‘Defiance’ termina con una tercera temporada idónea


Los nuevos enemigos provocan cambios en la tercera temporada de 'Defiance'.No es que sea la mejor serie de ciencia ficción que se haya hecho. Es más, sus primeros pasos fueron, de hecho, bastante mediocres. Pero Defiance ha sabido reponerse de sus difíciles inicios y ha terminado convirtiéndose, en su tercera temporada, en una producción amena, fascinante en su imaginería particular y consciente de sus propias limitaciones. Esto se traduce en que estos últimos 13 episodios son, con diferencia, los mejores de toda la serie.

El mundo creado por Kevin Murphy (serie Mujeres desesperadas), Rockne S. O’Bannon (serie Farscape) y Michael Taylor (serie La zona muerta) ha logrado encontrar en su última temporada el equilibrio que brillaba por su ausencia en las anteriores etapas. Y curiosamente lo ha conseguido introduciendo una serie de factores externos que han logrado unir las diferentes tramas secundarias de un modo difícil de imaginar. La presencia de enemigos comunes, de amenazas constantes y de traiciones imperdonables es lo que ha permitido a los protagonistas evolucionar, desarrollarse dramáticamente hablando, encontrando escenarios nuevos que han nutrido la trama.

Baste señalar, por ejemplo, el cariz que han adquirido los personajes de Tony Curran (In the dark half) y Jaime Murray (serie Dexter), pareja cuyo potencial se perdió al final de la primera temporada y que se ha recuperado con creces en estos nuevos episodios. De hecho, y cada uno a su modo, son los verdaderos catalizadores de toda la acción que tiene Defiance, otorgándoles el lugar que por derecho les corresponde dentro de una trama en la que los personajes son excesivamente monocromáticos. El carácter sibilino de ambos, capaces de vender su alma a cualquier postor con tal de sobrevivir, permite al espectador acceder a su verdadera naturaleza en un grado no contemplado hasta ahora.

Pero no son los únicos que cambian. En líneas generales, la presencia de amenazas que van más allá de la propia ciudad que da nombre a la serie provoca un cambio profundo en todos los roles, incluso en los más secundarios. Es evidente que el carácter de “buenos y malos” sigue presente en todos ellos, pero sus decisiones, en muchos casos, les llevan a cometer actos que no se ajustan a dicha definición, lo que a la larga provoca giros dramáticos que redefinen las relaciones planteadas hasta ahora. Dicho de otro modo, la tercera temporada explora aspectos de la personalidad que hasta ahora habían sido ignorados. Mejor tarde que nunca.

Entretenimiento puro

'Defiance' termina con una tercera temporada superior a las anteriores.Todo esto, sin embargo, no convierte a Defiance en una gran serie. Ni siquiera hace pensar que la tercera y última temporada sea magnífica. Simple y llanamente, es la mejor de todas, lo que eleva significativamente el tono de la producción pero, en ningún caso, logra alejarla del mero entretenimiento de ciencia ficción. Y debe quedar claro que eso no es necesariamente malo, al contrario.

Esta space opera no pretende, en ningún momento, ser más de lo que es. La conciencia de sus propias limitaciones es lo que la convierte en el divertimento que es. Pero no hay que olvidar en ningún momento, precisamente, dichas limitaciones. Curiosamente, estas no son los problemas que venía arrastrando de la segunda temporada, sino que se traducen más bien en conflictos internos de los personajes, tan arquetípicos que no son capaces de asumir los cambios con la naturalidad que debería presuponerse.

Algunas de las decisiones que toman, sumamente polémicas e indudablemente cargadas de confrontación moral, no parecen tener repercusión en las relaciones humanas que se plantean, e incluso no arrojan consecuencias a su entorno. Lo cierto es que se limita a actitudes y decisiones secundarias cuyo impacto en el grueso de la serie es insignificante, pero no dejan de ser decisiones que podrían, perfectamente, provocar un cambio de rumbo en algunas líneas dramáticas. Esta forma de forzar a los personajes, algo que no existía antes (entre otras cosas, porque eran excesivamente tópicos) provoca una cierta disconformidad en el devenir de la serie, y es lo que termina por limitar sus propias posibilidades.

Pero Defiance es lo que es, y dentro de ese marco su tercera temporada se ha convertido en algo superior. Por supuesto, sigue manteniendo unas limitaciones notables, pero la incorporación de factores externos y de amenazas comunes ha permitido a la trama desarrollarse de forma casi autónoma. ‘Casi’ es la palabra clave. El entretenimiento que desprende se ve limitado por algunas decisiones dramáticas que impiden a los personajes ir un paso más allá. En cualquier caso, y dado que esta última entrega de episodios ha sido la mejor, se puede decir que la serie termina por todo lo alto.

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‘Sharknado 2: The second one’, autoparodia para ver sin exigencias


Ian Ziering protagoniza 'Sharknado 2: The second one'.Si alguien dudaba de la relevancia que tienen las redes sociales en nuestra moderna sociedad de la información solo tiene que fijarse en el fenómeno Sharknado, y sobre todo en su continuación, Sharknado 2, cuyo subtítulo es un muy apropiado ‘El segundo’. Su estreno, que tuvo lugar el pasado 30 de julio, fue el más importante para la cadena de televisión SyFy con 1,6 millones de espectadores, y según la cadena tuvo unos 1.000 millones de comentarios en Twitter. No cabe duda de que su éxito ha sido rotundo, y si estas cifras pudiesen medirse de forma proporcional en dinero posiblemente su productora, The Asylum, habría engordado sus arcas de forma notable. Productora, por cierto, que va camino de convertirse en el Ed Wood (Plan 9 from outer space) de las productoras. ¿Realmente esta segunda parte merece tanta atención? Me imagino que la respuesta sigue la estela de la opinión que se tenga del original, pero en cualquier caso hay que reconocer que la continuación es, al menos, más autoparódica y consciente de sus propias limitaciones.

Tratar de analizar de forma seria la película de Anthony C. Ferrante, director de ambos títulos, es trabajo para Tom Cruise y su Mission: Impossible. Porque si alguien intenta encontrar en esta aventura neoyorquina con tiburones que salen de la nada y homenajes paródicos a clásicos del género una película, que se olvide. Su guión es simplemente absurdo, plagado de incoherencias y de clichés que tratan de aportar espectacularidad cuando lo que realmente hacen es provocar imposibles. La factura técnica deja mucho que desear, y no solo en el plano de los efectos digitales, deliberadamente pobres. Su montaje, sobre todo en las secuencias que requieren una mayor presencia de líneas de diálogo, es abrupto e irregular, creando saltos narrativos de lo más innecesarios. Y eso por no hablar de los propios diálogos o de la definición de personajes.

En líneas generales, sí, es una mala película. Y este debe ser uno de los pocos casos en los que poco importa si la película gusta o no. Desde un punto de vista puramente técnico, que es lo más objetivo que puede existir en el cine, existen tantos errores que es imposible pasarlos por alto. Pero precisamente en este punto es donde se produce la inflexión, o al menos donde uno debería darse cuenta de que está ante una pseudoparodia del género de catástrofes en la que todo puede ser, sobre todo si es imposible. Comenzando por ese subtítulo al que antes hacía referencia y que, es verdad, es muy apropiado. Sí, ya sé que es una obviedad que una película titulada Sharknado 2 se subtitule ‘El segundo’, pero es que es esa obviedad la que marca el camino que luego seguirá el resto del film, que por cierto no pierde el tiempo en florituras ni presentaciones de personajes, como sí hacía su predecesora (lo que sin duda la perjudicó), aprovechando el metraje para entregarse a sus propios excesos.

Excesos que nacen en el viaje que realizan los protagonistas, interpretados de nuevo por Ian Ziering (serie Sensación de vivir) y Tara Reid (American Pie), a Nueva York en un avión que se ve envuelto en una tormenta de tiburones. Que él se convierta en el héroe realizando un aterrizaje forzoso con un 747 es indescriptible (para los que no lo sepan, su personaje es un surfista de Nueva York afincado en Los Ángeles), aunque más inverosímil es el hecho de que una mujer de vida acomodada se líe a tiros con los tiburones mientras tiene medio cuerpo fuera del avión. Toda esta secuencia, que parece una parodia de películas como Aeropuerto 75 (1974) o Serpientes en el avión (2006), permite al espectador situarse en la trama a todos los niveles, modificando consecuentemente su humor y su grado de exigencia, fuese éste cual fuese.

Entre homenajes y tópicos

Claro que no es este el único homenaje, ni mucho menos. Puede que sea por el amor al género, o simplemente porque la película tiene menos giros argumentales que un largo plano de un estanque en calma, pero juntar a un personaje sin mano y una motosierra en un mismo film es señal inequívoca de que antes o después la referencia a Terroríficamente muertos (1987) hará acto de presencia. Ferrante lo sabe. El espectador lo sabe. Vaya, hasta los personajes parecen saberlo. Y así ocurre. Eso sí, en lugar de demonios son tiburones que vuelan por el skyline de Nueva York, lo que ofrece una oportunidad única para alzar las manos, digo las motosierras, y partir escualos por unas mitades perfectas (fruto sin duda de las limitaciones técnicas). Y así sucesivamente. Si el comienzo de la película, salvando esa especie de preludio que es el ataque al avión, es algo pobre en referencias cinematográficas, a partir de la segunda mitad el relato es una sucesión de homenajes o parodias de la Historia del cine y del género.

Lo mejor es tomarse todo con humor, sobre todo si tenemos en cuenta que ver Sharknado 2: The second one no supone un gasto económico, al menos no directo. Lo cierto es que la película, cuando trata de ponerse mínimamente seria, pierde todo el terreno que pudiera haber ganado con la paródica autocomplacencia que desprende el conjunto. Ver cómo sus responsables intentan que los actores, de los cuales es mejor no decir nada, encarnen el lado más humano, maduro y sensible de sus personajes es poco menos que una tortura. Y la imposibilidad de que la película se ría de sí misma durante la hora y media que dura obliga a tener varios de estos momentos que no hacen sino ridiculizar aún más su propia condición. Que a una mujer le entren celos de una antigua novia en medio de un tornado de tiburones es poco menos que absurdo. Y esto solo por poner un ejemplo.

Aunque puede que la mayor y mejor evidencia de que estamos ante un producto que solo es soportable cuando no se toma en serio a sí mismo (la mayoría de las veces, por fortuna) es su conclusión, con el protagonista haciendo una especie de rodeo volador sobre un tiburón que da vueltas dentro de un tornado y que aterriza empalado en la antena del Empire State Building, y con los habitantes de Nueva York jugando al béisbol, al tiro al plato y a los dardos (con grandes lanzas, eso sí) con los tiburones que caen del cielo. Todo un final épico se mire por donde se mire. Y si tenemos en cuenta todo lo visto en los minutos anteriores, con discursos motivadores incluídos (el del alcalde de la ciudad es de lo más ridículo), el resultado es un incremento progresivo de la ironía, lo cual no es algo necesariamente malo.

Desde luego, Sharknado 2: The second one solo puede ser vista bajo la premisa de que el espectador va a reírse. Cualquier otro enfoque, incluido el miedo, la angustia o la empatía con los personajes, debe quedar descartado antes de que en pantalla aparezca ese título (y su subtítulo). Por tanto, y como decía al inicio, un sesudo análisis de esta producción de serie Z (no sé si habrá algo más bajo) es inviable, lo cual no quiere decir que no existan irregularidades y que todo pueda permitirse. Viendo esta continuación queda más patente que la primera parte pecó de ingenua al intentar narrar una historia, pues sin duda esta segunda parte es mejor gracias a su mayor entrega en el exceso sin sentido. También puede ser que uno ya se espera lo que está a punto de llegar. En cualquier caso, y por si queda alguna duda, sigue siendo una mala, muy mala película. Disfrutar con ella depende del cristal con el que se mire.

La necesidad de presentar ‘Defiance’ perjudica su primera temporada


Imagen promocional con el reparto de 'Defiance'.Tanto el cine como la televisión buscan nuevas vías de explotar sus productos, de atraer a un público más diverso y obtener así mayores réditos económicos. Uno de esos experimentos más recientes es Defiance, serie de ciencia ficción producida por el canal especializado SyFy que transcurre en una Tierra futura en la que diversas razas alienígenas conviven en un delicado equilibrio junto a los humanos después de una devastadora guerra por el control del planeta. Y es que junto a los primeros 13 episodios (12 si se consideran las dos partes del piloto como uno solo) salió al mercado un videojuego que completaba la experiencia. El resultado se ha quedado en tierra de nadie. No ha sido un fracaso, de hecho ya se ha aprobado la segunda temporada, pero tampoco ha sido un gran éxito. El problema, curiosamente, no reside en unas bases argumentales erróneas o deficientes, sino en la propia naturaleza de la historia.

Una historia que sigue a un humano y a su adoptada hija alienígena que se establecen en Defiance, antigua San Luis, como guardiantes del orden. Su llegada es la excusa perfecta para mostrar no solo la riqueza de culturas y razas que conviven en la ciudad, sino para reflejar las diferencias entre ellas, las intrigas y las luchas de poder que se generan, y los estragos de una guerra cuyos ecos, a pesar de haber pasado décadas, todavía están muy presentes en forma de antiguos soldados y restos de naves alienígenas desperdigados por tierra y espacio. Como puede apreciarse, es lo que se conoce como una ‘space opera’, un producto que combina intriga y drama a partes iguales con un reparto coral. Pero al igual que le ocurrió a otra producción similar, Caprica, esta serie creada por Rockne S. O’Bannon (serie Farscape) pierde fuerza por las propias necesidades dramáticas que tiene.

A diferencia de historias más realistas, cualquier producción que crea un mundo nuevo y complejo como el de Defiance requiere de una serie de episodios que muestren la situación de cada personaje, de cada raza, en el tablero de juego general que se establece. Y para ello son necesarias historias que definan el carácter de cada uno de ellos. El problema de eso es que suele terminar convirtiéndose en una mera reproducción de los problemas de la sociedad actual trasladados a un mundo fantástico en el que dichos problemas mundanos son más difíciles de creer. Así, ver los conflictos paterno filiales entre un humano y una alienígena, o una especie de Romeo y Julieta entre dos razas diferentes no hacen sino acrecentar la idea de que estamos ante un producto al uso cuyo único aliciente es ver si los efectos y el maquillaje son dignos.

Es decir, el peso dramático del desarrollo argumental se reduce considerablemente, por lo que la serie pierde intensidad e interés. A esto se suma el hecho de que los personajes no son excesivamente complejos. No es esto un problema excesivamente grande en este tipo de producciones, pero sí juega en su contra si no existe una sólida trama que sobrepase a los estereotipos que la protagonizan. Por poner algunos ejemplos, el protagonista interpretado por Grant Bowler (Asesinos de élite) se asemeja al típico shérif del Lejano Oeste que llega a la ciudad acompañado de su hija indígena adoptada (en este caso una alienígena interpretada por Stephanie Leonidas). Por su parte, los personajes interpretados por Tony Curran (Underworld: Evolution) y Jaime Murray (Spartacus: Dioses de la arena) no tienen nada que envidiar a esos personajes oscuros y sibilinos cuyo único propósito es lograr el máximo poder, eliminando de la ecuación a una alcaldesa tal vez excesivamente modosita interpretada por Julie Benz (serie Dexter).

Un futuro interesante

Pero como decíamos al inicio, es un mal necesario que Defiance debe sufrir. Y es mejor que lo sufra al inicio que no a lo largo de los 13 episodios. En efecto, el tramo final de la temporada, una vez hechas las presentaciones pertinentes, revela una trama mucho más interesante, más coherente con el marco general de la producción y en la que se incluyen misteriosas llaves capaces de abrir una especie de caja de Pandora con forma de nave o, lo más importante, las tensiones entre los diferentes gobiernos que existen ahora mismo en la Tierra, y que deja abierto un futuro interesante a tenor de la conclusión del último capítulo.

En este sentido es importante reseñar que el propio desarrollo del argumento ya ha realizado los oportunos cambios que parecía necesitar la serie. Uno de ellos es el papel de la joven protagonista interpretada por Leonidas, un personaje que ha crecido con la serie y que, a pesar del final visto en esta primera temporada, está llamado a ser uno de los más determinantes. De hecho, todo el drama protagonista del conjunto una vez terminada esa primera fase de introducción a este nuevo mundo gira en torno a ella, ya sea como una especie de enviada de su dios o como objeto romántico de uno de los secundarios. Por no hablar de las preocupaciones del protagonista como padre de la criatura.

Aunque si hubiese que destacar un personaje ese sería el interpretado por Jaime Murray. Su rol como esposa del villano de la función es sencillamente magistral. Más allá del maquillaje pálido y las ropas blancas que definen la raza a la que pertenece (Castithans), su desarrollo dramático es la prueba fehaciente de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. La fascinación por su presencia es directamente proporcional a la incertidumbre por saber si en algún momento dice la verdad o habla con sinceridad sobre cualquier aspecto. En el fondo, y eso es algo que se aprecia en el desenlace de la temporada, es ella la que maneja los hilos de prácticamente todos los personajes. Desde luego, su hipotética pérdida para una segunda temporada sería difícil de reemplazar.

En cualquier caso, Defiance ha logrado el objetivo de expandir su mundo y sus intrigas una segunda temporada por encima incluso de las limitaciones que han presentado estos primeros capítulos. Sin duda las flaquezas de esta temporada, que pasan por esa justificada necesidad de presentar a todas las razas y sus características, quedarán eliminadas para dejar vía libre a un desarrollo dramático mucho más coherente con el formato de la ‘space opera’, y que no es otro que una trama general nutrida por las intrigas entre alienígenas y humanos, y entre los humanos mismos. Para los amantes de la ciencia ficción esta puede ser una nueva pequeña joya a seguir. Para los demás, es un producto interesante si se logra superar esos primeros episodios.

La 2ª temporada de ‘Alphas’ mejora su argumento antes de morir


'Alphas' ha sido cancelada tras su segunda temporada.Uno de los riesgos más peligrosos de una serie policíaca es caer en el tedio de resolver casos criminales demasiado similares episodio tras episodio. Es un problema que se puede trasladar a todo tipo de producciones televisivas de ficción que contengan elementos equivalentes. Es lo que le ocurrió a Alphas en su primera temporada. Su necesidad de presentar casos de personajes con cualidades superhumanas para ampliar el limitado espectro de los protagonistas llevó a la serie a una falta de objetivo que trató de paliarse con ese villano a escala global y un final realmente interesante. Como ya comentamos cuando hablamos de sus primeros episodios, parecía claro que una segunda temporada dirigiría sus miradas hacia una trama menos episódica. Así ha sido, y lo cierto es que el show televisivo ha ganado consistencia, aunque haya sido demasiado tarde.

Y es que esta segunda temporada, que consta de 13 capítulos, es un canto de cisne para este grupo de superhombres que, liderados por un doctor, deben hacer frente a las cada vez más claras amenazas de otros alphas, en concreto a la de un hombre inmortal que pretende acabar con la raza humana para dar paso a un nuevo orden. Para los lectores de los cómics, dicha trama les será harto conocida. Pero me desvío de lo verdaderamente importante. En efecto, es un canto de cisne. Mucho mejor que su primera entrega, el daño que hizo la falta de dirección de los primeros episodios impidió que acaparara más seguidores, obligando a cancelar la serie al final de esta entrega. Y es una lástima, pues deja en el aire numerosos interrogantes que abren, a su vez, nuevas vías de desarrollo dramático.

Sin lugar a dudas, la mayor presencia del villano se ha convertido en uno de los pilares fundamentales del saneamiento de la trama de esta serie. Interpretado por John Pyper-Ferguson (Betty Anne Waters) de forma más que solvente, su personaje aúna locura y comprensión, amor y odio, a partes iguales. Como todos los megalómanos, es capaz de buscar justificación a las ideas más descabelladas, generando un sinfín de debates en torno a diversos temas que enriquecen la trama. Pero además, los creadores de la serie, Michael Karnow (serie CatDog) y Zak Penn (Elektra), aprovechan su presencia para crear todo un mundo de estos superhombres a su alrededor, dando un sentido a la presencia cada vez mayor de estos personajes. Dicho de otro modo, justifican la necesidad de introducir nuevos personajes secundarios con el protagonismo de un principal.

Por otro lado, hay que reconocer que esta segunda temporada de Alphas gana en dramatismo, principalmente gracias a los conflictos internos y familiares del grupo protagonista. Si en los primeros episodios asistíamos a unas relaciones más bien tópicas en las que primaba la comicidad y un drama descafeinado, la propia serie adquiere conciencia de su propia entidad para tomarse algo más en serio. Algo que se personaliza en un personaje secundario, el de la hija del doctor (de nuevo interpretado por David Strathairn) que se vuelve pieza clave tanto para el desarrollo argumental de buena parte de la segunda temporada, como para el desenlace final y las motivaciones de algunos de los sucesos.

Tal vez sea demasiado tarde

Sí, es cierto que la serie mejora sus expectativas en esta nueva temporada. Los personajes, que se ven obligados en el último episodio de la anterior temporada a tomar conciencia de su lugar en la sociedad, están ligeramente evolucionados. Algunos como el de Ryan Cartwright (Sironia) deja a un lado su extremado autismo para volverse algo más cercano. Otros, como los de Azita Ghanizada (Blood shot) y Laura Mennell (Elegy) han aprendido a convivir con sus poderes y sus propios demonios internos. Empero, todo esto no es suficiente para mejorar la imagen global de la serie.

En cierto modo, puede que los creadores hayan llegado tarde. Si buena parte de la primera temporada se hubiese sacrificado para incluir estos nuevos 13 episodios en su predecesora tal vez estaríamos hablando de otro futuro para la serie. Salvando las distancias, es algo similar a lo que le ocurrió a Fringe, serie que comenzó de una forma y tuvo que modificar su camino a mitad de la primera temporada. Lástima que esta serie de superhéroes no virase su rumbo unos capítulos antes. Dicho esto, que nadie se engañe. La calidad a nivel narrativo de la producción no se equipara a las grandes series. Por poner un ejemplo cercano, no tiene nada que ver con Héroes, de la que debería haber tomado algún que otro apunte, al menos en lo referente a la entidad de los personajes.

Ese ha sido el principal punto débil de la serie de televisión apoyada por el canal SyFy. La decidida apuesta por un producto algo menos cargado de dramatismo que otras producciones actuales la convierte en una serie menor, aunque una cosa no esté necesariamente relacionada con la otra. Y me explico. Al igual que le ocurrió a la ya citada Héroes, la serie comenzó con el descubrimiento de las habilidades por parte de un grupo de individuos, y cómo estos se unían para ayudar a otros y, de paso, salvar el mundo. Como hemos dicho, la segunda temporada está cargada de dramatismo… pero es un dramatismo provocado por acontecimientos externos, no por la propia lucha personal de cada uno de los personajes contra sus demonios interiores. Esta falta de autoreflexión, sustituida por un contexto algo liviano y episodios con bastante acción, la convierten en un producto entretenido pero olvidable, perdiendo la capacidad de impactar al espectador. Para cuando han querido desarrollarlo en la segunda temporada, ya era tarde.

Decir que Alphas es una mala serie sería muy injusto. A lo largo de sus limitados 24 episodios ha demostrado que tenía potencial para ser, al menos, un producto potente dentro de la ciencia ficción. Sus personajes eran interesantes, los poderes y su explicación científica eran tan reales como creíbles, e incluso la presencia de un villano a escala global apuntaba hacia un conflicto que podría haber durado varias temporadas. Sin embargo, la serie está lejos, muy lejos del nivel que cabría esperar de ella. Y ello es, principalmente, porque nunca llegó a respetarse a sí misma. Sí, mucha acción y algunas secuencias realmente logradas, pero el aspecto narrativo queda en un segundo plano. Estamos en una época donde los espectadores buscan ante todo un producto que les cuente algo sólido. Por desgracia, Alphas se dio cuenta de eso demasiado tarde.

‘Alphas’, o el punto intermedio entre los X-Men y ‘Héroes’


Que los superhéroes están de moda no es ninguna novedad. Una media de dos películas llegan a las salas cada verano, y desde hace algunos años, las series de televisión buscan entrar en este particular nicho de mercado. Pero no es el mismo fenómeno. De hecho, en algunos casos no es ni parecido. Si los films son más o menos fieles a las historias en las que se basan, los capítulos se alejan de dichos cómics para crear historias propias, si bien con elementos por todos conocidos. El último caso es Alphas, la historia de un grupo de personas con cualidades extraordinarias lideradas por un doctor que trata de educarles en sus nuevas habilidades mientras se enfrentan a un grupo terrorista, también con “superpoderes”, que se hace llamar Bandera Roja.

Es de suponer que la trama sea más que familiar para los seguidores del grupo de superhéroes más famoso de las páginas de Marvel, los X-Men. No van desencaminados. No sólo las coincidencias en la trama llaman la atención, sino los propios personajes recuerdan a Cíclope, Lobezno y compañía. Partiendo del profesor interpretado por David Strathaim (Buenas noches, y buena suerte), una suerte de Charles Xavier sin poderes, hay una mujer capaz de manipular el pensamiento, un hombre con superfuerza, otro capaz de prever una cadena de acontemientos, un joven que detecta las frecuencias y una chica que puede agudizar sus sentidos hasta límites no conocidos. No es de extrañar estas similitudes: sus creadores son Zak Penn, guionista de X-Men: la decisión final, y Michael Karnow, cuya carrera se centra principalmente en series de televisión.

Antes mencionábamos que cine y televisión abordan este tema de formas muy diferentes. Si las películas convierten el papel en carne y hueso, las series tratan de afrontar un aspecto más humano, supuestamente más social y que ofrezca cercanía a unos personajes que se antojan increíbles. Héroes fue una de las primeras, pero el intento se fue desinflando conforme pasaban las temporadas. Algo parecido pasa con este Alphas. A pesar de que su productora, la cadena de televisión SyFy, ya ha anunciado una segunda temporada, lo cierto es que la serie no termina de convencer más allá de los elementos fantásticos que posee.

Normalmente, las series de televisión poseen una trama episódica autoconclusiva o un arco argumental que se mantiene toda una temporada. La serie de la que hablamos combina ambas, pero lo hace de forma algo tosca. Durante varios capítulos parece olvidarse de esos enemigos a los que debe hacer frente para solucionar casos episódicos; en otros momentos, retoma esa historia dejando lagunas en medio que tratan de explicarse mediante diálogos. Incluso algunos de los actos de los protagonistas se quedan en meras llamadas para el siguiente capítulo, el cual no continúa ese giro dramático.

Pero el principal problema de Alphas radica en la calidad de sus personajes, todos ellos con un pasado más o menos problemático a causa de sus cualidades pero que no parece afectar ni en las relaciones entre ellos ni en su vida cotidiana. La magia de la televisión les convierte en agentes del gobierno de la noche a la mañana, borrando de forma más o menos permanente ese pasado que todos quieren olvidar y que olvidemos. Lo cual no deja de resultar algo frustrante viendo el potencial de algunos de los personajes, sobre todo del joven Gary Bell (Ryan Cartwright), capaz de ver las ondas en el aire, o del algo chulesco Cameron Hicks (Warren Christie), una especie de Lobezno con menos mala leche pero un pasado igual de enigmático.

Conociendo el final de la primera temporada, con una suerte de villano inmortal que pretende iniciar una guerra entre los Alphas y los humanos (¿Magneto?) y un descubrimiento ciertamente atractivo dramáticamente hablando, es de esperar que la trama centre más su mirada en ese conflicto a nivel mundial que en la búsqueda de nuevos miembros.

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