‘Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?’: la familia Benetton


Algunos de los protagonistas de 'Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?'.El humor racial y cultural suele ser una apuesta segura. Explotar los aspectos más cómicos de los conflictos entre las religiones o entre las culturas es una estrategia que siempre aporta ironía y un cierto grado de ácida crítica a las absurdas rivalidades que se han mantenido siglo tras siglo. Pero es necesario hacerlo bien si realmente no se quiere caer en el tópico más previsible, y eso es algo en lo que la nueva película de Philippe de Chauveron (Les parasitos) falla. No mucho, pero sí lo suficiente como para no desquitarse de sus propias limitaciones.

Y es que Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? transita por todos los tópicos, estereotipos e hilarantes situaciones que uno pueda imaginarse en una comedia sobre una conservadora familia francesa cuyas hijas se casan con inmigrantes. Desde las discusiones religiosas hasta las propias personalidades de los protagonistas, todo está calculado para acentuar las características más definitorias de cada una de las culturas que aparecen en pantalla. El chino es amable, sonriente y complaciente; el árabe tiene un cierto toque macarra; el judío es simple y llanamente un egoísta que solo mira por su interés. Y el francés… bueno, es francés. Esta amalgama de representantes culturales provoca numerosas situaciones cómicas, es cierto, pero también es responsable de que en varios momentos el ritmo decaiga, sin duda debido a la poca definición de los personajes.

Con todo, la cinta cuenta con una moraleja ciertamente interesante, y es que la intolerancia y el racismo no es solo cosa de los europeos blancos de una determinada edad. Todos los personajes, a su manera, poseen una cierta intransigencia cultural que, además de crear el nexo de unión entre ellos, demuestra que cualquier cultura mal entendida genera racismo. Un mensaje que se deja ver sobre todo en su tercio final, cuando hace acto de presencia un personaje tanto o más racista que el rol interpretado por Christian Clavier (La familia no se escoge). Evidentemente, el choque está asegurado, pero eso no impide que se desprenda un cierto trasfondo interesante que dota a la película de algo más, de un contenido más allá de la mera sucesión de chistes y situaciones cómicas.

Unas situaciones que, por cierto, arrancan más de una carcajada. De este modo, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? se revela como una comedia ligera, sin más intención que la de distraer durante todo su metraje a base de explotar con trazo grueso los aspectos más conocidos de las diferentes culturas que se dan cita en el guión, el cual por cierto no destaca demasiado por su originalidad. Pero entretiene, deja en el recuerdo algún que otro momento realmente divertido y, ante todo, no molesta. Podría haber sido mejor, por supuesto, pero en esta familia Benetton, como se la llama en un momento dado, predomina lo políticamente correcto.

Nota: 6/10

Anuncios

‘Sharknado 2: The second one’, autoparodia para ver sin exigencias


Ian Ziering protagoniza 'Sharknado 2: The second one'.Si alguien dudaba de la relevancia que tienen las redes sociales en nuestra moderna sociedad de la información solo tiene que fijarse en el fenómeno Sharknado, y sobre todo en su continuación, Sharknado 2, cuyo subtítulo es un muy apropiado ‘El segundo’. Su estreno, que tuvo lugar el pasado 30 de julio, fue el más importante para la cadena de televisión SyFy con 1,6 millones de espectadores, y según la cadena tuvo unos 1.000 millones de comentarios en Twitter. No cabe duda de que su éxito ha sido rotundo, y si estas cifras pudiesen medirse de forma proporcional en dinero posiblemente su productora, The Asylum, habría engordado sus arcas de forma notable. Productora, por cierto, que va camino de convertirse en el Ed Wood (Plan 9 from outer space) de las productoras. ¿Realmente esta segunda parte merece tanta atención? Me imagino que la respuesta sigue la estela de la opinión que se tenga del original, pero en cualquier caso hay que reconocer que la continuación es, al menos, más autoparódica y consciente de sus propias limitaciones.

Tratar de analizar de forma seria la película de Anthony C. Ferrante, director de ambos títulos, es trabajo para Tom Cruise y su Mission: Impossible. Porque si alguien intenta encontrar en esta aventura neoyorquina con tiburones que salen de la nada y homenajes paródicos a clásicos del género una película, que se olvide. Su guión es simplemente absurdo, plagado de incoherencias y de clichés que tratan de aportar espectacularidad cuando lo que realmente hacen es provocar imposibles. La factura técnica deja mucho que desear, y no solo en el plano de los efectos digitales, deliberadamente pobres. Su montaje, sobre todo en las secuencias que requieren una mayor presencia de líneas de diálogo, es abrupto e irregular, creando saltos narrativos de lo más innecesarios. Y eso por no hablar de los propios diálogos o de la definición de personajes.

En líneas generales, sí, es una mala película. Y este debe ser uno de los pocos casos en los que poco importa si la película gusta o no. Desde un punto de vista puramente técnico, que es lo más objetivo que puede existir en el cine, existen tantos errores que es imposible pasarlos por alto. Pero precisamente en este punto es donde se produce la inflexión, o al menos donde uno debería darse cuenta de que está ante una pseudoparodia del género de catástrofes en la que todo puede ser, sobre todo si es imposible. Comenzando por ese subtítulo al que antes hacía referencia y que, es verdad, es muy apropiado. Sí, ya sé que es una obviedad que una película titulada Sharknado 2 se subtitule ‘El segundo’, pero es que es esa obviedad la que marca el camino que luego seguirá el resto del film, que por cierto no pierde el tiempo en florituras ni presentaciones de personajes, como sí hacía su predecesora (lo que sin duda la perjudicó), aprovechando el metraje para entregarse a sus propios excesos.

Excesos que nacen en el viaje que realizan los protagonistas, interpretados de nuevo por Ian Ziering (serie Sensación de vivir) y Tara Reid (American Pie), a Nueva York en un avión que se ve envuelto en una tormenta de tiburones. Que él se convierta en el héroe realizando un aterrizaje forzoso con un 747 es indescriptible (para los que no lo sepan, su personaje es un surfista de Nueva York afincado en Los Ángeles), aunque más inverosímil es el hecho de que una mujer de vida acomodada se líe a tiros con los tiburones mientras tiene medio cuerpo fuera del avión. Toda esta secuencia, que parece una parodia de películas como Aeropuerto 75 (1974) o Serpientes en el avión (2006), permite al espectador situarse en la trama a todos los niveles, modificando consecuentemente su humor y su grado de exigencia, fuese éste cual fuese.

Entre homenajes y tópicos

Claro que no es este el único homenaje, ni mucho menos. Puede que sea por el amor al género, o simplemente porque la película tiene menos giros argumentales que un largo plano de un estanque en calma, pero juntar a un personaje sin mano y una motosierra en un mismo film es señal inequívoca de que antes o después la referencia a Terroríficamente muertos (1987) hará acto de presencia. Ferrante lo sabe. El espectador lo sabe. Vaya, hasta los personajes parecen saberlo. Y así ocurre. Eso sí, en lugar de demonios son tiburones que vuelan por el skyline de Nueva York, lo que ofrece una oportunidad única para alzar las manos, digo las motosierras, y partir escualos por unas mitades perfectas (fruto sin duda de las limitaciones técnicas). Y así sucesivamente. Si el comienzo de la película, salvando esa especie de preludio que es el ataque al avión, es algo pobre en referencias cinematográficas, a partir de la segunda mitad el relato es una sucesión de homenajes o parodias de la Historia del cine y del género.

Lo mejor es tomarse todo con humor, sobre todo si tenemos en cuenta que ver Sharknado 2: The second one no supone un gasto económico, al menos no directo. Lo cierto es que la película, cuando trata de ponerse mínimamente seria, pierde todo el terreno que pudiera haber ganado con la paródica autocomplacencia que desprende el conjunto. Ver cómo sus responsables intentan que los actores, de los cuales es mejor no decir nada, encarnen el lado más humano, maduro y sensible de sus personajes es poco menos que una tortura. Y la imposibilidad de que la película se ría de sí misma durante la hora y media que dura obliga a tener varios de estos momentos que no hacen sino ridiculizar aún más su propia condición. Que a una mujer le entren celos de una antigua novia en medio de un tornado de tiburones es poco menos que absurdo. Y esto solo por poner un ejemplo.

Aunque puede que la mayor y mejor evidencia de que estamos ante un producto que solo es soportable cuando no se toma en serio a sí mismo (la mayoría de las veces, por fortuna) es su conclusión, con el protagonista haciendo una especie de rodeo volador sobre un tiburón que da vueltas dentro de un tornado y que aterriza empalado en la antena del Empire State Building, y con los habitantes de Nueva York jugando al béisbol, al tiro al plato y a los dardos (con grandes lanzas, eso sí) con los tiburones que caen del cielo. Todo un final épico se mire por donde se mire. Y si tenemos en cuenta todo lo visto en los minutos anteriores, con discursos motivadores incluídos (el del alcalde de la ciudad es de lo más ridículo), el resultado es un incremento progresivo de la ironía, lo cual no es algo necesariamente malo.

Desde luego, Sharknado 2: The second one solo puede ser vista bajo la premisa de que el espectador va a reírse. Cualquier otro enfoque, incluido el miedo, la angustia o la empatía con los personajes, debe quedar descartado antes de que en pantalla aparezca ese título (y su subtítulo). Por tanto, y como decía al inicio, un sesudo análisis de esta producción de serie Z (no sé si habrá algo más bajo) es inviable, lo cual no quiere decir que no existan irregularidades y que todo pueda permitirse. Viendo esta continuación queda más patente que la primera parte pecó de ingenua al intentar narrar una historia, pues sin duda esta segunda parte es mejor gracias a su mayor entrega en el exceso sin sentido. También puede ser que uno ya se espera lo que está a punto de llegar. En cualquier caso, y por si queda alguna duda, sigue siendo una mala, muy mala película. Disfrutar con ella depende del cristal con el que se mire.

‘Orange is the new black’ evoluciona de menos a más en su 1ª T


Imagen promocional de la serie 'Orange is the new black'.Cuando una serie de televisión basa su argumento en una trama cuyo arco transcurre a lo largo de toda una temporada suele exigirse, o al menos ser necesaria, una evolución que lleve al protagonista a terminar siendo algo diferente a lo que inicialmente conocimos. Pues bien, Orange is the new black, una de las series a destacar en lo que va de año, es el más vivo ejemplo de ese cambio. En todos los sentidos, la verdad, pues no solo varía el personaje en torno al cual gira la historia, sino en líneas generales todos y cada uno de los secundarios, y con ellos la propia trama creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Todo comienza cuando una joven de clase acomodada y un estatus social medio alto ingresa voluntariamente en la cárcel por un delito que cometió hace años. Esta primera temporada de 13 episodios, que concluyó a finales de febrero, narra cómo la mujer, prometida a un escritor que trata de hacerse un hueco en el periodismo, debe enfrentarse tanto a las internas con las que comparte prisión (entre las que se encuentra una antigua novia responsable de estar encerrada) como a sus propios demonios, que poco a poco van saliendo a la superficie. Como muchos se habrán dado cuenta al leer la sinopsis, existe una cierta contradicción en los géneros utilizados. En efecto, la protagonista, interpretada con solvencia por Taylor Schilling (Argo), es bisexual, y ese es uno de los aspectos más interesantes del personaje, sobre todo por lo que provoca en las diferentes tramas.

Y es que los conflictos emocionales que se derivan del hecho de estar encerrada con su antigua novia, traficante de drogas y delatora de su participación, terminan dominando casi por completo el conjunto de la producción. O al menos se convierten en originarios de los últimos acontecimientos de la trama, realmente impactantes. En cierto modo, dichos conflictos son los que hacen que la mujer que se presenta en el episodio piloto, algo flojo por cierto, no sea la misma que termina cerrando el último capítulo. Los problemas con su prometido (un Jason Biggs que sigue encasillado en su personaje de American pie) y los escarceos amorosos con su ex amante lesbiana (Laura Prepon, la de Aquellos maravillosos 70) terminan por destruir el mundo que conocía y que consideraba seguro, revelando una naturaleza sombría y amenazadora que hasta entonces apenas se había dejado ver.

Esta es la principal evolución que puede verse en Orange is the new black. Con una estructura narrativa que utiliza los flashbacks para narrar los motivos por los que las compañeras de cárcel acabaron encerradas (una forma de evolución más), la serie adquiere verdadero significado cuando centra su completa atención en la adaptación de la protagonista a un entorno que, a priori, no es ni remotamente el suyo. Un entorno en el que delincuentes, drogadictas, asesinas o mafiosas se dan cita, y en el que las clases y grupos sociales están, si cabe, más definidos que en el mundo ajeno a esas verjas. Sin quitar relevancia a muchos de los pasados de las presas, lo realmente interesante es comprobar cómo la separación física de dos prometidos termina por modificar sus propias naturalezas y, por ende, destruir la relación iniciada. Y todo eso se logra precisamente cuando se ahonda en las decisiones y relaciones de la protagonista, muchas promovidas por los propios secundarios.

Secundarios tópicos

Precisamente otro de los pesos pesados de la serie es la cantidad de secundarios relevantes que posee, lo que ofrece infinidad de posibilidades a la hora de desarrollar tramas secundarias que adquieran entidad propia (caso de la relación romántica entre vigilante y presa) o que influyan en la historia principal. Y si bien es cierto que la forma de manejar dichos personajes e historias es brillante, la forma de presentar la cárcel resulta algo tópica, excesivamente arquetípica. Sí, la serie no aburre, e incluso provoca interés por conocer el pasado y los motivos que llevaron a esas mujeres a estar allí. Pero el problema es que las diferentes clases sociales quedan reflejadas de una forma algo genérica, sin apenas rasgos definitorios entre los integrantes de cada grupo racial. Salvo los secundarios principales, el resto conforman un marco tipo en el que integrar algunas anécdotas. Por ejemplo, las latinas quedan reflejadas como mujeres lujuriosas; las afroamericanas se muestran agresivas y amenazadoras, con un lenguaje que hace pensar en los guetos que tantas veces se han visto en las películas; y las blancas son, en líneas generales, lesbianas o devotas de algún tipo de religión.

Curiosamente, esta visión general (repito, se salvan algunos secundarios) contrasta mucho con los motivos que llevaron a las mujeres a la cárcel. Es cierto que algunas cometieron los crímenes de forma consciente, pero muchas de ellas simplemente cometieron un error o estaban en el momento y lugar equivocados. Algo parecido a lo que le ocurre a la protagonista. En otras palabras, a pesar de los humildes orígenes o el difícil pasado que puedan haber tenido, esas mujeres comparten la cruz de haber cometido un error por el que deben de pagar, pero eso no las convierte necesariamente en criminales. Unos pasados muy particulares que, como decimos, son la contrapartida de esa forma tan clasista de presentar a los diferentes grupos sociales.

Aunque si hay un secundario que destaca por encima de todos (incluso de la protagonista) es el encarnado magistralmente por Pablo Schreiber (El mensajero del miedo), un tirano vestido de guardia consciente de su poder y de la facilidad para manipular a unas mujeres que lo único que comparten es el temor a la autoridad. Aunque la definición del personaje sobre el papel puede dejar la sensación de haberse visto antes, el trabajo de Schreiber es sencillamente perfecto, componiendo un rol que genera repugnancia y respeto con su simple presencia física, y que llega a convertirse en el villano por excelencia de la serie más allá de dramas amorosos o problemas legales. El hecho de que sea un traficante en su propia cárcel, de que apenas muestre empatía o de que por momentos sea un auténtico misógino no hace sino engrandecer su figura por encima de todos los demás aspectos del drama. La mejor noticia es que la derrota que sufre hacia el final de la temporada ha abierto la puerta a nuevos aspectos de su personalidad que pueden (y deben) llevar al personaje hacia nuevos niveles.

Así, Orange is the new black es una de esas producciones que van de menos a más, de un piloto curioso pero no espléndido a un final impactante, alejado por completo del origen de la serie y que asienta las bases para un futuro con novedades. La serie es entretenida, con verdaderos momentos irónicos y otros muy trágicos. A pesar de sus definiciones algo esquemáticas de las clases sociales y de algunos personajes, el carácter realista del conjunto (muchas actrices son desconocidas), al que introduce una presentación compuesta por los rasgos faciales de verdaderas presas, aporta un tono único que la convierte en algo fresco y diferente. Podría haber sido mejor, sin duda, pero si sigue creciendo como lo ha hecho en esta primera temporada llegará a serlo.

‘Kick-Ass 2. Con un par’: manual para patear un legado original


Hit-Girl y Kick-Ass se enfrentan al Hijop**a en 'Kick-Ass 2. Con un par', de Jeff Wadlow.La base teórica para hacer una segunda parte de un éxito debería ser, por un lado, continuar con la historia narrada y, por otro, aportar más al original en todos los aspectos. Evidentemente esto nunca, o casi nunca, es así, siendo el principal motivo la promesa de más y más ingresos. La segunda parte de esa pequeña joya que fue Kick-Ass en 2010 es la representación más clara de ese viejo dicho, “segundas partes nunca fueron buenas”. El problema es que en este caso el material en el que se basaba (me refiero a la continuación del cómic) sí cumplía los requisitos, es decir, más acción, más violencia, más humor y, lo más importante, más historia.

A pesar de la presencia de Matthew Vaughn, director de la primera, como productor, su mano se deja ver más bien poco en el producto final. El guión se aleja peligrosamente del descaro y la provocación que sí tuvo el original, y de la novela gráfica que sirve de base. Da la sensación de que sus responsables han pretendido llegar a un mayor número de espectadores a pesar de sacrificar el espíritu del film. Esta historia de gente corriente que se disfraza para luchar contra los criminales tenía en el fondo una ácida crítica a todo ese idealismo superheróico sin sentido en el mundo real. El mensaje no era otro que la falta de hueco de justicieros en la sociedad actual. Sin embargo, el director Jeff Wadlow (Cry Wolf) convierte esta historia en una mediocre cinta de diversión, acción y chistes fáciles en la que los justicieros no responden ante nadie.

La prueba más clara de este cambio de sentido sin sentido es el final, una concesión burda e inecesaria a los finales felices que ni encaja con el tono de la historia ni mantiene el estilo del cómic escrito por Mark Millar. En esta línea se enmarca también el estilo visual de Wadlow, diametralmente opuesto a la original visión de Vaughn y, por desgracia, mucho más típica y tópica. Y eso que el guión, a pesar de sus desniveles narrativos (es curioso, pero la cinta llega a ser tediosa en la primera parte de su segundo acto), tiene el potencial suficiente para haber deleitado en sus secuencias de acción. Empero, el director opta por una planificación simple y llana, sin grandes recursos visuales ni excesos narrativos. Un elemento más que convierte a esta secuela en un producto pobre de consumo rápido y fácil.

Posiblemente aquellos que hayan visto y disfrutado la primera parte sientan algo parecido a la frustración tras asistir a Kick-Ass 2. Con un par. No es para menos. La película se mueve en todo momento por una zona de incertidumbre, a medio camino entre la debilidad formal y dramática que expone (algunas de las motivaciones no impactan como deberían) y la sensación de que en cualquier momento podría estallar en ese espectáculo visual que estaba llamada a ser, algo que nunca llega a ocurrir. La película, lejos de continuar con la historia de estos superhéroes sin poderes y mucha voluntad, se muestra como un producto de consumo perpetrado únicamente para ganar más dinero. No es ese el tono de su original en papel, y no debería haber sido esta propuesta en imágenes. Al menos no de forma tan descarada.

Nota: 4,5/10

‘Resacón en Las Vegas’, comedia adolescente para adultos


Zach Galifianakis, Bradley Cooper y Ed Helms en 'Resacón en Las Vegas'.Hay directores que se identifican fácilmente con un tipo de cine. Martin Scorsese (Casino), por ejemplo, tiende a relacionarse con historias sobre la mafia o el crimen organizado. James Cameron ha realizado, en su mayoría, producciones de ciencia ficción, como demuestran Terminator (1984) o Avatar (2009). El caso de Todd Phillips es mucho más concreto. Su especialidad es la comedia desmadrada y exageradamente alocada, normalmente enmarcada en alguna celebración y con unos finales cuanto más salvajes mejor. Eso es, al menos, lo que se puede deducir viendo en su filmografía títulos como Aquellas juergas universitarias (2003) o Road Trip (2000). Aunque si una se lleva la palma es Resacón en Las Vegas (2009), cinta que rompió todos los moldes de la hasta entonces comedia adolescente y que ha dado lugar a una exitosa trilogía, cuya última entrega se estrena el viernes 31 de mayo.

Y digo que rompió todos los moldes por dos motivos fundamentales. El primero es que supo trasladar los pilares de la comedia adolescente a un entorno mucho más adulto, al menos en teoría. El segundo, que pertenece al desarrollo del film, es su capacidad para sorprender al utilizar la ausencia de recuerdos en todo momento. La propia premisa de la trama da lugar a ese recurso, pues la historia comienza cuando un joven y sus tres amigos deciden ir a celebrar la despedida de soltero del primero a Las Vegas el día antes de la boda. La mañana siguiente a la despedida el novio ha desaparecido, uno de los amigos ha perdido un diente y hay un tigre y un bebé en la habitación del hotel, totalmente destrozada. Los tres amigos iniciarán entonces la búsqueda del prometido, para lo que tendrán que reconstruir una noche de la que no recuerdan absolutamente nada.

No es la primera vez que se utiliza una técnica semejante, es cierto, pero el acierto de Phillips radica en el hecho de presentar a tres personajes relativamente normales y convertirlos en auténticos salvajes una vez el alcohol entra en su organismo. A diferencia de otros films en los que el espectador descubre la trama casi al tiempo que los personajes, en Resacón en Las Vegas los personajes descubren su olvidada noche, pero el espectador solo puede entregarse a un auténtico ‘tour de force’ en el que cada descubrimiento lleva aún más al extremo una trama, por lo demás, tan simple y lineal como cualquier otra que esté narrada cronológicamente. En este sentido, el film guarda cierto parecido con Memento (2000): ambas pierden el atractivo si se analizan de forma cronológica.

Al final poco importa la resolución de la trama, más que previsible. Lo que cuenta es el viaje de regresión que deben hacer tres personajes que, por cierto, se han convertido en todo un icono de la cultura popular moderna, sobre todo el interpretado por Zach Galifianakis (En camapña todo vale), quien saltó a la fama a raíz de este niño en el cuerpo de un hombre que es capaz de cualquier cosa por unos amigos que conoce desde hace horas, y que es el verdadero caos en la ecuación de la película. Y aunque es su personaje el que mejor se adapta a lo absurdo de la situación, no hay que olvidar a los otros dos protagonistas. Bradley Cooper (El equipo A) encarna a la perfección al hombre que teme perder a un amigo de la infancia, mientras que Ed Helms (Sigo como Dios) se encaja como un guante al comedido compañero que pierde los papeles casi más que ningún otro cuando se emborracha.

Tópicos adultos

Todo lo anterior lleva a una inexorable conclusión: Resacón en Las Vegas es un film previsible y plagado de tópicos. Sí, es cierto, pero eso no es necesariamente malo. Prueba de ello es que, por ejemplo, ganó el Globo de Oro a la Mejor Comedia. Posiblemente uno de los motivos principales sea el hecho de que todos estos elementos mil y una veces abordados se enmarcan en un contexto adulto, con problemas verdaderos y con situaciones que pueden provocar conflictos mucho mayores que un mero desencanto adolescente. El hecho de que todo transcurra durante una despedida de soltero, en la ciudad del pecado, y con un entorno en el que la responsabilidad por los actos pasados está siempre presente, generan la sensación de estar ante algo más que una desmadrada comedia. Al fin y al cabo, y como mucha gente habrá confesado al empezar los títulos de crédito finales, todos nos sentimos reflejados en estos tres personajes tan dispares.

Desde luego, la película de Todd Phillips es alocada, salvaje y en muchos momentos excesiva. Empero, nunca llega a superar ciertos límites… hasta las revelaciones finales. La película utiliza con mucha inteligencia las distintas formas de presentar los acontecimientos de esa noche desaparecida del recuerdo hasta el punto de que no se alcanza a contar todos los momentos, sólo aquellos estrictamente necesarios para resolver el misterio del novio desaparecido. Cámaras de vídeo, testimonios de personajes con los que se encuentran, el bebé, el tigre, etc. Cada uno de ellos es una llave que abre una puerta de la memoria, pero que deja en la oscuridad al resto… hasta las revelaciones finales.

Sin duda, lo más recordado de este film es y será la sucesión de fotos encontradas en una cámara que desvelan lo ocurrido durante aquella fatídica noche. Todo lo que se había estado ocultando hasta ese momento y muchas de las incógnitas que quedan en el aire cuando se cierra el último plano de la trama se revelan en forma de instantáneas que provocan tantas o más carcajadas que el propio desarrollo argumental. Un recurso más que se acerca a una realidad que todo el mundo ha vivido alguna vez, tanto si se ha perdido la memoria como si no. Fue un acierto, sin duda, y se convirtió en un sello personal de la película y de la saga.

Tal vez no vaya a pasar a la historia como una comedia determinante en el desarrollo del género, pero Resacón en Las Vegas aporta algo de luz a un género cada vez más saturado de adolescentes, sexo y humor sin sentido. La película de Phillips sube un peldaño la edad de sus personajes y la del público al que va dirigida para convertirse en una propuesta “más seria”, más coherente en todos y cada uno de sus detalles. Como decíamos más arriba, poco importa cómo termine. Es más, se sabe casi desde el principio. Lo importante es la forma de resolver los enigmas para saber qué ocurrió durante la noche. Y la película es, en ese sentido, un claro modelo de lo que hay que hacer.

‘Tipos legales’: el inexorable paso del tiempo no afecta a los clichés


Alan Arkin, Al Pacino y Christopher Walken son el trío protagonistas de 'Tipos legales'.El tiempo no pasa en balde para nadie. No lo hace para el ciudadano de a pié, pero tampoco para las estrellas de Hollywood… ni para sus personajes. Una conclusión tan simple como demoledora es lo que se obtiene de la nueva película de Al Pacino (Heat), Christopher Walken (Atrápame si puedes) y Alan Arkin (Pequeña Miss Sunshine), una comedia tan sencilla y previsible como distraída en la que los veteranos actores demuestran, una vez más, que son capaces de salvar casi cualquier cosa. Y es que sin ellos esta producción se convertiría en un compendio de clichés y situaciones al más puro estilo de la comedia norteamericana moderna.

Y es que esta historia sobre la última noche de un antiguo criminal justo el día que sale de prisión es una sucesión de lugares, conversaciones y gags vistos en más de una ocasión, con la originalidad, o mejor dicho la curiosidad, de que ahora son personajes con los problemas típicos de la vejez. Tal situación origina algunos de los momentos más divertidos, como ver a Pacino en la camilla de un hospital delirando por la mezcla de pastillas que se ha tomado para poder aguantar la noche. Sin embargo, poco más. La trama, que bien podría haber contenido algún que otro giro dramático de cierto empaque, se desarrolla de forma lineal sin sorprender al espectador más que con algún que otro punto divertido.

El principal escollo al que se enfrenta el film de Fisher Stevens (Beso en Manhattan), que por otro lado realiza una labor más que correcta en la planificación y la creación de ambientes, es que desvela los pocos interrogantes casi desde el principio. De poco sirve tratar de presentar al personaje de Pacino como un hombre astuto que conoce de antemano su final si ya se muestra quién va a ser el encargado de llevarlo a cabo. Por no hablar del hecho de que su final se ve venir casi desde el primer plano de la película. Todo ello termina por restar interés a una historia que, repetimos, tiene sus tres patas fundamentales en los tres integrantes principales de su reparto.

Al final, Tipos legales se antoja distraída, por momentos entretenida y por momentos algo tediosa. Una oportunidad única para ver a tres grandes actores realmente envejecidos, algo cansados y, en cualquier caso, muy afectados por el paso del tiempo. El film es un canto a las segundas oportunidades, a cumplir las últimas voluntades en vida y a defender aquello que más nos importa, aunque sea con decenas de años a nuestras espaldas. El problema es cómo lo hace. La mejor forma de comprobar la trascendencia o intrascendencia de la película es haciéndose la siguiente pregunta tras encenderse las luces. ¿Qué habría pasado si los personajes fuesen algo más jóvenes y estuvieran interpretados por actores de segunda categoría de Hollywood? Probablemente, que estaríamos ante un producto con poco contenido.

Nota: 5,5/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: