‘Titanic’, la grandiosidad de una pequeña historia de amor


Kate Winslet y Leonardo DiCaprio tratan de escapar del 'Titanic'.Ésta es la semana de los Oscars. Y este puede ser el año de Leonardo DiCaprio, quien gracias a El lobo de Wall Street puede quitarse una espina que lleva largo tiempo clavada en su carrera profesional. Carrera que, por cierto, tuvo su principal punto de inflexión en Titanic, la cinta dirigida en 1997 por James Cameron (Terminator) y que fue prácticamente el último papel de chico guapo adolescente que interpretó. Pero su historia con esta cinta va mucho más allá. No es casualidad que en Toma Dos abordemos hoy este film en la entrada 700 del blog. Ganador de 11 estatuillas y nominado a prácticamente todo lo que podía estar nominado, el gran ausente aquella noche fue el propio DiCaprio, que no logró estar entre los cinco candidatos a Mejor Actor. Y a pesar de lo que eso puede significar a nivel global para un film de esta envergadura, hay que reconocer que no fue una decisión desafortunada.

Desde un punto de vista puramente narrativo la cinta es prácticamente perfecta. Apenas existen lagunas en su ritmo, ni siquiera en la tradicional depresión que suele producirse al comienzo del segundo acto. Y esto es gracias a una idea que escuché no hace mucho y que creo resume perfectamente el film: el acierto de Cameron estriba en que, a pesar de conocer el final, su historia se aleja notablemente del entorno en el que se desarrolla. Es decir, que lo que narra no es el hundimiento del famoso barco, sino una historia de amor que bien podría haber tenido lugar en tierra firme. Una historia de amor algo típica pero que, por las circunstancias, adquiere tintes de grandeza. Puede que a muchos les resulte empalagoso el carácter romántico de buena parte de su metraje (al menos hasta el espectacular clímax), pero tal vez la mejor evidencia de su grandeza está en que se ha convertido en un clásico del género por derecho propio en menos de 15 años.

Pero como decía, la historia de amor es bastante tópica. Incluso dentro de dichos tópicos el espectador puede encontrar ciertos rasgos distintivos, como es el personaje de Kate Winslet (Un dios salvaje). De hecho, es gracias a la firmeza en su definición que la historia logra aguantarse casi por sí sola, pues los conflictos morales y sociales en los que se ve inmersa (y de los que no puede escapar por las evidentes restricciones físicas) dibujan un espacio único para el drama y la intriga. Con esto no quiero decir que la labor de DiCaprio no sea loable… para el personaje que afronta. Porque mientras ella posee numerosos niveles de interpretación y no pocos contrastes, el personaje de Jack es mucho más lineal, menos conflictivo. Su estatus social, sus sueños de una vida mejor, su facilidad para encajar en cualquier cita social, … todo ello le define como un rol sin aristas, el “bueno” de la película cuyos mayores retos se encuentran en los demás, no en él mismo.

Sea como fuere, es gracias a esta historia de amor relativamente sencilla y típica que Titanic adquiere la grandeza que adquiere. El hecho de que durante años fuese la película más cara de la Historia o la grandiosidad de algunos de sus planos (sobre lo que hablamos a continuación) no son más que adornos para algo mucho más simple. Un buen ejemplo de que las historias, a pesar de lo que las rodea, deben ser directas y clásicas, sin excesivas complicaciones y con un objetivo claro. Eso es algo que Cameron siempre ha tenido claro, y tal vez sea por eso que sus films siempre han tenido el éxito que han tenido. Y tal vez sea por eso que siempre se les ha tachado de simplones desde un punto de vista dramático. Para gustos los colores.

Un icono de la espectacularidad

El hundimiento del 'Titanic' marcó un antes y un después en el cine.Todos estos elementos son, en definitiva, lo que sustenta al film. Curiosamente, es también lo que menos suele apreciarse, al menos a primera vista, en el mismo. A nadie se le escapa que si algo destaca en la historia, por encima de todo, es el despliegue visual que realiza Cameron. Su visión del hundimiento, el exhaustivo estudio de cómo debió ser en base a la posición de los restos en el fondo del mar y la grandiosidad y majestuosidad con la que reprodujo todos y cada uno de los detalles sorprendió a propios y extraños. Aquellos que seguimos con cierto interés su carrera sabemos que ha tenido siempre tendencia a la libertad que ofrecen los planos abiertos y las sensaciones encontradas que generan cuando se combinan con secuencias en espacios cerrados.

Pero lo que logró con Titanic fue algo fuera de lo común. La planificación utilizada, con grandes movimientos de cámara que se mueven por el barco como si de un baile de salón se tratara, determina no solo el carácter romántico y delicado de la historia principal, sino que dota a ese epicentro dramático de un carácter casi histórico, como si su historia estuviera fuertemente unida al destino del barco. Gracias a ello, el espectador se deja imbuir por un desarrollo que le lleva a empalizar completamente con los protagonistas, hasta el punto de desconocer por completo el desenlace de la tragedia que ya fue de por sí el choque con el iceberg. En buena medida, todo esto es gracias a un sentido grandilocuente de la narrativa audiovisual, a una necesidad innata de utilizar no solo grandes decorados, sino a aprovechar al máximo las posibilidades que ofrecen.

En la retina quedan, por ejemplo, la presentación inicial del barco o la de los personajes (ella desvelándose bajo un sombrero, él simplemente con su mirada), los primeros momentos en los que la cámara nos adentra por los salones y las estancias y, cómo no, el famoso hundimiento, espectáculo por el que muchos pagamos inicialmente la entrada en su momento y que, al final, se convierte casi en una anécdota ante la cantidad de acontecimientos que se suceden en el film. Puede parecer evidente que la historia sobre este trágico accidente debe contener algo más que el mero choque con el hielo. Pero lo que distingue a Cameron sobre los demás es que fue lo suficientemente inteligente para contar una historia que nada tiene que ver con el barco, y que sin embargo ha logrado identificar al mismo con el romance.

No cabe duda de que eso es gracias a las constricciones naturales que presenta un escenario como el de Titanic, donde nadie puede huir y donde todos terminan encontrándose. Un espacio que obliga a todos los personajes, desde los principales a los secundarios, a enfrentarse a sus propios miedos y a su verdadero yo. Por supuesto, el hundimiento saca a flor de piel la verdadera naturaleza del ser humano. Pero más allá de eso, la película de James Cameron logra que el peligro que todo el mundo sabe que llegará quede en un segundo plano, como si de una nube negra y amenazadora se tratara. El interés, por tanto, se centra en cómo los personajes son capaces de afrontar sus problemas, sus anhelos y sus miedos. Esto es lo que convierte al film en el clásico que es. Y ese es el motivo por el que DiCaprio no estuvo entre los nominados.

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Policías, visiones apocalípticas y reestrenos en 3D llegan a la cartelera en Semana Santa


Tras una semana marcada por la fantasía y el terror, la Semana Santa deja en España un fin de semana cargado de estrenos más tradicionales, con cintas de intriga y acción, comedias y reposiciones tridimensionales que tratarán de hacer la mayor caja posible en estos días festivos, motivo por el cual se adelantan los estrenos al miércoles 4 de abril.

La fría luz del día es la nueva propuesta de Bruce Willis en su intento por retomar los papeles de tipo duro que le hicieron famoso, como la saga Jungla de Cristal. Con todo, en este caso la acción tiene un marco familiar, y el actor da la alternativa a Henry Cavill (Inmortals), quien parece centrar sus esfuerzos en darse a conocer como actor de acción antes de meterse en las apretadas mallas de Superman en Man of Steel. Cavill es el verdadero protagonista de esta historia en la que un joven debe salvar a su familia de un secuestro, descubrir una conspiración y comprender la conexión entre su padre (Willis) y todo lo ocurrido. Acción sin tregua en esta cinta dirigida por Mabrouk El Mechri (JCVD) y en la que también aparecen Sigourney Weaver (Luces rojas) y los españoles Óscar Jaenada (Los perdedores) y Verónica Echegui (Katmandú, un espejo en el cielo).

La otra cinta importante de acción y drama es la española Grupo 7, dirigida por Alberto Rodríguez (7 vírgenes) y protagonizada por Antonio de la Torre (El prado de las estrellas), Mario Casas (Tres metros sobre el cielo) e Inma Cuesta (La voz dormida). La historia es un viaje continuo entre las debilidades y fortalezas de los miembros de un grupo de la policía para los que lo correcto y lo incorrecto pierde sentido en pos de su propia moralidad. Un poco en la línea de No habrá paz para los malvados.

El toque absolutamente dramático y algo sobrenatural lo pone Take Shelter, segunda obra de Jeff Nichols (Shotgun Stories) en la que un padre y marido, acosado por terribles pesadillas apocalípticas, trata de proteger a su familia de una tormenta que se avecina al considerar que dichos sueños sólo pueden significar una premonición… o algo que ha estado evitando toda su vida. Ponen rostro a los personajes el siempre enigmático e impecable Michael Shannon (Revolutionary Road) y la cada vez más solicitada Jessica Chastain (Criadas y señoras). El cuarto estreno relevante es la vuelta a la pantalla grande de Titanic, la mastodóntica producción dirigida por James Cameron (Avatar) y protagonizada por Leonardo DiCaprio (J. Edgar) y Kate Winslet (Contagio). Eso sí, y como no podía ser de otro modo, esta vez llega en 3D.

Las propuestas europeas para Semana Santa llegan del otro lado de los Pirineos. Gracias al éxito que ha tenido The Artist, las distribuidoras tratan de aprovechar el filón estrenando en nuestras pantallas Los infieles, dirigida por varios artistas (entre ellos el director y el protagonista de la película muda) y protagonizada por el propio Jean Dujardin, Gilles Lellouche (Cuenta atrás), Guillaume Canet (La guerra de los botones). Como su propio título indica, la historia aborda las infidelidades desde diversos puntos de vista en una serie de relatos cortos, ofreciendo toda una panorámica de técnicas, problemas y situaciones como consecuencia de ello.

El último estreno de este 4 de abril es Mi hijo y yo, film francés del 2010 que narra la historia de un padre, estrella del rugby y descendiente de estrellas de ese deporte, que trata de inculcar a su hijo la pasión que él siente, a pesar de que el niño parece más interesado en las matemáticas. Comedia con tintes dramáticos en la que destacan Gérard Lanvin (Secretos cantados), Olivier Marchal (Diamond 13) y Vincent Moscato (Astérix en los Juegos Olímpicos). Dirige y escribe la propuesta Phillipe Guillard en la que es su ópera prima.

James Cameron se vuelve a adentrar en las profundidades de la Tierra


Son muy pocos los directores de cine que actualmente pueden considerarse visionarios o revolucionarios en el campo tecnológico. James Cameron (Terminator), mal que les pese a algunos, es uno de los elegidos. Este canadiense nacido en 1954 ha sido hoy noticia por llegar al punto más profundo de la Tierra y tomar unas imágenes de lo que allí ha visto. Según publicaba esta mañana en su cuenta de Twitter, @JimCameron, “Just arrived at the ocean’s deepest pt. Hitting bottom never felt so good. Can’t wait to share what I’m seeing w/ you” (Acabo de llegar al punto más profundo del océano. Tocar fondo nunca sentó tan bien. No puedo esperar a compartir lo que estoy viendo con vosotros). Y aunque este puede que sea su logro más importante o llamativo, no es la primera vez que el cineasta se adentra en las profundidades marinas. Y puede que no vaya a ser la última.

La relación de Cameron con el mar ha sido constante en mayor o menor medida durante toda su carrera. Ya su primer título lo dejaba entrever: Piraña 2: los vampiros del mar (1981), si bien su repercusión y calidad artística y técnica fue tan deplorable que ni siquiera él suele hablar de este film, asegurando en numerosas ocasiones que abandonó la producción antes del montaje final, es decir, que lo que se ve en pantalla no es responsabilidad suya (o, al menos, no del todo). Alabado por muchos y odiado por otros tantos, lo cierto es que el carácter investigador y curioso del director de Mentiras arriesgadas le ha llevado a avanzar en las técnicas cinematográficas y tecnológicas en general.

Sin ir más lejos, su entrega de la saga Alien se ha convertido en todo un clásico con entidad propia, que se aleja en cierto modo de lo establecido en la primera parte dirigida por Ridley Scott para aportar un carácter más tecnológico y espectacular al conjunto. Su obsesión por los avances tecnológicos y por los secretos de las profundidades marinas le ha llevado, por ejemplo, a rodar Abyss (1989), donde expediciones submarinas, submarinos nucleares y alienígenas acuáticos se dan cita gracias a unos efectos digitales que luego serían perfeccionados en Terminator 2: el juicio final (1991) y su villano, compuesto por un metal maleable que se movía de forma similar a las criaturas de su anterior película.

Expediciones, documentales y Oscars

La carrera de Cameron siempre se ha movido entre el cine más comercial, los documentales y el desarrollo de nuevos aparatos cinematográficos. En este sentido, se podría decir que tiene varios puntos en común con pioneros del cine como Georges Méliès (con el que comparte pasión por el género fantástico) o los hermanos Lumière. Salvando las distancias, que son muchas, sin duda el título que le abrió todas las puertas para sus proyectos fue Titanic (1997). Aunque esta película, convertida en clásico casi al instante, merecería un artículo propio, lo que sí es importante decir es que lo que el creador de la serie Dark Angel descubrió con las imágenes del barco real que tomó para su montaje, unido al éxito de premios y taquilla que obtuvo (11 Oscars y la más taquillera hasta Avatar, también suya) le permitió empezar a experimentar.

Y lo primero que hizo fue, precisamente, un cortometraje documental titulado Misterios del Titanic (2003). Al menos, lo primero relacionado con el medio marino que tanto parece obsesionarle (antes había dirigido otro documental, Expedition: Bismark (2002)). Pero no se queda ahí la cosa. Desde que dirigiera a Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en su primera aparición juntos, Cameron empezó a desarrollar diferentes sistemas de grabación que ofrecieran una calidad fuera de lo común, con unos aparatos capaces de registrar imágenes en condiciones extremas tanto de iluminación como de entorno.

Sus investigaciones dieron sus frutos, y en 2005 probó suerte con el documental Aliens of the deep, también centrado en el mundo marino. La intrusión en el panorama cinematográfico de las tres dimensiones le llevó a desarrollar su propio sistema, el cual ensayó con Avatar (2009), que no sólo batió todos los récords de taquilla, sino que fue un empujón al nuevo formato que el propio Cameron definía como una herramienta más para narrar. Una herramienta que, según todos los rumores, volverá a utilizar en Avatar 2 y 3, combinándola con su fascinación por el mar, medio en el que podría transcurrir la segunda parte de la saga.

No cabe duda de que la figura de Cameron ha sido controvertida casi desde sus inicios en el cine. Podrá ser considerado egocéntrico o engreído, pero lo cierto es que la mayoría de sus obras han pasado a engrosar las listas de las películas más famosas, rentables e influyentes del cine en cada uno de sus géneros. No todos pueden decir eso. Ahora, con el hito de alcanzar el lugar más profundo de la Tierra, marca un nuevo referente. La pregunta que cabe hacerse es si las imágenes que ha recogido serán incluidas de alguna forma en el mundo de Pandora o se dejarán para algún documental.

Diccineario

Cine y palabras

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