‘Origen’, o la influencia del subconsciente en el tiempo y el espacio


'Origen' es uno de los films más complejos de Christopher Nolan.Ya he comentado alguna vez en este pequeño rincón de Internet que prácticamente todos los directores basan su filmografía en la obsesión por un concepto. Steven Spielberg (Lincoln), por ejemplo, se asocia normalmente con la familia y todo lo que eso conlleva; Martin Scorsese (Casino) es sinónimo de mafia; Woody Allen (Midnight in Paris) es la viva imagen del nerviosismo y la psicología. Evidentemente, filmografías tan ricas no pueden definirse por completo en base a estas ideas, pero sí que permite hacernos una idea de cuál es el sentido general de sus películas, al menos de la gran mayoría o, en todo caso, de las más aclamadas. Hace ahora algo más de dos años, cuando estaba a punto de estrenarse El caballero oscuro: La leyenda renace, titulaba una entrada de la siguiente manera: “Christopher Nolan, o la revolución del suspense y del thriller“, en la que mencionaba como una de sus obras más completas Origen (2010). Pero tras este título se esconde algo más.

De hecho, si atendemos a lo dicho en esa pequeña introducción, a Christopher Nolan se le puede asociar con una obsesión por el uso del tiempo, por su relatividad y los efectos que esto causa en la narrativa cinematográfica. Su más reciente película, Interstellar, sigue esta senda, aunque es el film protagonizado por Leonardo DiCaprio (El lobo de Wall Street) el que puede considerarse como la máxima expresión de este concepto. La historia, desde luego, no deja lugar a dudas: un ladrón de guante blanco especializado en robar ideas del subconsciente a través de los sueños es contratado para introducir una idea en la mente de un empresario y generar así una reacción en cadena. Sin embargo, para lograrlo deberá introducirse en profundos niveles del subconsciente a los que nunca había llegado, creando un sueño dentro de otro sueño y poniendo en peligro su propia conciencia al existir una alta probabilidad de que no llegue a despertar nunca.

Es precisamente esta idea de un sueño dentro de otro lo que permite al director y guionista (esta vez sin su hermano, Jonathan Nolan, autor de la serie Person of interest) manejar el tempo narrativo a su antojo. No se trata de una ruptura como la que lleva a cabo Tarantino en sus films, sobre todo en Pulp fiction (1994), sino de jugar con las diferentes realidades que ofrece una visión del tiempo diferente. El hecho de que los diferentes espacios posean un paso del tiempo distinto pero influyan notablemente unos en otros genera un contraste visual cuyas posibilidades son casi infinitas, pues lo que el director maneja no son dos dimensiones (espacio y tiempo), sino tantas como desee (varios espacios y un tiempo visto desde diferentes perspectivas). El ejemplo más evidente en Origen es su clímax, en el que se combinan hasta tres niveles de conciencia en un único espacio de tiempo que transcurre de forma distinta en cada nivel, produciendo situaciones tan interesantes como complejas.

Todo ello, aplicado al thriller y al suspense, es lo que genera una revolución conceptual de un género en cuyas bases ya se encuentra, por su propia definición, un cierto manejo del espacio y del tiempo para crear elipsis e intriga. Se puede decir, por tanto, que esta vuelta de tuerca del director de Memento (2000) es un salto cualitativo del género, o al menos una visión algo más compleja de los pilares narrativos del mismo. Y eso es algo que puede verse en todos sus films, siendo la trilogía de Batman la más académica en este sentido. El sentido del drama, además, adquiere especial relevancia a medida que se desarrolla la trama, pues la complejidad que poco a poco se adueña del relato ofrece una concepción más completa del sentido general del film que nos ocupa. No obstante, es conveniente aclarar que la propia estructura de la película ya posee una cierta idea atípica del tiempo narrativo.

Recuerdos, sueños y realidad

En el caso de Origen esta idea atípica reside tanto en la temática que centra su desarrollo dramático como en la forma narrativa escogida. Como si de un aviso se tratara, Nolan comienza por una secuencia que no se corresponde con el inicio de la historia del protagonista, sino con un momento intermedio del film. Esta idea de “comenzar por el final”, o por el medio, predispone al espectador a una historia ya de por sí compleja, haciéndole partícipe además de toda la teoría psicológica y moral que se esconde tras estos viajes por el subconsciente y el mundo de los sueños. Pero en relación a esa complejidad que ya he comentado hay que destacar, entre otras cosas, todo lo que rodea al manejo del espacio y del tiempo que caracterizan al film, y que no es otra cosa que el auténtico tiempo del ser humano, es decir, pasado, presente y futuro.

El director juega en el film con los recuerdos y la realidad hasta el punto de convertirlos en una suerte de sueños para el espectador. Sus saltos temporales hacia el pasado y hacia los recuerdos generan en el desarrollo de la trama un doble efecto. Por un lado, rompen la narrativa desde un punto de vista conceptual y puramente académico; por otro, establecen una serie de puentes entre diferentes puntos relevantes de la narrativa que no solo explican los acontecimientos, sino que dotan al conjunto de una entereza y suavidad formal que, por ejemplo, no tiene el film de Tarantino antes mencionado. Este manejo de la narrativa y de los tempos es lo que convierte a Christopher Nolan en un maestro, y a este film en uno de los más interesantes y atractivos de su filmografía que, por cierto, no supera la decena de títulos.

Aunque puede que la otra consecuencia sea aún más notable. El constante paso de la realidad al subconsciente, del presente al pasado, de lo real a lo irreal, termina por saturar la historia y crear en el espectador un caos controlado de ideas e impresiones. O lo que es lo mismo, es un film tan rico en ideas que obliga al espectador a pensar mientras atiende al film, creando sus propias conclusiones y sus propias interpretaciones de lo que ocurre en pantalla. Esto hay que sumarlo a un final abierto que puede no gustar al no tener una explicación directa, pero que supone el broche perfecto a una película que en todo momento juega con los riesgos de caer en un laberinto de sueños, subconscientes y muertes en vida. La necesidad de los personajes de aferrarse a una especie de tótem se convierte, en definitiva, en la necesidad del público de aferrarse a un final sólido, real y tangible. Una identificación que apela, como no podía ser de otro modo, a nuestro subconsciente.

El uso que hace Christopher Nolan del tiempo no se centra, por tanto, en la narrativa. Al menos no en primera instancia. Origen, como máximo representante de esta idea, enfoca su trama hacia un manejo del tiempo como concepto que afecta a los personajes, y por extensión a la trama. A diferencia de otros directores y películas, esta historia de ladrones, subconscientes y mundos oníricos busca en todo momento definir la influencia del tiempo y del espacio en los protagonistas y en la situación que viven, creando de este modo una serie de mundos paralelos que influyen unos en otros. No se trata, en definitiva, de un manejo del tiempo, sino de exponer la influencia del tempo en la historia. Si a esto añadimos una estructura narrativa sólida y unos personajes elaborados, nos encontramos con un film complejo e interesante en todos sus aspectos, niveles y subniveles.

Anuncios

La realidad histórica supera la ficción de ‘Hatfields & McCoys’


Es harto conocida la típica frase de “la realidad supera la ficción” para referirse a un hecho real que, de increíble, supera la imaginación de guionistas y literatos. Pero, ¿qué ocurre cuando un hecho histórico que ha marcado a todo un país es llevado a la pantalla? ¿Y qué ocurre si, aunque parezca dramatizado, en realidad no es más que el reflejo de lo que realmente pasó, por muy triste o patético que sea? Se pueden hacer muchas teorías, pero tal vez lo mejor sea acercarse sin miedo a una producción televisiva como la arropada por el canal Historia acerca del conflicto entre dos familias norteamericanas tras la Guerra de Secesión. Conflicto que ha sobrevivido a los años hasta el punto de que, como se dice en la conclusión de esta mini serie de tres episodios, “un nombre no puede pronunciarse sin mencionar el otro”. ¿Los nombres? Hatfields y McCoys.

Desde luego, para los espectadores europeos los nombres de estas dos familias enfrentadas en la frontera entre Virginia y Kentucky dicen nada o muy poco. En Estados Unidos el caso es muy distinto. Y lo cierto es que tras observar la gestación del odio atemporal entre estos dos clanes no resulta extraño que su animadversión haya quedado en el imaginario popular a pesar de que, evidentemente, los descendientes de los dos miembros que iniciaron la disputa lo hayan olvidado por completo, e incluso hayan firmado un acuerdo de paz simbólico. Sí, en efecto, acuerdo de paz, porque hubo una guerra declarada o, al menos, una batalla reconocida a nivel histórico.

Pero centrémonos en la producción televisiva propiamente dicha. La trama, que transcurre a lo largo de más de 20 años (con un epílogo a comienzos del siglo XX), sigue muy de cerca el deterioro de la amistad entre los patriarcas de ambos clanes surgido a raíz, principalmente, de la Guerra Civil y los odios que siempre generan este tipo de conflictos entre hermanos y vecinos. Sin prisa pero sin pausa, los largos capítulos (todos superan los 90 minutos de duración) reflejan con acierto el odio creciente entre los miembros de las familias, echándose mutuamente la culpa de iniciar un ataque injustificado. El motivo, en cierto modo, importa poco, pues los implicados y los ataques al final del conflicto son tantos y tan variados que los seguidores y detractores de una y otra familia podrían iniciar una discusión sin fin (algo similar a lo que ocurre en la pantalla, lo que no deja de ser curioso).

Es este su mayor acierto. El impecable guión se mantiene, en la medida de lo posible, fiel al devenir de los acontecimientos. Por supuesto, dramatiza algunos momentos, pero solo para mantener algo de intensidad respecto a otros hechos reales que sí estuvieron cargados de intriga, drama y tensión. Los autores, Bill Kerby (La rosa), Ted Mann (serie Deadwood) y Ronald Parker (la tv movie Juana de Arco), optan por un ritmo pausado en el que mostrar todas las aristas del conflicto y a todos los implicados, ciñéndose a los hechos históricos. Esto aporta dos elementos fundamentales para el buen resultado del conjunto: por un lado, la sensación del espectador de estar ante una reproducción de los acontecimientos y, por otro, la falta de espectacularidad y heroísmo en las acciones. Buena prueba de ello es, por ejemplo, la crudeza del fusilamiento de tres miembros del clan McCoy o el absurdo desarrollo de la batalla a campo abierto entre las familias. Por no hablar de la muerte de Randall McCoy, interpretado con solvencia por Bill Paxton (Apolo 13).

El realismo de los actores

Aunque la labor de Paxton, siendo magnífica en su reproducción de un hombre temeroso de Dios y excesivamente confiado, no alcanza el nivel de su oponente, un “Demonio” Anse Hatfield interpretado por Kevin Costner (Los intocables de Eliot Ness). Mucho más complejo en sus decisiones, a medio camino siempre entre la justicia del ojo por ojo y la búsqueda de una tregua imposible, es este personaje el que lleva buena parte del peso de la narración, algo a lo que Costner está acostumbrado y en lo que deslumbra, demostrando que con los años está ganando como actor, y mucho. Pero son solo los dos rostros más visibles de un reparto muy coral en el que todos los intérpretes, sin excepción, merecerían una mención especial, sobre todo Tom Berenger (Origen), Mare Winningham (Socios y sabuesos) y Sarah Parish (El día de la boda).

Claro que todo esto serviría de poco, o al menos quedaría ensuciado, si no existiese un trabajo técnico detrás difícil y detallado. Con el director Kevin Reynolds a la cabeza (quien ya dirigió a Costner en Waterworld), el equipo técnico se embarca en la difícil misión de ambientar fielmente esta historia de venganzas y odios, y el resultado no podría ser más satisfactorio. Más allá del vestuario o del diseño de los hogares y las ciudades, lo que destaca es el crisol de clases sociales y de estamentos que se dan cita alrededor de las rencillas entre los Hatfield y los McCoy, desde abogados y jueces hasta periodistas, pasando por cazarrecompensas y prostitutas.

Con todo, y como decíamos más arriba, la base de todo este realismo (sin duda la clave del éxito de la serie) está en el libreto. En ningún momento los guionistas se posicionan a favor o en contra de uno de los clanes. Se limitan, así, a narrar los hechos que se conocen de la época, que se han transmitido por la cultura popular o que han quedado registrados en publicaciones conservadas de la época. No hay buenos o malos. El drama, entonces, se sitúa en elementos muy similares al de otro drama entre familias como es el de Romeo y Julieta de Shakespeare: la crudeza de una violencia por ofensas mal entendidas y asesinatos mal juzgados que pierde con los años su sentido, aunque incrementa su virulencia.

Para todos aquellos que disfruten de la historia y de esta época de Estados Unidos, Hatfields & McCoys resulta un documento audiovisual más que interesante, repleto de detalles y de revelaciones sobre la naturaleza de un país que en aquella época todavía estaba formándose a muchos niveles (sobre todo en el legislativo). Tal vez a muchos les resulte excesivamente pausada, pero la verdad es que la trama engancha tanto que se pierde la noción del tiempo. Sea como fuere, es una de esas mini series que perfectamente pueden guardarse por mil y un motivos en cualquier videoteca.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: