‘Fantasy Island’: la fantasía de una serie B


El cine ha evolucionado. Sigue evolucionando cada día. Y la serie B ha evolucionado con él. Al menos en lo que se refiere a su acabado técnico, más elaborado y que impide ver el “truco” que se esconde tras bambalinas. Pero por mucho que una película presuma de envoltorio, si el contenido no funciona poco importa cómo se presente. Y esto es lo que le ocurre, en mayor o menor medida, a la nueva película de Jeff Wadlow (Rompiendo las reglas), una serie B con todos los ingredientes pero de desarrollo algo irregular.

Y eso siendo generosos. Lo cierto es que Fantasy Island tiene todo lo que un film de este tipo puede desear: protagonistas de diferentes niveles sociales, un mad doctor reconvertido en anfitrión de un hotel, un paraíso en medio del mar, deseos, pesadillas y un trasfondo fantástico. Y si bien el punto de partida y el desarrollo inicial son más que correctos, la película poco a poco se desmorona como un castillo de naipes, básicamente porque las historias individuales de cada uno de los personajes no es lo suficientemente sólida como para soportar el desenlace que se le ha querido dar al film. Es algo similar a lo que le ocurre a cada personaje. Lo que comienza siendo una serie B de fantasía termina convirtiéndose en una pesadilla de serie B. Más allá de las motivaciones de los personajes, que pueden tener más o menos profundidad dramática, lo que no termina de encajar es la resolución de la historia, basada en deseos y fantasías de los protagonistas que rompen con todo lo planteado hasta ese momento en la historia, sacándose de la manga un efecto argumental que sencillamente no funciona.

Es una lástima que no se haya optado por algo más elaborado, porque eso tiene una segunda consecuencia. La cinta deambula entre la comedia y el terror de un modo tan desganado que nunca se define por ninguno, por lo que sencillamente no hace ni gracia ni asusta lo suficiente. El hecho de que la historia de cada personaje tenga un tono diferente (prácticamente están todos los géneros ahí metidos, desde el drama familiar hasta la comedia gamberra, pasando por la acción, asesinos en serie, terroristas, …) impide a la película ubicarse correctamente, algo que juega en su contra. Curiosamente, lo que sí está muy bien planteado es cómo todas estas tramas terminan convergiendo en una única historia, uniendo a los personajes bajo una única fantasía. El modo en que todas ellas se integran en una, al tiempo que se explica el origen de la isla y su poder (un poco por encima, no le pidamos peras al olmo) es posiblemente de lo mejor de un film que podría haber sido mucho más de lo que finalmente es.

Porque Fantasy Island ofrece poco, muy poco. Y su planteamiento es muy superior a lo que finalmente termina siendo. Sí, distrae lo suficiente durante la primera mitad del film para no pensar demasiado en los unidimensionales personajes y para no plantearse qué hacen determinados actores en una cinta como esta. Pero una vez superado ese punto de no retorno la historia pierde el norte, se entrega por completo a un desarrollo algo anárquico para explicar no solo la motivación real de toda la trama, sino para concluir con un desenlace de lo más conveniente, ajeno incluso a la propia naturaleza del relato contado hasta ese momento. La fantasía de la serie B, en este caso, es una ilusión como la que se vive en la propia película. Y aunque tengamos que vivirla hasta el final, no está asegurado que vayamos a disfrutarla.

Nota: 5/10

‘Infierno bajo el agua’: Superdepredadores de serie B


Para muchos, hablar de serie B posiblemente sea hablar de un cine mediocre, de segunda categoría en la que todo tiende a ser más bien pobre, tanto en personajes como en la propia historia y, según el caso, los efectos especiales. Pero nada más lejos de la realidad, y lo nuevo de Alexandre Aja (Horns) es la prueba fehaciente de que la serie B puede ser cine de calidad… dentro de sus propios límites, claro está.

Porque, en efecto, Infierno bajo el agua tiene muchos límites: una historia más bien simple, un desarrollo forzado por las necesidades de guión, unos hechos algo irreales, … Pero nada de eso impide que pueda disfrutarse como un gran blockbuster y, sobre todo, no impide que contenga algunos de los mejores momentos de tensión vividos en este tipo de cine. Aunque la pregunta más interesante sobre el film es, precisamente, ¿qué tipo de cine es? Por supuesto, es una monster movie, pero también contiene toques del cine de catástrofes, cine de supervivencia e, incluso, algo de drama familiar como trasfondo emocional. Todo ello convierte a esta historia en algo más complejo, permitiendo al director dar rienda suelta a su lenguaje narrativo para poder explotar al máximo las posibilidades de un relato bastante lineal.

De hecho, Aja construye momentos de tensión innegables, como esa primera set piece en el sótano (magistral el uso de los tiempos y de la iluminación) para dar paso, posteriormente, a minutos de auténtica acción y, para los amantes del gore, secuencias tan sangrientas y violentas que dejan poco margen a la imaginación de lo que son capaces de hacer los caimanes. Con claro homenajes al Tiburón (1975) de Steven Spielberg, el director galo demuestra que se ha convertido por derecho propio en un realizador de género y, a medida que avanza su carrera, en un nombre referente dentro del terror. Con esta cinta que atrapa al espectador gracias a su ritmo constante (encuentra un equilibrio perfecto entre los momentos más ágiles y los más pausados), Aja firma una obra bastante redonda, consciente de sus propias limitaciones pero capaz de sacar el máximo provecho a sus posibilidades.

Sí, es una historia más bien simplona. Y sí, los personajes que interpretan Kaya Scodelario (El corredor del laberinto: La cura mortal) y Barry Pepper (Cosecha amarga) serían capaces de sobrevivir a un apocalipsis con una mano atada a la espalda y las piernas rotas por varios sitios. Pero incluso con esos elementos poco realistas la cinta funciona gracias a la dinámica entre los protagonistas, al pulso narrativo de Aja y a un guión que maneja magistralmente los tiempos, narrando de forma directa y sin miramientos. De hecho, salvo esa primera secuencia para explicar por qué luego la joven heroína es capaz de hacer lo que hace, el resto del relato se muestra descarnadamente sincero y directo a impactar al espectador. Tanto es así que termina cuando, sencillamente, ya nada tiene que contar sobre esta odisea. Estamos ante una serie B, es cierto, pero una serie B de las mejores. Y eso muchas veces es bastante mejor que cualquier producción con aires de grandeza.

Nota: 7/10

‘El justiciero’: a tiros con la serie B


Tipos duros, policías desbordados, venganza, crimen y una justicia fuera de la ley que aceptan incluso aquellos encargados de hacer cumplir las normas. Con todo lo que ha avanzado el cine, hay géneros y fórmulas que parecen tener siempre, sea la época que sea, un cierto interés para los espectadores. Y si eso se acompaña de un reparto y un director con cierto peso, el resultado es un film con sabor de serie B que, al menos, permite pasar un par de horas de entretenimiento.

Y precisamente eso es lo que propone Eli Roth (El infierno verde) en El justiciero, nueva versión de la novela escrita por Brian Garfield que ya fue llevada al cine en 1974 con Charles Bronson (Los siete magníficos). Entretenimiento que saca, o al menos lo intenta, los instintos más primarios del ser humano. Una suerte de reflejo de la justicia que muchos, en algún momento, habrán querido que se haga con alguna situación injusta que las fuerzas de la ley no son capaces de solucionar. Con un guión lineal, escaso de giros dramáticos pero cargado de secuencias violentas (y sangrientas, que en eso Roth es un maestro), la cinta no busca hacer reflexionar. Ni siquiera plantea algún tipo de intriga o suspense. Simple y llanamente, acción. Y eso no es necesariamente malo.

Eso no quiere decir, claro está, que sea bueno. A pesar de su carácter de serie B, de su planteamiento deliberadamente simplista y de la eficacia narrativa de Roth para sacar el máximo partido a la espiral de violencia en la que se introduce el protagonista interpretado por Bruce Willis (Mercancía peligrosa), lo cierto es que la película en ningún momento parece tomarse demasiado en serio a sí misma. Esto funciona por momentos, pero falla a la hora de la verdad, es decir, en aquellos puntos críticos de la trama donde el drama predomina sobre la violencia, o donde la tensión debe sobrevolar las secuencias. La falta de fuerza dramática se sustituye con una banda sonora algo estridente y, en ocasiones, innecesaria, lo que no ayuda al resultado final.

Esperar de El justiciero algo más que una vía de escape a nuestros deseos más oscuros sería esperar lo imposible. Pero incluso esta serie B podría ser algo mejor. Puliendo algunos aspectos de su narrativa tanto visual como sonora podríamos estar hablando de un film sobrio, no excelente pero sí notable. En cambio, estamos ante casi dos horas de un camino de venganza en el que todo sale bien porque todo el mundo entiende los motivos por los que se hace lo que se hace. Venganza sin sobresaltos, sin apenas giros argumentales y con mucha acción, mucha violencia y mucha sangre. Para ver en una sobremesa.

Nota: 6/10

‘En el ojo de la tormenta’: la eterna búsqueda del tornado


Richard Armitage y Sarah Wayne Callies deberán sobrevivir 'En el ojo de la tormenta'.Es muy difícil, y esto puedo asegurarlo por propia experiencia, discernir correctamente lo que necesita un guión cuando se está desarrollando la preproducción del mismo. Esto implica que puede producirse una interpretación errónea, lo que a su vez lleva a crear una película que en todo momento se encuentra por encima de sus posibilidades. En cierto modo, la segunda película de Steven Quale (Destino final 5) presenta este problema… entre muchos otros. Lo que se ha vendido como un espectáculo visual y una experiencia cinematográfica en todos los sentidos termina siendo un film de perfil bajo que logra alcanzar algo de lo que promete en su clímax. Pero en ningún caso la tensión o la emoción se adueñan de la pantalla.

O lo que es lo mismo, apenas ocurre nada hasta el tercio final, cuando la madre de todos los tornados hace acto de presencia. El planteamiento de En el ojo de la tormenta es similar al de otras cintas de catástrofes naturales, con la pequeña e insalvable diferencia de ser una serie B (por no decir serie Z). Y si algo bueno tiene la serie B es que puede permitirse el lujo de ciertos excesos; excesos que aquí brillan por su ausencia, salvo tal vez el de la pareja de amigos que vienen a ser la representación fiel del paleto norteamericano con suerte. Pero más allá de esto la historia carece de drama o de tensión. Esta debilidad hace que las actitudes de los personajes, bastante planos y tópicos, se antojen irreales, por mucho que sean necesarias para el avance del argumento.

El perfil bajo de la película no se refiere, por tanto, al hecho de que sea una serie B, sino a que los conflictos que deberían llevar a la trama a un clímax impactante brillan por su ausencia. Es de esperar que los efectos visuales tengan una calidad más bien pobre; e incluso es comprensible que los personajes no sean más que meras excusas para exponer poderosas imágenes de tornados de fuego o de grandes vehículos volando por los aires. Pero lo que no parece de recibo es el hecho de que todo ello solo ocurra en su tercio final, obligando al espectador a asistir a un intento de desarrollo de personajes innecesario. Tampoco ayuda al conjunto el hecho de que Quale trate de dotar al conjunto de un estilo found footage, o lo que es lo mismo, de documento de vídeo casero encontrado tras una catástrofe. Que la trama salte de este formato al convencional secuencia a secuencia genera confusión, por no hablar de que estéticamente hablando es algo que chirría.

La verdad es que lo mejor de En el ojo de la tormenta es su campaña de marketing. Eso, y el trabajo de sonido, que logra hacer temblar las salas de cine sin necesidad de la cacareada experiencia en 4D que iban a proporcionar algunos cines. La trama, carente de tensión dramática, se ralentiza en su planteamiento, lo que retrasa el verdadero interés de la historia e impide que este se reciba con los brazos abiertos. Tal vez esto habría sido correcto, e incluso necesario, en un film con personajes interesantes y actores de un mayor peso dramático, pero en una serie B como esta el secreto está en el exceso. Eso es lo que se ha promocionado de la película, y es lo que esta no tiene.

Nota: 4/10

‘Sharknado 2: The second one’, autoparodia para ver sin exigencias


Ian Ziering protagoniza 'Sharknado 2: The second one'.Si alguien dudaba de la relevancia que tienen las redes sociales en nuestra moderna sociedad de la información solo tiene que fijarse en el fenómeno Sharknado, y sobre todo en su continuación, Sharknado 2, cuyo subtítulo es un muy apropiado ‘El segundo’. Su estreno, que tuvo lugar el pasado 30 de julio, fue el más importante para la cadena de televisión SyFy con 1,6 millones de espectadores, y según la cadena tuvo unos 1.000 millones de comentarios en Twitter. No cabe duda de que su éxito ha sido rotundo, y si estas cifras pudiesen medirse de forma proporcional en dinero posiblemente su productora, The Asylum, habría engordado sus arcas de forma notable. Productora, por cierto, que va camino de convertirse en el Ed Wood (Plan 9 from outer space) de las productoras. ¿Realmente esta segunda parte merece tanta atención? Me imagino que la respuesta sigue la estela de la opinión que se tenga del original, pero en cualquier caso hay que reconocer que la continuación es, al menos, más autoparódica y consciente de sus propias limitaciones.

Tratar de analizar de forma seria la película de Anthony C. Ferrante, director de ambos títulos, es trabajo para Tom Cruise y su Mission: Impossible. Porque si alguien intenta encontrar en esta aventura neoyorquina con tiburones que salen de la nada y homenajes paródicos a clásicos del género una película, que se olvide. Su guión es simplemente absurdo, plagado de incoherencias y de clichés que tratan de aportar espectacularidad cuando lo que realmente hacen es provocar imposibles. La factura técnica deja mucho que desear, y no solo en el plano de los efectos digitales, deliberadamente pobres. Su montaje, sobre todo en las secuencias que requieren una mayor presencia de líneas de diálogo, es abrupto e irregular, creando saltos narrativos de lo más innecesarios. Y eso por no hablar de los propios diálogos o de la definición de personajes.

En líneas generales, sí, es una mala película. Y este debe ser uno de los pocos casos en los que poco importa si la película gusta o no. Desde un punto de vista puramente técnico, que es lo más objetivo que puede existir en el cine, existen tantos errores que es imposible pasarlos por alto. Pero precisamente en este punto es donde se produce la inflexión, o al menos donde uno debería darse cuenta de que está ante una pseudoparodia del género de catástrofes en la que todo puede ser, sobre todo si es imposible. Comenzando por ese subtítulo al que antes hacía referencia y que, es verdad, es muy apropiado. Sí, ya sé que es una obviedad que una película titulada Sharknado 2 se subtitule ‘El segundo’, pero es que es esa obviedad la que marca el camino que luego seguirá el resto del film, que por cierto no pierde el tiempo en florituras ni presentaciones de personajes, como sí hacía su predecesora (lo que sin duda la perjudicó), aprovechando el metraje para entregarse a sus propios excesos.

Excesos que nacen en el viaje que realizan los protagonistas, interpretados de nuevo por Ian Ziering (serie Sensación de vivir) y Tara Reid (American Pie), a Nueva York en un avión que se ve envuelto en una tormenta de tiburones. Que él se convierta en el héroe realizando un aterrizaje forzoso con un 747 es indescriptible (para los que no lo sepan, su personaje es un surfista de Nueva York afincado en Los Ángeles), aunque más inverosímil es el hecho de que una mujer de vida acomodada se líe a tiros con los tiburones mientras tiene medio cuerpo fuera del avión. Toda esta secuencia, que parece una parodia de películas como Aeropuerto 75 (1974) o Serpientes en el avión (2006), permite al espectador situarse en la trama a todos los niveles, modificando consecuentemente su humor y su grado de exigencia, fuese éste cual fuese.

Entre homenajes y tópicos

Claro que no es este el único homenaje, ni mucho menos. Puede que sea por el amor al género, o simplemente porque la película tiene menos giros argumentales que un largo plano de un estanque en calma, pero juntar a un personaje sin mano y una motosierra en un mismo film es señal inequívoca de que antes o después la referencia a Terroríficamente muertos (1987) hará acto de presencia. Ferrante lo sabe. El espectador lo sabe. Vaya, hasta los personajes parecen saberlo. Y así ocurre. Eso sí, en lugar de demonios son tiburones que vuelan por el skyline de Nueva York, lo que ofrece una oportunidad única para alzar las manos, digo las motosierras, y partir escualos por unas mitades perfectas (fruto sin duda de las limitaciones técnicas). Y así sucesivamente. Si el comienzo de la película, salvando esa especie de preludio que es el ataque al avión, es algo pobre en referencias cinematográficas, a partir de la segunda mitad el relato es una sucesión de homenajes o parodias de la Historia del cine y del género.

Lo mejor es tomarse todo con humor, sobre todo si tenemos en cuenta que ver Sharknado 2: The second one no supone un gasto económico, al menos no directo. Lo cierto es que la película, cuando trata de ponerse mínimamente seria, pierde todo el terreno que pudiera haber ganado con la paródica autocomplacencia que desprende el conjunto. Ver cómo sus responsables intentan que los actores, de los cuales es mejor no decir nada, encarnen el lado más humano, maduro y sensible de sus personajes es poco menos que una tortura. Y la imposibilidad de que la película se ría de sí misma durante la hora y media que dura obliga a tener varios de estos momentos que no hacen sino ridiculizar aún más su propia condición. Que a una mujer le entren celos de una antigua novia en medio de un tornado de tiburones es poco menos que absurdo. Y esto solo por poner un ejemplo.

Aunque puede que la mayor y mejor evidencia de que estamos ante un producto que solo es soportable cuando no se toma en serio a sí mismo (la mayoría de las veces, por fortuna) es su conclusión, con el protagonista haciendo una especie de rodeo volador sobre un tiburón que da vueltas dentro de un tornado y que aterriza empalado en la antena del Empire State Building, y con los habitantes de Nueva York jugando al béisbol, al tiro al plato y a los dardos (con grandes lanzas, eso sí) con los tiburones que caen del cielo. Todo un final épico se mire por donde se mire. Y si tenemos en cuenta todo lo visto en los minutos anteriores, con discursos motivadores incluídos (el del alcalde de la ciudad es de lo más ridículo), el resultado es un incremento progresivo de la ironía, lo cual no es algo necesariamente malo.

Desde luego, Sharknado 2: The second one solo puede ser vista bajo la premisa de que el espectador va a reírse. Cualquier otro enfoque, incluido el miedo, la angustia o la empatía con los personajes, debe quedar descartado antes de que en pantalla aparezca ese título (y su subtítulo). Por tanto, y como decía al inicio, un sesudo análisis de esta producción de serie Z (no sé si habrá algo más bajo) es inviable, lo cual no quiere decir que no existan irregularidades y que todo pueda permitirse. Viendo esta continuación queda más patente que la primera parte pecó de ingenua al intentar narrar una historia, pues sin duda esta segunda parte es mejor gracias a su mayor entrega en el exceso sin sentido. También puede ser que uno ya se espera lo que está a punto de llegar. En cualquier caso, y por si queda alguna duda, sigue siendo una mala, muy mala película. Disfrutar con ella depende del cristal con el que se mire.

‘La leyenda del samurái: 47 ronin’: la venganza de una traición


Keanu Reeves protagoniza 'La leyenda del samurái', de Carl Rinsch.Viendo el resultado final es de suponer que la primera pregunta que el director Carl Rinsch y su equipo se hicieron a la hora de poner en imágenes esta leyenda nipona debió de ser algo así como… ¿cuál es la mejor manera de transmitir el mensaje de la tradición samurái? La respuesta es, precisamente, la tradición. Tradición a la hora de rodar, a la hora de planificar y a la hora de interpretar. Y esto, como casi todo en el cine, tiene su lado positivo y su lado negativo. Claro que, y no es un dato menor, la película se planteó en un principio como una superproducción que, según algunas fuentes, supera los 200 millones de dólares.

Lo cierto es que la historia de La leyenda del samurái: 47 ronin tiene todos los elementos de una buena trama épica de aventuras, magia, acción y artes marciales. Y sin que en ningún momento llegue a emocionar, el film logra mantener el interés en todo momento gracias a un ritmo que, sin ser frenético, si sabe cuándo acelerar y cuando tomarse un respiro para focalizar la atención en el drama, uno de los pilares del relato. A este último aspecto contribuyen notablemente los intérpretes asiáticos, sobre todo Hiroyuki Sanada (Speed Racer) y Tadanobu Asano (Mongol), quienes se hacen con el peso de la narración durante buena parte de las dos horas que dura la película, robándole protagonismo al que, supuestamente, debería ser el protagonista. Por otro lado, los contados efectos digitales resultan solventes, aunque nunca llegan a sobresalir del conjunto.

Pero como decía al inicio, toda esta tendencia a la tradición, a la consecución de un estatus correcto, juega en contra de una producción que podría haber dado mucho más de sí. Sobre todo si se tiene en cuenta su presupuesto. A lo largo de todo el film da la sensación de estar presenciando una película de serie B, un producto hecho para entretener consciente de sus limitaciones y que únicamente busca ofrecer de la forma más sincera posible una historia que, para un hipotético presupuesto bajo, es excesivamente grande. Pero no hay un presupuesto bajo, y ahí reside el problema. La labor de Rinsch tras las cámaras, sin ser mala, evidencia una falta de visión en las secuencias de acción, planificadas y montadas con excesiva simpleza (aunque hay que reconocer que el asalto final está muy conseguido). A esto habría que sumar la presencia de un Keanu Reeves (Constantine) que, una vez más, se muestra excesivamente hierático, excesivamente inexpresivo para lo que exige su personaje.

En sí misma, La leyenda del samurái: 47 ronin es una película correcta, sin grandes alardes pero entretenida, destinada a poner en conocimiento de los espectadores la leyenda en la que se basa y que, según se explica al final, todavía genera peregrinaciones en el país del sol naciente. Pero poco más. Que nadie busque en ella grandes alardes visuales o la mano firme de un director experimentado en este tipo de productos. Como relato de serie B es una buena propuesta para pasar un par de horas. Como el supuesto blockbuster que iba a ser, es un fiasco, entre otras cosas porque si realmente costó más de 200 millones de dólares no parece que vaya a recuperar la inversión.

Nota: 5,5/10

‘The purge: La noche de las bestias’: asesinar una idea es legal


Lena Headey y Ethan Hawke protagonizan 'The Purge: La noche de las bestias', de James DeMonaco.La época estival ha sido tradicionalmente una época de estrenos visualmente espectaculares pero dramáticamente limitados. No han sido pocas veces las que un servidor ha pensado en todos esos buenos guiones que nunca llegan a ver la luz por un motivo u otro. Pero es mucho más frustrante comprobar cómo una premisa inicial atractiva, incluso con sus propias contradicciones internas, es sepultada por un cúmulo de incoherencias narrativas y dramáticas que terminan por desfigurarla hasta dejarla en una mera excusa para otra historia completamente distinta. Es precisamente lo que le ocurre a The purge: La noche de las bestias, cuyo mayor problema es que podría haber dado mucho más de sí.

Es más que evidente, una vez se encienden las luces de la sala, que lo peor del film dirigido por James DeMonaco (Staten Island) es su guión. Más allá de diálogos tópicos y de una descripción de personajes muy pobre, lo llamativo es el desarrollo de los acontecimientos y algunas decisiones dramáticas en pos de una supuesta tensión que se genera más con el villano interpretado por Rhys Wakefield (Broken hill) que con el ya de por sí polémico contexto social en el que se enmarca la acción. El mejor ejemplo de esto es el personaje de la hija de la familia objeto de los ataques. Posiblemente dicha figura vaya a pasar a los anales del cine como una de las más absurdas presentadas en una pantalla. Ni sus decisiones están justificadas ni su desarrollo es lineal, sino que se muestra a trompicones sin permitir al espectador seguir una cierta lógica. Por no mencionar al hijo pequeño o al detonante de toda la acción, un personaje que aparece al inicio y al final, desapareciendo en la parte más importante de la trama.

La aparición y desaparición de personajes, o algunas inconsistencias dramáticas como el hecho de que un grupo de jóvenes tiren abajo una puerta blindada sin ningún tipo de agarraderas con unas cadenas y un coche hacen que la historia pierda consistencia poco a poco hasta convertirse en una parodia de sí misma, en un mal reflejo de lo que apuntaban sus momentos iniciales en los que existía un cierto debate moral y político sobre las ventajas y consecuencias de permitir el asesinato durante toda una noche. Tal vez ese desarrollo del texto se deba al hecho de que si se profundiza sobre dicha premisa esta empieza a enmarañarse hasta el punto de generar un debate que no llega a ningún sitio y que podría haber perjudicado al conjunto. La pregunta que cabe hacerse es si eso hubiese sido peor que la opción finalmente elegida. Si he de ser sincero, hubiese aportado algo más que lo visto en los escasos 85 minutos de duración.

Decir que The Purge: La noche de las bestias es una mala película tal vez sea algo injusto. Desde luego, no es ninguna maravilla, pero su acabado técnico es más que correcto, y los actores hacen lo que pueden con unos personajes bastante planos para lo que propone la trama. La desazón se produce cuando el espectador comprueba que todo lo contado al inicio no es más que una mera excusa para otra historia más de serie B acerca de un grupo de personas atacados en su propia casa por unos sujetos cuya psicopatía es casi de manual. Sin duda, lo más interesante será darse cuenta de que los debates posteriores sobre el film girarán en torno a la idea del asesinato legal, no a la película en sí.

Nota: 5/10

Los zombis vuelven a la cartelera rodeados de amor y ecologismo


Estrenos 19abril2013Tras varios fines de semana con estrenos más bien limitados en su cantidad, llegamos a un viernes donde la oferta cinematográfica es muy, muy variada. Tal vez sea coincidencia, pero dentro de una semana llegará a las pantallas españolas uno de los estrenos más potentes del año, Iron Man 3, y es comprensible que pocos, por no decir ningún estreno, trate de competir con ella ese fin de semana. Sea como sea, hasta 11 títulos nuevos llegan hoy viernes, 19 de abril, a la cartelera. Y como decimos, de lo más variado. Comedia romántica, drama, denuncia social, thriller… incluso algo de serie B cortesía de la producción española.

De entre todos ellos destacan, como suele ser habitual, los films norteamericanos. Uno de los más curiosos es Memorias de un zombie adolescente, escrita y dirigida por Jonathan Levine (50/50) y basada en la novela de Isaac Marion. A medio camino entre la comedia, el romance y el terror, la historia transcurre en un mundo donde los muertos vivientes han diezmado a la raza humana. En este contexto, un joven zombi iniciará una relación de amistad con una bella chica humana, produciendo un cambio en su cuerpo y en el del resto de zombis. Esto, unido a la presencia de unos muertos vivientes mucho más violentos que los propios zombis, hará que éstos y los humanos se unan para salvar sus vidas. La película está protagonizada por Nicholas Hoult, quien este año protagonizaba Jack, el caza gigantes, Teresa Palmer (El aprendiz de brujo), Analeigh Tipton (Crazy, Stupid, Love), Rob Corddry (Algo pasa en Las Vegas), Dave Franco (Supersalidos) y John Malkovich (Quemar después de leer).

La conciencia social queda representada con Tierra prometida, drama ecológico sobre los peligros del fracking realizada por Gus Van Sant (Paranoid Park) y protagonizada por Matt Damon (El caso Bourne) y John Krasinski (Un lugar donde quedarse), ambos co autores del guión. La trama gira en torno a un vendedor que trata de convencer a los habitantes de un pueblo para que dejen a su empresa perforar en sus granjas a cambio de una elevada suma de dinero. A pesar de que todo apunta a un trabajo fácil y rápido provocado por la crisis financiera, la presencia de un profesor de instituto y de un ecologista que denuncian lo que realmente pretenden hacer en la tierra ponen en peligro la negociación. Los ya mencionados Damon y Krasinski están acompañados por Frances McDormand (Moonrise Kingdom), Rosemarie DeWitt (Los amos del barrio), Scoot McNairy (Argo) y Hal Holbrook (Hacia rutas salvajes).

Otro que vuelve a las salas de cine, fiel a su cita anual (o casi) es Lasse Hallström (La pesca de salmón en Yemen). Y lo hace con un drama titulado Un lugar donde refugiarse, adaptación de la novela de Nicholas Sparks que cuenta la huida del pasado de un joven que llega a un pueblo costero donde comienza una nueva vida. A pesar de los intentos por mantenerse en la distancia con el resto de vecinos, el cariño de la gente, especialmente el del propietario del supermercado y sus dos hijos, eliminará poco a poco esa distancia, aunque no impedirá que su pasado vuelva a por ella. Protagonizada por Julianne Hough (Burlesque) y Josh Duhamel (Transformers), en la película aparecen también David Lyons (Cactus) y Cobie Smulders (Los Vengadores).

On the road (En la carretera) es el título de lo nuevo de Kristen Stewart (Crepúsculo). Adaptación de la novela de Jose Rivera, la historia, co producida entre Francia y Brazil, comienza cuando un joven aspirante a escritor conoce a un ex presidiario y a su seductora mujer. Atraído por ellos y afectado por la reciente muerte de su padre, el joven se embarcará en un viaje en busca de la libertad y de sus propias motivaciones. Dirigido por Walter Salles (Diarios de motocicleta), este drama con formato de road movie cuenta, además de con Stewart, con muchos rostros conocidos, entre ellos los de Sam Riley (Control), Garrett Hedlund (Troya), Amy Adams (Julie y Julia), Kirsten Dunst (Un amor entre dos mundos), Tom Sturridge (Radio encubierta), Alice Braga (El rito) y Viggo Mortensen (Un método peligroso).

Dejando a un lado el cine norteamericano, aunque solo sea en su apartado artístico como es el caso de On the road, tenemos que hacer una mención especial para La caza, drama con dosis de thriller en el que un hombre de 40 años empieza a reconstruir su vida junto a una nueva mujer y ganándose de nuevo la confianza de su hijo adolescente. Sin embargo, una pequeña mentira comenzará a provocar una cadena de acontecimientos que derivarán en una histeria colectiva en su nueva comunidad, obligando al hombre a luchar por su vida y por la de sus seres queridos. Dirigida por Thomas Vinterberg (Celebración), el film está protagonizado por Mads Mikkelsen (Casino Royale), papel por el que ganó el premio en el último festival de Cannes. Además, Thomas Bo Larsen (Original), Annika Wedderkopp, Lasse Fogelstrøm y Susse Wold (Tre piger i Paris) completan el reparto principal.

Selton Mello, actor que pudimos ver en Lope (2010), es el gran protagonista de la cinta brasileña El payaso, producida en 2011. La película sigue a una pareja de payasos que trabaja para un circo ambulante en Brasil. Todo cambia cuando uno de ellos comprende que ha perdido la capacidad de hacer reír, entre otros motivos por mostrarse cansado de una vida que casi no le pertenece. Harto de su situación, decide dar un giro a su vida y convertirse en un individuo “normal”, con un trabajo estable en una ciudad y reconocido por el sistema. Director, guionista y protagonista, Mello está acompañado en esta comedia dramática por Paulo José (Juventude), Larissa Manoela (serie Carrossel) y Giselle Motta.

También desde Sudamérica nos llega De jueves a domingo, producción chilena en colaboración con Holanda que narra el viaje de una familia con dos hijos de jueves a domingo al norte de Chile. El problema es que el matrimonio está en proceso de separación, por lo que puede ser el último viaje que realiza toda la familia junta. El film es la visión fragmentada de los hijos de este último encuentro. Escrita y dirigida por Dominga Sotomayor Castillo, quien debuta en el largometraje con este drama, la película está protagonizada por los jóvenes Santi Ahumada y Emiliano Freifeld, quienes debutan en el cine, y por Paola Giannini (El circuito de Román) y Francisco Pérez-Bannen (Padre nuestro).

Francia queda representada este fin de semana por Nana, producción de 2011 dirigida por Valérie Massadian en su debut en el largometraje y que cuenta la vida de una niña de cuatro años que vive con su madre en una cabaña en el bosque. La pequeña deberá hacer frente a la soledad y a la libertad cuando un día, tras volver de la escuela, descubra que su madre se ha ido. Su reparto, integrado principalmente por Kelyna Lecomte, Marie Delmas y Alain Sabras, apenas tiene experiencia en el mundo audiovisual, lo que le aporta un carácter amateur al conjunto.

Si dirigimos la mirada a España, tres son los largometrajes que se estrenan hoy viernes. Uno de ellos es La venta del paraíso, basada en la novela de Emilio Ruiz Barrachina, quien también se encarga de dirigir el film. Todo comienza cuando una joven mexicana que busca huir de su pasado es contratada para trabajar en Madrid. Todo parece idóneo, pero al llegar a la capital española descubre que tanto el contrato como la empresa son falsos, una difícil situación que solo podrá superar con la ayuda de los inquilinos de una extravagante pensión, muchos de ellos en una situación similar a la suya. Protagonizada por Ana Claudia Talancón (El sueño de Iván), la película cuenta también con la presencia de William Miller (Rottweiler), Juanjo Puigcorbé (Todos los hombres sois iguales), Carlos Iglesias (Sinfín), María Garralón (La voz dormida), Saturnino García (El día de la bestia) y la recientemente fallecida Mariví Bilbao (serie Aquí no hay quien viva).

Serie B es un término utilizado en el mundo cinematográfico para definir a un tipo de producción con bajo presupuesto y actores principiantes, si bien el concepto ha terminado siendo identificado con la mala calidad y el subgénero gore o bizarro. Esto viene a cuento del otro estreno de ficción español, que bajo el título Serie B cuenta la historia de un veterano actor retirado que acoge en su finca a dos chicas jóvenes después de haberlas atropellado. Sin embargo, ellas no son lo que parecen, iniciándose una cacería en la que los papeles de víctima y cazador nunca llegan a estar demasiado claros. Dirigida por Ricard Vogue (psudónimo de Ricard Reguant), este thriller cuenta delante de la cámara con Núria de Córdoba, Jaume Fuster, Eva Losada, Sonia Monroy (Torrente 4), Cata Munar (serie Tarancón. El quinto mandamiento) y Roger Pera (El idioma imposible), entre otros.

El tercer estreno español es el documental Nacho Duato: Danse la danse, co producido con Francia. Dirigido por Alain Deymier, quien debuta en el largometraje, la película se centra en la última función del bailarín como director de la Compañía Nacional de Danza tras más de 20 años. Junto a dicha función, que tuvo lugar en el Teatro Bolshoi de Moscú, se presenta en el metraje todo aquello que tuvo lugar entre bastidores.

‘MS1: Máxima seguridad’: cómo mezclar referencias para la serie B


Es una frase manida, lo sé, pero lo interesante siempre se encuentra en los detalles. Cualquier buena historia, por simple o compleja que sea, perdura en la memoria por la calidad de sus elementos más insignificantes. En el lado contrario, la falta o la incoherencia de los mismos hace que un film sea recordado… pero no de forma positiva. Por tanto, es fácil comprender la frustración del espectador al asistir a un derroche de referencias cinéfilas y cinematográficas en una historia con una trama más o menos entretenida que termina siendo saboteada por una falta total de coherencia narrativa en algunos de los momentos más importantes del relato.

Lo cierto es que, aunque producto de segunda categoría, esta historia de cárceles espaciales, rescates imposibles y chistes a cada cual más malo, tenía todos los elementos para ser algo atractivo. Producida por Luc Besson (El quinto elemento), quien no vive precisamente sus mejores momentos en lo que a calidad cinematográfica se refiere, y protagonizada por uno de esos buenos actores que no terminan de encontrar su sitio en la industria (Guy Pearce, uno de los policías de L. A. Confidencial), la acción continuada y el carácter de ciencia ficción de fondo se presuponían un buen embalaje a las continuadas referencias a grandes títulos del cine de acción y fantástico. Por cierto, que no son pocas: Jungla de cristal1997: Rescate en Nueva YorkLa guerra de las galaxias, … incluso Alien está presente en ese diseño laberíntico de los túneles y conductos del escenario protagonista.

Hay que reconocer que es una producción para los más amantes del género, pero incluso ellos pueden sentirse defraudados. Y es que, más allá del pobre trabajo de la actriz protagonista, Maggie Grace (Sed de venganza), sobre todo si se compara con el resto del reparto (que tampoco es que requiera una mención especial), el film hace aguas por la incredulidad que generan los ya consabidos detalles. Algunos de los giros argumentales están tan forzados que obligan a tragar con ruedas de molino algo que perfectamente podría haber sido abordado de forma mucho más lógica, derivando la trama hacia otros derroteros cuyo desenlace sería el mismo, aunque aportarían más verosimilitud.

A la hora de abordar determinadas películas, uno no espera que sean auténticas joyas de género. Simplemente, se intenta pasar un par de horas distraídas con una historia tan entretenida como previsible y fácil de olvidar. Este rescate espacial casi lo consigue. Casi, pues los imposibles de su guión, tanto a nivel narrativo como visual, impiden un buen disfrute de los chistes malos (a quien le gusten) y de las secuencias de acción.

Nota: 4/10

El uso del individuo por el poder en ‘1997: Rescate en Nueva York’


Le pese a quien le pese, hay que reconocer que John Carpenter es más bien un director de serie B. Es cierto que buena parte de sus películas han pasado a la historia del cine como auténticos clásicos de la ciencia ficción, el terror y el thriller, pero no por ello dejan de tener una factura técnica y dramática propia de un cine de segunda categoría que se nutría del buen hacer de sus intérpretes, de unas historias tan originales como irreales, y de la pasión y ganas de sus responsables técnicos. 1997: Rescate en Nueva York (1981) está impregnada de este aroma a película barata y de puro entretenimiento, y tal vez sea por eso por lo que es considerada uno de los clásicos de Carpenter.

Un clásico del que, por cierto, el propio director hizo una especie de secuela/remake con 2013: Rescate en Los Ángeles (1996) que no fue, ni con mucho, tan interesante como la primera de las aventuras de Plissken el Serpiente, uno de los personajes más importantes de Kurt Russell, quien adopta en físico, andares y hasta en la voz los rasgos de un criminal obligado a introducirse en la más peligrosa de las cárceles para salvar al Presidente de Estados Unidos (o lo que queda del país): Nueva York. Y es esta una de las ideas más sólidas del relato. La Gran Manzana se ha convertido, con los años, en el centro de todas las desgracias cinematográficas. Si algún director quiere destruir el mundo o reflejar la situación postapocalíptica que vive el protagonista, Nueva York es el escenario perfecto.

Pero nunca antes sus calles se habían convertido en una cárcel sin paredes, barrotes ni guardias. En efecto, el mayor atractivo del film es comprobar cómo las calles de Nueva York han quedado convertidas en vertederos y patio de juegos de los más peligrosos, sanguinarios y sádicos criminales, que se ven abocados a permanecer en la isla debido a las minas ocultas en los puentes de salida y a los altos muros que se hallan al final de los mismos. Una ciudad donde, curiosamente, siguen manteniéndose los barrios y los nombres de las calles, aunque en la historia poseen un significado mucho más tétrico. Incluso edificios tan emblemáticos como las Torres Gemelas son utilizados como escenario de momentos importantes en el desarrollo de la trama.

Con todo, y como ya hemos mencionado, son los actores los que dan vida a una historia que podría haber tenido otro devenir. A Russell, convertido automáticamente en un icono de la acción y la ciencia ficción (algo que consolidó con La cosa un año después), se le suma un buen grupo de secundarios, todos ellos grandes nombres del cine clásico, que engrandecen unos personajes tal vez excesivamente planos o, si se prefiere, con poco espacio en la trama para desarrollar algunos de los aspectos que sí dejan entrever. De entre todos ellos, destacan con luz propia un Ernest Borgnine (Grupo salvaje) como el taxista que intenta sobrevivir por todos los medios, o el jefe de seguridad que inicia toda la trama, interpretado por Lee Van Cleef (El bueno, el feo y el malo).

Solo ante las circunstancias

Pero como suele ocurrir en los clásicos de la ciencia ficción, la trama permite criticar algunos de los errores o de las miserias del ser humano en la sociedad. En el caso de 1997: Rescate en Nueva York, Carpenter aborda la idea de una sociedad que rechaza a los asesinos y a los violentos pero que no duda en utilizar sus “cualidades” cuando se trata de rescatar a uno de sus miembros más importantes. Poco importa si su destino final es la muerte o la salvación (al fin y al cabo, les consideran poco más que animales) siempre y cuando cumplan con las expectativas puestas en ellos.

Y, como es habitual, la puesta en riesgo de una vida para salvar otra no es por un bien mayor, y me explico. A lo largo del film se deja claro que el rescate del Presidente de Estados Unidos no es por salvar la vida de la persona; ni siquiera por demostrar que la cabeza visible del país es intocable e inviolable. No. Lo primordial es que de un discurso a la hora indicada que, supuestamente, mejorará las relaciones con otros países. En el fondo, y si no existiera dicho evento, da la sensación de que su secuestro sería ocultado o, directamente, ignorado.

Una idea que refuerza el concepto de que ninguna vida vale más que otra aunque conlleve un importante cargo político o social. Es por eso que el criminal escogido para introducirse “entre los de su calaña” necesita un incentivo personal. En una sociedad donde la corrupción de los estamentos es tal que lo único importante es la imagen hacia el exterior, ningún individuo, violento o pacífico, está dispuesto a dar su vida por esos conceptos. Aquí es donde entra el veneno que introducen en el protagonista y la resolución final, que provoca la satisfacción en el espectador al comprobar que todavía hay personajes que se aprovechan de la situación, por muy contraria a sus intereses que pueda parecer.

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