‘No dormirás’: puede que sí, puede que no, nunca lo sabremos


Suele decirse que hacer reír es más difícil que hacer llorar o asustar al espectador. Sobre eso se puede matizar y debatir mucho, pero hay algo seguro. Sea cual sea el género, siempre habrá niveles narrativos, interpretativos y formales. Y la nueva película de Gustavo Hernández (La casa muda) se encuentra en esa categoría del susto fácil, la ambientación prefabricada y la historia simple que pretende ser enrevesada. Y el resultado es lo que cabría esperar.

Lo más frustrante de No dormirás posiblemente sea que el punto de partida es interesante. Una directora de teatro obsesionada con que sus actores se introduzcan en el personaje, la frontera entre la vida y la muerte, el insomnio y una obra de teatro marcada por la locura, el dolor y la muerte. Pero lo que comienza siendo un relato sobre los límites de la mente termina convirtiéndose en una especie de psicosis colectiva en la que la trama pierde por completo el control de lo que quiere contar. Si bien es cierto que existen muchos arcos argumentales secundarios que ayudan a nutrir la historia principal, la resolución de todos ellos en un único final crea el efecto contrario, es decir, diluye lo visto hasta ese momento en un clímax con poco o ningún sentido.

Da la sensación de que ni el director ni el guionista han sido capaces de establecer una conclusión más o menos coherente a una historia en la que han mezclado (o querido mezclar) psicología y fantasmas. Y a esto no ayuda el hecho de que el envoltorio de la trama sea excesivamente manido. Un relato sobre locura y terror que transcurre en un psiquiátrico abandonado. Una protagonista con un historial familiar psicótico contratada para dar vida a una mujer encerrada por su locura. Todo lo que da forma al desarrollo dramático se plantea de forma tópica para crear, eso sí, una ambientación exquisita, pero que recurre al susto fácil y a un desarrollo excesivamente lineal.

Al final, y como ocurre con muchas historias de terror, No dormirás parece más de lo que es. Tiene una buena idea original que no se desarrolla adecuadamente, tal vez por un exceso de celo a la hora de hacer más compleja la trama. A pesar de que el reparto está correcto y la ambientación hace su trabajo de forma solvente, la falta de originalidad a medida que avanza la historia y la mezcla de elementos en un arco dramático que debería haber sido más simple de lo que es hacen que el film se pierda en su propio mundo, sin que al final sea capaz de definir, como ocurre con la protagonista, si lo que se ha visto en pantalla es fruto de la imaginación o realmente ha abierto la puerta a algo más. Y en la indefinición, por desgracia, no está la respuesta.

Nota: 5/10

‘Toc Toc’: la intrascendencia de los trastornos


El humor suele ser una buena terapia para casi todo. Y por eso tal vez la nueva película de Vicente Villanueva (Lo contrario al amor) funciona tan bien. Sí, es cierto que se basa en una obra de teatro, y con eso tiene buena parte del camino hecho al contar con una trama muy dinámica y acotada a pocos personajes y un único escenario. Pero más allá de eso, el director ofrece una particular visión principalmente a través de sus actores.

Y es que, como en cualquier obra de teatro, en Toc Toc lo fundamental son los actores. Todos ellos brillantes, cada uno con las manías de su personaje llevadas al máximo, los seis protagonistas conforman un mosaico único y caótico, un compendio de trastornos obsesivos compulsivos que terminarían con la paciencia de cualquiera, pero que gracias a esa sala de espera reconvertida en terapia de grupo logra crear un extraño y divertido equilibrio entre todos ellos. Desde luego, en el conjunto destaca un Paco León (Embarazados) inmenso, capaz de hacerse con la escena desde el primer minuto en que entra por la puerta.

Quizá el mayor problema, si quiere verse así, es su intrascendencia. En efecto, la cinta es un divertimento puro carente de nada más que una buena dinámica narrativa y una concatenación de gags que mantienen la sonrisa permanente en el espectador, arrancando en más de una ocasión la risa pura y dura. Esto, por supuesto, no es algo necesariamente malo. Al contrario, en determinadas situaciones es algo muy positivo. Pero el problema que esto provoca es que, cuando la trama necesita abordar el trasfondo de la historia más allá del humor, la cinta pierde de forma estrepitosa su ritmo y deja al descubierto sus carencias de fondo en cuestión de argumento o trasfondo de personajes.

Dicho esto, Toc Toc se puede definir simple y llanamente como una comedia al uso, una diversión en imágenes que distrae, y de qué modo, durante hora y media, pero que tiende a olvidarse tan rápido como se consume. Que esto sea algo bueno o malo depende del espectador y, sobre todo, de la predisposición que tenga a la hora de ver la cinta. Pero lo que es indudable es que puede haber momentos en que la risa no le deje oír los diálogos, sobre todo si esta historia de trastornos se ve en compañía.

Nota: 6/10

‘La Llamada’: Lo hacemos y ya vemos


Vaya por delante que no he tenido el placer de ver en directo la obra de teatro ‘La Llamada’, por lo que mi visión de esta adaptación cinematográfica realizada por sus autores e interpretada por los mismos actores es, digamos, virgen. Y no sé si eso será bueno o malo, pero facilita una visión más audiovisual de esta comedia musical.

Y bajo este prisma lo primero que hay que decir es que la película crece de forma progresiva conforme la trama avanza. Con un comienzo que puede resultar un poco titubeante, en tanto en cuanto los pilares dramáticos de la historia se presentan con un primer número y se mantienen latentes en un segundo plano durante buena parte del primer acto, una vez la trama se centra por completo en la relación del personaje de Macarena García (Villaviciosa de al lado) con Dios, y cómo esto afecta al resto de roles, la historia explota al máximo su potencial para convertirse en una comedia fresca, dinámica y con una reflexión que a priori no tiene moraleja, pero que sí un mensaje de libertad muy concreto.

A esto se suman unos números musicales tan sencillos como divertidos, bien dosificados a lo largo de la trama y con las canciones de Whitney Houston como grandes atractivos. Eso por no hablar de ese último tema electro latino con una coreografía tan divertida como surrealista por el contexto en el que se produce. Amén de un reparto que desprende diversión en cada plano y que, para bien o para mal, tiende a ser un poco teatral. Todo ello, en definitiva, genera ese aura de diversión sin maldad, de historia adolescente sobre el amor libre, sobre la tolerancia y sobre la amistad. Y conseguir eso en estos tiempos es sumamente difícil.

De este modo, independientemente de la obra de teatro, La Llamada es una obra alegre, fresca y divertida, con un comienzo que puede trastocar la idea preconcebida de aquellos que no hayan visto la obra sobre los escenarios. Y sí, sus inicios pueden tener una cierta carencia de ritmo, pero se compensa con creces cuando el meollo de la historia toma el control de todos los personajes y sus respectivas tramas secundarias, construyendo un relato único en torno a unos pocos conceptos que obligan a reflexionar más allá de la música o de la religión (que en el fondo no es su motivo principal).

Nota: 6,5/10

‘Fences’: a las duras y a las maduras


Denzel Washington y Viola Davis protagonizan 'Fences'.Las adaptaciones de obras de teatro pueden ser un arma de doble filo. Si están bien realizadas se convierten automáticamente en grandes films, pero una deficiente adaptación puede resultar en un producto tedioso repleto de diálogos interminables sin un objetivo claro. Por suerte para todos, la adaptación de la obra de August Wilson dirigida y protagonizada por Denzel Washington (John Q) pertenece a la primera categoría. Y digo “por suerte” porque, a pesar de todo, tiene ciertos momentos pertenecientes a la segunda categoría.

Narrativamente hablando, Fences es una historia medida al milímetro. La presentación de personajes, la exposición de conflictos, los puntos de giro, … todo está planificado para conducir al espectador por un drama que, más que lacrimógeno, es un auténtico proceso de reflexión sobre la vida y la madurez, hacia dónde nos llevan nuestras decisiones y la capacidad que tenemos de aceptar lo que nos toca o lo que elegimos vivir. Desde luego, la evolución de la historia es simplemente magistral, ahondando poco a poco en los problemas de esta familia y derribando esas vallas de las que habla el título y que, en el fondo, representan el muro que se construye (y se ha construido) entre los personajes. En este sentido, y aunque el trabajo de Washington es excepcional, destaca el papel de Viola Davis (Hermosas criaturas), magistral en todos y cada uno de los registros y asumiendo el cambio que se produce en su personaje como lo que es: un proceso de sinceridad con ella misma.

El problema, si es que se quiere buscar uno, es el habitual en este tipo de films. Sus largos diálogos pueden invitar a la evasión de la mente, con el consecuente riesgo de perder el hilo de los acontecimientos. Y es inevitable el bache de ritmo que sufre hacia el comienzo de su segundo acto. Por suerte, Washington, en su faceta de director, es capaz de solventar buena parte de estos problemas gracias a una puesta en escena que busca, ante todo, evitar siempre que puede un encopetado academicismo para ofrecer movimientos de cámara tan elegantes como sumamente expresivos, dotando al film de algo más que una mera traslación del teatro a la gran pantalla.

Desde luego, Fences es una de las películas del año. Con un reparto excepcional dando vida a unos personajes tan fuertes como débiles, tan carismáticos como miserables, la película bucea en los sentimientos encontrados que genera el hecho de conocer poco a poco las diferentes caras de un relato que comienza como la historia de una familia normal y corriente para convertirse en una explosión de miedos, medias verdades y mezquindades, principalmente de un hombre incapaz de ver todo lo bueno a su alrededor y con tendencia a la destrucción de aquellos que le quieren. Una película densa, es cierto, pero sumamente enriquecedora.

Nota: 7,5/10

‘Macbeth’: la bella fuerza del minimalismo


Michael Fassbender y Marion Cotillard protagonizan la nueva versión de 'Macbeth'.Una nueva versión de una obra de teatro de William Shakespeare siempre tiene dos caras. Por un lado, es muy difícil no lograr una película más que correcta, con todos los ingredientes que se esperan de un drama atemporal como los que escribió el dramaturgo inglés. Pero por otro, es igual de difícil conseguir que esa adaptación destaque por encima del resto, precisamente por la cantidad de veces que se han llevado al cine. Por eso esta segunda película de Justin Kurzel (Snowtown) tiene el mérito que tiene.

Porque no solo tiene un desarrollo dramático notable, sino que la puesta en escena utilizada por el director es espléndida. Aprovechando al máximo el minimalismo de unos decorados naturales, Kurzel compone una obra arrebatadoramente bella y apasionadamente violenta, en la que la luz se combina con el color para mostrar al espectador toda una paleta de tonalidades que ayudan a la historia a ahondar más en las emociones que describe la obra. Ambición, dudas, angustia, miedo. Prácticamente todos los estados que vive el protagonista, incluyendo la batalla final, tienen un color propio. A ello se suman unos decorados asépticos y muy teatrales en los que lo que más destaca son los actores.

Y menudos actores. Tanto Michael Fassbender (Frank) como Marion Cotillard (Lazos de sangre) van más allá de la simple carga dramática para dotar a sus personajes de una entidad que ofrece, aunque sea sutilmente, varias interpretaciones en la relación entre ellos. Lo que logra Fassbender con su Macbeth es simple y llanamente la obra de un actor que no se conforma con volcar la clásica ambición sobre sus actos, dotándoles además de la soberbia, el miedo y los remordimientos en prácticamente todo el metraje. Y Cotillard no se queda atrás. Su monólogo final, en un único primer plano que permite captar hasta el más mínimo pestañeo, es impagable.

De este modo, Macbeth logra superar la simple adaptación de la obra de teatro para componer un bello y potente film acerca de la ambición, del poder y de la ruina a la que lleva el ansia de lograr por medios ilícitos aquello que nos es prometido. Una cinta visceral en la que no son solo los actores los que llevan el peso de la historia, sino en la que la puesta en escena y la narrativa del director, combinando cámara lenta y rápida, iluminación y color, dicen tanto o más que los diálogos. Se le puede achacar falta de ritmo en varias ocasiones, pero queda compensada por la belleza y dureza que desprende la película.

Nota: 7,5/10

‘Birdman’: La inesperada virtud de la ignorancia


Michael Keaton es 'Birdman', de Alejandro González Iñárritu.Siempre he considerado a Alejandro González Iñárritu (Amores perros) como un director que traspasa al espectador con las emociones, que plasma en imágenes el dolor, la alegría o la ira sin necesidad de recurrir a evidentes planos o a herramientas habituales. Pero lo que ha logrado con su último trabajo es algo simplemente fascinante, hipnótico, impecable. Lo que puede verse en pantalla, un largo plano secuencia que narra la vida de un actor en decadencia tres días antes de estrenar una obra en Broadway, es brillante, capaz no solo de hacer reír o llorar, sino de estremecer por la terrible belleza de la psicosis, obsesión y frustración de un héroe de acción venido a menos que todavía sueña con un pasado que le encumbró al estrellato.

Gracias al constante movimiento de cámara y al reducido espacio en el que transcurre la acción, el director logra transmitir la claustrofobia de un hombre atormentado por su pasado y por un ego que constantemente le insta a recuperar un estatus al que ya no pertenece. A través de los diálogos la trama se desarrolla en un mundo donde, además, los egos mantienen una constante lucha por imponer su criterio, independientemente de las víctimas que dejen por el camino. Un mundo de actores, críticos y productores que plasma no solo la hipocresía de unos artistas que viven en su propia realidad, sino la ignorancia que les persigue al creerse mejor o peor que los demás simplemente por el hecho de haber actuado en un viejo éxito de taquilla o por tener a los críticos comiendo de su mano. Unos críticos, por cierto, que tampoco se salvan de la quema.

En este contexto, la película cuenta con un reparto espectacular. Michael Keaton parece haber nacido para el papel, toda vez que su pasado como el Batman de Tim Burton le convierte en el alter ego perfecto para su personaje. Pero no es el único. Emma Stone (Rumores y mentiras), Naomi Watts (King Kong) y Edward Norton (Las dos caras de la verdad), quien parece interpretarse a si mismo a tenor de los rumores sobre su carácter, mantienen el pulso narrativo con momentos únicos que dotan al film de un dramatismo y una tensión incomparables. Incluso un irreconocible Zach Galifianakis (Salidos de cuentas) logra hacer olvidar su vis cómica para enfundarse un rol dramático que le encaja como un guante. El film logra, así, plasmar todo un microcosmos en el que la vida se mueve de forma paralela a la vida real, con situaciones oníricas a cada paso y con una ferviente y feroz crítica al moderno fenómeno de superhéroes que invade las pantallas. El comienzo es, a este respecto, sobresaliente.

No cabe duda de que estamos ante una de las películas del año. Bridman es un film brillante, complejo, divertido y dramático a partes iguales y con unos actores que se sobreponen a sus personajes para convertirse en ellos. El planteamiento narrativo de Iñárritu, con ese casi exclusivo plano secuencia, dota al conjunto de la originalidad necesaria para que el espectador se sienta parte del mundo del teatro, de las conversaciones con un ego que tiene forma de pájaro y de las ensoñaciones de un actor que no encuentra su sitio en el mundo moderno. Es cierto, empero, que en determinados momentos puede perder algo de ritmo. En cualquier caso, es toda una reflexión sobre el mundo del cine, de la interpretación y de las superproducciones. Una gran obra que parte con ventaja en la carrera hacia los Oscars.

Nota: 9/10

El musical derrota al drama en la última temporada de ‘Smash’


'Smash' llega a los Tony en su segunda y última temporada.Hay historias que, a pesar de poseer un desarrollo coherente y una serie de bazas atractivas con las que atraer al público, no logran mantener el interés que se exige hoy en día a cualquier producción, sea cinematográfica o para televisión. La serie musical Smash ha visto cómo la fuerza que tuvo en la primera temporada ha ido decayendo durante su segunda etapa hasta obligarla a desaparecer, y uno de sus grandes problemas ha sido establecer como marco dramático el mundo del teatro, de los musicales y de la vanidad de los actores. Un mundo complicado de retratar en el que los conflictos se antojan algo inocentes y en el que las motivaciones no conectan con el público. Dos temporadas es lo que ha durado en pantalla, y como si de un autohomenaje se tratara, su creadora, Theresa Rebeck (guionista de Ley y orden: Acción criminal), ha decidido dar un final feliz a todos sus personajes y poner un broche de oro a la propia obra protagonista de la serie, el musical sobre Marilyn Monroe (Los caballeros las prefieren rubias) titulado ‘Bombshell’.

Estos nuevos 17 episodios afrontaban la difícil tarea de continuar narrando la lucha por la fama de sus dos actrices principales. Una rivalidad que se ha trasladado a un terreno mucho más general ajeno al propio musical, y que ha permitido introducir una nueva obra con nuevos números, nuevas canciones y nueva música. La forma de conseguirlo, a través de una lucha en los despachos que termina con el personaje de Katharine McPhee (Paz, amor y malentendidos) renunciando a su gran sueño, resulta algo forzada, pero obsequia con unos frutos realmente interesantes que se traducen en una obra capaz de competir en los Tony, los premios más prestigiosos del teatro norteamericano. Igualmente, la presencia de otra obra de teatro ha permitido a la serie expandir su marco dramático, incorporar nuevos personajes y dar salida a secundarios que en la primera temporada eran poco más que apoyos puntuales.

El devenir de Smash a lo largo de esta segunda tanda de episodios ha sido, en líneas generales, correcta. Desde luego, la serie nunca ha sido brillante, pero en ningún caso ha resultado mediocre o absurda. Si bien es cierto que buena parte de sus tramas secundarias son, por decirlo de algún modo, irrelevantes, el conflicto principal entre las dos actrices, en el que se ven involucrados de forma indirecta buena parte del resto de personajes, funciona lo suficientemente bien como para evolucionar hacia un punto de equilibrio que se rompe con esa gala final en la que la rivalidad vuelve a aflorar. Es más, todo en esta temporada está planteado para conducir al espectador hacia el clímax emotivo y feliz que tiene lugar en el último episodio, cuando los premios son entregados y los esfuerzos reconocidos.

Emotivo y feliz. La verdad es que, si se analiza fríamente, la opción de que todos los personajes, a pesar de lo que sufren y lo que se sacrifican (la muerte de uno de ellos es uno de los puntos fuertes de la temporada), terminen de la mejor forma posible chirría un poco. No me malinterpreten, encaja relativamente bien con el tono de la serie, que nunca sobrepasa la línea de la ligereza dramática endulzada con buenos números musicales. Pero teniendo en cuenta lo que se ha visto con anterioridad, algunas decisiones parecen poco lógicas. En realidad, los personajes se ven obligados a poner buena cara ante el inevitable final, a resolver sus problemas personales y a perdonar todo lo que previamente parecía insalvable. Es el sino de tener que finalizar una serie de forma más o menos coherente cuando todavía queda algo más que contar.

Más música en ‘Hit list’

Quizá la mejor consecuencia de que Smash hubiera agotado las posibilidades de su propia obra musical en la primera temporada es que ‘Hit list’ haya hecho acto de presencia. Ya he comentado que la presencia de dos obras de teatro ha expandido notablemente el tono dramático de la serie, planteando conflictos de intereses, rivalidades entre equipos creativos (y no entre los egos de dos actrices que quieren llegar a lo más alto) y, sobre todo, más música. Y si en esos primeros episodios la historia de ‘Bombshell’ pretendía ser una especie de reflejo de lo que viven las dos protagonistas, el nuevo musical es claramente un representación de lo que viven los protagonistas de dicha obra. Una especie de metalenguaje que tiene sus puntos buenos y sus puntos malos.

No cabe duda de que los buenos están relacionados con la música. Frescos y diferentes, los números musicales de la nueva obra se antojan atractivos ante la saturación que provoca la obra sobre Monroe. Es por eso que gana presencia a medida que avanza la temporada, sobre todo cuando uno de sus responsables sufre el funesto destino que sufre. Pero ahí queda todo. El potencial dramático que aportan los nuevos personajes se queda en eso, en potencial. Los secretos que acompañan al personaje de Jeremy Jordan (Joyful noise), quien por cierto no es una mala incorporación musicalmente hablando, se mueven en un ámbito de incertidumbre que obliga a realizar forzadas concesiones al dramatismo, como la relación romántica con el personaje de McPhee o la huída hacia adelante que tiene lugar con la tragedia de su amigo. Dramáticamente hablando, su rol representa la falta de objetivos de una obra que tiende a caer demasiadas veces en la exageración emocional. Por no hablar del personaje de Debra Messing (Lucky you), perdida en sus propias emociones.

Esta segunda temporada, más que una continuación, es un complemento, un intento por revitalizar lo ocurrido en la primera temporada, igualmente agradable, divertida y atractiva para los amantes al musical. La evolución dramática de sus protagonistas queda ahora relegada a un segundo plano, tal vez porque las transformaciones más interesantes se produjeron en aquellos episodios, tal vez porque sus responsables han sido incapaces de encontrar una nueva salida a esa evolución. Pensándolo bien, la ausencia de este tratamiento de personajes, ahora con problemas mucho menos interesantes, puede que haya sido determinante para introducir el nuevo musical y las nuevas canciones, distrayendo de este modo la atención sobre el resto de cosas y, en definitiva, volviendo más liviano el conjunto.

Sea como fuere Smash se despide con esta segunda temporada por todo lo alto, es decir, llevando sus dos obras a los premios Tony. Todos ganan, nadie pierde. El futuro de cada personaje se antoja brillante de diferentes modos. La verdad es que la serie, con sus altibajos y su tono ligero y agradable, merecería algo más de desarrollo. Empero, la desaparición de muchos de los aspectos dramáticos de la primera temporada, resumidos en que para lograr el éxito hay que hacer sacrificios personales, merma la producción. Sigue siendo entretenida, de eso no hay duda, pero no solo de música vive un musical. La serie que comenzó sustentando su historia en sus personajes ha terminado con un homenaje a su propia imagen gracias a ese último plano que acompaña este texto y que, curiosamente, define perfectamente la producción. No hay actores, solo Smash.

‘Agosto’: Osange County saca a airear sus trapos sucios


Julia Roberts, Ewan McGregor y Meryl Streep en un momento de 'Agosto', de John Wells.Las reuniones familiares en momentos extraordinarios siempre han sido el escenario ideal para sacar a flote la naturaleza humana, los rencores y los secretos de un grupo de individuos que, contrariamente a lo que podría creerse, se tienen poco o ningún cariño. Suelen ser film con una gran calidad interpretativa y con guiones con un desarrollo interesante desde un punto de vista emocional pero algo previsibles en su dramatismo. La historia creada por Tracy Letts, al que los seguidores de la serie Homeland conocen como el nuevo director de la CIA Andrew Lockhart, peca de todo lo bueno y todo lo malo, con la diferencia de que muestra unos personajes realmente interesantes. Eso y los actores, claro está.

Desde luego, lo más atractivo de Agosto es su reparto. Puede sonar exagerado, pero todos y cada uno de sus miembros deberían copar las nominaciones de los próximos premios que se entreguen en Norteamérica. Resulta una auténtica lección interpretativa ver a cada uno introducirse en personajes complejos (algunos más que otros) e incapaces de entenderse. Unos personajes que, en muchas ocasiones, son víctimas de su propia naturaleza y de la situación que viven en la película. Destacan, como no podía ser de otro modo, unas excepcionales Meryl Streep (La duda) y Julia Roberts (Erin Brockovich). De la primera poco más se puede decir, pero la segunda demuestra que, bajo toda esa parafernalia de “la novia de América” se esconde una gran actriz que no necesita maquillaje alguno.

Pero como decimos, la película se encuentra con un handicap importante. Su historia, aunque dramática y con algunos giros argumentales inesperados, no llega nunca a distinguirse sobre el resto de tramas que podrían enmarcarse en su categoría. Es más, si no fuera porque se juntan en un todo actores y calidad de personajes posiblemente la historia no tendría el interés que tiene. No digo con esto que sea un mal film, sino un film conocido, algo previsible en sus premisas. Del mismo modo, y aunque su fotografía logra captar el incómodo entorno en el que se produce la acción (un mes de agosto con un calor insoportable), la planificación de John Wells (The company men) no saca todo el provecho a algunos momentos de la trama, sobre todo a los puntos de giro.

Los aficionados a este tipo de historias, con una clara vocación teatral, disfrutarán mucho de Agosto. La verdad es que cualquiera al que le guste el cine de actores debería entrar en la sala y disfrutar con el plantel que presenta la historia. Eso sí, que nadie se espere algo novedoso. La mayor parte de los personajes, salvo matices, responden a prototipos ya abordados en obras similares. ¿Es eso un inconveniente? No debería. Poder ver el duelo interpretativo de Streep y Roberts es motivo único para acudir a su proyección, incluso si el film fuera una comedia sin sentido.

Nota: 7,5/10

‘Anna Karenina’: el teatro de la alta sociedad


Jude Law y Keira Knightley en 'Anna Karenina', de Joe Wright.Siempre he considerado a Joe Wright (Orgullo y prejuicio) como un director formalmente serio, capaz de expresar todo tipo de emociones con un lenguaje poco dado a la espectacularidad y a los falsos movimientos de cámara creados digitalmente. Tal vez sea por eso que en un primer momento su particular adaptación de la obra de Tolstoi me dejó un poco descolocado. Pero superado ese primer momento de sorpresa y curiosidad, la obra se revela como una película donde cada detalle cuenta, cada mirada y cada silencio narran más que los diálogos o los bailes de salón.

Desde luego, adaptar la literatura del autor de Guerra y paz nunca es fácil. Si a eso le añadimos la decidida apuesta por el formato teatral que realiza Wright nos encontramos ante un film que generará tantos seguidores como detractores. Argumentos hay en ambas direcciones, pero posiblemente sean más los positivos que los negativos. Lo más llamativo del conjunto, y al mismo tiempo lo más transgresor, es ese estilo teatral en el que los personajes pasan de un decorado a otro simplemente con el cambio de las paredes y la aparición de los extras. Diferente, sí, pero no por eso menos narrativo. Gracias a este recurso, que por cierto enriquece el conjunto, el director incide en el hecho de que todo a lo que el espectador asiste no es más que teatro, una farsa en la que los sentimientos se dejan a un lado por la imagen que debe mostrarse en sociedad. Un teatro de la alta sociedad rusa que no deja espacio para el romance, el cual solo puede hallarse en el humilde mundo de la clase media y baja.

Sin embargo, esta fresca forma de rodar no impide que el metraje se exceda demasiado, principalmente por dos motivos. El primero es que extiende demasiado algunas tramas secundarias en ese afán de demostrar que lo verídico de la vida se halla alejado de ese mundo teatral de la clase alta. El segundo, y quizá más importante, es el regodeo que existe en el rechazo social que sufre la protagonista tras su decisión de abandonar a su marido por un joven conde, y que podría haberse resumido en algunas de las magníficas secuencias que contiene. A sus debilidades cabe sumar, por desgracia, la presencia de Aaron Taylor-Johnson (Nowhere boy). Y no es que el actor realice un mal trabajo. El problema es quién tiene enfrente.

Y es que las labores de Keira Knightley (Sólo una noche) y Jude Law (Gattaca) son excepcionales. La primera logra condensar en apenas unas pocas miradas la evolución de un personaje que pasa de ser sumiso y reacio al adulterio a desafiar el orden establecido aunque ello le cueste la cordura y la vida. El segundo fascina en su carácter estoico y su capacidad para no modificar en ningún momento su semblante a pesar de conocer las confesiones de la protagonista. Una pareja que compone una lucha interpretativa que eclipsa al resto de actores, incluyendo al tercero en discordia, un Taylor-Johnson que, aunque resolutivo en su papel, no logra mantener el nivel de sus compañeros.

Anna Karenina es una obra bella en sus formas y en su fondo. En el recuerdo quedan el magnífico vestuario y algunas de las transiciones y simbolismos más interesantes del cine moderno de los últimos años, como es el momento de la carrera de caballos o la forma de integrar a los protagonistas en una secuencia de baile. No es un film perfecto, ni mucho menos, pero sí resulta mucho más enriquecedor que otras obras de época narradas de modo neutral. Wright vuelve a demostrar, una vez más, que los dramas románticos de época son su fuerte.

Nota: 7/10

El musical crece gracias al drama en la primera temporada de ‘Smash’


Este ha sido, sin duda, el año de Marilyn Monroe. En el 50 aniversario de su muerte, la actriz de Con faldas y a lo loco (1959) ha sido homenajeada en el cine con Mi semana con Marilyn, pero la televisión no se ha quedado atrás. Producida por, entre otros, Steven Spielberg (E. T., el extraterrestre), Smash se ha erigido como un debate en toda regla acerca de lo que Marilyn era, y todavía es, para actores, directores y, en general, la sociedad norteamericana. Chica frágil, rodeada de gente cuyo único objetivo era aprovecharse de su imagen; mujer que solo buscaba el amor; actriz con talento limitada por su belleza. Todos los elementos han sido abordados en algún momento de los 15 capítulos que ha durado la primera temporada. Pero Smash es mucho más que eso.

La serie creada por Theresa Rebeck, veterana en el mundo de la televisión, toma como excusa la realización de un musical de Broadway sobre la estrella de El príncipe y la corista (1957) para desgranar con detalle los entresijos de una producción teatral (y audiovisual en general), pero también para exponer los dramas personales de un mundo exigente y cruel como es el del espectáculo, y que en cierto modo suponen un reflejo de lo que vivió Marilyn en su vida personal. Todo desde el punto de vista de una joven que se inicia como actriz y que está interpretada de forma sutil y sorprendente por Katharine McPhee (Shark Night 3D), sin duda una de las mejores voces de todo el reparto, si no la mejor.

Aunque algo tópicos, los personajes son el verdadero sustento del interés de la historia, recomendable para todo tipo de públicos aunque seguramente de difícil visión para aquellos que no sean aficionados al género musical. Un director que no tiene corazón, una actriz con tablas en busca de su oportunidad, un compositor homosexual, … Todos ellos, sin embargo, presentan una evolución dramática, imperceptible en algunos casos, contundente en otros, que enriquece una trama, por otro lado, algo clásica.

En este sentido, la labor de los actores sustenta el alto nivel de los elementos técnicos, aportando al mosaico de personajes una vitalidad casi interna, como si las emociones y los pensamientos estuvieran reservados casi en exclusiva al reducido microcosmos que se crea durante una producción. Desde Debra Messing (serie Will y Grace), que se echa a sus espaldas una de las subtramas más difíciles de la temporada, hasta Jack Davenport (trilogía Piratas del Caribe), que ofrece una de las mejores evoluciones dramáticas, pasando por Anjelica Huston (La familia Adams) o Christian Borle (Ex-posados), todos ellos se alejan del melodrama para componer una serie coherente, seria y muy próxima a una producción real.

Mención aparte debe tener el joven Jaime Cepero, debutante en el mundo del cine y la televisión con este Smash. Su personaje, el de un joven que desea ante todo entrar en el mundo del teatro, puede que sea uno de los más odiados de la primera temporada, lo que no hace sino confirmar el talento del actor. A la buena definición sobre el papel que posee Ellis Boyd, Cepero aporta un grado de cinismo y falta de escrúpulos único, capaz de moverse con el sigilo de un depredador que lo único que busca es hacer la mayor cantidad de dinero en el mundo del espectáculo.

El musical de la pequeña pantalla

Pero si algo define por encima de todo a Smash es su aspecto más técnico y la complejidad de su puesta en escena. Las canciones compuestas para esta primera temporada como parte del musical titulado Bombshell no solo encajan en una producción televisiva como esta, sino que en muchos casos superan los títulos que se oyen en los principales teatros del mundo. Temas musicales, por cierto, que en las voces de las dos protagonistas, McPhee y su principal rival en la pantalla, Megan Hilty (Bitter Feast) alcanzan cotas realmente únicas. En cierto modo, se podría trasladar perfectamente el espectáculo de la pequeña pantalla a los escenarios de Broadway.

Claro que a las canciones se suman unos números de baile que equilibran brillantemente los momentos álgidos y tristes de la vida de Marilyn Monroe. Vitalidad y sobriedad se combinan gracias a la labor de los bailarines del coro bajo unos focos que apoyan las composiciones escenográficas en una obra, por lo demás, que carece casi por completo de decorados, limitándolo a un fondo y a una serie de muebles que casi adquieren vida propia al convertirse en un miembro más de los números musicales.

Esta primera temporada de Smash supone un regalo para los amantes del género musical, pero también ofrece la posibilidad de abrir una ventana al backstage de una obra de teatro, a los ensayos y a las motivaciones que fuerzan una decisión, acertada o errónea (como es la de incluir a una actriz famosa en el reparto, papel interpretado por Uma Thurman), a la crueldad de un mundo que parece no tolerar la estabilidad familiar o las relaciones de pareja. La conclusión de estos primeros 15 episodios no ha sido más que el camino hacia una primera presentación. Todo queda, por tanto, preparado para el tortuoso camino hasta las representaciones en Broadway. Ante esto, solo se puede hacer una cosa: desearle a la serie “mucha mierda”.

Diccineario

Cine y palabras

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