La 2ª T. de ‘The Son’ deja todo abierto en un abrupto final de serie


Dos temporadas. Eso es todo lo que ha aguantado esa original y diferente producción que es The Son, un western con marcado carácter familiar que, en su segunda y última temporada, ahonda además sobre la construcción de los mitos y las leyendas que forjaron el Lejano Oeste. Última temporada, en efecto, y a pesar de los intentos de Brian McGreevy y Lee Shipman (ambos responsables de la serie Hemlock Grove), autores de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, son 10 episodios que tan solo dan una respuesta parcial a todos los interrogantes y lagunas que deja la narrativa en dos tiempos de la trama, por lo que la sensación que deja es agridulce.

En efecto, la construcción de la serie en dos grandes líneas narrativas que abarcan dos importantes periodos en la vida del protagonista es una fórmula que funciona a las mil maravillas gracias fundamentalmente a que ambas se nutren dramáticamente hablando para ofrecer una complejidad inmensa del personaje al que, en el presente, da vida Pierce Brosnan (Mamma Mia! Una y otra vez) de forma soberbia. Ambas historias, en mayor o menor medida, evidencian la evolución de un hombre hecho a sí mismo a través de la violencia, la sangre y la batalla. Pero en esta segunda etapa también ofrecen algo más interesante si cabe, y es el hecho de cómo se construyó su propia leyenda a base de relatos con cierta base real, pero modificando los elementos necesarios para hacerla más atractiva. Y es aquí donde la serie gana enteros de forma exponencial respecto a su primera temporada, pero también deja muchos, muchísimos agujeros narrativos que ya nunca podrán resolverse.

Sobre su crecimiento dramático, The Son adquiere una complejidad en esta segunda parte tan atractiva como pocas veces vista en este tipo de producciones. Si los primeros episodios mostraban una lucha por el petróleo, en esta nueva entrega de capítulos lo que nos encontramos es una guerra comercial y empresarial igual de violenta y con daños colaterales mucho más importantes si cabe. A través de esta civilizada y violenta lucha (en el Lejano Oeste ambos conceptos parecen ir de la mano aunque suenen antagónicos) los creadores de la ficción aprovechan para poner el foco en diferentes problemas sociales, muchos de los cuales podrían incluso extrapolarse a la actualidad: el uso de la homosexualidad de uno de los personajes, la rebeldía de una joven que quiere algo más de lo que parece ofrecerle el destino, la lucha de un hombre por elegir entre su corazón y su familia. Todos ellos son conceptos dramáticos que gracias al tratamiento de esta parte de la trama no solo quedan planteados, sino que se desarrollan hasta asistir a unas consecuencias muy destructivas.

En cierto modo, y eso es algo que se aprecia en cada aspecto de la serie, esta segunda temporada ahonda más en la idea de la lucha entre el futuro y el pasado, entre el avance de los nuevos tiempos y una forma de entender el mundo más tradicional. Bajo este prisma se pueden entender, por ejemplo, los saltos temporales hacia el futuro que se plantean en esta etapa para explicar la figura de Eli McCullough una vez que ya no está, esa lucha por el comercio y las propiedades e, incluso, la lucha entre nativos americanos y el hombre blanco. Todo ello representa dos estilos de vida, el choque de dos ideales que engloban, a su vez, una compleja estructura moral y de valores que nunca se abandona, sea cual sea la secuencia a la que se enfrentan los guionistas. Y es algo muy interesante de analizar para los apasionados del guión, pues da respuesta a muchas de las teorías expuestas por grandes autores del tratamiento narrativo.

Recuerdos construidos

El principal problema de esta segunda temporada de The Son está precisamente en que todo esto abre la puerta a nuevos interrogantes, a nuevas posibilidades narrativas que se quedan en el aire. No es que no tengan respuesta, es que directamente apelan a la imaginación del espectador para que rellene él los huecos en la vida del protagonista. Sin embargo, son huecos tan enormes, que abarcan tantos años, que es imposible completarlos, generando cierta frustración. Si bien el final del personaje interpretado por Brosnan es, a todas luces, lo que ha sido su vida, es decir, una lucha por esos ideales de los que antes hablaba y un relato de sus últimos momentos que nada tiene que ver con la realidad, el periodo previo a estos años (y posterior a su etapa como comanche) deja muchos, muchísimos enigmas que se han planteado a lo largo de toda la serie.

De hecho, a lo único que se da respuesta es al modo en que el joven protagonista abandona el grupo comanche que le capturó primero y le acogió después. Un momento, por cierto, muy interesante dramáticamente hablando, en el que se aprecia bastante bien la dualidad que vive en el protagonista ya desde ese primer momento (y que en su etapa adulta se traduce en esas ansias por cortar cabelleras). Su huida del hombre blanco para emprender su propio camino es algo tan sencillo como significativo, desvelando la complejidad que luego queda desarrollada magistralmente por Brosnan. Pero… ¿qué ocurre durante las décadas que median entre ambas líneas argumentales? El más absoluto silencio respecto a esto. Y resulta frustrante, pues a tenor de lo visto durante todos los episodios la historia podría ser apasionante. Contar cómo un chico que tiene interiorizada la cultura comanche termina al frente de un imperio petrolífero, siendo llamado por todos como ‘El Coronel’ y ‘El primer hijo de Texas’, y con vínculos en las altas esferas del poder, es algo que no tiene visos de que se vaya a conocer.

En cierto modo, eso desluce el desarrollo y, sobre todo, la conclusión de esta segunda etapa. Y no precisamente porque no tenga calidad, más bien al contrario. El contenido dramático es tan complejo, tan enriquecedor, que aquello que se queda sin contar, aquello que apela a la curiosidad y el deseo de saber más del espectador, se nota mucho más. En sí mismo, y estrictamente hablando, no es un problema de la temporada, sino de que la serie termine únicamente cerrando los dos periodos que se abordan en esta serie. Porque si nos centramos exclusivamente en estos 10 capítulos, lo cierto es que, como he explicado antes, nos encontramos ante una profundización de todos los conflictos internos y externos que ya se plantearon en la primera temporada, lo que eleva a la serie un escalón más en lo que a dramatismo e intensidad emocional y conceptual se refiere.

Personalmente, creo que es una lástima que The Son no supere su segunda temporada. La serie ha abordado con seriedad y sin miedo la juventud y la madurez de un personaje violento, complejo, capaz de luchar por su familia con tal de conservar lo que tanto esfuerzo le ha costado conseguir. Un hombre fraguado por una época en la que la muerte estaba a la orden del día. La vida de Eli McCullough ha dejado una ficción diferente, dinámica, intrigante en muchos momentos y sorprendente en otros. El relato ha sabido crecer de una etapa a otra hasta llegar al clímax y el relato ficticio de una vida que plantea la posibilidad de que muchos de los otros logros del protagonista sean también producto de una construcción que adorna la realidad. Pero eso nunca se sabrá. La finalización de la historia en esta segunda temporada deja una sensación agridulce, como ocurre siempre que una historia termina sin haber sido explicada del todo.

Un personaje, dos historias en la primera temporada de ‘The Son’


La serie que ahora nos ocupa, The Son, es posiblemente el caso más evidente en los últimos años de una producción dual, de una historia diferenciada en dos partes claras que, para colmo, generan un interés diferente y provocan, en definitiva, casi dos historias independientes unidas por un nexo en forma de protagonista. La primera temporada de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, realizada a cuatro manos por Brian McGreevy y Lee Shipman (serie Hemlock Grove), se convierte así en una producción compleja, en algunos momentos irregular pero con un potencial prometedor gracias, fundamentalmente, a ese atractivo personaje que es Eli McCullough.

Para aquellos que no hayan visto estos primeros 10 episodios, la trama se mueve a caballo entre la madurez y la adolescencia de un personaje marcado por la muerte de su familia a manos de los indios, que le secuestran primero como esclavo y que le aceptan luego como uno de los suyos. Décadas después, a comienzos del siglo XX, este joven convertido en un exitoso hombre de negocios busca agrandar su fortuna y la de su familia con el petróleo al sur de Texas, todo ello con una escalada de enfrentamientos con México como telón de fondo. Con este argumento como base, la trama se construye con constantes saltos de una época a otra que pretenden, al menos en teoría, buscar un paralelismo y una explicación a las decisiones y acciones del protagonista. Y curiosamente, la parte más interesante suele ser la de su adolescencia, que en principio está tratada como un mero apoyo dramático y narrativo.

Posiblemente se deba al hecho de que esa historia de la adolescencia de este personaje cuenta con muchos más aspectos dramáticos y conflictivos que la parte en la que es adulto, donde es interpretado por Pierce Brosnan (Mejor otro día). En efecto, el calvario que sufre el joven en esta primera temporada de The Son, primero como esclavo al que maltratan y luego como un miembro más de la tribu que no es aceptado por todos, le convierte casi sin querer en el foco de toda la atención del espectador. Y si a esto sumamos el proceso de integración que vive y las consecuencias dramáticas que eso conlleva, entre ellas enfrentarse a los que, en principio, son de su raza, lo que obtenemos es un relato complejo, cargado de matices emocionales y con múltiples lecturas que se enriquecen con los actos de la otra trama que sostiene a la serie.

Curiosamente debería de ser al revés. La trama en la que el protagonista es adulto, en principio, aprovecha los acontecimientos de su etapa adolescente para que el espectador entienda mejor sus motivaciones, sus miedos y sus reacciones. Y hasta cierto punto, así es. Con todo, el proceso inverso adquiere un mayor interés, es decir, la historia termina por generar una mayor interés en lo que ocurre en el pasado, que es complementado con los actos del presente. En este proceso de cambio que se da a lo largo de la primera temporada también influyen, y mucho, los secundarios que se dan cita en cada rama del argumento. Son mucho más atractivos, más profundos desde un punto de vista dramático, los miembros de la tribu, destacando los personajes de Zahn McClarnon (serie Fargo) y Elizabeth Frances (Ghost forest), que los roles que acompañan a Brosnan.

La locura del petróleo

Todo esto no quiere decir que la historia protagonizada por Pierce Brosnan no sea capaz de ofrecer nada en esta primera temporada de The Son. Al contrario, podría entenderse como un reflejo de las tensiones sociales, políticas y culturales que convivían en una época convulsa marcada por la locura del petróleo y la riqueza. Es más, el modo en que los guionistas funden los diferentes aspectos en esta parte de la trama resulta notable, toda vez que logran una progresión orgánica de la trama que explota al máximo las posibilidades dramáticas que establecen todos los secundarios que aparecen. De la lucha por el poder al juego político y judicial para robar tierras; de la guerra por intereses personales a los amores prohibidos y el racismo. La trama, en este sentido, crece a medida que las verdaderas intenciones de muchos personajes van saliendo a la luz, y eso es algo a destacar.

El problema de esta parte de los 10 capítulos es que los secundarios no quedan bien definidos, o al menos no al mismo nivel que la intensidad de la trama. Por ejemplo, los hijos del protagonista parecen dibujados con línea gruesa, tendiendo a convertirlos en arquetipos cuyas decisiones y reacciones a los acontecimientos se antojan previsibles. Algo parecido ocurre con la familia amiga/enemiga encabezada por Carlos Bardem (Assassin’s Creed). Su presencia en la trama es irregular, adquiriendo relevancia en algunos momentos y quedando casi relegada a un mero elemento ornamental de fondo en otras. El hecho de que ande entre dos tierras dramáticamente hablando tampoco termina de ayudar a mostrar claramente la postura de cada uno de los personajes que integran este clan familiar, aunque es justo reconocer que logra el objetivo final de mostrar al personaje de Brosnan como un ambicioso hombre para quien los amigos significan más bien poco.

Y he aquí el meollo de esta serie. Hasta ahora he hablado de estas dos historias como algo independiente, y hasta cierto punto lo son ante la diferente definición del protagonista en sus años de adolescente y en sus años de adulto. Pero la magia de esta ficción radica en el camino que ha convertido a uno en otro, en aquellas vivencias y decisiones que le han llevado hasta donde está, tanto física como psicológicamente. Y es un viaje sumamente interesante. En esta primera temporada ya pueden intuirse algunos matices, algunas ideas que traspasan ambos arcos argumentales. La mayor evidencia es la secuencia en la que Brosnan ve a su ‘yo’ adolescente, un momento en el que, más allá de las connotaciones románticas que pueda tener, se aprecian ciertos reproches velados de su pasado ante las decisiones que ha tomado en su vida. Hay algo más que deberá ser explorado en sucesivas temporadas, y no hay nada más intrigante que conocer la historia de un personaje con tantos claroscuros.

En cierto modo, se puede decir que esta primera temporada de The Son es una presentación de algo mucho mayor. Una presentación algo inconexa en algunos momentos, con dos grandes líneas argumentales que discurren de forma paralela con diversas conexiones entre ellas. Esto puede llevar al espectador a elegir centrar su atención en una antes que en otra (personalmente, en la de juventud), pero es algo que debe intentar evitarse. Porque la serie ofrece bajo esta capa algo más, algo complejo y llamado a captar la atención si es que se aborda con sensatez. Por lo pronto, esta ficción promete un intenso drama que relata una época de la Historia compleja y marcada por la ambición y la guerra. La principal asignatura pendiente es un mejor tratamiento de los secundarios, sobre todo en la época de adulto. Pero eso es algo para lo que todavía hay tiempo.

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