La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘Ghost in the Shell’: sobre todo, el alma de la máquina


Muchas veces tendemos a olvidar que una adaptación es eso, una adaptación. Dicho de otro modo, que no todo tiene que ser absolutamente fiel al original. Los más puristas e intransigentes tienden a olvidarlo, y eso impide muchas veces que no veamos el alma dentro de la máquina, la historia detrás del tratamiento dramático. Y con una legión de fans como la que tienen el manga de Masamune Shirow y la versión animada de 1995 de Mamoru Oshii (Avalon), es lógico que este film dirigido por Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador) pueda ser despedazado. Pero precisamente la película invita a eso, a ver el alma de la máquina.

Es posible que la historia haya sido adaptada a las necesidades narrativas y dramáticas de Hollywood. Y desde luego no seré yo quien defienda la labor de Sanders como director, quien a pesar de intentarlo tiende a una narrativa más bien estándar. Pero entre sus varios defectos se alza una virtud fundamental: su guión mantiene la esencia de la historia original, abordando la delicada frontera entre humanidad y robótica, entre cuerpo y alma. En medio del thriller que protagoniza la historia se pueden apreciar píldoras interesantes que reflexionan sobre lo que nos hace humanos, sobre los beneficios y los riesgos de integrar cuerpo humano y partes cibernéticas para mejorar al hombre. Y sobre todo, se reflexiona sobre el camino que sigue una sociedad constantemente comunicada en la que el flujo de datos puede llevar a hackear un cerebro en cualquier lugar.

A esto se suma, por un lado, una banda sonora excepcional, y por otro una puesta en escena que va un paso más allá del film original para acercarse más a lo que ya imaginó Ridley Scott en Blade Runner (1982). Visualmente poderosa, la cinta posee además un interesante giro dramático hacia la mitad de su ajustado metraje que cambia completamente el sentido argumental de la historia para pasar de la persecución de un criminal que mata a través de las conexiones digitales a una búsqueda del pasado y la verdad de la protagonista. Todo ello hace de esta versión en carne y hueso una obra más compleja de lo que puede entenderse a simple vista, capaz de aprovechar los momentos más simbólicos y recordados de la cinta de animación para introducirlos en una historia relativamente nueva que, eso sí, continúa reflexionando a su manera sobre los mismos temas.

Lo cierto es que este Ghost in the Shell, versión 2017, es víctima de sus propias necesidades. La visión de Hollywood (y la occidental en general) determina el modo en que se plantea y desarrolla la trama, menos simbólica y más tangible. Por fortuna, se ha logrado mantener el espíritu de la historia original. Pero más allá de sus posibles debilidades (narrativas sobre todo, y el hecho de que Takeshi Kitano se comunique con el resto de personajes en otro idioma), lo cierto es que el grueso de todos sus elementos funcionan como una máquina bien engrasada. El tratamiento visual, la música, un reparto más que notable (con especial mención a Scarlett Johansson, Pilou Asbæk y Kitano) y la filosofía que encierra su desarrollo dramático conforman una interesante fusión que confirma que cuerpo y máquina pueden convivir en armonía.

Nota: 7/10

La 2ª T. de ‘Tyrant’ mejora a pesar de los problemas que arrastra


Adam Rayner vuelve a luchar por el poder en 'Tyrant'Cuando una serie apuesta por un tipo de estructura y por, digamos, un nivel dramático concreto, es muy difícil que pueda desprenderse de esos límites auto impuestos. Los casos más evidentes de éxito suelen coincidir en un golpe de efecto en la primera temporada o, al menos, en la introducción paulatina de cambios a lo largo de los primeros episodios. Por eso el caso de Tyrant es un buen ejemplo de un querer y no poder, de tratar de profundizar en la idea pero manteniendo al mismo tiempo un tratamiento ligero, casi telenovelesco.

La segunda temporada de esta serie creada por Howard Gordon, Gideon Raff (autores ambos de Homeland) y Craig Wright (serie Greenleaf) evidencia los intentos de la trama por dar el paso a la edad adulta y abordar temas como las dictaduras, el terrorismo islamista o la traición de forma más profunda, más seria. Lo cierto es que el final de la anterior etapa daba pié a ello, y hasta cierto punto eso ha sido lo que ha permitido que en muchos momentos del desarrollo de estos 12 capítulos la serie haya alcanzado notables resultados, sobre todo cuando se ha centrado en el conflicto interno de un país árabe con el ISIS.

Es en esta guerra, con todas las decisiones que conlleva, lo que realmente acapara la atención en la segunda temporada de Tyrant, pues permite diversificar los efectos dramáticos de los acontecimientos. Dicho de otro modo, es el catalizador para que la trama adquiera un verdadero significado dramático, alejado de conceptos que habían sido poco o nada explicados en los anteriores episodios. Se puede decir que se ha producido una simplificación de la historia, poniendo el foco en un tema de actualidad que, además, genera a su vez otras ideas que se abordan, con mayor o menor fortuna, en las tramas secundarias.

El problema de esto es que el intento de madurar se queda a medio camino. Vaya por delante que ninguno de los actores, ninguno, tiene el carisma suficiente como para cargar sobre sus hombros con el tratamiento dramático que podría esperarse para esta historia, pero en este caso el problema no es el reparto, sino el arco narrativo y su desarrollo. A lo largo de toda esta temporada la serie deambula entre dos aguas, entre el cariz más melodramático y el más maduro, y eso termina por generar una indefinición inconveniente para el resultado final y para la resolución de esta etapa, tan impactante como inesperada.

Familia feliz

Quizá el mejor ejemplo de esta dualidad está en el cisma que se genera en la presunta “familia feliz” del protagonista. Mientras que el personaje de Adam Rayner (The task) adquiere un tono más sombrío de un hombre capaz de todo por lograr lo que considera justo y salvar a los que le importan, el resto de su núcleo familiar (mujer e hijos) se convierte casi en una rémora de la trama general. Poco interés tiene el fallido affair de la mujer con un abogado. Y mucho menos lo que ocurre con la hija, que directamente desaparece de la trama de forma tan brusca como calculada. El único que parece salvarse de la quema es el hijo interpretado por Noah Silver (Los últimos caballeros), que parece tener algo más de relevancia como futuro heredero.

El tiempo que Tyrant dedica en su segunda temporada a abordar la paulatina destrucción de esta familia es tiempo perdido que no se destina a conceptos mucho más interesantes, como la locura y la obsesión que se adueñan poco a poco del rol de Ashraf Barhom (Ágora), posiblemente uno de los mejores de la serie pero que, al no ahondar en su evolución hacia la locura conspiranoica, queda desdibujado y, en muchos casos, injustificado en sus decisiones. Una lástima, porque habría sido muy interesante poder comparar con solvencia los caminos tan diferentes que toman los dos hermanos protagonistas, sugeridos pero poco trabajados.

Y en medio de todo esto, una guerra, mujeres y el mundo islámico. Lo cierto es que posiblemente lo mejor de estos episodios sea precisamente ese contexto, a medio camino entre la opulencia de un palacio y las polvorientas calles de los pueblos. A pesar de que el tratamiento visual deja que desear (iluminación con poco contraste, planificación estándar incluso para las secuencias bélicas, etc.), el mundo árabe, con los problemas de terrorismo islámico que llegan en cada telediario, encuentra un notable reflejo en esta trama, lo que a su vez ayuda a mejorar la imagen algo alicaída de la primera temporada.

El mejor resumen de esta segunda temporada de Tyrant es que mejora respecto a la primera, pero todavía tiene mucho camino por recorrer. Por ahora, una tercera etapa en la que deberá solventar muchos problemas, algunos de ellos congénitos, para poder convertirse en un producto sumamente interesante. Puede que no sea ese su objetivo, y eso es tan loable como cualquier otra apuesta dramática, pero lo cierto es que algunos de sus pilares narrativos indican lo contrario, sobre todo si tenemos en cuenta el final de su último episodio, tan inesperado como impactante y que abre todo un mundo de posibilidades para ese futuro más inmediato. El futuro de este tirano al que hace referencia el título está, más que nunca, en el aire.

‘Homeland’ continúa evolucionando dramáticamente en la 5ª T


Claire Danes viaja a Alemania en la quinta temporada de 'Homeland'.Desconozco si Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24), autores de Homeland, tienen algún tipo de conocimiento sobre los movimientos geoestratégicos en Oriente Medio, pero lo cierto es que han logrado que la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) sea una interpretación al menos actual de lo que ocurre en el panorama internacional. Con la quinta temporada, que finalizó el pasado 20 de diciembre en Estados Unidos, han confirmado no solo que la ficción todavía está tomando forma dramática, sino que es una de las producciones más apasionantes de la parrilla actual.

Y lo es precisamente por el componente de realismo que se imprime a la trama. Con esto no quiero decir que no se tomen ciertas licencias dramáticas (el personaje interpretado por Rupert Friend –Hitman: Agente 47– es un claro ejemplo), sino que sus acontecimientos están rodeados de un halo de veracidad tan complejo y sutil que convierte a la serie en una suerte de punto de vista de lo que ocurre realmente con el terrorismo en Oriente Medio. A esto se suman los terribles atentados de París, acaecidos en plena emisión y que se antojan un spin off real y cruel de lo narrado en estos 12 episodios.

Pero más allá de coincidencias o de reflexiones que aportan más bien poco, la quinta temporada de Homeland ha dejado claro que el “reinicio” de la serie en la cuarta temporada todavía está creciendo desde un punto de vista dramático, y todo apunta a que lo hace para lograr una mayor complejidad sin perder un ápice de intriga, acción y drama. Así, a los arcos dramáticos de la lucha contra el terrorismo y la situación personal de la protagonista se suma ahora la traición dentro de la CIA y el contraespionaje. Tres pilares que, aunque ayudan a sustentar más sólidamente la historia, también generan alguna complicación narrativa.

En realidad, la aparición de esta tercera trama no deja de ser una transformación de lo que siempre ha abordado esta ficción: la presencia en las organizaciones norteamericanas de activos enemigos. La novedad, y tal vez lo mejor que tiene esta nueva tanda de episodios, es que en este caso ese espionaje dentro de la agencia de espías más famosa del mundo no tiene nada que ver con el yihadismo, sino con el otro gran enemigo de Estados Unidos: Rusia. La conformación de dos frentes abiertos es, desde un punto de vista dramático, más enriquecedora para la trama, que combina esas dos grandes líneas argumentales de forma armónica para introducir más personajes (lo que nutre a los protagonistas de nuevos conflictos) y nuevos giros dramáticos.

Personajes sin cariño

Y si algo ha confirmado la quinta temporada de Homeland es que los personajes, salvo tal vez los dos principales, no son demasiado queridos. Al menos no lo suficiente como para modificar los acontecimientos para su comodidad. Y me explico. La tercera temporada de la serie fue, en pocas palabras, un terremoto. Que el principal protagonista, aquel con el que no solo había arrancado la serie sino que era el pilar fundamental de su argumento, muriera de forma violenta fue un giro tan impensable y arriesgado que muchos asumieron el final de esta ficción. Sin embargo, supo rehacerse con nuevos protagonistas, nuevas tramas y un cambio de foco bastante evidente.

Estos nuevos episodios vienen a ser algo parecido, a menor escala pero igualmente violento, desagradable y determinante. La presunta desaparición de algunos personajes clave en el desarrollo de los acontecimientos pone de manifiesto que nada ni nadie parece intocable en esta producción, algo que sin duda es positivo siempre y cuando la trama, como ha ocurrido hasta ahora, esté dominada por la coherencia dramática. La falta de miedo a explorar los territorios a los que llevan las decisiones de los personajes es uno de los aspectos más apasionantes de este thriller, y desde luego aporta un cariz más serio que el que se pueda encontrar en otros productos con la CIA o el FBI de por medio.

Mencionaba antes la falta de cariño a los personajes. Bueno, eso depende del cristal con el que se mire. Personalmente considero que la mayor muestra de amor que se puede hacer en un guión a sus protagonistas es anteponer la trama a sus propios intereses, ofreciéndoles siempre una salida acorde a su naturaleza. Eso es lo que logra esta quinta temporada, aunque para ello tenga que sacrificar parte de su desarrollo narrativo y no logre aunar en un único final las dos líneas argumentales que nutren esta última etapa. Es un problema menor, en realidad, pero sí provoca la sensación de presenciar un epílogo en el último episodio más que estar ante un final de temporada como tal.

Pero repito, es un mal menor. Mucho menor. La quinta temporada de Homeland ha demostrado que la serie está en plena forma, que es capaz de afrontar todo tipo de retos narrativos con una solidez asombrosa, y sobre todo que no tiene miedo a lo que pueda llegar. La duda que empieza a generar, y ahí está parte de su genialidad, es si se nutre de la realidad o si la realidad ha tomado prestadas algunas ideas de la ficción. Ironías aparte, el desarrollo dramático, la presencia de sus actores y la coherencia con la que aborda las tramas son incuestionables, y devuelven la posible salud perdida en temporadas anteriores. Y la sexta es en Nueva York… ¡agárrense a sus asientos!

‘Homeland’ recupera su esencia en una 4ª T con nuevos enemigos


Mandy Patinkin y Claire Danes vuelven en la cuarta temporada de 'Homeland'.Las emociones respecto a la nueva temporada de Homeland han sido, a lo largo de este último año, relativamente dispares. Por un lado, existía el temor de no saber remontar la trama de la serie a raíz de los acontecimientos sucedidos en la tercera temporada y, sobre todo, del ritmo aparentemente irregular de su desarrollo. Por otro, la expectación era máxima si tenemos en cuenta que estamos hablando de una de las producciones más interesantes de los últimos años. En ambos casos la expectación era muy alta. Y en líneas generales, los 12 episodios de esta cuarta temporada no han defraudado, siendo capaces de retomar lo mejor de la ficción y reconvertirlo en una nueva historia.

Es evidente que la anterior temporada supuso la conclusión de un arco dramático que duró hasta tres entregas. Sin embargo, y como señalé en el análisis de dichos episodios, no hay que entender la serie como un thriller sobre un marine reconvertido en terrorista árabe, sino sobre el trabajo de la CIA y, más concretamente, del personaje interpretado por Claire Danes (Stardust). Esta nueva etapa creada por Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24) confirma tal hipótesis al presentar no solo una historia totalmente distinta, sino al hacerlo con los principales personajes involucrados en una nueva misión y en una nueva conspiración de espionaje que amenaza la vida y el equilibrio dentro de la agencia.

Se puede decir que, en líneas generales, esta nueva temporada de Homeland recupera el nivel dramático y de suspense que ya tuviera la primera y, sobre todo, la segunda temporada. La historia, trasladada a Pakistán, desarrolla de forma inteligente y con relativa coherencia el conflicto entre agencias de inteligencia alimentado por las diferentes visiones que ambos grupos tienen de un líder terrorista. Al igual que ocurriera en los inicios de la serie, en esta ocasión un acontecimiento tan aparentemente “inocente” desemboca en todo un conflicto armado con asalto a la embajada estadounidense que deja varias decenas de muertos por los pasillos y las calles del recinto. Sin duda ese es uno de los momentos más impactantes del desarrollo dramático, pero ni por asomo es el que más tensión genera.

De hecho, este último aspecto es de lo más admirable de esta ficción. Su trama está tan bien construida, sus personajes son tan ricos dramáticamente hablando y los secretos son tan relevantes que cada episodio, cada secuencia, añade un grado de tensión física y dramática al conjunto, generando una escalada que desemboca en ese violento capítulo del que la foto que acompaña este texto es solo un leve reflejo. Esta aparente sencillez para construir el thriller es lo que permite a la serie reconciliarse con todos aquellos fans que encontraron en la tercera temporada un vacío narrativo y dramático. Es un regreso por todo lo alto, no cabe duda, y devuelve a la serie al lugar que le corresponde, si es que en algún momento lo abandonó.

Futuro incierto

Cabe señalar, además, que esta cuarta temporada de Homeland ha sabido aprovecharse de todo aquello que arrastra de las temporadas anteriores. La niña que la protagonista ha tenido fruto de su relación con el personaje de Damian Lewis (serie Hermanos de sangre); la tensa relación con el personaje de Rupert Friend (Aprendiz de caballero); el regreso de Mandy Patinkin (La princesa prometida) a la primera fila de la dirección de la CIA. Y así sucesivamente. La integración de todos estos elementos en el desarrollo de la trama principal hace que la serie se nutra de elementos aparentemente intrascendentes, pero que dotan a los personajes y al conjunto en general de una profundidad que no lograba en etapas anteriores. Hay que decir, empero, que el desarrollo de la trama principal se ha visto salpicado de diversos giros argumentales algo forzados dentro de la definición no solo de la historia, sino de los propios personajes, obligándoles a actuar de forma algo incoherente para poder desarrollar la trama.

El final de la temporada puede parecer dócil, incluso derrotista. Mientras que durante 10 episodios la tensión y el drama van en aumento, los últimos capítulos se centran en cerrar las líneas secundarias relacionadas con la vida personal de la protagonista. Lo cierto es que conceptualmente hablando contrastan mucho ambos mundos, pero no por ello es un mal final, más bien al contrario. La serie aprovecha esos elementos para situar a todos y cada uno de los personajes ante una nueva perspectiva, impidiendo al espectador tener acceso al conocimiento de qué es lo que va a ocurrir. Más o menos como ocurrió al final de la tercera temporada, con la diferencia de que ahora mismo no se ha cerrado una etapa como tal, sino tan solo un capítulo de algo que se atisba mucho mayor.

Buena parte de estas sensaciones se debe a que la trama desarrollada en Pakistán no ha concluido del todo. Las relaciones entre los personajes, su forma de afrontar la derrota sufrida en suelo pakistaní y el hecho de que la CIA parezca apoyar de algún modo a un líder terrorista dejan abiertos sendos interrogantes que permiten pensar en una quinta temporada de lo más variada. Y digo pensar, porque si algo ha demostrado la serie es que no tiene miedo alguno a sorprender al espectador con un desarrollo impacientemente coherente, lo cual siempre es de agradecer y admirar.

Desde luego, Homeland ha logrado en esta cuarta temporada desprenderse de todo aquello que la eclipso durante sus primeras temporadas para revelarse como una serie de espionaje, una serie capaz de tener una vida más allá de un marine reconvertido, de la enfermedad mental de su protagonista (que en estos episodios tiene cierta relevancia, pero en ningún caso es fundamental) o de la amenaza terrorista en suelo norteamericano. Lo cierto es que, quitándose una serie de sambenitos que se le habían asignado no sin cierto fundamento, se ha definido como uno de los mejores thrillers de la televisión, al menos dentro del mundo del espionaje. Y lo ha hecho con las armas que siempre le han funcionado: una buena historia y unos personajes profundamente complejos. Solo cabe esperar que la quinta temporada siga la senda iniciada en estos episodios.

‘El hombre más buscado’: espiando a los espías por un bien personal


Philip Seymour Hoffman y Robin Wright en un momento de 'El hombre más buscado', de Anton Corbijn.John le Carré, afamado novelista de intriga y espionaje, está en la base de lo nuevo de Anton Corbijn (El americano) como director, y eso es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de abordar el que es el último film de Philip Seymour Hoffman (Cold Mountain) como actor protagonista. Si alguien espera una especie de caza al terrorista en el que buenos y malos jueguen una partida por ver quién gana a quién, mejor que abandone la sala antes de que se apaguen las luces. Eso sí, perdería la ocasión de ver un thriller frío y calculado cuyo final es inclasificable.

Una frialdad que no solo se palpa en los diálogos, sino en el tratamiento que Corbijn le da a la trama, con una paleta cromática opaca, con predominancia de grises y una iluminación dura. Gracias a eso y a una planificación sobria y al mismo tiempo hermosa, el director sumerge al espectador en una intriga donde el mayor peligro no es tanto el potencial atentado que se trata de impedir, sino las relaciones institucionales entre los diferentes poderes del espionaje que se dan cita en el film y que, de un modo u otro, tratan de ponerse una medalla en su trayectoria profesional. Una crítica, en definitiva, a la lucha de poderes que no hace sino entorpecer la lucha contra el terrorismo, y da una idea de las verdaderas intenciones de los gobiernos implicados.

Pero para lograr transmitir esta idea de competencia se requería de un reparto sin fisuras, algo que consigue con creces. Decir que Hoffman vuelve a demostrar lo mucho que va a notar el cine su ausencia sería repetitivo, casi tanto como reconocer la labor de Willem Dafoe (A woman) o Robin Wright (Dos madres perfectas), esta última reduciendo su presencia al mínimo y, con todo, siendo determinante. En realidad, el descubrimiento lleva por nombre Grigoriy Dobrygin (Black Lighting: Rayo negro), quien en todo momento logra transmitir el trauma al que ha sido sometido durante años.

El principal problema de El hombre más buscado es su ritmo, algo pausado. La insistencia de sus responsables en ahondar en las consecuencias y emociones durante varios segmentos del metraje lleva al film a un desarrollo intermitente, dando la sensación de que el suspense en la investigación no avanza. Empero, su resolución, tan impactante como simple, evidencia el verdadero sentido de la película, dando sentido al conjunto y permitiendo que todo, desde los actores hasta la iluminación, adquieran un mejor y mayor significado.

Nota: 7/10

‘Asalto al poder’: cuando McClane encontró a Obama


Channing Tatum y Jamie Foxx protagonizan 'Asalto al poder', de Roland Emmerich.La verdad es que desconozco por completo si en alguna futura entrega de la saga Jungla de Cristal existe la intención de que su protagonista, John McClane, salve al presidente de los Estados Unidos. Pero si es así, mejor que lo modifiquen, porque la idea se la han robado a cuatro manos entre el guionista James Vanderbilt (Zodiac) y el realizador Roland Emmerich (Independence Day). El resultado, por supuesto, no llega al nivel de la primera Jungla de cristal, pero tampoco lo pretende. Es, simple y llanamente, un entretenimiento, una sucesión constante de tiros, peleas y sentido del humor que conforman una autoparodia donde todo es susceptible de ser ridiculizado. Incluso el actual líder del mundo libre, pues no es casual que sea una persona de color cuyo objetivo es terminar con la guerra en Oriente Medio preparando un tratado de paz.

El principal problema de Asalto al poder es precisamente eso: que es un mero entretenimiento. No debería ser así, pero el hecho de que lo único que importe sean los tiroteos y la destrucción de iconos norteamericanos convierte la trama en una excusa. Tanto que cuando realmente necesita encontrar una explicación a lo sucedido el espectador recibe no una, sino múltiples motivaciones diferentes de lo que sucede dentro de la Casa Blanca. Por no hablar del hecho de que muchas de las resoluciones a los villanos de turno son un tanto absurdas, al más puro estilo ‘deus ex machina’ de la Grecia clásica. Vanderbilt compone un guión que oscila constantemente entre el humor de unos personajes humanizados (repito, al más puro estilo McClane) y unas secuencias de acción que, la verdad, no reflejan fielmente el abultado presupuesto de la película salvo en algún momento con aparatosos accidentes de por medio.

La falta de argumento queda casi patente desde el primer minuto. Con apenas un par de detalles la película presenta a sus personajes y los bandos en los que militan (buenos y malos, sin grises intermedios), ahorrándose la necesidad de explicaciones que solo lastrarían el ritmo del film, que por cierto no decae nunca, algo complicado en cualquier relato. Pero el hecho de que apenas exista un desarrollo dramático no impide, sin embargo, que la película no se disfrute, aunque exige del espectador una mente abierta al disfrute más básico. Por otro lado, las similitudes con la película de John McTiernan (Depredador) no se limitan solo al espíritu del film. Channing Tatum (Todos los días de mi vida) se esfuerza en parecerse al personaje de Bruce Willis (Los sustitutos) en todos los aspectos, físico y moral. Falta una frase emblemática, eso sí, pero por lo demás lo tiene todo.

En el fondo, Asalto al poder es lo que promete cualquier película de Emmerich. Es acción, es humor y es patriotismo. No es historia, una pena. Pero al igual que le ocurría a Objetivo: La Casa Blanca, en el fondo es lo de menos. Lo que al final queda es la impresión de una película simpática, sin grandes exigencias y con detalles de humor que reflejan, consciente o inconscientemente, el ridículo que puede hacer el ser humano (y los sistemas de seguridad del “país más seguro del mundo”) en situaciones para las que no está preparado. Todo lo demás es buscarle los tres pies al gato de una película que representa los últimos coletazos del cine veraniego y palomitero.

Nota: 6/10

‘Revenge’ se pierde en tramas secundarias en su 2ª temporada


Emily VanCamp tendrá que afrontar muchas pérdidas en la segunda temporada de 'Revenge'.Una de las mayores dificultades a la hora de construir una historia es encontrar el equilibrio perfecto entre la libertad de acción que otorga una buena definición de un personaje y el descontrol que eso puede provocar. Suele decir la teoría que el guionista debe dejar que sus personajes actúen libremente, descubriendo muchas veces caminos narrativos que  ni siquiera había planteado. Cualquiera que haya escrito alguna ficción sabe a lo que me refiero. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando dicha libertad termina por desvirtuar la naturaleza de la trama? Si el guión es sólido, se entenderá como una evolución natural; si no, generará un caos sin sentido que convertirá a los personajes en desconocidos. Algo similar le está ocurriendo a la serie Revenge, cuya segunda temporada ha borrado casi de un plumazo la temática de la venganza para centrarse en una especie de cruzada contra el terrorismo manejado por potentes grupos empresariales denominados a sí mismos “La Iniciativa”.

El final de la primera temporada ya dejaba entrever que la premisa inicial de la venganza por la muerte de un ser querido era solo la punta del iceberg dramático de esta producción creada por Mike Kelley (serie O.C.). A lo largo de estos nuevos 22 episodios dicha intuición no solo se confirma, sino que se convierte en un gigante que devora al resto de tramas secundarias hasta convertirlas en parte de sí mismo. Es más, devora incluso la idea inicial de destruir a una familia que acabó con la reputación y la vida de un hombre inocente. Este cambio de aires no debería ser necesariamente malo si no fuera por las formas.

Quizá la mejor forma de entender dicho cambio sería contestando a la siguiente pregunta: ¿de qué va Revenge? ¿Es una venganza personal? ¿Es el ataque contra una poderosa familia? ¿O es la forma en la que un grupo de personas tratan de derrocar a una poderosa organización secreta? El hecho de que una serie de corte tan sencillo y directo como esta posea tantos interrogantes es, por la propia incongruencia que supone, negativo para su factura final. Existen en esta segunda temporada demasiadas tramas abiertas que, de un modo u otro, se dejaron así al final de la temporada anterior. Y aunque se ha intentado que todas ellas confluyan hacia un mismo punto, lo cierto es que dicho objetivo está lejos de lograrse. A esto hay que añadir la presencia de nuevos personajes que han traído consigo nuevas tramas.

Al final, esta segunda entrega de la serie se convierte en una amalgama de historias, secretos y traiciones que empañan uno de los mejores elementos de la producción televisiva: su directa sencillez. Y todo viene provocado por lo que comentábamos al principio, es decir, la excesiva libertad otorgada a unos personajes cuyo plano desarrollo emocional les impide alcanzar cotas más altas, generando así historias que en algunos momentos llegan a convertirse en bucles continuos de un quiero y no puedo. El mejor ejemplo del caos provocado se halla en su protagonista, interpretada por Emily VanCamp (Infectados), quien en más de una ocasión se muestra perdida dentro de su propia vendetta contra esos diablos con rabo y tridente que son los miembros de la familia Greyson.

Unos giros inesperados

Todo esto no significa que la serie tenga una mala factura, sino que debilita las cualidades ya de por sí débiles que tiene la serie. Y uno de esos pilares es la sabia introducción de los giros dramáticos en los momentos más idóneos del desarrollo argumental de esta segunda temporada. Muchos de ellos, por cierto, dirigidos a simplificar un poco la trama y a eliminar personajes secundarios cuya vida empezaba a ser molesta e innecesaria. Ahora bien, el hecho de suprimir dichas tramas secundarias en pos de una mejora en la calidad de las historias principales hace pensar que los responsables han atisbados los peligros de seguir por esa senda.

Estos giros, además, abren las puertas a un futuro totalmente distinto al que se presuponía en el último capítulo de la etapa anterior… o tal vez no tanto. Tras unos episodios en los que los protagonistas, incluso los menos influyentes, deben hacer frente a la amenaza de esos tenebrosos hombres y mujeres capaces de dominar el entorno económico y social de la historia, la resolución del último episodio (o mejor dicho, de los dos últimos, pues forman un díptico titulado La verdad) vuelve a poner las piezas en posiciones relativamente similares al punto de partida, aunque evidentemente sin la ingenuidad que demostraron en los primeros compases de la trama. O eso cabría esperar.

Esta segunda temporada ha sido, en una palabra, irregular. Más irregular que su predecesora, y todo provocado principalmente por un descontrol dramático de las tramas secundarias. Descontrol que, por ejemplo, ha dado un protagonismo excesivo a la ira del personaje de Nick Wechsler (Chicks, man), un ingenuo Jack que resulta incluso ridículo en algunos momentos, o que ha provocado triángulos amorosos secundarios que poco o nada han aportado al conjunto de la serie. La excepción se encuentra en el personaje de Henry Czerny (El equipo A), cuya ironía e indiferencia ante todo lo que ocurre aporta la nota cómica que permite al espectador tener la esperanza de que todo lo ocurrido en estos nuevos capítulos no ha sido más que un desliz, un exceso que será reparado a lo largo de una tercera temporada ya anunciada.

La sensación que queda tras finalizar esta última entrega de Revenge es contradictoria. Al igual que ocurre con las telenovelas, su calidad dramática deja bastante que desear. Sus tramas se alargan innecesariamente a través de recursos tan falsos como fallidos, y muchos de sus personajes existen simplemente porque gustan a la audiencia. Sin embargo, engancha y consigue mantener el interés merced a unos giros dramáticos inesperados que modifican el panorama de toda la producción y que obligan a pensar en un futuro interesante o, por lo menos, que regresará a esa venganza a la que hace referencia el título.

‘Objetivo: La Casa Blanca’: la satisfacción de un trabajo bien hecho


Gerard Butler y Aaron Eckhart protagonizan 'Objetivo: La Casa Blanca', de Antoine Fuqua.Tal vez 15 años de trabajo no son suficientes para calificar a un director como genio o artesano, pero desde luego Antoine Fuqua (El tirador) está demostrando que su talento reside, sobre todo, en la narrativa eficaz de historias más o menos mediocres. De forma cada vez más clara sus películas abandonan el drama o la intriga en favor de la acción y de unos personajes bastante arquetípicos que se nutren de frases e iconos del cine utilizados hasta la saciedad. Su último trabajo es un buen ejemplo de todos estos elementos. Ahora bien, incluso en este sentido existen los buenos y los malos films. Y desde luego, Objetivo: La Casa Blanca pertenece a los primeros.

Quizá lo mejor que tiene la trama es que no engaña, posiblemente porque es muy consciente de sus propias limitaciones. De hecho, el propio título, tanto en inglés (Olympus has fallen) como en español permite al espectador hacerse una idea de lo que está a punto de presenciar. Es un relato simple, directo y sin grandes alardes, capaz de justificar todas y cada una de las decisiones de sus personajes a través de secuencias eficaces, entretenidas y sorprendentes. En este sentido es imprescindible destacar el pilar central de la trama, el ataque a una Casa Blanca más fortificada que cualquier centro militar. Tanto por su duración como por su intensidad, amén de una planificación sencillamente perfecta, es más que probable que en un futuro se mencione estos minutos como unos de los más acertados del cine de acción. Realmente deja sin palabras, entre otras cosas porque logra la difícil tarea de convencer acerca de la posibilidad de que un solo hombre sobreviva a una carnicería de semejantes dimensiones.

A partir de aquí, por supuesto, la película transita por terrenos comunes, sin enseñar nada fuera de lo normal pero tampoco insultando la inteligencia y la coherencia de cualquier narración. En cierto modo, la película de Fuqua recuerda a los grandes clásicos de los años 80 del siglo XX del cine de acción, con un héroe (un Gerard Butler que se muestra más que cómodo) poco convencional y unos terroristas cuya serenidad les convierte en los más peligrosos del mundo, sobre todo si tenemos en cuenta que piden como rescate por el Presidente de Estados Unidos… bueno, tampoco importa demasiado lo que piden. De hecho, lo primordial es que la trama llegue a su previsible desenlace de la mejor manera posible, y el director de Los amos de Brooklyn (2009) lo consigue con creces gracias a una capacidad narrativa muy artesanal, además de un plantel de actores conscientes de su lugar y más que correctos en sus trabajos, sobre todo Aaron Eckhart (Gracias por fumar) y Morgan Freeman (Invictus).

Objetivo: La Casa Blanca es, en definitiva, lo que anuncia: un producto entretenido, patriota y enaltecedor de los valores estadounidenses. Eso no es necesariamente malo, más bien al contrario. La película es un divertimento constante salpicado por secuencias de acción tan apabullantes como el atentado inicial o la pelea final. Sí, no posee grandes giros dramáticos, pero tampoco los necesita. Sus argumentos son otros muy distintos, pero tienen la suficiente solidez para aguantar el relato, incluso convertirlo en uno de esos cada vez más raros productos de acción donde importa más el alma que la apariencia. Fuqua no tal vez no sea un creativo, pero es un artesano que transmite la sensación del trabajo bien hecho. Y es tan bueno en lo suyo como el protagonista de su historia.

Nota: 6,5/10

‘La noche más oscura’: visión sobria de una búsqueda a ciegas


Jessica Chastain es la protagonista de 'La noche más oscura'.Estamos tan acostumbrados a ver en una película que los Estados Unidos son los héroes de turno, ensalzados por un patriotismo visual espectacular e innecesario, que cuando llega a nuestras manos un producto más o menos objetivo, emocionalmente distante y, sobre todo, crítico con su propio sistema, puede llegar a parecernos hasta un rara avis. Kathryn Bigelow (Acero azul) no solo lo consigue con un tema tan delicado y fácilmente manipulable como es la persecución y muerte de Osama Bin Laden, sino que ofrece una película sobria, perfecta en su planteamiento y valiente en su forma de abordar las diferentes fases de una investigación que duró más de una década.

No cabe ninguna duda de que estamos ante una de las mejores producciones del 2012, y es una firme candidata a los Oscar. Y lo es principalmente por la labor de su directora y de su guionista, Mark Boal (En tierra hostil). La historia, narrada a través de bloques en los que se recogen las diferentes fases y líneas de investigación seguidas a lo largo de los años, da pie en numerosas ocasiones para entregarse a un fanatismo estadounidense y anti islamista capaz de arrasar con Oriente Medio varias veces. Afortunadamente, y ciñéndose a las informaciones de agentes de la CIA, los responsables optan por un tono mucho más comedido, desnudo en muchas ocasiones, dejando al espectador la labor de valorar si aquello que ve es lo suficientemente espectacular, violento o tenso, lo que es de agradecer.

La película huye en todo momento del efectismo facilón y barato. Nada de banderas; nada de discursos motivadores; nada de héroes. Si algo destaca por encima de todo en La noche más oscura es su reflejo fiel de la realidad. Los militares no son máquinas de matar, sino seres humanos entrenados para situaciones violentas; la CIA no es un cuerpo de inteligencia de élite donde sus miembros se entregan a un fin superior, sino individuos marcados por sus propios miedos; ni siquiera se representa a Estados Unidos como una potencia honesta, una crítica a esas torturas que tanto dieron que hablar y que aquí se muestran en toda su crudeza.

Sumando a este tono sincero un reparto de auténtico lujo que asume su rol vehicular de una historia más grande que ellos mismos, nos encontramos ante una obra diferente, un film que se acerca, en cierto modo, al documental ficcionado, capaz de llevar al espectador por un caudal de nombres, investigaciones, torturas y atentados que, por cosas del destino y la perseverancia de una agente de la CIA, dan como resultado la captura de Bin Laden… a pesar de la incertidumbre de su ubicación. Y ese es el otro gran pilar de la trama. Los acontecimientos históricos no se escriben en el primer borrador, sino que son fruto del ensayo, del error y de las corazonadas que tanto han marcado el devenir del ser humano. La noche más oscura es un compendio de más de 10 años de todo ello.

Nota: 9/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: