1ª T. de ‘Castle Rock’, idónea carta de presentación del universo King


Stephen King es el maestro del terror, de eso no cabe la más mínima duda. Pero el autor de novelas como ‘El Resplandor’, ‘Carrie’ o ‘It’ es mucho más. De hecho, quien haya leído alguno de sus libros puede que haya percibido dos constantes muy claras (amén de otros muchos elementos, por supuesto). Por un lado, el manejo de pasado y presente en sus historias; por otro, que el desarrollo no responde tanto al terror puro y duro como a la intriga, gracias al juego que realiza con las diferentes tramas y los elementos de suspense que siempre están presentes. Y todo ello está presente en la primera temporada de Castle Rock, un alarde narrativo sencillamente espléndido ambientado en el universo King que, al igual que las novelas, juega al despiste con el espectador para terminar por revelarle algo mucho más interesante y complejo de lo que podría imaginar en un principio.

Y todo ello en apenas 10 episodios. Sus creadores, Sam Shaw y Dustin Thomason, autores de la serie Manhattan, parten de un acontecimiento tan concreto como un suicidio para hilvanar todo un complejo mundo en el que el caos, la violencia y la locura parecen entremezclarse solo para arrojar luz sobre un fenómeno aún más enriquecedor. En este sentido, la trama crece, y de qué modo, a lo largo de cada capítulo, incluso en aquellos en los que todo parece derivar en un absurdo o en los que se narran acontecimientos aparentemente independientes de todo el arco argumental. Pero no, al igual que cualquier novela de King, cada acontecimiento tiene un motivo, cada suceso está relacionado con el resto, y cada personaje tiene su motivación. Y por supuesto, algunas referencias a personajes y acontecimientos de sus obras, lo que hará las delicias de los fans.

De ahí que esta primera temporada de Castle Rock sea puro Stephen King sin necesidad de adaptar una novela. De hecho, captura su esencia bastante mejor que muchas de las películas o series que sobre su obra se han hecho a lo largo de los años. Y en esto tiene mucho que ver esa idea de utilizar el terror más como un concepto que sobrevuela la trama que como algo tangible (aunque tiene sus momentos). En su lugar, estos capítulos exploran temas tan interesantes como la locura, la incomprensión de la mente de acontecimientos nunca antes vistos, o los equilibrios existentes entre nuestro mundo y otras realidades. Todo ello, por supuesto, sustentado no solo en una trama más que notable, sino en un reparto en estado de gracia capaz de enriquecer sus personajes con unos matices que ofrecen al espectador, en algunas ocasiones, pistas sobre lo que está ocurriendo. Aunque, al igual que a los protagonistas, nos costará comprenderlo un poco al principio.

Porque, en efecto, esta serie es un auténtico rompecabezas en el que el espectador se sumerge primero para nadar a contracorriente y luego para dejarse llevar por el desarrollo. Y en ese cambio de postura frente a la ficción tienen mucho que ver los actores, como mencionaba antes. Fundamentalmente André Holland (Moonlight), Bill Skarsgård (It) y Sissy Spacek (Criadas y señoras). Los dos primeros porque establecen un duelo interpretativo profundo, primero como un abogado que lucha por un cliente y, más adelante, como las dos caras de una misma moneda, uno sin comprender lo ocurrido y otro instando a la acción. Y la tercera porque se convierte en eje fundamental de buena parte del relato. Es el anclaje para los diferentes espacios temporales y las diferentes realidades que se dan cita en la trama. En cierto modo, Spacek asume como propio el papel que en la ficción juegan las piezas de ajedrez, aportando mayor dramatismo si cabe a la condición particular de su rol y a la intriga del conjunto.

Henry Matthew Deaver

Pero evidentemente, el peso de la historia recae en los cuatro hombros de los dos protagonistas. Lo más interesante de esta primera temporada de Castle Rock es la evolución que viven ambos roles, sobre todo el de Holland. Lo que comienza siendo un misterio con tintes casi satánicos termina convirtiéndose en una reflexión sobre los mundos paralelos, las realidades alternativas y cómo eso genera unos efectos devastadores en la realidad en que nos encontremos. Curiosamente, todo comienza con el nombre que los dos protagonistas comparten, Henry Matthew Deaver, y con el modo en que los personajes secundarios afrontan, desde la ignorancia, lo que ocurre con el personaje de Skarsgård, ya sea con el suicidio inicial o las numerosas situaciones de caos y violencia que desata el desequilibrio entre universos.

Porque bajo la premisa de una obra de ciencia ficción con dosis de terror, lo que la trama esconde es una interesante reflexión acerca de los efectos y las consecuencias de modificar el equilibrio que existe en el universo (lo que, a su vez, se puede extrapolar a nuestro día a día) cuando se introduce un elemento externo que no tiene cabida en una realidad ya conformada. A lo largo de sus episodios esta etapa inicial plantea una serie de interrogantes que, aunque inicialmente pueden no tener nada que ver con la trama principal, terminan adquiriendo sentido cuando se resuelve dicha incógnita central. Dicho de otro modo, la ficción presenta numerosas ramificaciones, líneas argumentales secundarias y secuencias aparentemente inconexas que terminan por confluir en una línea argumental conjunta y global, desvelando al espectador el verdadero mapa dramático al que está asistiendo.

Esto, como ocurre con muchas historias de Stephen King, tiene un problema, y es que en no pocas ocasiones la trama se desvía demasiado de su objetivo principal. Y al ser una historia narrada en capítulos se corre el riesgo, como de hecho ocurre en alguna que otra ocasión, de que el espectador pierda el hilo de lo que se estaba contando o, lo que es más grave, el interés en una historia ciertamente original. Posiblemente este sea el mayor hándicap de la producción: su planteamiento narrativo resulta muchas veces rupturista, algo quebradizo. Es cierto que esto ayuda a crear un universo inclusivo, fascinante y rico dramáticamente hablando, pero también impide seguir el ritmo del arco dramático principal, obligando a prestar atención durante demasiado tiempo a situaciones y personajes secundarios que aportan poco o nada al conjunto, salvo tal vez asentar la conclusión final más de lo que ya estaría sin esas breves tramas secundarias.

Pero si el espectador queda atrapado en la red de Castle Rock la realidad es que se sumergirá en un universo apasionante, visualmente poderoso y dramáticamente inesperado. Terror, fantasía y drama se dan la mano en una historia que es puro Stephen King aunque no se base en ninguna novela ni relato concreto. El modo en que sus creadores utilizan los tiempos narrativos y dosifican la información para dirigir la historia por donde desean en todo momento es digno de estudio. Y si a todo ello sumamos un reparto excepcional, lo que nos encontramos es con una historia diferente, fresca, intrigante y capaz de demostrar que en televisión todavía queda margen para la originalidad y, sobre todo, que es posible enriquecer el universo de un escritor que lleva décadas perfeccionándolo y desgranándolo.

‘Falling Skies’ complica la invasión alienígena en su 2ª temporada


A diferencia de otras series de similares características dramáticas y/o formales, como pueden ser Terra Nova o la versión moderna de V, la invasión alienígena producida por, entre otros, Steven Spielberg (E. T., el extraterrestre) y que lleva por título Falling Skies, está teniendo el suficiente atractivo como para aguantar nuevas temporadas. Siendo sinceros, la calidad de los guiones de algunos de sus episodios se encuentra al límite de la coherencia que debe acompañar a cada giro argumental, en buena medida por las necesidades de una historia ya de por sí difícil de abordar si no se quiere caer en tópicos mil y una veces vistos. En este sentido, la segunda temporada que ha concluido este año da un vuelco de 180 grados a lo planteado en sus primeros 10 episodios, y eso que estos terminaban con una revelación impactante.

Con una duración de otros 10 capítulos, la trama continua centrada en las desventuras de la segunda unidad de Massachusetts y, en concreto, en el personaje de Noah Wyle (serie Urgencias), nodo cohesionador tanto de las diferentes tramas que se abren a lo largo de los episodios como de los conceptos históricos que plantea el autor de la serie, Robert Rodat, guionista de El patriota (2000) y Salvar al soldado Ryan (1998). No es una referencia casual. Durante la primera temporada se planteaban diferentes batallas históricas de la Guerra de la Independencia norteamericana, y en esta segunda se abre la puerta a una mayor complejidad del conflicto entre los invasores alienígenas y los humanos, además de abordar la creación de un nuevo país e, incluso, presentar un golpe de estado entre las filas humanas. Hasta ahora la batalla se limitaba, como suele ocurrir en esta clase de historias, a dos bandos claramente definidos e identificables.

Sin embargo, a estos conflictos en la raza humana consecuencia de su propia naturaleza se tiene que añadir la aparición de un grupo de alienígenas rebeldes, una especie de quinta columna que ha enriquecido poderosamente una trama que se empezaba a antojar algo repetitiva. La producción abandona ese carácter de supervivencia para dirigirse hacia un conflicto abierto entre dos razas por el control de un planeta, y donde los individuos no tienen necesariamente que participar de un bando u otro por el “color de la piel”. Esto otorga un cierto aire de incertidumbre a buena parte de las secuencias, introduciendo al espectador junto a los dubitativos personajes y sus conflictos morales ante la necesidad de modificar las creencias que hasta entonces tenían (y teníamos).

Pero esto tiene un precio y, como decíamos más arriba, ese es el de caminar sobre el filo de lo creíble o, al menos, de lo coherente. Las reacciones de muchos de los personajes, incluso cuando se desvelan sus motivos, encajan con dificultad en el contexto general de la historia, lo que supone una merma del interés hacia algunas secuencias. Baste citar la forma en que se capturan a algunos alienígenas o el ataque al hospital, que centra buena parte del bloque central de la segunda temporada. Esto se suple, en mayor o menor medida, con las novedades visuales que presentan estos episodios, como la aparición de una nueva especie o los cada vez más espectaculares ataques de máquinas y aliens al grupo humano protagonista. Todo con unos efectos especiales y digitales de factura impecable para lo que se ve en televisión.

La familia sigue siendo lo primero

Sí, esta nueva temporada de Falling Skies ha ganado en complejidad. Aunque existen muchos elementos que podrían ser mejorables, en general el producto sale reforzado y, lo más interesante, plantea un futuro mucho más atractivo del que dejó la primera temporada (sobre todo con las dos últimas secuencias del episodio 10, que invitan a pensar lo mejor). Se ha pasado de una lucha sin cuartel a conformar una estructura social mucho más sólida, a presentar nuevos frentes de combate y a proyectar un posible nuevo inicio de los Estados Unidos como país bajo las órdenes de un antiguo profesor de historia, interpretado por el siempre interesante Terry O’Quinn (Locke en Perdidos).

Pero el núcleo dramático sigue estando en la familia, aunque tal vez ya no tanto como la relación de parentesco entre un grupo de individuos, sino como grupo social en el que cada persona es protegida y apoyada por los demás. Si en sus primeros 10 capítulos el drama familiar estribaba en la recuperación de uno de los hijos del protagonista, ahora pivota más sobre los conflictos que surgen entre sus miembros por intereses que, a primera vista, parecen encontrados. De hecho, el concepto familiar de unos y otros se vuelve más y más divergente hasta ser irreconocible, llegando a considerarse como familia a un grupo de aliens en lo que es uno de los conceptos argumentales más desarrollados de toda la serie.

Lo más cómodo para esta nueva temporada hubiera sido, como en toda segunda parte, engrandecer los combates, los peligros y las bajas en el bando protagonista. Gracias a la apuesta de sus responsables (que, como decimos, tiene sus debilidades) la serie se puede permitir el lujo de ramificar sus tramas secundarias hacia nuevas líneas a investigar. Y no solamente a nivel bélico o de invasión, sino también social (con esa especie de primer país oculto bajo tierra) y sentimental (con una nueva situación para los protagonistas). Claro que si la primera temporada terminaba de forma harto interesante, esta no se queda corta. Y para no repetirse, no solo presenta en sociedad a una nueva raza extraterrestre, sino que coloca a uno de los protagonistas en una situación cuya resolución es más que probable que dure otros 10 episodios. Habrá que esperar al año que viene para saberlo.

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