‘Mi amigo el gigante’: Spielberg, el mago


Mark Rylance da vida a 'Mi amigo el gigante'.Es fácil identificar a un gran director cuando se está ante un film magnífico, pero eso puede llevar a engaño. Es entonces cuando uno debe revisar las películas menores, las historias que, a pesar de tener menos interés, resultan un viaje fascinante en muchos de sus aspectos. Y es entonces cuando surgen nombres como el de Steven Spielberg (La guerra de los mundos). No seré yo quien ponga en cuestión la grandeza de este director, pero sí haré hincapié en su capacidad para convertir en oro todo lo que toca, aunque esto sea un producto en principio algo mediocre.

Porque sí, Mi amigo el gigante es una historia enfocada en exclusiva para los más jóvenes, carente de grandes conflictos aunque con un trasfondo dramático más que notable. Su historia, irregular, tiene ritmo durante la presentación de sus personajes, pero cae en un cierto tedio autocomplaciente durante buena parte del segundo acto, para recuperar enteros en su tramo final, cuando el personaje de Penelope Wilton (serie Downton Abbey) hace acto de presencia. Y si bien es cierto que posee una fuerte carga dramática y un mensaje moral muy interesante (la marginación, la pérdida de seres queridos, la amistad), no lo es menos que el guión no termina de aprovechar el potencial narrativo de la historia.

Ahora bien, todo eso queda en un segundo plano durante la mayor parte del viaje. ¿Por qué? Bueno, pues por la magia de Spielberg. Su lenguaje audiovisual saca el máximo provecho tanto del mundo digital creado para la ocasión como de los actores de carne y hueso. Su apuesta por la captura de movimientos permite al espectador identificar a cada uno de los actores que dan vida a los gigantes, empezando por un inmenso Mark Rylance (Las hermanas Bolena). En este sentido, la secuencia del desayuno en el palacio real o la caza de sueños son momentos mágicos, con una carga emotiva y divertida sin igual. Y por supuesto, la calidad visual de los efectos. Durante buena parte del metraje no pude evitar recordar Beowulf, aquel film de 2007 dirigido por Robert Zemeckis (Polar Express) que, en cierto modo, supuso el pistoletazo de salida para esta técnica.

¡Y cómo ha cambiado! Mi amigo el gigante tiene muchos problemas, tal vez demasiados para lo que Spielberg nos tiene acostumbrados, pero la factura impecable de su narrativa, la calidad visual de sus personajes creados por ordenador a partir de actores de carne y hueso, y la magia que desprende todo el film hacen que esos problemas se reduzcan y, en muchos momentos, se dejen a un lado. Es verdad que no es de las mejores películas del director, pero tampoco pretende serlo. Es, más bien, un cuento sin demasiada trascendencia. Pero incluso los cuentos varían según quién los cuente.

Nota: 6/10

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‘Origen’, o la influencia del subconsciente en el tiempo y el espacio


'Origen' es uno de los films más complejos de Christopher Nolan.Ya he comentado alguna vez en este pequeño rincón de Internet que prácticamente todos los directores basan su filmografía en la obsesión por un concepto. Steven Spielberg (Lincoln), por ejemplo, se asocia normalmente con la familia y todo lo que eso conlleva; Martin Scorsese (Casino) es sinónimo de mafia; Woody Allen (Midnight in Paris) es la viva imagen del nerviosismo y la psicología. Evidentemente, filmografías tan ricas no pueden definirse por completo en base a estas ideas, pero sí que permite hacernos una idea de cuál es el sentido general de sus películas, al menos de la gran mayoría o, en todo caso, de las más aclamadas. Hace ahora algo más de dos años, cuando estaba a punto de estrenarse El caballero oscuro: La leyenda renace, titulaba una entrada de la siguiente manera: “Christopher Nolan, o la revolución del suspense y del thriller“, en la que mencionaba como una de sus obras más completas Origen (2010). Pero tras este título se esconde algo más.

De hecho, si atendemos a lo dicho en esa pequeña introducción, a Christopher Nolan se le puede asociar con una obsesión por el uso del tiempo, por su relatividad y los efectos que esto causa en la narrativa cinematográfica. Su más reciente película, Interstellar, sigue esta senda, aunque es el film protagonizado por Leonardo DiCaprio (El lobo de Wall Street) el que puede considerarse como la máxima expresión de este concepto. La historia, desde luego, no deja lugar a dudas: un ladrón de guante blanco especializado en robar ideas del subconsciente a través de los sueños es contratado para introducir una idea en la mente de un empresario y generar así una reacción en cadena. Sin embargo, para lograrlo deberá introducirse en profundos niveles del subconsciente a los que nunca había llegado, creando un sueño dentro de otro sueño y poniendo en peligro su propia conciencia al existir una alta probabilidad de que no llegue a despertar nunca.

Es precisamente esta idea de un sueño dentro de otro lo que permite al director y guionista (esta vez sin su hermano, Jonathan Nolan, autor de la serie Person of interest) manejar el tempo narrativo a su antojo. No se trata de una ruptura como la que lleva a cabo Tarantino en sus films, sobre todo en Pulp fiction (1994), sino de jugar con las diferentes realidades que ofrece una visión del tiempo diferente. El hecho de que los diferentes espacios posean un paso del tiempo distinto pero influyan notablemente unos en otros genera un contraste visual cuyas posibilidades son casi infinitas, pues lo que el director maneja no son dos dimensiones (espacio y tiempo), sino tantas como desee (varios espacios y un tiempo visto desde diferentes perspectivas). El ejemplo más evidente en Origen es su clímax, en el que se combinan hasta tres niveles de conciencia en un único espacio de tiempo que transcurre de forma distinta en cada nivel, produciendo situaciones tan interesantes como complejas.

Todo ello, aplicado al thriller y al suspense, es lo que genera una revolución conceptual de un género en cuyas bases ya se encuentra, por su propia definición, un cierto manejo del espacio y del tiempo para crear elipsis e intriga. Se puede decir, por tanto, que esta vuelta de tuerca del director de Memento (2000) es un salto cualitativo del género, o al menos una visión algo más compleja de los pilares narrativos del mismo. Y eso es algo que puede verse en todos sus films, siendo la trilogía de Batman la más académica en este sentido. El sentido del drama, además, adquiere especial relevancia a medida que se desarrolla la trama, pues la complejidad que poco a poco se adueña del relato ofrece una concepción más completa del sentido general del film que nos ocupa. No obstante, es conveniente aclarar que la propia estructura de la película ya posee una cierta idea atípica del tiempo narrativo.

Recuerdos, sueños y realidad

En el caso de Origen esta idea atípica reside tanto en la temática que centra su desarrollo dramático como en la forma narrativa escogida. Como si de un aviso se tratara, Nolan comienza por una secuencia que no se corresponde con el inicio de la historia del protagonista, sino con un momento intermedio del film. Esta idea de “comenzar por el final”, o por el medio, predispone al espectador a una historia ya de por sí compleja, haciéndole partícipe además de toda la teoría psicológica y moral que se esconde tras estos viajes por el subconsciente y el mundo de los sueños. Pero en relación a esa complejidad que ya he comentado hay que destacar, entre otras cosas, todo lo que rodea al manejo del espacio y del tiempo que caracterizan al film, y que no es otra cosa que el auténtico tiempo del ser humano, es decir, pasado, presente y futuro.

El director juega en el film con los recuerdos y la realidad hasta el punto de convertirlos en una suerte de sueños para el espectador. Sus saltos temporales hacia el pasado y hacia los recuerdos generan en el desarrollo de la trama un doble efecto. Por un lado, rompen la narrativa desde un punto de vista conceptual y puramente académico; por otro, establecen una serie de puentes entre diferentes puntos relevantes de la narrativa que no solo explican los acontecimientos, sino que dotan al conjunto de una entereza y suavidad formal que, por ejemplo, no tiene el film de Tarantino antes mencionado. Este manejo de la narrativa y de los tempos es lo que convierte a Christopher Nolan en un maestro, y a este film en uno de los más interesantes y atractivos de su filmografía que, por cierto, no supera la decena de títulos.

Aunque puede que la otra consecuencia sea aún más notable. El constante paso de la realidad al subconsciente, del presente al pasado, de lo real a lo irreal, termina por saturar la historia y crear en el espectador un caos controlado de ideas e impresiones. O lo que es lo mismo, es un film tan rico en ideas que obliga al espectador a pensar mientras atiende al film, creando sus propias conclusiones y sus propias interpretaciones de lo que ocurre en pantalla. Esto hay que sumarlo a un final abierto que puede no gustar al no tener una explicación directa, pero que supone el broche perfecto a una película que en todo momento juega con los riesgos de caer en un laberinto de sueños, subconscientes y muertes en vida. La necesidad de los personajes de aferrarse a una especie de tótem se convierte, en definitiva, en la necesidad del público de aferrarse a un final sólido, real y tangible. Una identificación que apela, como no podía ser de otro modo, a nuestro subconsciente.

El uso que hace Christopher Nolan del tiempo no se centra, por tanto, en la narrativa. Al menos no en primera instancia. Origen, como máximo representante de esta idea, enfoca su trama hacia un manejo del tiempo como concepto que afecta a los personajes, y por extensión a la trama. A diferencia de otros directores y películas, esta historia de ladrones, subconscientes y mundos oníricos busca en todo momento definir la influencia del tiempo y del espacio en los protagonistas y en la situación que viven, creando de este modo una serie de mundos paralelos que influyen unos en otros. No se trata, en definitiva, de un manejo del tiempo, sino de exponer la influencia del tempo en la historia. Si a esto añadimos una estructura narrativa sólida y unos personajes elaborados, nos encontramos con un film complejo e interesante en todos sus aspectos, niveles y subniveles.

‘Revolutionary Road’, actores y director al servicio de una historia


Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en un momento de 'Revolutionary Road', de Sam Mendes.Ya se está empezando a vislumbrar, pero con el paso de los años será más evidente. Hollywood, y por extensión el resto del panorama cinematográfico, está asistiendo desde hace años a una renovación en la mirada que los directores ofrecen de sus historias. Una renovación liderada por nombres como David Fincher (Seven), Christopher Nolan (El caballero oscuro), Darren Aronofsky (Cisne negro) o Zack Snyder (El hombre de acero). Nombres propios que han sabido plasmar sus particulares puntos de vista y adaptarlos a todo tipo de historias (con la excepción de Snyder, que se ha decantado por el espectáculo puro y simple). De entre todos ellos, posiblemente, el más completo sea Fincher. Sea como fuere, en esa lista falta un director que se ha caracterizado por una sensibilidad excepcional a la hora de plasmar visualmente cualquier tipo de relato. Ya he mencionado antes que Sam Mendes (American Beauty) es uno de esos directores capaces de encontrar poesía en cualquier cosa, lo que logra acentuar los aspectos más intensos de sus tramas. Revolutionary Road (2002) es posiblemente el mejor ejemplo.

En el momento de su estreno quedé bastante sobrecogido por este intenso drama acerca de la monotonía, de los sueños inalcanzables y de la frustración de una vida en la que no se han cumplido, precisamente, esos objetivos irreales. Hace poco tuve la oportunidad de volver a verla, y lo cierto es que, como ocurre con las buenas películas, tuve la oportunidad de descubrir nuevos aspectos, formales y dramáticos, de esta historia que se vendió, al menos de forma indirecta, como el reencuentro en pantalla de Kate Winslet y Leonardo DiCaprio, ambos protagonistas de ese hito del cine que fue Titanic (1997). Aunque como también ocurre con las buenas películas, se impuso a sus propios actores. Y lo hizo con dos armas maravillosamente utilizadas: el guión y la labor de Mendes, amén de una complicidad de los actores que, en pocas palabras, hacen un trabajo impecable.

Pero vayamos por partes. La adaptación de Justin Haythe (La sombra de un secuestro) del libro de Richard Yates es una de esas obras que se construye poco a poco, que maneja los tiempos dramáticos a la perfección para introducir al espectador en lo que parece ser una rutina normal y corriente para, posteriormente, sacudir dicha monotonía con el subtexto emocional de cada uno de los personajes, egoístas y frustrados en su particular forma de ver el mundo. Es más, habrá quien piense que en Revolutionary Road pasan pocas cosas. Bueno, analizado desde la acción física es posible. Pero si algo hipnotiza de la película es la velocidad con la que se mueven las emociones en comparación con la aparente calma que existe en la superficie, rasgada únicamente por brotes coléricos que impactan sobremanera gracias, precisamente, a ese ambiente idílico donde nada parece ir mal.

Momentos como la discusión en el coche al inicio del film o las peleas en la casa son momentos inolvidables. Y lo son porque reflejan la realidad del ser humano y de la sociedad. De cara al exterior todo parece perfecto, el clásico matrimonio envidia de todos sus vecinos. La puerta cerrada de una casa, empero, genera una frontera que deja aflorar las verdaderas emociones. Por un lado, la ya mencionada frustración y la falta de amor en una farsa construida sobre un único momento equivocado (verdaderos motores del conjunto); por otro, la hipocresía de una sociedad que sonríe al mirar de frente y despelleja al darse la vuelta (muy evidente en el personaje de Kathy Bates). No es que sea cierto que ocurren pocas cosas en el film, pero sí es verdad que la mayor parte de la acción debe ser leída entre líneas, interpretada de miradas, diálogos y decisiones que desembocan en uno de los finales más dramáticos y poéticos de los últimos años.

Elegancia formal e interpretativa

Al comienzo mencionaba que los actores eran cómplices de la calidad del film. Puede que la afirmación resulte absurda por lo obvia que es. Me explico. Muchas buenas películas que cuentan con grandes actores tiene repercusión por eso, porque tienen grandes actores. Revolutionary Road, a pesar del éxito de sus intérpretes, se sobrepone a ellos gracias a que los propios protagonistas se mimetizan con sus personajes hasta hacerse casi invisibles. De Winslet poco hay que decir que no se haya dicho ya. Su capacidad dramática está fuera de toda duda, y en esta ocasión alcanza cotas muy difíciles en las que equilibra dolor y rabia, odio e indiferencia, a partes iguales, pero sin llegar a caer en el histrionismo. El caso de DiCaprio, sin embargo, no es tan evidente. Tras muchos papeles en los que predominaba su físico por encima de todo, fue en la época de esta película (tal vez algunos años antes) cuando empezó a tomarse el mismo en serio como actor, eligiendo papeles más complejos y, lo más importante, saliendo airoso de los retos. En el caso que nos ocupa, y al igual que su compañera de reparto, logra encontrar el equilibrio perfecto de un hombre aparentemente tranquilo que es capaz de sacar su ira en los momentos más críticos. Por no hablar de los secundarios, entre los que destacan Michael Shannon (serie Boardwalk Empire) y David Harbour (serie The newsroom).

Y por último, el director. La película es el cuarto trabajo de Sam Mendes en el largometraje, y ya entonces se había definido como uno de los realizadores más preciosistas y visualmente elegantes del cine. A pesar de su corta carrera, elegir cuál es su mejor film en el aspecto visual es una tarea muy complicada. Eso sí, todos poseen, en mayor o menor medida, una serie de componentes en común que este drama refleja maravillosamente bien. Por un lado, tenemos la fotografía y el uso de la iluminación. Gracias a la luz dura y los colores apagados el director crea esa sensación de lugar idílico, de retiro tranquilo y sosegado que, sin embargo, se antoja falso, una máscara que oculta una realidad muy distinta. En este sentido, uno de los planos más representativos e impactantes es el último de Kate Winslet, bañada por una luz pálida en un entorno blanco, impoluto, que se revela diametralmente opuesto a medida que la cámara se aleja de ella.

Esto me lleva al otro gran elemento del trabajo de Mendes: la composición de los planos. Puede pasar desapercibido, pero en líneas generales el realizador se sirve de dos estilos narrativos diferentes para mostrar el mundo exterior y el mundo interior de los personajes. O mejor dicho, la intimidad y la imagen que proyectan al exterior. Mientras que buena parte de las secuencias que abordan sentimientos, emociones y discusiones de pareja se cuentan con planos en movimiento, con cámara al hombro y con el salto de un personaje a otro, aquellas que cuentan, por ejemplo, el trabajo del personaje de DiCaprio se basan más en la estática de la cámara, utilizando planos más abiertos. Una forma de expresar en imágenes la soledad, el tedio y lo rutinario de un trabajo, unos compañeros y una vida que transcurre de casa al trabajo y del trabajo a casa, con permiso de algún que otro desliz. Son imborrables los momentos en los que los hombres, trajeados y con sombrero como si fueran clones, esperan en la estación de trenes, o aquellos en los que se mueven como autómatas bajando y subiendo unas escaleras alrededor de un DiCaprio inmóvil.

Todo ello genera una única línea narrativa que acentúa el subtexto que antes mencionaba, esa otra película que transcurre en las imágenes de Revolutionary Road y que se deja ver en momentos muy puntuales que se suceden con más y más frecuencia hasta el desenlace final. Es, por así decirlo, un trabajo de equipo al servicio de una historia, y no una historia al servicio de los actores, el director o los efectos especiales. Todos y cada uno de los elementos está planteado para aportar a la trama el valor necesario, ni más ni menos. Empero, la película podría haber sido mucho más mediocre sin la labor y la elegancia de Mendes o sin la aportación de unos actores involucrados con sus personajes de forma admirable. Es pronto para saber cómo evolucionará, pero no cabe duda de que será uno de los grandes dramas de principios del siglo XXI.

‘Los diarios del ron’: sueños alcoholizados


La actual crisis económica está desvelando algunas de las verdades más veladas que existían en la sociedad. Una de ellas, la del periodismo como profesión romántica, hermosa y vocacional, no solo es criticada, sino literalmente machacada hasta la extenuación en esta cinta, Los diarios del ron, en la que personajes extravagantes, corruptos y ridículos se dan cita como si de una obra surrealista se tratara. Surrealismo no, pero sí gonzo, al menos el literario que creó Hunter S. Thompson en los años 60, década en la que transcurre este film basado en la novela homónima del escritor.

En efecto, las aventuras y desventuras del protagonista en Puerto Rico son la excusa perfecta para mostrar un mundo degradado, marcado por la corrupción política y empresarial, en el que los peor parado son siempre los mismos: los trabajadores. Un mundo donde el alcohol y las drogas son los eslabones que, en lugar de permitir una evolución hacia una posición más coherente, hacen que derive en el histrionismo y el caos más absoluto, con una venganza insatisfecha después de un viaje hacia ninguna parte. Se deja en el aire en los primeros minutos que el personaje de Johnny Depp, uno de los pocos camaleones del cine actual, busca algo lejos de Estados Unidos que le permita una comprensión más amplia del mundo, pero lo cierto es que lo que encuentra dista mucho de dicha comprensión.

Es más, su búsqueda se torna en pesadilla al comprender que el sueño americano que tanto ansía no es sino una deformación de la realidad que le rodea, una degradación del paraíso caribeño en la que duda en participar a cada momento que pasa. Y, sobre todo, al comprobar que el periodismo, esa profesión supuestamente vocacional, apasionada y romántica, está irremediablemente marcado por los intereses financieros y políticos que poseen los medios, ya sea en Puerto Rico, en Estados Unidos o en España.

Todo ello con un marcado tono irónico y mordaz que regala algunos momentos verdaderamente delirantes y unas actuaciones brillantes (con mención especial a Giovanni Ribisi), enmarcadas a la perfección en unos personajes a cada cual más extravagante y en una historia que, sin ser excesivamente original, sí ofrece una visión más cínica del mundo, lo que no desagrada en ningún momento, tal vez porque, en el fondo, el espectador sabe que algo de razón subyace.

Sin duda, lo que hace al relato ser lo que es no es otra cosa que la bebida que da nombre al film. La afición del personaje de Depp a la bebida es la que desencadena una serie de acontecimientos a cada cual más extraño, más inverosímil y, en última instancia, más coherente. Con un estado casi constante de embriaguez, el actor de Eduardo Manostijeras compone de forma harto verosímil a un escritor tan especial como irreverente, un hombre que se ve cegado por el amor y la oportunidad de éxito y que, cuando decide actuar, es demasiado tarde.

En este sentido, la película puede dejar un cierto aire de insatisfacción por un final poco alentador o, al menos, no esperado. Sin embargo, dado el tono general de la historia, y repasando las situaciones en las que se ven inmersos los personajes, la imagen final del velero alejándose resulta incluso reconfortante. Un film diferente, narrado con sencillez y seguridad, que ofrece otra cara del mundo del periodismo y de la vida en general.

Nota: 6,5/10

‘La invención de Hugo’: reinventando los sueños


Los orígenes del cine nunca habían estado tan vivos. Hollywood parece decidida a premiar a las producciones que homenajean los comienzos del séptimo arte. Y no es para menos. Posiblemente las dos películas más emotivas, entrañables y fascinantes del 2012 sean The ArtistLa invención de Hugo. En concreto, la película dirigida magistralmente por Martin Scorsese se revela no sólo como un homenaje a ese mundo mágico que fue la Europa de comienzos del siglo XX, cuando un invento llamado cinematógrafo surgió de entre las bambalinas de los circos para convertirse en lo que es hoy. No. Es un homenaje al arte, a la magia que lleva a un grupo de personas a deleitarse con imágenes en movimientos, a los sueños que todos depositamos en ese pequeño trozo de celuloide.

El director de Shutter Island, tomando como base el homónimo libro de Brian Selznick, narra con la eficacia de un reloj la historia de Hugo (Asa Butterfield), un niño que, al morir su padre (Jude Law), queda al cuidado de su tío (Ray Winstone), que trabaja en los relojes de la estación de tren de París. Allí conocerá a Isabelle (Chlöe Grace Moretz) y a Papá George (Ben Kingsley), que no es otro que el cineasta Georges Méliès. La referencia al engranaje de un reloj no es casual. Toda la película se mueve, precisamente, entre engranajes, físicos y emocionales, que transportan al espectador por un abanico de situaciones a cada cual más emocionante. Apenas sí importa conocer el final del relato, pues la película envuelve en un manto de nostalgia como el humo de los trenes.

Todo en La invención de Hugo encaja a la perfección. Desde los personajes principales, con unos actores en estado de gracia, hasta el decorado, una estación de tren que se revela casi onírica, irreal, diferenciada del resto del mundo gracias a su constante luminosidad, como si sólo dentro de ella existiera vida y generando una burbuja fuera de la cual sólo existe la pesadumbre, la tristeza y el frío. Es en este ambiente donde se encuentra uno de los mejores crisoles de personajes que ha dado el cine en los últimos años. Personajes secundarios como el jefe de estación (Sacha Baron Cohen) o la pareja formada por la dueña del café y el hombre gordo que la corteja dan vida a todo un mundo, una ciudad limitada por las vías del tren y las paredes de la estación en la que podemos llegar a encontrar una librería regentada por un Christopher Lee sencillamente perfecto.

Pero el cuento narrado con un uso magnífico de las tres dimensiones no se limita a esto. La historia de Hugo es la historia de la esperanza, de la búsqueda de los sueños y del sentido a la vida de cada uno. Es la búsqueda de la magia que mueve los actos y las decisiones de la gente. Es la búsqueda de Georges Méliès, a quien la película encuentra tras haber abandonado el cine y al que ofrece la oportunidad de terminar sus días siendo famoso y reconocido por todo un teatro en lugar de pobre y arruinado como realmente murió.

Las innumerables capas de la película de Scorsese la convierten en una obra maestra, de visionado imprescindible en una sala de cine y con unas gafas puestas. Todo un alegato de lo que debería ser y de lo que todavía significa para muchos el cine. No las películas en sí, sino el cine, el ritual de acudir a una enorme sala oscura a ver imágenes en movimiento. A asustarnos con la llegada de un tren o a emocionarnos con la llegada del hombre a la luna. Si Georges Méliès logró hacer realidad los sueños anteriores a la Gran Guerra, Martin Scorsese los reinventa. Algunos incluso literalmente, como se ve al final. Sencillamente, una película perfecta.

Nota: 10/10

Diccineario

Cine y palabras

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