo de una inteligencia fuera de lo común. Inteligencia que va más allá del campo de batalla o de las intrigas palaciegas. Como ya se apreció en la primera parte, el personaje de Fimmel, a quien se le ha podido ver en The experiment (2010), es un hombre curioso, inquieto, cuyo único objetivo es lograr unas condiciones de vida mejores. Su constante apuesta por el diálogo y el acuerdo contrastan notablemente con la idea que siempre se ha tenido de la cultura vikinga, más si tenemos en cuenta que los secundarios principales tienen tendencia a usar la violencia antes que la cabeza.

Empero, la genialidad de Hirst no reside tanto en esto como en el hecho de establecer una comparación bastante curiosa de las dos culturas. Vikingos y cristianos se definen como grupos sociales fanáticos e incapaces de ver más allá de lo que sus creencias les dictan. Lejos de poseer rasgos diferenciadores, ambas culturas se muestran muy similares, capaces de las mayores atrocidades en nombre de unos dioses que uno y otro bando tachan de falsos. No hay más que tomar dos de los acontecimientos más violentos y salvajes de la temporada para comprender que las diferencias entre ambos mundos no son tantas. Me refiero, claro está, a la crucifixión y al águila de sangre, dos métodos de tortura que, cada uno en su estilo, denotan un gusto por la sangre y la violencia igual de bárbaro para aquellos a los que se considera traidores. Pero como uno se puede imaginar, son muchas más las conexiones entre ambos mundos, entre ellas las similitudes entre los personajes de Roache y Fimmel (un futuro enfrentamiento entre ambos será algo digno de analizar) y, sobre todo, el personaje de Blagden, verdadero nexo de unión de ambos mundos y cuyo debate espiritual es síntoma más que evidente de las similitudes entre todas las religiones.

Intriga perfecta

Pero dejando a un lado tratamientos y personajes históricos que se dan cita en esta nueva temporada, lo más llamativo de Vikingos es su desarrollo dramático, un ejemplo de suspense formal que debería ser estudiado varias veces antes de escribir una sola palabra de un thriller, sea el que sea. Y no porque la trama sea capaz de ocultar sus verdaderas intenciones al espectador; ni siquiera porque tenga un giro de última hora en su tercio final. Suele decirse que la magia consiste desviar la atención hacia una mano para, con la otra, hacer el truco. Bueno, pues Hirst podría ser calificado de mago. Prácticamente desde su primer episodio la serie presenta a un héroe atacado, preso de sus pactos de lealtad y asediado por traiciones de los que antaño fueron sus aliados, entre ellos un Floki que vuelve a erigirse como uno de los pilares de la producción gracias al trabajo del actor Gustaf Skarsgård (Kon-Tiki).

Comenzando por su hermano, al que vuelve a dar vida de forma imponente Clive Standen (Namastey London), y terminando por su primera esposa, una imprescindible Katheryn Winnick (Tipos legales), el mundo que rodea a Ragnar se derrumba de forma progresiva a medida que avanza la trama. Apenas existen momentos de satisfacción personal para el personaje, lo que por cierto acentúa el carácter dramático y derrotista de su viaje. Los guionistas aprovechan estos acontecimientos iniciales para generar la idea de incertidumbre, de vulnerabilidad en el héroe y, sobre todo, para hacer olvidar su inteligencia. Y de hecho lo logran a tenor del resultado final, que si bien no es una sorpresa mayúscula, si es un tanto inesperado. Estos primero momentos sirven, como digo, para introducir una serie de detalles de la trama que la reconducen por donde los creadores pretenden, y que pasan fundamentalmente por mostrar únicamente las intenciones del personaje de Donal Logue (serie Copper), situando al protagonista como epicentro de las intrigas. Esto puede provocar, como de hecho ocurre, que algunos hechos de la trama no encuentren una explicación lógica, y este es uno de los pocos reproches que se le puede hacer a la serie. Si es que es un reproche, claro.

Este desarrollo de la trama principal, además, cuenta con el apoyo de las numerosas tramas secundarias, cuyo objetivo no es otro que consolidar la idea de que los conflictos alrededor del personaje de Fimmel se multiplican de forma exponencial. La traición de su hermano, el divorcio de su primera mujer, la guerra en Inglaterra, la traición de sus amigos, el incremento de su familia o los ataques a su pueblo crean un marco perfecto para el drama en el que se ve sumido el personaje. Curiosamente, en medio de la temporada este drama pasa a ser una ficción absoluta, y Hirst deja las pistas suficientes al espectador para que este ate los cabos necesarios. La genialidad de su desarrollo reside, no obstante, en que a pesar de esas pistas, a pesar de que puede llegar a intuirse el juego de poder que se establece entre los personajes, el clímax del episodio final funciona a la perfección. Puede que incluso mejor. Un clímax que puede verse varias veces de forma sucesiva sin llegar a resultar obvio, lo que da una idea de la magnitud de lo construido a lo largo de la temporada. Pocas veces un desenlace ha sido tan planificado a lo largo de los episodios previos.

Se puede decir, por tanto, que esta segunda temporada de Vikingos es notablemente mejor que su predecesora desde todos los puntos de vista, sobre todo del dramático. La apuesta por centrar la atención en la religión y el tratamiento que se hace del suspense otorgan una mayor entidad a la serie, que más allá de combates espectaculares y unos actores en estado de gracia, ofrece un trasfondo social y político muy interesante. La única nota discordante no pertenece al contenido de la serie, sino a su formato. Al igual que ocurre con Juego de Tronos, una producción de estas características, con un nivel artístico, narrativo y formal que roza la perfección, no puede tener temporadas tan cortas y con un desarrollo tan acentuado, pues la espera hasta la siguiente tanda de episodios puede hacerse tan eterna como los banquetes del Valhalla.

‘El amanecer del Planeta de los Simios’: el peligro de volverse humano


César deberá hacer frente a la rebelión en 'El amanecer del Planeta de los Simios'.Son contadas las ocasiones en las que una secuela supera a su predecesora, pero cuando eso ocurre uno tiene la sensación de estar ante algo diferente y único. Sobre todo si la primera entrega ya es de por sí notable. Le ocurrió, por ejemplo, a la trilogía de Batman realizada por Christopher Nolan (Origen), y le ocurre a este reinicio de uno de los mayores clásicos del género. El origen del planeta de los simios (2011) fue una de esas películas que han ganado presencia con los años, dejando un mejor sabor de boca cada vez que se revisa. Su continuación, en la que solo perduran los simios, confirma que estamos ante, al menos, una notable revisión de la historia. Y recalco “al menos” porque solo el tiempo dirá si en realidad estamos ante un clásico moderno.

Como digo, El amanecer del Planeta de los Simios supera a su predecesora en todo. Es, en resumen, todo lo que se espera de una secuela. Más acción, más épica y un guión más complejo que ahonda en los matices de los personajes y en su evolución dramática, dando protagonismo a las criaturas animadas digitalmente y dejando a los actores de carne y hueso como meras comparsas, casi espectadores en primera fila de la revolución y previsible guerra que determinará el futuro de la Humanidad. Y es esto lo más atractivo del film. La capacidad de director y guionistas para adentrarse en la estructura social simiesca es fascinante desde el primer minuto, con esa primera secuencia de la cacería que, en pocas palabras, deja sin aliento. El desarrollo posterior de la historia no hace sino confirmar una idea que ya se planteó en la primera película y que ahora alcanza su máxima expresión: la inteligencia es la mayor arma que existe. Es por ella que los simios dejan de ser animales para convertirse en humanos, y es por ella que se inicia una guerra que nadie quiere, pero que resulta inevitable.

La lectura que realiza Matt Reeves (Déjame entrar), quien por cierto sabe cuando aportar su estilo narrativo, acerca del conflicto que crece dentro de la familia de los simios es brillante. La familiaridad con la que lo aborda, asemejando a los animales con los humanos (o viceversa, según se mire), resulta tan inquietante como esclarecedora en relación con las motivaciones humanas, el odio, la violencia de la intolerancia y el miedo a lo desconocido. Es cierto que los humanos se antojan secundarios en la trama, pero la idea conceptual de que son ellos los que provocan la epidemia, y por extensión su propia aniquilación, planea sobre las algo más de dos horas de metraje que, a diferencia de otras historias, pueden resultar incluso cortas. Ver a los simios cometer los mismos errores que los humanos por los mismos motivos debería hacer reflexionar al espectador sobre lo que se ve en pantalla.

Todo esto no sería posible, claro está, sin un trabajo de efectos y diseño gráfico simplemente perfecto. Los detalles de los simios alcanzan un grado tal que en ningún momento se llega a dudar de las emociones, pensamientos e intenciones que rondan la mente de todos y cada uno de los animales. Y de esto tienen buena parte de culpa los actores, comenzando por Andy Serkis (King Kong), a quien se debería empezar a reconocer su labor como intérprete, mucho más compleja y completa bajo un traje lleno de sensores que la que consiguen muchos de los actores actuales. Algunos de los momentos, como las conversaciones entre César y su hijo, son estremecedoras. Esto permite, al mismo tiempo, que la interacción entre humanos y criaturas digitales sea mucho más coherente y creíble, permitiendo el flujo emocional que conforma la relación principal entre los humanos protagonistas y el verdadero corazón de la producción: César. El hecho de que la historia comience y acabe con un plano detalle de sus ojos es la mejor prueba de que esta trama no versa sobre la lucha entre hombres y simios, sino que narra la vida de un único individuo.

La conclusión más evidente es que El amanecer del Planeta de los Simios es una buena película. Una muy buena película, más bien. Su facilidad para aunar espectáculo (el ataque a San Francisco es de lo mejor del film) y contenido emocional demuestra que las grandes producciones pueden ser grandes películas si se hacen con coherencia y con un cierto sentido dramático. Pero más allá de todo esto, la película confirma que estamos ante un nuevo fenómeno cinematográfico de la ciencia ficción que no se limita a continuar con lo narrado en el anterior film, sino que gracias a su independencia de aquel es capaz de complementarlo para narrar una historia más grande que ambas películas. El hecho de que esta nueva aportación a la saga posea un ritmo imparable que obliga a mantener la vista fija en el devenir de los personajes no hace sino confirmar la sensación de que estamos ante algo diferente, algo nuevo. Ante el amanecer de un nuevo Planeta de los Simios.

Nota: 8,5/10

‘Sabotage’: un bosque de testosterona que no deja ver los árboles


Arnold Schwarzenegger protagoniza 'Sabotage', de David Ayer.Como si de uno de sus personajes se tratara, Arnold Schwarzenegger está dispuesto a demostrar que todavía no ha sido derrotado y a recuperar el trono que ostentaba allá por los años 80 y 90 del pasado siglo con películas como Commando (1985), Depredador (1987) o El último gran héroe (1993). Pero ni la época es la misma ni el actor está en la misma forma. Es por eso que películas como la que dirige David Ayer (Dueños de la calle) con irregular fortuna se antoja más una especie de homenaje a un tipo de cine de acción muy tradicional, alejado de grandes efectos digitales y capaces de entretener hasta su último fotograma. Un homenaje a un actor que ha aprendido una valiosa lección: el tiempo obliga a buscar apoyos. Pero todo ello, nostalgia y dinamismo incluidos, no debe impedir al espectador notar las evidentes carencias de un producto inacabado.

La primera y más importante es que su trama, aunque solventa en líneas generales todas las incógnitas que plantea, tiene un desarrollo algo intermitente. Mientras que en su primera mitad la acción es prácticamente constante, desde el momento en que la investigación sobre la muerte de los miembros del equipo toma el control el film pierde músculo y ralentiza notablemente su dinamismo. Esto no sería algo negativo si no fuera por el hecho de que su forma de abordar la intriga deja una serie de vacíos narrativos que el espectador debe rellenar por su cuenta y riesgo, lo que generará no pocos quebraderos de cabeza. Y al mismo tiempo, esto tampoco sería un problema si los personajes no quedaran relegados a la mínima expresión hacia el final del metraje.

En efecto, los problemas del arco narrativo pueden tolerarse gracias a una puesta en escena dinámica que ofrece algunos hallazgos interesantes, como aquellos en los que dos líneas temporales distintas se presentan entrelazadas. La acción del film, unido a unos diálogos que despertarán la nostalgia de más de uno, puede ser motivo suficiente para dejarse llevar. Empero, los personajes frenan el desarrollo hasta el punto de convertirse en meros peleles al servicio del gran maestro Schwarzenegger, quien por cierto se reserva uno de esos finales para quitarse el sombrero (la expresión de su rostro al ver que ha recibido un disparo tras acabar con todo un bar de matones es impagable). Pero volviendo a los secundarios, son ellos los que generan más interés en los primeros compases de la historia, ofreciendo un crisol de personalidades que podrían haber dado mucho más de sí, sobre todo las de Sam Worthington (Avatar) y Joe Manganiello (Qué esperar cuando estás esperando). La única que se salva es Mireille Enos (Guerra Mundial Z), cuya evolución es una carrera hacia delante en una espiral de violencia y paranoia de lo más interesante.

Así las cosas, Sabotage es lo que cabría esperar de este tipo de cine. Acción, violencia, diálogos tópicos y chistes sin demasiada gracia. Las bazas con las que juega son conocidas, o deberían serlo, por el espectador antes incluso de comprar la entrada. Y en este sentido cumple, y de qué manera, con su función. Pero rascando un poco la superficie uno puede encontrarse con una trama que, aunque interesante, se pierde en un laberinto de mentiras e intereses. David Ayer, quien vuelve a demostrar una cierta personalidad formal, no es capaz de dar forma al thriller que se esconde bajo tantos tiros y tantos cadáveres. Da la sensación de que podría haber llegado a algo más si hubiera tenido un poco más de trasfondo, de que en este caso el bosque no deja ver los árboles. Pero bueno, al fin y al cabo es una cinta para pasar el rato y para rememorar esos años dorados del cine de acción. Y para eso es ideal.

Nota: 6/10

‘House of lies’ sustituye frescura visual por tragedia en su 3ª T


'House of lies' abandona totalmente la comedia en su tercera temporada.Es difícil que cualquier ficción, ya sea televisiva o cinematográfica, cambie de registro de forma clara y decidida. Es común que una comedia tenga tintes dramáticos o que una historia de amor se combine con dosis de acción y aventura. Pero lo que ha ocurrido con la serie House of lies es, como decimos, muy poco habitual. Su primera temporada fue fresca, diferente y despreocupada; la segunda entrega tuvo un carácter algo más serio. Su tercera tanda de episodios ha entrado de lleno en el drama y la tragedia, hasta el punto de que buena parte de los elementos que caracterizan la trama han desaparecido.

Estos nuevos 12 capítulos se centran en la nueva etapa de Marty Kaan (espléndido Don Cheadle) y la empresa que ha fundado, en la que, por diversos motivos, todo su equipo termina trabajando. Y al igual que ocurría en las anteriores ocasiones, la trama se centra en un gran proyecto de consultoría y en algunos minoritarios. La diferencia estriba en que ahora la ironía ha dejado paso a una seriedad que, por fortuna, no resta interés. En cierto modo, se podría decir que genera más atractivo.

Aquellos que se engancharon gracias a las miradas a cámara o las explicaciones con la imagen congelada posiblemente echen en falta ese dinamismo formal y narrativo. Empero, el creador de House of lies, Matthew Carnahan (serie Dirt), logra suplir dicha ausencia con un mayor protagonismo de las tramas secundarias que, todo sea dicho, no resultan tan atractivas como las que protagoniza el personaje de Cheadle. Arcos narrativos como el del hijo o la crisis matrimonial del rol al que da vida un genial Josh Lawson (Los amos de la noticia) no son tan interesantes como ver en acción a Cheadle, pero encajan lo suficientemente bien como para no resultar irritantes.

Prueba de ello es que los mejores episodios son los que destinan más minutos a la trama principal, en esta ocasión centrada en un imperio de ropa cuyos propietarios son dos amigos con pasados turbulentos (interpretados por Mekhi Phifer y el rapero T.I.). Las situaciones que genera, desde los conflictos entre ambos hasta la muerte de un perro en una discoteca, rememoran notablemente el sentido general de la serie, que aborda problemas serios desde una perspectiva algo cómica, pero como decía al inicio, esta tercera temporada deja atrás de forma contundente la comedia para apostar por la tragedia.

Finales infelices

Los fans de House of lies se habrán percatado de que los finales de temporada tienen algo en común. Por un lado, la relación entre el personaje de Cheadle y el de Kristen Bell (serie Veronica Mars) sufre un giro de 180 grados, ya sea positivo o negativo; por otro, el mundo del protagonista se desmorona por completo. Y evidentemente, los últimos episodios de esta tercera entrega no se quedan atrás. Es más, por las repercusiones que tienen de cara al futuro, se convierten en los mejores de la serie.

Lo cierto es que al arco dramático del protagonista le ha llevado a una situación límite, siendo prácticamente el único que ha cambiado en este sentido. Los secundarios que le rodean han evolucionado de forma más o menos clara, pero en líneas generales su definición sobre el papel no ha cambiado. En todo caso, se ha aclarado algo más. Pero el caso de Marty Kaan es sencillamente brillante. De ser un personaje seguro de sí mismo, algo engreído y con el mundo a sus pies ha pasado a ser una suerte de apestado, incapacitado para participar en la empresa que él mismo creó y traicionado, aunque de forma inconsciente, por aquellos a los que ama.

No hace falta decir que las posibilidades narrativas de esta nueva situación son enormes. Los conflictos emocionales que ya se plantean en el cierre de la temporada se antojan interesantes y fascinantes. El desarrollo de los secundarios ahora que el protagonista parece pasar a un segundo plano puede traer consecuencias de todo tipo. Y, por supuesto, la evolución de la situación del protagonista es todo un mundo por explorar.

Eso sí, lo que parece claro en House of lies es que, formalmente, nada volverá a ser igual. Esta tercera temporada comenzó como una especie de homenaje a ese estilo visual tan característico de la ficción, pero ha terminado siendo un producto sobrio, carente de extravagancias visuales y centrado en el apartado más íntimo de los personajes. Esto no impide que tenga momentos irónicos y divertidos, pero en general se puede decir que la serie se ha hecho adulta. Y la verdad es que esto ha hecho que sea mejor.

‘La leyenda del samurái: 47 ronin’: la venganza de una traición


Keanu Reeves protagoniza 'La leyenda del samurái', de Carl Rinsch.Viendo el resultado final es de suponer que la primera pregunta que el director Carl Rinsch y su equipo se hicieron a la hora de poner en imágenes esta leyenda nipona debió de ser algo así como… ¿cuál es la mejor manera de transmitir el mensaje de la tradición samurái? La respuesta es, precisamente, la tradición. Tradición a la hora de rodar, a la hora de planificar y a la hora de interpretar. Y esto, como casi todo en el cine, tiene su lado positivo y su lado negativo. Claro que, y no es un dato menor, la película se planteó en un principio como una superproducción que, según algunas fuentes, supera los 200 millones de dólares.

Lo cierto es que la historia de La leyenda del samurái: 47 ronin tiene todos los elementos de una buena trama épica de aventuras, magia, acción y artes marciales. Y sin que en ningún momento llegue a emocionar, el film logra mantener el interés en todo momento gracias a un ritmo que, sin ser frenético, si sabe cuándo acelerar y cuando tomarse un respiro para focalizar la atención en el drama, uno de los pilares del relato. A este último aspecto contribuyen notablemente los intérpretes asiáticos, sobre todo Hiroyuki Sanada (Speed Racer) y Tadanobu Asano (Mongol), quienes se hacen con el peso de la narración durante buena parte de las dos horas que dura la película, robándole protagonismo al que, supuestamente, debería ser el protagonista. Por otro lado, los contados efectos digitales resultan solventes, aunque nunca llegan a sobresalir del conjunto.

Pero como decía al inicio, toda esta tendencia a la tradición, a la consecución de un estatus correcto, juega en contra de una producción que podría haber dado mucho más de sí. Sobre todo si se tiene en cuenta su presupuesto. A lo largo de todo el film da la sensación de estar presenciando una película de serie B, un producto hecho para entretener consciente de sus limitaciones y que únicamente busca ofrecer de la forma más sincera posible una historia que, para un hipotético presupuesto bajo, es excesivamente grande. Pero no hay un presupuesto bajo, y ahí reside el problema. La labor de Rinsch tras las cámaras, sin ser mala, evidencia una falta de visión en las secuencias de acción, planificadas y montadas con excesiva simpleza (aunque hay que reconocer que el asalto final está muy conseguido). A esto habría que sumar la presencia de un Keanu Reeves (Constantine) que, una vez más, se muestra excesivamente hierático, excesivamente inexpresivo para lo que exige su personaje.

En sí misma, La leyenda del samurái: 47 ronin es una película correcta, sin grandes alardes pero entretenida, destinada a poner en conocimiento de los espectadores la leyenda en la que se basa y que, según se explica al final, todavía genera peregrinaciones en el país del sol naciente. Pero poco más. Que nadie busque en ella grandes alardes visuales o la mano firme de un director experimentado en este tipo de productos. Como relato de serie B es una buena propuesta para pasar un par de horas. Como el supuesto blockbuster que iba a ser, es un fiasco, entre otras cosas porque si realmente costó más de 200 millones de dólares no parece que vaya a recuperar la inversión.

Nota: 5,5/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: