‘Thor: Ragnarok’ trata de descubrir ‘El secreto de Marrowbone’


La ciencia ficción, la fantasía y el terror se están convirtiendo en las tónicas habituales de cada viernes durante este mes de octubre. Y este 27 no es una excepción, con Marvel con gran protagonista en las pantallas de toda España. Pero mientras los superhéroes acaparan la atención del gran público, otros títulos más modestos pero tanto o más interesantes se cuelan entre los estrenos de la semana.

Por supuesto, comenzamos el repaso con Thor: Ragnarok, tercera entrega cinematográfica del Dios del Trueno convertido en superhéroe en los cómics de Marvel que, en esta ocasión, deberá iniciar una carrera contrarreloj para evitar que la diosa Hela acabe con todos los mundos. Una carrera para la que tendrá que contar con todos los aliados posibles y que comenzará al otro lado del universo, donde deberá enfrentarse a su antiguo amigo Hulk. Aventura, acción, humor y efectos especiales se dan cita en este film dirigido por Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras) y protagonizado por Chris Hemsworth (Cazafantasmas), Tom Hiddleston (Kong: La Isla Calavera), Cate Blanchett (Carol), Mark Ruffalo (Spotlight), Idris Elba (La Torre Oscura), Jeff Goldblum (Independence Day: Contraataque), Tessa Thompson (South Dakota), Karl Urban (Star Trek: Más allá), Anthony Hopkins (Transformers: El último caballero), Benedict Cumberbatch (Doctor Strange) y Ray Stevenson (Transporter Legacy), entre otros.

Muy diferente es la española El secreto de Marrowbone, thriller dramático con toques de terror que escribe y dirige Sergio G. Sánchez en el que es su debut en el largometraje. La trama arranca cuando cuatro hermanos deciden ocultar a la sociedad la muerte de su madre en un intento de que no les separen, para lo que se mudan a una apartada y abandonada mansión. Sin embargo, allí pronto comienzan a notar una aterradora presencia que amenaza sus vidas y las de aquellos que les rodean. Anya Taylor-Joy (Múltiple), George MacKay (Captain Fantastic), Mia Goth (La cura del bienestar), Charlie Heaton (serie Stranger things), Matthew Stagg (The chameleon) y Tom Fisher (La reina Victoria) encabezan el reparto.

Norteamericana es también Patti Cake$, drama musical escrito y dirigido por Geremy Jasper que supone su primera incursión en el largometraje. La historia se centra en Patricia Dombrowski, una joven con el sueño de convertirse en una estrella del hip-hop y que, en un camino plagado de dificultades, contará con su abuela y sus amigos Jheri y Basterd como grandes aliados. Entre los actores destacan Danielle Macdonald (Trust me), Bridget Everett (Y de repente tú), Cathy Moriarty (El doble), Siddharth Dhananjay y Mamoudou Athie (El círculo).

Entre los estrenos del resto de Europa destaca lo nuevo de Wim Wenders (The Million Dollar Hotel), titulado Los hermosos días de Aranjuez, film con capital francés, alemán y portugués que, en clave dramática, aborda el proceso creativo de un escritor y su relación con sus personajes en una puesta en escena en la que un hombre y una mujer mantienen una conversación en una terraza para conocerse mientras que, en el interior de la casa, el escritor observa la escena. Adaptación de la obra teatral escrita por Peter Handke, la cinta cuenta en su reparto con Reda Kateb (Los caballeros blancos), Sophie Semin (Más allá de las nubes), Jens Harzer (Boy 7) y Nick Cave (Johnny Suede).

También se estrena Un golpe a la inglesa, cinta británica ambientada en el mundo del crimen que narra la historia ocurrida en 2015, cuando un hombre de 76 años lideró un equipo de ladrones entrados en años para robar un depósito de seguridad en el barrio de las joyerías de Londres, y que terminaron siendo perseguidos por la mafia búlgara y Scotland Yard. El botín se valoró en 200 millones de libras (casi 225 millones de euros actualmente). Ronnie Thompson (Francotirador) dirige esta cinta protagonizada por Matthew Goode (The imitation game), Joely Richardson (serie Emerald city), Stephen Moyer (Detour), Clive Russell (Su mejor historia) y Larry Lamb (Blood: El último vampiro).

Comedia y drama se dan cita en la francesa Nuestra vida en la Borgoña, film que dirige Cédric Klapisch (Nuestra vida en Nueva York) y cuyo argumento arranca cuando un joven que ha pasado 10 años recorriendo el mundo regresa a su Borgoña natal ante la inminente muerte de su padre, que se produce al comienzo de la vendimia. Su regreso y el reencuentro con sus hermanos le llevará a reencontrarse con su pasado y a recuperar los vínculos con sus hermanos al mismo tiempo que madura el primer vino que los tres producen sin su padre. El reparto está encabezado por Pio Marmaï (Maestro), Ana Girardot (serie Les revenants), François Civil (Así en la Tierra como en el Infierno), María Valverde (Gernika) y Karidja Touré (La banda de las chicas).

Desde Hungría nos llega En cuerpo y alma, drama romántico que gira en torno a dos introspectivas personas que, sin conocerse de nada, empiezan a tener los mismos sueños cada noche. La extraña coincidencia les llevará a intentar hacer realidad esas experiencias oníricas, pero cuanto más lo intentan parecen estar más lejos de su alcance. Ildikó Enyedi (Vakond) escribe y dirige esta película que cuenta con Morcsányi Géza, Alexandra Borbély (Swing), Ervin Nagy (White God), Júlia Nyakó (Vespa) y Tamás Jordán (Mansfeld) como principales actores.

Fuera del viejo continente encontramos El tercer asesinato, thriller dramático de origen japonés que escribe y dirige Hirokazu Koreeda (Después de la tormenta). Su trama arranca cuando un abogado debe defender a un acusado de robo con homicidio, quien ya cumplió pena de prisión por otro asesinato hace 30 años. Con pocas posibilidades de ganar el caso ya que el acusado se declara culpable, el abogado empieza a interrogar al presunto autor y a su familia, lo que le llevará a sospechar que su cliente no es culpable. Masaharu Fukuyama (De tal padre, tal hijo), Kôji Yakusho (El mundo de Kanako), Suzu Hirose (Nuestra hermana pequeña) e Isao Hashizume (Maravillosa familia de Tokio) encabezan el reparto.

En lo que a documental se refiere, Francia y Colombia colaboran en Jericó, el infinito vuelo de los días, cinta que combina el género documental con la ficción para abordar la vida de varias mujeres en el pueblo de Jericó. A través de sus testimonios, sus vivencias y la red que tejen entre ellas nos adentramos en el espíritu femenino de la cultura y el patrimonio colombiano. El film está escrito y dirigido por Catalina Mesa, que de este modo debuta en el largometraje.

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‘La verdad duele’: el secreto a voces del fútbol americano


Will Smith se enfrenta a la NFL en 'La verdad duele'.Con la nueva película de Will Smith (Soy leyenda) ocurre un poco lo mismo que cualquiera que haya visto fútbol americano alguna vez ha sospechado: que aunque bello, alguna consecuencia tiene que haber. En el caso del deporte, consecuencias físicas que van más allá de las meras lesiones. En el caso de la película, una base conceptual que no deja margen para casi nada.

Porque sí, La verdad duele es tan sencilla, clara y directa como el título que se ha buscado en España. Un drama que se mueve siempre en terrenos previsibles, incapaz de ofrecer nada que no se presuponga de su sinopsis y cuyo guión parece hecho con demasiada inocencia. Consciente de que se basa en una historia real, la forma en que se presenta, por ejemplo, el acoso que vive el protagonista para que abandone su teoría resulta un tanto burda, como si la todopoderosa NFL no fuera capaz de afrontar las amenazas de forma más sutil.

Ahora bien, tanto su director, Peter Landesman (Parkland) como su protagonista ofrecen una buena versión de sí mismos. El segundo más que el primero. Gracias a Landesman el desarrollo de la trama se hace digerible, ameno y en varios momentos muy interesante. Ahí quedan los momentos en los que el doctor Omalu comprende las consecuencias del deporte, o incluso la escena inicial. Precisamente es en esta donde se aprecia la notable labor de Smith con un personaje alejado de su habitual registro, ofreciendo al espectador una interpretación contenida, marcada por un carácter metódico y analítico.

El mejor resumen que se puede hacer de La verdad duele es que es lo que se ve desde el principio, ni más ni menos. ¿Es eso bueno? En cierta medida. Su falta de expectativas y de ambición permite al espectador saber a lo que se enfrenta, pero también le impide apasionarse con la clásica historia de David contra Goliat, del hombre contra la todopoderosa maquinaria del deporte.

Nota: 6/10

Will Smith le demuestra a Ben Stiller que ‘La verdad duele’


Estrenos 12enero2016Por primera vez en varias semanas, la cartelera no se nutre de cintas nominadas a los Oscar. Al menos no en las principales categorías. Por supuesto, eso no quiere decir que las novedades no tengan atractivo. Desde el drama hasta la comedia, pasando por la animación, las novedades ofrecen a los espectadores un amplio abanico de proyectos donde elegir, incluyendo títulos europeos que se alejan notablemente de los grandes estrenos de este 12 de febrero.

Comenzamos el repaso por La verdad duele, nuevo proyecto dramático de Will Smith (Siete almas) que se basa en el artículo de Jeanne Marie Laskas que narra la lucha del doctor Bennet Omalu contra una de las instituciones más poderosas de Norteamérica: la NFL. Este neuropatólogo forense descubrió la encefalopatía traumática crónica (ETC), una enfermedad neurodegenerativa, en un jugador de fútbol americano, llegando incluso a establecer un patrón. Dirigida por Peter Landesman (Parkland), la película cuenta además con Gugu Mbatha-Raw (serie Touch), Stephen Moyer (serie True blood), Alec Baldwin (Misión: Imposible – Nación secreta), Luke Wilson (Un funeral de muerte), Bitsie Tulloch (serie Grimm), David Morse (The boy), Eddie Marsan (serie Ray Donovan) y Adewale Akinnuoye-Agbaje (Pompeya).

Diametralmente opuesta es Zoolander 2, continuación del éxito de Ben Stiller (Mientras seamos jóvenes) ambientado en el mundo de la moda que dirige y protagoniza el propio Stiller. La trama sitúa al protagonista en un regreso triunfal a las pasarelas que se verá amenazado por una gran corporación que pretende eliminarle a él y a su mejor amigo del mundo de las pasarelas. Acción, humor y mucho famoso se dan cita en esta cinta cuyo reparto se completa con Owen Wilson (Puro vicio), Will Ferrell (Padres por desigual), Penélope Cruz (Ma ma), Kristen Wiig (Marte), Christine Taylor (Hasta que el cura nos separe), Olivia Munn (Mortdecai), Benedict Cumberbatch (Black Mass), Billy Zane (Titanic). A ellos habría que añadir las participaciones de Macaulay Culkin (Solo en casa), los cantantes Justin Bieber, Demi Lovato o Ariana Grande, y Kim Kardashian.

El humor también está muy presente en Mejor… solteras, comedia romántica basada en el libro de Liz Tuccillo cuya trama se centra en varias amigas que deben aprender a vivir solteras en Nueva York, una ciudad que evoluciona constantemente con nuevas definiciones de amor. Christian Ditter (Los imprevistos del amor) es el encargado de poner en imágenes esta historia protagonizada por Dakota Johnson (Cincuenta sombras de Grey), Alison Brie (Joshy), Leslie Mann (No hay dos sin tres), Rebel Wilson (Dolor y dinero), Jake Lacy (Carol) y Damon Wayans Jr. (Vamos de polis).

La animación está representada por Zootrópolis, nueva película Disney que arranca cuando un zorro que vive en una ciudad donde los animales se comportan como seres humanos presencia un crimen. A partir de entonces será acusado y perseguido como principal sospechoso de una conspiración que deberá desenmascarar. Acción, aventura y buenas dosis de humor son la combinación de esta película dirigida a seis manos por Byron Howard (Enredados), Rich Moore (¡Rompe Ralph!) y Jared Bush, y que cuenta con las voces, en su versión original, de Idris Elba (Caza al asesino), la cantante Shakira, Ginnifer Goodwin (serie Érase una vez), Jason Bateman (Ahí os quedáis), Alan Tudyk (Trumbo), J.K. Simmons (Terminator: Génesis) y Octavia Spencer (De padres a hijas).

Pasamos ahora al cine europeo, y entre las novedades destaca La ley del mercado, cinta francesa dirigida por Stéphane Brizé (Entre adultes) que gira en torno a un trabajador de una fábrica que lleva 20 meses en el paro. Cuando por fin encuentra un nuevo empleo el hombre deberá enfrentarse a un dilema moral que le obligará a elegir entre el despido o hacer lo que le piden aunque eso vaya en contra de sus principios. Vincent Lindon (Mea culpa), Yves Ory, Karine de Mirbeck y Matthieu Schiller son los principales protagonistas.

Francia también está presente en la producción de Eva no duerme, film de 2015 que cuenta además con capital español y argentino. Su trama arranca cuando Eva Perón muere, momento en el que un especialista inicia un laborioso trabajo de embalsamamiento. Pero los golpes de estado que se suceden en Argentina y el empeño en borrar la labor de Evita obligarán al hombre a tratar de mantener el cuerpo a salvo. Escrita y dirigida por Pablo Agüero (Salamandra), la cinta está protagonizada por Gael García Bernal (serie Mozart in the jungle), Denis Lavant (Graziella), Daniel Fanego (Betibú) e Imanol Arias (Anacleto: agente secreto).

La última novedad de ficción es Nahid, drama iraní de 2015 que aborda la difícil situación a la que se enfrenta una mujer en aquel país. El argumento se centra en concreto en los deseos de contraer matrimonio de una mujer divorciada y con un hijo a su cargo. El problema es que el ex marido ha puesto como única condición para garantizarle la patria potestad que no vuelva a casarse. La única solución que le queda, aunque posible legalmente, no está bien vista en la sociedad. La película está dirigida por Ida Panahandeh (The story of Davood and the Dove), que también participa en el guión, y cuenta en su reparto con Sareh Bayat (Nader y Simin, una separación), Nasrin Babaei, Pouria Rahimi y Milad Hossein Pour.

En lo referente al documental se estrena El botón de nácar, obra escrita, dirigida y narrada por Patricio Guzmán (Nostalgia de la luz) que cuenta con capital francés, español, suizo y chileno. A través de un pequeño botón en la Patagonia el realizador construye el relato sobre miles de chilenos arrojados al mar durante la dictadura de Pinochet.

‘True Blood’, contagio y enfermedad en una previsible temporada final


La enfermedad de los vampiros centra la séptima y última temporada de 'True Blood'.He de confesar que, a pesar de haber visto las siete temporadas de True Blood, nunca me he acercado a las novelas de Charlaine Harris que se encuentran en la base de la serie creada por Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra). Tal vez debería haberlo hecho para tener una visión más completa de este fenómeno televisivo, pero lo cierto es que la producción es lo suficientemente sólida como para tener entidad propia. Sin embargo, a lo largo de las temporadas ha habido ciertas concesiones al dramatismo adolescente que los guionistas no han sabido, o no han querido, eliminar. La conclusión de esta magnífica serie en su séptima temporada es la guinda de ese pastel dramático que empaña un poco el desarrollo de toda la ficción, aunque no lo hace por los acontecimientos en sí, sino por el enfoque previsible de su desarrollo.

Si algo ha caracterizado a la serie a lo largo de estos años es su capacidad para abordar polémicas sociales. Lo que comenzó siendo una suerte de crítica al racismo, en contra de la homofobia y a favor de la diversidad ha derivado con el paso del tiempo en todo un arte interpretativo de las claves religiosas, fanáticas e incluso neonazis. Como colofón la trama se centra en una enfermedad que solo afecta a los vampiros, una especie de hepatitis que envenena sus cuerpos y sus mentes hasta volverles sádicos animales como paso previo a la verdadera muerte. Planteado en la temporada anterior, el tema podría haber dado mucho juego si se hubiese enfocado con la seriedad de la primera temporada. Sin embargo, lo que comienza siendo una reflexión sobre la actitud ante la muerte de unos seres que se consideran inmortales, poco a poco da paso a un enfoque trágico de la enfermedad, entregándose al más puro drama lacrimógeno en sus dos últimos episodios.

A esto habría que añadir el factor conclusivo de True Blood, que en este caso hace mucha mella en el resultado final. Los guionistas suelen aprovechar las temporadas finales para dejar todas las líneas argumentales cerradas, tratando de dotar de sentido a todos y cada uno de los personajes. Lo que hace Ball y su equipo en esta ocasión, empero, es algo tosco y previsible. Puede que durante los primeros compases de la temporada, sobre todo en ese primer episodio que comienza de forma salvaje y brutal, la confusión sorprenda al espectador, pero a medida que se avanza en los 10 episodios que dura esta última entrega las intenciones de los responsables se intuyen hasta volverse completamente visibles. Que mueran determinados personajes no es sino una de las formas más antiguas de eliminar un obstáculo hacia un fin mayor. Y traer de vuelta a roles como el de Hoyt , al que da vida Jim Parrack (El último deseo), con una novia del brazo puede generar no pocas sospechas, que sin duda se tornarán certezas antes del último fundido a negro.

Pero más allá de su aspecto narrativo, esta séptima y última temporada deja una serie de ideas notables en la mitología vampírica, manteniendo así la sintonía con etapas anteriores. La propia enfermedad, sin ir más lejos, es un caldo de cultivo perfecto para mostrar, por ejemplo, la fragilidad de estos seres que se antojan todopoderosos. Sus febriles recuerdos de su vida humana, sus pesadillas o su “sentimiento humano”, como se menciona en la serie, ofrecen al espectador una reinterpretación de los estados más críticos de una enfermedad grave. Del mismo modo, es la enfermedad la que provoca el frente común entre humanos y vampiros, y es también la responsable de la locura y la intransigencia de los sectores más fanáticos de la sociedad. Todo ello ofrece un marco perfecto que deja una serie de premisas interesantes en el aire que rodea al drama que antes mencionaba.

El final feliz de unos personajes sufridores

Sin duda, lo más chocante de este final de True Blood es el hecho de que todos los personajes, al menos los principales, logran su final feliz tras temporadas y temporadas de dolor, sufrimiento y miedo. La imagen final de los protagonistas sentados a una larga mesa para compartir una comida es buena muestra de que existía la necesidad de dar a los roles de Anna Paquin (El piano) y compañía algo de sosiego en medio de todo este caos. Eso sí, un final feliz que llega después de uno de los momentos más dramáticos de toda la serie, visceral y sangriento tanto visual como conceptualmente, y que aquí no desvelaremos. En general, todos consiguen lo que quieren, aunque algunos lo hacen de una forma más natural que otros.

Entre los primeros están, sin duda, Eric y Pam, los personajes de Alexander Skarsgård (The East) y Kristin Bauer van Straten (Life of the party). Tal vez porque son los mejores personajes de la serie, tal vez porque han sido los que han recibido un trato más sincero a lo largo de las temporadas, el caso es que su evolución a lo largo de estos 10 capítulos es una de las mejores bazas de la temporada. Su obsesiva búsqueda de una cura para la enfermedad y su natural tendencia a dominar a aquellos que tienen más cerca les lleva a convertirse en dueños y señores de un final tan irónico y estremecedor como ellos mismos, y que incluye una Sangre Nueva que bien podría ser la excusa para otra producción. Puede que algunos acontecimientos se precipiten en exceso, pero en líneas generales poseen la mejor línea argumental.

No solo es mejor que otras secundarias, como la que protagonizan Ryan Kwanten (Mystery road), Deborah Ann Woll (Ruby Sparks) y el ya mencionado Parrack, sino que es incluso mejor que el drama que vive la protagonista, cuyo periplo en esta última entrega es incluso más caótico que en etapas anteriores. En efecto, lo que acontece en la trama principal que gira en torno a Paquin es una sucesión de situaciones previsibles que se encaminan a dejar su futuro en perfecta situación de felicidad, aunque para ello deba llorar unas cuantas veces. Hay que incidir aquí en el hecho de que lo visto en pantalla no es, en sí misma, una mala propuesta. El problema surge por la debilidad de su presentación. Más o menos como le ocurre al trío romántico de Kwanten, Ann Woll y Parrack, que puede saborearse casi desde el primer momento en que el último hace acto de presencia de nuevo en la serie tras unas cuantas temporadas alejado.

True Blood termina de forma agridulce. Los intentos de Alan Ball por dotar a la serie de una conclusión madura y seria son loables, y la trágica imagen previa a la dicha absoluta así lo confirma. Del mismo modo, los ecos socioculturales de esa hepatitis vampírica, que pueden identificarse con varias enfermedades reales, dotan al conjunto de ese aire oscuro y sobrio que tan buenos resultados ha dado a esta ficción. Sin embargo, la sensación de estar ante una tragedia romántica en la que los buenos siempre acaban bien y los malos acaban mal nunca desaparece. Que determinados personajes cambien su forma de ser casi por arte de magia es algo que no encaja con el sentido general de la trama. Asimismo, la falta de pulso en el desarrollo de algunas líneas argumentales resta interés a los personajes, que se antojan más como herramientas para el final feliz. Pero como reza el último episodio, ante una serie como esta solo cabe decir: “gracias”.

La crítica al racismo y la xenofobia regresan en la 6ª T de ‘True Blood’


Anna Paquin deberá enfrentarse a nuevos enemigos en la sexta temporada de 'True Blood'.Cuando la sexta temporada de True Blood empezó a emitirse ya hubo voces que aseguraban un retorno a los orígenes de la serie. Tras finalizar hace unos días los 10 episodios que componen esta última entrega hay que rendirse a la evidencia. La serie ha retomado ese espíritu, es cierto, y lo ha hecho de una forma que solo Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra), su creador, podía permitirse: llevando a los personajes y las tramas por unos senderos surrealistas para exponer sus propias debilidades a la luz del sol, devolviendo a cada uno de los protagonistas a un estado similar al inicial y permitiendo, por tanto, una puesta a punto de algunas relaciones deformadas por el paso del tiempo.

En esta ocasión, la trama retoma exactamente el momento con el que concluía la quinta temporada, desvelando la nueva naturaleza de Bill Compton (Stephen Moyer), la influencia de la muerte de los padres de la protagonista en su futuro más inmediato y la presencia de una nueva criatura, un hada vampiro que posee lo mejor de ambos mundos. Pero lo verdaderamente relevante es la presencia de un nuevo villano casi más aterrador que el ya mítico vampiro Russell Edgington (Denis O’Hare). Y lo es porque proviene del mundo de los humanos, y porque lo que propone es una especie de campo de concentración para desarrollar un virus capaz de matar vampiros.

Analizado en conjunto, el mencionado retorno a los orígenes de la serie no estriba tanto en la destacada presencia de vampiros (el resto de criaturas prácticamente desaparecen de la trama, incluyendo secundarios de peso) como en el aspecto social a tratar. Siendo sinceros, la serie se ha desviado en muchas ocasiones por derroteros puramente comerciales, dejando de lado el reflejo de las miserias sociales que tanto definieron la primera temporada. Con estos nuevos capítulos la producción vuelve a denunciar, siempre a su modo, algunos de los aspectos más oscuros del ser humano, retrocediendo unos años en la Historia. Concretamente, hasta la época de la II Guerra Mundial. La presencia de ese villano que busca conocer mejor a su enemigo y la imponente construcción en la que se experimenta con los vampiros es una clara versión moderna de los campos de exterminio.

Y en este caso, al igual que entonces, se argumenta una supuesta lucha contra un enemigo que en el fondo no lo es tanto única y exclusivamente para tener la excusa perfecta de su aniquilamiento. Esta potente premisa en torno a la cual gira buena parte del desarrollo dramático de la temporada otorga al conjunto una solidez que hacía mucho no tenía la producción, si bien es cierto que la combinación de esta línea principal con las secundarias (más débiles en esta ocasión) ha dado lugar a una situación bastante poco creíble incluso en una serie como esta, pero que por fortuna se ha resuelto con inteligencia, originalidad y bastante sentido del humor. Me refiero al hecho de que los vampiros puedan caminar bajo la luz del sol por beber la sangre de ese hada vampiro y su posterior forma de devolverlos a su naturaleza original, aparente muerte del personaje de Alexander Skarsgård (Melancolía) incluida.

Una debilidad secundaria

La trama principal de True Blood en esta sexta temporada ha provocado altas y bajas en el bando vampírico, incluyendo alguna con una carga crítica bastante relevante, como la transformación en vampiro de la hija del villano, en lo que es una muestra más de lo absurdo que resulta el racismo o la xenofobia, sobre todo en un mundo donde nada es blanco o negro, humano o vampiro, bueno o malo. Habría que hacer mención especial también a la evolución de los dos vampiros principales. Ambos vuelven a sus orígenes, en efecto, pero las formas de hacerlo son muy distintas. Mientras el personaje de Skarsgård se mueve por la venganza para volver a ser ese vampiro despiadado y sanguinario (su momento en el búnker de vampiros es uno de los momentos más salvajes de la serie), lo del vampiro Bill resulta un poco débil.

Hay que recordar que al final de la temporada anterior este personaje resucitaba convertido en lo que parecía una especie de dios. Su evolución sigue esa senda, pero la propia naturaleza de este nuevo personaje, este Blilith, como le llaman en algún momento de la serie, lo convierte en inservible. Y me explico. El hecho de que un personaje protagonista posea todo tipo de poderes y ninguna debilidad termina por destruir las posibilidades narrativas del resto de personajes, tanto humanos como vampiros. Es por eso que era necesario terminar con su forma divina. El problema es que la forma de hacerlo ha sido, por así decirlo, un tanto cristiana: su sacrificio para que el resto de su especie pueda vivir, en un plano que parece una macabra representación de Cristo en la cruz, lo devuelve a su estado natural, buscando desde entonces redimir sus actos previos.

En cualquier caso, el verdadero punto débil de esta temporada han sido las tramas secundarias y la forma de afrontar los conflictos de los personajes menos relevantes. Más allá de la muerte de uno de ellos, que supone un cierto punto de inflexión en el futuro desarrollo de la serie, el resto de nudos argumentales no aportan nada, o casi nada, al desarrollo de la serie. Todo lo relacionado con los hombres lobo y los cambiantes queda aquí aparcado, pero como los personajes no pueden desaparecer se les sitúa en medio de una historia un tanto peregrina. Desconozco si esto ha sido por influencia de los libros en los que se basa o por falta de ideas, pero su inclusión deja que desear. Sobre todo porque son historias autoconclusivas que no llevan a ninguna parte, salvo tal vez a encontrar una justificación para ese pequeño epílogo final del episodio 10 en el que, a ritmo de ‘Radioactive’ del grupo musical Imagine Dragons, se ofrece el futuro más inmediato de la séptima temporada: ahora hay vampiros sanos y vampiros infectados con el virus desarrollado en ese campo de concentración, estos últimos mucho más peligrosos y sanguinarios.

Personalmente, esta sexta temporada de True Blood creo que está entre las mejores de toda la producción, principalmente porque retoman el conflicto original entre humanos y vampiros desde un punto de vista racial. El hecho de que las historias secundarias resulten algo flojas respecto al resto no debería ser un impedimento para disfrutar de estos 10 capítulos. Además, el futuro de los personajes se antoja muy interesante con esa nueva plaga de vampiros infectados y la situación social de cada uno de los personajes, alguna realmente novedosa. Y aviso para navegantes: aquellos que crean que el vampiro de Skarsgård ha muerto, una frase de Brian Buckner (Friends), showrunner de la serie: “No voy a sacar a Alexander Skarsgård de los salones de la gente”.

La religión y el fanatismo, pilares de la sangrienta 5ª T de ‘True Blood’


Stephen Moyer, en la última escena de la quinta temporada de 'True Blood'.Han pasado cinco temporadas, pero aquel primer capítulo en el que los seguidores de True Blood descubrían a una joven capaz de leer la mente que se enamoraba de un vampiro después de que estos se dieran a conocer parece muy, muy lejano. Tanto, que ahora se antoja hasta inocente. Desde entonces no solo han evolucionado los personajes principales, algunos de forma harto vertiginosa, sino que el mundo de humanos y vampiros se ha complicado hasta límites insospechados. Demonios, fantasmas, hombres lobo, hombres pantera, cambiantes, hadas, … La verdad es que pocas criaturas quedan por explorar ya en esta adaptación de las novelas de Charlaine Harris escrita por Alan Ball (American Beauty). Con todo, no es eso lo más llamativo de esta quinta temporada sino, una vez más, el trasfondo de crítica social que se realiza a través de la ciencia ficción, la violencia y la sangre, sobre todo la sangre.

En cierto modo, el desarrollo dramático de esta quinta temporada es muy coherente con lo acontecido en años anteriores. Si durante los capítulos previos se han abordado temas como la intolerancia religiosa, el racismo, la lucha de clases o, incluso, la paternidad no deseada (al modo vampírico, claro está), en estos nuevos 12 episodios tocaba afrontar tal vez uno de los aspectos sociales más polémicos de la historia: la interpretación religiosa del mundo. Y si el espectador ya conocía más o menos como funcionaba el mundo de estos muertos en vida (con sus áreas, zonas, shérifs, reyes y autoridades), ahora descubre con cierto regocijo que poseen algo que les acerca a su pasada humanidad: el conflicto religioso entre los creyentes en un ser creado a imagen y semejanza de Dios (quien, por cierto, es vampiro también), llamados “sanguinistas”, y aquellos que abogan por unificar a los seres humanos y a los chupasangre bajo un parapeto de igualdad y tolerancia.

Un conflicto, como decimos, tan humano que puede hacer pensar en estar viendo más un estudio sobre las interpretaciones tan opuestas de un mismo concepto que una serie sobre vampiros y otras criaturas sobrenaturales. Esto, claro está, ocurre solo en los instantes, pocos la verdad, en los que la sangre y la brutalidad no hacen acto de presencia. Sería injusto no reconocer a True Blood el carácter transgresor, ya desde sus impecables títulos iniciales (que tras todas estas temporadas no han cambiado), pero igual de injusto es no aceptar que esta última temporada es, de lejos, la más violenta de las cinco. Baste como ejemplo el final de la temporada, con un Bill Compton (de nuevo el taciturno Stephen Moyer) resurgiendo de un charco de sangre y dispuesto a matar a todo lo que se le ponga por delante, como podéis ver en la imagen.

Una evolución exigente

No cabe duda de que la serie protagonizada por Anna Paquin (Una historia de Brooklyn), quien en esta ocasión parece ceder algo de protagonismo en favor del desarrollo de los personajes vampíricos, está teniendo un crecimiento casi tan extraño como su propia temática. Con la aparición de nuevos personajes y de nuevas criaturas, así como con el descubrimiento de nuevos secretos, el espectador se sumerge cada vez más en un mundo incomprensible si no se accede a él con la mente total y absolutamente abierta. Los prejuicios deben quedar en otra habitación antes de ver siquiera el primer plano. De lo contrario, el producto tiende a generar algo de rechazo, tanto por su violento contenido como por los saltos narrativos entre capítulos que generan algo de confusión.

¿Cuál es el resultado de todo esto? Simplemente, la sensación de estar asistiendo a un espectáculo esperpéntico, a medio camino entre la comedia y el drama, entre el terror y el gore, que puede desenganchar a aquellos menos fieles. Esto no implica que la serie esté reduciendo su calidad, ni mucho menos. La factura técnica ha mejorado notablemente gracias a esa incorporación de nuevas criaturas. Los actores, por su parte, afrontan en esta quinta temporada unos cambios de registro realmente complejos con una naturalidad difícilmente igualable (sobre todo Moyer y Alexander Skarsgård). Y las diferentes tramas secundarias están, en general, resueltas de forma sólida. Todo ello convierte a esta, por ahora, última temporada en una digna sucesora de las anteriores entregas. Y aunque puede no llegar en su desarrollo al nivel que alcanzaron otras temporadas, su abrupto e inesperado final deja la puerta abierta a un desarrollo totalmente diferente en el que el protagonista principal, el “bueno” de la película, tiene todas las papeletas para haberse convertido en el próximo villano a derrotar, por no hablar de los cambios en personajes tan relevantes como el de Tara (Rutina Wesley), quien afronta una nueva naturaleza.

Como contrapunto a este aspecto sangriento, Alan Ball ironiza acertadamente con el aspecto religioso del conjunto, considerando a Salomé (sí, aquella que pidió la cabeza de Juan Bautista) como una antigua vampiresa, a Jesucristo como un hippie, o la visión de Dios como el efecto de ingerir una droga, en este caso sangre vampírica. Incluso pone sobre la mesa la existencia de una Biblia vampírica que alienta a los vampiros a alimentarse de forma descontrolada de los humanos. Son estos, y algunos otros aspectos, los que confieren al final ese grado humorístico que ayuda a digerir los numerosos frentes abiertos que se crean, y algunos de los cuales seguirán así en la sexta temporada.

De este modo, True Blood es, en su quinta temporada, todo un festín para los fans del fantástico en general y de la serie en concreto, pero también supone una reflexión irónica y mordaz de unos conflictos religiosos que, como se deja entrever a lo largo de sus capítulos, resulta inofensiva y hasta ridícula hasta que el fanatismo toma el control, desbocándose hacia una guerra abierta que solo trae locura y muerte. Dos conceptos, por cierto, que parecen sentar las bases de la trama de la próxima entrega.

Intrigas, canguros y profesores centran los estrenos del 18 de mayo


Tras unos fines de semana con estrenos tan potentes como Los VengadoresAmerican Pie: El ReencuentroSombras tenebrosas, la taquilla española se toma un respiro en lo que a nuevos títulos se refiere para coger fuerza de cara a la próxima semana. Las películas que llegan a las pantallas el viernes 18 de mayo, si bien no son esperados por la inmensa mayoría de los espectadores, sí cumplirán con las expectativas de aquellos que busquen una intriga policíaca, una comedia descerebrada o un cine europeo, documental y de ficción, de gran contenido dramático.

Uno de los estrenos interesantes de esta semana es La sombra de la traición, más por los actores y la idea de base que por el desarrollo en sí a tenor de los primeros comentarios surgidos. Dirigida por Michael Brandt (quien coescribe el guión junto a Derek Haas) en la que es su primera incursión en este campo, la historia sigue a un agente de la CIA retirado, interpretado por Richard Gere (Chacal), que se ve forzado a volver para perseguir a un asesino soviético al que se creía muerto. En dicha búsqueda deberá colaborar con un joven agente del FBI que cuenta con los rasgos de Topher Grace (Predators). Intriga y acción para los seguidores más fieles tanto del género como de los protagonistas, a los que acompañan Martin Sheen (Infiltrados), Stephen Moyer (serie True Blood) y Stana Katic (serie Castle), entre otros.

La comedia está representada por uno de los nuevos rostros del género, Jonah Hill. Tras Infiltrados en clase, el joven actor vuelve con El canguro, donde da vida a un universitario que, para hacerle un favor a su madre, se encarga de cuidar a tres niños. Los problemas surgen cuando decide llevárselos para darle unas drogas a una chica. Una historia alocada y subida de tono no apta para menores que dirige David Gordon Green (Superfumados) y en la que se pueden ver rostros conocidos como el de Sam Rockwell (Moon), Ari Graynor (Mystic River) o Max Records (Donde viven los monstruos).

Pero sin duda, uno de los títulos más interesantes, y que por desgracia no llegará a todos los rincones, es Profesor Lazhar, una producción canadiense que aborda de nuevo el tema del profesor sustituto y su influencia en unos alumnos que, en un principio, no confían en él. En este caso, con la particularidad de que el sustituto es de origen argelino y que el sustituido ha muerto en trágicas circunstancias. La cinta está escrita y dirigida por Philippe Falardeau (Congorama), y en su reparto destacan Mohamed Fellag (Je vous ai compris), Sophie Nélisse (que debuta como actriz) y la joven Émilien Néron.

En cuanto a los documentales, por fin llega a las pantallas españolas Hijos de las nubes, la última colonia, dirigido por Álvaro Longoria y producido por Javier Bardem. La cinta muestra el actual estado de agitación política en el norte de África, provocado por los intereses económicos y políticos de las potencias occidentales, centrando la atención en el Sáhara Occidental. Narrado en forma de viaje personal del propio actor de Huevos de oro, el film cuenta con la participación de Elena Anaya (Van Helsing) y Manu Chao, entre otros.

El resto de estrenos del 18 de mayo se completan, por un lado, con la comedia romántica Un feliz acontecimiento, dirigida por Rémi Bezançon (quien coescribe el guión) y basada en la novela de Eliette Abecassis, que aborda el tema de la maternidad de forma íntima y sin censura. Louise Bourgoin (El pequeño Nicolás) y Pio Marmaï (Bazar) ponen rostro a la joven pareja que se enfrenta a la nueva fase de sus vidas.

Por otro, la infantil Los cachorros y el código de Marco Polo es una aventura para los más pequeños realizada en animación 3D que sigue a Los Cachorros, un grupo de mascotas que se proponen salvar la ciudad de Venecia del hechizo de una bruja que pretende secar todos los canales. Para ello deben hacerse con el Códgo de Marco Polo. Una producción hispanoitaliana que dirige el debutante Sergio Manfio.

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