‘Carol’: el minimalismo de una relación prohibida


Rooney Mara y Cate Blanchett protagonizan 'Carol'.Suele decirse que la comedia es el género más difícil en el cine. Encontrar el tono exacto y saber lo que hace reír suele ser una tarea ardua. Pero cintas como lo nuevo de Todd Haynes (Safe) evidencian que el drama exige de un calculado desarrollo en su contenido y en su forma para evitar caer en los excesos o, lo que puede ser más importante, no lograr transmitir lo que viven los personajes. Es en ese equilibrio donde se mueve esta historia de amor entre dos mujeres que pide al espectador una atención especial al subtexto dramático, pero que a cambio le ofrece una trama cargada de emoción.

Puede parecer a simple vista que el argumento, por cortesía de la escritora Patricia Highsmith, sea demasiado simple. Y en realidad, el desarrollo de la trama no presenta grandes conflictos dramáticos durante buena parte del metraje. Sin embargo, esa aparente ausencia de acción es el caldo de cultivo idóneo para explorar las emociones de dos mujeres muy diferentes a las que les une un amor inconcebible en los años 50. Las miradas, los sutiles gestos de ambas y el lenguaje que ocultan los diálogos que mantienen son en realidad los elementos utilizados (y magníficamente aprovechados) por Haynes para explorar las emociones que desprende el film.

Aunque es su tercio final, el que corresponde al clímax y el desenlace de la historia, el realmente cautivador. Si durante toda la trama tanto Cate Blanchett (Cenicienta), una de las pocas damas que quedan en Hollywood, como Rooney Mara (En un lugar sin ley), cuyo papel es simplemente brillante, trabajan sus emociones en el ámbito más personal posible, es en este último tramo de la historia cuando ambas ofrecen su mejor versión, potenciando la carga dramática de unos personajes que se ven obligados a asumir su verdadero ser ante una sociedad que las considera, como mínimo, inmorales.

De este modo, Carol se aleja de tratamientos tradicionales para apostar por el intimismo de una relación que debe ocultarse a plena luz del día en la América de los años 50. Es esa necesidad de mantener en las sombras un secreto “inconfesable” lo que lleva a Haynes a abordar la relación con cierta distancia, acercándose a medida que avanza la historia hasta entrar de lleno en las consecuencias sociales y personales de la decisión de las protagonistas. Una película de emociones contenidas que cautiva por una puesta en escena elegante y sobria, por unas actuaciones incomparables y por una sencillez y un minimalismo abrumadores.

Nota: 7,5/10

Anuncios

‘St. Vincent’: la bondad oculta de Bill Murray


Bill Murray es 'St. Vincent', de Theodore Melfi.Una de las cosas más hermosas del cine es que, aunque pasen los años, siempre puede sorprender. Y a medida que el tiempo avanza dichas sorpresas suelen esconderse tras títulos a priori menores pero de una calidad artística, dramática y humana admirables. Ya le gustaría a muchos de los supuestos dramas modernos lograr la honradez del nuevo film de Theodore Melfi (Winding Roads), una obra hecha a la medida de su protagonista pero que es capaz de sobreponerse a su labor para convertirse en una obra bella en todos los sentidos. Y todo ello sin hacer demasiado ruido, lo cual puede que no le reporte ingentes cantidades de dinero pero sin duda dejará más de una nominación.

De hecho, algunas ya han llegado como reconocimiento a la labor de Bill Murray (Atrapado en el tiempo), quien demuestra, una vez más, el grandísimo actor que es. Es cierto que su personaje se enmarca en sus papeles habituales de hombre malhumorado, algo cascarrabias y cuyo rechazo de aquellos que le rodean es una lamentable pose que termina por aislarle de la sociedad. Y sí, es cierto igualmente que tras esa fachada se esconde un ser humano entrañable, entregado al amor de su vida y con una bondad muy por encima de la media. Pero con todo y con eso, el verdadero reto llega con el segundo punto de giro, que aquí no desvelaremos. Es en ese punto cuando su actuación alcanza niveles que pocos actores logran con el realismo, la sencillez y la sinceridad con que lo hace Murray.

Aunque independientemente de su papel, la película es un atractivo mapa de las complicadas relaciones humanas que a veces nos toca vivir. El vínculo creado entre este anciano y el niño al que debe cuidar termina por convertirse en un reflejo de lo que un padre debería ser, aunque visto a través de un filtro algo distorsionado. El discurso final del joven al que da vida el debutante Jaeden Lieberher así lo demuestra. El santo no es, por tanto, aquel que se comporta de forma recta e inmaculada, sino aquel que ayuda a sus semejantes en el sentido más amplio de la palabra “ayuda”. Bajo este prisma se desarrollan toda una serie de relaciones que derivan en la idea de que cada uno recibe lo que da a los demás, ofreciendo al protagonista una segunda oportunidad.

Tal vez St. Vincent no sea una gran obra (algunos pasajes de su desarrollo son demasiado simples), pero sin duda es una película entrañable, que deja un buen sabor de boca y que logra hacer reír con algunas situaciones realmente difíciles. Es la magia del buen cine. Y buena parte de la responsabilidad la tiene Bill Murray, aunque es justo reconocer que todo el reparto, en líneas generales, logra una labor notable. Es lo que ocurre cuando una película se hace con el sentimiento de estar contando algo importante, aunque solo sea para el reducido equipo de personas que participan en un rodaje. Esa sinceridad traspasa la pantalla para reclamar la atención del espectador, y desde luego lo consigue.

Nota: 7/10

‘Llévame a la Luna’: la importancia de ser agradable


Dany Boon y Diane Kruger protagonizan 'Llévame a la Luna', de Pascal Chaumeil.Películas como Llévame a la Luna demuestran que los tiempos actuales tienden hacia el sexo como epicentro de todo gag y chiste fácil que contenga una comedia. Hay ocasiones en las que es necesario dar un paso atrás para poder ver con perspectiva el panorama general de la comedia cinematográfica y comprender que, más allá de experimentos con cierto éxito, la calidad general de las producciones de este tipo tiende a ser realmente baja. Es por eso que propuestas como esta, sin ser grandes obras que graben a fuego sus escenas en la memoria de los espectadores, se convierten en un soplo de aire fresco gracias a su sencillez y su humildad.

Dos elementos fundamentales en esta clásica historia de chico encuentra chica, chico se enamora de chica, chico pierde chica, chico recupera a chica. Bueno, no tan clásica si atendemos a que todo está urdido por la chica para hacer frente a una especie de tradición/maldición familiar. El desarrollo dramático, a pesar de ser muy conocido y previsible, responde con creces a lo que se espera de él, es decir, algún que otro momento divertido (como la secuencia en la sala del dentista), pero sobre todo consigue mantener un aire afable y distraído que mantiene en todo momento la sonrisa cómplice del espectador.

En este sentido tienen mucho que ver los actores, tanto los más que correctos protagonistas Diane Kruger (Troya) y Dany Boon (Bienvenidos al norte) como algunos secundarios, en especial los masculinos. Visto lo visto, ¿qué tiene de malo la película? En realidad, nada y todo. El film es intrascendente. Su historia, a pesar de estar llevada con cierta soltura por Pascal Chaumeil (Los seductores), es plana y algo mediocre en lo que a conflicto se refiere. En ningún momento logra destacar, sobresalir, lo que termina por definirla como una comedia más.

A pesar de todo, Llévame a la Luna es un producto a disfrutar para los seguidores del género. Puede que no encuentren en ella nada particularmente memorable, pero en ningún momento notarán la sensación de estar ante una propuesta soez e incapaz de encontrar una identidad propia alejada del humor adolescente que solo sabe reírse del sexo. Es, en este sentido, un soplo de aire fresco, una agradable comedia romántica que demuestra que todavía hay posibilidad de recuperar los cánones más tradicionales del género.

Nota: 6/10

‘The East’: la claridad de una lucha directa


Los miembros de 'The East' se reúnen en un momento del film.El mundo de las grandes empresas multinacionales, ya sean petroleras, farmacéuticas, químicas, … siempre ha dado mucho juego al séptimo arte. Presentados normalmente como unos criminales de guante blanco sin escrúpulos, el cine siempre ha tendido a incluirlos en oscuras conspiraciones que son desmanteladas por un individuo que se topa con la información necesaria. Precisamente en este punto es donde reside la ventaja de The East, nueva película de Zal Batmanglij tras su reputada Sound of my voice (2011): su pauta para denunciar las actividades ilegales de las grandes corporaciones se halla en el eco-terrorismo, es decir, en la acción directa contra dichas empresas.

Las ansias de denunciar quedan aquí, por tanto, tergiversadas, o si se prefiere reducidas. Lo más relevante de la trama, incluso más que el hecho de la dudosa moralidad de atacar físicamente a los responsables de las empresas, es el proceso de transformación que sufre la protagonista, y con ella el espectador. Ambos asisten primero con cierta incredulidad al funcionamiento de un grupo anárquico en el que todo se decide por votación. Pero lo que en un principio parecen simplemente ideales poco a poco se va tornando en una venganza casi personal de cada uno de los miembros del grupo. Una venganza que, por cierto, encuentra unas justificaciones totalmente válidas y creíbles, embarcando al espectador en el viaje de indignación que recorre todo el metraje.

Es más, una vez finalizada la película la sensación que queda se asemeja mucho a la satisfacción de haber asistido a una especie de justicia moral en la que los villanos de turno simplemente reciben los mismo que dan, ni más ni menos. Si vierten residuos al agua, se bañan en ella; si producen una especie de medicina milagrosa, se la toman. El problema de esto es que, como decimos, es lo más relevante de un argumento que, por otro lado, se antoja demasiado conocido y falto de cierta originalidad más allá de un giro dramático final que modifica en cierto sentido la percepción que hasta ese momento se tenía de cada uno de los personajes, aunque nunca de forma determinante.

Desde luego, The East no es una propuesta destacable desde un punto de vista dramático, aunque sí desde el punto de vista de la agitación social. Logra su objetivo principal, que no es otro que remover algo en la conciencia de cada uno, de evidenciar la impunidad de determinadas empresas capaces de una hipocresía insospechada. Y lo hace de la forma más sencilla posible, con una historia poco compleja y unos actores correctos y creíbles en sus respectivos papeles. Al fin y al cabo, la mejor forma de transmitir una idea o mensaje es el canal directo y claro. La película lo tiene, tanto en su forma como en su contenido.

Nota: 6/10

La eficacia narrativa de ‘Mission: Impossible’, única en su saga


Tom Cruise, en uno de los momentos más conocidos de 'Mission: Impossible'.Han tenido que pasar más de 15 años para que Tom Cruise se embarque en lo que podría ser una nueva franquicia. Nos referimos, por supuesto, a Jack Reacher, personaje que gracias a los libros de Lee Child podría disfrutar de una longeva vida siempre y cuando la taquilla y los productores así lo aprueben. Casualidad o no, esta cinta de intriga y acción comparte varios elementos con aquel film que adaptaba a la pantalla grande una vieja serie de televisión y que fue la primera piedra para una saga que, cada vez más, trata de ser una especie de James Bond norteamericano. Sobre todo los conceptuales y la apuesta decidida por el misterio y una trama elaborada. Dirigida por Brian De Palma (Los intocables de Eliot Ness), Mission: Impossible (1996) se ha convertido con los años en un clásico moderno influyente, pero ante todo en un reflejo del cine de su época.

Y es que si algo caracteriza a esta primera misión imposible es la riqueza, sencillez y sobriedad de su propuesta. Nada de pirotecnia gratuita; nada de movimientos de cámara vertiginosos e imposibles generados por ordenador. No, en las expertas manos de un por entonces muy solicitado De Palma la película adopta un cariz tan simple como eficaz, basado principalmente en un guión armado con solidez en el que, como cualquier buen film de espías, nadie es quien dice ser. De hecho, el desarrollo del argumento es tan convincente que se ha aplicado en mayor o menor medida al resto de entregas de la saga, si bien estas han optado por la espectacularidad visual antes que por la eficacia de los personajes.

Este es, posiblemente, el elemento mas importante de todo el conjunto. Más allá de la buena labor de Cruise como Ethan Hunt, lo que destaca principalmente es el resto del reparto, comenzando por un Jon Voight (Anaconda) muy secundario y siguiendo por unos imprescindibles Jean Reno (El chef, la receta de la felicidad), Emmanuelle Béart (Un corazón en invierno) o Ving Rhames (Pulp Fiction), único personaje que acompaña al protagonista en el resto de la saga. Incluso personajes tan secundarios como los miembros del primer equipo de Hunt o el jefe de su unidad son interpretados por actores de la talla de Kristin Scott Thomas (En la casa), Henry Czerny (serie Revenge) o Vanessa Redgrave (El atardecer), lo que da una idea del camino que sigue la trama.

Lo cierto es que Mission: Impossible es cine negro en estado puro pero adaptado a unos tiempos y una historia nuevos. Tan nuevos que la originalidad de algunas de sus secuencias, en particular la intrusión en una sala controlada por sensores de movimiento, peso y temperatura, forman ya parte de la historia del cine. Pero eso no son más que adornos para una historia que busca, ante todo, plantear al espectador el eterno juego del “guess who” (adivina quién), esta vez en el entorno de la traición, el espionaje y la búsqueda desesperada por demostrarse inocente de los delitos imputados.

Saga sin continuidad

Esta primera entrega es, en líneas generales, un alarde de maestría narrativa en todos los aspectos. La planificación de Brian De Palma guía en todo momento la mirada sobre los hechos y acontecimientos que le interesan al director, pero siempre dejando la puerta abierta a diferentes interpretaciones que generan otros tantos sospechosos y que enriquecen una trama ya de por sí apasionante. No es, por tanto, una cinta de acción cuyo único fin sea el de consumir palomitas y refrescos sin control. No. Como la mayoría de las obras del director, es un film estudiado y planificado al milímetro desde sus primeros compases narrativos en esa inolvidable primera secuencia. Todos los elementos, desde el espléndido uso de la fotografía hasta los efectos especiales, se integran para ofrecer una experiencia realista.

Un realismo que, por desgracia, se pierde en las siguientes entregas. En este sentido, la saga sería un buen ejemplo de lo que podría perderse si se empieza a apostar por el exceso en esa hipotética nueva serie de películas iniciada por Jack Reacher. Sí, todas las películas mantienen los elementos básicos de la historia, como son el equipo de espionaje, los gadgets y la famosa misión imposible que debe solventar el protagonista. Pero poco más. Esa apuesta por la intriga y esa efectividad surgida de la pausa que necesitan todo este tipo de historias se relega a un segundo plano en pos de la acción, la sorpresa y la espectacularidad.

Y aunque eso no sea necesariamente malo, desde luego si va en detrimento de la calidad del film. De hecho, tras el exceso que supuso la segunda parte, un genio como J. J. Abrams (creador de la serie Fringe) tomó las riendas de la saga, primero como director y luego solo como productor, en un claro intento por devolver algo del espíritu original de la primera película y de la serie a esta serie cinematográfica que, posiblemente en un par de años, vea su quinta entrega.

Sin embargo, solo Mission: Impossible, el original de 1996, ha sido capaz de sobrevivir al tiempo en la memoria de la historia cinematográfica. Y como suele ser habitual, lo ha hecho con los elementos más simples que puede haber: papel, tinta y un buen narrador visual. El resto de conceptos, léanse explosiones o persecuciones, son meros adornos, necesarios por otro lado, para una historia que es entendida en cualquier época y traspasa las fronteras culturales de la mayoría de países.

La sencillez de la obsesión por la guerra de ‘En tierra hostil’


'En tierra hostil' sigue a un equipo militar especializado en desactivar explosivos.Si finalmente los Oscar de 2012 proclaman como Mejor Película La noche más oscura se podría decir que la carrera de Kathryn Bigelow ha dado un giro de 180 grados, convirtiéndose la ex mujer de James Cameron (Mentiras arriesgadas) en una de las directoras más relevantes de los últimos años. Digo esto porque sus dos últimas obras habrán alcanzado ese galardón. Y, curiosamente, ambas abordan una temática bélica, si bien la anterior, En tierra hostil (2008), afronta de forma mucho más cruda y violenta el mundo de la guerra. Con todo, ambas poseen algunos puntos en común, principalmente en el ámbito de la psicología de los personajes principales y la obsesión por un entorno que llega a atrapar de tal forma que todo lo demás llega a carecer de importancia.

No es de extrañar que ambas posean dichos elementos si se tiene en cuenta que el guionista de ambas es Mark Boal, quien ha demostrado tener una tendencia innata a desgranar la psique de los soldados y veteranos de guerra en sus tres únicas historias (la tercera es En el valle de Elah). Tal vez sea por la sobriedad de la narrativa visual de Bigelow o por la fuerza de sus personajes, pero lo cierto es que el trabajo del guionista ha logrado imponerse a la espectacularidad visual, los movimientos de cámara imposibles o la grandiosidad de los ataques aéreos. Y eso, incluso en las escenas más violentas del film sobre un equipo militar especializado en desactivar artefactos explosivos, se nota.

Y se nota principalmente en que lo sobresaliente no son las explosiones, que las hay, ni los tiroteos, que también los hay, sino la tensión emocional y dramática que se desprende de dichas situaciones. Tan solo basta recordar uno de los ataques que recibe el equipo para comprobar que, a diferencia de otros films bélicos, el espectador se siente identificado con los soldados hasta el punto de sufrir la tensión que provoca el miedo a morir. Una tensión, por cierto, generada con acierto por Bigelow a lo largo de todo el film gracias a recursos tan sencillos como colocar la cámara dentro de ese traje asfixiante y claustrofóbico que deben portar los soldados mientras se está desactivando una mina. Sencillo, sí, pero muy eficaz.

Este es, en definitiva, el elemento diferenciador del último cine de la directora de Le llaman Bodhi (1991). En realidad, su lenguaje no ha variado con los años. Se ha depurado, como es lógico, pero no ha evolucionado, como parece haber ocurrido con el de su ex marido, hacia una espectacularidad visual generada más por infografías y movimientos de cámara que por la humildad de contar una historia con elementos tangibles, reales, creíbles. ¿Cuál ha sido entonces la diferencia de ese salto cualitativo? Como decimos, unos guiones que buscan en todo momento el dramatismo personal de cada personaje, centrándose sobre todo en el protagonista.

La adrenalina del combate y la muerte

Antes mencionábamos que si algo comparten La noche más oscura y esta En tierra hostil es su obsesión bélica por lograr un objetivo. Tal vez haya que matizarlo. En la película sobre la captura de Bin Laden el personaje principal se obsesiona con un tema que para Estados Unidos ha supuesto un cambio de mentalidad completo. En cambio, en el film sobre la unidad encargada de desactivar los explosivos la obsesión es más individual, más inherente a un protagonista incapaz de abandonar una vida que le ofrece lo único que le llena: la adrenalina ante la inminente muerte.

Cabe destacar en este aspecto la labor de Jeremy Renner (El legado de Bourne), actor que saltó a la fama a raíz del arriesgado y algo atormentado protagonista del relato. Lo cierto es que su composición del personaje, a medio camino entre la locura, la eficacia y la desesperación es muy destacable. Es gracias a él que algunos de los momentos más sorprendentes del conjunto alcanzan cotas que no quedarían plasmadas de otra forma. Su forma de abordar la desactivación de bombas (muchas veces sin el equipo completo) o la resolución en situaciones de combate adquieren esa tensión de la que antes hablábamos gracias a esa identificación con su propios fantasmas y miedos, labor eminentemente interpretativa.

En tierra hostil no es un film “mayor” dentro del género. Al menos no en su constitución. Con el tiempo puede que adquiera esa categoría, aunque tampoco lo necesita. La película de Kathryn Bigelow es un ejemplo claro de que en el cine siempre habrá un hueco para las producciones más artesanales que apuesten por lo realmente importante en una historia: los personajes. No tendrá grandes efectos visuales, pero tampoco los necesita. Al final, lo importante, lo que interesa y queda en el espectador, es el viaje de ida y vuelta del protagonista, un hombre atormentado que solo es capaz de encontrar paz en el frente de batalla.

‘Las sesiones’: la sencillez de una interpretación soberbia


Helen Hunt y John Hawkes protagonizan 'Las sesiones'.Todos los años hay algún que otro film cuyo máximo aliciente es la labor de su reparto. Algunas veces poseen un guión extraordinario; otras, simplemente, cuentan con un vehículo excepcional para que los actores puedan dar lo mejor de sí. La nueva película de Ben Lewin (Georgia), basada a su vez en un artículo escrito por Mark O’Brien, periodista y poeta protagonista de esta historia y que durante la mayor parte de su vida estuvo paralizado de cuello para abajo a causa de la polio, dependiendo de un pulmón artificial para poder sobrevivir.

La historia ya es, en sí misma, muy dramática. Tal vez sea por eso, y por el carácter positivo del protagonista, por lo que la cinta no gira en torno a la desesperación o la soledad del personaje, sino más bien a la esperanza y la ternura de una persona consciente de su situación y del sacrificio que exige a todos aquellos que le rodean, llegando a considerarse culpable de acontecimientos de su infancia de los que no es responsable. Y hay que reconocer que esta huida del dramatismo más lacrimógeno es su mayor acierto. Gracias a la inocencia y a la fresca naturalidad con la que se abordan la situaciones el director logra arrancar siempre una sonrisa al espectador, muchas veces convertida en risa.

A esto contribuyen, y de qué forma, todos los actores, sin excepción. Evidentemente, tanto John Hawkes (Martha Marcy May Marlene) como Helen Hunt (La maldición del escorpión de Jade) se llevan la palma. El primero resulta brillantemente enternecedor moviendo apenas el cuello, dejando todo su trabajo a la expresividad facial y, sobre todo, a la forma de abordar sus frases. De la segunda poco más hay que decir salvo que vuelve a demostrar, y van ya unas cuantas veces, que es una de las mejores intérpretes de su generación. Sería una injusticia que no fueran nominados a los Oscar de este año.

Con todo, la sensación final de la película no es plena. La historia se centra tanto en las emociones del personaje principal y su relación con su terapeuta sexual que se olvida, casi de forma deliberada, del impacto que dicha relación tiene en el entorno de ambos personajes, eliminando varias tramas secundarias de interés. El director, también guionista en esta ocasión, sobrevuela muy por encima los conflictos familiares que se generan en la vida de la terapeuta, así como limita en exceso la relación entre Hawkes y su cura de confianza, un William H. Macy (Gracias por fumar) del que se podría haber sacado mucho más. Puede que no sea una película perfecta, pero Las sesiones es un deleite interpretativo y todo un canto al positivismo y la sencillez que no debe pasarse por alto.

Nota: 6,5/10

La complejidad de la vida vista por la inocencia de ‘Forrest Gump’


Sus películas son, en mayor o menor medida, auténticos clásicos de la ciencia ficción y la fantasía. Empero, Robert Zemeckis no suele ser un nombre que se asocie con facilidad al concepto de pionero o de genio del séptimo arte o, por lo menos, del género. Con todo, sus films han supuesto siempre (o casi siempre) un notable avance en el aspecto técnico: Regreso al futuro (1985), ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988) o La muerte os sienta tan bien (1992) son buena muestra de ello. Pero su participación en otro tipo de historias ha sido igualmente destacable, como es el caso de Forrest Gump (1994), una cinta que marcó a toda una generación tanto por la labor de su protagonista, Tom Hanks (Big), como por su mezcla de sinceridad, ternura y sencillez.

Esta historia que sigue la vida de un joven con una forma particular de ver el mundo fue una de las últimas que el director abordó en imagen real para dedicarse a la animación por ordenador. Bueno, más bien a desarrollar la técnica de captura de movimiento, que llegó a depurar extremadamente bien en cintas como Cuento de Navidad (2009) o Beowulf (2007). En este sentido, esa necesidad de investigar nuevas tecnologías, de descubrir nuevos métodos para aportar realismo a la magia del cine, es uno de los mayores aciertos del film que aquí abordamos.

No en vano, el personaje de Hanks, quien borda uno de los mejores y más complejos papeles de su carrera, es casi una mera excusa del director para hacer un recorrido por la historia reciente de Estados Unidos, echando una mirada sencilla e inocente a un mundo que se volvía cada vez más complejo y violento. Gracias a esas nuevas tecnologías (que luego han podido ser aplicadas en films como El curioso caso de Benjamin Button), Forrest Gump le da la mano a un presidente, comparte plató con John Lennon y, en general, está presente en los grandes hitos de aquel país.

Es gracias a estos efectos que la historia logra el realismo necesario, aunque no la credibilidad. Este concepto proviene, más bien, de esa sencillez e inocencia que desprende el protagonista, y que contrasta no solo con acontecimientos como la guerra, sino con los propios personajes que le rodean. Acosado desde niño, jamás devuelve el golpe; más bien, actúa en base a unos principios imposibles de romper que, en el fondo, son los que terminan por mover al mundo. O al menos así se deja entrever gracias a los éxitos que logra.

Actores y momentos inolvidables

El carácter del personaje lo impregna todo, incluso el propio guión. Forrest Gump es uno de esos raros casos en los que el protagonista tiene una fuerza propia tan importante y tan arrolladora que la historia no puede sino rendirse a él. Gracias a esto, el film se nutre de situaciones inolvidables, desde ese comienzo con los aparatos en las piernas (y su posterior destrucción) hasta sus vivencias en la Guerra de Vietnam, su amor por Jenny (con los rasgos de Robin Wright) o esa carrera interminable de una punta a otra de Estados Unidos tratando de huir del dolor por la muerte de un ser querido.

Empero, no es el único pilar sobre el que se sostiene la película. Sería imposible. Decir que esta historia, con la magnitud de sus acontecimientos y la cantidad de momentos que vive el protagonista, es una historia de personajes no sería erróneo. Y es que no tendría la misma fuerza ni el mismo interés (de hecho, puede que fuera demasiado increíble) sin la presencia en el reparto de nombres de peso, capaces de poner todo su talento al servicio de un concepto, en este caso la complejidad y crueldad del mundo a través de la inocencia.

La ya citada Robin Wright (La sombra del poder), Gary Sinise (Misión a Marte) y Sally Field (Señora Doubtfire, papá de por vida) son los principales nombres de un plantel de secundarios que no tiene desperdicio y que componen un entorno único para un film tan diferente como su protagonista, y tan enternecedor que es imposible no identificarse con las situaciones que vive o las frases, que ya forman parte del imaginario colectivo, que se revelan a lo largo del film.

‘Las chicas de la sexta planta’: póker de criadas españolas


El franquismo y los numerosos exilios forzosos que provocó suele ser tratado por el cine, sobre todo el español, como una consecuencia inevitable, trágica y, hasta cierto punto, humillante que tuvieron que vivir aquellos que perdieron ese terrible acontecimiento que fue la Guerra Civil española. Pocas, empero, ofrecen la visión de aquellas mujeres que, en busca de una vida mejor para sus familias, se vieron obligadas a emigrar a Francia para trabajar al servicio de la alta burguesía y ganar algo de dinero que enviar a sus maridos e hijos. Una idea que se encuentra en el trasfondo de esta nueva película de Philippe Le Guay, la cual comparte alguna que otra similitud con uno de los éxitos del año pasado, Criadas y señoras.

Y al igual que la cinta protagonizada por Emma Stone, la película francesa se nutre excepcionalmente bien de sus intérpretes femeninas, sobre todo las españolas, aunque la soberbia que emanan las mujeres del país vecino es tan marcada que uno puede llegar a coger algo de manía a unos personajes cuya máxima preocupación es mantener un horario y reírse de las ideas de sus criadas españolas. En cualquier caso, son Natalia Verbeke (Nadie conoce a nadie), Carmen Maura (Tetro) y Lola Dueñas (Yo, también) las que llevan el peso de la narración, y lo hacen con una facilidad y naturalidad sublimes. Sus tareas diarias al servicio de unos señores franceses indiferentes se cruzan siempre con sus anhelos, con los sueños de un regreso a su tierra donde un marido, un hijo o, simplemente, una vida mejor les espera con los brazos abiertos.

Pero aunque el film se vuelve entrañable a medida que evoluciona la relación entre la sirvienta interpretada por Verbeke y su señor, el cual se implica poco a poco con todas las chicas de esa sexta planta donde viven casi hacinadas, el guión peca de excesiva sencillez. Sin una buena base de inicio que permita comprender el cambio que se produce en el hombre, el texto se mueve por escenarios relativamente comunes, por situaciones algo conocidas y por diálogos que, en algunos momentos, carecen del dramatismo o la comicidad que se podría esperar. Es hacia el final cuando tal vez adquiere más relevancia la trama, aunque sea demasiado tarde para desarrollar ese nuevo panorama que se presenta.

En cualquier caso, la historia entretiene, y tampoco se le pide mucho más. Quizá si no contara con el reparto que tiene otro gallo habría cantado. Pero eso también es la magia del cine. De hecho, Maura recibió el César por su trabajo, y eso que es menor que el de otras secundarias. Un premio simbólico al plantel de magníficas intérpretes españolas de este film francés y que convierten algunas de las secuencias en auténticas comedias individuales.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: