‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

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‘El renacido’: sobreviviendo a una experiencia fílmica excepcional


Leonardo DiCaprio es 'El renacido' de Alejandro G. Iñárritu.Se ha anunciado como la película del año, como el título que arrasará en la gala de los Oscar. No sé si finalmente eso llegará a ocurrir, pero desde luego lo nuevo de Alejandro G. Iñárritu después de Birman o (La inesperada virtud de la ignorancia) es uno de los proyectos más complejos, arriesgados, bellos e intensos que puede vivirse en una sala de cine. Y el principal motivo es que, aunque se ha vendido como una cinta de supervivencia, en realidad es mucho más, ofreciendo una complejidad emocional tan sutil que puede pasar desapercibida en un primer momento.

Desde la fotografía hasta la banda sonora, pasando por la interpretación o la puesta en escena, todo en El renacido (The revenant) está al servicio de un único fin: narrar la angustiosa búsqueda de venganza de un padre asediado por el dolor, los enemigos y un paraje inhóspito. Bajo esta premisa, por ejemplo, Iñárritu vuelve a recurrir a los planos secuencia en los momentos dramáticos más intensos, introduciendo al espectador no solo en la acción, sino en el miedo y la adrenalina de los personajes. Que el ataque inicial es una de las mejores secuencias del año es indudable, del mismo modo que el ataque del oso es imborrable una vez se ha tenido la suerte de verlo.

Pero de nuevo, la película es mucho más. Si Leonardo DiCaprio (La playa) se merece todos los premios habidos y por haber (y no por las exigencias físicas precisamente), lo de Tom Hardy (Warrior) empieza a resultar clamoroso. Su encarnación de un hombre asqueado con los nativos americanos y motivado únicamente por el dinero es excepcional, generando algunos de los instantes más interesantes desde un punto de vista puramente dramático. Y son solo los dos ejemplos más evidentes de un reparto sin parangón. Si a esto añadimos una fotografía con luz natural que aprovecha al máximo las posibilidades del paisaje, una banda sonora que incide en la angustia del protagonista, y algunos momentos realmente indigestos, lo que se obtiene es un film excepcional.

Habrá quien diga, como de hecho ya puede oírse, que El renacido (The revenant) es muy lineal, que su trama no afronta grandes giros argumentales ni posee un desarrollo de personajes excesivamente profundo. Y hasta cierto punto, podría ser cierto. Pero una reflexión algo más pausada de lo visto en esta historia de dos horas y media desmonta todo argumento posible. Su intensidad dramática, la venganza como hilo conductor tanto de héroes como de enemigos, y el perfecto y preciosista acabado formal hacen de esta obra una narración intensa, emocional y por momentos angustiosa. Y el cine al final es eso: hacer que el espectador viva una película.

Nota: 9/10

1ª T de ‘Wayward Pines’, el misterio de corto recorrido de Shyamalan


Carla Gugino y Matt Dillon protagonizan el misterio de 'Wayward Pines' en su primera temporada.Cualquiera que haya visto una amplia mayoría de la filmografía de un director sabrá que existen características comunes en todos ellos. Tal vez no visualmente hablando, pero sin duda sí en los temas abordados. Y eso se está trasladando a los títulos televisivos que apadrinan. No es casualidad que Steven Spielberg (E.T., el extraterrestre) esté detrás, por ejemplo, de Falling Skies, o que Martin Scorsese (Uno de los nuestros) haya apoyado una obra como Boardwalk Empire. Por eso aquellos que hayan terminado de ver la primera temporada de Wayward Pines, cuyo último episodio se ha emitido esta semana, habrán encontrado puntos comunes con la obra de su nombre estrella: M. Night Shyamalan, autor de El Sexto Sentido (1999) o El bosque (2004). Para bien y para mal.

Precisamente con esta última tienen bastante que ver estos primeros 10 episodios creados por Chad Hodge (serie The Playboy club). Adaptación de las novelas de Blake Crouch, la trama arranca cuando un agente secreto en busca de unos compañeros desparecidos despierta en un pequeño pueblo después de sufrir un accidente. Poco más se puede decir de su argumento para no desvelar los giros narrativos claves, salvo tal vez que el protagonista pronto comprende que en esa pequeña localidad nada es lo que parece, y que todo el mundo está controlado por cámaras, micrófonos y microchips. Desde luego, con esta premisa inicial el episodio piloto se convierte en un notable ejercicio de intriga que, aunque se desarrolla de forma más o menos previsible, sí deja lugar para numerosos detalles que posteriormente pueden, y deben, ser contrastados con la verdadera historia que se esconde detrás de esta serie.

A grandes rasgos, el desarrollo narrativo de Wayward Pines en esta primera temporada cumple con los objetivos marcados. La ficción, a través de numerosos ganchos episódicos, logra mantener al espectador pendiente de la explicación que aclarará el misterio planteado unos minutos antes. De este modo, el arco dramático avanza de forma más o menos fluida y exigiendo una única condición: cuadrar mentalmente todo lo visto para que la explicación tenga sentido. Así, la producción se revela como un delicado ejercicio de equilibrio en el que todo está muy medido, en el que las cuestiones (al menos las más evidentes) tiene su porqué. El éxito radica, precisamente, en un consistente armazón firmemente asentado y con una coherencia interna que no siempre se logra en productos de este tipo.

Por desgracia, a medida que el misterio se va desvelando las debilidades narrativas también van apareciendo, algo que no por casualidad también ocurre con frecuencia en el cine de Shyamalan. La revelación a mitad de temporada del secreto mejor guardado de la serie obliga a sus responsables a virar el sentido original de la producción para pasar de un thriller bien medido a una suerte de producto de acción y conspiranoico en el que, en cierto modo, se pierde el norte de muchos personajes. En realidad, este fenómeno se debe a dos motivos. Por un lado, tras conocerse el sentido real de la trama son necesarios algunos capítulos que ayuden a consolidar la nueva información y sienten las bases para el nuevo dogma dramático. Por otro, la corta duración de la temporada impide que haya tiempo suficiente para desarrollar correctamente diversos aspectos, entre ellos el anterior. El resultado es una aceleración de los acontecimientos que no termina de encajar en lo que propone la producción desde un principio.

El sacrificio de los personajes

Aunque desde luego los mayores damnificados de este fenómeno son los personajes. Resulta sorprendente comprobar cómo son sus propios responsables los que destruyen todo lo construido en los primeros episodios de la temporada con su apuesta por virar hacia otro formato en los últimos capítulos de Wayward Pines. Esto genera un fenómeno cuanto menos curioso. Mientras que en los inicios la serie establece las bases de los diversos conflictos que se desarrollarán, todos ellos quedan literalmente olvidados a raíz de los acontecimientos finales. Ni el posible triángulo amoroso, ni las dudas morales del protagonista cuando conoce la verdad. Nada de lo visto hasta ese momento parece tener interés, cuando precisamente debería ser todo lo contrario.

Una posible explicación es el carácter arquetípico de todos sus roles, que no logran desarrollarse más allá de sus características básicas. La mejor evidencia de su carácter se encuentra en los últimos episodios, cuando se produce el ataque al pueblo. A modo de Apocalipsis selectivo, solo son salvados por Dios (léase, los creadores de la trama) aquellos personajes que han mostrado un cierto atisbo de redención, ya sea enfrentándose a aquellos a los que hasta ahora habían ayudado, ya sea apoyando a los protagonistas de forma más explícita. Pero otra explicación, que no es necesariamente excluyente, es que el desarrollo queda totalmente interrumpido. Salvo roles como el de Melissa Leo (Prisioneros) o Carla Gugino (San Andrés), ésta en menor medida, los demás quedan eclipsados por el impacto narrativo de su punto de giro intermedio, dejando a un lado sus propias naturalezas para convertirse en meras herramientas al servicio de un objetivo último.

La pregunta que hay que hacerse es cuál es ese objetivo. La respuesta se encuentra en el apéndice del último episodio, cuando el pueblo vuelve a la normalidad después del ataque… o casi. El diálogo mantenido entre los personajes de Charlie Tahan (Lazos de sangre) y Sarah Jeffery (serie Rogue), que podrían cargar con el peso de la serie en una hipotética segunda temporada, revela un futuro dramático que plantea en principio repetir estructuras narrativas con personajes más jóvenes, dejando a los más veteranos como complemento, apoyo dramático o recurso narrativo. Esto permitiría, una vez conocidos todos los secretos, mejorar el desarrollo de los arcos dramáticos de cada personaje, aprovechando asimismo para enriquecer la historia con tramas secundarias que, todo sea dicho, darían un carácter completamente diferente a la serie.

Pero por ahora, lo que ofrece Wayward Pines en su primera temporada es, a grandes rasgos, lo que ofrece M. Night Shyamalan en sus películas: un planteamiento sumamente atractivo, un desarrollo algo irregular y un desenlace totalmente diferente. Que esto guste o no depende de cada uno. Lo que sí puede percibirse es un arco dramático que no logra aprovechar todas las posibilidades que ofrece no solo el misterio que centra los primeros episodios, sino “la verdad” contada a mitad de temporada. Ni los personajes ni la historia son capaces de levantar el vuelo con un desarrollo que parece empeñado en constreñir las posibilidades del producto, tal vez porque todo se reserva para una futura continuación que, por ahora, no se ha confirmado. Sea como fuere, este pueblo y sus habitantes reclamaban una mayor profundización en sus relaciones y en los conflictos que generan.

‘Jumanji’, un juego de mesa del que Robin Williams pudo escapar


Robin Williams sobrevivió a los peligros de la selva de 'Jumanji'.El actor Robin Williams, famoso por sus papeles en Good Morning, Vietnam (1987) o El club de los poetas muertos (1989) moría ayer a los 63 años tras lo que parece ser un suicidio motivado por una depresión. El mundo del cine llora su pérdida de muy diversas maneras, y desde Toma Dos vamos a homenajearle recordando uno de sus films más interesantes. La verdad es que en una filmografía tan abultada como la del actor de El indomable Will Hunting (1997) es difícil escoger un solo título. Lo más normal sería recordar sus grandes clásicos o sus roles más cómicos, pero en lugar de eso voy a tratar una de las obras que más han marcado la juventud de miles de niños, amén de recuperar la pasión por los juegos de mesa: Jumanji (1995).

 Dirigida por Joe Johnston (Capitán América: El primer vengador) y basada en el libro de Chris Van Allsburg, la película narra las aventuras de dos niños que encuentran un viejo juego de mesa con la capacidad de convertir en realidad todo lo que ocurre en el tablero. Leones, arañas gigantes, plantas venenosas o cazadores implacables son algunos de los peligros a los que deben enfrentarse, aunque no lo hacen solos. Décadas atrás, un niño quedó atrapado en el juego. Ya adulto, es liberado, debiendo terminar la partida si quiere que todo su mundo vuelva a la normalidad. Como puede apreciarse, la trama es una aventura familiar, aunque conviene realizar una serie de matices que la distinguen notablemente de otros títulos que se encuentran bajo la misma categoría.

El primero de ellos, y que tiene que ver con Williams, es que el espectador asiste a la transformación del personaje protagonista. Y me explico. La película utiliza el mágico juego de mesa para cambiar por completo el rol de Robin Williams, convirtiéndole en un personaje casi tan cruel como las criaturas a las que debe enfrentarse. Su posterior evolución, motivada por su contacto con la realidad y el afecto del resto de personajes, es quizá uno de los trabajos menos vistosos y más notables del actor, quien es capaz de transmitir los distintos matices que identifican a este niño obligado a madurar en una selva salvaje. El miedo a volver a jugar, el individualismo o la frialdad con la que trata a los niños (uno de ellos, por cierto, es una jovencísima Kirsten Dunst), en los que ve un pasado que nunca pudo disfrutar, ofrecen al intérprete una serie de herramientas con las que compone un personaje bastante más complejo de lo que podría considerarse en un primer momento.

Otro de los aspectos a destacar de Jumanji, y muy relacionado con el anterior, es la simetría que se establece entre los adultos y los niños. Viendo la imagen que acompaña este texto uno podría pensar que se trata de una familia bien avenida, pero nada más lejos de la realidad. Los niños no tienen relación alguna con los adultos, quienes por cierto iniciaron el mismo juego cuando tenían la edad de los chicos. Se establece así una especie de paralelismo entre generaciones alrededor de un elemento atemporal cuyo valor, tanto positivo como negativo, es igual para los cuatro personajes. Cabe destacar la relación que se establece entre Williams y el joven Bradley Pierce (Los Borrowers), dos caras de una misma moneda. Los momentos de frustración del adulto volcados en el niño retoman esa idea de un niño en un cuerpo de adulto que ha crecido sin infancia.

Una historia con efecto

Aunque lo más positivo del film es sin duda su capacidad para aunar trama y efectos. Con un desarrollo dramático notable, la película marca los tiempos para convertir la historia en algo más que una aventura. Sin llegar nunca a generar miedo, sí es capaz de crear inquietud y momentos de cierto calado dramático, lo que al final termina por impregnar todo el conjunto. Y es que lejos de ser una obra desenfadada, la película protagonizada por Williams posee un tono algo oscuro, alejado por completo de la característica general del cine familiar. Gracias a la estructura del arco dramático Johnston compone un viaje emocional y físico que cambia a los protagonistas, pero que también permite al espectador sumergirse en un mundo que nunca aburre, y tan solo en algunos momentos hace concesiones.

En este sentido, los efectos especiales y digitales están a las órdenes de las necesidades dramáticas de Jumanji. Y eso que existen varios momentos en los que el exceso podría adueñarse del desarrollo. Empero, el director opta en todo momento por el toque físico, por convertir esta aventura en algo que los propios actores puedan sentir y tocar. Esto, evidentemente, genera algunos momentos en los que se nota el truco, pero en líneas generales enriquece el sentimiento que desprende en todo momento este clásico, algo a lo que contribuyen las reacciones de Williams, quien se mimetiza con ese mundo selvático que surge del tablero hasta el punto de confundir realidad y ficción. Como toda aventura, la presencia de efectos va en aumento a medida que avanza la trama hasta esa conclusión en la que el juego acaba y todo vuelve a la normalidad, pero incluso en este final los trucajes siguen siendo parte de la historia, y no al revés.

No cabe duda de que el film no es únicamente Robin Williams, pero al igual que en otros títulos protagonizados por el fallecido actor, su presencia se convierte en parte fundamental de la trama. Su facilidad para aunar en un único personaje humor y drama, ironía y amenaza, aporta a la película el equilibrio necesario para no considerar al protagonista un modelo de héroe, humanizando el rol para hacerlo cercano al espectador, natural y accesible. Se podría considerar esto como su carta de presentación, y sin duda es el motivo por el que muchos de sus grandes personajes no son cómicos, sino dramáticos. El hecho de que nunca se entregue al drama y de que sea capaz de encontrar ciertos rasgos humanos y divertidos en sus papeles es lo que permite al espectador ser más accesible a lo que ve en pantalla.

Desde luego, en Jumanji lo logra. Gracias a Williams el protagonista puede moverse por el terreno movedizo de su trágico y oscuro pasado, su personalidad modificada como consecuencia de la supervivencia en solitario, y su deseo de recuperar la vida que le fue arrebatada. Aunque por supuesto, la película no sería el clásico que es si solo contase con el actor. Esta reflexión sobre la falta de infancia, unido a la defensa de la imaginación y los juegos de mesa, es lo que convierte al film en una aventura atemporal, única y capaz de hacer disfrutar a generaciones enteras. Un título del que han pasado casi 20 años, pero por el que no pasan los años. Y un título por el que Robin Williams siempre será recordado, pasen los años que pasen.

Disney aporta sus señas de identidad a ‘Tarzán’ pero deja su esencia


Disney logró combinar en su 'Tarzán' la filosofía del personaje y la de la productora.No cabe duda de que uno de los personajes más conocidos e icónicos de la literatura es Tarzán, el hombre criado por simios que se convierte en el rey de la selva. Creado por Edgar Rice Burroughs, sus adaptaciones al cine comienzan en 1918, siendo las más conocidas las interpretadas por el que, personalmente, creo que ha sido, es y siempre será Tarzán: Johnny Weissmuller (Tarzán de los monos). Sin embargo, vamos a abordar otra de las adaptaciones que, por el momento en que se hizo y la técnica utilizada, posee matices interesantes. Nos referimos a Tarzán (1999), la versión Disney del personaje.

Es inevitable recordar este film dirigido por Chris Buck (Frozen: El reino del hielo) y Kevin Lima (102 dálmatas) ahora que otra adaptación de inminente estreno utiliza también la animación como medio (aunque en este caso es 3D). Con todo, la cinta que aquí tratamos se ha ganado con los años el derecho a estar entre lo mejor que se ha hecho sobre el personaje, principalmente porque supo encontrar el equilibrio entre el espíritu infantil y soñador de la productora y el tono serio y algo más sombrío de la historia. Puede que la mejor muestra de ello sea el hecho de presenciar una de las primeras muertes de la historia de la compañía, aunque sólo sea de forma sonora. En este sentido, el guión encuentra un equilibrio perfecto entre ambos mundos gracias, entre otras cosas, a dividir la trama en dos partes bien diferenciadas incluso en su paleta cromática: la infancia y la edad adulta. Gracias a esto el desarrollo evoluciona de menos a más en todos los aspectos, ofreciendo un viaje en el que los conflictos se suceden casi sin tregua, si bien es cierto que unos son más físicos que otros. Así, los minutos en los que el protagonista es pequeño se presentan despreocupados, vivos y coloridos, mientras que en la edad adulta los tonos oscuros se entremezclan con los más claros, aportados en este caso por los secundarios.

Aunque lo realmente interesante es que Tarzán no se entrega a la aventura o la acción sin sentido. Ni mucho menos quiere esto decir que sea una reflexión filosófica sobre el ser humano. Al fin y al cabo, es Disney. Pero con todo y con eso, el film recoge numerosas reflexiones que acompañan a los orígenes del personaje. Desde la soledad por sentirse rechazado entre aquellos a los que considera semejantes sólo por ser diferente, hasta la búsqueda de la identidad una vez se encuentra con otros humanos, la película trata con notable sentido dramático los conflictos internos a los que se enfrenta el protagonista, sobre todo aquel que tiene que ver con su lugar en el mundo. Y como suele decirse, lo importante está en los detalles. Que el protagonista descubra su pasado a través de imágenes, que se civilice (otro término que ofrece muchas connotaciones) o que se debata entre su amor por la hermosa protagonista y su responsabilidad con su familia son elementos que, en mayor o menor medida, siempre han estado.

Empero, la cinta la expresividad corporal del personaje para narrar su evolución y esos conflictos que nutren el desarrollo de la trama. El uso de los nudillos para caminar, o el mero hecho de que camine a cuatro patas, son algunos de los detalles a los que hacía referencia. Esto, unido a cualidades del personaje como su curiosidad o su sentido de la moral inculcado por la vida salvaje terminan definiendo mejor que cualquier otro aspecto las diferentes caras del protagonista, sin duda el mejor representado si tenemos en cuenta que los secundarios son, en líneas generales, bastante arquetípicos (sus rasgos físicos les definen casi antes de que digan una sola frase).

Dinamismo en plena crisis

Como no podía ser de otro modo, la adaptación está marcada por una magistral banda sonora compuesta por Phil Collins en varios idiomas y que fue premiada con un Oscar. La capacidad del artista para narrar con canciones lo que se ve en imágenes recuerda a la labor de Elton John en El rey león (1994), salvando las evidentes distancias. Sin embargo, si hay algo que define a esta película es el momento en el que apareció y la técnica utilizada para llevarla a cabo, a medio camino entre la animación por ordenador y la tradicional.

Se puede considerar a este Tarzán el eslabón entre el nuevo rumbo que dio Disney con el cine de animación por ordenador y la animación que hasta entonces venía haciendo. El descenso continuado en la calidad de las tramas y de los personajes llevó a las técnicas tradicionales a desaparecer, o al menos a ser consideradas marginales. La adaptación del personaje de Burroughs evidenció que cualquier técnica es válida siempre y cuando esté sustentada en sólidos pilares narrativos, ya sean a nivel de guión o en el plano visual. La película, en este sentido, recupera conceptos muy tradicionales que pueden encontrarse en los grandes clásicos de la productora, pero no los utiliza para contar su propia historia, sino que los adapta a las necesidades del protagonista.

La película incorporó, además, un estilo nuevo al personaje, limitado hasta entonces por las capacidades físicas de actores de carne y hueso. Y eso que algunos de ellos eran auténticos atletas, como es el caso de Weissmuller. Me estoy refiriendo, como muchos se imaginarán, a ese estilo surfista para trasladarse por las ramas de los árboles, posiblemente la única concesión, digamos, moderna. Independientemente de que sea más o menos acertado, es indudable que aporta un dinamismo diferente y propio, que aleja al conjunto lo suficiente de sus predecesores como para no ser considerada una adaptación más. Por supuesto, habría que añadir aquí los personajes, que basculan entre la comicidad y el dramatismo, y una trama que en ningún momento pierde de vista lo que está contando.

La versión Disney de Tarzán puede incluirse, por tanto, entre las mejores adaptaciones del personaje. Es cierto que hay momentos en los que el tono infantil se impone y que tiene algunas concesiones algo innecesarias. Es cierto que sus personajes, a excepción del protagonista, son algo tópicos, sin apenas matices y con una función demasiado clara y evidente en la trama. Pero en líneas generales aúna todos los elementos que definen al personaje (aventura, exclusión, pertenencia a un grupo, supervivencia, respeto, …), y lo logra gracias a una evolución en el tono dramático. Su forma de afrontar los conflictos emocionales de un personaje que se enfrenta a una realidad desconocida no tiene nada que envidiarle a algunas de las mejores versiones, y su uso del color y la banda sonora para ayudar a narrar esta historia son espléndidos. Una película, en definitiva, que fue capaz de demostrar la calidad de la animación en 2D siempre y cuando esta sea adecuada.

‘En solitario’: intenta sobrevivir al naufragio dramático


François Cluzet y Samy Seghir navegan 'En solitario' alrededor del mundo.Cuando una película se anuncia como el nuevo proyecto de los responsables de un éxito reciente, y su único punto fuerte en la promoción es este, algo hay que no encaja del todo bien. En el caso que nos ocupa el éxito previo en cuestión era Intocable, la comedia francesa de 2012 con François Cluzet como protagonista. Pues bien, esta ópera prima del director Christophe Offenstein se presentaba como un tour de force dramático en el que conceptos como la supervivencia, la solidaridad y el bien común reinarían en la trama para llevar al límite los conductos lacrimales de los espectadores, ofreciendo para la ocasión una historia bella, tierna y muy humana.

Y la verdad es que algo de eso hay. La trama no pierde el tiempo, y en cuestión de minutos presenta a sus personajes, la situación que les rodea y la crudeza de la prueba que el personaje de Cluzet está a punto de vivir. Igualmente, la presencia del polizón a bordo del barco de vela añade si cabe más conflictos a un entorno ya de por sí hostil. Sin embargo, una vez superado este punto del recorrido la historia frena en seco. Todos los valores y conceptos que prometía se desvanecen conforme avanza la historia, que por cierto se hace un tanto tediosa en algún que otro momento (y dura poco más de 90 minutos). Todos los sentimientos que se intuyen en sus primeros compases quedan diluidos hasta el punto de no llegar a justificar la evolución de los personajes ni las motivaciones que les impulsan a hacer lo que hacen.

En este sentido, mucho tiene que ver el formato del film. Buena parte de su metraje transcurre en el mar, con dos personajes en un velero y con una falta de ritmo interno en su relación algo alarmante. La constancia del escenario, unido a esa falta de evolución en la relación humana, hace que la película ralentice su ritmo, alterado únicamente por momentos puntuales de cierta tensión que, en el fondo, no llegan nunca a incomodar realmente. Eso no quita para que el film no posea alicientes, como es el caso de ver a Cluzet volviendo a destacar con un papel al que otorga de una humanidad y naturalidad únicas.

Desde luego, En solitario podría haber sido algo mucho más intenso, más impactante. Al menos eso se intuye del resultado final. Si bien es cierto que la labor interpretativa queda fuera de toda duda, no se puede decir lo mismo del apartado narrativo. Ya sea por la monotonía del escenario o por una cierta ausencia de personalidad en la forma de rodar del director, la película nunca logra el objetivo de traspasar barreras emocionales para convertirse en un drama de supervivencia, superación y humanidad. En cierto modo, el film naufraga al tratar de alcanzar esa meta.

Nota: 6/10

’12 años de esclavitud’: la vergüenza vence a la dignidad


Chiwetel Ejiofor y Michael Fassbender en '12 años de esclavitud', de Steve McQueen.Apenas tres películas. Eso es lo que ha tardado el director Steve McQueen (Shame) en demostrar que detrás de ese nombre hay algo más que una coincidencia afortunada. De hecho, hay mucho más. Su forma de narrar, la sensibilidad formal de sus planos y la sensibilidad moral que transmite a través de sus actores son los tres pilares de un estilo único e hipnótico que es capaz de embelesar al espectador y de hacerle estremecerse con la crudeza de los acontecimientos que narra a partes iguales. Su nueva película, gran favorita para los Oscars, se convierte en un vehículo para dar rienda suelta a dicho estilo, pero al mismo tiempo supone una crítica dura y sin miramientos a la historia de Estados Unidos.

De hecho, uno de los mejores aspectos de 12 años de esclavitud es la forma de afrontar los diferentes puntos de vista. Mientras que visiones algo más partidistas convertirían el relato en buenos contra malos (o lo que es lo mismo, negros contra blancos), McQueen se sumerge en la compleja sociedad esclavista de la época y, sobre todo, en la lucha de conflictos personales del protagonista, un Chiwetel Ejiofor (Salt) excepcional que muestra física y psicológicamente la evolución de un hombre libre al que le roban su libertad y, lo más importante, su dignidad. En este sentido, la película se aleja de la mera denuncia por los salvajes y brutales abusos de algunos de los propietarios de plantaciones (incluso en esta categoría había hombres y monstruos) para convertirse en un magistral relato de supervivencia, de miedo y de desesperación; un relato en el que apenas hay hueco para la esperanza y en el que, gracias a ese estilo del que antes hablaba, no se deja nada al azar.

Tal vez sea esto lo más criticado del film, pero es sin duda lo que define el carácter del relato. En pocas palabras, la película es violenta. Muy violenta en algunos momentos. Daños físicos frente a cámara, agresiones psicológicas, amenazas. Pocas cosas, por no decir ninguna, se dejan sin mostrar por la cámara. Desagradable, sí, pero en cierto modo necesario. Gracias a su forma de rodar los actores obtienen la libertad necesaria para explorar todos los rincones de sus personajes hasta límites insospechados, lo que redunda en un importante beneficio y permite a la historia transmitir diversas emociones. Cabe destacar en este aspecto que todo el reparto, desde la brutalidad e hipocresía de Michael Fassbender (Centurión) hasta los pocos y estupendos minutos de Brad Pitt (Babel), hace un trabajo maravilloso, ofreciendo matices a sus respectivos personajes y convirtiéndolos en algo más que unos meros estereotipos de la época.

Es innegable que 12 años de esclavitud es una película magistral. Steve McQueen logra reflejar la complejidad de una época en la que la vida de una persona de color valía realmente poco, una época en la que la hipocresía, el dolor y la violencia estaban a la orden del día. Se le puede achacar una cierta insistencia en los aspectos más escabrosos de la trama. Incluso una lentitud a la hora de narrar algunos momentos de la vida de este hombre que vivió toda una odisea durante más de una década. Son aspectos secundarios. La sensación que permanece al final es la de estar ante una obra atemporal, capaz de arrancar de los espectadores todo tipo de emociones y de obligar, en muchos momentos, a retirar la mirada por la vergüenza de saber que esto fue una historia real.

Nota: 9/10

‘After Earth’: el naturalismo de la promoción familiar


Will y Jaden Smith protagonizan After Earth', de M. Night Shyamalan.Los vehículos audiovisuales para el lucimiento de una estrella no son algo que me disguste especialmente. Siempre y cuando estén bien realizados y el argumento posea la entidad suficiente como para mantenerse ajeno a la estrella de turno, son productos tan dignos como cualquier otro. El caso de After Earth, sin embargo, no cumple con este último requisito. Las intenciones de su principal estrella, Will Smith (Hombres de negro III), por convertir a su hijo, Jaden Smith (En busca de la felicidad), en un reflejo de su legado como estrella del cine comercial son tan evidentes que chirrían en todo momento en una historia, por otro lado, tan sencilla y entretenida como la de otros títulos veraniegos.

Es este uno de los principales atractivos del conjunto, y es al mismo tiempo su principal escollo para desarrollarse correctamente. Ver a padre e hijo en pantalla, el primero instruyendo al segundo para sobrevivir en un peligroso planeta, se antoja extraño cuando debería ser al contrario. Es más, da la sensación de que dichas instrucciones trascienden la ficción para convertirse en auténticos consejos de cara a conquistar la taquilla. Desde luego, la práctica falta de argumento de fondo en esta historia de supervivencia no contribuye a evitarlo. Salvo por los minutos iniciales en los que el espectador es puesto en antecedentes, el resto no es más que un estudio, por llamarlo de algún modo, de las relaciones paterno filiales en entornos militares. Una lástima, pues lo que se cuenta en esos primeros momentos daba pié a una historia mucho más interesante.

Y en medio de todo esto, M. Night Shyamalan sigue a lo suyo. He de confesar que mi estima por el director de El sexto sentido (1999) terminó con Señales (2002). Desde entonces, su forma de realizar y los trabajos elegidos tienden a una indefinición y unos giros argumentales finales tan previsibles como forzados. Bueno, salvo en materia medioambiental. Sus últimos trabajos poseen el denominador común de su preocupación por la naturaleza y el equilibrio del planeta, y esta aventura de ciencia ficción no se queda atrás. La obsesión de los Smith por convertir a su hijo en estrella se impregna de ciertas dosis acerca del peligro de destruir el planeta. Y no me refiero exclusivamente al hecho de que la Humanidad haya abandonado un planeta destruido por la polución y el agotamiento de recursos. El diseño de las nuevas ciudades y de los aparatos y naves tiene una deliberada influencia naturalista, desde la forma de las embarcaciones (una especie de manta-raya) hasta los compartimentos o los brazos mecánicos (con formas de celdas de panal o articulaciones óseas).

Que los componentes artísticos de una película vayan cada uno por su lado no debería ser bueno. En el caso de After Earth, empero, no es del todo negativo. La película entretiene siempre y cuando se sepa lo que se va a ver. Dejando a un lado la simpleza de su argumento o de los conflictos emocionales, y dando por hecho que el director simplemente está para mover la cámara, el film distrae gracias a su ajustada duración y a una factura técnica bastante notable. Como decimos, una lástima que no se hayan explotado más las virtudes que se intuían en sus compases iniciales. Pero bueno, es lo que es: una forma más de promoción familiar.

Nota: 5,5/10

‘¡Viven!’, catástrofe y supervivencia de una historia real


Los supervivientes de ¡Viven! deberán tomar difíciles decisiones para mantenerse con vida.Hay algunos films que, sin llegar a ser perfectos, adquieren con los años una importancia que les convierte en clásicos. Sin duda una de esas películas es ¡Viven!, película que podría enmarcarse en dos subgéneros como son los de supervivencia y catástrofes, y que recrea el accidente de avión sufrido en los Andes por un equipo de rugby de Uruguay y las posteriores vicisitudes que sufrieron, entre ellas la de alimentarse de los cadáveres. Si bien la película es algo irregular en su ritmo y en su forma de exponer los hechos, acierta de pleno a la hora de decantarse por la acción como vehículo para exponer el drama de la situación que tienen que vivir los jóvenes deportistas. Realizada en 1993 por Frank Marshall, director que en esos años adquirió cierta relevancia gracias a títulos como Aracnofobia (1990) y Congo (1995), cuenta con la participación de jóvenes actores que luego se han labrado fama en el mundo del cine, como Ethan Hawke (Grandes esperanzas) o Josh Hamilton (J. Edgar), amén de la presencia como narrador de John Malkovich (Premonición).

Sin duda, la ventaja más importante del film es su dramática base histórica. De hecho, es su ventaja y su desventaja. El hecho de tomar como pilar una historia verídica aporta intensidad al conjunto, además de dotar de mucho más dramatismo a acontecimientos como el hecho de tener que comer carne de sus compañeros muertos, algo que podría considerarse ficticio en cualquiera otra historia. Pero al mismo tiempo, la base literaria que recoge las declaraciones de varios supervivientes ha llevado a criticar buena parte de las decisiones narrativas y artísticas, entre ellas la de utilizar actores de rasgos norteamericanos para emular a personajes sudamericanos, así como optar por algo de acción en lugar del drama y la tensión vivida en ese pedazo de avión que fue la casa para los 16 supervivientes durante 72 días.

Empero, la decisión del guionista, John Patrick Shanley (Joe contra el volcán), no podría haber sido más acertada. Una de las premisas fundamentales a la hora de contar cualquier historia es tener muy presente qué es lo que se quiere transmitir. En este caso parecía claro que el mensaje final era de esperanza, de “final feliz”. En este sentido, el film se nutre de recursos propios de las historias de supervivientes para alcanzarlo, evitando para ello meterse en situaciones excesivamente inquietantes o desagradables. Así, los conflictos por las decisiones a tomar, la necesidad de racionar o el propio clima sirven a los responsables del film para plasmar la crisis que viven estos jóvenes.

Puede que muchos espectadores al enfrentarse a ¡Viven! salgan decepcionados por la idea preconcebida de un film tenebroso y perturbador. Es cierto que la opción de Marshall no es en ningún caso la de provocar miedo, pero no por ello la historia es menos incómoda. En realidad, y si se analiza fríamente la trama, esta cuenta con diversos puntos de giro que aportan al conjunto una sensación cada vez mayor de desesperanza, como son la decisión de comer carne humana o la de iniciar un viaje por las montañas con la certeza de que pueden no volver jamás. Por no hablar de su aspecto catastrofista, que comentaremos a continuación.

Catástrofe religiosa

Y es que sí, la película protagonizada por Hawke es, ante todo, una historia de supervivencia en grupo. Sin embargo, no es menos relevante sus elementos de cine de catástrofes, lo que genera una combinación que, en cierto modo, es lo que la distingue de otros films. Más allá del accidente aéreo, narrado con bastante eficacia y unos medios relativamente buenos para la época, la película cuenta con momentos como el alud en plena noche que confirman la idea de que no es una mera película de supervivencia. Es verdad que la nieve en sí no es un enemigo tan visualmente poderoso como pueden ser el fuego, la electricidad o el agua, pero eso no impide que potencie el carácter agónico de la evolución dramática, que pone en situaciones cada vez más extremas a los protagonistas.

Unos protagonistas, por cierto, que tal vez sean lo más débil de todo el conjunto, no tanto por los actores como por la dualidad moral que deberían tener y no tienen. Todos ellos son, en mayor o menor medida, religiosos, católicos para ser más exactos. A lo largo de toda la historia la presencia religiosa se muestra de forma más o menos clara, pero en ningún caso lo suficientemente fuerte como para ser considerada un apoyo importante en la trama. Y es una lástima, pues eso provoca que, por ejemplo, la decisión de comer carne humana apenas encuentre una oposición real entre los supervivientes. Como suele ocurrir con este tipo de películas, la pregunta que se genera en el espectador es si uno llegaría a los extremos que llegan los protagonistas. Si las dudas morales existen incluso sin necesidad de ser religioso, la presencia de la fe no hace sino acrecentar dichas dudas, un elemento narrativo muy poderoso que, por desgracia, es desaprovechado de forma harto deliberada.

Del mismo modo, existe una falta de conflicto algo llamativa dentro del grupo. Dejando a un lado momentos críticos como la falta de comida o la decisión de atravesar los Andes en busca de ayuda, a lo largo de la trama apenas existen conflictos internos en un grupo de 16 personas que se ven hacinadas en parte del cuerpo de un avión. A pesar de ser un equipo deportivo, a pesar de tener que estar unidos ante las adversidades, el drama pierde algo de fuerza con la ausencia de enfrentamientos verbales e ideológicos entre unos personajes que, salvo los protagonistas, terminan por demasiado similares entre sí. La otra cara de esta moneda, con todo, es la de la verosimilitud. El rodaje contó con el asesoramiento de uno de los supervivientes, por lo que es de suponer que esa falta de conflicto fue una de las constantes en los más de dos meses que estuvieron aislados. Eso, o que lo que realmente pasó fue tan grave que es mejor no contarlo.

En cualquier caso, ¡Viven! se ha convertido con los años en un icono. Tal vez no por su desarrollo dramático o por sus espectaculares secuencias, como le ha ocurrido a otros títulos de características similares, sino por la crudeza de una veracidad contrastada. El hecho de que tuvieran que recurrir a los cadáveres para alimentarse o que algunos tomaran la desesperada decisión de atravesar escarpadas montañas para pedir ayuda ofrecen un paisaje humano incomparable. No es una película perfecta, ni mucho menos, pero tampoco lo necesita para situarse como uno de los más perturbadores de su especialidad. Y eso es debido, una vez más, a la eficacia de mostrar con poco una historia real que, en este caso, sí superó a la ficción.

Los efectos digitales y el subtexto de ‘Tron’, pilares de su influencia


Los programas de 'Tron' tienen un aspecto muy similar al de sus creadores.Casualidad o no, el estreno de ¡Rompe Ralph! este 2012 ha coincidido con el 30 aniversario de uno de los títulos más influyentes en el campo de los efectos digitales y con el que la cinta de animación comparte más de un elemento. Y curiosamente, en aquel ya lejano 1982 también llegó de la mano de Disney. Nos referimos a Tron, clásico protagonizado por Jeff Bridges (Iron Man) en el que un programador lograba acceder, literalmente, al interior de un ordenador, viéndose obligado a sobrevivir en una serie de juegos con la esperanza de encontrar a Tron, un programa de seguridad que podría ayudarle a escapar y a recuperar el control de sus programas y videojuegos, robados por la empresa para la que trabajaba.

Siendo sinceros, la película dirigida y escrita por Steven Lisberger (La furia del viento) ha adquirido su estatus como referente gracias principalmente al buen trato que el tiempo ha dado tanto a su historia como a su diseño de producción. Su trama supone una combinación bastante original de los sueños y miedos de una sociedad que empezaba a familiarizarse con los videojuegos y los ordenadores. Gracias al original vestuario y a la estructura narrativa planteada casi como si de un auténtico videojuego se tratara (el protagonista debe superar una serie de fases para alcanzar el objetivo final), los espectadores pueden ver en ella una proyección de lo que se siente al controlar un personaje de un videojuego. Del mismo modo, la posibilidad de desaparecer en el mundo digital y la falta de conexión con el mundo real (como se narra al comienzo de su secuela, Tron: Legacy) son unos riesgos que, en la actualidad, se están convirtiendo en algo casi tangible.

En este sentido, el contenido de Tron estuvo adelantado a su tiempo, pero puede que eso no sea lo más llamativo, al menos no a simple vista. Lo cierto es que sin llegar a tener unos efectos digitales fascinantes (incluso teniendo en cuenta la época en la que nos encontramos), la película sí se ajusta bastante bien al diseño pixelado y sencillo de los videojuegos e interfaces de los años 80, lo que le ha permitido tanto revelarse como un producto de su década, como mantener un espíritu casi inocente y nostálgico, reforzando por derecho propio su posición en la historia del cine.

Pero el film es mucho más que una apuesta por los efectos digitales. De poco servirían todos ellos si no existiera detrás, más allá del contenido sociológico, una historia de justicia, legalidad empresarial y amistad. Y aunque el título de la obra hace referencia al nombre de un programa, el verdadero protagonista no deja de ser un hombre al que le han robado toda su obra, en este caso los videojuegos que ha creado. Bridges, quien ya era conocido por entonces, da a su personaje una entidad algo mayor de la que cabría esperar en una cinta de aventuras futurista como esta, convirtiéndolo en un hombre que busca hacer justicia y recuperar lo que es suyo.

Mundos paralelos

Esa búsqueda de justicia es el nexo de unión entre los dos mundos. Mundos, por cierto, que tienen una semejanza sorprendente con lo que hoy en día es el mundo digital y el físico. Tron deja claro que el contraste entre ambas realidades, más allá de programas, pistas de información y edificios, reside en la ley del más fuerte que reina en el mundo cibernético. Por supuesto, apenas existe una legislación tal y como se entiende en la sociedad, dejando huecos y resquicios para poder hacer y deshacer a su antojo.

A nivel argumental, los paralelismos no terminan ahí. El protagonista es un ente extraño y amenazante tanto en el mundo digital como en el edificio que alberga el ordenador en el que se introduce. Su mejor amigo, interpretado por Bruce Boxleitner (La niñera perfecta), es el que le ayuda a entrar en el edificio… y es el mismo que pone los rasgos a Tron, programa que le ayudará a escapar de ese mundo. Incluso el dirigente de la compañía que le roba su obra (David Warner) se convierte en ese espacio alternativo en el Programa Maestro que trata de eliminarlo a toda costa.

Unas similitudes que reflejan, de un modo u otro, los numerosos puntos coincidentes entre ambas realidades, alertando empero del peligro que existen en sus también múltiples diferencias. En el ámbito de la sociedad la desaparición de una persona es investigada; en el mundo digital la muerte simplemente representa borrar un programa. En la realidad la lucha por los derechos sobre una obra se realiza de forma legal; en el ciberespacio es a través de combates cuerpo a cuerpo y carreras con motos luminosas. En el mundo físico todo el mundo está identificado; en el digital es posible ocultarse tras programas e identidades falsas.

Sí, Tron supuso toda una revolución, más por su forma de representar el interior de un ordenador que por la calidad de sus efectos digitales. Sin embargo, lo más interesante cabe encontrarlo en un estudio más a fondo de su subtexto y, sobre todo, compararlo con la evolución que ha sufrido la sociedad desde entonces, pasando de interactuar de forma presencial a moverse casi en exclusiva a través de un ordenador. Es en este aspecto donde la película adquiere su relevancia y donde reside su auténtica importancia como hito dentro del devenir de la ciencia ficción.

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