‘Tin Star’ explora la delgada línea entre policía y criminal en su 1ª T.


Al igual que ocurre con el cine, existen series menores que, aunque no posean la profundidad dramática o la factura narrativa de los grandes títulos, son capaces de ofrecer algo original, algo, por lo menos, alejado de la fórmula clásica del éxito. Es, por ejemplo, el caso de Tin Star, ficción escrita por Rowan Joffe (28 semanas después) que, aunque con un comienzo titubeante y un desarrollo algo inconexo, concluye su primera temporada de 10 episodios con un gancho que abre la puerta a unas posibilidades narrativas amplias y cargadas de matices dramáticos. Eso sí, siempre y cuando sea capaz de superar varios e importantes problemas que presenta.

La trama arranca con una familia huyendo de madrugada de su casa. Poco tiempo después, un enmascarado dispara con la intención de matar al padre, sheriff del pueblo y exalcohólico, pero termina matando al hijo pequeño. La historia da un salto temporal para narrar cómo esa familia llegó a esa localidad casi al mismo tiempo que una importante compañía industrial que promete trabajo a los habitantes de la localidad. Empiezan entonces a sucederse varios crímenes, entre ellos el del hijo del policía, que parecen apuntar a la empresa. A medida que avance la investigación para encontrar al culpable de la muerte de su hijo, el jefe de policía volverá a caer en viejos hábitos y tendrá que ajustar cuentas con su pasado.

Posiblemente lo que más destaque de Tin Star sea su reparto. Con un soberbio Tim Roth (Los odiosos ocho) a la cabeza, los intérpretes adoptan no solo sus respectivos roles, sino que los dotan de una complejidad dramática lo suficientemente sólida para no caer en el ridículo. Porque, y no es incompatible una cosa con la otra, buena parte de los problemas de la serie son las relaciones de algunos personajes y, sobre todo, su forma de afrontar las revelaciones y los giros argumentales de la trama. De ahí que la labor de los actores sea, en muchas ocasiones, fundamental. La culpabilidad del personaje de Roth, el modo en que se aleja de su familia para hacer lo que tiene que hacer y la violencia creciente que utiliza en su búsqueda de venganza es sin duda el motor de la trama, pero junto a ello se desarrollan varias historias secundarias que ayudan a crear un contexto dramático interesante, aunque como ya he dicho, sumamente irregular.

El caso más evidente puede que sea el de Christina Hendricks (serie Mad Men), cuyo rol parece el más desaprovechado, posiblemente porque la historia de la compañía con oscuras intenciones queda en un segundo plano ante la fuerza del protagonista y de su antagonista. En efecto, el juego entre los personajes de Roth y Oliver Coopersmith (serie Dickensian) es sin duda lo mejor de esta primera temporada, principalmente porque su enfrentamiento evoluciona desde una mera animadversión hasta un conflicto con raíces dramáticas tan antiguas como arraigadas. Esto permite a la ficción crecer en intensidad emocional, pero también introducir diferentes aspectos y elementos a su alrededor que permiten plantear, durante el desarrollo dramático, las bases para elaborar la verdadera idea de la serie: la delgada línea entre el bien y el mal, entre un policía y un criminal.

Daños colaterales

El principal problema, y la principal virtud, es que con esta apuesta por una trama principal tan potente el resto de elementos de Tin Star quedan eclipsados. Problema porque se intuyen historias secundarias y personajes cuanto menos interesantes para contar con un desarrollo mínimo. Virtud porque se centra en explorar esa especie de doble faceta del protagonista, que personifica ese reflejo entre policía y criminal, dos roles que en este caso solo están separados por esa estrella de hojalata a la que hace referencia el nombre de la serie. Y relacionado con ello, como mencionaba, encontramos el rol de Coopersmith, capaz de aportar intriga y complejidad dramática a la trama; al menos la suficiente como para ahondar en esa espiral de violencia y alcohol en la que se sume el personaje de Roth. De inicial novio de la hija, correcto y educado, a ser un personaje con muchas sombras para terminar generando un desenlace con tantos daños colaterales que es difícil de cuantificar. En realidad, y puede que eso sea lo más atractivo del personaje, es la viva imagen del suspense según lo definía Hitchcock, pero también de la sorpresa, algo que lo convierte en motor dramático en el tercio final de la serie.

Dejando a un lado a estos dos personajes, y hablando de daños colaterales, esta primera temporada pierde fuelle siempre que dirige su atención a elementos que nada tienen que ver con esta historia principal. Ya he mencionado todo lo que rodea a la historia y los personajes de la industria que se instala en el pueblo. En este caso, sin embargo, su falta de peso radica en que esta trama secundaria, aunque comienza estando relacionada con la principal en cierto sentido, pronto se desvía para tratar de caminar sola… y termina tropezando, pese a los vanos intentos de unirla, aunque sea de forma casi anecdótica, con los personajes principales. La falta de interés que genera la historia protagonizada por el personaje de Hendricks (que esperemos tenga más importancia en la segunda temporada) hace que las secuencias que protagoniza tengan cada vez menos relevancia, lo que deriva en una desconexión y algo de irregularidad en el ritmo de la serie.

Pero no es el único caso. La presencia de secundarios que aportan más bien poco, por no decir nada, es más bien alta. El caso más evidente es el del personaje interpretado por Ryan Kennedy (serie Defiance), un joven policía con valores y principios que choca con un jefe que se toma la justicia por su mano. Aunque en un principio pueda resultar atractiva la premisa de este conflicto secundario, el tratamiento y el modo en que se desarrolla es más bien inocuo, sin generar realmente ningún giro dramático interesante, convirtiendo este rol en una caricatura de lo que podría ser, y dejándolo solamente como una especie de pardillo que no es capaz de ver lo que ocurre a su alrededor. A él se suman toda una serie de roles que, en efecto, ayudan a crear el contexto de la trama, pero que no tienen más recorrido que el necesario para, en un momento dado, hacer avanzar la acción en uno u otro sentido. Este constante goteo de secundarios sin demasiado que aportar termina por robar espacio dramático a lo realmente interesante, desviando así la atención y rompiendo el ritmo de una trama principal que va in crescendo de forma notable.

Dicho todo esto, Tin Star se convierte en su primera temporada en una producción que ofrece muchos elementos interesantes y, sobre todo, diferentes a lo que se suele ver en la pequeña pantalla. Una ficción que camina constantemente entre los dos lados de la ley para terminar dejando sobre la mesa la idea de que la línea entre el criminal y el policía se difumina cuando todo adquiere un carácter personal. Elementos interesantes, sí, pero también muchos aspectos que lastran el correcto funcionamiento de esta trama. Rowan Joffe apuesta, sin demasiado éxito, por crear todo un universo de historias secundarias que, al final, terminan por ser un impedimento para desarrollar lo verdaderamente importante e interesante. Existe potencial, y mucho, sobre todo en un reparto espléndido y en algunos personajes tan complejos como atractivos, pero la serie necesita desprenderse de elementos superfluos. Algunos es evidente que terminarán por desaparecer; otros, como la historia protagonizada por Hendricks, deberían integrarse más para no perder relevancia.

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